domingo, 27 de diciembre de 2015

UNA TRADICIÓN FAMILIAR


Aunque pueda parecer paradójico, más si tenemos en cuenta el bombardeo publicitario que rodea estas fechas, las Navidades no dejan de esconder un pozo de tristeza o, si lo prefieren, de melancolía soterrada pero real. Recientemente, se ha celebrado Nochebuena, una velada señalada en muchos hogares, independientemente casi del signo religioso de cada cual. Nada que objetar a tan entrañables tradiciones, sin embargo, aunque se nos riña por ser malos españoles, si hay una película que exhibe los sinsabores con ternura en estas festividades es Plácido (1961), dirigida por el maestro Luis García Berlanga. 



Como toda esta etapa dorada del realizador valenciano, cuenta con un reparto coral a prueba de bomba, donde el papel más nimio está interpretado por una actriz o un actor de primera línea, carismático y capaz de explotar cualquier diálogo hasta límites insospechados. Y, por supuesto, su buena mano viene acompañada de su socio ideal, Rafael Azcona, el más inteligente afilador para el ingenio natural de Berlanga. Una combinación fructífera que aunaba lo mejor del cine hispano con un toque de la magia neorrealista italiana, una mezcla ecléctica entre Milagro en Milán (1951) y El cochecito (1960). 



Conviene decir que Plácido es un extraterreste en el panorama de lo que se estaba haciendo en aquellos momentos, un marciano talentoso que se coló nominada en premios del prestigio de Cannes o los Oscars. Junto con el dueto de enfants terribles Berlanga-Azcona, destaca la excelente labor de José Luis Font y José Luis Colina. Estas cuatro cabezas privilegiadas trazan un relato de provincias en plenas festividades, donde las señoras bien de la sociedad han decidido organizar una campaña benéfica con el elocuente título: "Siente a un pobre a su mesa". Con ese punto de arranque, todo se dispara a 85 minutos que, milagrosamente, escapó a la sensibilidad de la censura, la cual no fue consciente de la bomba de relojería que se introducía en sus salas. 


A pesar de haber un amplio abanico de personajes, sí que hay un protagonista para justificar toda la trama, la cual se desarrolla a lo largo de un 24 de diciembre cualquiera: Plácido, el modesto conductor de motocarro a quien le vence una letra justo el mismo día de comenzar las fiestas. El actor encargado de darle vida es Cassen, quien firma, bajo mi modesta opinión, el mejor trabajo de toda su trayectoria, su más impecable combinación tragicómica. A modo de curiosidad, decir que también se barajó al añorado Paco Rabal. Resulta muy interesante pensar que lectura hubiera hecho el genial actor de Plácido, probablemente lo hubiera revestido de una gran humanidad, me gustaría haber podido tener la posibilidad de tener esas dos versiones en el altar de mi videoteca. 



Volviendo al tema de las felices Pascuas, otro hombre de cine, José Luis Garci, señalaba que la Navidad ese ese momento donde, conforme pasan los años, nos vamos dando cuenta de que nos faltan piezas en el rompe-cabezas, que empezamos a tener amigos en ese lejano barrio (como el San Sixto de Plácido) donde no podemos visitarlos. Eso Berlanga lo sabe muy bien y la muerte está asimismo presente aunque nadie quiera prestarle atención con las luces y la subasta de artistas famosos que se ha organizado por la sociedad bien. 



Hay muchas cicatrices en la sociedad que se presenta en este film. Pero, de alguna manera, no se percibe ni venganza ni rencor, es una lúcida invitación a reírnos de nosotros mismos ante el espejo de realidad que nos muestran, nuestras pequeñas estupideces y grandes miserias, las sábanas limpias, los maridos rectos que logran pasar la Nochebuena con la querida, o el frío que cala los huesos de mendigos que pasan anónimos ante el resto de nosotros, así como la cárcel, omnipresente, aunque no se nos muestre de manera directa. 



Durante generaciones, personas doctas y eruditas se enfrascarán en el eterno debate de a quién se quiere más, si a mamá Plácido o a papá El verdugo (1963), tal vez los dos momentos donde el brillo berlanguiano alcanzó su mayor esplendor (lo cual no quiera decir que buena parte del resto de su producción sigue manteniendo un nivel sobresaliente). No caerá uno en esa tendencia a juzgar, que es pecado ya citado en los evangelios, contentándonos con poder disfrutar de esas dos joyas de inmejorable acabado, pulidas con mimo por gigantes de la actuación (Cassen, López Vázquez, Alexandre, Julia Caba, Amparo Soler, Agustín González, Ciges, Ferrandis...). 



Paradojas de la vida, esta sarcástica reflexión sobre el lado menos amable de los anuncios de lotería y los brindis a la campanada en cotillones se ha terminado convirtiendo en toda una tradición navideña en mi familia. Un legado que uno acepta con justicia y de buena fe, como si Berlanga, Azcona y su gran equipo vinieran puntualmente al portal, no a cantar villancicos, sino a hacernos mover un poco la cabecita, no como a Pascual, ellos se atizan esas pequeñas células grises que nos hacen un pelín menos ingenuos y algo más divertidos. Y eso no es poco. 



Felices fiestas a todos los pacientes lectores/as de este blog, siempre encantado de contar con ellos. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://wemovieblog.wordpress.com/2013/12/17/fuera-de-serie-placido/



http://www.lacabecita.com/2013/12/placido-siente-a-un-pobre-a-la-mesa/



http://www.divxclasico.com/foro/viewtopic.php?f=1002&t=72561

domingo, 20 de diciembre de 2015

SOSPECHOSOS HABITUALES: EL TALENTO Y LOS RIESGOS DE SOUTH PARK


No era algo políticamente correcto, más bien se trataba de un elemento sospechoso. Las horas en que lo emitían disuadía, el propio show se tomaba su condición a broma, advirtiendo antes de comenzar que las voces de sus personajes famosos eran burdas imitaciones, que su contenido era grosero y violento, a la par que recomendaba encarecidamente no verlo. Ahora, décadas después, uno sufre una caída de Damasco y se da cuenta de que South Park tenía razón, que se adelantó a lo que estaba por venir, que ni éramos tan listos ni, mucho menos, educados. 



Creada por Trey Parker y Matt Stone en 1997, las andanzas de una pandilla de muchachos en un peculiar pintoresco pueblo de Colorado han ido sufriendo diferentes avatares. La primera equivocación es hacer cualquier clase de símil con esa obra maestra llamada Los Simpson. Una y otra han tenido vidas paralelas con algún cruce, pero, en honor a la verdad, son la noche y el día. La familia amarilla fue pionera y vivió una edad dorada difícil de repetir, South Park ha tenido un ritmo in crescendo y es mucho más transgresora, lo cual se traduce en un humor más soez, en ocasiones, y una mayor osadía a la hora de afrontar problemas sociales, si bien está en deuda, como toda la animación, con aquella genialidad surgida en 1989 (muy recomendable el magnífico guión de Trey Parker Simpsons Already Did It, donde se exorcizan las frustraciones que han sentido muchos competidores al ver que es casi imposible tratar un tema que no haya sido mostrado antes con Homer y cía). 



Pero hablemos hoy del Cartman and Butters show, quiero decir, esta estupenda serie coral. Y es que, aunque se remonten a temporadas atrás, hay episodios que sorprenden por su rabiosa actualidad, tocando algunos de esos temas tabúes o controvertidos que suelen ser evitados. El extremismo religioso de cualquier signo, la eutanasia, escándalos de tipo sexual, celebrities varias y sus parafilias han desfilado por este espejo deformado de barraca de feria, estos muñecos cabezones y mal encarados. Observemos las ventajas y riesgos que tiene este formato.


Ello se ha notado con claridad en su décimo-novena temporada, donde han utilizado la polémica figura de Donald Trump para hacer un what if...? donde se pone de relieve la grave crisis de los refugiados sirios y la clase de corta-pisas (incluyendo un muro) que el sector más rancio de la sociedad puede demandar para "solucionar" el problema. Más allá de las palabrotas (muchas, constantes e ininterrumpidas), se trata de 20 minutos viscerales donde se mete el dedo en la llaga de muchos temas que escaparían a una serie de dibujos al uso.



El discurso de Trump no puede ser más enervante (sirva como muestra la brillante respuesta que Kareem Abdul Jabbar [Abdul-Jabbar respuesta] envió al candidato, advirtiéndole que se parece mucho a ISIS en sus postulados), sin embargo, lo que hacen los guionistas de South Park con su caricatura (asesinada y vejada en todas las diversas maneras posibles) vuelve a recordarnos a ese complejo de sagaz gracioso oficial de la clase que envuelve a este tipo de humoristas, no hay freno ni límite en la broma, sin sentir la necesidad de dónde parar. No en vano eso les ha llevado a muchos de ellos a sufrir censuras, amenazas y hasta, desgraciadamente, riesgo de sufrir atentados por sus parodias (aconteció, por ejemplo, con su manera de utilizar a Mahoma). No deja de ser un reflejo de uno de los grandes males que pueblan este nuevo siglo, el cual se antojaba tan correctamente político en sus compases iniciales.



Resulta perturbador que una gamberrada en una ficción, por subida de tono que sea, pueda llegar a esos extremos. Ello no quiere decir que South Park siempre haga gracia o pueda arrojarse el papel de pontífice pagano para señalar al resto que el emperador está desnudo. Ha sido muy mejorable su manera de abordar cuestiones como el drama de la frontera mexicano-estadounidense, así como pueden levantar ampollas a muchas distintas sensibilidades. En cierto sentido, nadie ha oscilado con mayor facilidad entre lo sublime y lo chabacano durante tantos episodios.



Atrae su inteligencia y desparpajo, lo desinhibido de sus formas y su lenguaje sin tapujos. Asimismo, no solamente tienen en su repertorio hablar de actualidad, episodios como "Detectives Junior" o "Go God Go" (donde Cartman tiene la genial idea de congelarse para evitar la frustración de tener que esperar el lanzamiento de la consola Wii) son monumentos al humor absurdo e hiperbólico, mientras que su manera de utilizar al inocentón y carismático Butters en una trama sórdida y rocambolesca, sin que el personaje pierda nunca su pachorra.



Por el otro lado, pueden llegar a enervarte por su forma de tratar creencias o, creo que todavía peor, burlarse de enfermedades o deficiencias físicas. Incluso han protagonizado sus creadores vendettas poco elegantes con Isaac Hayes, el excelente doblador de Chef, quien se marchó del programa por haberse atacado la Cienciología, a la cual él pertenece. Aunque era comprensible el punto de vista de sus jefes (quienes señalaron que, durante años de trabajo, nunca antes se había quejado de que se hiciera mofa de alguna otra religión o pensamiento, incluyéndose su delirante año I de los mormones), su manera de hacer desaparecer a Chef del tablero de la serie exhibía una dosis nada despreciable de inquina.



Por eso, año tras año, sigo pensando que son un mal necesario, o, mejor aún, una medicina que necesitamos en épocas de tantos realities-shows y programación basura, una máxima aquella de "Pues toma dos tazas". Y, si a algo mueven productos como South Park es a que pensemos por nosotros mismos... incluso cuando decidimos apagar por decisión personal la caja tonta porque los muñequitos cabezones han cruzado una frontera que nos incomoda.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://goofs.wikia.com/wiki/The_Usual_Suspects



http://collider.com/101-best-written-tv-shows-of-all-time-the-sopranos/



http://southpark.wikia.com/wiki/The_Butters_Show

domingo, 13 de diciembre de 2015

¿DÓNDE ESTÁN LAS LLAVES?



Sin duda, se convirtió en un peregrinaje semanal en busca de aventuras. Hace bastantes años, más de los que me gustaría admitir, acudía raudo, gracias a la generosidad familiar, a la caza de aquellos suplementos conocidos como Gente Menuda, los cuales constituían un extra comiquero los domingos en el diario ABC. Allí, el joven lector encontraba por primera vez nombres tales como Tintín, Spiderman, Zipi y Zape, Conan el Bárbaro, Anacleto o, por supuesto, Mortadelo y Filemón. Hoy, nos detendremos en los dos inefables agentes de la TIA, concretamente en una aventura que se remonta al año de 1971, La caja de los diez cerrojos, la cual leí con suspense durante varios meses. 



Varios especialistas en la obra de Francisco Ibáñez están convencidos de que este argumento (la búsqueda de una decena de llaves que puedan abrir la caja dejada por el acaudalado millonario Julius Ricus Cresus) marca un punto de inflexión en la trayectoria de los dos estandartes más punteros de las viñetas españolas. A lo largo de sus páginas, queda claramente establecida su relación con el Súper, así como su vinculación a la organización de espías, dejando atrás la época autónoma de agencia de información. De la misma manera, el modelo de buscar una serie de objetos a lo largo del mundo sería una estructura repetida (y con éxito) por dicho autor.  



A nivel gráfico, el dibujo de Mortadelo y Filemón se encuentra en una fase ya muy bien definida, apostando Ibáñez por darle un toque incluso algo aniñado en determinados compases. Martínez Osete se encarga de dar la tinta al lápiz del maestro, siendo una narración repleta de viajes a diferentes lugares exóticos del globo (el desierto, un elemento muy popularizado por Vázquez, el África misteriosa, tan bien amortizada en Tintín o Spirou, China, etc.). 



El tipo de gags recurrentes y un buen despliegue de disfraces del protagonista hacen que esta búsqueda sea una lectura más que amena y repleta de momentos desternillantes. Bien es cierto, como se ha apuntado previamente, que resulta un poco raro que se mande a dos agentes diez lugares para estas pesquisas, cuando resultaría más cómodo mandar a los diferentes espías de forma simultánea para hacer el trabajo con mayor rapidez. No obstante, Ibáñez bien puede ampararse en la premisa de Sir Alfred: "Pues claro que mis protagonistas podrían llamar antes a la policía. Pero entonces no habría película".



Exactamente eso acontece en este torbellino de capacidad de síntesis, donde cuatro carillas bastan para presentar el lugar donde se desarrolla la misión y sobra tiempo para el gag final, donde hay un acceso de cólera por alguna apreciación que sienta mal a los sufridos viajeros. Asimismo, cada capítulo tiene alguna de esas horripilantes, aunque carismáticas rimas bruguerianas que se han mantenido en los nuevos albumes de Mortadel y Filemón.



Con el pretexto argumental, Ibáñez se permite explorar la TIA, la cual iría mostrando todo su potencial humorístico de manera clara. La interacción de los dos merluzos, quiero decir, aclamados héroes con otros agentes, las entradas secretas, la miseria bajo la fachada James Bond (los miembros de la organización escurren el bulto ante las misiones, pero puede acudir raudos si apenas se intuye que el Súper ha abierto su mueble bar para servirse un whisky). 


Con el transcurrir de los años, incluyéndose una alargada edad dorada (Chapeau El Esmirriau, La máquina del cambiazo, El Plano de Alí Gusano, Safari callejero...), Ibáñez hizo cómic con mayores detalles de fondo que el hoy nos ocupa (vienen a la mente dos súper-producciones, El Quinto Centenario o Bye Bye Hong Kong), también ante rivales temibles (Magín el Mago, Los invasores...) o explorando facetas ocultas de sus dos vástagos más célebres (Su vida privada); sin embargo, La caja de los diez cerrojos pervive en un justo pedestal en el recuerdo de los fans de la saga por ser la la lleve que abrió ese universo a su esencia más pura.



El uso de los animales, el humor físico, los malentendidos, el perenne estado de miseria económica de sus héroes (perfectamente ejemplificado en sus medios de transporte para ir a los objetivos) serían los cimientos que el genial humorista iría colocando para, ya definitivamente con la TIA como nexo común de esta mítica pareja, hallarle su ubicación perfecta.



Por si fuera poco, el desenlace les sorprenderá por partida doble. Un tour nostálgico que vale cada instante que se le dedica.



"Ibáñez es el hombre que me ayudó a comprender que lo más importante de este mundo es reírse". -Álex de la Iglesia. 



ENLACES DE INTERÉS:



http://mortadeloyalgomas.blogspot.com.es/2008/09/la-caja-de-los-diez-cerrojos-1971.html



http://lomejordemortadelo.blogspot.com.es/2010/10/9.html



http://www.elmundo.es/elmundo/2007/11/16/cultura/1195214081.html



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.todocoleccion.net/tebeos-bruguera/tebeo-comic-mortadelo-filemon-caja-diez-cerrojos-1971-francisco-ibanez-ases-humor~x49212927



http://mortadelo-filemon.es/ficha_content?q=YWlkPTExNTY%3D



http://lomejordemortadelo.blogspot.com.es/2010/10/9.html

domingo, 6 de diciembre de 2015

EL SOBERANO QUE INSPIRÓ A MAQUIAVELO



Guárdate de los centenarios y las efemérides. Tal sería un buen consejo para la comunidad investigadora cuando se acercan eventos muy punteros, aniversarios marcados en rojo por la agenda social, política y cultural. Proliferan los congresos, reuniones, series de televisión, revisiones, rutas turísticas, etc. En ocasiones, con mucho fundamento y gran preparación. En otras, el espectador no puede evitar sentir que se está exprimiendo a la gallina de los huevos de oro sin rigor. Con todo, si bien el motivo de la publicación de la obra que hoy nos ocupa es quinto aniversario del fallecimiento de Fernando el Católico, no albergamos dudas con respecto a la eficacia de su autor, Henry Kamen, célebre hispanista de una sólida trayectoria que le ha llevado por las universidades de todo el globo.  



La Esfera de los Libros aprovecha la ocasión para mandar a las librerías el acercamiento de Kamen a uno de los políticos más notables de la Edad Moderno, uno que se rumorea inspiró, incluso más que el propio César Borgia, el escrito del florentino Nicolás Maquiavelo, El príncipe. Fernando se encuentra asociado de inmediato a su esposa Isabel, reina de Castilla, con la que propició una célebre unión que se resumió en la repetida frase tanto monta, monta tanto (pegadizo juego de palabras que, como bien demuestra esta biografía, jamás fue dicho por ninguno de los protagonistas o la sociedad de su tiempo, siendo un invento lingüístico muy posterior). 



Escrito de manera amena y divulgativa, Kamen tiene la inteligencia de evitar caer en las tentaciones publicistas de caer en la tentación de hablar de "biografía definitiva", algo de lo que el hispanista es perfectamente consciente de que no va a ocurrir. Desde su desaparición del tablero dinástico, incluso antes, ya había tantos Fernandos como ideologías que lo justificasen o defenestrasen. No es la misma la visión de Enric Prat de la Riva sobre el rey que la de José Cadalso (cabe destacar aquí un interesante apéndice del libro que es un recorrido sobre las diferente relevancia que se le ha dado a Isabel frente a su esposo a lo largo de los siglos). 



Se aportan asimismo certezas y confirmaciones en aspectos tan polémicos como la instauración, tras bula pontificia de Sixto IV, de los Tribunales Inquisitoriales en España, medida que tuvo un destacando acento por parte del monarca. La ambivalencia en el discurso del aragonés sobre la cuestión conversa no debería extrañarnos, puesto que él, un Trastámara con ascendencia hebraica en una de sus ramas, no dudó en rodearse de muchos de ellos para su círculo, mientras que fue capaz de enfrentarse ásperamente con sus propias Cortes para lograr instaurar a la temida institución. 



No se pronuncia Kamen con tanta claridad, y bien que hace debido a lo turbio del asunto, acerca de la tensión, ya fallecida Isabel, de su protagonista con Felipe el Hermoso, su ambicioso yerno, quien le hizo el inmenso favor a su suegro de fallecer tras contraer unas fuertes fiebres por bebidas demasiado frescas tras un intenso partido de pelota. Un Felipe el Hermoso que no dejaba de ser una pieza más del hábil y ambicioso entramado que los padres de Juana, posteriormente apodada la Loca, hicieron para emparentar con varias de las monarquías más importantes del momento, en una inteligente política de alianzas (Portugal, la Inglaterra de los Tudor, los Habsburgo...). 



También se dedica un apartado específico a los intereses por una de las ramas de su linaje en el reino de Nápoles, pieza codiciada por papado, Aragón y Francia. Por poner un pero a un completo estudio que nos da varias dimensiones (apartado dedicado a la cultura en la Castilla y Aragón de aquellos días, los problemas de Fernando en un principio para superar la preferencia de sus futuros súbditos catalanes por su hermano mayor, etc.), se podría haber dedicado más espacio a la fructífera y nunca fácil relación que los Reyes Católicos tuvieron con Gonzalo Fernández de Córdoba, figura básica para entender el papel de Italia (entendida en la Edad Moderna como concepto, puesto que en aquellos días la península estaba diseminada en diferentes territorios independientes) en la política de la Monarquía Hispánica. 



A nivel de edición, destacar unas exquisitas láminas, que recrean joyas tales como el Dietari de l´antich consell barceloní de 1492 (año decisivo en multitud de aspectos para la formación de la Modernidad en la Península Ibérica) donde se incluye una representación gráfica de un atentado sufrido por Fernando, uno de los momentos donde solamente la buena fortuna le salvaguardó de un atentado mortal. 



A la par, la bellísima primera página de las Capitulaciones matrimoniales de Catalina de Aragón y el príncipe de Gales, reflejo de una alianza que sería, curiosamente, una de las causas del futuro surgimiento de la iglesia anglicana y la separación de Enrique VIII de la autoridad del papa para poder desposarse con Ana Bolena. 



Si bien no serán las últimas páginas dedicadas a la ambivalente figura de Fernando, es una oportunidad excelente para leer de forma amena una de las épocas más fascinantes de la Historia...



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.esferalibros.com/libro/fernando-el-catolico/



http://filosofia.laguia2000.com/grandes-filosofos/maquiavelico



http://www.abc.es/archivo/20121125/abci-boabdil-reyes-catolicos-201211231716.html

domingo, 29 de noviembre de 2015

BOLA DE FUEGO


Blancanieves nunca ha lucido más sexy que en esta particular versión del mítico cuento que hoy nos ocupa, Bola de fuego (1941). Dirigida por el versátil Howard Hawks (a quien no se le atragantaba ningún género por específico que fuese), este film es una de esas clásicas comedias a todo gas de Hollywood de la primera mitad del pasado siglo, bien auxiliado por los ingeniosos diálogos de plumas de primera como fueron Billy Wilder, Charles Brackett y Thomas Monroe. Sin duda, se trata de una pieza heterodoxa, divertida y singular. 



La apacible y tranquila vida de un grupo de profesores sabios (en lugar de los enanitos en la mina, ellos trabajan en una mansión común para dar el capricho de una enciclopedia  a una rica mecenas) da un giro cuando irrumpe en su vida Sugar, una bailarina que aprovecha la curiosidad de unos de los inquilinos por su jerga (al ser lingüista, este investigador se da cuenta de que sus estudios van a estar incompletos si no anexa a su recolección la jerga callejera, por lo que empieza a entrevistarse con gente más terrenal y menos abonada al mundo platónico de las ideas). 



Esa cucharada de azúcar al cóctel está personificada por Barbara Stanwyck, una actriz que se iba a inmortalizar con letras de oro por su papel de black widow en Perdición (1944), precisamente a las órdenes de Wilder. Actriz estupenda, Stanwyck imprime de un encanto muy particular a esta dama de cabaret que aprovecha la curiosidad de los sabios para alejarse de una inoportunas pesquisas policiales sobre su novio, un hampón. No es solamente que fuera una mujer bella, se trataba de una intérprete con un don para enamorar moviéndose y mirando, uno puede saber que Sugar huele muy bien (quizás a madreselva), incluso a través de la pantalla.  


El amante de las letras que termina cayendo seducido ante este elemento inesperado en su construcción sintáctica no es otro que Gary Cooper quien aquí, cuanto menos, tiene la fortuna de no encontrarse solo ante los peligros que pudiera llevar este viraje en su vida. El conjunto de sabios que le acompañan es un nutrido elenco de esos mal llamados secundarios que eran actores de raza y toques muy personales. Prepárense para ver a algún camarero de Casablanca y ex jefes criminales convertidos en doctos prohombres de la ciencia. 



Un casting sólido y escogido con gusto, hasta el punto de permitirse lujos como tener a Dana Andrews en un papel más tangencial, tornado aquí en un delincuente con pasado común entre Sugar y él. Apenas tres años después de este trabajo, Andrews consiguió el mejor papel de su carrera, en este caso, en las filas de la justicia, haciendo de investigador en el clásico de O. Preminger, Laura (1944).  



De hecho, se nos podría perdonar pensar que hasta hay elementos que no están adelantado, con varias décadas de ventaja, lo que iba a ser la premisa inicial de una serie como The Big Bang Theory (es decir, una comunidad de intelectuales excéntricos y con poca destreza social en su vida cotidiana, irrumpidos por un torbellino de presencia femenina que provoca cambios de perspectiva entre ellos y ella). 



No en vano, la propia historia partió de Wilder, quien, pese a todo su hábil cinismo, como los buenos románticos derrotados sin ceder el estandarte, disimulaba su ternura bajo el sarcasmo, la ironía y el sentido del humor. Sus compañeros guionistas y la firme mano del director lo captan y, dentro de de la vorágine de carcajadas, se permiten escenas más melancólicas, brindis entre amigos por amores perdidos y nostalgias del pasado. 



Con todo lo inverosímil que es este punto de partido, un cuento al fin y al cabo, como los buenos relatos de esta índole, partiendo del improbable instante de arranque, el resto de las cuestiones se resuelven con un gran conocimiento de los personajes y sus reacciones. No hay ningún papel prescindible o diálogo innecesario para conseguir un objetivo concreto en la narración. 



Cuando el director no juega a los dados con el universo al poner la cámara justo donde los ojos de Stanwyck y Cooper se potencian, hay un puñado de los mejores guionistas que han existido jamás y un reparto a prueba de obuses, Blancanieves puede respirar más que tranquila. 



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domingo, 22 de noviembre de 2015

CUANDO CAMELOT SE DERRUMBÓ


Fue un sueño. Un momento irreal ocurrido durante menos de una legislatura y que tuvo dos crónicas. La primera corresponde a una leyenda dorada, un joven rey Arturo en la Casa Blanca llamado JFK, acompañado de un equipo que iba a revolucionar la sociedad norteamericana durante los años de Guerra Fría, lucha por los derechos sociales y pugna por el papel de ser la gran superpotencia en el mundo. Desde su trágico asesinato en Dallas, raro es el año en que los Estados Unidos no asisten a la publicación de un nuevo libro que trata de explicar la verdad tras el magnicidio, o, con tono más frívolo, sacan a relucir os affaires fuera del matrimonio de que fuera el presidente norteamericano más joven (y también, el pionero en introducir a un católico en el despacho oval). Eso último correspondería a la segunda crónica, a la de los escándalos y rumores sobre un icono que ocultaba su lado más oscuro. 



Durante el año de 2011, se anunció a una mini-serie que volvería a traer a la palestra, no solamente al personaje, sino a su núcleo familiar, aquella saga de raíces irlandesas y que se convirtió en uno de los mejores exponentes del sueño americano... y sus riesgos. El reparto ya invitaba a pensar en algo serio (un actor sólido, Greg Kinnear, como el presidente, Katie Holmes personificando la elegancia de Jacqueline Kennedy, Barry Pepper imbuido del sucesor de JFK, su hermano Bobby, etc.). Entre la nómina, resaltar una elección muy acertada, la de un intérprete de muchas tablas, Tom Wilkinson, quien recibía la misión nada fácil de ponerse como el maestro de ceremonias, es decir, Joseph Kennedy, el gran patriarca del clan. 



Wilkinson es un actor más que notable y que dota de toda su fuerza a Joseph, la figura detrás de los focos de esta historia glamourosa. Astuto y avispado inversor en Wall Street, como en el primer episodio de la serie se muestra, tuvo momentos controvertidos en su calidad de embajador estadounidense,, llegando a ser un firme defensor de la no intervención contra la Alemania nazi. Para algunos, un ejemplo de inteligente hombre de negocios, perfecto exponente del modelo capitalista y que desarrolló una meditada planificación para dotar de poder político a sus hijos. Para otros, un ambicioso depredador de Bolsa sin escrúpulos, codicioso hasta el extremo de su autoridad que lo llevó a manejar a su linaje para obtener sus sueños Tal vez, fuera ambas cosas, y el show logra transmitir esa ambivalencia. 



Jon Cassar dirige en esa búsqueda de extraña alquimia durante esta mini-serie, la cual puede disgustar por igual a panegiristas y detractores. Eso ya es un buen síntoma. El guión confeccionado por Stephen Kronish y Joel Surnow no esconde el fracaso de la operación de Bahía Cochinos (verdadero desastre organizativo y de intromisión de los USA en la isla cubana), si bien tampoco se profundiza del todo en él. Tampoco se privan de presentar a JFK con enfermedades y achaques, si bien Kinnear exhibe asimismo en pantalla el carisma que el dirigente tuvo en jornadas tan recordadas hoy como su discurso en Berlín. 



Siempre he pensado que igual que acontece con dinastías como los Julio-Claudios o los Borgias, todos tenemos una imagen legendaria y morbosa de estos clanes tan poderosos. No obstante, al igual que ocurre con los Kennedy, lo sorprendente saber es que la realidad fue mucho más compleja y, por ende, todavía más interesante. Las conexiones del patriarca (aunque se exculpa a los hijos en esta versión de cualquier conocimiento del asunto) para que la mafia apoyase la candidatura de su hijo en Chicago, justo cuando allí parecía que iba a ganar Nixon (a propósito, el primer cara a cara entre ambos televisado cambiaría para siempre las campañas electorales, como bien destacan series de la categoría de Mad Men) no son escamoteadas, así como algún perturbador flashback relativo a Rosemary Kennedy (en esos compases destaca mucho la actuación de Diana Hardcastle). 



Un complejo rompe-cabezas que es inabarcable para un producto de estas características, a pesar de unos conseguidos (aunque, a veces, excesivos) viajes al pasado en la narración. Hay patas de la mesa que quedan sumamente cojas, como el célebre, para los tabloides, festejo de cumpleaños que la mítica Marilyn Monroe dedicó a su presidente (vamos, que en la mini-serie se despacha todo en 10 minutos contados, transmitiendo esa sensación de premura que lo salpica todo). 



A fin de cuentas, no se puede obviar que este proyecto comenzó con unas miras más modestas, fruto del interés del History Channel en volver a poner en la pequeña pantalla a uno de los rostros más representativos de un período crucial en un país durante unos años decisivos y controvertidos. Siempre hay un JFK para ser presentado con otro prisma. No es lo mismo el Kennedy que presenta Oliver Stone que la visión bajo la óptica de Jacqueline en el documental firmado por Patrick Jeudy en 2003. Según la ideología, los archivos de los que se dispusieron y varios otros factores, el moderno Arturo y su prolífico linaje han sido expuestos de una forma u otra. 



Estos 8 episodios no van a cambiar dicha percepción. No obstante, la calidad de sus intérpretes, buenos diálogos y correcta ambientación, nos permiten explorar rincones menos conocidos que ayudarán a que tengamos más pinceladas de dicho cuadro. A nivel dramático, es cierto que la serie va cogiendo progresivamente más y más fuerza, tras un inicio más lento, que parece buscar auto-convencerse a ella misma y al espectador de que está recreando esa atmósfera. 



Posibles defectos al margen, no deja ser una gran oportunidad de ver el paso de la adolescencia a la adulta de un país que tuvo un amargo despertar cuando los muros indestructibles de Camelot se derrumbaron. Desde entonces, para bien y para mal, JFK se convertiría en el símbolo de una generación y modo de ver las cosas. Llegaría entonces el momento de la presidencia de su antiguo rival, Richard Nixon. Tampoco saldrían igual los estadounidenses de aquel mandato controvertido, salpicado de política exterior tensa y cuestionable, así como el cierre final de espionaje del Watergate. Pero eso es ya otra historia y habremos de esperar para contarla otro día... 



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sábado, 14 de noviembre de 2015

EL PEOR CRÍTICO DEL MUNDO



Nunca me resulta fácil hacer una reseña de un cómic de Astérix. No se trata solamente de una fuerte simpatía por el personaje, es algo más. Probablemente, aprender a leer sin el bajito y astuto galo habría supuesto una experiencia mucho menos divertida. Junto con Mortadelo y Filemón, la irreductible aldea supone uno de los pocos tebeos de los que no recuerdo la primera vez que me acerque a ellos. Y no es que a uno no le gusten otros iconos de las viñetas, todo lo contrario, pero fijo con claridad el momento en el que me engancharon sus guionistas y dibujantes. En el caso de la tierra de los menhires no, siempre han estado allí, un axioma incuestionable para las estanterías de mi casa. 



Jean-Yves Ferri y Didier Conrad, recogedores de la antorcha de los míticos R. Goscinny y A. Uderzo, volvían a la carga tras haberse estrenado con la aventura picta, en este caso, con la recién publicada El papiro del César. Pude adquirir el álbum de inmediato y huelga decir que cayó con la rapidez que los jabalíes desfilan por un banquete con Obélix. No duelen prendas en admitir que la primera lectura me llevó a apreciaciones injustas sobre esta obra. La nostalgia es mala consejera en las continuaciones y el recuerdo de los mejores Goscinny y Uderzo pesa mucho. "¿En serio? Pues a mí me ha parecido muy bueno", me decía un buen amigo de cuyo criterio no tengo dudas, cuando intercambiamos impresiones; él atestiguaba haber estado ante una historia al más puro estilo clásico, mientras que yo había desfilado sin frío ni calor ante sus viñetas, carente todo de pena o gloria. 



Una re-visita a los pocos días me mostró un cómic bien diferente. En primer lugar, un arranque muy bueno y que hubiera complacido al mismísimo Goscinny. César tiene ya recopilados todos sus célebres comentarios sobre su conquista gala, pero uno de sus asesores, Promoplús, le convence de que debe suprimir un capítulo que su autor ha dedicado a la irreductible aldea de Abraracúrcix, plagado de fracasos para las legiones. Sin embargo, la verdad histórica es algo que no puede hurtarse demasiado tiempo, ni siquiera por el vencedor de Vercingétorix.  


Sin premura, una concentración en los diálogos mostraba un argumento de Ferri notablemente más elaborado y talentoso que el anterior, donde se dejaba llevar mucho por elementos fantásticos. Aquí, exhibe que está cada vez más amoldado a los personajes y su esencia, logrando un eclecticismo genial para usar referencias de la época y nuestra actualidad (piraterías informática, el taller de escribanos númidas ocultos de los romanos, etc.). Y, sobre todo, supera la prueba de fuego de utilizar a César, el payaso serio de Astérix y Obélix más apreciado, siempre tratado con una mezcla de ironía y sincero respeto por Goscinny y Uderzo. Tal cual es la visión que Conrad y Ferri nos ofrecen del patricio romano. 



Se contrapone con habilidad el papel de la palabra escrita, la cual puede dar credibilidad de hechos que están incompletos o falseados, frente al problema de la cultura de los druidas, cuya transmisión oral hacía peligrar su continuidad y que fuera creída (amén de que resultaba extraordinario para su papel preponderante en la educación y religiosidad del pueblo galo mantenerse como custodios del secreto, justificando sus prebendas). En serio, lo que han hecho Conrad y Ferri no desentonaría en la etapa dorada de la colección original (palabras mayores, por cierto).



Eso en el haber, que no es poco botín. Es cierto que hay una tendencia en esta pareja de autores ha usar elementos fantásticos (en este caso, uno de los remedios se obtiene mediante la captura de un unicornio en el bosque de los carnutos, y en su debut emplearon al mismísimo monstruo del lago Ness y criogenizaciones de pictos a lo Walt Disney), más en consonancia con la fantasía hiperbólica de El cielo se nos cae encima que en la hábil parodia histórica y explotación de tópicos que caracteriza el corpus de la saga.  



 Hay asimismo una tendencia a resolver las tramas con el recurso de invocar al deus ex machina de turno, aunque la progresión de Ferri y Conrad invita a tener las mejores expectativas cara a la que sea su tercera incursión en la Armórica. El primero fue una toma de contacto (destacando la calidad de las ilustraciones) y El papiro del César se traduce en un aterrizaje claro y decidido a afirmar que Uderzo no ha cometido ningún error (todo lo contrario) al dejar el barco en estas manos. 



La sensación que deja al final es de un trazo completo del círculo, incluyendo un homenaje metaficcional que hará las delicias de los incondicionales. El horóscopo pronostica buenos tiempos en la aldea y que seguirán valorando las tradiciones. No hay peligros en el horizonte. 



Bueno, uno sí, que el cielo se nos caiga encima... pero, eso no va a pasar mañana.



INCISO POR PARÍS...Y EL RESTO:



Tristemente, esta entrada surge poco después de un terrible atentado terrorista en París, el cual se ha cobrado la vida de un centenar de personas inocentes, sin otro delito que haber salido a disfrutar un viernes. La acción logró todos los efectos de los que se nutre el terrorismo más cerril. Siembra desconfianza, genera rechazo al diferente y puede reforzar comportamientos radicales de uno y otro signo político, también religioso. Cruzo los dedos porque los galos y su hermosa Lutecia demuestren esas células grises que siempre han tenido, que no olviden a sus caídos y, más todavía, a sus familiares y amigos que los añorarán con dolor. 



La solidaridad que ha generado el hecho con la capital gala ha sido por un lado admirable y, colateralmente y de forma involuntaria, ha puesto en relieve el problema de que, según la cobertura mediática, nos escandalizamos más o menos. Lo ocurrido en Francia pone los pelos de punta y sacará lo mejor de mucha gente (ansías de reconstrucción, de vivir, de honrar a los difuntos, que no sea en vano esa atrocidad, muestras de apoyo honesto, etc.). ¿Por qué no hemos hecho lo mismo todos, en nivel general, en los países más desarrollados, cuando han ocurrido horrores de similar índole en zonas como Siria o África, por citar únicamente dos ejemplos? Todos tenemos que ver con todos, los movimientos migratorios son constantes y, no es que no debamos echarnos las manos ante el nauseabundo crimen sufrido en París (todo lo contrario, ese salvajismo debe removernos en lo más profundo por su atrocidad e injusticia), pero esa debería ser nuestra reacción siempre. 



Hay negocio en este turbio asunto. Se venden armas a estos verdugos de los que nos escandalizamos con posterioridad a haber creado a dichos monstruos. Se pervierten credos para convertir en sangrientos corderos del sacrifico a gentes sometidas a las peores condiciones posibles de vida, dispuestos a abrazar la promesa fácil de un paraíso para salir de dicho infierno, sin darse cuenta de que están inmolando por gentes que nunca lo harían por ellos, tornándolos en asesinos y en sicarios muy similares a los de esas superpotencias que critican. 



¿Y las víctimas? Los de siempre, gente a pie de calle que tuvieron la mala fortuna de estar en la rue parisina equivocada, el hado funesto de tener que emigrar de su Siria natal sin delito cometido o ser una criatura convertida en niño de la guerra antes de haber podido aprender a leer o escribir. París tiene hoy una herida abierta, en muchos lugares saben cómo se sienten, ya sea por alambradas, fronteras carmesíes o cualquier brote de odio a lo distinto, a la incomprensión. Pensemos en la infinita suerte que hemos tenido de seguir por aquí un poco más, es el mínimo respeto que debemos a los que ya no están. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.abc.es/cultura/libros/20151012/abci-asterix-nuevo-papiro-cesar-201510121210.html



http://cultura.elpais.com/cultura/2015/08/03/actualidad/1438620242_388542.html



http://www.lacasadeel.net/2015/10/portada-y-paginas-interiores-de-asterix-36-el-papiro-del-cesar.html

domingo, 8 de noviembre de 2015

MONKEY BUSINESS



Una cosa está clara ante las fuerzas de la naturaleza. Algunas son perniciosas; otras, ventajosas. De igual forma, algunas de ellas supondrían una mezcla de ambos adjetivos. Lo que está claro es lo que no hacemos cuando el destino nos pone frente a ellas: sentarnos a negociar. Durante una época irrepetible, los hermanos Marx fueron la anarquía por el caos, la genialidad destructiva y la afrenta ácida. Se los podía amar en el escenario o censurarlos. Pero nunca hacerlos pasar desapercibidos.



Simon Louvish nos los vuelve a colocar en la palestra de la mano de las páginas de Monkey Business: la vida y leyenda de los Hermanos Marx, una excelente biografía, nada exenta de riesgos. En primer lugar, porque sus protagonistas se encargaron de dejar una serie de divertidas trampas a los historiadores y admiradores de su trayectoria. Groucho cambiaba sin rubor los nombres de gente de su pasado, Chico dejó un reguero de deudas en carreras de caballos y partidas de dados, Harpo mentía sobre su edad... Los pobres funcionarios del censo estadounidense fueron las primeras víctimas de este linaje de origen alemán que terminó siendo un icono de Hollywood. 



Claro que eso es el final de la historia. Un resultado del talento, pero también del esfuerzo, del vodevil y de una madre singular, una mezcla de genialidad y locura que convenció a sus pequeños del camino a seguir. Voces cantoras angelicales y delincuentes juveniles. La vocación y esa dosis de fortuna (solamente las deudas de Chico impidiendo que los Marx hubieran terminado siendo los más alocados granjeros del país) que permite a unos pocos escogidos traspasar el umbral de la leyenda. Aterrando, de paso, a muchas señoritas de buen ver en los castings y siendo el pánico de cualquier director con dos dedos de frente. 


De cualquier modo, el triunvirato y la madre no están solos en el relato. Louvish nos rescata a algunos de los grandes desconocidos, al padre al que su prole hizo ostentar el título de peor sastre del mundo, y una hermana desaparecida en las brumas del tiempo, así como los otros dos hermanos: Zeppo y Gummo. Menos conocido para el gran público, Gummo solía bromear con gracia sobre su ostracismo entre tan afamados parientes, mostrando un notable sentido del humor. 



Más trágico pudo resultar todavía para Zeppo, el más galán del reparto, quien perdió uno de sus amores ante su hermano Groucho, quien, además, se levantó de su convalecencia para volver al teatro, puesto que su sustituto, el propio Zeppo, estaba exhibiendo mucha gracia en su sustitución del irredento fumador de puros... hasta límites peligrosos. Envidias, celos y distanciamientos que no impiden que, leídos todos los capítulos, uno piense que al final fueron una Cosa Nostra de artistas (de hecho, la propia mafia barajó darle algún susto al táhur de Chico alguna vez, pero se descartó la idea por la mala prensa que traería en California que el crimen organizado se habuiera cargado a uno de los carismáticos Marx).



Se cuestiona asimismo el supuesto aburrimiento atribuido a Margaret Dumont (cuyo nombre real no era ese), dama de biografía apasionante, no pudiendo la persona lectora sino compadecerse de que tan patricia actriz terminase cayendo en manos de la horda huna más peligrosa de todos los tiempos. Con todo, decía Terenci Moix que un papa fue capaz de contener a Atila a las puertas de Roma, tenemos constancia de que Harpo no hubiera tenido tales miramientos. El menos hablador del clan, el genio del que Elvira Lindo decía que le hacía uno querer volver a hacer saltar charcos como cuando éramos niños, tiene sobre su azarosa biografía la sospecha de haber sido el instigador de un incendio contra un empresario que les trató mal.  



Louvish, nacido en Glasgow, formado en Jerusalén y figura de relevancia en el prestigiosos London International Film School, exhibe un excelente conocimiento del mundo del celuloide y de los entresijos más privados de estos huidizos genios, sobre todo cuando se quitaban las máscaras de sus desinhibidos personajes. Las primeras intentonas con el otro sexo del tímido Groucho en hoteles, las misiones diplomáticas de Harpo en la Unión Soviética o la capacidad de Chico para que en su casa le siguieran aguantando pese a sus despilfarros e infidelidades son algunas de las muchas cuestiones que harán las delicias de nuestra vocación más cotilla. 



El contexto de su época tampoco es omitido. No se entiende la desazón económica que arrastró toda su vida Groucho sin el crack del 29, una estocada en toda regla que hundió a muchos y estuvo a punto de hacerlo asimismo con estos protagonistas. También se incluye el pánico que llegó a sentir Harpo durante una breve visita al Berlín del incipiente Adolf Hitler, debido a sus orígenes étnicos. De idéntica manera, se tratan aspectos de la industria cinematográfica estadounidense como las normas censoras que se tiraban de los pelos ante aquellos ídolos (si bien, el cine los fue edulcorando con el paso del tiempo).  



Una oportunidad única para saber más de un fénómeno irrepetible. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 






https://en.wikipedia.org/wiki/Marx_Brothers



http://www.allposters.com/-sp/At-the-Circus-Chico-Marx-Groucho-Marx-Harpo-Marx-1939-Posters_i5108458_.htm

domingo, 1 de noviembre de 2015

NUNCA HEMOS TENIDO UN PÚBLICO COMO ESTE...



No se puede negar que Álex de la Iglesia es un director con personalidad. Sus películas pueden gustar más o menos, pero son rápidamente identificables para el espectador y tienen la continuidad de un universo propio. Me comentaba un buen amigo que, quizás, su gran problema a la hora de rentabilizar al máximo el innegable talento del cineasta vasco es el hecho de que resulta demasiado freak para el gran público y, dentro de la excentricidad, tampoco llega a atravesar el espejo de Alicia. De esa clase de cristales nos habla su último film, Mi gran noche (2015).



Jorge Guerricaechevarría le acompaña al guión. De estas combinaciones han surgido visiones muy personales, cínicas y sagaces de realidades como la de los centros comerciales (viene a la mente la deliciosa Crimen ferpecto [2004]). Ahora, se adentran en un campo onírico de ensoñaciones llamados programas de Nochevieja y galas navideñas, esos platós que se llenan de figuración de traje y que, sin embargo, están rodando en pleno agosto y con un regidor diciéndoles cuando reírse o aplaudir, mientras que los artistas ya grabarán en otro momento. 



Una idea curiosa e interesante que de la Iglesia remata con detalles de cosecha propia, utilizando a uno de los artistas que más ha participado en este tipo de televisión a los José Luis Moreno, Raphael (convertido aquí el entrañable cantante de villancicos y otros clásicos como el que da título al film en una mezcla extraña entre villano de James Bond y el Emperador de Star Wars, saga a la que el cineasta tiene auténtica devoción). Con una comedia coral y atiborrada al estilo Berlanga, también usa detalles de El ángel exterminador (1962), Mi gran noche tiene un buen arranque y una sátira social que no deja de verse con una mirada cómplice. 



No obstante, aunque tiene un ecléctico tono desenfadado estilo El guateque (1968) y hay elecciones de casting muy acertadas (mención especial a usar a dos actores como Pepón Nieto o Carmen Machi, capaces de hacer milagros con cualquier cosa que se les dé), Mi gran noche se ve con la misma facilidad con la que uno intuye se le van a ir olvidando cosas conforme salga del cine. No es, ni mucho menos, una decepción, pero tampoco tiene la factura de otros proyectos de un artista que, si por algo se caracteriza es por su punch. 



¿Se habrá ablandado de la Iglesia con los años como algunos sectores más gafapastas quieren vender? Personalmente lo dudo, alguien que hace apenas 5 años regala una visión tan tenebrosa y diabólica versión de las dos España como Balada triste de trompeta merece siempre respeto. Aquí, en una pieza menor, se logra divertir y poner siempre esa dosis de violencia ibañezca que arrancan la carcajada directa. 



El ambiente de gala e irrealidad que rodea todo ayuda a confirmar esa sensación de que hay pocas cosas que inciten más a la tristeza y a la autocompasión que las campañas publicitarias para despedir el año, donde si no se tiene el coche más rápidos, la novia o el novio más cañón y una nutrida nómina, uno es un auténtico inútil. Aunque acelerada en el argumento, el extraño idilio que se logra entre el personaje de Pepón Nieto y la bellísima Blanca Suárez sirve de perfecta metáfora de lo antedicho. 



Hay muchos dardos nada disimulados a los programas que buscan nuevas estrellas televisivas al micrófono o mandar a un recóndito lugar a famosos del mundo del corazón para que se despellejan. Con acierto, de la Iglesia utiliza a la trinidad que ya utilizó en Las brujas de Zugarramurdi (2013) para mostrar ese modelo de gente guapa de la hostia y que congregan masas y taquilla: Hugo Silva-Carolina Bang y Mario Casas. 



En definitiva, un honesto y divertido entremés, al que es difícil asimismo sacar más punta. No es el Álex de la Iglesia en estado puro que nos encanta ver, pero tampoco parecen de recibo algunas de las lluvias de críticas que le suelen caer últimamente, fruto de que quizá como público estamos empezando a estar un poco de vuelta de todo y se nos olvida que a de la Iglesia le ponemos el listón del mejor de la Iglesia. Y eso es decir mucho. 



Mi gran noche tiene un estupendo reparto y entretiene con una sonrisa durante 100 minutos. No es poco mérito.  



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 










domingo, 25 de octubre de 2015

LA CIUDAD QUE NUNCA DUERME


Gotham. La simple mención a esa palabra hace esbozar una sonrisa de satisfacción a las gentes comiqueras de todo el globo. Una ciudad a la que le gusta estar sucia, una metáfora genial de la corrupción de una gran metrópolis en las viñetas. La cuna de Batman, célebre creación de Bob Kane (si bien es de justicia recordar en la gestación del universo del murciélago la figura de Bill Finger, guionista básico a la hora de elaborar la atmósfera). La noticia de que la FOX iba a hacer una serie centrada en los años previos a la aparición del héroe solamente podía ser esperada con expectación. 



Pasada una primera temporada, llega el momento de la reflexión, dejando una serie de sentimientos contrapuestos. Por un lado, la idea resulta un agradable giro de tuerca. Aquí, Bruce Wayne es un niño huérfano y que dispone de una gran herencia para consagrar su tiempo a una causa, evitar que otras personas pasen por su traumática experiencia en un callejón ante un tipo enmascarado con una pistola. Con ese niño de telón de fondo, un joven e idealista inspector, Jim Gordon (Ben McKenzie) se compromete a intentar averiguar la verdad, pues los padres de Bruce eran los grandes mecenas de una urbe necesitada de ayuda; hay mucho más que el robo de un collar a la salida de un cine en su desaparición. 



Esto provocaría la primera ruptura con los puristas. Una legión de fans consideran adecuado que, por grande que llegue a ser la dedicación de Batman, nunca podrá tener la certeza de haber detenido a aquel tipo que un día sorprendió a sus padres. Un anónimo delincuente que gestó a una figura vengadora y oscura, salida del universo de Poe. De cualquier modo, admitiendo lo fascinante de esa premisa, el tándem formado por Gordon y Harvey Bullock (Donald Logue) da mucho atractivo a un show detectivesco a la vieja usanza. El buen chico que no quiere cruzar la línea y el policía realista que sabe que hay que quebrar el sistema para aportar un poco de cordura.  


"Listen to me, there is a war coming. A terrible war. Falcone is losing his grip, and his rivals are hungry. There will be chaos. Rivers of blood in the streets. I know it! I can see it coming"- Oswald Cobblepot, Gotham, Temporada 1, Episodio 1. 



En un clima de vacío de poder y futuras guerras de bandas, una serie de amenazas latentes sumergen a la ciudad en la anarquía. Sobresale en ese sentido un gran acierto de casting, el de Jada Pinkett Smith como Fish Mooney, una de las aliadas de Falcone que más iniciativa propia parece tener, así como codicia. Entre sus empleados, destaca un chico apocado y que disfruta viendo las palizas que dan algunos de los matones de Fish a quienes se retrasan en los pagos. Su nombre es Oswald Cobblepot, aunque todos los mafiosos se burlan de él con el sobrenombre de el Pingüino (Robin Lord Taylor convence desde el primer momento con una caracterización sobresaliente). 



Definitivamente, Bruno Heller sabe bien dónde está los ingredientes de su cocina para confeccionar los argumentos, aunque echa en falta más tiempo en la cocción. La primera temporada de Gotham quiere ir muy rápido, demasiado. No le faltan ingenio a sus criminales ni a sus detectives, pero todo tiene la tendencia a querer resolverse con premura y con tiroteos y americanadas varias que alejan al producto de la calidad que podría llegar a alcanzar con un poco más de pausa. Igual que Bruce, las tramas quieren crecer con demasiada rapidez. 



Otra de las acusaciones que se suelen verter contra el equipo de Danny Cannon (el director) es el síndrome de Smallville; es decir, aquella serie que narraba la juventud de Clark Kent antes de descubrir las cabinas telefónicas y que ponerse una S en el pecho sin lucir gafas era la excusa perfecta para que nadie albergase sospechas inoportunas. En dicha serie, pese a otras virtudes, daba la sensación de que toda la gente que luego sería importante en el universo de Superman conoció al protagonista en el instituto... cuando, no, es que se habían sentado directamente en el mismo pupitre. 



La hoja de ruta podría resumirse en que Gotham es sumamente interesante y divertida cuando se preocupa por el viaje, profundizando en los personajes colaterales del mito de Batman con una precisión que no se les puede dar en una película. Ahí, su equipo artístico exhibe talento y brinda oportunidades a sus intérpretes para lucirse y sacar aristas. 



Asimismo, junto con su buena factura, fotografía y oscuridad, la serie brinda momentos de divertido humor negro que refleja inteligencia, aunque, a veces, también cae en las espectacularidad más burda. A fin de cuentas, este proyecto es una gata negra sobre un tejado de zinc, a punto de caerse en cada momento. Pero cuando logra mantenerse sobre sus frágiles cimientos, este producto deja momentos de suma diversión. 



Seguiremos expectantes a esta ciudad que nunca duerme.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.igeekmx.com/?p=1142



https://www.youtube.com/watch?v=8XAyFkMa5Ag



http://my-series.ru/robin-tejlor-rasskazal-o-semkax-v-seriale-gotem/

domingo, 18 de octubre de 2015

UN ENCUENTRO MUY ESPECIAL



Es una tentación tan infantil como inevitable. Dentro del género de la épica, cuanto más profundiza una persona, se ve tentada a hacerse preguntas de cómo competirían diferentes campeones en un mismo escenario. El propio Néstor de Pilos, si hemos de creer el gran Homero, se jactaba en el campamento de los aqueos de que los héroes de su niñez hubieran podido incluso con guerreros de la talla de Aquiles o Áyax. A pesar del tiempo transcurrido, las legiones de fans del cómic súper-heroico se mueven en esos mismos parámetros. Dentro de esos what if...? imposibles, el duelo entre Los Vengadores, la escuadra con algunos de los seres más poderosos del universo Marvel, y la Liga de la Justicia, agrupación que incluye a los personajes insignias de DC Cómics, ocupaba una de las plazas más propicias para la discusión. 



Desde el frustrado intento de hacer dicho crossver en 1979, los aficionados se habían rendido a la evidencia de que semejante choque de proporciones cósmicas solamente se produciría en su imaginación. Sin embargo, entre 2003 y 2004 apareció publicada por primera vez una mini-serie que, de manera canónica, fijaba que dicho encuentro se produciría, enlazándose dos de las ficciones de las viñetas norteamericanas que más habían competido por las ventas, para solaz de los fans. Probablemente, los editores, sin dudar de que compartieran tan navideño sentimiento, se sorprendieron al ver en sus cálculos el espectro de público que podrían llegar a tener. 



Curiosamente, se rescató al dibujante seleccionado para el frustrado experimento del 79, George Pérez. Sin duda, era la elección más idónea, debido a su gran veteranía y capacidad única de narrar con maestría escenas con demasiadas heroínas y semi-dioses por metro cuadrado. La mano maestra de este artista garantizaba un fuerte conocimiento de cómo debían moverse y combatir cada uno de los muchos protagonistas (Wonder Woman, Thor, Superman, Capitán América, Bruja Escarlata, Batman...). Tras negociaciones y exigencias de una y otra compañía, quedó claro desde 2002 que ambas empresas confiaban en Kurt Busiek como el guionista capaz de llevar el barco a buen puerto, con un argumento que hiciera que ninguno de los dos súper-grupos quedase por detrás del otro.  


Más allá del aspecto relativo al marketing, juntar a Busiek y Pérez era una fórmula muy ganadora. Ambos habían dado muestras de su talento en Marvel y DC, pero también garantizaban que no tenían ningún problema en trabajar juntos; concretamente, habían teniendo una larga y muy notable andadura en Los Vengadores de comienzos del nuevo milenio, etapa que tiene visos de elevarse a la categoría de clásico y que rescató a los héroes más poderosos de la Tierra (como modestamente se hacían llamar) a la palestra de las estanterías que se habían abandonado tras Onslaught y la fiebre de clones con universos paralelos que obsesionó a los responsables de las colecciones marvelitas. 



Las cuatro piezas que componen esta mini-serie son algo más que el savoir faire de unos artesanos para sacar decentemente los cuartos a la hinchada y evitar que Jim Shooter o sus herederos espirituales protestaren porque se había primado más a un personaje que otro. No, JLA/Avengers es una montaña rusa muy idónea dentro del género, con un guión inteligente de Busiek, quien explota con habilidad los protocolos de este tipo de encuentros. En primer lugar, el malentendido que hace que gente que está en el mismo lado del bien piense que los otros son malvado. Hay entran los combates entre campeones y, como efecto posterior, la necesidad de aliarse contra un enemigo mayor. 



Hasta ahí, Busiek habría cumplido sin alardes con el cometido, con más experiencia que imaginación. De cualquier modo, ese esquema tan básico se cumple únicamente en los dos primeros números, donde Pérez y su guionista juegan con las premisas de cómo quedaría en papel las premisas que Marvel y DC barajaron en los albores de la década de los 80. Incluso, de forma metaficcional, se burlan un poco de ella. Es la plataforma que los catapulta a lo que quieren contar.  



El amplio conocimiento de esta pareja de autores permite lanzar viñetas repletas de guiños y detalles que es muy fácil que pasen desapercibidos en una primera lectura. En verdad, se trata de un cuarteto de cómics que una vez al año siempre da gusto desempolvar. Pérez rara vez se toma un respiro en su narración y es muy difícil que un decorado o algún objeto de fondo no tenga una verdadera razón de ser. Nunca puede subestimarse el tremendo talento de los lápices de este hombre, no puede ser casual que, misteriosamente, aparezca en muchas de las obras maestras de este marco (Jóvenes Titanes, Crisis en Tierras Infinitas, Los Vengadores, Wonder Woman...). 



Sin desvelar detalles de la trama, por poner un punto negativo a tan delicioso postre dominical, señalar que siempre he pensado que al JLA/Avengers le falta un gran enemigo, una Némesis realmente significativa. No hay un Doctor Muerte o un Lex Luthor en los planes entre bambalinas y eso, y es raro que un guionista de olfato tan fino como Kurt Busiek no lo sepa en el fondo, ni reparase más en ello. Con todo, la fusión propuesta cumple con todas las expectativas posibles. No en vano, en la primera intentona, se barajó a otro hábil escrito como Gerry Conway, lo cual da una idea de la criba que debe existir para estar en las ternas que permitan jugar con unos personajes que son verdaderos iconos del imaginario popular. 



Si ahora estamos en plena fiebre de súper-héroes, tanto en cines como mercados como el del video-juego, es, en buena medida, por culpa de talentos como el de Busiek, Pérez y su equipo. Vengadores, reuníos; y, Liga de la Justicia... esto, dales duro. 



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