domingo, 28 de septiembre de 2014

IDEAS NEGRAS, TALENTO CLARO


La depresión es una enfermedad que tiene el macabro don de surgir en forma de caricia disimulada, una traicionera y democrática invitación que no hace distinciones entre las personas que la padecen, pudiendo hacer acto de presencia en el momento más inesperado. Uno podría haberse visto tentado a pensar que André Franquin, autor de personajes tan entrañables como Gastón el Gafe o o Spirou, entre otros, sería una persona repleta de optimismo, luz que se refleja en sus viñetas, siendo considerado uno de los grandes maestros de la narración de la prestigiosa escuela franco-belga.  




De hecho, las personas que acudían fieles a su cita con Le Trombone, suplemento comiquero, se veían sorprendidos de que el risueño el estilo del autor se hubiera visto invadido de sombras y oscuridad, en una serie de pequeñas historias auto-conclusivas. Acompañado de Yvan Delporte, cuando no por Jean Roba, Marcel Gotlieb, Luce Degotte o el propio Franquin en solitario al guión, se trataba de un giro radical con respecto a su anterior producción. 




La idea fue trasladada a otras publicaciones, mientras Franquin empezaba a experimentar con este nuevo estilo, el cual había brotado dentro del propio pesimismo que había empezado a embargarle; utilizando ese punto de partido tan poco halagüeño, el artista francés encontró una motivación inesperado que le mostró un nuevo género para explotar su talento, un giro en la mirada que tradicionalmente había dado a sus viñetas. 



El dibujante crea una atmósfera que embriaga en sus tiras, las cuales fueron oportunamente editadas en un único tomo en castellano, desgraciadamente, bastante difícil de encontrar, Su forma de recrear algunos de los aspectos más cotidianos (las discotecas que muestra, la caza, el deporte profesional, la soledad que se muestra en muchas de sus viñetas, etc.) revelan que, incluso en uno de los momentos más delicados en lo personal, Franquin mantenía intacta su capacidad de contar una historia en muy poco espacio. 



No en vano, hablamos de uno de los autores cuya influencia más se ha notado en una de las Escuelas más importantes del tebeo español, Bruguera, especialmente, la impronta de Franquin es muy clara en el maestro Ibáñez, sin duda, uno de los buques insignias de las páginas españolas. Una herencia que es muy visible en el parentesco existente entre el ya citado Gastón y el inefable botones Sacarino.  




Cuentecillos como el de la guillotina son exponentes de la capacidad de síntesis del humorista gráfico cuando se encuentra en el punto de madurez de su carrera. Igual que acontecía con Esto no es todo de Quino, estos pequeños chistecillos son auténticas bombas de relojería, la carcajada da paso a esa pequeña incomodidad que dan los dardos indiscriminados que lanza este espejo deformado de nosotros mismos. 



Teniendo en cuenta los recientes males que asolan esta bola de barro, una columna de Manuel Vicent, la cual versa sobre las cuchillas y vallas de Ceuta y Melilla, a la par que el curioso interés que nos ha surgido ahora a todos por la epidemia de ébola, justo cuando esta terrible enfermedad ha comenzado a ser un riesgo para los países desarrollados, tras años diezmando sin que nos preocupase (aquí es necesario destacar las honrosas excepciones de los voluntarios de instituciones humanitarias, así como a la labor de misioneros y gentes que ha prestado su asistencia de forma tan desinteresada como valerosa), uno no puede dejar de pensar que tiras no dedicaría ese Franquin oscuro al avance de las corrientes más reaccionarias y atávicas en Francia, o el problema de la inmigración en el norte de África, por no hablar de la situación ucraniana. 



No podemos verlas, pero si imaginarlas, Franquin se mostró activo y se tornó en un ácido perspicaz para comprender por dónde soplaban los vientos. Del Woody Allen de Bananas o Toma el dinero y corre, el dibujante francés pareció encontrar su espacio para hacer sus propias Sombras y niebla o Match Point.  Las pequeñas fábulas que se narran en apenas una página, tienen el donde de dejar un poso en sus lectores. 



Un trabajo atípico, pero imprescindible, de uno de los autores de cómic más relevantes de su generación. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

UN ALTO EN EL CAMINO


Juan Antonio Orenga ha dimitido. Tras lamerse las heridas del batacazo ante la sorprendente Francia de Batum y Boris Diaw, muchos apuntaban al seleccionador del conjunto nacional. Antoni Daimiel, siempre buen conocedor del basket y la crónica rosa, lo resumía en un elocuente tweet: "Hemos tenido el peor gatillazo con la mejor novia que hemos tenido". Sin embargo, apuntar exclusivamente al banquillo sería simple, oportunista y ventajista. 





Orenga no reaccionó en tiempo en varios compases del encuentro ante el conjunto galo, no obstante, esa mala dirección no empaña su meritorio bronce en el anterior torneo, curiosamente, con un roster menos potente sobre el papel que el estrellado en este Mundial, su Mundial. Todos, los primeros los analistas aficionados de este blog, hacíamos cuentas de la lechera sobre nuestro juego interior ante los Estados Unidos. Mientras tanto, olvidábamos los partidos que estaban por jugarse y que el rodillo norteamericano fue de menos a más todo el torneo, usando el menosprecio de algunos mentideros como refuerzo. 




De cualquier modo, las críticas al antiguo jugador del Real Madrid, Estudiantes, Cáceres y varias experiencias más ACB. Un buen y completo interior que fue internacional con la absoluta (tercer puesto en el Eurobasket de 1991), también un competente asistente (fue uno de los lugartenientes del maestro Aíto García Reneses en la aventura olímpica de Pekín, 2008) que, quizá, fuera aupado demasiado pronto al puesto de seleccionador. Orenga sabe de basket, una cosa bien distinta es que su gestión en esta ocasión ha dejado que desear. Como la hizo la de Mr.K en 2006, mientras que ahora el estratega estadounidense luce dos oros en Juegos y otros tantos campeonatos mundiales. 



Quedan varios incógnitas, entre ellas, la misteriosa desaparición en importancia de Felipe Reyes. Retirado de propia voluntad de la absoluta, acabó volviendo por petición popular, justo para vivir uno de los peores tragos de su carrera. Sus molestias físicas no parecen argumento suficiente para su ostracismo un día D y hora H, especialmente con un Marc Gasol recién venido de un viaje de larga distancia y un Ibaka sobrio en defensa, pero si su fluidez habitual en ataque. España no experimentó cuando su plan A le falló. El silencio sobre "Espartaco", como diría Andrés Montes, es una de las peores noticias para aquella fantástica aventura que se inició en Lisboa hacía tanto tiempo. 




Y es que no podemos perder la perspectiva. El amargo sabor de una derrota justa ante un rival que fue superior no puede empañar la mala costumbre que habíamos creído norma. El oro de Japón, quedarse a punto de ganar a Rusia en el Eurobasket celebrado en Madrid, dos platas olímpicas (cuyo mérito está revalorizado por haberse obtenido peleando hasta el último cuarto ante auténticos acorazados NBA, con gente como Kobe Bryant o Lebron James en sus filas), dos bicampeonatos europeos y, ante todo, siguiendo la filosofía de Pepu Hernández, conseguir que se dijera B-A-L-O-N-C-E-S-T-O para contagiar a toda una afición. 




Ha sido mucho lo logrado y eso puede explicar esa soberbia que en ocasiones ha salido, la que pudo hacer cábalas sobre semifinales en crítica y público cuando aún no habíamos jugado contra los Gelabale y compañía. A pesar de ello, Vicent Collet, el arquitecto de la ingeniosa trampa defensiva que logró ahogar las combinaciones de nombres como Juan Carlos Navarro, Sergio Rodríguez o Rudy, supo mostrar su buen ganar al aplaudir la retirada de un Pau Gasol magullado, pero de quien comprenderemos su verdadera dimensión tras su retirada. 


Otras miradas señalan a la Federación. La larga gestión de José Luis Sáez y su equipo ha dado etapas de brillantes resultados deportivos, lo cual ve sus méritos reforzados en el hecho de que ha sido en diversas categorías. Dicho lo cual, puede ser asimismo este Mundobasket el momento de recibir vientos de cambio. Los cargos eternizan y pueden anquilosar las estructuras. Junto con medallas y difusión, hay también sus notas negativas (las salidas poco claras de Pepu y Aíto, entre otras cosas) y a mejorar. 




No acaba todo con la dimisión de Orenga, igual que esperamos que siga teniendo una fructífera carrera como entrenador. No fue el fin del mundo perder con Francia, aunque sí se detectaron fallas en un acorazado que había sobrevivido a batallas contra la Argentina de la Generación Dorada, la Grecia de Papaloukas o la Rusia de Kirilenko, entre muchas otras batallas para guardar en la videoteca. 




El basket español está ante un alto en el camino que exige humildad para recuperar sensaciones que eran muy familiares, apenas hacía unos meses. Tener que sudar y esforzarse por la clasificación en los próximos torneos y preparatorios puede ser una estupenda medicina. Hay trabajo qué hacer, uno que no se soluciona señalando a un único culpable. Buena suerte. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

EL HONESTO EMBUSTERO


Jack London los definía como celosos cancerberos de las puertas de la literatura. Gentes que no habían sido llamados por el fuego sagrado de la escritura, tomando como represalia cerrar sus dominios a todas aquellas nuevas hornadas de autores que querían acceder. Una visión divertida, aunque bastante sesgada, de lo que es un crítico literario. No todos, ni mucho menos, son villanescos correctores con un lápiz rojo y cara de pocos amigos, hay caso en las que una buena reseña u opinión personal es una pieza artística en sí, un mapa impecable de coordenadas precisas para invitar a los futuros lectores a abrir un libro que ya conoces, pero con otros ojos. 



Indudablemente, Mario Vargas Llosa pertenece a la categoría más elevada de los críticos literarios. Solo su brillantez como narrador y ensayista ha eclipsado el brillo de sus estudios de los trabajos de otros ilustres colegas de profesión. Historia de un deicidio (tesis magnífica, la cual él mismo parece haber arrinconados en el olvido), La orgía perpetua y tantos otros son el exponente de la sensibilidad aguda y la disección de cirujano que hace el peruano en las estructuras que se esconden tras la ficción. El artes es una mentira maravillosa y hay pocos jugadores que tengan la habilidad para detectar los seductores engaños que se manifiestan en La verdad de las mentiras, editada en España por Alfaguara. 




El Gran Gatsby, El extranjero, La granja de los animales, etc., una gran cantidad de libros y géneros desfilan por las páginas de esta recopilación de críticas, una auténtica delicia para el buscador de sherpas entre las montañas de tomos que hay en las bibliotecas de todo el globo. En la introducción, Vargas Llosa afirma que las personas quedan hechizadas cuando topan con una historia absorbente, creándose una complicidad como la del espectador con el mago habilidoso, el deseo de ser engañado con habilidad.  


Muertes venecianas, trópicos de cáncer, lolitas y tambores de hojalatas, entre otros, desfilan bajo la aguda mirada de un maestro en lo suyo; no es tan importante coincidir con el crítico como gozar de su estilo, poder disfrutar, a pesar del desacuerdo. Si bien me fascina como novela, madame Bovary no me cautiva tanto como al autor de las travesuras de la niña mala, pero en sus páginas me siento contagiado, no me enamoró tanto de Emma como de la imagen que se ha hecho Vargas Llosa. Ya lo apuntaba Rex Warner, probablemente, Clodia no mereciera ninguno de los versos de Catulo, pero, qué bueno que fuera capaz de provocarlos. 




Firmadas en París, Londres, Washington, Lima y muchos otros lugares, este benevolente inquisidor de las palabras muestra ese estilo que tan bien sentó a una obra posterior, Cartas a un joven novelista, la enésima epístola de amor que uno de los grandes responsables del boom latino con puente aéreo de Barcelona (junto con Gabo, Cortázar y una muy distinguida compañía) dedica al oficio al que el amante de la tía Julia ha permanecido más fiel en todos estos años. 



No solamente habla de los territorios más técnicos, también lo hace de las sensaciones personales que han suscitados estos maestros y maestras en uno de sus más hábiles aprendices, desde Chéjov a Virginia Woolf, pasando por Orwell, llegando hasta Nabokov. De igual forma, mantiene su lucha con la revolución digital, más que por meterle un dedo en el ojo a Bill Gates, por rememorar la atávica y magia sensación de intimidad de poder estar en un viaje a una isla desierta con un libro cuyas páginas pasan sus curiosas manos. Aunque aquí, Vargas Llosa me parece mucho más medido y fuerte en sus argumento que en La civilización del espectáculo, ensayo con un punto más acentuado de, bajo mi humilde opinión, de esnobismo.  


No es poco lujo tener de guía por las hojas de novelas tan renombradas a todo un Premio Nobel de Literatura, uno de los escritores más notables de su tiempo, punta de lanza de una generación privilegiada, la cual colocó a la cultura de América Latina en una posición que parecía estarle negada en el difícil campo de las letras universales. 



Y, ante todo, lo mejor de esta experiencia lectora es la irrefrenable gana que le entra al consumidor de volver a leer (o descubrir) los trabajos que han inspirado estas sagaces críticas. 




"Nada enriquece tanto los sentidos, la sensibilidad, los deseos humanos, como la lectura. Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida, aunque también es una persona que tiene más problemas frente al mundo"- Mario Vargas Llosa. 


domingo, 14 de septiembre de 2014

CRIMEN EN ESCARLATA



Lazy legs. Unas piernas vagas, aunque espléndidas, aguardan en la oscuridad, rozando suavemente una farola digna de Clara de Noche. Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama, pero es imposible saber discernir cuándo el destino decide jugar perversamente con nuestros destinos. ¿Quién le iba a decir al bueno de Christopher Cross, honesto y trabajador contable, que una pequeña fiesta de la empresa en su honor iba a ser el desencadenante de acontecimientos tan dramáticos? 



Fritz Lang embarcó a uno de sus repartos favoritos de siempre a un relato noire de proporciones épicas, un descenso a los infiernos en un blanco y negro preparado para la ocasión por el maestro Milton Krasner. Una historia que es prima-hermana de otro clásico del género, La mujer del cuadro (1944), dirigida también por el cineasta austriaco y con buena parte del reparto de la anterior en esta peculiar "secuela". Lo insinuado en la primera ocasión sobrepasa muchas de las barreras morales de su tiempo en Perversidad (1945), la maduración de las ideas de la anterior. 



Amparado en la magia cotidiana de Edward G.Robinson, la carrera de míster Cross se convierte en una pequeña aventura que va complicándose. Infelizmente casado con la viuda de un policía, su honrada y esforzada trayectoria es soportable, únicamente, por su afición a la pintura, realizando cuadros en la soledad de su cuarto de baño, supliendo con imaginación la falta de medios. Sin embargo, tras una noche de reconocimiento donde su jefe le regala un reloj de oro por su leal servicio todos esos años, encuentra en el callejón a la clase de mujer bella con la que ha soñado desde joven: Kitty March (Joan Bennett). 


Dudley Nichols, uno de los guionistas más eficaces en el Hollywood de aquellos días, fue el responsable de realizar la adaptación de la obra en la que se basa Perversidad, la novela francesa de Georges de La Fouchardière, La Chienne, la cual fue llevada a las salas por primera vez de la mano de Jean Renoir (1931). El remake de Lang, conservando el espíritu del halo trágico de esta particular versión de los riegos del cherchez la femme, ofrece la suficiente cantidad de aspectos novedosos para justificar esta nueva revisión. 



La química de Robinson y Bennett, el ilusorio y alocado enamoramiento de este hombre apresado por su vida ante una idealizada mujer joven y bella, hace que se sostengan los cimientos de un juego de engaños en el que todos participan. Buscando atraer la atención de la chica, Cross se vende asimismo como un artista de renombre en la gran ciudad, aunque, pese a ser un pintor aficionado de notable talento, jamás antes había enseñado sus obras a nadie. Por su lado, Kitty se pone en conveniencia con su amante/chulo, interpretado con gran solvencia por Dan Duryea, decididos a hacer chantaje a este hombre casado que parece tener buenos dólares en la cartera. 



Igual que Perdición (1944), el halo de fatalidad va envolviendo la atmósfera de una opresiva ciudad de calles vacías, apartamentos en callejones y donde todo el mundo esconde sus cartas. Junto al carisma de Robinson, Bennett logra dibujar una Kitty realmente perdurable, una mujer que, tras su fachada de gran belleza, esconde a una criatura egoísta, sin escrúpulos y algo ingenua. Pese a ello, y aquí se nota el talento de la actriz, tiene más aristas que una simple mujer fatal, por ejemplo, su forma de cazar y mantener la atención del señor Cross es muy similar a la propia de situación de dependencia que ella tiene de Johny (el personaje de Duryea). Un fresco de cazadores cazados. 


 Las decisiones que el triunvirato de protagonistas van tomando muesstran las consecuencias que puede tener todo ello al final. No obstante, el firme rodaje de Fritz Lang, la ingeniosa adaptación del guión y dos o tres giros inesperados y bien llevados, los cuales convierten el tercer acto de este perverso retrato en el broche de oro escarlata para este relato de cine negro, un perfecto exponente de la categoría que pueden alcanzar este tipo de filmes. 



Un final (que, por supuesto, permanecerá silenciado en el blog por respeto a esos afortunados que todavía no la hayan visto) con poso para el espectador que lo disfruta. En una fantástica crítica sobre la película que hoy nos ocupa, el usuario Burton (Santander) de la página filmaffinity, hace un completísimo recorrido de las referencias y equipo creativo involucrado en este proyecto, destacando el aire de cuento de Edgar Allan Poe que impregna buena parte de los compases del mismo. No podía haber un símil más acertado. 



Absolutamente recomendable.  

domingo, 7 de septiembre de 2014

SEGUNDA FASE DE LA RUPTURA (BREAKING BAD, TEMPORADAS 2 Y 3)


Hace algunas semanas hablábamos de la primera temporada de una de las series más populares, Breaking Bad. Obteniendo la extraña alquimia de obtener el aplauso entusiasta de crítica y público, se trata de un show que ya tiene un puesto reservado en ese cotizado panteón de ficciones televisivas (con The Wire, Los Soprano, Los Simpson, etc.). La continuación del viaje de Walter White a cruzar la frontera más peligrosa posible continúa con una fuerza inusitada que explica la buena audiencia que siempre supo mantener este programa. Sin embargo, hay ciertas divergencias con el sendero desarrollado en el inicio, lo cual justifica estas reseñas escalonadas. 




Una de las cosas que más atraen del arranque de Breaking Bad es la humanidad de sus personajes, la posibilidad de empatizar con ellos y la sensación de que, si bien está algo hiperbolizado el contexto, hay motivaciones muy reales y factibles para sus actos. Basta pensar en lo que puede costar un tratamiento contra cáncer en Estados Unidos sin ser una persona acomodada, para tener una benevolencia que es fundamental a la hora de seguir a este héroe atípico (no en vano, recientemente ha salido un libro de la editorial Dolmen sobre los nuevos mitos de las ficciones de la caja tonta, ocupando un lugar muy destacado este profesor de Física de Instituto). 




La segunda temporada tiene ese alto listón y el equipo creativo de Vince Gilligan, George Mastras y un amplio y distinguido etcétera, se proponen meter toda la carne en el asador. Pasamos de los trapicheos en las calles a la mismísima frontera mexicana, al alto circuito del cartel mexicano, mientras el producto de Walter y su socio Jesse Pinkman se convierte en un éxito entre los consumidores que puede llegar a ser un peligro para su propia supervivencia.   


En definitiva, una imponente montaña rusa de adictivas dosis de 45 minutos de duración, incluyendo hallazgos como Los Pollos Hermanos (la realidad escondida tras este nombre es demasiado deliciosa para spoilearla a quienes aún tengan pendiente descubrirlo), auténtica genialidad con ribetes tarantinianos que se convierte en uno de los iconos de esta ruptura total. ¿Es posible dejar de ver Breaking Bad tras la primera temporada? Sí, pero resultaría muy difícil, comenzando por el homenaje a Cantinflas que incluye el nuevo arranque de la continuación. 



Sin embargo, esa vertiente puntillosa que uno a veces saca puede propiciar la sensación de que todo se vuelve mucho mas inverosímil y extraordinariamente hiperbólico. La evolución de las actitudes de Walt (impresionante Bryan Cranston, en ese estado de gracia que, en contadas ocasiones, algunos actores cogen con un personaje y que los lleva a alcanzar cotad de calidad impresionantes) y Jesse (un Aaron Paul que es impagable en versión original por el acento que da al joven y problemático camello) para el negocio lleva a giros radicales y que pueden parecer menos coherentes que lo antes visto. No obstante, lo que se pierde en realismo se gana en un despliegue de fuerza narrativa que resulta cautivadora. 




No ocurre lo mismo con la red de mentiras que van extendiendo ambos fabricantes de cristales que se meten por la nariz, ya que los conflictos con sus círculos familiares están muy bien llevados (destacando en ese tipo de momentos la labor de Anna Gunn, quien va adquiriendo más y más protagonismo, alejándose del cliché de sufrida esposa y ángel del hogar que, en otro tiempo, hubiera sido el topicazo). En definitiva, la vieja gran ventaja de las series sobre los filmes, incluso los más sensibles, la posibilidad de evolucionar a sus personajes durante más de 70 horas, mientras que la gran pantalla, como mucho, puede dar un poco más de tres horas para esa misión.  



Nuevos rostros que se incorporan al casting serán escogidos con mucho tino, sobresaliendo Jonathan Banks, Bob Odenkirk, Giancarlo Esposito o Krysten Ritter (responsable, junto con Aaron Paul, de una bonita, triste y desgarradora historia de amor entre dos personas que comparten los mismos demonios). Al más puro estilo Babel (2006), una serie de hilos y vidas que se van entretejiendo, sin que uno tenga la sensación de que se ha cargado demasiado la baraja en el argumento. 




Un amplio y rico recorrido para ver los entresijos del mundo de proveedores, más allá del simple camello que se saca unos dólares en una esquina, pasando por esos abogados que se promocionan en polígonos industriales y de moralidad dudosa, llegando hasta esa verdadera cúpula, esos hombres tranquilos y de aspecto de oficinista, impecables modales y que, simplemente, descuelgan un teléfono y dan la orden precisa que le corten las piernas a alguien que ha empezado a ser molesto para su negocio. La ruptura total prosigue y permite que, una vez más, uno esté impaciente de conseguir los DVDs para esa cuarta temporada. 



No creo que haya que empañar a un producto tan bueno con etiquetas tan engorrosas e insultantes como "mejor serie de todos los tiempos" u otros títulos efímeros que se borrarán con la próxima moda. Breaking Bad es mucho más. Es una de esas canciones que escuchas mil veces, esa clase de libro que te atrapa hasta la última página o la peli que ves tres o cuatro veces por año. Es, llanamente, muy, pero que muy, buena. Y eso no tiene precio, Heisenberg. 

domingo, 31 de agosto de 2014

TOCANDO UNA FIBRA DE ACERO...


La Guerra Fría ha terminado. La Guerra Fría soy yo. Esta es la atractiva premisa que el visceral guionista Mark Millar (de quien ya hemos hablado en este blog por su papel en la saga Kick Ass), quien se atrevió a coger a uno de los símbolos más grandes de las viñetas norteamericanas, Superman, para plantear un interesante what if...?. ¿Y si un extraño cohete con un bebé dentro no hubiera caído en las cercanías de una granja de Kansas, siendo descubierto por una amable pareja de granjeros ucranianos en la URSS de 1938?



Con un amplio equipo de dibujantes (Dave Johnson, Killian Plunkett, Andrew Robinson y Walden Wong, corriendo el color a cargo de Paul Mounts), Millar juega a ser un travieso demiurgo que coloca al ser superpoderoso en el otro extremo del Telón de Acero. En vez de ser admirado y reverenciado por la sociedad de la tarta de manzana, el individuo capaz de volar, con una hoz y martillo bordada en el pecho de su traje, se convierte en un auténtico terror para buena parte de la opinión pública que no estuviera adscrita al Pacto de Varsovia. 



A pesar de haber transcurrido más de una década desde su publicación (2003), Superman: Hijo Rojo sigue siendo uno de los cómics más recordados de los producidos acerca del hijo Krypton. Su éxito radica en la inteligencia de su planteamiento, pues no cae en los tópicos fáciles y que le hubieran granjeado ser mucho menos polémica. En primer lugar, la personalidad del héroe de acero no varía por haberse criado en una granja colectiva y entre camaradas. Criado con una fraternal familia, el Clark Kent del Este mantiene su tendencia a ser un buen chico, un obediente boy-scout y defensor de su sistema, incapaz de abusar de sus incomparables dones sobre el resto de sus conciudadanos.  


Millar podía haberse contentado con plantear un territorio donde el protagonista se hubiera convertido en el villano de la Historia. Tenemos ejemplos, los Vengadores sobreviviendo a las emboscadas de la URSS en la propia Moscú, Iron Man acosado por el malvado Mandarín en Vietnam, actuando la industria Stark y la organización de SHIELD contra el Vietcong. El pulso entre las dos superpotencias se vivió también en las páginas, en ocasiones con un tufo propagandístico insoportable, sin embargo, cabezas pensantes como Steve Englehart o el propio Mark Millar puede convertir su metáfora en algo más gris y que se aproxima mucho más a la realidad. 



De hecho, la creación de Jerry Siegel y Joe Shuster vive muchos paralelismos con su versión paralela norteamericana, únicamente que ahora la CIA es la encargada de financiar proyectos descabellados de creación de monstruos para abatir al titán, quien las va juntando como una colección particular en su palacio de invierno. Por supuesto, Lex Luthor (en este escenario, un brillante y prepotente científico con pelo) es el más consagrado estadounidense a la Cruzada. En una buena muestra de ironía, Millar pone a Lex una frase interesante sobre su Némesis: "Siento que si los dos hubiéramos nacido en el mismo lugar habríamos sido grandes amigos".



Solamente se echa en falta que se hubieran explotado algunos acontecimientos de los dominios de Clío con más calma. Johnson y Plunkett saben reflejar las dudas que tiene un joven Superman ante el puño de hierro de Stalin, El Zar Rojo, aunque la educación recibida desde pequeño le fuerza a una obediencia y fe en este sistema, de igual forma, su paulatino ascenso le hará ir suprimiendo los terribles gulag y beneficiando a sus camaradas hasta el punto de que la caída del Muro de Berlín no se produce. De cualquier modo, en algo sorprendente en un tipo tan agudo y ácido como Millar, da la sensación de que Stalin sale relativamente indemne de esta adorable locura temporal, donde Nixon es asesinado en misteriosas circunstancias, mientras JFK y sus amantes prosperan bajo el apoyo burocrático y consejos de Lex Luthor, quien logra su sueño de casarse con Lois Lane, una de las reporteras más atractivas del país.    


El relato va avanzando como una partida de ajedrez entre los dos clásicos antagonistas (Luthor versus Superman), mostrando curiosas paradojas temporales. Quizá una de las más desangeladas sea un Batman discípulo de Bakunin, dedicado a hacer una oleada de atentados terroristas en esa especie de Big Brother volador que rige los destinos del Kremlin. No obstante, las utópicas intenciones del siempre bienintencionado descendiente de Jor-El parecen el desesperado intento de un niño de conservar su juguete preferido en una urna de cristal para no romperlo, mientras que la paz y prosperidad alcanzada pisotean, involuntariamente, el libre albedrío.



En definitiva, una epopeya con sus defectos, pues todas los tienen, pero que sigue permitiendo muchas re-lecturas y que posee la suficiente cantidad de guiños, referencias (particularmente, bien re-visitada la tensión no suelta entre el gran camarada y cierta amazona) y detalles que te has perdido con anterioridad, lo cual justifican que sea una de las lecturas de cabecera para cualquier persona aficionada a uno de los personajes más emblemáticos del género súper-heroico.




"Incluso ahora sigo sin saber por qué esa idea atrae a la gente, ni que fibra tocó en la imaginación popular..."- Red Son. 

domingo, 24 de agosto de 2014

NO QUEDA SINO BATIRNOS



Hay libros de mesita de noche, otros de bolsillo, siempre propicios para un viaje en tren o autobús; también de consulta, aparatosos, nunca leídos del todo, pero siempre prácticos para tener en una gran estantería, soluciones a consultas de primer toque, rápido y al pie. Asimismo existen obras, en cambio, que pueden obedecer a un estado de ánimo, ese género que es más propicio en determinada estación. Como fuere, hay otra especie más en este heterogéneo conglomerado: las páginas impresas que provocan una predisposición, se buscan sus efectos como si de una receta se tratase.




El estilo de Arturo Pérez Reverte predispone a ponerse en guardia. Como si de una estocada en un callejón contra Malatesta se tratase, hay que andar con ojo ante su estilo, uno que provocaría que Quevedo afirmarse aquello de: "No queda sino batirnos". Escritor tras ser corresponsal de guerra en lugares como Sarajevo, marinero de vocación y fuente de innumerables polémicas y adhesiones en redes sociales, afrontar las columnas del padre de Alatriste es prepararse para una sucesión de tres o cuatro carillas a pecho descubierto, tocando fibras, provocando grandes asentimientos y no pocos torcimientos de gesto.




Patente de corso (1993-1998) recoge un surtido de su cita ineludible con El Semanal, en el cual ha cumplido con lacedemonia puntualidad, independientemente del lugar del mundo donde se encontrase. Sin ser la primera vez que leía una de estas colecciones (conocía ya Cuando éramos honrados mercenarios o Con ánimo de ofender), esta época noventera tenía un atractivo que iba más allá de sus eternos dardos a Javier Solana.


El género periodístico siempre parece amenazado de fecha de caducidad. Muchos quieren darle un carácter efímero, algo que puede ser cierto en informativos breves y rápidos, noticias de transición... No obstante, como bien apuntaba Álvaro Vargas Llosa hace unos meses, ¿quién podría decir que ese regla de cumple en Relato de un náufrago o en el desgarrador relato que el mismo autor, Gabriel García Márquez, hacía de un secuestro? La imprenta de los rotativos produce muchas cosas, dignas e indignas, pero no pocas de esas cosas son perdurables y dignas de ser sometidas a examen tras ello. 



La primera sensación es curiosa y pone muchos asteriscos a esa década loca, ¿por qué nadie nos advirtió que muchas de las expresiones de los días de los Powe Rangers, Chiquito de la Calzada, Torrebruno y cía iban a convertirse en atávicas reliquias del pasado apenas se sucedieran unos pocos años después? Con la salvedad de la extrañeza y perplejidad que producen algunos de esos giros lingüísticos y el aire castizo a 2 de mayo que suele dar Reverte a su columna, hay que reconocer que hay un puñado de ellas que merecen ser rescatadas del fuego de la novena puerta.




Una preciosa historia de amor en Venecia, la ducha de preciosa mujer en un Oriente Medio sumido en una cruel guerra (tristemente, este relato se podría enmarcar sin problema en estos días), recuerdos de esa maldita/bendita España, pérfidas Albiones y cantones de Cartagena, etc. Puñetazo directos al estómago que sorprenden cuando se vuelven páginas tiernas, amables y dignas de la más hermosa de las nostalgias, como aquel pianista de un viejo hotel madrileño, cuyas verdades y mentiras todas eran ciertas, pues, al igual que en El viaje a ninguna parte, hay un momento en que recuerdos propios y ajenos forman un pasado que se non è vero è ven trovato.



Por prescripción facultativa, es recomendable alternar esta lectura con otras, pues son un espacio de periódico que en dosis abundantes puede provocar una reacción similar a la Michael Douglas en Un día de furia. Algunos temas se repiten, mal inevitable cuando se exige una producción cada siete días (parece mucho, pero las semanas vuelan y el año es largo para ser condenadamente original en cada entrega), si bien, es un recorrido que merece la pena.



El título de esta ecléctica conjunción es Patente de corso, en honor a aquellos documentos de la Corona donde se daba permiso al filibustero (ahora convertido en honorable corsario) para atacar navíos y mercantes de naciones enemigas, es decir, ser un pirata de fortuna, pero con posibilidades de una jubilación honorable y cotizando en la carrera de Indias. No es una elección casual, pues no son pocas las hojas de este tomo de Alfaguara dedicado a los caprichosos movimientos de Neptuno.



No me gusta todo lo que en esta caja se contiene, si bien lo que me agrada, me encanta en sobremanera. Reverte es capaz de conseguir que te enamores de una chica que hace horas extra en la hamburguesería donde trabaja los fines de semana, o de aquella piba argentina que busca el recorrido de esos tres mosqueteros que eran cuatro, mientras que, en todos sus relatos, parece imprimirse esa decadencia de un mundo heroico que ha desaparecido y del que no queda nada, salvo un héroe cansad. Mucho de ello hay en Alatriste o en ese viejo y sabio maestro de esgrima.


Pero eso, son ya otras historias... y habremos de esperar otro domingo para contarlas.