domingo, 17 de noviembre de 2013

UNA Y OTRA VEZ, SIEMPRE RESISTENTES AL INVASOR...


Jean Vives-Ferri y Didier Conrad posan con la criatura, tras un arduo proceso de gestación. Desde el mes de octubre, fans de todo el mundo se han solazado con el hecho de volver a disfrutar con la presencia de uno de los estandartes más célebres del cómic franco belga: Astérix y los Pictos había aterrizado. Por primera vez, una historia de la célebre aldea no contará con la participación del inefable Albert Uderzo, uno de los mejores dibujantes de siempre. Albert (a quien debemos buena parte del éxito de Obélix como co-protagonista en las aventuras del Odiseo de la tierra de Vercingetórix) ha supervisado cual padrino a sus protegidos, no obstante, queda claro que en esta ocasión ha habido un cambio generacional. Suena al fin de un ciclo (glorioso) y el comienzo de otro. Es lógica, pues, cualquier expectación sobre el mismo. 



Las primeras viñetas ya habrán bastado para que más de uno saque a pasear la nostalgia. Ver el pueblo irreductible nevado, con el magnífico trabajo de Conrad (tornado en un excelso clon de Uderzo, tarea nada fácil), convencerá a los más puristas. Reconociendo ello, no deja de ser menos veraz que, como ocurre desde la desaparición de René Goscinny y sus argumentos siempre medidos al milímetro, que la trama presenta varias incoherencias.




Aunque constituye un gran acierto buscar un terreno inexplorado en la saga, el territorio de los pictos (que correspondería, aproximadamente, a la actual Escocia), representados por clanes con resonancias shakesperianas, da la sensación de que Ferri y Conrad se han movido más cómodo con personajes que no eran de cosecha propia. Me explico, manejan sumamente bien las personalidades de Astérix, Obélix y el resto de galos, sabiendo cómo reaccionan y que clase de diálogos hubieran puesto sus mentores. Detalle de humildad que honra a la pareja, aunque no se han soltado la melena con los protagonistas pictos, bastante desangelados en comparación con los dos aventureros. Asimismo, se echa en falta una mayor presencia romana en la aventura.   


Detalles que no evitarán una sonrisa de satisfacción en los viejos amantes de este clásico del cómic europeo. Cuesta pensar que dos autores del calibre de Conrad y  Ferri no se irán familiarizando con la esencia del universo menhir (que ya conocen a la perfección, y si no, para eso estarán Uderzo y sus consejos), a la par que añadiendo crecimientos e ideas de su propio daimon. El recuerdo imborrable de la etapa de Goscinny y Uderzo, verdadero hito por calidad y simpatía, al frente de los laureles del César, no se verá amenazado, sino que, con suerte, será continuado. Se echaba en falta la vuelta a las estanterías de una nueva historia de los irreductibles.  



Lo cual se traduce en algún cameo divertido e inconcebible haría hace unas generaciones, como la presencia de un villano con un rostro muy parecido al de Vincent Casel, simpático guiño de los autores a la actualidad y que hay un futuro en la actualidad para la poción mágica. 


Así, una vez más, abrimos las páginas para descubrir que toda la Galia está ocupada, ¿toda? Toda no... 

domingo, 20 de octubre de 2013

JUEGOS OSCUROS

 
 
Lo más importante de un juego es conocer sus reglas. No obstante, durante la madrugada tras una cena de profesores de universidad, una joven pareja decide cometer la imprudencia de aceptar participar en uno sin conocer las instrucciones que lo rigen. Nunca en la historia del teatro, ha sido más imprudente aceptar la clásica: "La última en nuestra casa". 
 
 
 
 
Creada por Edward Albee en la excelente década de los 60 de los escenarios estadounidense, Quién teme a Virginia Woolf, sigue siendo uno de los grandes regalos que actores y actrices buscan por igual. Con un título que es un juego (nuevamente el concepto) de palabras  intraducible, Who´s afraid of Virginia Woolf?, ha atraído la atención del público, tanto en su formato original como en la célebre adaptación cinematográfica, la cual estuvo aderezada con la tensión sexual entre Elizabeth Taylor y Richard Burton.
 
 
 
 
Córdoba tuvo la fortuna el pasado viernes de recibir la versión de Daniel Veronese, la cual venía apadrinada de excelentes críticas. De cualquier modo, ninguna recomendación es mejor aval que el talento exhibido por la pareja protagonista, un excelente tándem formado por Carmen Machi y Pere Arquillué. La primera encarna a Martha, la hija del rector de la ficticia universidad, casada con uno de los profesores del lugar, George. Tras años de frustraciones y decepciones, los dos son, en apariencia, la típica parea tragicómica, gruñona entre sí, condenados a soportarse... ¿o no? Con el paso del tiempo, cada uno parece haber perfeccionado exquisitas y retorcidas maneras de fastidiar a otra, involucrando en ocasiones a otros en estos juegos donde nadie, salvo ellos, entienden cuándo comienzan y dónde terminan.
 
 
 
 
De Carmen Machi poco hay que decir, muy reconocible para el gran público por su popular personaje Aída (que interpretó primero en Siete Vidas  y posteriormente en la serie del mismo nombre), directores de la talla de Pedro Almodóvar siempre han subrayado su gran capacidad para el género cómico (viene a la mente su delirante monólogo como concejala en un corto del cineasta manchego). En esta ocasión, a las virtudes que ya le conocemos, añade toda la oscuridad que lleva aparejada el personaje de Martha, un auténtico lobo para quienes la rodean y que es capaz de devorar su entorno y devorarse a sí misma.




Si a ese fuego añadimos la réplica brillante e irónica que le da Arquillué, solamente queda disfrutar de un espectáculo de casi dos horas, donde, no cambiar de escenario, no es ningún inconveniente. Con la grata compañía del buen amigo Chespiro, viejo conocido de este blog, disfruté de la incómoda y cotilla sensación de estar en medio de una escena de matrimonio con problemas y resquebrajada, donde una pequeña pulla puede desencadenar la erupción del volcán. Arquillué da un colosal y agridulce carisma a George, un hombre en su ocaso, cínico, amargado y, no obstante, como su propia esposa reconoce, la única persona en sus macabros juegos que es capaz de comprender sus reglas y ponerlas en su contra, a una rapidez endiablada.
 
 
 
 
En principio como ojos del espectador y, posteriormente, revelando más aristas de la que se esperaba en el principio del meeting, Ernest Villegas y Mireia Aixalá encarnan a la joven alianza conyugal que se va a exponer al fuego cruzado. Pero cuidado que no es oro todo lo que reluce y los inocentes recién casados también tienen varios esqueletos en el armario. La opresión ácida, divertida y a veces terrible que van a sentir en esas cuatro paredes recuerda poderosamente a la posterior Un dios salvaje. 
 
 
 
 
Interpretaciones excelsas al servicio de unos diálogos maravillosos y tenebrosos que, hoy y siempre, siguen resistiendo al terrible invasor del tiempo, para seguir enganchando a nuevo público al teatro.

domingo, 6 de octubre de 2013

NO PLACE FOR A HERO



Era la primera vez que lo escuchaba, pero el apellido sonaba muy bien. García Márquez. Una tarea de escuela, la típica lectura obligatoria. Pocas cosas pueden ser más engorrosas que leer por mandato, pero, en el bando contrario, el consumo ocioso de libros era uno de los placeres de la vida. Buscando fingir que no era un acto de obediencia sino de curiosidad, tras acariciar las páginas algo amarillentas del viejo ejemplar, empecé a leer la presentación de aquel autor colombiano desconocido... no podía imaginar que, con el paso de los años, Gabo sería uno de esos nombres imprescindibles en la biblioteca. 




Aunque posteriormente sería premio Nobel de Literatura y el autor de obras maestras como Cien años de soledad, aquel texto no era el de una joven promesa de escritor, sino de un reportero que había investigado en las desventuras de un marinero latinoamericano; este, en una vida azarosa, había sido todas las cosas posibles... Soldado, contrabandista, superviviente, náufrago, héroe de la tenacidad, objeto de la atención de su gobierno, besado por reinas de la belleza y, posteriormente, por no comulgar con el silencio como peaje, desterrado y exiliado de la popularidad que un día le invadió. 




Si bien su apasionante protagonista era una persona real y entrevistada, el colombiano no dudó en poner una máxima que posteriormente llevaría todos sus personajes. Quiere a cada uno de ellos como si fuera especial en tu vida. Su retrato, no por certero y capaz de reflejar las debilidades humanas, está lleno de admiración de empatía y, por qué no decirlo, de una sincera simpatía. La última vez que se verían, el periodista recordaría como unos saludables kilos de más invadían el cuerpo de su antiguo objeto de estudio, quien llevaba esa beatífica sonrisa de quien quizás haya perdido algunos pesos en la nómina, pero ha salvado su alma. 





A pesar de los años transcurridos, como los lectores del periódico "El Espectador", tantas décadas ya pasadas, seguiremos conmoviéndonos por esta vida ejemplar sin ser perfecta, la de Luis Alejandro Velasco, capaz de realizar una carrera de fondo contra el tiempo y la desesperación durante su aislamiento, de nada menos que diez días. Aunque finalmente él mismo se encargó de mostrar que no fueron las caprichosas tormentas la causa del desastre, la resistencia y fe de Velasco, bajo la pluma privilegiada de Márquez, siguen siendo algo digno de admiración. 




Huelga decir, que esta breve y fascinante crónica, afortunadamente, no de una muerte anunciada, sigue siendo una gran inversión cara a una tarde de domingo... 




"Hay un instante en que ya no se siente dolor. La sensibilidad desaparece y la razón empieza a embotarse hasta cuando se pierde la noción del tiempo y del espacio. Boca abajo en la balsa, con los brazos apoyados en la borda y la barba apoyada en los brazos, sentí al principio los despiadados mordiscos del sol. Vi el aire poblado de puntos luminosos, durante varías horas. Por fin cerré los ojos, extenuado, pero entonces ya el sol no me ardía en el cuerpo. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza".

domingo, 22 de septiembre de 2013

A DANCE WITH DREAMS AND SHADOWS


Hay un momento en que, determinados directores de cine, logran alcanzar un estatus de seguridad en taquilla, el cual les permite tener un cheque en blanco cuando las celosas productoras les encomiendan una nueva película. Tras éxitos populares como las versiones al séptimo arte de 300 y Watchmen, Zack Snyder se encomendó con Sucker Punch (2011), a explorar sus gustos, manías, freakismos y, básicamente, todo lo que le rondase la cabeza, sin escamitar en ningún momento en gasto o que alguien a su derecha pudiera amonestarle por estar realizando una montaña rusa de locura. 



Desde su inicio, con estética de videoclip (por otra parte, videoclip magnífico, con capacidad de síntesis y con una gran sagacidad para elegir la banda sonora, como ya demostró usando en el pasado, la excelente Times are changing de Bob Dylan), uno tiene claro que está ante la cinta donde Snyder más ha disfrutado de la hipérbole y la falta de mesura. Y eso, viniendo de un cineasta exagerado por naturaleza (no hay más que recordar sus cámaras lentas en las escenas de acción y con gusto por la violencia de influencia comiquera), puede hacer temblar a los más puristas. 




Y, sin embargo, se mueve, que diría el sabio. Con todos sus fetichismos, barbaridades y atmósfera de cuento irreal, la trágica epopeya de Baby Doll (Emily Browning, convirtiéndose en la versión dark y adulta de Sailor Moon, katana incluida), tiene un componente de atractivo que parte de su curiosa apología de esa herramienta que tanta notoriedad y peligros dio al bueno de Alonso Quijano, la imaginación. ¿Hasta qué punto hablamos de locura y no de instinto de supervivencia cuando frente a la peor de las realidades, alguien recurre a su única tabla de salvación posible?




Dentro de su contexto de locura desquiciada (es curioso que, pese a estar ambientada en la década de los 50, la niña protagonista tiene una capacidad de inventiva en sus alucinaciones que dejaría en ridículo a la mejor X Box), la ópera con licencia para matar de Snyder, sumerge al espectador en una serie de disquisiciones muy interesantes. El peculiar psiquiátrico y el extraño teatro organizado por una de las doctoras del lugar (caracterizada por Carla Gugino), tiene un regusto a De repente, el último verano; la gran diferencia con el maestro Tennesse Williams es que este, nunca hubiera desperdiciado el abanico de posibilidades de sugerencias y traumas que esconde el sanatorio Lennox. Eso sí, creo que el creador de Stanley hubiera sonreído ante la figura del Gran Apostador y nunca, hubiera quitado la penúltima escena cortada, que hubiera explicado muchas más cosas y además, explota el talento de una actriz protagonista en estado de gracia. 



Hace algunos años, Álex de la Iglesia hacía esta maravillosa introducción de su film El día de la bestia: "Amigos de los Jonas Brothers y High School Musical, en realidad, esta es vuestra película, solamente que no lo sabiáis hasta ahora". Algo de eso hay en la obra que hoy nos ocupa, ya que pareciera que estamos ante la versión manga y cañera de Fama (una peculiar reversión de la academia de baile regentada por Snyder, donde, por cierto, Helena de Troya hubiera tenido serias dificultades para pasar el casting)




Cinturones abrochados y disposición para ver una cantidad de referencias inacabables de diversas estéticas de fantasía, desde el universo Tolkien hasta la robótica de Asimov. El único inconveniente es que, a diferencia de otros hacedores del eclecticismo, como el gran Quentin Tarantino, a veces parece que las influencias manejan a las películas de Snyder y no al revés. El creador de Pulp Fiction, siempre parece tener controlado el coche, aunque vaya a 300 kilómetros por hora y sin frenos, pero, a Snyder, que siempre tiene puestas en escena muy interesantes, a veces parece fallarle el orden en su trazo...




Una excentricidad de un director ya de por sí heterodoxo, una extraña reformulación de los ángeles de la guardia y, como bien sabía Blanche Dubois, la dependencia que a veces tenemos de la bondad de un desconocido, ya sea en una parada de autobús o afrontando las fauces del dragón. 



 If you do not dance you have no purpose. And we don't keep things here that have no purpose. You see, your fight for survival starts right now. You don't want to be judged? You won't be. You don't think you're strong enough? You are. You're afraid. Don't be. You have all the weapons you need. Now fight.


domingo, 15 de septiembre de 2013

ONLY KINGS UNDERSTAND EACH OTHER: BOARDWALK EMPIRE


Gracias a la campaña de promoción que está realizando Canal +, parece oportuno que en la visita dominical a Amarcord, analicemos una de las series de la HBO que va a iniciar su cuarta temporada. Nos referimos al paseo marítimo más lucrativo y macabro de toda Atlantic City, Boardwalk Empire, quien, entre otras firmas de prestigio en su producción, cuenta con la del legendario Martin Scorsese.
En el pasado ya presentamos este programa que ha vuelto a colocar en el sitio que merece a un actor tan heterodoxo como genial, Steve Buscemi, de físico tan particular como innegable talento, secundario que saltó a la fama gracias a su capacidad de sobresalir con directores de la talla de los hermanos Coen o Quentin Tarantino. Su creación de Nucky Thompson es uno de los mejores aciertos del show, dueño de la mítica frase: "Si quieres ser gángster en mi ciudad, tienes que pagar por el privilegio".
Ambientada en una de las décadas más locas de los Estados Unidos, impregnada bajo la célebre Ley Seca (el propio opening es una metáfora excelente de ello, la figura de Nucky en un mar ensuciado por botellas, que, sin embargo, le hacen salir impoluto y enriquecido, mientras crea el caos en su ciudad), Boardwalk Empire bebe con mucha claridad de fuentes como Los Soprano o The Wire (de hecho, algunos de los mejores directores de ambas, han repetido experiencia para la, algo esnob, pero siempre excelente en calidad, cadena privada).


 Las tres anteriores temporadas han dejado un excelente recurso, una gran ambientación de la época (los insalubres hospitales son un ejemplo perfecto de realismo, a la par que un vestuario cuidado), junto con la evolución de personajes perfectamente desmitificados y mostrados de forma muy realista, como un violento camorrista en constante ascenso social, llamado Al Capone y que está creciendo a la sombra de figuras mayores hasta dejar un sangriento San Valentín y generar una de las declaraciones de Hacienda más polémicas de la Historia.



Con todo, no es oro todo lo que reluce en las arcas de Nucky, llegar a conocer esta Atlanta y sus conexiones con New York o Chicago, exige muchísima pausa, es una serie que tarda en entrar por los ojos, hasta que uno conoce a la perfección las complejas personalidades de figuras como Chalky White (pienso aquí en el genial Omar, ¿por qué será?), con capítulos que son algo así como pequeñas películas. Ritmo pausado y menos ácido que el añorado linaje de Tony Soprano, o más tintes de culebrón que esa brillantísima tesis sociológica que fue The Wire; pese a ello, solamente puedo recomendarla de la forma más encarecida.




Solamente la evolución de personajes como esa extraña joya que es Nick Van Alden, justifican la entrada y bien valen una misa, para entrar en ese imperio formado con ingenio por un corrupto tesorero; no obstante, la Historia ha demostrado que no existe reino en expansión que no deba, en un momento determinado, estar dispuesto a recibir desafíos.





Cojan si les place, un cuarto billete para ver las cicatrices de esa gran olvidada que fue la I Guerra Mundial, mientras, el alcohol sigue circulando con la fluidez que únicamente otorgan las prohibiciones... Si en esta temporada, el ritmo lograse acelerarse un poco sin perder su profundización de perfiles (tarea nada fácil), quizás al fin este Imperio pueda despejar una de las pocas cuentas pendientes que quedan en ella.



Show must go on... hagan juego, damas y caballeros.


ENLACE DE INTERÉS:


TRÁILER 4 TEMPORADA

domingo, 8 de septiembre de 2013

LA BELLEZA ESTÁ EN EL OJO DEL QUE MIRA: GIL PUPILA


Hay obras artísticas que cuentan con nuestra Bula. Es inevitable, quizás tengas fallos argumentales, no sean el mejor trabajo de su autor/a....pero, la vimos en el momento justo, con la persona apropiada y en la situación idónea. Ello permite que perdonemos todo. Que el tomo 1 de recopilación de las detectivescas aventuras de Gil Pupila, sea un generoso regalo de un apreciado amigo, otorga al héroe de Maurice Tillieux, una ventaja subjetiva importante...



No obstante, tal vez sea el justo karma el que ha permitido que dejase saldada mi deuda con aquel personaje originario de la revista Spirou. Para muchos lectores, Jourdan (su verdadero nombre en el francés original) y sus desentuertos, eran unas páginas de Súper-Mortadelo, aquella mítica publicación, donde, debo admitirlo, nunca reparé en demasía en el arte de Tillieux. Me gustaba su forma de retratar la atmósfera de relato noir de bajos fondos, pero, quizás intuyendo lo interesante de su argumento, no me placía verme con algún engorroso continuará que, en aquella época, se podía traducir en muchos meses, cuando no años, hasta tener la fortuna de conocer el desenlace.





Cita pospuesta pero finalmente encontrada, para gran satisfacción del ávido lector, he de añadir. Tillieux fue uno de los exponentes más excelsos de una Escuela franco-belga única en su especie, influyentes en las futuras generaciones, tanto de sus compatriotas (anécdota deliciosa con François Schuiten incluida en el prólogo del primer tomo) como en el extranjero (entre otros, el maestro Ibáñez, nada menos).




Compartiendo cierto rasgo con el mítico Tintín, resulta curioso como algunos de los secundarios que rodean al idealizado héroe, parecen estar revestidos incluso de mayor carisma que él mismo (en este caso, nuestra referencia es clara a Libélula y, evidentemente, al inefable inspector Corrusco, quien fue evolucionando de competidor de los investigadores a firme apoyo de la pareja investigadora, siempre con la presencia de su secretaria, con el adorable nombre de Cerecita, desafortunadamente, no muy explotada, quizás pecados de la época). Como fuere, son los misterios y la ingeniosa forma de solucionarlos los que mayor atractivo dan a la saga, verdadero exponente de cómo narrar. 



Con una gran experiencia en las tiras humorísticas, el fino sentido del ingenio del autor, permite dar una ligereza muy necesaria, incluso en las situaciones más oscuras, con una pausa elegante y siempre perfectamente insertada. Una cierta burla a la autoridad, diálogos buscando juegos de palabras (aunque la traducción, involuntariamente, a veces mutila tal connotación) y mantener todos los ganchos que una aventura larga exige. 



A pesar de su maestría dibujando persecuciones automovilísticas o generando ese humo en un contexto donde todavía era políticamente correcto fumar tabaco (que le pregunten al bueno de Lucky Luke, quien, el por qué dirán, pasó a tener hábitos más saludables entre aventura y aventura en el Far West), la trayectoria de Tillieux, marinero vocacional y con sueños de tierras exóticas, fue una carrera de fondo, antes que el descubrimiento de un talento precoz. Y es que, hubo borradores previos, antes de encontrar en Pupila, a la voz que había estado buscando para exocizar sus influencias (literarias y cinematográficas) en algo nuevo... 





Alguna poción mágica debió de existir más allá de los Pirineos y atravesando el Benelux, para traer aquella hornada de autores que revolucionaron el medio, dándole esa capacidad para el eclecticismo, entre lo infantil, juvenil y para todas las edades (incluyendo la de piedra, como decían en los TBO). Es una lástima que este extraordinario pionero no dispusiera de más préstamos de Cronos para dejar aún más enigmas a su personaje predilecto... Queda la obra firmada, que no es poca... 



Por ello, hemos de congratularnos por esta iniciativa de Planeta DeAgostini que nos ha traído la mejor edición hasta la fecha de uno de los clásicos básicos de una de las mejores Escuelas. 




Nuff said.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CANCIÓN TRISTE DE WILLY LOMAN


Hay quien dice que un náufrago engullido por el mar, es más grande que el cruel capricho del océano; la explicación radica en que, el primero es perfectamente consciente de que se está muriendo, mientras, las aguas son incapaces de entender que le están matando. Dentro del imaginario teatral, pocos personajes han sido más grandes y cuativadores que Willy Loman, un viajante de 63 años, a quien Arthur Miller colocó en el ojo del huracán para narrar sus últimas 24 horas, en la isla desierta que se ha convertido su vida, bajo la tormenta de la gran crisis que vino tras el crack del 29.  



Death of a Salesman, estrenada por primera vez en 1949, supone una de las piezas clave de un dramaturgo que, junto con su colega e influencia, Clifford Odets, se encargó de revolucionar su medio, con tintes sociales. Pero, que no se alarme ningún lector por esta aseveración. Como los más grandes escritores, Miller debe ser comprendido al margen de su ideología (la cual, por otra parte, le traería no pocos miramientos durante la paranoica caza de brujas rojas que él mismo se encargó de denunciar a través de sus míticas Las Brujas de Salem, ya mencionadas previamente en el blog) y, sus denuncias de la voracidad del american way of life tienen como único objeto central, el de las personas. Y, en ese sentido, rara vez un personaje de los escenarios ha sido más carnal que el bueno de Willy Loman. 




O malo, según se mire. Aún a día de hoy sigue siendo uno de los papeles predilectos y soñados por cualquier actor maduro que ambicione exigirse, Dustin Hoffman, por ejemplo, sería uno de los más recordados, pues, casi cada generación, necesita su propia visión del viajante. Padre de una familia de clase media que ha vivido por encima de sus posibilidades (ayudada a esa farsa por el resto del país y una publicidad agotadora y eficiente), Willy es un personaje ni mejor ni peor que el resto, humano, tierno, fanfarrón, soñador, irresponsable, cariñoso, débil, agotado, despreciable, adorable....pero, en todo momento y lugar, una mirada con ese tono de piedad que solamente algunos literatos consiguen. Aquel microscopio que, sin duda, le dieron a Chéjov para explorar la Rusia post-revolucionaria en sus gentes más modestas, pasa ahora a las manos de un norteamericano, descendiente de polacos que vivió como su propia madre, pasaba de ser una engalanada señora de Manhattan, a una ama de casa modesta, la mayor parte del día en batín, recluida en el heterogéneo y menos lujoso barrio de Brooklyn.


La infelicidad del hogar de los Loman es visible en la rivalidad latente, soterrada, pero innegable, que hay entre sus hijos, Biff y Happy (el nombre del segundo, no podía ser más irónico). A pesar de la inagotable verborrea de Willy acerca de sus viajes y sus hipotéticos sueños de futuro, una serie de sutiles, pero esclarecedores flashbacks, nos hacen comprender los muchos secretos que cualquier hogar, independientemente de lo lujoso o modesto que sea, siempre esconderá en cuanto se arañe la superficie.
 
 
 
 
 
Cuando, tras años pateándose el país en su coche, en cansados viajes, el comerciante es despedido por su jefe, el señor Howard, Loman solamente podrá encontrar algo de consuelo en su vecino Charley, cuyo hijo, curiosamente, había vivido una involuntaria rivalidad con Biff durante sus años de instituto, siendo el segundo, una promesa deportiva y el otro, un estudiante aplicado. Muy al estilo de Ned Flanders, Miller tiene el inmenso acierto de no presentar a la familia de ese vecino como la antagonista, todo lo contrario, en un mundo de emociones a flor de piel, donde, ejemplificando el primer título de su debut como joven estudiante teatral, no se pueden encontrar malvados (No villain).
 
 
 
 
Hablábamos de los Flanders y es que, en esa joya llamada Los Simpson, rara vez se da puntada sin hilo. Si recuerdan, durante el episodio donde la familia amarilla viaja a China para adoptar un pequeño bebé para una de las hermanas de Margen, Homer entra en un teatro, donde, se hace una versión de Muerte de un viajante. A pesar de los ragos orientales, el empleado del señor Burns, grita alborozado: "¡Al fin he comprendido la obra!". En ese caso, Homer, habría aprendido un poco a sí mismo, pues hay mucho de Willy Loman en lo que, sus avispados guionistas, se basan para sus diálogos. Un patriarca imperfecto a más no poder, pero terriblemente humano y con una gran fuerza empática.Para redondear el chiste, el propio Miller viajó a La Gran Muralla, concretamente a Beijing, para estrenar la obra en el fascinante país.
 
 
 
A pesar de la cotidianeidad que enmarca toda la puesta escena, o precisamente por ella, cada acto está revestido de una fuerza increíble, con unos personajes que solamente pueden considerarse como lo más opuesto nunca visto a un retablo. Evolucionan, caen, sufren, sueñan... como acontece con otro de los más grandes en el género, Tennesse Williams, se exige la atención del lector/espectador, ya que, cualquier detalle minúsculo, como unas medias de saldo, pueden ser un testimonio que esconda muchísimo más de lo que se ve en apariencia. 
 
 
 
 
 
Una balada inolvidable, el perfecto exponente de un momento muy concreto de un país tan contradictorio como los Estados Unidos, pero, como obra maestra que es, perfectamente extrapolable a lo que puede estar pasando hoy en cualquier bloque de pisos de una familia de clase media, obligada a pagar por su ficticio pecado de haberse dejado seducir por el espejismo de bonanaza con el que sus acreedores les ilusionaron en el pasado.
 
 
 
 
Y, si bien son versos tristes, la canción de Willy Loman, sigue teniendo esa extraña porción de auténtica búsqueda de la felicidad, que únicamente está reservada a los soñadores...

domingo, 11 de agosto de 2013

NOS ES PAÍS PARA ZOMBIS...


Hace ya algunos años, Max Brooks se desmarcó en un género tan popular (y trillado) como el de los zombis, con una novela sumamente original, planteada desde un punto de vista epistolar y periodístico, llamada con mucho tino Guerra Mundial Z. Con todo el respeto, me gustaría señalar que ese libro siempre me ha parecido serie B de la buena, es decir, subgénero, pero muy bien hecho, con amenidad, sentido del humor y frescura. Por ello, el reciente estreno de su adaptación cinematográfica, a cargo de Marc Forster, bajo la dirección. 




El primer aspecto que llama la atención y que, resulta lógico, teniendo en cuenta el estilo de la prosa de Brooks (hijo del célebre Mel Brooks, por cierto), son los fuertes cambios narrativos que deben darse, acerca de la alarma que las autoridades de todo el mundo (desde la China comunista, a los Estados Unidos de la Guerra Fría, pasando por la vetusta URSS) pretenden silenciar. J.Michael Straczynski y Matthew Carnahan, son los guionistas encargados de darle mayor movilidad al reflexivo arranque de la pandemia. 





Bajo las espaldas de toda una estrella de Hollywood como Brad Pitt, el principal de los narradores de Guerra Z, ejerce el papel del ex empleado de las Naciones Unidas, Gerry Lane. Si bien Lane es fundamental en la obra original de Brooks y es un personaje con el que es fácil encariñarse, en el caso del film, queda convertido en poco menos que un súper-héroe, con el sentido de responsabilidad familiar de Héctor, el ingenio de Ulises y la capacidad de supervivencia de Lobezno (quien ahora también está en taquilla, ahora con tintes inmortales).



En primer lugar, me gustaría señalar que no considero que sea un problema de Pitt el desequilibrio que tiene el film. Defiende bien a su personaje y es un actor de contrastada solvencia, no obstante, el monólogo de su rol va asfixiando y oscureciendo a secundarios que podían ser más o menos interesante. La coralidad de la novela original queda sacrificada, aunque hay algún acierto a señalar, como la espectacular visión del muro de Jerusalén, quizás uno de los momentos mejor filmados de la obra cinematográfica. Con una buena banda sonora y efectos especiales acorde con lo esperado por el presupuesto, se trata de un agradable entretenimiento con palomitas y refresco, pero se intuye que el paso del tiempo y no verse en una sala grande, mostrará sus carencias y tapará la espectacularidad del primer instante.




La acidez irónica de Guerra Mundial Z (en realidad, salvo la presencia de los infectados, es una narración bastante verosímil, solamente que en vez de las vacas locas, financieros y políticos quieren acallar que hay una masa de no-muertos avanzando por las fronteras) queda sacrificada por un relato heroico, fácilmente digerible, pero también olvidable. Hay momentos de tensión, pero sin mayor profundización y dejando con ganas de más.




Tal vez fue una empresa casi imposible versionar un relato con una esencia tan heterodoxa y poco propicia para el séptimo arte, o quizás, hasta unos instantes de reposo entre tanto walking dead, no sea país para zombis... 

domingo, 14 de julio de 2013

ROBOT-CHIKEN




Toca el turno esta calurosa tarde-noche dominical, hacer un repaso de una serie muy peculiar, nada menos que Robot Chiken.Creada por Seth Green (a quien muchos conocerán por ser uno de los dobladores de varias series, destacando especialmente su labor en la célebre Padre de familia), junto con Matthew Senreich. Su primer emisión se dio en Adult Swim, a través del popular Cartoon Network.



Nos referimos a un programa pionero, animada por el sistema de stop-motion, con el objetivo de parodiar muchas series de televisión, películas, video-juegos y canciones célebres. El freakismo (y lo usamos en el sentido más elogioso de la palabra), no conoce límites, desde He-Man y los Masters del Universo hasta llegar a referencias a la célebra Naranja mecánica de Stanley Kubrick.




Si bien en nuestro país no ha tenido la repercusión tan notable como en los Estados Unidos, los medios de los que disponemos actualmente con internet, permiten disfrutar de la gran mayoria de los episodios de este show, nacido en el ya lejano mes de febrero de 2005. Como curiosidad para los que la disfruten en versión original, retarles a que identifiquen muchas de las voces de celebridades invitadas, como Hulk Hogan o Mark Hamill.



Con el metraje oportuno y un paródico sentido del humor, repleto de referencias a la cultura pop, este curioso laboratorio con el pollo biónico, es un agradabilísimo entretenimiento que sabe entrar por los ojos, además, sale económicamente muy rentable a los ojos de la productora, por más que Seth MacFarlane, tenga divertidos piques con Green acerca del espacio televisivo, ya que las series del primero tienen un falso pique con el otro.



Ya sea en sus versiones fílmicas de la celebérrima Star Wars o en cualquier de sus desternillantes episodios, un espacio muy recomendable, delicioso entremés televisivo... unas alitas de pollo, por favor.


domingo, 7 de julio de 2013

DOBLE S: SPIDEY Y SALEM

 
Cuesta pensar que una de las premisas más comerciales de la historia del cómic se fusionase de forma ecléctica con una de las grandez piezas teatrales del siglo XX, firmada nada menos que por Arthur Miller. Sin embargo, así ocurrió. En las oficinas de Marvel, se había llegado a la conclusión de que el trepa-muros era el personaje más popular de la Casasa de las Ideas sin discusión. ¿Qué hacer al respecto? Pues crearle una serie más adicional, Marvel Team-Up, donde uno de los héroes más solitarios por excelencia descubriría como, mes tras mes, se encontraba con algún colega de editorial a quien ayudaba en una aventura (y de paso, como hubieran dicho en marketing, mejoraba las ventas del otro en cuestión, al aparecer con el carismático alter-ego de Peter Parker.
 
 
 
 
Por supuesto, buenas ventas al margen, los duetos formados por Spidey no fueron tampoco precisamente la coherencia argumental en persona. Un buen día estaba con la deidad nórdica, Thor, el otro con un icono tan patriótico como el Capitán América... para acabar el trimestre tratando de introducir a Dazzler, una nueva heroína de la editorial. Afortunadamente, ocasionalmente caen buenos guionistas que logran mejorar una premisa inicial y darle sentido a lo que no lo tiene.
 
 
 
 
 
Tal fue el caso de Bill Mantlo, quien embarcó al protagonista en un curioso viaje temporal que, acercó, quizás por primera vez en muchos casos, a un territorio puritano gobernador por el miedo y la falsa espiritualidad. Los terribles sucesos de Salem, que han fascinado a miles de lectores a lo largo de todo el globo, junto con adaptaciones cinematográficas (por ejemplo El Crisol) y teatrales (un magnífico Estudio 1 de TVE, recientemente recuperado a DVD).
 
 
 
 
 
 
Por fortuna para Mantlo, su curioso viaje temporal, contó con la inestimable presencia de Sal Buscema, uno de los más eficientes, sólidos y destacados dibujantes de Marvel. Quizás injustamente ensombrecido por la carrera de su hermano, "Big John" Buscema, Sal merece ser considerado uno de los más sólidos narradores de las décadas de los 70 y 80 del cómic. Su manera de reflejar los presidios de J. Proctor y compañía, así como las artimañas de Abigail, resultan una verdadera delicia.
 
 
 
 
 Hace muchos veranos que mi padrino me regaló aquella aventura y, obviamente, la fascinación de las imágenes heroicas de La Visión, La Bruja Escarlata o la regia y malvada figura del Doctor Doom no tienen el mismo efecto en mi atención de lector. No obstante, esta aventura, afortunadamente reeditada al castellano por Selecciones Marvel (número 2), fue la piedra angular que me llevó a conocer y disfrutar de la pieza de Miller y a buscar sus diferentes adaptaciones, de unos tiempos oscuros y remotos, de superstición y denuncias, pero también de valentía e integridad.
 
 
 
 
Y por ello, siempre me sentiré en deuda con Mantlo y Buscema...
 

domingo, 23 de junio de 2013

CUANDO DORMIR ERA DE COBARDES...

Era complicado. Dejar el televisor encendido para que se escuchase sin levantar al resto de la casa. Andrés Montes no se caracterizaba por ser poco efusivo cuando alguien anotaba un espectacular triple, emulando los sonidos de una metralleta. Motes, instantes míticos y algunos de los mejores partidos de la auto-proclamada liga de ligas de basket, la NBA... El problema eran las horas, nadie quiere escuchar como el vecino tiene puesta a toda pastilla aquella narración hiperbólica a las cuatro de la mañan. En cambio, Antoni Daimiel, rara vez ahogaría un grito ante un buzzer-beater de Michael Jordan.
 
 
 
 
Pese a ello, ambos fueron la pareja mejor avenida que Canal + nunca pudo soñar. Con edecanes de la categoría de Santiago Segurola o San Epifanio "Epi", los dos se convirtieron en la voz castellana de una galaxia muy, muy lejana... que empezó a acercarse. Los dos asistieron a la eclosión del fenómeno Pau Gasol. Ahora, el hermano de este mito, el no menos relevante interior Marc Gasol, le dedica un cariñoso prólogo a este reportero vallisoletano que se ha convertido en un cercanísimo desconocido para los amantes de un deporte extraordinario.
 
 
 
 
El libro El sueño de mi desvelo es una deliciosa recopilación de anécdotas, personales y profesionales, de alguien que sin duda hubiera podido interpretar El Hombre Tranquilo, calmado y pausado, socarrón e irónico. Colchonero irredento, Daimiel sorprende como un escritor agudo, aunque quienes hemos seguido su blog en la red, ya sabíamos de lo que es capaz cuando de aporrear teclado se trata.
 
 
 
 
No deja de dar cierta sensación de "justicia divina" que, tras tantos años currando a malas horas y en malas cachas con los talentosísimos sospechosos habituales de los Portland Jail Blazers, este pequeño librito haya logrado en España desbancar en pedidos a Amazon al nuevo best-seller casi asegurado que será la última creación de Dan Brown. Todo un terremoto, como el provocado por los Pistons de 2004 al batir a los ultra-favoritos Ángeles Lakers, entrenador por uno de los grandes ídolos del autor, Phil Jackson, El Maestro Zen, aunque no me decido si le tiene en tan alta estima por su forma de gestionar el juego y los egos de sus pupilos, o su forma de "coger cayendo" a J. Buss.
 
 
 
 
Ameno y ligero, aunque obviamente especialmente recomendado para los seguidores/as de este deporte, se tarda poco menos de un día en gozar de sus páginas, con cariñosos (y no tanto) párrafos a conocidos, en las distancias cortas y la pintura de la zona. Sigue sin mojarse y no le veremos dedicar muchas líneas a los arbirajes de 2002, prudente hasta el final y cómodo en su posición de bizantinado y taimado analista de una NBA que se nota, le sigue gustando, aunque los All Star cada vez le gusten menos y sueñe con que llegue Miami a las Finales, no por Wade o Lebron, sino porque cubrir unas semanas en Florida garantiza buen clima, vistas e idílicas compras.
 
 
 
 
 
Como es costumbre en Antoni, nos cuenta lo que está pasando, que le pediría Montes, pero siempre con la sensación de que lo hace con esa mezcla de sapiencia y de tener el freno de mano echado, festina lente, de este cronista deportivo insustituible.
 
 
 
 
Esperemos que no tardes tanto en hacer el segundo, Daimiel.
 
 
 
¿Por qué todos los jugones escriben bien?

domingo, 9 de junio de 2013

EL PATRARCA


"Cuando te ven a ti, ven lo que quieren ser... Cuando me ven a mí, ven lo que realmente son". La línea de este monólogo corresponde a la película Nixon, donde Sir Anthony Hopkins encarna a uno de los presidentes norteamericanos más controvertidos de la Historia, cuyo mandato tuvo en el escándalo del Watergate, la punta del iceberg de uno de los períodos más controvertidos del país de las barras y estrellas. 




Hopkins, caracterizado con los mofletes del famoso mandatario, se dirige a un retrato de JFK, uno de los dirigentes más populares de su tiempo y figura clave en uno de los climas más virulentos de La Guerra Fría. Considerado el artífice de Camelot y unos años dorados de los que la sociedad americana, un sueño del que el país  se vio súbitamente despertado por los disparos de Dallas, aunque los años han ido mostrando sombras en la biografía del popular Kennedy. 




¿Qué hubiera pasado si el Nixon de la cinta de Oliver Stone se hubiera detenido ante un retrato de Abraham Lincoln? Con mucha dificultad, un buen conocedor del pasado de su pueblo como Nixon, hubiera afirmado que el presidente de la Guerra de la Secesión era "lo que querían ser" sus conciudadanos. Y ello no se debe a que Lincoln fuera menos valorado que otros dirigentes, más bien al contrario. Como afirmaba Mozart en Amadeus, el político más célebre de las filas republicanas, se encontraba ya tan alejado del resto de sus conciudadanos desde su estatua en Washington, que era un mármol inalcanzable y utópico para cualquiera. 




Esa idealización bien pudiera ser la explicación de que, hasta la fecha, no tuviéramos una gran película de aquel hombre que fue el motor de un proceso histórico de la relevancia de guerra del Norte contra Sur y la definitiva abolición de la esclavitud, una de las mayores tragedias que asolaron esos turbulentos instantes. Por ello, cuando un director de la reputación de Steven Spielberg se embarca en un proyecto como el de la oscarizada Lincoln, uno piensa que debe abrocharse los cinturones y que no habrá prisioneros. 





En primer lugar, hablar de la elección de Daniel Day-Lewis, uno de los actores más heterodoxos, originales y brillantes de los últimos tiempos, para encarnar el mito. Sabido es la peculiar forma de aproximarse, casi obsesiva, de Lewis a sus papeles. Si lleva su talento hasta la hipérbole, si es un genio alocado o un loco genial, importa poco, porque si se consiguen interpretaciones como En el nombre del padre, "El Carnicero" en Gangs of New York o El último mohicano, dan ganas de decir aquella máxima: "Haga lo que quiera... pero actúe, por favor". Sacado de varios retiros por cineastas como Martin Scorsese en el pasado, el prestigio de Spielberg y la oportunidad de encarnar a "Abe", eran un bombón demasiado goloso. Y, aunque el doblador castellano de Lewis es excelente, es absolutamente recomendable la versión original, especialmente cuando el actor cuenta las famosas historias y anécdotas a las que tan aficionado era el presidente en reuniones comprometidas o con el ejército en campaña. 





Y aquí tenemos el punto fuerte del equipo del afamado director, una impecable recreación que nos hace pensar que efectivamente estamos en pleno corazón del siglo XIX. Las sesiones del Congreso, el vestuario, las calles, los vehículos, los uniformes de los confederados... Absolutamente impecable, en un ejercicio al que es difícil poner un pero. Precisamente por ello, uno casi se siente culpable por no meterse rápido en un guión denso y al que le falta algún ingrediente para convertir un buen plato en una delicia.



Fue Carlos Boyero el primero en advertir que parecía que el film exigía al público haberse empapado bien a fondo de cultura norteamericana antes de visionarla. No hay ninguna sensación de apertura o de presentación real de los personajes, un mínimo contexto. Innegablemente hay una buena cantidad de audiencia que tiene buena cultura general y conoce el marco, pero sorprende en un director de este calibre, un denso salto a la palestra y la falta de ese gancho en el arranque que te tenga pegado a la butaca. Quizás esto haya hecho que en el resto del mundo, donde la figura de Lincoln es muy respetada pero no tan reverencia o, mejor dicho conocido, la oscarizada biografía haya tenido buenas críticas y acogida, pero no tan deslumbrantes como cabía esperar.




Si bien el guión tiene muchos aciertos (plantear como se hicieron métodos ilegales, como la compra de votos, para una causa noble, las contradicciones de un partido y otro, los intereses más económicos que humanos en muchos de los jugadores de la partida por la abolición o no...), su espesura puede terminar cansando. Espléndidos intérpretes como Jared Harris (divertísimo ver al profesor Moriarty como Ulysses S. Grant) o Tommy Lee Jones apenas ven exprimida la décima parte de su jugo, en ese retrato intimista de la Casa Blanca, donde falta esa chispa que capte toda la fortaleza del asunto a tratar.




Hay momentos de muy bello lirismo como la rendición del general Lee ante los mariscales de Lincoln e instantes memorables de Danny Lewis, como no podíamos esperar menos. No obstante, uno piensa que en American Dad se trató con mayor frescura y diversión algún aspecto del mito, como en Lincoln Lover (donde se plantea con mucho acierto alguna cuestión de la sexualidad del gran dirigente), mientras que nuestro film avanza y avanza, manteniéndote interesado pero, quizás, no embelesado.



"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años".





Y mientras, la laureada estatua aguarda, resistente ahora y siempre, al invasor de su intimidad, de ese Abraham al que, pongan a cazar vampiros o no, será, ayer, hoy y mañana, una de las cumbres del Olimpo Personal de algunos de los años más decisivos para entender la historia de una nación compleja, contradictoria... y, sin embargo, muy cercana en alguno de sus aspectos.

domingo, 26 de mayo de 2013

LA FIEBRE DOMINICAL





Con motivo de la reciente publicación del libro Puro Maldini, parece propicio hacer nuestra reseña semanal sobre un programa que, aunque se edita los lunes, habla de una de las fiebres más frecuentes de los domingos. Nos referimos, claro, a Fiebre Maldini, perteneciente a Canal + y que no necesitará mayor presentación para los espectadores más futboleros de la pequeña pantalla. 




La línea del programa sigue la tónica mostrada formada por otros espacios deportivos de la misma cadena, tales como Informe Robinson (ya mencionado en este blog) o Generación NBA. Es decir, un pequeño soplo de aire fresco para un deporte popularizado hasta límites indecentes y, que las cantidades de dinero que maneja, en la coyuntura actual, son poco menos que una cosa obscena. No obstante, algunas de las historias y viajes al pasado de Maldini y su equipo, casi lo congracian a uno con el balompié, casi tanto como la magnífica demostración de calidad y deportividad, brindada por dos excelentes equipos, Bayern de Múnich y Borussia Dormunt, bajo el pasto del mítico Wembley. 




Con un equipo de auténticos especialistas a nivel internacional en la materia, Julio Maldonado (cuya hemeroteca de vídeos tiene ciertas resonancias a Diógenes) conduce un show que se ha ganado un hueco de referencia. El secreto del éxito radica en que si bien, por su naturaleza especializada y lo concreto de la temática, no puede ser un boom de masas, si ha sabido mimar el paladar de su interesada audencia para que ésta desarrolle una fuerte lealtad por el mismo.
Un curioso efecto que, personalmente a mí me sucede con esta crónica deportiva, es que me suele ganar mucho más en pequeñas dosis que el consumo completo de su duración. Las pequeñas crónicas que dedican a antiguos futbolistas (desde el quaterback Schuster hasta El Mágico González), breves, excelentemente biografiadas y con gran capacidad de síntesis, ganan bastante más que las discusiones rabínicas que a veces alcanza su Sanedrín futbolero. 




No obstante, no se puede negar que Youtube le ha hecho un favor increíble a la realización del mismo ya que, por sus incursiones (agudas y con mucho conocimiento de causa) en la mística de clubes como Boca, Nápoles, Liverpoool... Han hecho que la reputación de esta futbolería alcance mucho reconocimiento en la comunidad de usuarios, encantados de recordar viejas batallitas (o auténticos batallones, según la que corresponda) o, descubrir partidos que nunca habían visto.
Así que, aunque a veces esta fiebre dominical a veces se va demasiado de las manos en este mundo loco... la aspirina de los lunes, con buen aroma a good old times, siempre merecerá nuestra atención.

domingo, 19 de mayo de 2013

SOBRE ROMEOS, JULIETAS Y CHINOS MALAYOS


Hay muchos motivos para visitar el Salón del Cómic de Barcelona. La grata compañía que suele acompañar desde el viaje, los pequeños incunables escondidos en los diferentes puestos, la hermosura de la Ciudad Condal como ciudad en sí... y, por qué no decirlo, un servidor de ustedes, también citaría poder ir a que Juan Carlos Ramis firma allí. 




Más conocido secamente por su apellido, Ramis fue una de las firmas más queridas por los jóvenes lectores de revistas como TBO, Súper-Mortadelo, Mortadelo Extra... No obstante, al igual que acontece con otro gran talento, y amigo de éste, Joaquín Cera, sobre estos dos autores, abanderados de la generación que iba a seguir la esencia de la mítica escuela brugueriana, con una adaptación a las generaciones de los 80 y 90. 



Entre sus personajes, cabría citarse al emblemático Sporty, pelo pincho, o aquellas míticas reseñas gráficas de películas que hacía, donde incluyó frases tan memorables como "Butch muere tras fallecer" o, escaneaba el ticket de Los tres mosqueteros para reflejar "la clavada" que había sufrido. Actualmente, Ramis sigue con los lucrativos Xunguis (que comparte con Cera, como hacen con el bigotudo Mafrune, verdadero éxito comercial entre los más pequeños, como unos modernos ¿Dónde está Wally?) y es la cabeza pensante de Las guías para... de los inefables Mortadelo y Filemón. 




No obstante, hoy en Amarcord, presumiendo de una de mis más recientes joyitas, recordar al emblemático Alfalfo Romeo de este autor. Basando su nombre en un coche muy de moda en aquellos días, Ramis creaba su propia versión socarrona de los míticos miembros de las dinastías Capuleta y Montesca, siendo la dama en cuestión, Julieta Escalfos. 




En alguna conversación con mi buen amigo Chespiro (dueño de uno de los mejores blogs en lengua castellana sobre la figura de Ibáñez) y el propio Ramis, en sus firmas del domingo por la mañana del último día del Salón, me han comentado que les parece lo mejor que ha realizado. No sabría qué decir, ante tantas cosas de él que me gustan, pero es cierto que esas dos carillas en verso de cada historieta y su humor hiperbólico, ocupan un lugar muy especial en los más nostálgicos de aquellos días de Ediciones B.


Con la compañía de su camarada, Chino Malayo, Alfalfo inventaba todo tipo de tretas para acceder al shakespiriano balcón de su amada, bajo la celosa vigilancia de don Piñato, el suegro de éste, que parece la versión satífica del Comendador. Al igual que don Pantuflo de Escobar, Piñato es el personaje que pone los obstáculos necesarios al romance, ya que Alfalfo es un pobre trovador que no gusta al noble. Sin embargo, como el propio Ramis admite divertido, conforme avanzaron las historietas, los delirios del futurible suegro iban de mal en peor. De nobles, monarcas, cortesanos y adinerados mercaderes, el padre de Julieta llegó a ofrecer la mano de su hija a hombres-lobo, vampiros y todo tipo de criaturas, con tal de evitar la perniciosa influencia del enamorado. 




Algún otro obstáculo en el camino, como la desagradable Furila, la hermana de Julieta y más cerril que un trozo de carbón, se iban intercalando, mientras, en un ejemplo metaficcional, Piñato intentaba casar a Julieta con Vázquez, el mítico dibujante de Bruguera, legendario por su arte con el lápiz y míticos sablazos (ver a este respecto las reseñas de la película El gran Vázquez y la reseña del libro sobre este artista, editado por Dolmen). 




En una ironía que hubiera sido graciosa de no ser por el terrible resultado, Alfalfo cayó en desgracia en la revista porque luminarias mentes hicieron una encuesta de personajes predilectos. Alfalfo sacó un sonoro 0... que era muy explicable porque hubo el imperdonable error en la revista de no incluirle como candidato. Aquello marcó la desaparición de esta simpática aventura que concluía muy prematuramente. A pesar del interés, Ediciones B nunca se ha planteado seriamente resucitar la serie. 




Citando la propia y emblemática despedida de la serie: 


- Mal lo tiene nuestro amigo, para estar junto a Julieta. 
ALFALFO: Seguro que lo consigo en la próxima historieta

domingo, 12 de mayo de 2013

EL DÍA DE LOS ALFREDOS


 La historia del cine español está muy asociada a sus intérpretes. Rostros conocidos que se van convirtiendo en parte del imaginario popular, siendo casi, una cara familiar y que siempre, piensas, estará allí. López Vázquez, Gracita Morales, Alexandre, Fernán Gómez y un ilustres etc que permanecen incombustibles en la memoria. Desafortunadamente, hay que incluir desde hace unos días a Alfredo Landa en ese Panteón de gente que se nos ha ido orientada al séptimo arte. 




En un caso sin precedentes, este actor de origen norteño, fue, por sus dotes interpretativas y singular físico, la imagen perfecta del españolito medio. A miles de espectadores les costó muy poco indentificarse con él, generándose lo que fue el landismo, un fenómeno muy singular dentro de la filmografía. Con una producción abundante en la gran y pequeña pantalla, mentiríamos si dijésemos que todo fue material de primera. En Landa hay de todo, desde su conmovedor Paco El Bajo, en la adaptación de "Los Santos Inocentes", hasta persecuciones de suecas y cintas muy poco recomendables. 





No obstante, a un jugador hay que juzgarlo por su calidad, más que por la de los equipos donde se ha militado, según la circunstancia. Su mal paso con el productor José Luis Dibildos (muy comentado en su buografía, Alfredo El Grande, que comentamos hace ya, algún tiempo, en este blog) y otros encontronazos, le hicieron también ganarse algún enemigo en el mundillo. Incluso tuvo una época de fuerte distanciamiento de personalidades como José Luis Garci, el hombre que le rescató del exitoso y a la vez debilitador landismo, para crearle a Germán Arteta, la mejor aproximación del cine nacional al género noire.




Pero, por regla general, superadas esa polémicas donde él también metía baza (temperamento hasta el último momento de sus días y afición a la jarana no le faltaron), todos los que trabajaron con él, reconocían su talento y gran profesionalidad. Landa buscaba destacar en cada uno de sus papeles y, en no pocas ocasiones, logró deslumbrar.


Solamente él podía empatar con su amigo Paco Rabal en el Festival de Berlín, en aquel Dream Team de ensueño que llevó Mario Camus e hizo reverdecer laureles a la cinematografía hispana en Alemania. Como todo intérprete que se precie, afirmó cumplir un objetivo soñado el lograr ser Sancho Panza, en una de las mejores versiones del mítico gobernador de la ínsula cervantina. 




Habrá que preguntarse sí ya se habrá preparado uno de sus famosos gin-tonics, en los cuales era, por lo visto, un auténtico experto, al llegar al otro lado. Lo cierto es que a competitivo le ganaba poca gente, ya fuera en el mus o jactándose de su lengedaria memoria para los guiones, o incluso las voces de doblaje. Incluso logró imitar a la perfección al genial Cantinflas  en El hombre de La Mancha. El artista mexicano ya estaba de vuelta a casa y la productora se dio cuenta de que necesitaban doblar un diálogo. Landa se prestó y, con su usual eficacia, volvió a salvar los muebles.




De hecho, en los últimos tiempos, costaba acostumbrarse a que el hombre de, Llenor por favor, no estuviera tan presente. Landa vendía y actuaba como pocos y siempre lo supieron cadenas y cineastas. Pero, el retiro, ya apuntaba que incluso la robusta salud del navarro iba cediendo poco a poco. En su Goya honorífico, pudimos verle tartamudear por primera vez ante una cámara, huidizo, perdido, sin saber que decir... Aquello solamente pudo acercarle más al público y compañeros de profesión, que empezaban a intuir que estaban ante el canto de cisne de uno de los artistas más longevos en una profesión que engulle famas a velocidad pasmosa.

No lo hizo solo. A su madre, primero, durante su infancia ("Vete", le dijo, cuando buena parte de su familia se volvía loca porque Alfredito quería ser cómico, a quienes no enterraban en sagrado) y a la familia que le dio su esposa, Maite, debía esa paz personal que le permitió salir incombustible en cualquier circunstancia, en vacas flacas y gordas. 




"Hoy es el día de los Alfredos... porque, mira como juega Alfredo Di Stéfano y, hoy, tú, en el ensayo, lo has bordado", le dijo un amigo en Madrid volviendo del Santiago Bernabéu. Landa estaba empezando, pero, el desconocido actor empezaba a coger tablas. El comentario del camarada fue una de las profecías más precisas de los últimos tiempos. Incluso, cuando chocaba con alguien como con Berlanga, siempre estaba ese respeto, ganado a pulso. Cogiendo al temperamental intérprete, el desordenado genio le afirmó: "Mira, pese a esto, no creas que no sé que tú eres un actor cojonudo".




Pocos broches de oro son mejores que los dedicados por su colega en muchas películas, José Sacristán, otro goodfella. Los dos pensaban distinto en muchas cosas, eran muy diferentes entre sí, pero, lucieron como pocos de manera conjunta y nos hicieron gozar. Sacristán, lo tenía claro: "Hoy, he perdido un hermano"




Hoy, domingo, vuelvo a sentir que es el día de los Alfredos... gracias por Paco El Bajo, Arteta, Historia de un beso, el cura de El Verdugo y mil momentos más.

domingo, 28 de abril de 2013

LIGERO DE EQUIPAJE


 "No existen tierras extrañas. Es el viajero, el único que es extraño". Robert Louis Stevenson, entre búsquedas de tesoros, dejó esa impresión sobre la sensación que invade a la persona errante, conforme avanza su camino. De entre todos los viajeros que ha tenido la cultura española, pocos se han movido más y de forma más solitaria que Fernando Fernán Gómez, a quien nuevas generaciones recordarán más por algún exabrupto ante los micrófonos televisivos, que por su impecable hoja de servicios, tanto en los escenarios, como en la gran pantalla... o las páginas en blanco. 



Prolífico, independiente, personal en su estilo, su fama como actor de temperamento, no debería eclipsar las dotes con la pluma de Fernán Gómez (viene a la mente, Las bicicletas son para el verano, entre otras); especialmente, a la hora de hablar del libro que hoy nos ocupa, El viaje a ninguna parte. Cuando en la década de los 80 de la centuria pasada, nuestro autor se embarcó con unos anónimos comediantes de la legua, nadie podía pensar que serían los cimientos de una exquisita novela y (si aquello era posible), una aún mejor película. 





La singular geografía española llevó a que Alonso Quijano y Sancho Panza bendijeran a una caravana de comediantes, gentes de mala vida y que no debían ser enterrados en sagrado, pero que inspiraron la más tierna de las compasiones en el enfebrecido hidalgo romántico, quien aún recordaba la fascinación de sus ojos de niño cuando vio por primera vez a aquellas personas que un día eran reyes, otros bufones y acercaban mundos fantásticos a las gentes de La Mancha. Cierto tiempo después, no le hubiera costado nada a Federico García Lorca, compartir esa devoción, que él mismo llevó con su compañía con la que buscó acercar la cultura teatral a una población cuyos medios no les permitían acceder a ella, sino era gracias al sudor, las lágrimas y las risas de esos héroes, a veces anónomos.


De cualquier modo, El viaje a ninguna parte, si bien puede ser considerada una carta de amor a esas gentes, es, siempre, bajo los ojos del enamorado realista. Y esta clase de víctima de Cupido es la más peligrosa de todas. Un romántico derrotado es un cínico tierno, alguien a quien le han quitado todo... menos lo que realmente importa. Muestra la verdad del espejo y encima puede exigir que no te enfades, porque nos muestra tal y como somos, sin rencor y con la verdad antes que la brutal sinceridad. A través de su naracción, Fernán Gómez muestra sus sinsabores, frustraciones e inexorable amenaza de extinción ante los nuevos medios de masas que van a ir engulléndoles. A veces, la risa y el llanto se entrecruzan en el mismo renglón. 



Todo ello, sazonaría el relato para hacerlo un conmovedor discurso (aunque no tiene nada de autobiofráfico, aunque algún sector de la crítica lo haya buscado), pero técnicamente, a parte de su descarnadado realismo, no exento de corazón, este texto literario tiene la infinita fortuna de contar con la deliciosamente traidora forma de recordar de Galván, uno de esos intérpretes, víctima de la nostalgia y el subjetivismo del recuerdo.



Esa especie de metaficción, alcanzó el siguiente nivel con la película, casi inmediata, que se sacó muy poco después, dirigida, como era obvio, por el propio autor. Allí, Fernán Gómez tuvo el infinito acierto de rodearse de un elenco de grandes talentos (María Luisa Ponte, Juan Diego, un jovencísimo Gabino Diego...); aunque, quizás la joya de la Corona fue elegir como Galván a su amigo personal, José Sacristán, quizás en uno de los mejores papeles de su carrera. Y eso es decir mucho.

La fusión de esos dos talentos resume a la perfección la dicotomía de la obra original y las propias características de cada uno de ellos. Fernán Gómez fue siempre un intelectual de primera a quien quizás no se le quiso tanto en lo personal como hubiera merecido, por su propia personalidad, muy fuerte, independiente, arisca en los primeros roces. Sacristán, quien le veneraba desde la primera vez que le vio en una gran pantalla, tiene un punto de mayor cercanía por su propia naturaleza que resulta básico para que los espectadores no se sientan traicionados con "su" Galván y recuerdos tan agridulces como ese beso en una fiesta a M. Monroe, que nunca se produjo... y jamás dejaremos de contar. A la almohada la hemos besado todos, como sin duda, volviendo a Quijano, el caballero de la triste figura hubiera añadido. 





Dicen que viajar a ninguna parte, no tiene nada de malo... si es en buena compañía y ligero de equipaje.




Una novela dulce, cansada, graciosa, triste y absolutamente imprescindible.