domingo, 19 de octubre de 2014

WHEN WE PLAY OUR HEARTS OUT


Se convierte en una pequeña isla. A diferencia de los boxeadores, los tenistas aguardan en una parcela independiente los disparos de su oponente, es un cuadrilátero donde no tienes un contacto directo con tu Némesis deportiva, tampoco personas que acompañen tu juego, actuando en bloque (baloncesto, fútbol, balonmano, etc.); no, los portadores de la raqueta tienen esa extraña sensación. Cuanto menos, así lo sentía Andre Agassi, autor de una de las biografías más interesantes que se han publicado sobre el tema, bajo el elocuente título de Open




Aclamado por la crítica, se trataba de una pequeña anomalía. Salvo muy honrosas excepciones, el tópico nos invita a pensar que las gentes dedicadas a esta profesión no son las más indicadas para hilvanar un buen relato a lo largo de las páginas de sus carreras, tornándose en una especie de espejo glorioso y autocomplaciente. Seres adinerados, casados con gente guapa y famosa,  moradores en un Elíseo banal, superficial y gozoso. Afortunadamente, los estereotipos no tienen por qué ser verdad. Más aún en el caso del tenista que odiaba el tenis, valga la redundancia. 




Y es que este pequeño tomo atrapa y engancha desde su prólogo. Una crónica a la altura de la mejor prensa deportiva, Agassi convierte uno de sus partidos más peculiares en un relato que se lee sin parpadear. A partir de ahí, se te invita a meterte en la infancia del personaje, el momento clave. Hay un viejo dicho: si consigues presentar tus defectos con honradez e ingenio, todo el mundo estará dispuesto a admitir tus virtudes. Es la piedra de toque del auto-biógrafo improvisado (aunque, empero, ha estado muy bien asesorado en el proceso). Las extrañas circunstancias del niño del revés ligero y el dragón te obligan a querer conocer este cuento como si se tratara de la historia que te revelase un buen amigo.


Un niño prodigio en el arte de responder a la máquina infernal que escupía aquellos pequeños objetos amarillos a velocidad del rayo, aunque temía mucho más la gigantesca sombra de su temperamental padre que a sus competidores, casi siempre mayores que él y corpulentos. Un recoge-bolas a quien permitían lujos como pelotear, para jolgorio del público, con mitos como John McEnroe y Bjorn Borg. Bien narrados, momentos como el del camión y la discusión automovilística del patriarca del clan Agassi con un camionero, dejan instantes de honestidad brutal, como diría Andrés Calamaro. Allí Open se convierte en una forma heterodoxa y magistral para conseguir embaucar al público más versado en los torneos del Grand Slam, pero también a aquel lector o lectora que no tenga un especial interés en la disciplina.  




"Todo fue muy rápido. Llegue en un  momento en que se me necesitaba". Un cambio generacional que llevó al marketing de este siglo con los atletas de fama a crear toda una maquinaria acerca del pequeño prodigio primero, el adolescente de pelos largos después y, por supuesto, el rebelde. Una manifestación en moda y peinados que tiene curiosos paralelismos con otros casos (Dennis Rodman y su célebre Bad as I wanna be); por otro lado, la reacción lógica de muchos adolescentes con el extraño y lacedemonio campamento de tenis para expectativas familiares ultra-competitivas. 



Sin duda, aunque es un juicio personal y sin mayor validez, son los pasajes más afortunados del recorrido a una trayectoria atípica y de inseguridades, una mezcla de éxito y fracaso al unísono; además, contado con una mezcla de exhibicionismo y pudor. Su forma de presentar su enlace con Brooke Shields y su posterior matrimonio con Stefie Graf sale con un curioso eclecticismo entre consideraciones muy personales y el necesario decoro para ofender a terceras personas. Con razón, él mismo admite que la abulia de su primera etapa estudiantil, los pocos profesores y profesoras que apostaban por él eran los de literatura. 




Un trabajo más sensible de lo que parece, una visión original y personal del universo del tenis, cargado fuerte emotividad a la hora de revelar pasajes personales, de una forma sincera y bien llevada, con las cortinas justas en el momento oportuno. Para los aficionados en la materia, podrán encontrar jugosos recuerdos y reflexiones sobre algunos de los coetáneos que rodearon la carrera de Agassi, con especial mención a su reverso de la moneda, Pete Sampas, quien parecía tener un extraño vínculo en la lejana cercanía con uno de sus habituales oponentes en las finales. También hay opiniones muy curiosas sobre la nueva generación que él empezó a intuir, especialmente unos tales Roger Federer y Rafael Nadal.  




La extraña transformación deportiva de Agassi, incluyendo su despejado look de los últimos tiempos, explican mejor aquel último canto de cisne que tuvo en los circuitos de alto rendimiento de ese deporte que tantas cosas le ha privado, pero que tantísimas le ha dado. Un matrimonio a la italiana con esa caprichosa línea de la hablaba el maestro Woody Allen en su Match Point. No siempre se está de acuerdo con el narrador (su infantil actitud cuando Brooke Shields hizo un cameo en la popular Friends, por ejemplo), pero rara vez aburre entre golpe y golpe, toda una ventaja en estos tiempos que corren. Asimismo, resulta jugosa su forma de ir configurando su entorno deportivo (su hermano Phil, entrenadores personales, abogados, etc.).  




Juego, set y partido. Cuando hay gente que pone el corazón en cada jugada, no podemos ser resultadistas, simplemente, ser agradecidos. 



sábado, 11 de octubre de 2014

VENCEDORES Y VENCIDOS


"¿Sabes una cosa? Lo que mucha gente experimenta al estar a esta altura no es el miedo al vértigo...Es el pánico a sentir querer saltar"- Will Emerson, Margin Call  (2011)

Grandes rascacielos. Oficinas frías, lógicamente compartimentadas, una sucesión de ordenadores con números que desfilan a velocidad infernal, tipos apurando el café en vaso de plástico, mientras lucen costosos trajes de miles de dólares, los cuales no tienen tiempo para disfrutar. Nunca dan los buenos días al personal encargado de la limpieza, ni siquiera cuando se topan en el ascensor, ellos están destinados a otros alturas. Luchan un juego brutal de supervivencia, no hay un minuto que perder. 



J. C. Chandor nos traslada a una atmósfera asfixiante, las vísperas de unas decisiones que marcaron el rumbo de muchas compañías como la que ejemplifica su película, Margin call. Era la época a.c. (antes de la crisis). Wall Street ya había conocido el jueves negro, pero lo que iba a venir ahora tenía pocos precedentes en el mundo globalizado del siglo XXI. Cuando un barco se hunde, hay que decidir si salvar el propio pellejo o permanecer con la tripulación. 




El despido de Eric Dale (un espléndido Stanley Tucci), uno de los cargos de la compañía en prevención de riesgos, no impide al eficiente empleado pasar sus pesquisas a uno de sus jóvenes ayudantes. Con la ayuda de otro compañero, también imberbe, ambos se dan cuenta de que Dale acaba de sumar 2+2 y se ha dado cuenta de que el sistema financiero en el que se basa la empresa para prosperar (en su gran mayoría, acciones sobre propiedades inmobiliarias) no es sostenible ni un segundo más. La gran burbuja creada va a estallar y llegará el momento de buscar cabezas de turco. 



Tan atractiva premisa es el origen de un callejón sin salida. Una aguda mirada a un mundo que siempre se ha tenido mitificado y se está mostrando dolorosamente simple en el celuloide. Martin Scorsese lo hizo de una forma hiperbólica y genial en El lobo de Wall Street. Resulta que nadie tiene el Santo Grial que permite saber si una compañía sube o baja, que no hay tal alquimia secreta, sino un tablero poco claro donde unas pocas fichas se salvarán y las otras estarán destinados a pagar las consecuencias. 




La escasez de escenarios de este largo día en la oficina permitiría que fuera una excelente obra de teatro. Sin embargo, esta falta de exteriores no impide sentir al espectador una fuerte conexión con lo que está ocurriendo. Cambiemos preferentes por las acciones de confianza que vende la empresa del bueno del señor John Tuld (Jeremy Irons) para sentirnos como en la propia España. Por cierto, un sagaz propietario que no tendrá reparos en preguntarle a uno de sus analista junior: "Por favor, crea que no estoy en este puesto por mi inteligencia. Explíqueme que es lo que han encontrado como si fuera a un perro o un niño chico". 



Margin call narra el comienzo de esos despidos en masa, también del surgimiento de ángeles con traje negro y laico que portaban la funesta noticia a su antiguo compañero de trabajo: se le había acabado el sustento en la compañía. Era el germen de lo que luego sería el personaje de George Clooney en Up in the air. Aquí ese rol podrían desempeñarlo el "mentalista" Simon Baker como Jared Cohen (a quien su atareada agenda no le impide realizarse pulcros afeitados, horas antes de que sus gentes empiecen a vender productos sin ningún valor) y un colosal Kevin Spacey (quien encarna a Sam Rogers, cuya conmovedora preocupación por su perro avejentado y enfermo no va en consonancia con su ética de buena praxis profesional).  


Un drama cotidiano que nos acerca a una realidad muy desalentadora, contando con un reparto a prueba de bomba. Demi Moore se alista en la nómina de este bloque como Sarah Robertson, una de las personas más destacadas del organigrama, si bien su posición puede salir reforzada o en grave peligro en apenas 24 horas. Un abismo que empieza a ser vislumbrado por tres de las hormiguitas que siguen el sendero dejado por Dale: Will Emerson (encarnado por Paul Bettany), Seth Bregman (Penn Bladgey) y Peter Sullivan (Zachary Quinto).  




Noche de cuchillos largos bajo las calculadoras, uno casi comparte el sueño y el cansancio que parece ir agarrotando a sus integrantes, tan inaccesibles en el comienzo de esta jornada, la cual no se intuía tan amenazadora al comenzar el día. Ese picor en la nuca que sintió el patriarca de los Kennedy cuando se dio cuenta de que el limpiabotas al que había entregado unos centavos estaban tan bien informado de las acciones que subían como él (preludio del crack del 29).  




Chandor y su equipo nos lo explican de forma llana y sencilla, sin ornamentos, un cuento para un forastero que acabase de llegar, situando las coordenadas de cosas que se dan por sabidas. Y, solamente, resta darle las gracias. 

domingo, 5 de octubre de 2014

AQUELLA VECINDAD...


Hoy no duraría cinco minutos en la mesa de consideraciones de una productora. ¿Un puñado de adultos talluditos haciendo de personajes infantiles? ¿Un presupuesto tan escaso que, únicamente, incluía un tonel y vecindad ruinosa en algún lugar de México de cuyo nombre prefiero no acordarme? No, en el mundo televisivo de estos días, la idea de Roberto Gómez Bolaños, El Chavo del 8, no tendría ni siquiera la chance de subir al ring. 




Sin embargo, podemos seguir sintiéndonos afortunados de que no fuera así. Que a pesar de las inciertas audiencias del principio en suelo azteca, le tuvieran paciencia a uno de los personajes más tiernos de la historia de pequeña pantalla. Bolaños, escritor vocacional y actor revelación a edad ya avanzada, justo cuando muchos de sus coetáneos comenzaban a barajar retirarse de las bambalinas ante el éxito que no llegaba, tocó una tecla muy especial, el yacimiento de una mina de oro. Un personaje que reflejaba a la infancia perdida de su país, pero que iba mucho más allá, toda América Latina y, por qué carajo no decirlo, a lo largo del globo. 



"Un día mi mamá no vino a buscarme. Y lo demás, tampoco". Simple renglón de El Diario del Chavo (obra del propio Bolaños, a quien uno de sus jefes apodó admirativa y jocosamente como Chespirito, en alusión al talento de El Bardo y, gajes de la altura, al pequeño tamaño del bajito pero peleón huérfano, un chico de Dickens, pasado por el sentido del humor de la tierra de Cantinflas).  Si bien parecía una premisa dramática, eran los cimientos de una serie cómica que se mantuvo inalterable durante décadas, hasta el punto de que sigue siendo una reposición que hace suspirar tranquilas a cadenas como Galavisión. 


Un símbolo para la infancia de muchos, especialmente querido por estos lares gracias a que Canal Sur tuviera el buen gusto de rescatarla para la generación de los 90, volviendo a demostrar que, más allá de problemas técnicos y sonido, un buen librero y el mejor casting que el talento podía encontrar, puede resistir, ahora y siempre, al temible invasor del tiempo. Dicen que los generales indecisos se rodean de capitanes mediocres para lucir más, mientras que los César y Napoleón buscaban a los mejores para lograr sus objetivos. Así procedió en la guerra de las audiencias el señor Bolaños.




Así llegaron María Antonieta de las Nieves (la Chilindrina, los berridos más célebres de la vecindad, cuya popularidad la llevó a tener su propia película), Ramón Valdés (uno de los actores más icónicos del show, un cómico natural, de quien nadie se había percatado de su carisma para la risa hasta que llegó el ojo clínico de Chespirito, para convertirlo en "Ron Damón", o, si lo prefieren, el hombre de los 14 meses de renta sin pagar, el mítico Seu Madruga, casi una religión en Brasil), Rubén Aguirre (uno de los primeros "caquitos", el actor que mayor viaje hizo con su amigo Robert, el entrañable profesor Jirafales, desde su atalaya, puro y ramo de flores), Florinda Meza (el amor platónico de Jirafales, la señora rica arruinada de la vecindad de la "chusma", aquellas míticas tazas de café), Carlos Villagrán (los mofletes hinchados más famosos que se vieron por TV, el inefable Quico), Edgar Vivar (el señor Barriga, el incansable casero que iba a cobrar su renta personalmente), María de los Ángeles Fernández (la bruja más famosa que ha visto Nueva España, la hechicera del 71) y un amplio y distinguido etcétera. 




Como con otros fenómenos como Mortadelo y Filemón o Los autos-locos, El chavo del 8 goza de la bula de no importarle a su público que se repitan sus arcos argumentales, incluso los gags. Es ese cuento que nos han contado mil veces de pequeños y volvemos a querer que nos lo digan palabra por palabra, como lo recordamos con nostalgia, corrigiendo al narrador si altera una simple coma. Una etapa de otro tiempo, un Macondo de la comedia latina. 


Resulta un poco ingrato pensar en las discrepancias surgidas con el paso del tiempo y el éxito entre los miembros de la bonita (la belleza está en el ojo del que mira) vecindad, aunque El Chavo (igual que El Chapulín o Los caquitos) tiene ese lugar reservado en la memoria de muchos, un rincón donde entramos poco a molestar, pero en el que sabemos que el recuerdo está ordenado e inalterable, con esas carcajadas justo donde las recordábamos. 




"Fue sin querer queriendo...", "No te juntes con la chusma", "¿Y no será mucha molestia...?", "Tiene usted mucha barriga, señor Paciencia...", "Yo le voy al Necaxa", "No te juntes con la chusma", "Weee, weeee, weee...", "Prefiero evitar la fatiga [Jaimito, alias "El Chato" Padilla dixit]", "¿Quieres? Pues compra" y tantas otras frases que se hicieron buques insignias de un fenómeno de masas. 



Entren, si gustan, y no sería ninguna molestia, a darse un garbeo por este recuerdo de una vecindad como pocas consiguieron eternizarse en la ficción. Ah, por favor, y procuren no armar mucho jaleo cuando pasen cerca de cierto barril, me pareció ver al Chavito tomando una torta de jamón y, en esos momentos, no le gusta que le molesten para platicar. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

IDEAS NEGRAS, TALENTO CLARO


La depresión es una enfermedad que tiene el macabro don de surgir en forma de caricia disimulada, una traicionera y democrática invitación que no hace distinciones entre las personas que la padecen, pudiendo hacer acto de presencia en el momento más inesperado. Uno podría haberse visto tentado a pensar que André Franquin, autor de personajes tan entrañables como Gastón el Gafe o o Spirou, entre otros, sería una persona repleta de optimismo, luz que se refleja en sus viñetas, siendo considerado uno de los grandes maestros de la narración de la prestigiosa escuela franco-belga.  




De hecho, las personas que acudían fieles a su cita con Le Trombone, suplemento comiquero, se veían sorprendidos de que el risueño el estilo del autor se hubiera visto invadido de sombras y oscuridad, en una serie de pequeñas historias auto-conclusivas. Acompañado de Yvan Delporte, cuando no por Jean Roba, Marcel Gotlieb, Luce Degotte o el propio Franquin en solitario al guión, se trataba de un giro radical con respecto a su anterior producción. 




La idea fue trasladada a otras publicaciones, mientras Franquin empezaba a experimentar con este nuevo estilo, el cual había brotado dentro del propio pesimismo que había empezado a embargarle; utilizando ese punto de partido tan poco halagüeño, el artista francés encontró una motivación inesperado que le mostró un nuevo género para explotar su talento, un giro en la mirada que tradicionalmente había dado a sus viñetas. 



El dibujante crea una atmósfera que embriaga en sus tiras, las cuales fueron oportunamente editadas en un único tomo en castellano, desgraciadamente, bastante difícil de encontrar, Su forma de recrear algunos de los aspectos más cotidianos (las discotecas que muestra, la caza, el deporte profesional, la soledad que se muestra en muchas de sus viñetas, etc.) revelan que, incluso en uno de los momentos más delicados en lo personal, Franquin mantenía intacta su capacidad de contar una historia en muy poco espacio. 



No en vano, hablamos de uno de los autores cuya influencia más se ha notado en una de las Escuelas más importantes del tebeo español, Bruguera, especialmente, la impronta de Franquin es muy clara en el maestro Ibáñez, sin duda, uno de los buques insignias de las páginas españolas. Una herencia que es muy visible en el parentesco existente entre el ya citado Gastón y el inefable botones Sacarino.  




Cuentecillos como el de la guillotina son exponentes de la capacidad de síntesis del humorista gráfico cuando se encuentra en el punto de madurez de su carrera. Igual que acontecía con Esto no es todo de Quino, estos pequeños chistecillos son auténticas bombas de relojería, la carcajada da paso a esa pequeña incomodidad que dan los dardos indiscriminados que lanza este espejo deformado de nosotros mismos. 



Teniendo en cuenta los recientes males que asolan esta bola de barro, una columna de Manuel Vicent, la cual versa sobre las cuchillas y vallas de Ceuta y Melilla, a la par que el curioso interés que nos ha surgido ahora a todos por la epidemia de ébola, justo cuando esta terrible enfermedad ha comenzado a ser un riesgo para los países desarrollados, tras años diezmando sin que nos preocupase (aquí es necesario destacar las honrosas excepciones de los voluntarios de instituciones humanitarias, así como a la labor de misioneros y gentes que ha prestado su asistencia de forma tan desinteresada como valerosa), uno no puede dejar de pensar que tiras no dedicaría ese Franquin oscuro al avance de las corrientes más reaccionarias y atávicas en Francia, o el problema de la inmigración en el norte de África, por no hablar de la situación ucraniana. 



No podemos verlas, pero si imaginarlas, Franquin se mostró activo y se tornó en un ácido perspicaz para comprender por dónde soplaban los vientos. Del Woody Allen de Bananas o Toma el dinero y corre, el dibujante francés pareció encontrar su espacio para hacer sus propias Sombras y niebla o Match Point.  Las pequeñas fábulas que se narran en apenas una página, tienen el donde de dejar un poso en sus lectores. 



Un trabajo atípico, pero imprescindible, de uno de los autores de cómic más relevantes de su generación. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

UN ALTO EN EL CAMINO


Juan Antonio Orenga ha dimitido. Tras lamerse las heridas del batacazo ante la sorprendente Francia de Batum y Boris Diaw, muchos apuntaban al seleccionador del conjunto nacional. Antoni Daimiel, siempre buen conocedor del basket y la crónica rosa, lo resumía en un elocuente tweet: "Hemos tenido el peor gatillazo con la mejor novia que hemos tenido". Sin embargo, apuntar exclusivamente al banquillo sería simple, oportunista y ventajista. 





Orenga no reaccionó en tiempo en varios compases del encuentro ante el conjunto galo, no obstante, esa mala dirección no empaña su meritorio bronce en el anterior torneo, curiosamente, con un roster menos potente sobre el papel que el estrellado en este Mundial, su Mundial. Todos, los primeros los analistas aficionados de este blog, hacíamos cuentas de la lechera sobre nuestro juego interior ante los Estados Unidos. Mientras tanto, olvidábamos los partidos que estaban por jugarse y que el rodillo norteamericano fue de menos a más todo el torneo, usando el menosprecio de algunos mentideros como refuerzo. 




De cualquier modo, las críticas al antiguo jugador del Real Madrid, Estudiantes, Cáceres y varias experiencias más ACB. Un buen y completo interior que fue internacional con la absoluta (tercer puesto en el Eurobasket de 1991), también un competente asistente (fue uno de los lugartenientes del maestro Aíto García Reneses en la aventura olímpica de Pekín, 2008) que, quizá, fuera aupado demasiado pronto al puesto de seleccionador. Orenga sabe de basket, una cosa bien distinta es que su gestión en esta ocasión ha dejado que desear. Como la hizo la de Mr.K en 2006, mientras que ahora el estratega estadounidense luce dos oros en Juegos y otros tantos campeonatos mundiales. 



Quedan varios incógnitas, entre ellas, la misteriosa desaparición en importancia de Felipe Reyes. Retirado de propia voluntad de la absoluta, acabó volviendo por petición popular, justo para vivir uno de los peores tragos de su carrera. Sus molestias físicas no parecen argumento suficiente para su ostracismo un día D y hora H, especialmente con un Marc Gasol recién venido de un viaje de larga distancia y un Ibaka sobrio en defensa, pero si su fluidez habitual en ataque. España no experimentó cuando su plan A le falló. El silencio sobre "Espartaco", como diría Andrés Montes, es una de las peores noticias para aquella fantástica aventura que se inició en Lisboa hacía tanto tiempo. 




Y es que no podemos perder la perspectiva. El amargo sabor de una derrota justa ante un rival que fue superior no puede empañar la mala costumbre que habíamos creído norma. El oro de Japón, quedarse a punto de ganar a Rusia en el Eurobasket celebrado en Madrid, dos platas olímpicas (cuyo mérito está revalorizado por haberse obtenido peleando hasta el último cuarto ante auténticos acorazados NBA, con gente como Kobe Bryant o Lebron James en sus filas), dos bicampeonatos europeos y, ante todo, siguiendo la filosofía de Pepu Hernández, conseguir que se dijera B-A-L-O-N-C-E-S-T-O para contagiar a toda una afición. 




Ha sido mucho lo logrado y eso puede explicar esa soberbia que en ocasiones ha salido, la que pudo hacer cábalas sobre semifinales en crítica y público cuando aún no habíamos jugado contra los Gelabale y compañía. A pesar de ello, Vicent Collet, el arquitecto de la ingeniosa trampa defensiva que logró ahogar las combinaciones de nombres como Juan Carlos Navarro, Sergio Rodríguez o Rudy, supo mostrar su buen ganar al aplaudir la retirada de un Pau Gasol magullado, pero de quien comprenderemos su verdadera dimensión tras su retirada. 


Otras miradas señalan a la Federación. La larga gestión de José Luis Sáez y su equipo ha dado etapas de brillantes resultados deportivos, lo cual ve sus méritos reforzados en el hecho de que ha sido en diversas categorías. Dicho lo cual, puede ser asimismo este Mundobasket el momento de recibir vientos de cambio. Los cargos eternizan y pueden anquilosar las estructuras. Junto con medallas y difusión, hay también sus notas negativas (las salidas poco claras de Pepu y Aíto, entre otras cosas) y a mejorar. 




No acaba todo con la dimisión de Orenga, igual que esperamos que siga teniendo una fructífera carrera como entrenador. No fue el fin del mundo perder con Francia, aunque sí se detectaron fallas en un acorazado que había sobrevivido a batallas contra la Argentina de la Generación Dorada, la Grecia de Papaloukas o la Rusia de Kirilenko, entre muchas otras batallas para guardar en la videoteca. 




El basket español está ante un alto en el camino que exige humildad para recuperar sensaciones que eran muy familiares, apenas hacía unos meses. Tener que sudar y esforzarse por la clasificación en los próximos torneos y preparatorios puede ser una estupenda medicina. Hay trabajo qué hacer, uno que no se soluciona señalando a un único culpable. Buena suerte. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

EL HONESTO EMBUSTERO


Jack London los definía como celosos cancerberos de las puertas de la literatura. Gentes que no habían sido llamados por el fuego sagrado de la escritura, tomando como represalia cerrar sus dominios a todas aquellas nuevas hornadas de autores que querían acceder. Una visión divertida, aunque bastante sesgada, de lo que es un crítico literario. No todos, ni mucho menos, son villanescos correctores con un lápiz rojo y cara de pocos amigos, hay caso en las que una buena reseña u opinión personal es una pieza artística en sí, un mapa impecable de coordenadas precisas para invitar a los futuros lectores a abrir un libro que ya conoces, pero con otros ojos. 



Indudablemente, Mario Vargas Llosa pertenece a la categoría más elevada de los críticos literarios. Solo su brillantez como narrador y ensayista ha eclipsado el brillo de sus estudios de los trabajos de otros ilustres colegas de profesión. Historia de un deicidio (tesis magnífica, la cual él mismo parece haber arrinconados en el olvido), La orgía perpetua y tantos otros son el exponente de la sensibilidad aguda y la disección de cirujano que hace el peruano en las estructuras que se esconden tras la ficción. El artes es una mentira maravillosa y hay pocos jugadores que tengan la habilidad para detectar los seductores engaños que se manifiestan en La verdad de las mentiras, editada en España por Alfaguara. 




El Gran Gatsby, El extranjero, La granja de los animales, etc., una gran cantidad de libros y géneros desfilan por las páginas de esta recopilación de críticas, una auténtica delicia para el buscador de sherpas entre las montañas de tomos que hay en las bibliotecas de todo el globo. En la introducción, Vargas Llosa afirma que las personas quedan hechizadas cuando topan con una historia absorbente, creándose una complicidad como la del espectador con el mago habilidoso, el deseo de ser engañado con habilidad.  


Muertes venecianas, trópicos de cáncer, lolitas y tambores de hojalatas, entre otros, desfilan bajo la aguda mirada de un maestro en lo suyo; no es tan importante coincidir con el crítico como gozar de su estilo, poder disfrutar, a pesar del desacuerdo. Si bien me fascina como novela, madame Bovary no me cautiva tanto como al autor de las travesuras de la niña mala, pero en sus páginas me siento contagiado, no me enamoró tanto de Emma como de la imagen que se ha hecho Vargas Llosa. Ya lo apuntaba Rex Warner, probablemente, Clodia no mereciera ninguno de los versos de Catulo, pero, qué bueno que fuera capaz de provocarlos. 




Firmadas en París, Londres, Washington, Lima y muchos otros lugares, este benevolente inquisidor de las palabras muestra ese estilo que tan bien sentó a una obra posterior, Cartas a un joven novelista, la enésima epístola de amor que uno de los grandes responsables del boom latino con puente aéreo de Barcelona (junto con Gabo, Cortázar y una muy distinguida compañía) dedica al oficio al que el amante de la tía Julia ha permanecido más fiel en todos estos años. 



No solamente habla de los territorios más técnicos, también lo hace de las sensaciones personales que han suscitados estos maestros y maestras en uno de sus más hábiles aprendices, desde Chéjov a Virginia Woolf, pasando por Orwell, llegando hasta Nabokov. De igual forma, mantiene su lucha con la revolución digital, más que por meterle un dedo en el ojo a Bill Gates, por rememorar la atávica y magia sensación de intimidad de poder estar en un viaje a una isla desierta con un libro cuyas páginas pasan sus curiosas manos. Aunque aquí, Vargas Llosa me parece mucho más medido y fuerte en sus argumento que en La civilización del espectáculo, ensayo con un punto más acentuado de, bajo mi humilde opinión, de esnobismo.  


No es poco lujo tener de guía por las hojas de novelas tan renombradas a todo un Premio Nobel de Literatura, uno de los escritores más notables de su tiempo, punta de lanza de una generación privilegiada, la cual colocó a la cultura de América Latina en una posición que parecía estarle negada en el difícil campo de las letras universales. 



Y, ante todo, lo mejor de esta experiencia lectora es la irrefrenable gana que le entra al consumidor de volver a leer (o descubrir) los trabajos que han inspirado estas sagaces críticas. 




"Nada enriquece tanto los sentidos, la sensibilidad, los deseos humanos, como la lectura. Estoy completamente convencido de que una persona que lee, y que lee bien, disfruta muchísimo mejor de la vida, aunque también es una persona que tiene más problemas frente al mundo"- Mario Vargas Llosa. 


domingo, 14 de septiembre de 2014

CRIMEN EN ESCARLATA



Lazy legs. Unas piernas vagas, aunque espléndidas, aguardan en la oscuridad, rozando suavemente una farola digna de Clara de Noche. Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama, pero es imposible saber discernir cuándo el destino decide jugar perversamente con nuestros destinos. ¿Quién le iba a decir al bueno de Christopher Cross, honesto y trabajador contable, que una pequeña fiesta de la empresa en su honor iba a ser el desencadenante de acontecimientos tan dramáticos? 



Fritz Lang embarcó a uno de sus repartos favoritos de siempre a un relato noire de proporciones épicas, un descenso a los infiernos en un blanco y negro preparado para la ocasión por el maestro Milton Krasner. Una historia que es prima-hermana de otro clásico del género, La mujer del cuadro (1944), dirigida también por el cineasta austriaco y con buena parte del reparto de la anterior en esta peculiar "secuela". Lo insinuado en la primera ocasión sobrepasa muchas de las barreras morales de su tiempo en Perversidad (1945), la maduración de las ideas de la anterior. 



Amparado en la magia cotidiana de Edward G.Robinson, la carrera de míster Cross se convierte en una pequeña aventura que va complicándose. Infelizmente casado con la viuda de un policía, su honrada y esforzada trayectoria es soportable, únicamente, por su afición a la pintura, realizando cuadros en la soledad de su cuarto de baño, supliendo con imaginación la falta de medios. Sin embargo, tras una noche de reconocimiento donde su jefe le regala un reloj de oro por su leal servicio todos esos años, encuentra en el callejón a la clase de mujer bella con la que ha soñado desde joven: Kitty March (Joan Bennett). 


Dudley Nichols, uno de los guionistas más eficaces en el Hollywood de aquellos días, fue el responsable de realizar la adaptación de la obra en la que se basa Perversidad, la novela francesa de Georges de La Fouchardière, La Chienne, la cual fue llevada a las salas por primera vez de la mano de Jean Renoir (1931). El remake de Lang, conservando el espíritu del halo trágico de esta particular versión de los riegos del cherchez la femme, ofrece la suficiente cantidad de aspectos novedosos para justificar esta nueva revisión. 



La química de Robinson y Bennett, el ilusorio y alocado enamoramiento de este hombre apresado por su vida ante una idealizada mujer joven y bella, hace que se sostengan los cimientos de un juego de engaños en el que todos participan. Buscando atraer la atención de la chica, Cross se vende asimismo como un artista de renombre en la gran ciudad, aunque, pese a ser un pintor aficionado de notable talento, jamás antes había enseñado sus obras a nadie. Por su lado, Kitty se pone en conveniencia con su amante/chulo, interpretado con gran solvencia por Dan Duryea, decididos a hacer chantaje a este hombre casado que parece tener buenos dólares en la cartera. 



Igual que Perdición (1944), el halo de fatalidad va envolviendo la atmósfera de una opresiva ciudad de calles vacías, apartamentos en callejones y donde todo el mundo esconde sus cartas. Junto al carisma de Robinson, Bennett logra dibujar una Kitty realmente perdurable, una mujer que, tras su fachada de gran belleza, esconde a una criatura egoísta, sin escrúpulos y algo ingenua. Pese a ello, y aquí se nota el talento de la actriz, tiene más aristas que una simple mujer fatal, por ejemplo, su forma de cazar y mantener la atención del señor Cross es muy similar a la propia de situación de dependencia que ella tiene de Johny (el personaje de Duryea). Un fresco de cazadores cazados. 


 Las decisiones que el triunvirato de protagonistas van tomando muesstran las consecuencias que puede tener todo ello al final. No obstante, el firme rodaje de Fritz Lang, la ingeniosa adaptación del guión y dos o tres giros inesperados y bien llevados, los cuales convierten el tercer acto de este perverso retrato en el broche de oro escarlata para este relato de cine negro, un perfecto exponente de la categoría que pueden alcanzar este tipo de filmes. 



Un final (que, por supuesto, permanecerá silenciado en el blog por respeto a esos afortunados que todavía no la hayan visto) con poso para el espectador que lo disfruta. En una fantástica crítica sobre la película que hoy nos ocupa, el usuario Burton (Santander) de la página filmaffinity, hace un completísimo recorrido de las referencias y equipo creativo involucrado en este proyecto, destacando el aire de cuento de Edgar Allan Poe que impregna buena parte de los compases del mismo. No podía haber un símil más acertado. 



Absolutamente recomendable.