domingo, 12 de marzo de 2017

CUANDO DIOS NO MIRA


Suele decirse que no hay temas malos para hacer una película. Según esa teoría, lo importante es la manera de contarlos. Siendo una aseveración con un gran fundamento de verdad, no es menos cierto que existen cuestiones con más potencial para vender que otras; no son mejores, simplemente, entran por los ojos primero. Cuando tomó las riendas de Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen debía ser consciente de que la trama del guión, escrito a medias entre el cineasta e Isabel Peña, podía levantar ampollas. Resumiendo, no es descabellado decir que presenta una historia desagradable. 



Y, sin embargo, es una magnífica película. Antonio de la Torre y Roberto Álamo cogen dos personajes nada fáciles, unos policías marginales con sus taras particulares, aquejados de no pocos fantasmas. El talento de ambos intérpretes ya justifica el dinero de la entrada, dando siempre presencia a sus creaciones y otorgándoles humanidad sin renunciar a mostrar sus sombras. Funcionan juntos desde la primera escena y provocan que el público pueda embarcarse rumbo a unos extraños crímenes que acontecen en el Madrid que se preparaba para recibir la visita de Benedicto XVI. 



Se presenta una capital española sumida en un largo verano donde los residentes que pueden permitírselo han huido a destinos vacacionales. No obstante, con la visita llegan una gran cantidad de peregrinos, además, la crisis económica achucha tanto que no pocos barrios populares deben sobrevivir como pueden bajo los rayos de Sol. En ese contexto surgen unos asesinatos contra indefensas ancianas que tienen una marca de salvajismo que las altas instancias quieren evitar lleguen a los ecos mediáticos.



Esta recreación cuidada es un acierto de montaje y gran trabajo en equipo. Los extras, portales, cocheras mugrientas y calles descuidadas aportan una verosimilitud que sumerge de inmediato en el lugar. Un esfuerzo técnico que se acompañado por unos secundarios pintorescos y bien caracterizados. Supone un verdadero lujo tener a un intérprete como Luis Zahera, siempre capaz de que la cámara se fije en él, para pequeños bocaditos de gran cine.



Llegados a esta tesitura tenemos claro que es un producto de buena factura y que no coloca anestesia para tratar un tema espinoso. Aquí el thriller tiene que hacer una apuesta por el camino a recorrer: mostrar al asesino antes o después de la resolución. No es poco riesgo. Se pierde el elemento principal de sorpresa, pero eso eleva también la categoría del argumento. Habrá un momento que sepas quién, no así sus motivaciones o si va a pagar por sus crímenes. Como dijo Ramsay Bolton, si todavía esperas un desenlace final positivo, no has prestado mucha atención. 



El experimento fílmico hace otro redoble de altura. No acerca a una cuestión que estos tiempos que corren está salvajemente mutilada en la cultura del ocio: los problemas de la tercera edad, de las personas que viven solitariamente en bloques de pisos de interminables escaleras, expuestas a una jungla de asfalto donde solamente los más jóvenes y fuertes parecen tener derecho a ser felices. Y ahí descubrimos a magníficas actrices, a un testimonio de una fase donde ojalá todos pudiéramos llegar, al final del camino. No suelen tener voz en una industria que bebe los vientos por el público potencial de los jóvenes, pero Que Dios nos perdone refleja que, por supuesto, sí que tienen muchísimo que decir en la gran pantalla, que sus inquietudes y temores son los nuestros también.


¿Historias de amor? Sí que las hay, incluso en tan turbia atmósfera. Medidas, creíbles, con una dosis de realismo sin renunciar a la ternura, pero tampoco huyendo de la decepción. Pareciera que las piezas encajan de manera fluida, sin tener que forzar la máquina en ningún instante, permitiendo que el público tenga ese momento de pausa para la reflexión.



Sorogoyen y su equipo confían en la inteligencia de su auditorio. Se han hecho acusaciones más explícitas, con mayores gritos y rayando en lo exhibicionista. Sin embargo, Que Dios nos perdone es más dura en el largo plazo, cuando se comprende que no es moco de pavo lo que se está cocinando en el buffet del peor infierno que conocen creyentes y ateos: el que se da puertas para adentro, en el momento de apagar la luz.



Cuando Dios no mira, suelen terminar sucediendo estas cosas. Por fortuna, las cámaras estaban allí para acercarnos a estos dos policías ficticios contándonos algo que parece muy real.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.elcineenlasombra.com/dios-nos-perdone-critica/



-https://cinetfaro.com/2016/11/04/que-dios-nos-perdone-dir-rodrigo-sorogoyen-por-yolanda-aguas/



-http://www.hobbyconsolas.com/entretenimiento/que-dios-nos-perdone