domingo, 23 de noviembre de 2014

LA MAGIA DE ESCOBAR


En ocasiones, un pequeño texto puede hacer surgir muchos recuerdos. La revista Cinemanía ha sacado en el ejemplar de este mes un artículo de Yago García, quien disecciona con capacidad de síntesis y precisión cirujana los avatares de la producción de Estela Films, la película de animación Érase una vez, audaz intento de los estudios españoles de sacar al sector de la crisis galopante que lo asolaba durante la posguerra. 




Josep Escobar, creador de los inefables Zipi y Zape, además de otra cohorte de grandes personajes de las viñetas bruguerianas, ocupa un lugar muy destacado en el análisis. A pesar de haber estado a punto de fichar por la prestigiosa Paramount, el dibujante había permanecido en suelo patrio, a pesar de los problemas que podía traerle su ideología en aquella coyuntura. Esta versión del clásico cuento de Cenicienta (el hecho de que Disney ya hubiera registrado impedía poner el nombre original) no logró triunfar en taquilla por diversos condicionantes, si bien, fue la enésima demostración del talento de un artista que logró firmar cerca 200 planos del filme (es decir, confeccionados por él solo y sin ayuda). 




Un premio en Venecia fue un agradable premio de consolación para un intento que tuvo la mala fortuna de coincidir con un transatlántico del potencial de Disney (la lentitud de información de la época nos tienta a pensar que ambos estudios simplemente coincidieron y no se percataron de andaban tratando lo mismo hasta que fue demasiado tarde). Un extraño kismet que parece haber acompañado al talentoso Escobar, quien, si bien cuenta con una extraordinaria biografía por parte de Antoni Guiral, en ocasiones no es lo suficientemente recordado en el Panteón de los padres de la historieta hispanos (con nombres tan queridos como Ibáñez, Vázquez, Raf, etc.).  


En definitiva, Yago García volvía a rescatar del baúl de los recuerdos a un artista polifacético, un rara avis que ejemplificaba el ideal renacentista: guionista, narrador, ilustrador, autor teatral, dibujante, etc. Me decía un buen amigo que, si uno se fija, se detecta mucho de la inteligencia y curiosidad del propio Escobar en sus personajes, quien la proyecta en el ingenio de sus hermanos gemelos, o ese Lazarillo de la época del hambre que fue Carpanta. Sorteando obstáculos, logró hacerse un hueco para lograr encontrar la esencia de sus viñetas, de la misma forma que la hicieron otros de sus brillantes compañeros de generación. 




La sátira del supuesto ideal familiar de su época (esos Zapatilla y su cuarto de los ratones para esos ingeniosos muchachos, siempre bajo sospecha), la miseria sin tapujos del mundo de Carpanta, la relación de Petra y su señora, etc. Un amplio conglomerado que convierten al artista catalán en un referente sin el que es muy difícil explicar uno de los períodos más decisivos del cómic peninsular. 



Hace algunos años, en este mismo blog se habló de un tebeo impresionante llamado El invierno del dibujante, gran recreación de los años decisivos de Bruguera, el momento donde Vázquez alternaba sablazos y talento en la mesa de dibujo, un joven Francisco Ibáñez ingresaba para bautizar, con la astucia del lacedemonio Rafael González, a los insustituibles Mortadelo y Filemón y Víctor Mora consolidaba a sus creaciones, las cuales aún hoy se mantienen. Sin embargo, quizá la historia más importante de las que entrecruza allí Paco Roca sea un intento que involucra a nuestro protagonista de hoy.   



Este recuerdo invernal refresca el audaz y frustrado intento los Escobar, Conti, Cifré, Giner, Peñarroya y la ilustre compañía de crear una revista propia que permitiera a los autores tener los derechos de sus obras originales y plantar cara a las leoninas condiciones que sufría su colectiva en aquellos primeros años. Con su eterna pipa y elegante pipa, califiqué en aquella reseña a Escobar como "digno derrotado", volviendo a recalcar que, lejos de descalificar, el apelativo tenía como único objetivo recordar que hay gente cuyos fracasos brillan más que los éxitos de otros. 




Incluso en su período en un lugar tan poco agradable como el presidio, se la ingenió para sacar hacer caricaturas de otros presos, mientras volvía, cual irreductible galo ante el invasor, a la carga una y otra vez, acompañado de sus hijos y esposa, Dolors Roura. Los homenajes en localidades como Granollers, a la que estuvo muy ligado, son el reflejo de la importancia que sigue teniendo aún hoy en días, décadas después de su desaparición.  




"Escobar fue un gran amigo, además, fue un hombre que no se limitaba a hacer historietas. Escribía obras de teatro, pintaba cuadros, hacía publicidad, cultivaba en su casa [...] Todo lo que se podía hacer en este mundo lo hacía Escobar. Fue una auténtica maravilla para la historieta. Dejando de lado a Mortadelo, los personajes de Escobar han sido los que más difusión han tenido, sobre todo su Zipi y Zape. Fue el único dibujante del país que consiguió dársela con queso a la censura con su personaje que se llamó Carpanta. [...] Estuvo trabajando hasta última hora, ya con Alzheimer, siempre enamorado de su profesión. No está olvidado ni muchísimo menos, y ese es el mejor homenaje que le podemos hacer a un autor de historieta". - Francisco Ibáñez. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

DESMONTANDO A EVA SALVAJEMENTE


Con motivo del centenario de Joseph L. Mankiewicz, uno de los directores más prolíficos del Hollywood clásico, Sam Staggs realizó una completa disección de su popular film: Eva al desnudo. Estrenada en 1950, a pesar de que reunía un elenco que era un auténtico Dream Team (Bette Davis, George Sanders, Anne Baxter, Marilyn Monroe...), ha sido el paso de los años el que ha colocado a esta mirada en el mundo teatral norteamericano en el lugar que merece dentro del imaginario popular cinéfilo. 




Staggs coloca el elocuente título de All About All About Eve, haciendo verdadero honor a la pretensión, ya que firma con precisión de notario y curiosidad de sofisticado chismoso buena parte de los detalles del rodaje, negociaciones y consecuencias del mismo en la trayectoria de sus principales intérpretes. Hay material para ello, el carácter volcánico de Davis, las peculiaridades de Sanders y las complicaciones que encontró Mankiewicz para llevar a buen puerto la empresa, en un gallinero repleto de talento, sensibilidades y competitividad. 




Una obra repleta de ingenio, diálogos ácidos y que brinda tantas lecturas como se quieran observar en ella. El vínculo de dos mujeres, Margo Channing, una estrella de los escenarios que está entrando en su madurez, y Eva Harrington, la muchacha que la aguardaba cada lluviosa esquina en el callejón del teatro, incapaz de mediar palabra con su ídolo. Una visión de las entrañas del mundo del espectáculo, su glamour y vacío, así como la procesión de extrañas personalidades que desfilan ante él. 



Narrador de fuertes convicciones, ya conocía el trabajo previo de Staggs de un análisis de similares características de otro de los grandes hitos artísticos de la época, El crespusculo de los dioses de Billy Wilder. Uno no siempre puede coincidir con alguien de juicios tan taxativos (por ejemplo, su manera de subestimar la influencia de un guionista como Diamond en la carrera de Wilder, o, en el caso que hoy nos ocupa, su escaso aprecio y líneas dedicadas a producciones posteriores de Mankiewicz, destacándose su falta de concesiones con dos películas tan interesantes como La condesa descalza o De repente, el último verano). 




No obstante, siempre es recomendable leer visiones y opiniones contrapuestas a la propia, más si han sido efectuadas con una metodología como la Staggs, quien sorteó muchas dificultades para poder aproximarse al contexto de la época. En primer lugar, la desaparición en una mudanza de buena parte de los papeles relativos al desarrollo del film del director, así como al fallecimiento de buena parte de los protagonistas principales. Celeste Holm, una de las mejores secundarias de esta ópera prima, si pudo haber arrojado algo de luz al respecto, pero prefirió no desempolvar los rollos de una de sus participaciones más célebres en la gran pantalla. 




Con mucho tino, el narrador de esta monografía muy bien editada por T&B Editores se remonta a tiempos pasados para, hábilmente, coger impulso en los precedentes que llevaron a lo que luego fue visto por espectadores de todo el globo. De hecho, el éxito fue tal que, alguien tan orgullosa y talentosa como Bette Davis, afirmaba que Margo la había resucitado de entre los muertos; años después, se haría un remake musical en Broadway, con otra celebridad como Lauren Bacall haciendo el papel de la madura actriz. 


Los breves y organizados capítulos permiten mantener la atención de los lectores, los cuales van aderezados con una equilibrada mezcla de consideraciones críticas y rumores de alcoba (sobresale el affaire desde el primer día entre Gary Merrill y Bette Davis, así como los celos de Zsa Zsa Gabor, esposa de Sanders, con Mariryn, por aquel entonces una rubia cuasi desconocida e insegura, pero destinada a convertirse en uno de los iconos pop de su tiempo). 



Como acontece con mucha de la producción de Mankiewicz, hay muchas corrientes subterráneas en los mensajes y códigos que se emplean para realizar muchas insinuaciones, desde las motivaciones de sus personajes, pasando por críticas veladas al sistema artístico de su tiempo (aunque aquí debemos mencionar asimismo a Mary Orr, autora del fantástico cuento que desarrolló todo el mundo posterior, probablemente, con más referencias reales de las que pensamos hasta hace muy poco). Incluso, hay una posible interpretación y velada insinuación lésbica (viene a la mente aquí el ama de llaves de Rebeca, dirigida por sir Alfred) entre Margo y Eva, también a la vampirización que puede llegar a existir en sus vidas paralelas. 




Decía Javier Rioyo, crítico de Cinemanía, que hasta para ejercer el cotilleo siempre habían existido clases. Sin duda, este Desnudando a Eva puede ser visto como una concatenación de secretos y confesiones privadas, pero, sería muy difícil imaginar que pudieran describirse mejor. 
  
   

domingo, 9 de noviembre de 2014

LOS BUENOS SALVAJES


Ocurrió hace unos años que, como el resto del país, el cine argentino entró en crisis. Desde entonces, sus actrices, guionistas y cineastas comenzaron a pensar. Y a reflexionar bien sobre cómo superar la falta de medios con talento. No es fácil resumir el nivel de excelencia que va alcanzando lo que viene del celuloide albiceleste, no hay año que un Campanella no deje alguna perla para las salas. 2014 no es la excepción, Damián Szifrón se pone a los mandos de una serie de relatos al estilo del mejor cine italiano (esas sucesiones de pequeños capítulos con los queridos Sordi, Manfredi, Loren, etc.), pequeñas historias cortas que son un ejemplo de síntesis y precisión, bombas de relojería con la que el espectador puede identificarse. 





Relatos salvajes impacta desde su eficaz opening, dejando una única duda en el público, ¿se puede mantener ese ritmo por las cerca de dos horas de duración? Tarea difícil, pero no imposible con un guión hecho sin ninguna clase de rubor, brutal y sin fisuras, con capacidad para sorprender en sus planteamientos. Como en los cuentos de Chéjov, las tramas colocan en la mitad de la vida cotidiana de sus protagonistas, atrapando con un punto de ruptura tarantianiano que hace cruzar la línea de los miembros de esta farsa, un auténtico zoológico sin jaulas para impactar de inmediato en sus visitantes. 




Un déjà vu se queda en algunos de los diálogos, momentos que nos son extrañamente familiares cuando hemos ido a un casamiento, hemos estado inquietos en la carretera o nos hemos topado en un restaurante con algún pelotudo que no podría caernos peor. Directo y a la mandíbula es el mecanismo de Szifrón, quien recuerda a la famosa oscuridad carmesí de Ideas negras de Franquin (citamos la antigua reseña de hace unas semanas). No en vano, Pedro Almodóvar, perro viejo de olfato fino, ha mediado para que su productora diera la financiación a una de las sorpresas más agradables de la cartelera en lo que llevamos de curso. 


Los que nunca te fallan



Balones a Darín. Si fuera un futbolista en Boca o River, no caben dudas de que sería la consigna de cualquier técnico. Desde El hijo de la novia y Nueve reinas se colocó en la audiencia española para quedarse. Gente como Trueba le han reclamado, también el inefable Santiago Segura para su último Torrente. Ricardo es garantía y, en esta ocasión, su pequeño papel (gran bombita, deberíamos decir) vuelve a dejar un regusto inmejorable, el de un actor privilegiado y que está en un estado de gracia constante. Caballo ganador, si le das un buen papel, solamente hay que sentarse y esperar, se trata del rostro más reconocible de un elenco que funciona como un reloj suizo. 




Ya sea una visceral Rita Cortese como cocinera o Darío Grandinetti como un estirado crítico, todo el mundo cumple y lo hace a las mil maravillas. Los cortos son escasos momentos en el escenario para brillar, se precisa que en pocos segundos uno pueda entender cómo funcionan los rasgos básicos del crisol de personalidades que desfilan ante nuestros ojos. Y, queda la sensación de que la selección de casting es inmejorable, unos intérpretes que apenas necesitan décimas para calar y llamar tu atención. Lo mejor de cada relato es que te deja con ganas de más. 





Dentro de ellos y ellas, Erica Rivas se lleva la palma como una de las novias más carismáticas y peculiares que uno recuerda desde los días de Uma Thurman, katana en mano, generando algún monólogo merecedor del recuerdo. Papeles de raza y sin miedo a meterse en quimbolos de los que estos "animales" salen sin mirar atrás, dejando un reguero de pasión y honestidad brutal, que diría Calamaro. 



Historias para no dormir



Una de las cosas más meritorias de este ejercicio de salto sin lona es la capacidad de que cada una de estas pequeñas aventuras de ser indescifrable hasta su desenlace, pero obvia una vez se ha llegado a la resolución. Un ejercicio de Sherlock Holmes y de perceptivos rastreos por los rincones menos éticos que todo hijo de vecino tenemos, ese momento de sí, es completamente absurdo, pero, ¿y si me pasará a mí o alguien que conozco? Sospechas que la ficción no está tan alejada de la realidad, si acaso, primas-hermanas que se llevan unos años de edad. 




Tienes la percepción de que todo ha sido pensado de antemanos, aplaudiendo encantado el truco del mago, quien hace salir de la nada tramposas mentiras que parecen verdad. Hay algo de eso en Relatos salvajes, y mucho más. Uno sabe que no ha sido original al elogiarla, por una vez, crítica y público parecen darse la mano. Sin embargo, hay cosas que son casi indiscutibles y, los vecinos del otro lado del Atlántico lo han vuelto a hacer. 





Desde Córdoba a Buenos Aires, pibes y minas, simplemente, gracias. Sigan por este camino, será salvaje y políticamente incorrecto pero, ay caramba, qué buenos son....

domingo, 2 de noviembre de 2014

UN ARMA DE DOBLE FILO


"Lo más difícil del ajedrez es acabar una partida ganada". Sin duda, no se puede juzgar todo por el resultado, pues, en ese caso, únicamente necesitaríamos un teletexto con marcadores para determinar el valor de cada cosa. Pese a ello, las series de televisión, especialmente las que alcanzan una gran atención de la audiencia, tienen una revalida en su última temporada que, a veces, se resume en el último episodio, como si el trabajo de años fuera cuestionado en unos minutos decisivos. 





Estamos una época donde están empezando incluso a proliferar los finales alternativos como jugoso extra de las ediciones en DVD (en algún caso con agravios comparativos sangrantes, como, bajo mi modesto juicio, sucede con la novena de Cómo conocí a vuestra madre, cuya sencillez de epílogo parece a haber satisfecho más a algunas personas seguidoras del show que el rocambolesco y más convencional de lo que parece desenlace originalmente emitido), señal de cómo el último bocado es el que parece incrustarse en el paladar del espectador. 





Los hay de todos los estilos y momentos. Tan controvertidos como el de los añorados Soprano, el cual, pese a la pistas dejadas en sus oscuros últimos episodios, parece dejar la cosa en un éter de libre interpretación que satisfizo a unos y encolerizó a otros (incluso incondicionales como Carlos Boyero, quien suspiraba porque Tony Soprano se hubiera despedido mirando el horizonte en las Vegas, con una nueva goomar y su dosis de peyote en el cuerpo). En algunos casos, esa escena final puede ser motivo de ostracismo por parte de quienes, hasta hacía unos momentos, eran devotos de la serie. 


Pocos ejemplos recientes son tan visibles como la afamada Lost, durante años, una de las más mimadas por crítica y público. De cualquier modo, la resolución de las muchas líneas argumentales creadas (y con ellas, unas expectativas brutales), han llevado a personalidades como George R. Martin a afirmar que confía en evitar generar una decepción así a sus seguidores. Guiño que puede tornarse irónico en el caso del genial creador de Juego de Tronos, portentoso monumento a la fantasía heroica y que muy difícilmente va a poder satisfacer la visión de que sus millares de seguidores tienen ya en su cabeza. Pero, ¿acaso es justo resumir a la original isla por su mayor o menor certeza a la hora de dilucidar el problema? ¿Hay que rasgar las páginas de épicas como Tormenta de espadas porque finalmente descubramos que Jon Nieve era el hijo de una aparejadora de Poniente con poderes mutantes? 




No siempre, ni mucho menos, es la culpa del exceso de presión que ponemos la voluntariosa pero pasional audiencia. Productores y guionistas se ven tentados de jugar las cartas más recurrentes (bodas, fallecimientos inverosímiles de algún personaje querido del show, piensen en el pobre Marcial en Médico de familia, qué ganas de cargarse a alguien, etc.) para provocar un shock que, de paso, devuelva al candelero a un programa que lleva muchos años emitido. Incluso un irreverente como Seth MacFarlane ha caído en eso para darse cuenta de que, una vez los medios han vuelto a centrarse en Family Guy, siempre se puede resucitar a uno de los personajes más queridos. 




No menos cierto sería afirmar que la necesidad de buscar un broche de oro a lo que no lo precisa. El Chavo del 8 del que hablamos hace muy poco no precisa de una épica resolución con crossovers con el Chapulín Colorado para dejar una sonrisa en los nostálgicos de la creación mexicana (aunque me sigue pareciendo válida la teoría de un amigo que afirma que los miembros de una vecindad viven en una especie de purgatorio donde repiten sus Tangamandapios y latiguillos. ¿Les suena raro? Pues recuerden a Los Serrano y esta hipótesis se torna sólida y contrastada en las fuentes). 


Excepciones tiene la regla y hay ejemplos de regustos inmejorables en el desenlace, curiosamente, entre dos series que eran primas-hermanas entre sí, Cheers y Frasier, puestas de relieve en esos benditos veinte minutos de duración del género de comedia situación. Y es que esa sensación de cerrar el círculo debe ser muy grata para fans y miembros del elenco, la rubrica perfecta a un examen impecable. Pero no siempre se tiene esa fortuna. 




Y es que los creadores disponen y el mercado... Que se lo digan sino a una serie de animación tan original como Futurama, la cual ha vivido una curiosa mezcla entre su capacidad de generar una legión fiel de adeptos y un don de la FOX para ir poniéndole cancelaciones que terminan provocando que, a día de hoy, dudemos de tener la fortuna de verla otra vez en antena. Un cierre a la continuidad que escapa a las buenas intenciones de su equipo artístico. 




En cualquier caso, como en tantas situaciones de la vida, sigue pareciendo más sensato disfrutar de las ficciones de la caja tonta atendiendo más al viaje que a la estación final. Aunque, si encima la parada merece la pena, es una forma de garantizar que volveremos a sacar el billete. 
  


domingo, 26 de octubre de 2014

TRIUNFO Y TORMENTO


Noviembre de 1961. Primer número de la colección Fantastic Four. Stan Lee, guionista, y Jack Kirby, dibujante todoterreno, acaban de revolucionar el cómic de súper-héroes sin saberlo, resucitando un estilo que parecía en decadencia tras la Edad Dorada del género. "Súper-héroes con súper-problemas", un concepto simple pero genial, una revisión de la mitología de las viñetas para la incipiente editorial Marvel, dotando de verosimilitud a sus protagonistas. Sin embargo, vista la popularidad alcanzada por el cuarteto, Lee y Kirby apenas necesitan cuatro números para comprender que les falta una pieza final, un antagonista a la altura, una Némesis, el Moriarty que estos Sherlock Holmes con poderes cósmicos precisaban para colarse definitivamente en el imaginario popular: era el germen del Doctor Doom o, si lo prefieren, el Doctor Muerte. 




Una mezcla de folclore, El fantasma de la ópera y Darth Vader varias décadas antes de deslumbrar en la pantalla grande, el buen doctor se convirtió en uno de los villanos favoritos de la incipiente etapa plateada que iba a comenzar en las viñetas norteamericanas. Lee, Kirby y sus sucesores fueron enriqueciendo esta villanesca presencia, convirtiéndolo en un déspota ilustrado de un ficticio país europea llamado Lavteria. Con el tiempo, un mal guión podía convertir a Víctor von Muerte en un malvado más, un robot con ínfulas de conquistar el mundo y algo ridículo; en las manos apropiadas, se convertía en un antihéroe enriquecido con una herencia gitana, una mezcla de saber científico y el lado más espiritual y pagano de los ritos de la Europa del Este. 




Recientemente reeditada al castellano, Panini ha traído la versión en castellano de lujo de una de las mejores aventuras de este personaje, uno de los más reconocibles de la auto-proclamada Casa de las Ideas: Triunfo y tormento. Una aventura independiente y auto-conclusiva, pero destinada a perdurar en el recuerdo de los buenos aficionados, presentando el atractivo de mezclar a Víctor con un ilustre colega, el Doctor Extraño, otro de los héroes marvelitas surgidos de la fértil imaginación de Stan Lee (en esta caso, auxliado, ayudado y respaldado por los lápices esotéricos y personales del genial Steve Ditko). 


El encargado de llevar la trama de este encuentro entre dos pesos pesados de la colección de personajes de Marvel fue Roger Stern, uno de los guionistas más consolidados de la editorial, quien además contaba con la inestimable ventaja de poseer un perfecto conocimiento de los trabajos previos de sus predecesores. En concreto, Stern tenía en mente una pequeña historia de la colección Doctor Doom: Master of Menace, bajo el título de Though some call it magic!, apenas un puñado de páginas donde, bajo los sombríos y espectaculares lápices de Gene Colan, se revelaba el intento de redención de Muerte del castigo eterno de su madre. 





Una noche de San Juan y muchos elementos místicos que se mezclaban a la perfección con la atmósfera del Doctor Extraño, la perfecta excusa para ponerlos frente a frente en una tensa alianza donde habría una revisión del infierno de Dante y la esencia de dos de los caracteres más independientes de los, en ocasiones, rígidos esquemas del cómic de súper-héroes. 




No se reparó tampoco en gastos a la hora de escoger al equipo técnico que debería llevar a buen puerto la empresa. Nada menos que Mike Mignola, uno de los dibujantes más personales y eclécticos jugadores de las sombras, un artista que otorgaría un sello único al recorrido de Stern, el cual incluyó un prólogo de vidas paralelas al más puro estilo Plutarco. La tinta quedaría a cargo de Mark Badger, quien asimismo se responsabilizó del apartado del color, cuyo estilo sería muchas veces imitado en la década de los 80. 



Con un buen ritmo y algún giro ingenioso de guión, cabe convenir en que Mignola era el artista adecuado para este relato esotérico de fantasía, terror y heroicidades (aunque, como han apuntado otras críticas previas, una mayor proliferación de elementos mágicos hubiera podido venir muy bien a esta aventura); Stern, siempre enciclopédico en su conocimiento de las características de sus protagonistas, brinda buenos diálogos que hacen reconocibles a Muerte y Extraño, tanto para el aficionado más veterano como la persona que lee por primera vez algo de ellos.  



No obstante, a pesar del innegable papel de Stephen Extraño, cuantas re-lecturas se hagan de este pequeño clásico marveliano invitan a pensar que Muerte es el verdadero eje de la historia y el gran actor de esta pequeña opereta. Uno se explica la obsesión de artistas como John Byrne con él, recalcando que, bien llevado, es uno de los villanos más fascinantes entre los tipos con mallas. Sin embargo, por su indumentaria y los clichés, sigue siendo un arma de doble filo, pues la frontera entre el Doctor Doom de Triunfo y Tormento y el enlatado rufián de folletín y ridículo uniforme es muy escasa. 



Por fortuna, el tirano de Lavteria cuenta en esta ocasión con el magisterio de un gran experto en las artes místicas y la guía de Stern y Mignola. Por eso, a día de hoy, sigue siendo objeto de reediciones y, lo que es mejor, una sonrisa de complicidad entre los aficionados del mundillo. 



domingo, 19 de octubre de 2014

WHEN WE PLAY OUR HEARTS OUT


Se convierte en una pequeña isla. A diferencia de los boxeadores, los tenistas aguardan en una parcela independiente los disparos de su oponente, es un cuadrilátero donde no tienes un contacto directo con tu Némesis deportiva, tampoco personas que acompañen tu juego, actuando en bloque (baloncesto, fútbol, balonmano, etc.); no, los portadores de la raqueta tienen esa extraña sensación. Cuanto menos, así lo sentía Andre Agassi, autor de una de las biografías más interesantes que se han publicado sobre el tema, bajo el elocuente título de Open




Aclamado por la crítica, se trataba de una pequeña anomalía. Salvo muy honrosas excepciones, el tópico nos invita a pensar que las gentes dedicadas a esta profesión no son las más indicadas para hilvanar un buen relato a lo largo de las páginas de sus carreras, tornándose en una especie de espejo glorioso y autocomplaciente. Seres adinerados, casados con gente guapa y famosa,  moradores en un Elíseo banal, superficial y gozoso. Afortunadamente, los estereotipos no tienen por qué ser verdad. Más aún en el caso del tenista que odiaba el tenis, valga la redundancia. 




Y es que este pequeño tomo atrapa y engancha desde su prólogo. Una crónica a la altura de la mejor prensa deportiva, Agassi convierte uno de sus partidos más peculiares en un relato que se lee sin parpadear. A partir de ahí, se te invita a meterte en la infancia del personaje, el momento clave. Hay un viejo dicho: si consigues presentar tus defectos con honradez e ingenio, todo el mundo estará dispuesto a admitir tus virtudes. Es la piedra de toque del auto-biógrafo improvisado (aunque, empero, ha estado muy bien asesorado en el proceso). Las extrañas circunstancias del niño del revés ligero y el dragón te obligan a querer conocer este cuento como si se tratara de la historia que te revelase un buen amigo.


Un niño prodigio en el arte de responder a la máquina infernal que escupía aquellos pequeños objetos amarillos a velocidad del rayo, aunque temía mucho más la gigantesca sombra de su temperamental padre que a sus competidores, casi siempre mayores que él y corpulentos. Un recoge-bolas a quien permitían lujos como pelotear, para jolgorio del público, con mitos como John McEnroe y Bjorn Borg. Bien narrados, momentos como el del camión y la discusión automovilística del patriarca del clan Agassi con un camionero, dejan instantes de honestidad brutal, como diría Andrés Calamaro. Allí Open se convierte en una forma heterodoxa y magistral para conseguir embaucar al público más versado en los torneos del Grand Slam, pero también a aquel lector o lectora que no tenga un especial interés en la disciplina.  




"Todo fue muy rápido. Llegue en un  momento en que se me necesitaba". Un cambio generacional que llevó al marketing de este siglo con los atletas de fama a crear toda una maquinaria acerca del pequeño prodigio primero, el adolescente de pelos largos después y, por supuesto, el rebelde. Una manifestación en moda y peinados que tiene curiosos paralelismos con otros casos (Dennis Rodman y su célebre Bad as I wanna be); por otro lado, la reacción lógica de muchos adolescentes con el extraño y lacedemonio campamento de tenis para expectativas familiares ultra-competitivas. 



Sin duda, aunque es un juicio personal y sin mayor validez, son los pasajes más afortunados del recorrido a una trayectoria atípica y de inseguridades, una mezcla de éxito y fracaso al unísono; además, contado con una mezcla de exhibicionismo y pudor. Su forma de presentar su enlace con Brooke Shields y su posterior matrimonio con Stefie Graf sale con un curioso eclecticismo entre consideraciones muy personales y el necesario decoro para ofender a terceras personas. Con razón, él mismo admite que la abulia de su primera etapa estudiantil, los pocos profesores y profesoras que apostaban por él eran los de literatura. 




Un trabajo más sensible de lo que parece, una visión original y personal del universo del tenis, cargado fuerte emotividad a la hora de revelar pasajes personales, de una forma sincera y bien llevada, con las cortinas justas en el momento oportuno. Para los aficionados en la materia, podrán encontrar jugosos recuerdos y reflexiones sobre algunos de los coetáneos que rodearon la carrera de Agassi, con especial mención a su reverso de la moneda, Pete Sampas, quien parecía tener un extraño vínculo en la lejana cercanía con uno de sus habituales oponentes en las finales. También hay opiniones muy curiosas sobre la nueva generación que él empezó a intuir, especialmente unos tales Roger Federer y Rafael Nadal.  




La extraña transformación deportiva de Agassi, incluyendo su despejado look de los últimos tiempos, explican mejor aquel último canto de cisne que tuvo en los circuitos de alto rendimiento de ese deporte que tantas cosas le ha privado, pero que tantísimas le ha dado. Un matrimonio a la italiana con esa caprichosa línea de la hablaba el maestro Woody Allen en su Match Point. No siempre se está de acuerdo con el narrador (su infantil actitud cuando Brooke Shields hizo un cameo en la popular Friends, por ejemplo), pero rara vez aburre entre golpe y golpe, toda una ventaja en estos tiempos que corren. Asimismo, resulta jugosa su forma de ir configurando su entorno deportivo (su hermano Phil, entrenadores personales, abogados, etc.).  




Juego, set y partido. Cuando hay gente que pone el corazón en cada jugada, no podemos ser resultadistas, simplemente, ser agradecidos. 



sábado, 11 de octubre de 2014

VENCEDORES Y VENCIDOS


"¿Sabes una cosa? Lo que mucha gente experimenta al estar a esta altura no es el miedo al vértigo...Es el pánico a sentir querer saltar"- Will Emerson, Margin Call  (2011)

Grandes rascacielos. Oficinas frías, lógicamente compartimentadas, una sucesión de ordenadores con números que desfilan a velocidad infernal, tipos apurando el café en vaso de plástico, mientras lucen costosos trajes de miles de dólares, los cuales no tienen tiempo para disfrutar. Nunca dan los buenos días al personal encargado de la limpieza, ni siquiera cuando se topan en el ascensor, ellos están destinados a otros alturas. Luchan un juego brutal de supervivencia, no hay un minuto que perder. 



J. C. Chandor nos traslada a una atmósfera asfixiante, las vísperas de unas decisiones que marcaron el rumbo de muchas compañías como la que ejemplifica su película, Margin call. Era la época a.c. (antes de la crisis). Wall Street ya había conocido el jueves negro, pero lo que iba a venir ahora tenía pocos precedentes en el mundo globalizado del siglo XXI. Cuando un barco se hunde, hay que decidir si salvar el propio pellejo o permanecer con la tripulación. 




El despido de Eric Dale (un espléndido Stanley Tucci), uno de los cargos de la compañía en prevención de riesgos, no impide al eficiente empleado pasar sus pesquisas a uno de sus jóvenes ayudantes. Con la ayuda de otro compañero, también imberbe, ambos se dan cuenta de que Dale acaba de sumar 2+2 y se ha dado cuenta de que el sistema financiero en el que se basa la empresa para prosperar (en su gran mayoría, acciones sobre propiedades inmobiliarias) no es sostenible ni un segundo más. La gran burbuja creada va a estallar y llegará el momento de buscar cabezas de turco. 



Tan atractiva premisa es el origen de un callejón sin salida. Una aguda mirada a un mundo que siempre se ha tenido mitificado y se está mostrando dolorosamente simple en el celuloide. Martin Scorsese lo hizo de una forma hiperbólica y genial en El lobo de Wall Street. Resulta que nadie tiene el Santo Grial que permite saber si una compañía sube o baja, que no hay tal alquimia secreta, sino un tablero poco claro donde unas pocas fichas se salvarán y las otras estarán destinados a pagar las consecuencias. 




La escasez de escenarios de este largo día en la oficina permitiría que fuera una excelente obra de teatro. Sin embargo, esta falta de exteriores no impide sentir al espectador una fuerte conexión con lo que está ocurriendo. Cambiemos preferentes por las acciones de confianza que vende la empresa del bueno del señor John Tuld (Jeremy Irons) para sentirnos como en la propia España. Por cierto, un sagaz propietario que no tendrá reparos en preguntarle a uno de sus analista junior: "Por favor, crea que no estoy en este puesto por mi inteligencia. Explíqueme que es lo que han encontrado como si fuera a un perro o un niño chico". 



Margin call narra el comienzo de esos despidos en masa, también del surgimiento de ángeles con traje negro y laico que portaban la funesta noticia a su antiguo compañero de trabajo: se le había acabado el sustento en la compañía. Era el germen de lo que luego sería el personaje de George Clooney en Up in the air. Aquí ese rol podrían desempeñarlo el "mentalista" Simon Baker como Jared Cohen (a quien su atareada agenda no le impide realizarse pulcros afeitados, horas antes de que sus gentes empiecen a vender productos sin ningún valor) y un colosal Kevin Spacey (quien encarna a Sam Rogers, cuya conmovedora preocupación por su perro avejentado y enfermo no va en consonancia con su ética de buena praxis profesional).  


Un drama cotidiano que nos acerca a una realidad muy desalentadora, contando con un reparto a prueba de bomba. Demi Moore se alista en la nómina de este bloque como Sarah Robertson, una de las personas más destacadas del organigrama, si bien su posición puede salir reforzada o en grave peligro en apenas 24 horas. Un abismo que empieza a ser vislumbrado por tres de las hormiguitas que siguen el sendero dejado por Dale: Will Emerson (encarnado por Paul Bettany), Seth Bregman (Penn Bladgey) y Peter Sullivan (Zachary Quinto).  




Noche de cuchillos largos bajo las calculadoras, uno casi comparte el sueño y el cansancio que parece ir agarrotando a sus integrantes, tan inaccesibles en el comienzo de esta jornada, la cual no se intuía tan amenazadora al comenzar el día. Ese picor en la nuca que sintió el patriarca de los Kennedy cuando se dio cuenta de que el limpiabotas al que había entregado unos centavos estaban tan bien informado de las acciones que subían como él (preludio del crack del 29).  




Chandor y su equipo nos lo explican de forma llana y sencilla, sin ornamentos, un cuento para un forastero que acabase de llegar, situando las coordenadas de cosas que se dan por sabidas. Y, solamente, resta darle las gracias.