domingo, 14 de diciembre de 2014

UNA CITA ANUAL CON EL GRAN MAGO

Se trata de un encuentro que empieza a ser un privilegio del que no somos exactamente conscientes. Dentro de mucho tiempo, nos daremos cuenta de lo afortunados que hemos sido de poder ir a ver los estrenos de Woody Allen como algo cotidiano, una cosa que se da por sentada. Nuevamente, 2014 se va despidiendo y podemos acudir a ver Magia a la luz de la luna, la nueva obra de uno de los creadores más personales que trabajan en el celuloide. Pero, quizá, del director de Annie Hall vaya un poco más allá de la línea de prudencia que separa a hechicero y público, se trata de una pequeña filosofía de vida, una atmósfera que sea crea en casi todas sus cintas, las geniales, las malas, regulares y buenas. 




Siendo honestos, está comedia romántica de una más que correcta hora y media es una pequeña pieza dentro de muchas grandes sinfonías, un ingenioso entremés entre obras de teatro de mayor enjundia. Lo mejor es que su creador lo sabe y da al metraje esa calma, un recorrido por la Francia de los años 20, del jazz y los grandes espectáculos de ilusionismo. Las proezas de una joven médium en el sur del país galo han atraído tanto la atención de las familias bien del lugar como los recelos de dos magos profesionales, quienes saben que tras el telón hay poco de milagro y mucho de hábiles engaños. O eso sucede normalmente, pues la chica parece tener dones mentales que no han sido vistos con anterioridad. 



Colin Firth y su siempre elegante presencia aparecen para disfrazarse de Wei Ling Soo, exótico nombre chino que enmascara a un artista inglés muy inteligente, una de las mejores elecciones para hacer desaparecer una jirafa, y también desenmascarar a embaucadores. Allen usa a su intérprete como vehículo para aproximarse a otra de sus grandes obsesiones, la magia, los trucos de cartas, ese fastuoso mundo donde, una vez se explica el truco, se corre el riesgo de que la realidad aplasta una hermosa mentira. Eso le ocurre a Stanley (nombre real del personaje de Firth), cómodo en su zona de dominio y dispuesto a revelar la verdad sobre la chica prodigio, una forma de volver a demostrar que su raciocinio holmesiano se sale con la suya.   


Y es que las ideas del film son una concatenación de temas y melodías que no serán desconocidas para la legión de fans de Allen, aquel jovenzuelo monologuista que era de los pocos en hacer reír al viejo Groucho, ya convertido en un talludito cineasta y conocedor de todas las artimañas posibles para seguir siendo interesante hablando de lo de siempre, que es precisamente lo que nos gusta: el sabor agridulce que tiene el amor y la vida, la necesidad del agnóstico de creer, mientras que sería muy necesario que el creyente se hiciera más interrogantes. 




La química en pantalla de Emma Stone (quien se pone en los zapatos y sombreros de época de la joven vidente) y Firth es uno de los platos fuertes de la velada, algo muy curioso. A pesar de la diferencia de edad y estilos, whatever works, como diría el maestro. Como en los diarios de Bridget Jones, Firth tiene esa flema británica de falso payaso serio con más encanto del que se intuye, mientras que Stone usa a la perfección el arma de su mirada y aspecto despistado para generar una pareja que sobrelleva los usualmente ingeniosos diálogos de estas producciones.  




Magic in the moonlight toca algunos de los palos que ya eran visibles en la infravalorada Scoop, y es que a Woody nada parece complacerle más que estos juegos de meter a una chica en una caja y parecer que se la sierra, que un mago aparezca en un asiento y surja de la nada en la otra esquina. Pero, ¿queremos que nos digan cómo se hace? Poleas, tramoyas y trampillas darían toda la satisfacción a nuestra lógica, pero el alma del público complacido querría permanecer en beatífica ignorancia. 


Cosas que pueden parecer muy trascendentales, pero el mayor encanto de estas creaciones es su incapacidad tomarse demasiado en serio a sí mismas. El cine de Allen puede recibir muchos elogios y alguna crítica, pero no cabe duda de que se trata de una forma de aproximarse a nuestros fantasmas (alguno hay en esta obra, no necesariamente dando golpecitos en la mesa) con muy poco rencor, una sonrisa tragicómica que invita a pensar que es como todo lo demás. 




Sí, hay algo en estas citas anuales, ya sea en una sala de multicine un frío invierno o la comedia sexual de una noche de verano bajo la luz de la Luna. Javier Krahe le decía a Joaquín Sabina en su época de la Mandrágora que, cuando uno salía de una película de Woody Allen, tenía la sensación de lo que habían tratado como una persona inteligente, presuponiendo que podía ir pillando las referencias presentadas y juntar las piezas por uno mismo. Algo de eso ahí, pero, sobre todo, sigue siendo muy divertido, o, como demostró en Match Point, más duro que nadie se lo propone con un inicio, nudo y desenlace. 



Buenos amigos, gratas compañías y otras sensaciones que he sentido asistiendo a los espectáculos del gran mago. Incluso, de un año a otro, sentir que el visionado de una de estas medianoches con una chica iba a ser el principio de algo muy especial. Posteriormente, a pesar de ser dedicatoria con amor, el siguiente encuentro marcó que conoceros fue un honor y seguir juntos un pecado. Y, sin haberle conocido nunca y que sepa de la existencia de otro de los muchos que van a este peregrinaje con Boris Grushenko, la filmografía de este señor, incluyendo piezas aparentemente menores como la que hoy nos ocupa, tiene un toque de ternura cuando uno también lo presencia con cierta punzada de soledad. 



Y ya hace mucho tiempo que decidí que no quería enterarme de los trucos de Woody Allen y su equipo en el escenario. Me sobra con disfrutarlo. Hasta el año que viene, allí estaremos, fieles a la cita. 

sábado, 29 de noviembre de 2014

Y CHAPULÍN COLORADO...


"Esto está muy bien escrito. Eres un Shakespeare...", el responsable publicitario estaba encantado con lo que le había llegado, aderezado con una redacción impecable. Sin embargo, miro con más detalle a aquel hombre de escasa estatura, sin reprimir una maliciosa ironía. "Bueno, un Shakespearito...". La anécdota tiene cierto aroma de ironía dulzona, un humor blanco, propio de quien se encargó de contar el relato para las futuras generaciones, el receptor del elogio-pulla: Roberto Gómez Bolaños. 



Hace algunas semanas hicimos un repaso a El Chavo del 8, uno de los programas más emblemáticos y que mayor longevidad han tenido en esa jungla de las audiencias que es la caja mensa, digo, la caja tonta. Desgraciadamente, entre otras noticias, este fin de semana viene marcado por el fallecimiento de don Roberto, uno de los autores más polifacéticos (series de TV, películas, teatro, libros de poemas, etc.) y talentosos. Sin duda, basta asomarse por la repercusión que ha tenido en toda América Latina la noticia para hacernos una idea de la dimensión pública del protagonista. 




Como modesto homenaje, parecía oportuno que el blog se ocupase hoy del primo-hermano del Chavito, nada menos que El Chapulín Colorado, el gran héroe de la factoría de Bolaños; pese a ello, se trata de un paladín atípico. Si bien tiene una serie de características especiales (las antenitas que le hacen la vez de sentido arácnido, pastillas para reducir su tamaño, el martillo sonoro, etc.), el Chapulín tiene un punto cobardón y precavido, no puede evitar ser un poco torpón en ocasiones y dejarse llevar por instintos (entre otros, ser un pelín mujeriego, para qué nos vamos a engañar).  


No obstante, en la medida que el personaje es capaz de superar ese miedo se convierte en un auténtico ideal hidalgo, fallos al margen o que se aprovechen de su nobleza, impregnándose de esa ternura que es tan típica de las producciones de esta marca registrada que fue la carrera de Bolaños. Trayectoria tardía como él mismo reconocía, pues empezó a destacar a una edad en la que muchos de sus compañeros estaban plateando retirarse del espectáculo por la ausencia de esa oportunidad que se presenta en muy escasas ocasiones. 




Por supuesto, tal popularidad no fue alcanzada en solitario. Como en tantas otras ocasiones, el intérprete se vio rodeado del mejor equipo posible de actores. Su inseparable Rubén Aguirre, Edgar Vivar (quien ha subido una emotiva foto vía twitter de su último encuentro con su director de escena y maestro), la Chilin... perdón, quería decir María Antonieta de las Nieves, Ramón Valdés, el tipo que más hizo reír a Chespirito, Carlos Villagrán (los cachetes más célebres de la historia de la TV), Florinda Meza (quien además ha compartido matrimonio las últimas décadas con Bolaños)...




Un reparto de unas características únicas e irrepetibles. Piratas, mafiosos, caquitos y otros rufianescos villanos no contaron con la astucia del héroe del martillo (Thor aún habría de esperar un poquito para ser emitido por las antenas aztecas), a quien pusieron a pruebas en muy diversos retos, aunque siempre con muchas carcajadas. Puede parecer extraño en estos tiempos que corren del digital y revoluciones constantes, pero uno de los grandes atractivos de este show fue su gran cantidad de innovadores y pioneros efectos especiales.    


Curiosamente, puede haber sido de lo que peor haya envejecido del inefable y altruista guerrero escarlata; poco importa, ya que su benigna ingenuidad y divertidas ocurrencias siguen haciendo su visionado un paseo nostálgico por aquella época donde aquel puñado de mexicanos con pocos medios y mucho talento se colaron para siempre en el imaginario popular de todo un continente. Una huella que sigue bien visible hoy en día. 




Chapulines y chapulinas invadieron las gradas de los estadios de Brasil cuando jugaba su país, mientras que en lugar tan dado a la veneración del talento como Argentina, la idolatría alcanzada por los Chavos, señores Barrigas, profesores Jirafales, ron Damones, Brujas del 71, rulos y Chimoltrufias (quizá el mejor regalo que hiciera Bolaños a Florinda) abarca desde a Susana Jiménez, pasando por todo el Mar de Plata, Maradona y Andrés Nocioni incluidos. 



Y Chapulín Colorado, este cuento se ha acabado. Pero no estén tristes. Volveremos a abrirlo para seguir riéndonos palabra por palabra, tal y como lo recordábamos. Sin duda, aquel hombre era todo un Shakespeare, bueno, mejor dicho, un Chespirito... 


domingo, 23 de noviembre de 2014

LA MAGIA DE ESCOBAR


En ocasiones, un pequeño texto puede hacer surgir muchos recuerdos. La revista Cinemanía ha sacado en el ejemplar de este mes un artículo de Yago García, quien disecciona con capacidad de síntesis y precisión cirujana los avatares de la producción de Estela Films, la película de animación Érase una vez, audaz intento de los estudios españoles de sacar al sector de la crisis galopante que lo asolaba durante la posguerra. 




Josep Escobar, creador de los inefables Zipi y Zape, además de otra cohorte de grandes personajes de las viñetas bruguerianas, ocupa un lugar muy destacado en el análisis. A pesar de haber estado a punto de fichar por la prestigiosa Paramount, el dibujante había permanecido en suelo patrio, a pesar de los problemas que podía traerle su ideología en aquella coyuntura. Esta versión del clásico cuento de Cenicienta (el hecho de que Disney ya hubiera registrado impedía poner el nombre original) no logró triunfar en taquilla por diversos condicionantes, si bien, fue la enésima demostración del talento de un artista que logró firmar cerca 200 planos del filme (es decir, confeccionados por él solo y sin ayuda). 




Un premio en Venecia fue un agradable premio de consolación para un intento que tuvo la mala fortuna de coincidir con un transatlántico del potencial de Disney (la lentitud de información de la época nos tienta a pensar que ambos estudios simplemente coincidieron y no se percataron de andaban tratando lo mismo hasta que fue demasiado tarde). Un extraño kismet que parece haber acompañado al talentoso Escobar, quien, si bien cuenta con una extraordinaria biografía por parte de Antoni Guiral, en ocasiones no es lo suficientemente recordado en el Panteón de los padres de la historieta hispanos (con nombres tan queridos como Ibáñez, Vázquez, Raf, etc.).  


En definitiva, Yago García volvía a rescatar del baúl de los recuerdos a un artista polifacético, un rara avis que ejemplificaba el ideal renacentista: guionista, narrador, ilustrador, autor teatral, dibujante, etc. Me decía un buen amigo que, si uno se fija, se detecta mucho de la inteligencia y curiosidad del propio Escobar en sus personajes, quien la proyecta en el ingenio de sus hermanos gemelos, o ese Lazarillo de la época del hambre que fue Carpanta. Sorteando obstáculos, logró hacerse un hueco para lograr encontrar la esencia de sus viñetas, de la misma forma que la hicieron otros de sus brillantes compañeros de generación. 




La sátira del supuesto ideal familiar de su época (esos Zapatilla y su cuarto de los ratones para esos ingeniosos muchachos, siempre bajo sospecha), la miseria sin tapujos del mundo de Carpanta, la relación de Petra y su señora, etc. Un amplio conglomerado que convierten al artista catalán en un referente sin el que es muy difícil explicar uno de los períodos más decisivos del cómic peninsular. 



Hace algunos años, en este mismo blog se habló de un tebeo impresionante llamado El invierno del dibujante, gran recreación de los años decisivos de Bruguera, el momento donde Vázquez alternaba sablazos y talento en la mesa de dibujo, un joven Francisco Ibáñez ingresaba para bautizar, con la astucia del lacedemonio Rafael González, a los insustituibles Mortadelo y Filemón y Víctor Mora consolidaba a sus creaciones, las cuales aún hoy se mantienen. Sin embargo, quizá la historia más importante de las que entrecruza allí Paco Roca sea un intento que involucra a nuestro protagonista de hoy.   



Este recuerdo invernal refresca el audaz y frustrado intento los Escobar, Conti, Cifré, Giner, Peñarroya y la ilustre compañía de crear una revista propia que permitiera a los autores tener los derechos de sus obras originales y plantar cara a las leoninas condiciones que sufría su colectiva en aquellos primeros años. Con su eterna pipa y elegante pipa, califiqué en aquella reseña a Escobar como "digno derrotado", volviendo a recalcar que, lejos de descalificar, el apelativo tenía como único objetivo recordar que hay gente cuyos fracasos brillan más que los éxitos de otros. 




Incluso en su período en un lugar tan poco agradable como el presidio, se la ingenió para sacar hacer caricaturas de otros presos, mientras volvía, cual irreductible galo ante el invasor, a la carga una y otra vez, acompañado de sus hijos y esposa, Dolors Roura. Los homenajes en localidades como Granollers, a la que estuvo muy ligado, son el reflejo de la importancia que sigue teniendo aún hoy en días, décadas después de su desaparición.  




"Escobar fue un gran amigo, además, fue un hombre que no se limitaba a hacer historietas. Escribía obras de teatro, pintaba cuadros, hacía publicidad, cultivaba en su casa [...] Todo lo que se podía hacer en este mundo lo hacía Escobar. Fue una auténtica maravilla para la historieta. Dejando de lado a Mortadelo, los personajes de Escobar han sido los que más difusión han tenido, sobre todo su Zipi y Zape. Fue el único dibujante del país que consiguió dársela con queso a la censura con su personaje que se llamó Carpanta. [...] Estuvo trabajando hasta última hora, ya con Alzheimer, siempre enamorado de su profesión. No está olvidado ni muchísimo menos, y ese es el mejor homenaje que le podemos hacer a un autor de historieta". - Francisco Ibáñez. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

DESMONTANDO A EVA SALVAJEMENTE


Con motivo del centenario de Joseph L. Mankiewicz, uno de los directores más prolíficos del Hollywood clásico, Sam Staggs realizó una completa disección de su popular film: Eva al desnudo. Estrenada en 1950, a pesar de que reunía un elenco que era un auténtico Dream Team (Bette Davis, George Sanders, Anne Baxter, Marilyn Monroe...), ha sido el paso de los años el que ha colocado a esta mirada en el mundo teatral norteamericano en el lugar que merece dentro del imaginario popular cinéfilo. 




Staggs coloca el elocuente título de All About All About Eve, haciendo verdadero honor a la pretensión, ya que firma con precisión de notario y curiosidad de sofisticado chismoso buena parte de los detalles del rodaje, negociaciones y consecuencias del mismo en la trayectoria de sus principales intérpretes. Hay material para ello, el carácter volcánico de Davis, las peculiaridades de Sanders y las complicaciones que encontró Mankiewicz para llevar a buen puerto la empresa, en un gallinero repleto de talento, sensibilidades y competitividad. 




Una obra repleta de ingenio, diálogos ácidos y que brinda tantas lecturas como se quieran observar en ella. El vínculo de dos mujeres, Margo Channing, una estrella de los escenarios que está entrando en su madurez, y Eva Harrington, la muchacha que la aguardaba cada lluviosa esquina en el callejón del teatro, incapaz de mediar palabra con su ídolo. Una visión de las entrañas del mundo del espectáculo, su glamour y vacío, así como la procesión de extrañas personalidades que desfilan ante él. 



Narrador de fuertes convicciones, ya conocía el trabajo previo de Staggs de un análisis de similares características de otro de los grandes hitos artísticos de la época, El crespusculo de los dioses de Billy Wilder. Uno no siempre puede coincidir con alguien de juicios tan taxativos (por ejemplo, su manera de subestimar la influencia de un guionista como Diamond en la carrera de Wilder, o, en el caso que hoy nos ocupa, su escaso aprecio y líneas dedicadas a producciones posteriores de Mankiewicz, destacándose su falta de concesiones con dos películas tan interesantes como La condesa descalza o De repente, el último verano). 




No obstante, siempre es recomendable leer visiones y opiniones contrapuestas a la propia, más si han sido efectuadas con una metodología como la Staggs, quien sorteó muchas dificultades para poder aproximarse al contexto de la época. En primer lugar, la desaparición en una mudanza de buena parte de los papeles relativos al desarrollo del film del director, así como al fallecimiento de buena parte de los protagonistas principales. Celeste Holm, una de las mejores secundarias de esta ópera prima, si pudo haber arrojado algo de luz al respecto, pero prefirió no desempolvar los rollos de una de sus participaciones más célebres en la gran pantalla. 




Con mucho tino, el narrador de esta monografía muy bien editada por T&B Editores se remonta a tiempos pasados para, hábilmente, coger impulso en los precedentes que llevaron a lo que luego fue visto por espectadores de todo el globo. De hecho, el éxito fue tal que, alguien tan orgullosa y talentosa como Bette Davis, afirmaba que Margo la había resucitado de entre los muertos; años después, se haría un remake musical en Broadway, con otra celebridad como Lauren Bacall haciendo el papel de la madura actriz. 


Los breves y organizados capítulos permiten mantener la atención de los lectores, los cuales van aderezados con una equilibrada mezcla de consideraciones críticas y rumores de alcoba (sobresale el affaire desde el primer día entre Gary Merrill y Bette Davis, así como los celos de Zsa Zsa Gabor, esposa de Sanders, con Mariryn, por aquel entonces una rubia cuasi desconocida e insegura, pero destinada a convertirse en uno de los iconos pop de su tiempo). 



Como acontece con mucha de la producción de Mankiewicz, hay muchas corrientes subterráneas en los mensajes y códigos que se emplean para realizar muchas insinuaciones, desde las motivaciones de sus personajes, pasando por críticas veladas al sistema artístico de su tiempo (aunque aquí debemos mencionar asimismo a Mary Orr, autora del fantástico cuento que desarrolló todo el mundo posterior, probablemente, con más referencias reales de las que pensamos hasta hace muy poco). Incluso, hay una posible interpretación y velada insinuación lésbica (viene a la mente aquí el ama de llaves de Rebeca, dirigida por sir Alfred) entre Margo y Eva, también a la vampirización que puede llegar a existir en sus vidas paralelas. 




Decía Javier Rioyo, crítico de Cinemanía, que hasta para ejercer el cotilleo siempre habían existido clases. Sin duda, este Desnudando a Eva puede ser visto como una concatenación de secretos y confesiones privadas, pero, sería muy difícil imaginar que pudieran describirse mejor. 
  
   

domingo, 9 de noviembre de 2014

LOS BUENOS SALVAJES


Ocurrió hace unos años que, como el resto del país, el cine argentino entró en crisis. Desde entonces, sus actrices, guionistas y cineastas comenzaron a pensar. Y a reflexionar bien sobre cómo superar la falta de medios con talento. No es fácil resumir el nivel de excelencia que va alcanzando lo que viene del celuloide albiceleste, no hay año que un Campanella no deje alguna perla para las salas. 2014 no es la excepción, Damián Szifrón se pone a los mandos de una serie de relatos al estilo del mejor cine italiano (esas sucesiones de pequeños capítulos con los queridos Sordi, Manfredi, Loren, etc.), pequeñas historias cortas que son un ejemplo de síntesis y precisión, bombas de relojería con la que el espectador puede identificarse. 





Relatos salvajes impacta desde su eficaz opening, dejando una única duda en el público, ¿se puede mantener ese ritmo por las cerca de dos horas de duración? Tarea difícil, pero no imposible con un guión hecho sin ninguna clase de rubor, brutal y sin fisuras, con capacidad para sorprender en sus planteamientos. Como en los cuentos de Chéjov, las tramas colocan en la mitad de la vida cotidiana de sus protagonistas, atrapando con un punto de ruptura tarantianiano que hace cruzar la línea de los miembros de esta farsa, un auténtico zoológico sin jaulas para impactar de inmediato en sus visitantes. 




Un déjà vu se queda en algunos de los diálogos, momentos que nos son extrañamente familiares cuando hemos ido a un casamiento, hemos estado inquietos en la carretera o nos hemos topado en un restaurante con algún pelotudo que no podría caernos peor. Directo y a la mandíbula es el mecanismo de Szifrón, quien recuerda a la famosa oscuridad carmesí de Ideas negras de Franquin (citamos la antigua reseña de hace unas semanas). No en vano, Pedro Almodóvar, perro viejo de olfato fino, ha mediado para que su productora diera la financiación a una de las sorpresas más agradables de la cartelera en lo que llevamos de curso. 


Los que nunca te fallan



Balones a Darín. Si fuera un futbolista en Boca o River, no caben dudas de que sería la consigna de cualquier técnico. Desde El hijo de la novia y Nueve reinas se colocó en la audiencia española para quedarse. Gente como Trueba le han reclamado, también el inefable Santiago Segura para su último Torrente. Ricardo es garantía y, en esta ocasión, su pequeño papel (gran bombita, deberíamos decir) vuelve a dejar un regusto inmejorable, el de un actor privilegiado y que está en un estado de gracia constante. Caballo ganador, si le das un buen papel, solamente hay que sentarse y esperar, se trata del rostro más reconocible de un elenco que funciona como un reloj suizo. 




Ya sea una visceral Rita Cortese como cocinera o Darío Grandinetti como un estirado crítico, todo el mundo cumple y lo hace a las mil maravillas. Los cortos son escasos momentos en el escenario para brillar, se precisa que en pocos segundos uno pueda entender cómo funcionan los rasgos básicos del crisol de personalidades que desfilan ante nuestros ojos. Y, queda la sensación de que la selección de casting es inmejorable, unos intérpretes que apenas necesitan décimas para calar y llamar tu atención. Lo mejor de cada relato es que te deja con ganas de más. 





Dentro de ellos y ellas, Erica Rivas se lleva la palma como una de las novias más carismáticas y peculiares que uno recuerda desde los días de Uma Thurman, katana en mano, generando algún monólogo merecedor del recuerdo. Papeles de raza y sin miedo a meterse en quimbolos de los que estos "animales" salen sin mirar atrás, dejando un reguero de pasión y honestidad brutal, que diría Calamaro. 



Historias para no dormir



Una de las cosas más meritorias de este ejercicio de salto sin lona es la capacidad de que cada una de estas pequeñas aventuras de ser indescifrable hasta su desenlace, pero obvia una vez se ha llegado a la resolución. Un ejercicio de Sherlock Holmes y de perceptivos rastreos por los rincones menos éticos que todo hijo de vecino tenemos, ese momento de sí, es completamente absurdo, pero, ¿y si me pasará a mí o alguien que conozco? Sospechas que la ficción no está tan alejada de la realidad, si acaso, primas-hermanas que se llevan unos años de edad. 




Tienes la percepción de que todo ha sido pensado de antemanos, aplaudiendo encantado el truco del mago, quien hace salir de la nada tramposas mentiras que parecen verdad. Hay algo de eso en Relatos salvajes, y mucho más. Uno sabe que no ha sido original al elogiarla, por una vez, crítica y público parecen darse la mano. Sin embargo, hay cosas que son casi indiscutibles y, los vecinos del otro lado del Atlántico lo han vuelto a hacer. 





Desde Córdoba a Buenos Aires, pibes y minas, simplemente, gracias. Sigan por este camino, será salvaje y políticamente incorrecto pero, ay caramba, qué buenos son....

domingo, 2 de noviembre de 2014

UN ARMA DE DOBLE FILO


"Lo más difícil del ajedrez es acabar una partida ganada". Sin duda, no se puede juzgar todo por el resultado, pues, en ese caso, únicamente necesitaríamos un teletexto con marcadores para determinar el valor de cada cosa. Pese a ello, las series de televisión, especialmente las que alcanzan una gran atención de la audiencia, tienen una revalida en su última temporada que, a veces, se resume en el último episodio, como si el trabajo de años fuera cuestionado en unos minutos decisivos. 





Estamos una época donde están empezando incluso a proliferar los finales alternativos como jugoso extra de las ediciones en DVD (en algún caso con agravios comparativos sangrantes, como, bajo mi modesto juicio, sucede con la novena de Cómo conocí a vuestra madre, cuya sencillez de epílogo parece a haber satisfecho más a algunas personas seguidoras del show que el rocambolesco y más convencional de lo que parece desenlace originalmente emitido), señal de cómo el último bocado es el que parece incrustarse en el paladar del espectador. 





Los hay de todos los estilos y momentos. Tan controvertidos como el de los añorados Soprano, el cual, pese a la pistas dejadas en sus oscuros últimos episodios, parece dejar la cosa en un éter de libre interpretación que satisfizo a unos y encolerizó a otros (incluso incondicionales como Carlos Boyero, quien suspiraba porque Tony Soprano se hubiera despedido mirando el horizonte en las Vegas, con una nueva goomar y su dosis de peyote en el cuerpo). En algunos casos, esa escena final puede ser motivo de ostracismo por parte de quienes, hasta hacía unos momentos, eran devotos de la serie. 


Pocos ejemplos recientes son tan visibles como la afamada Lost, durante años, una de las más mimadas por crítica y público. De cualquier modo, la resolución de las muchas líneas argumentales creadas (y con ellas, unas expectativas brutales), han llevado a personalidades como George R. Martin a afirmar que confía en evitar generar una decepción así a sus seguidores. Guiño que puede tornarse irónico en el caso del genial creador de Juego de Tronos, portentoso monumento a la fantasía heroica y que muy difícilmente va a poder satisfacer la visión de que sus millares de seguidores tienen ya en su cabeza. Pero, ¿acaso es justo resumir a la original isla por su mayor o menor certeza a la hora de dilucidar el problema? ¿Hay que rasgar las páginas de épicas como Tormenta de espadas porque finalmente descubramos que Jon Nieve era el hijo de una aparejadora de Poniente con poderes mutantes? 




No siempre, ni mucho menos, es la culpa del exceso de presión que ponemos la voluntariosa pero pasional audiencia. Productores y guionistas se ven tentados de jugar las cartas más recurrentes (bodas, fallecimientos inverosímiles de algún personaje querido del show, piensen en el pobre Marcial en Médico de familia, qué ganas de cargarse a alguien, etc.) para provocar un shock que, de paso, devuelva al candelero a un programa que lleva muchos años emitido. Incluso un irreverente como Seth MacFarlane ha caído en eso para darse cuenta de que, una vez los medios han vuelto a centrarse en Family Guy, siempre se puede resucitar a uno de los personajes más queridos. 




No menos cierto sería afirmar que la necesidad de buscar un broche de oro a lo que no lo precisa. El Chavo del 8 del que hablamos hace muy poco no precisa de una épica resolución con crossovers con el Chapulín Colorado para dejar una sonrisa en los nostálgicos de la creación mexicana (aunque me sigue pareciendo válida la teoría de un amigo que afirma que los miembros de una vecindad viven en una especie de purgatorio donde repiten sus Tangamandapios y latiguillos. ¿Les suena raro? Pues recuerden a Los Serrano y esta hipótesis se torna sólida y contrastada en las fuentes). 


Excepciones tiene la regla y hay ejemplos de regustos inmejorables en el desenlace, curiosamente, entre dos series que eran primas-hermanas entre sí, Cheers y Frasier, puestas de relieve en esos benditos veinte minutos de duración del género de comedia situación. Y es que esa sensación de cerrar el círculo debe ser muy grata para fans y miembros del elenco, la rubrica perfecta a un examen impecable. Pero no siempre se tiene esa fortuna. 




Y es que los creadores disponen y el mercado... Que se lo digan sino a una serie de animación tan original como Futurama, la cual ha vivido una curiosa mezcla entre su capacidad de generar una legión fiel de adeptos y un don de la FOX para ir poniéndole cancelaciones que terminan provocando que, a día de hoy, dudemos de tener la fortuna de verla otra vez en antena. Un cierre a la continuidad que escapa a las buenas intenciones de su equipo artístico. 




En cualquier caso, como en tantas situaciones de la vida, sigue pareciendo más sensato disfrutar de las ficciones de la caja tonta atendiendo más al viaje que a la estación final. Aunque, si encima la parada merece la pena, es una forma de garantizar que volveremos a sacar el billete. 
  


domingo, 26 de octubre de 2014

TRIUNFO Y TORMENTO


Noviembre de 1961. Primer número de la colección Fantastic Four. Stan Lee, guionista, y Jack Kirby, dibujante todoterreno, acaban de revolucionar el cómic de súper-héroes sin saberlo, resucitando un estilo que parecía en decadencia tras la Edad Dorada del género. "Súper-héroes con súper-problemas", un concepto simple pero genial, una revisión de la mitología de las viñetas para la incipiente editorial Marvel, dotando de verosimilitud a sus protagonistas. Sin embargo, vista la popularidad alcanzada por el cuarteto, Lee y Kirby apenas necesitan cuatro números para comprender que les falta una pieza final, un antagonista a la altura, una Némesis, el Moriarty que estos Sherlock Holmes con poderes cósmicos precisaban para colarse definitivamente en el imaginario popular: era el germen del Doctor Doom o, si lo prefieren, el Doctor Muerte. 




Una mezcla de folclore, El fantasma de la ópera y Darth Vader varias décadas antes de deslumbrar en la pantalla grande, el buen doctor se convirtió en uno de los villanos favoritos de la incipiente etapa plateada que iba a comenzar en las viñetas norteamericanas. Lee, Kirby y sus sucesores fueron enriqueciendo esta villanesca presencia, convirtiéndolo en un déspota ilustrado de un ficticio país europea llamado Lavteria. Con el tiempo, un mal guión podía convertir a Víctor von Muerte en un malvado más, un robot con ínfulas de conquistar el mundo y algo ridículo; en las manos apropiadas, se convertía en un antihéroe enriquecido con una herencia gitana, una mezcla de saber científico y el lado más espiritual y pagano de los ritos de la Europa del Este. 




Recientemente reeditada al castellano, Panini ha traído la versión en castellano de lujo de una de las mejores aventuras de este personaje, uno de los más reconocibles de la auto-proclamada Casa de las Ideas: Triunfo y tormento. Una aventura independiente y auto-conclusiva, pero destinada a perdurar en el recuerdo de los buenos aficionados, presentando el atractivo de mezclar a Víctor con un ilustre colega, el Doctor Extraño, otro de los héroes marvelitas surgidos de la fértil imaginación de Stan Lee (en esta caso, auxliado, ayudado y respaldado por los lápices esotéricos y personales del genial Steve Ditko). 


El encargado de llevar la trama de este encuentro entre dos pesos pesados de la colección de personajes de Marvel fue Roger Stern, uno de los guionistas más consolidados de la editorial, quien además contaba con la inestimable ventaja de poseer un perfecto conocimiento de los trabajos previos de sus predecesores. En concreto, Stern tenía en mente una pequeña historia de la colección Doctor Doom: Master of Menace, bajo el título de Though some call it magic!, apenas un puñado de páginas donde, bajo los sombríos y espectaculares lápices de Gene Colan, se revelaba el intento de redención de Muerte del castigo eterno de su madre. 





Una noche de San Juan y muchos elementos místicos que se mezclaban a la perfección con la atmósfera del Doctor Extraño, la perfecta excusa para ponerlos frente a frente en una tensa alianza donde habría una revisión del infierno de Dante y la esencia de dos de los caracteres más independientes de los, en ocasiones, rígidos esquemas del cómic de súper-héroes. 




No se reparó tampoco en gastos a la hora de escoger al equipo técnico que debería llevar a buen puerto la empresa. Nada menos que Mike Mignola, uno de los dibujantes más personales y eclécticos jugadores de las sombras, un artista que otorgaría un sello único al recorrido de Stern, el cual incluyó un prólogo de vidas paralelas al más puro estilo Plutarco. La tinta quedaría a cargo de Mark Badger, quien asimismo se responsabilizó del apartado del color, cuyo estilo sería muchas veces imitado en la década de los 80. 



Con un buen ritmo y algún giro ingenioso de guión, cabe convenir en que Mignola era el artista adecuado para este relato esotérico de fantasía, terror y heroicidades (aunque, como han apuntado otras críticas previas, una mayor proliferación de elementos mágicos hubiera podido venir muy bien a esta aventura); Stern, siempre enciclopédico en su conocimiento de las características de sus protagonistas, brinda buenos diálogos que hacen reconocibles a Muerte y Extraño, tanto para el aficionado más veterano como la persona que lee por primera vez algo de ellos.  



No obstante, a pesar del innegable papel de Stephen Extraño, cuantas re-lecturas se hagan de este pequeño clásico marveliano invitan a pensar que Muerte es el verdadero eje de la historia y el gran actor de esta pequeña opereta. Uno se explica la obsesión de artistas como John Byrne con él, recalcando que, bien llevado, es uno de los villanos más fascinantes entre los tipos con mallas. Sin embargo, por su indumentaria y los clichés, sigue siendo un arma de doble filo, pues la frontera entre el Doctor Doom de Triunfo y Tormento y el enlatado rufián de folletín y ridículo uniforme es muy escasa. 



Por fortuna, el tirano de Lavteria cuenta en esta ocasión con el magisterio de un gran experto en las artes místicas y la guía de Stern y Mignola. Por eso, a día de hoy, sigue siendo objeto de reediciones y, lo que es mejor, una sonrisa de complicidad entre los aficionados del mundillo.