domingo, 22 de julio de 2018

SONATA DE INVIERNO EN LA HABANA


El género del detective urbanita decepcionado con el mundo pero que alberga esperanza de justicia en un rincón oculto de su corazoncito es un clásico. Desde Raymond Chandler a la actualidad, el estereotipo se ha ido enriqueciendo, aunque algunos tópicos innegociables. Algún día el alcohol y el tabaco tendrían que rendir tributo a Vera Caspary y cía por haber convertido los muebles-bar en lugares fascinantes donde la resaca es una realidad inexistente. Apenas unas páginas en Pasado perfecto nos sirven para ver que Leonardo Padura (La Habana, 1955) acepta todos esos clichés, trasladados, eso sí, a la capital cubana. 



Así comienza la andadura del escéptico teniente Mario Conde. Un amanecer que nada tendría que envidiarle a los de John McClane, siendo probablemente la parte en la que más cueste arrancar por la sensación de que todo esto ya lo hemos vivido en muchas otras obras. Junto con ello, viene el acompañamiento de un caso aparentemente simple que se complica: la desaparición de Rafael Morín, destacada figura en el Ministerio de Industrias de la isla. 



El crimen tendría un relativo interés de suspense de no ser por las implicaciones que tiene para el protagonista. Conde conoció en el Pre a Morín, un estudiante muy brillante y con pico de oro para ascender dentro de las filas del Partido. De cualquier modo, Conde y su amigo de infancia, Carlos el Flaco, eran los únicos entre los estudiantes que no bebían los vientos por el sagaz compañero, si bien les influía el hecho de que había terminado convirtiéndose en el novio del primer amor platónico de ambos: Tamara. 



Sin lugar a dudas, los flashbacks que salpican esta primera aventura del popular investigador son su mejor aliciente. Es de particular interés la primera experiencia adolescente que Conde tiene en un taller literario, sobre todo a través de la lección de dignidad que la profesora da a todo el centro ante la censura que sufre la revista de su alumnado. "En ese momento se convirtió en la mujer más linda del mundo", evocaría el detective, en toda una declaración de intenciones del tono de la novela. 



Otro de los grandes atractivos de esta lectura, tan propicia para el verano, es el vocabulario empleado. Una de las grandes ventajas del castellano es su riqueza a ambos lados del océano, aquí tendremos un despliegue de dulces sutilezas y chabacanos insultos, una demostración de cómo describir un viaje en auto por la Calzada de Santa Catalina, de callejones atestados, bibliotecas refinadas de una élite selecta, bullicios de barrio, violencia terrenal por el hurto de una simple bicicleta, etc. 



En distintas ocasiones, el propio Padura ha admitido sin falta de rubor que se nutre de todos los ingredientes del recetario de un relato de novela policíaca estándar. El mayor Rangel, apodado El Viejo, es el típico superior malhumorado pero justo con el talentoso pero indisciplinado investigador. De igual forma, la aversión de Conde a conducir carros por la bulliciosa capital obliga al sargento Manuel Palacios a hacerle las veces de chófer. Como Conan Doyle habría dicho, elemento vital en estos relatos que no todo sea un personaje pensado o hablando solo, siempre precisan de un contertulio estos sabuesos. 


La edad de Conde permite que el interés amoroso que va surgiendo entre él y la misteriosa Tamara sea un tanto atípico. No estamos ante una erupción volcánica juvenil, se trata más bien de un viaje a los recuerdos, a las opciones que se desvanecieron antes de materializarse. Padura da tono caribeño a toda esta cuestión y logra algunas de sus líneas más inspiradas en esta cuestión. 



Donde Padura brilla con más fuerza es, como en cualquier persona que escribe, cuando habla de los elementos que le son más conocidos. Ha trasladado su pasión por el béisbol a su propia creación literaria, lo cual da una fuerte verosimilitud a sus sentimientos con respecto al equipo de sus amores y las frustraciones deportivas que esto mismo le genera. 



No es un caso de particular misterio, puesto que la verdadera fuerza de su narración coloca los cimientos en la relación entre personajes, en el pesimismo lúcido de una sonata de invierno. No sería la última vez que veríamos al teniente cubano frustrado ante la desafiante máquina de escribir. Será cuestión de ponerse un día de estos. 



BIBLIOGRAFÍA: 



-PADURA, L., Pasado perfecto, Tusquets Editores, Barcelona, 2017 (re-edición del original del año 2000). 



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domingo, 15 de julio de 2018

LA DREAMS


El artista amnésico




David Lynch es un creador que juega con todo lo que se presenta a su alrededor. En ocasiones, se hace el despistado, aprovechándose de las ventajas de no tener que hacer inicio, nudo y desenlace cuando el resto del mundo parece empeñado en desentrañar sus mensajes ocultos. En la época de la posmodernidad, este sagaz cineasta se ha escondido tras la máscara de un personaje excéntrico que le da puntos y aura. Sobre su filmografía, la línea que separa la idolatría y el odio es difusa. La misma que siente el público que acude a un sofisticado museo para ver un punto rojo sobre un lienzo blanco bajo el título "La levedad del ser". 



En pocas ocasiones, ese universo tan personal que se ha diseñado para sí mismo ha alcanzado las cotas de Mulholland Drive (2001). Tal vez, bajo la apariencia tramposa, sea su carta más honrada. El maestro que se pierde en Twin Peaks solamente cuando a él le apetece, narra aquí una historia delicada y absurda, sofisticada a la par que perversa. Todo comienza con el rescate de una dama amnésica (Laura Elena Harring) por parte de Betty Elms (Naomi Watts), recién llegada a Hollywood desde la lejana Ontario. 



A partir de entonces, volvemos a pensar que a Lynch le entra uno de sus oportunos vacíos de memoria. Incluso con los nombres de sus protagonistas. O hasta en el tono de la película. Más de alguna persona en la butaca dará gracias al cielo por la presencia de Mark Frost en el pueblo de Laura Palmer para que exista algo de coherencia. Y, sin embargo, todo parece funcionar y es dolorosamente obvio. Estamos ante una cinta de honestidad brutal, nos han contado el final y el principio por el precio de uno. Sencillamente, tras la incómoda sensación del traje de emperador, puede esconderse una verdadera joya. 


Blue key




Podemos hacer muchas cosas como público de Mulholland drive. Desde rendirnos ante su misterio o rebelarnos ante una tomadura de pelo. Lo que nunca se puede hacer es dudar de Naomi Watts. Si hoy en día es una actriz de indudable prestigio y solidez, fue aquí donde su talento explotó como algo muy difícil de alcanzar. Tiene, sin discusión posible, la papeleta más complicada de toda la partitura de Lynch, con el agravante de que el director no tiene ninguna intención de allanarle ningún sendero. 



Pero el edificio surrealista queda sin desmoronarse porque ella no lo permite. Watts logra inundar su alma de lo que el momento necesite: tierna, celosa, angelical, diabólica, perdida, decidida y, ante todo, creíble. No pocas de sus escenas son de una desnudez emocional total, su capacidad de llevarnos por la pesadilla en la que convierte en su existencia está al alcance de un puñado de artistas que se cuentan con los dedos de una mano. Si todavía pervive este bizarro relato en el imaginario es, en muy buena medida, porque tiene una protagonista formidable en cualquier nivel que se nos ocurra. 



Hazaña nada pequeña rezumar verdad en una obra donde se miente tanto y con soltura made in Hollywood. Nadie es lo que dice ser. ¿Cuántas veces nos ha ocurrido que soñamos con rostros que nos son conocidos del día a día en roles diferentes? Los brazos de Morfeo se convierten en un escenario pasional donde el malévolo subconsciente se atreve a decirnos las verdades como puños que le bloqueamos durante el día por pánico a ver ese espejo. 



"La belleza es como el dolor"-Thomas Mann.



La tía Ruth nunca vivió allí. Eso es tan cierto como que Mulholland Drive tampoco estaba destinada a ser una película de culto. Lynch la imaginaba como una serie, un programa que jamás vio el pulgar arriba de la productora. Gracias a todos los dioses. Da miedo pensar que este extraño envoltorio, tan seductor como cruel, se hubiera perdido en capítulos de relleno y subtramas sobre el vecino de Betty y doppelhangers. Como ese extraño cowboy (Lafayette Montgomery), hay cosas que es mejor ver solamente una vez. Andar con frecuencia el sendero tortuoso de estas dos amantes rompería todo el encanto. 



Pasan los años y la trayectoria de este singular director no ha defraudado a ninguna de sus dos hinchadas. Quienes lo admiran, alucinan ante sus provocaciones y capacidad de no tomarse nada en serio. En el otro lado del espejo, muchos lamentarán que se conforme con la burla cuando podría contar una historia de las muchas que es capaz con la sencillez de los clásicos. 



Irónicamente, quizás la pieza que hoy nos ocupa sea la excepción a la regla disfrazada. Su film menos tramposo, con apenas alguna operación cosmética para disimular la angustia de este viaje a los infiernos. Una demostración de lo torrencial de su talento. Probablemente, lo más redondo de su cine. Eso sí, contando con Naomi Watts en estado de gracia. Y ese comodín en la baraja es de los que mueven montañas. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.blu-ray.com/movies/Mulholland-Drive-Blu-ray/68150/



-http://www.hotflick.net/pictures/001/big/fhd001MDE_Laura_Harring_017.html



-https://www.gamesradar.com/mulholland-drive-review/

domingo, 8 de julio de 2018

CINCO AÑOS NO SON NADA


Resultó uno de esos experimentos curiosos que, de vez en cuando, se dejan caer por la parrilla televisiva (¿Qué fue de Jorge Sanz?). Había un toque de frescura, inteligencia y capacidad de reírse de sí mismo ante el espejo en la serie de David Trueba, una parodia protagonizada por la propia persona que cargaba sobre sus hombros las costas del chiste. En apenas un puñado de capítulos, rodados sin alardes pero con gran elegancia, dejó en la retina de la audiencia un puñado de momentos memorables y que tomaban, consciente o inconscientemente, el pulso al nihilismo millennial y la generación youtuber, a ese estar de vuelta de todo. 



El ansiado retorno con el especial de 2016 que hoy nos ocupa demostró que la cosa seguía justo donde se dejó. Jorge Sanz mantiene la capacidad de reflexionar sobre su propia carrera de niño-prodigio de la taquilla y posterior caída al relativo olvido con humor y generando la empatía del respetable. En esta ocasión, el punto de arranque será una terapia de grupo con otros rostros muy conocidos de la industria del cine español. 



Buscando reverdecer laureles, se lanzará a una gira teatral donde chocará con la dirección de Pedro Ruiz (quien se interpreta a sí mismo, exhibiendo asimismo la humorada de explotar muchos de los tópicos que han ido asociados a su persona), si bien las cosas nunca le terminan de salir del todo bien por más que lo intente con su voluntarioso (y desastroso) agente Amadeo Gabarrón (sensacional Eduardo Antuña). 



Se mantienen varios de los gags del pasado. Destacan esos míticos (y nunca comenzados) partidos de pádel entre Antonio Resines y Sanz. También repite cameo de forma muy divertida Juan Manuel de Prada, quien sigue consintiendo con inteligencia que Trueba pueda explotar de forma magistral ese cliché de pedantería con la que se ha asociado al escritor. Este micro-cosmos fictio logra que mantengamos el interés en una mezcla de sencillez verdadera, no pasan acontecimientos especialmente trascendentes, pero los sentimos como una radiografía muy certera de la vida de cotidiana, adaptadas a las peculiares condiciones del actor. 



Hay rostros nuevos, destacando Natalia Abascal como la hermana del tenaz Gabarrón. Se trata de un personaje repleto de ternura y francamente necesario en una serie que puede caer con facilidad en el exceso de cinismo. En esta época tan de HBO, Netflix y el giro sobre el giro existencialista en un tweet, no está de más recordar, como bien sabía gente de la talla de Roberto Gómez Bolaños, que puede interesar más un personaje bien escrito que un magistral encuadre en la pequeña pantalla. 



El ambiente entre los tablados permite mostrar los conflictos laborales que surgen en cualquier profesión, en este caso por cuestiones como quién va antes de los títulos de crédito o aprovechar de forma abyecta cualquier asomo de publicidad. Hay un acierto de casting a destacar con Elena Furiase, quien es la compañera de función de Jorge durante la andadura, logrando momentos muy divertidos y con química. 


No parece tampoco casual que la obra que vayan a interpretar sea titulada "El hombre que amaba a las mujeres". Hay en todo este pequeño viaje una tendencia a la sonata de invierno de Valle-Inclán, a la perdida del poder del donjuanismo que no acepta su caducidad y las vendettas de antiguos envidiosos del éxito ajeno. Todo acompañado de un protagonista en una inmadurez constante que queda reflejado en sus "consejos" a su hijo e hija cara la vida, volviendo a recordar la célebre afirmación de Rafael Azcona sobre que se nos exige el carnet de conducir y ningún documento para ser padre/madre. 



Cabe preguntarse si no habría sido mejor mantener el formato de breves capítulos en lugar de hacer única emisión de mayor duración. A la comedia le sienta demasiado bien el formato veinte minutos como para quitárselo tan a la ligera en televisión. Habría permitido asimismo desarrollar mejor las subtramas. Con todo, deja la sensación de una reunión entre amigos donde hay un ambiente tan sano que se permiten las bromas sin temor a herir susceptibilidades. 



Por último, es de justicia destacar la maravillosa música de Darren Hayman, capaz de captar de una forma perfecta ese tono agridulce que preside todo este experimento tan interesante. 



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domingo, 1 de julio de 2018

CUANDO LOS GALOS TOCARON EL CIELO CON LAS MANOS



Todos tememos algo. A fin de cuentas, incluso las bravas personas moradoras de cierta aldea en la Armórica recelaban, Tutatis no lo permita, con que algún día el cielo caería sobre sus cabezas. Pero eso no iba a pasar mañana. En realidad, a la altura del álbum que hoy nos ocupa, Astérix en Bretaña (1966) marcó el camino inverso: dos audaces galos, de nombres René y Albert, fueron capaces de acariciar el cielo con sus propias manos. Estamos en los años dorados de una colección icónica dentro del santoral del cómic franco-belga. 



En aquel momento, Uderzo había conseguido salirse con la suya y fijar a Obélix como el imprescindible co-protagonista del ingenioso guerrero galo. Un acierto mayúsculo que permitía a Goscinny tener una pareja formidable que se complementaba a las mil maravillas en sus personalidades individuales. Con una hábil explotación de los tópicos (que nada tienen de malo si se emplean con dosis de ironía y savoir faire), el marco de la expansión romana en la Tardía República Romana les permitía llevar sus andanzas por distintos rincones del Mare Nostrum.



En esta ocasión, llegarían a la flemática tierra de los bretones, con el firme propósito de ayudar al pueblo de Buentorax, primo-hermano de Astérix, cuyas gentes habían oído hablar de la legendaria resistencia de sus colegas al otro lado del canal. En la realidad histórica, Julio César hizo dos campañas (dificultosas y con menos éxito del que acostumbraba el procónsul) desde el Puerto Icio, encontrando guerreros indómitos y tatuados de azul que fascinaron al mismísimo Marco Tulio Cicerón. Naturalmente, Goscinny no pretende hacer una tesis doctoral y se dispone a jugar con guiños a la cultura británica insertada siglos antes de su verdadero origen.



El cómic es una verdadera delicia donde Goscinny vuelve a confirmar su habilidad para ir sembrando paulatinamente las miguitas para lograr llegar al sendero que ha trazado para el arco de la historia. Una cuestión bastante curiosa es la rápida decisión de los galos de dejar en tierra a Ideafix, el cual sería un secundario muy importante en futuros álbumes.



Entre cerveza tibia y sacudidas de manos, Uderzo se permite despliegues gráficos solamente al alcance de un puñado de artistas europeos de la época. Basta ver cómo aprovecha la torre de Londinium y a un Obélix prisionero para lograr uno de los gags más recordados de esta aventura, además de la locura persecución al vecindario del ladrón de carros, donde, una vez más, podremos apreciar la serenidad y humor british de los habitantes.



Goscinny aprovecha el elemento del barril con la poción mágica que los galos envían a sus aliados bretones para provocar una confusión que obligará a variadas catas que supondrán un desafío para Obélix y sus enemigos romanos. Aunque haya aventuras magníficas con otros adversarios como los normandos o los godos, queda claro que los grandes antagonistas de Astérix son y serán siempre esos impagables payasos serios que son los esforzados legionarios de César.



La popularidad de esta saga se multiplicó en 1986 a través de la adaptación a la gran pantalla dirigida por Pino Van Lamsweerde. La animación era realmente meritoria para la época, además de añadir todavía más carga épica al asunto. Es de particular interés la escena donde las catapultas romanas logran destruir el tonel, inundando de poción mágica el Támesis. La línea de Astérix "No, Obélix, se acabó. Esta vez han ganado a los romanos" habría sido digna del propio maestro Goscinny. 



Todo para llegar a un tercer acto donde Goscinny y Uderzo, encantados de conocerse a sí mismos, aprovechan su estado de gracia para dejarnos uno de los clímax más importantes que se recuerdan en la colección. Desafortunadamente, también contaríamos con una libre versión en imagen real Astérix y Obélix: Al servicio de Su Majestad (2012) que se aleja todo lo posible (y más allá) de ese espíritu original.  



Una verdadera joya para llevarse a una isla desierta. Cuando dos creadores irrepetibles tocaban el cielo con las manos.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://iowey.route134.me/index.php?page=148



-http://www.ozom.cl/comic-recomendado-asterix/



-https://www.tebeosfera.com/documentos/asterix._la_gran_coleccion_de_un_clasico.html

domingo, 24 de junio de 2018

EL CONDE OSCURO


Philippe-Auguste fue una trampa constante. Esquivo para sus biógrafos, el auto-proclamado conde de Villiers vivía de una exhibición provocativa e ininterrumpida. Su extraño árbol genealógico era fruto de ensoñaciones y realidad, de pasados románticos y estrecheces económicas presentes. Siempre tuvo talento, hijo único de mente rápida y pequeño Luis XIV de sus parientes, entregados a sus veleidades y extraña personalidad. Vivió en un siglo XIX que le enfurecía por su mentalidad burguesa en el campo de las artes, a las que se consagró de forma clara.  



Tocó muchas cuestiones, incluyendo los tablados del escenario. Probó las mieles del éxito temprano de crítica y la amargura del olvido. Sin embargo, donde siempre permanecerá en el recuerdo es en el género de los cuentos, donde el conde de Villiers (1838-1889) brilló con la luz tenebrosa que había aprendido de su admirado maestro, Edgar Allan Poe, cuya obra conocía y le inspiraba de manera profunda. 



Apenas un puñado de páginas para generar sobresalto y pellizcar el alma. Vera se convirtió en el pequeño suspiro que supone esa narración en todo un clásico. Cuesta pensar que existiera Vértigo (1955) sin haberse narrado antes la incapacidad de un noble viudo para aceptar la muerte de su joven esposa. Villiers no se recreaba en sus atmósferas, nos colocaba en ese micro-cosmos como curiosos intrusos y luego nos hace salir para que perdure en nuestro recuerdo el viaje realizado.



Tal vez, su máximo exponente sea El tormento de la esperanza. Prácticamente, un cuentecillo sin ataduras del tiempo que nos lleva de verdad a las entrañas del poder inquisitorial cuando es hábil. En unos cuantos párrafos, veremos un desilusionado recorrido que termina con una pregunta, en apariencia inocente, destinada a resonar en nuestros oídos. A día de hoy, sigue siendo una referencia absoluta para provocar la empatía lectora de inmediato. 



A pesar de sus pretensiones heráldicas y buscar matrimonio conveniente a su rango, la mano literaria terminaba traicionando al orgulloso aristócrata. Cuando está en la celda del Santo Oficio, se pone en la piel del hereje. Al pensar en los cambios del turbulento París, da voz a un pobre mendigo ciego que se sienta invariablemente en las puertas de Notre Dame, sin importar la forma de gobierno que en ese momento se haya adoptado en tierras galas. 



Igual que Chejov, el maestro de maestros en esta destreza, Villiers se servía de las situaciones más cotidianas para dejar una honda huella bajo la presunta facilidad de su narrativa. Una lluvia en las cercanías del Sena llevará a uno de los protagonistas a entrar en una casa burguesa con extrañas consecuencias tras pasar la puerta acristalada.



Un nuevo movimiento estaba apareciendo y no tiene nada de extraño que algunos de los relatos estuviesen dedicados a personalidades como Víctor Hugo o Richard Wagner, entre otros. De hecho, si les fascinan series como Black Mirror, leyendo a Villiers descubrirán que ya hacía centurias atrás que se planteaban severas dudas acerca de los riesgos de progreso científico si era deshumanizado. 



Con todo, si hay una predilección por parte de nuestro narrador es el tono sombrío. En pocos casos se ha logrado más con menos que con cierto amor cortesano entre la reina Isabel y uno de sus favoritos en el marco de la Guerra de los Cien Años. Junto con Gustavo Adolfo Bécquer, nadie ha firmado despliegues más intensos en su brevedad sobre esta perversión en las reglas del romance. 



Apenas un vuelo de pájaro sobre las muchas maravillas escondidas en la esquiva figura del conde de Villiers. Un noble oscuro, la máscara perfecta sobre la que se escondía el ansía de búsqueda de la belleza por parte de Philippe-Auguste. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://es.wikipedia.org/wiki/Auguste_Villiers_de_L%27Isle-Adam#/media/File:Auguste_de_Villers_de_L%27Isle-Adam.jpg



-https://www.casadellibro.com/libro-vera-y-otros-cuentos-crueles/9788420661452/1129077



-https://jackmoreno.com/2017/03/10/cuentos-crueles-de-villiers-de-lisle-adam/

domingo, 17 de junio de 2018

LA MÁS HERMOSA DE LAS MENTIRAS



En realidad, es una película que se podría contar en apenas un instante. Sosegada, tranquila y serena en su ejecución, todo en La librería de Isabel Coixet parece estar al margen de su tiempo. No solamente por estar ambientada en la década de los 50 del pasado siglo, hay muchísimos elementos en este film que nos llevan a un universo de valores distintos. Sin embargo, aquí radica su grandeza, esta narración en un pequeño pueblo costero inglés sirve, como los grandes cuentos, para ejerce como metáfora válida para todas las épocas. Es una fábula, un camino sin prisas al que se nos invita a participar. 



Adaptación profunda de la obra original de Penelope Firtzgerald, estamos ante una cinta que plantea con aparente sencillez cuestiones profundas. El personaje de Florence Green es uno de los más sutiles que ha presentado la cartelera últimamente. Una joven viuda que decide cumplir su sueño de abrir una librería parecería poco atractivo en una época donde tenemos recursos para plantear en la gran pantalla batallas colosales; no obstante, estamos, al igual que en El hombre tranquilo, frente a algo de tintes homéricos. 



Emily Mortimer encarna a Florence, logrando una comunión perfecta. Decía un avispado libretista mexicano que hizo mucha televisión que nunca le preocupaba que sus actrices tuvieran que encarnar algún rol dramático si antes le habían hecho reír en una comedia. Entonces eran verdaderas actrices a su juicio. Mortimer demostró una bis cómica excelente en The Newsroom, por lo que este registro más serio es un perfecto exponente de su versatilidad. Siendo alguien con un lenguaje corporal muy bueno para la expresión y la sonrisa, La librería demuestra que es capaz también de una exquisita contención, enseñando que se puede trasmitir mucho sentada en una playa mirando al horizonte con un buen libro entre las manos.  


Un rasgo muy curioso de Florence es una virtud que, en este caso, se termina revelando como un defecto mortal entre quienes la critican: la educación. Sus formas de comportarse, cierta timidez introspectiva y capacidad de encajar los golpes generan una animadversión activa en la localidad, entendida no como cada sujeto individual, sino como un hilo invisible de la comunidad que se inquieta ante la persona recién llegada. Sin trazo grueso, hay muchas insinuaciones acerca del ahogamiento al que se quiere someter a quien decida nadar a contracorriente. 



La compra de una vieja casa para poner su establecimiento confrontará a la nueva librera contra Violet Gamart. Los buenos aficionados a esa magnífica serie que fue Frasier la recordarán por su papel allí, además ha trabajado con directores de la talla de Woody Allen o su reciente protagonismo en The Party. Una excelente y muy solvente actriz que hace de la cacique local, captando perfectamente cómo suele desempeñarse históricamente esa gente cuando tienen células grises. Jamás se la ve en el metraje con un mala palabra o cualquier cosa que no sea una sonrisa dibujada. Con el sistema de su parte, puede permitirse hasta la generosidad de ofrecerte té y pastas mientras te machaca, pretendiendo que comprendas que todo lo que hace es por tu bien. 



Si la cortesía de Florence esconde su fortaleza, las maneras de Violet sirven de cortina a su crueldad. Solamente habrá una excepción en el pueblo al paulatino ostracismo al que la condenan hasta que decida pasar por el aro, el señor Edmund Brundish, una persona que prácticamente vive recluida en su casa, teniendo como principal afición la lectura. Con fama de huraño en la localidad, la noticia de una librería se antoja a este lector empedernido una oportunidad única. De cualquier modo, cuando conozca la naturaleza de su propietaria, se topará de nuevo con una emoción que pensaba había olvidado. 

  
Y es que, entre muchas otras cosas, La librería es también una historia de amor. Una relación imposible pero que surge de una fuente que se nos olvida puede capitalizar ese sentimiento: la mutua admiración. La elegante manera de tratar el tema está a la altura de Vivir (1952), donde Kurosawa planteaba un tipo de vínculo de ese estilo con la misma sutileza. Contando únicamente con ese apoyo, Florence combatirá a sus propios molinos de viento, incluyendo un encantador personaje encarnado por Honor Kneafsey, una niña que aborrece la lectura. 



En su empeño por tratar de convencerla sin imponer, quizás Green sea el ideal de la docencia humanista. Estar dispuesta a sufrir mil reveses y la burla de un mundo industrializado donde una biblioteca suena a inversión a fondo perdido, movida en exclusiva por su propia idea y la esperanza de que siempre habrá un justo en Sodoma. El olor de las pastas de un libro nuevo frente a la frialdad práctica de una cadena de montaje. 



La librería es mentira. Un cuento. Un invento. Algo que no es real. Una persona puede sentirse sola, por más que Shakespeare, Woolf o Mitchell sean maravillosos analgésicos en sus estanterías. Desconozco si a día de hoy existen personas como Florence Green en el mundo real. Eso sí, resulta una preciosa mentira poder seguir creyéndolo un poco más gracias a películas como esta. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-https://outnow.ch/Movies/2017/Bookshop/Bilder/003



-https://www.telegraph.co.uk/films/2018/02/16/bookshop-berlin-film-festival-review-english-village-tiresome/



-http://www.culturajoven.es/la-libreria-de-isabel-coixet-un-bonito-envoltorio/


domingo, 10 de junio de 2018

EL MUSEO DE LOS HORRORES



Había sido una presentación inolvidable (Doctor Lecter, I presume). Lo más curioso de una serie como Hannibal es que logró casi de inmediato su más difícil objetivo. Mads Mikkelsen se mostraba con impecables e implacables modales para hacernos creer que era una reencarnación más joven del malvado doctor que Anthony Hopkins elevase a la altura de mito del celuloide en El silencio de los corderos. La primera temporada del show había sido una especie de year one para muchos de los personajes de la obra original de Thomas Harris. 



Tampoco desmerecía la tarea llevada a cabo por Hugh Dancy como Will Graham. La única gran diferencia es que, en esta versión, el sagaz e imaginativo agente estaba puesto bastante más al límite de lo que nunca le habíamos visto. Si salir con vida de las terapias de Lecter tiene un precio, el protagonista de este ambicioso proyecto de la parrilla televisiva NBC lo pagó en su cuota más alta. El inquietante final de los primeros trece episodios obligaba a una continuación que explicase cuáles iban a ser las repercusiones tras tantos Rubicones cruzados. 



La segunda temporada del proyecto de Bryan Fuller arranca con una fuerza notable. Se nota pasión por las novelas originales y las anteriores adaptaciones fílmicas de este terrorífico universo. No obstante, un buen aviso a navegantes debe ser desterrar cualquier esperanza de que este viaje al pasado vaya a engarzar perfectamente en la continuidad de las anteriores. Igual que ocurre con Bates Motel, hay una fuente de inspiración poderosa pero que debe ser tenida en cuenta como una especie, si se permite la expresión marveliana, dentro de los límites de una línea ultimate


Resulta complicado hacer cualquier clase de reseña sobre esta temporada sin incurrir en el riesgo de revelar partes fundamentales del argumento. Baste decir que se mantiene uno de los puntos fundamentales del atractivo del programa: el duelo de inteligencias sin piedad que Will y Hannibal mantienen. En este caso, quien comienza en jaque es el primero, si bien va a ir demostrando que es un adversario siempre digno de ser tenido en cuenta, no importando lo desesperada que pudiera parecer su posición. 



Las fuertes alteraciones de roles y lo que ya sabíamos de la obra de Harris es el punto más discutible de todo el asunto. Hemos de desterrar esas comparativas para poder disfrutar de la función. Una danza entre bambalinas donde la sangre brillará por su presencia. De hecho, en esta ocasión hay incluso más gore que en la anterior, dejando bastantes finales impactantes. Deja sentimientos encontrados esta cuestión, puesto que Fuller y los suyos son de una escuela visual muy directa. A veces, me pregunto cómo hubiera utilizado este material oscuro un director como Antoine Fuqua. Hay momentos donde es más aterrador lo que imaginamos que lo mostrado. Y esta segunda entrega muestra mucho, quizás demasiado. 



Por su lado, el casting sigue siendo un verdadero acierto. La distinta Freddie Lounds (Lara Jean Chorostecki) que encontramos mejora al original, siendo más compleja y con aristas. Como fascinante también resulta la doctora Du Maurier (Gillian Anderson), una de las pocas personas por las que Hannibal parece sentir respeto por su opinión. Como los misteriosos títulos de gastronomía japonesa que presiden cada episodio, en esta secundaria de lujo parecen esconderse algunas de las claves fundamentales de los maquiavélicos juegos mentales del asunto. 


Como suele ocurrir en su consultorio (y eso ha sido una base de muchas de las entregas de las novelas originales), la sala de espera del doctor caníbal tiene personalidades casi tan monstruosas como él. En plan subtrama repleta de atractivo, veremos la evolución de los peculiares hermanos Verger, cuya disfuncional relación sirve a un tipo ambicioso como el psiquiatra para intentar sacar provecho de la misma. Una pareja de intérpretes tan sólida como la formada por Michael Pitt y Katharine Isabelle nos llevan fácilmente por un mundo turbio y de sacrificios. 



Desafortunadamente, tanto giro impactante de personalidades termina cobrándose su peaje en el libreto cara a la verosimilitud. Uno de los personajes que más se ha visto perjudicado por esos derroteros es el de la doctora Alana Bloom (Caroline Dhavernas), obligada a estar en tierra de nadie durante el nudo de esta saga. 



Con semejantes guías para el museo de los horrores nos encontramos ante un espectáculo que capta fácilmente nuestra atención. Un camino alternativo para un icono de la literatura y cine de terror. Un sendero irregular, adictivo y plagado 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://collider.com/hannibal-season-3-hugh-dancy-interview/



-http://steph-ex.blogspot.com/2014/03/hannibal-season-2-episode-1-review.html



-https://elrincon.tv/series/usa/critica-de-la-segunda-temporada-de-hannibal/