sábado, 6 de abril de 2013

CUANDO ROBERT ENCONTRÓ A TONY

Para el público más joven, puede resultar extraño que hubo una época en la que Iron Man no dejaba de ser un héroe secundario dentro del imaginativo universo Marvel. Si el gran atractivo de las creaciones formadas por Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y un ilustres etcétera, era la capacidad de los lectores de empatizar con las desventuras de Peter Parker o Ben Grimm, el día a día de un playboy que vendía armas y cuyo origen se afincaba en la terrible guerra del Vietnam con un tufillo a Guerra Frío insoportable, resultaba algo venido de una galaxia muy, muy lejana. 



 No obstante, el estreno de Iron Man en 2008 trajo una apuesta tan lucrativa como arriesgada, el desembarco de Robert Downey Junior como el narcicista Stark, un perfecto ejemplo de la parte más depredadora del sueño americano y la industria armamentística del país con la segunda enmienda que tan terribles consecuencias ha traído. Si alguien tenía dudas del reto, bastaría preguntarle a Guy Ritchie sobre la heterodoxa pero brillante re-adaptación de Downey como Sherlock Holmes, pero, ni siquiera el más incondicional del "Latas" podía haber pensado la popularidad que le iba a venir y que se espere con ansía la tercera entrega, donde nada menos que Ben Kingsley ejercerá el papel de su Némesis en las viñetas, "El Mandarín". 




Pese a ello, en honor a la verdad, hubo momentos donde, si bien no fue un fenómeno de masas, esta particular versión de Tirant Lo Blanch con tecnología futurista, tuvo etapas dignísimas en su calidad, tanto artística como en cuestiones de argumento. Hacemos referencia, a los días de David Michelinie a cargo de los guiones y John Romita Junior como joven e imberbe dibujante a los lápices, dispuesto a demostrar que no era un simple enchufado en la Casa de las Ideas donde trabajó su legendario progenitor (en este caso, sin que sirva de precedente, más que nepotismo, se trataba de un caso donde la genealogía parece haber confirmado la línea del talento).
 

Gracias a Michelinie (aunque en honor a la verdad hubo algún predecesor que puso los cimientos), Tony Stark fue saliendo de la coyuntura de pelearse con megalómanos comunistas que querían gobernar el mundo (con lo fácil que les hubiera sido hacerse con el control de una inmobiliaria y dejarse de tanto robot) y se acercó más al mundo real (todo lo que se puede el género más hiperbólico de los cómics, el de súper-héroes). Con los atractivos lápices de Romita, tanto Michelinie como Bob Layton hicieron entrar en aprición a un villano más terrenal, Justin Hammer, quien, aparte de crearle oponentes, iría arrebatándole su compañía pedazo a pedazo, mientras la vida del bueno de Tony se iba desmoronando por sus demonios internos. 




El peor de esos diablos estaba afincado en una botella. Efectivamente, era la primera vez que el protagonista de un tebeo de esas características caía en las redes de esa tentación, tan común en la sociedad, pero alejada del día a día de la ficción, porque el Cómic Code tenía miedo de que la aparición de estos temas tan intrascendentes como las minorías, los problemas sociales o políticos, pudieran alterar a sus cándidos y felices infantes con tartas de manzana. Por supuesto, debido al contexto de la época, que ningún amable lector piense que encontrará una auténtica inmersión de las dimensiones del alcoholismo, la caída de Tony Stark no deja de ser light, no por falta de intención de los autores, sino por la propia moral de aquellos días. 




Basta hacerse una idea de que la propia franquicia cinematográfica (no olvidemos el sello Disney), no se ha visto aún con fuerzas de sumergir a su protagonista (sin duda, el alma de la taquillera Los Vengadores, entretenidísimo film sin mucha trama, pero, donde cada vez que habla Downey parece que todo el mundo se calla y escucha la frase ingeniosa en el momento oportuno) en esta aventura. Es una pena porque el compañero de instituto de Charlie Sheen (sí, todos hubiéramos pagado el doble de matrícula por ir a esa clase) podría afrontar ese delicado tema con mucho talento, solvencia y cierta heterodoxia que siempre lo caracteriza.


Desempolvando desventuras del cruzado de hierro en aquellos días, destacar también la surrealista saga de Camelot (donde recientemente Carlos Pacheco ha llevado también a otro personaje que esta de celebración, Superman, en pleno aniversario), donde Stark conocía la corte de Arturo, con capa, espada, brujería y... El Doctor Muerte, sin duda, el villano más carismático del Universo Marvel. 



En definitiva, que antes de Civil War y, aún más inimaginable, previamente a que Robert encontrase a Tony, el personaje de Iron Man ya había tenido etapas doradas... aunque el tiempo las haya intentando, en vano, oxidar con el olvido.

2 comentarios:

Juan Román García Aguilar dijo...

Muy buen articulo. A mi me encanto el viaje a Camelot y como unen sus armaduras para volver al futuro.

El Viejo dijo...

Muchísimas gracias Juan, sí, es una aventura fantástica. 1 abrazo