domingo, 10 de agosto de 2014

INGLORIOUS CARTOONS: UNA VENGANZA POÉTICA


No podemos quejarnos ni escandalizarnos. Ser generación de Big Brothers, Operaciones Triunfos, búsquedas de voces, archipiélagos de famosos por ser famosos y el reggaeton debía tener este peaje. ¿Quieres mal gusto? Toma dos tazas. Me gusta pensar en la creación de Dave Jesser y Matt Silverstein, La Casa de los Dibujos (2004-2007) como una venganza y justicia poética.



La revolución la hicieron Los Simpson, rompedores, sutiles, inteligentes, el producto adecuado y en el momento oportuno. Un show revolucionario, cuyo único defecto ha sido prolongarse hasta la eternidad, convirtiéndose en una marca registrada y que ha entrado en una dinámica de calidad de dientes de sierra, alejándose de la excelencia de su primera década en antena. Pero ya habían dejado el camino allanado, los dibujos dejaron de ser cosa exclusiva de niños, porque nunca tuvieron el monopolio total, tampoco en los cuentos, un buen cartoon me ahorra 100 gendarmes, podría haber dicho Napoleón. 



Después vendrían sucesoras como Padre de Familia o American Dad, las cuales terminaron desarrollando personalidad propia. La primera era más rompedora y transgresora (el precio de la popularidad de la familia amarilla les ha hecho más light en determinados aspectos) que todo lo anteriormente visto, también más grotesca en su sentido del humor, sin censura y con una incorrección política que podía llegar a terrenos tan sensibles como la religión, la política o las enfermedades. La segunda, menos dura, podría pensarse, quizás sea el eclecticismo de lo anterior y lo moderno, una perfecta consecuencia del legado de R.Reagan y el neoliberalismo, una serie muy recomendable y, muchas veces, infravalorada como mero sucedáneo de sus hermanas mayores en la pequeña pantalla. 


Y entonces llegamos a lo que hoy nos ocupa. Si los creadores de la genial e irreverente South Park se consideran los payasos de la clase que terminan bailando sobre las tumbas metafóricas de los matones del colegio, The Drawn together es la guerra relámpago y sin prisioneros de ese sentido del humor, el cual parte de una premisa extraordinaria: Una productora de TV por cable tiene la idea de meter juntos a los más emblemáticos personajes animados (claras parodias de Superman, Bob Sponja, Porky, Ariel, Pikachu, Link, etc.) para un reality show de audiencia millonaria. 



Los integrantes del domicilio son unos emocionalmente inestables inquilinos, egocéntricos, descerebrados y con soluciones de bombero para toda clase de problemas, (curiosamente, un perfil que los haría idóneos para ser tertulianos de algunos de los programas con más share), supervivientes milagrosos de las mil represalias que deberían sufrir por sus barrabasadas. 



A pesar de su amigable estética, es un show que no es nada apto para un público joven, pues es una galería de esperpentos hiperbólicos y con momentos que traspasan fronteras que, ni siquiera, Family Guy o South Park harían. Que hay ingenio detrás de las cámaras y los bártulos para hacer a estos deslenguados amiguitos, resulta absolutamente innegable. Más allá de lo soez hay dardos divertidos y sabrosos para propios y extraños, un espejo de madrastra que es una invitación para que comprendamos que, como debíamos antes, si somos adictos a la telebasura, tomemos dos tazas, pero no nos hagamos los dignos.  


Y es que llega ya un  momento en que bienvenidos sean todas las bofetadas que quieran dar a tantos temas tabúes, a reírse de propios y extraños, atacando a las salvajadas que ocurren a lo largo de todo el globo, a nuestros propios complejos y a bastardizar muchos de los emblemas que parecía tótems intocables, cuando se practica el juego de tronistas, o vives o mueres, que diría George R.Martin si lo fichasen en Sálvame. En ese punto, los 20 minutos de metraje de cada capítulo de esta casa pagana brillan con luz propia, pero tampoco es oro todo lo que reluce en esta bendita revolución de los payasos de la clase. 



Hablábamos antes de que una de las cosas que equipos de creadores como el avispado equipo de Seth Macfarlane o los citados Silverstein, Jesser y Moore han roto muchas barreras a la hora de cachondearse sin complejos de los aspectos más atávicos de la moral imperante y los radicalismos religiosos de cualquier índole. En muchas ocasiones, hay gracejo y valentía en el hecho, sobre todo, como cuando, al más puro estilo Berlanga y Azcona, se tira con misil a la institución o al conglomerado, mientras que se apunta con balas de fogueo al sujeto individual. De cualquier modo, ese vale todo lleva a hacer muescas bromistas sobre aspectos como enfermedades terminales, discapacidades o virus. 



Reconozco que es ahí donde no me llevan al huerto. En esos instantes, me recuerdan a ese gracioso de la clase que, sin duda es muy ingenioso, pero no sabe estarse callado ni en un funeral. Más que arrancar la carcajada, meter la pulla o tirar de ironía, me suenan a la constitución de, como diría Dennis Rodman, tan malo como quiero ser. Es romper el cristal con el bate de beisbol para constatar lo macarra y nihilista que es uno, aunque habrá "vainillas" que lo llamen bestiajo sin seso. Él puede pensar que es un artista incomprendido por un mundo incapaz de entenderle, si bien, no es menos cierto que el resto tenemos la licencia para decir que es un gilipollas que no sabe dónde parar y que podría darle a ese bate otros usos más productivos con su propia fisonomía. 



Por eso, lamento mucho que La Casa de los Dibujos ya no exista, pues era entretenido pasarme la mitad del rato riéndome a mandíbula batiente y, la otra, argumentando por qué no me gustaba. Querría emplear el 50% de mi tiempo para evitar esas barreras censoras, aunque, bien mirado, necesitaré la otra mitad para cabrearme con ellos y, en determinados momentos, perdón por el atrevimiento, decidir cuando apagar el botón de la caja tonta, en plan, "Seguid emitiendo, pero yo me bajo en Atocha y hoy no sigo en este tren". 



   

   

domingo, 3 de agosto de 2014

ESA PIRAÑA VERANIEGA


Hay cómics que le caen en nuestras manos en el momento justo. Regalado junto con la revista del Jueves (esa revista subvencionada a medias por la Casa Real y la Moncloa) correspondiente, Federik Freak era casi un desconocido para mí. Un viaje en tren a Barcelona (precisamente al salón del cómic que allí se celebraba) bastó para caer embobado y molestar a los demás pasajeros con las carcajadas que se escapaban por semejante hallazgo. 



Rubén Fernández (Castellón de la Plana, 1983-Milwaukee post-guerra mundial Z, 2100) sí era un artista que me era simpático por su hilarante tira 24 horas con..., donde se dedicaba a bastardizar la vida de dibujantes emblemáticos como Francisco Ibáñez, escritores de renombre como Pérez Reverte y referencias mundiales como Espinete (de hecho, en el tomo Sea una piraña social: Pregúnteme cómo, hay una bonita búsqueda espiritual de cierto atributo de la mascota y el pijama). No obstante, amén de algún pequeño hojeo breve en sus tiras, Federik y su panda de inadaptados (la verdad es que hacer viñetas de gente encantadora e inserta en el sistema tendría muy pocas gracia) no estaba en mi Panteón particular de la publicación que sale los miércoles (junto con Makinavaja, Clara de Noche y Roberto Alcázar y Pedrín)... hasta ahora. 



Y es que estamos en unos tiempos donde gracias a series como Big Bang, el freakismo ha pasado de ser un tema tabú a una religión mayoritaria (aunque ser vecino de Kaley Cuoco ayuda más para la popularidad que ser capaz de jugar al scrabble en klingon), hasta el punto de que hay gente que asegura que hallaron alguna persona extraña con trabajo fijo al que van por la mañana, familia con la que pasan la tarde sin ver en el portátil 14 capítulos descargados de House of Cards y se acuestan tras ver el telediario. Pero no hay que hacer caso de esos rumores, pues no han sido confirmados por el gorila verde que únicamente Federik puede ver.  


Fernández (Madagascar 1877-Transilvania, 1994) logra marcar un ritmo ágil en sus historias auto-conclusivas de 1 página, las cuales se consumen con una facilidad pasmosa. Probablemente, ayude a esta crítica favorable que me firmase un ejemplar de Para ti, que eres virgen (2011) y un generoso sobre para futuras reseñas. Entre amantes de los tebeos (llamados novelas gráficas cuando a uno le entra complejo por seguir leyéndolos llegada cierta edad) hay que respaldarse, especialmente desde que Federik nos anticipó los futuros estrenos cinematográficos del próximo año, incluyendo la versión de Tim Burton de Hello Kitty, lo cual se acompañará con el tono gótico y gárgolas de siempre, junto con los coros Danny Elfman y Johny Depp como Hello Kitty, acompañado por una Helena Bonhamcarter con un personaje bastante accesorio.  



Como todo gran ídolo que se precie, el protagonista de este life-style tan particular se hace acompañar de fieles y carismáticos escuderos, encabezados por Froilán (el mórbido confidente de Federik, quien alterna su abulia habitual con fuertes brotes de ira y una extraña homosexualidad encubierta por el bajito pelirrojo de su amigo) y Benjamín, un gótico outsider que podría ser el icono sexual de su instituto, por fortuna, está tan obsesionado con ser un EMO que nunca lo podrá saber.



La serie tiene asimismo cameos de figuras del relieve de George Lucas (quien incluso viaja a España para que acólitos como Freak puedan hacer color para tener el placer de recibir un guantazo del mítico creador), Jesucristo (cuyos vaticinios no quieren ser escuchados en su aparición, porque el protagonista sabe de las tendencias mesiánicas a soltar spoilers) o Míster T (el cual recibirá una oferta que no podrá rechazar).


Sea como fuere, esta lectura educativa nos permitirá resolver dudas existenciales como qué llevar para una primera cita: ¿una camiseta con un chiste de Los Simpson cuya referencia solamente yo entiendo o una camiseta con una broma de los Monty Python que únicamente yo recuerdo? Dudas que pueden resultar de gran utilidad en algún universo alternativo. 



Debe citarse asimismo en esta ración dominical de Amarcord el divertido blog del creador de la serie: http://rubenfdez.blogspot.com.es/, en el cual se hace la fusión soñada del género con pingüinos con pajaritas. Al margen de sus fotografías de gatitos tocando el piano y otras cosas monas, es muy recomendable la explicación que dio en su blog sobre la situación de los dibujantes de El Jueves y las recientes polémicas que ha sufrido la publicación y equipo creativo. 



Así que, alegrándonos de que no haya censura, protocolo, moral, religión ni orden de alejamiento que impida seguir visitando a Federik y a su tropa cada semana, solamente podemos congratularnos de que permanezcan allí, resistiendo al invasor de lo convencional.    

sábado, 26 de julio de 2014

HOMENAJE A DIONISOS

Aunque hayamos derribado sus estatuas

y los hayamos expulsado de sus templos, 

los dioses no han abandonado Grecia

- Kavafis, Jónico


El prestigioso festival de Mérida acogió este fin de semana Las ranas de Aristófanes, heleno deslenguado y pescador en la laguna Estigia. Bajo el marco incomparable de las galerías subterráneas que llevan a ese Coliseo de la tragicomedia, Daniel Piedrocamino acometió la empresa con su equipo artístico, buscando resucitar para el escenario una obra escrita por un autor que vivió las guerras del Peloponeso y el perenne pulso político de la bulliciosa Atenas. Sin embargo, como puede comprobarse desde el libreto original, la naturaleza humana ha cambiado bastante menos de lo que dictaminarían los siglos, incluyendo la capacidad de los sabios dirigentes de la cosa pública para llenarse sus menguadas bolsas de dracmas ajenos en defensa de la patria. 



Pepe Viyuela (quien realizó una emotiva introducción previa en memoria de Álex Angulo, tristemente desaparecido) ha sido el encargado de encajar a un divertido Baco, presentado como una divinidad caprichosa y empeñada en creer que los males de la polis se solucionarán con una atinada resurrección del Hades de alguno de los grandes dramaturgos áticos de antaño. Por supuesto, buscará a su hermano Hércules para que le dé las oraciones pertinentes para dicho viaje, aunque será su criado, Jantias (caracterizado por una Miriam Díaz Aroca jorobada para la ocasión), quien lleve buena parte de la cargas más pesada del viaje, pues su amo no se caracterizará por la fortaleza de espíritu. 



Aprovechando con maestría la propia arquitectura del teatro, el montaje adopta un estilo sencillo y eficaz, destacando el momento de la apertura de las puertas del infra-mundo, aunque con menos sentido de la épica en Aristófanes de la que daría Dante, unas centurias después. El juego de luces y sombras llevaría también a aprovechar la presencia en el reparto de la cantante-actriz Beth, quien prestó voz y estilo para ser la heterodoxa narrado de esta parodia los hercúleos trabajos y rendida admiración por el teatro clásico. En la utilización de la música podremos encontrar el primer elemento de discordia en los puristas. 

   
Ciertamente, puede sonar a blasfemia para más de un honrado argivo que una "rana" tan peculiar (y atractiva) cante estos versos, a la par que se vea acompañada por una banda de rock hispalense. No obstante, este curioso ejercicio de eclecticismo parece funcionar con alguna alquimia extraña y es un más que necesario desahogo para la pareja Viyuela-Aroca, quienes cargan sobre sus hombros el inicio y nudo de este desquiciado viaje metaficcional. Particularmente, Beth brilla con luz propia y resulta una de las gratas sorpresas de la representación, sabiendo lograr la captatio benevolentiae de la audiencia. 



El lenguaje sufre también algunas adaptaciones. Si bien hay alguna cosa que sobra mucho a mi juicio ("Que te pego, leche...", convirtiendo al bueno de Ruiz Mateos en una especie de Pericles vallecano), los diálogos entre Baco y Jantias respetan mucho de la esencia original de la obra. Uno y otro sirven al afilado Aristófanes, talento con una cicuta en las palabras nada desdeñable (mojado en su pluma, incluso un sabio como Sócrates queda reducido a un plasta alocado) para ridiculizar el lado más esnob de las representaciones (un Baco que parece encontrar connotaciones y sutilezas en los versos más nimios, mientras es un incapaz de tomo y lomo en cumplir sus objetivos) y los recursos más directos (ejemplificados en Jantias), escatología y esponjas del hijo de Zeus inclusive.  



Descubriendo que incluso un titán como Cerbero ya no es si no un bonito recuerdo para turistas, tras múltiples peripecias, amo y criado, quienes intercambian sus roles en no pocos momentos, logran entrar en la sala más preciada de los dominios de Hades, donde el admirado Eurípides se bate en duelo verbal con Esquilo, otro gran poeta. Lástima que ambos parezcan dos tertulianos de un programa de corazón cualquiera dispuestos a despellejarse, teniendo como venerables jueces a parricidas, traidores y ladrones. Afortunadamente, Baco entrará en escena para poner orden, aunque se mostrará tan indeciso e irresoluto como en el resto de los actos.  


Es curioso pensar cómo resultan los objetivos de algunas obras, incluso por encima de sus propósitos iniciales. Muy pocas personas saben, hoy en día, los affaires que tuvo R.Hearst, pero Ciudadano Kane sigue resultando increíblemente moderna a nuevas generaciones de espectadores. De igual forma, las pullas de Aritófanes a colegas de profesión (tengamos aquí en cuenta la formación de este autor, claro partidario de reformas conservadoras y muy asustadizo ante las nuevas artes y corrientes filosóficas) han quedado muy caducas, sin menoscabar a ninguno de los afectados, incluyéndole a él mismo. 



Eurípides sigue viendo (por ejemplo, en el tablado emeritense) representadas sus Medeas sin sospecha de degradar el teatro antiguo (quizás consecuencia de que el bueno de Cronos ha convertido sus innovaciones en clásicos), Esquilo goza del respeto del pionero prometeico y de Sófocles nos sobran las escasas tragedias conservadas para comprender su dimensión artística. Por su lado, el autor de Las ranas brilla como el malicioso, divertido y dionisíaco Quevedo de esta etapa, azote de colegas y público, diccionario de referencias y guiños sarcásticos.  



Allí es donde el croar de estas ranas no ha perdido ni un ápice de vigencia...

domingo, 6 de julio de 2014

EL JOVEN TÍO VANIA

"Té, azúcar, café, jabón, embutidos y otros artículos". La modesta tienda, establecida en la portuaria Taganrov, hacía referencia a la variedad de objetos domésticos que vendían a sus clientes (incluyendo escobas, clavos, trigo ucraniano, etc.). Un negocio familiar doméstico, uno donde iba a nacer un muchacho a a la altura del 1 de enero de 1860. Nadie en el clan podía imaginar que el pequeño Antón iba a ser un nombre que la crítica literaria pondría en el mismo párrafo que vacas sagradas de la cultura rusa como León Tólstói o Fedor Dostoyevski. 




No obstante, en una de las coyunturas más favorables para el genio creativo de la tierra cubierta por las nieves, Antón Chéjov era un rara avis, la excepción que confirmaba la regla, el instrumento por libre en una gran orquesta sincronizada. Lejos de las grandes epopeyas con citas en varios idiomas de la época (Guerra y Paz) o el análisis minucioso y detallado de la psicología interna de los personajes (Crimen y castigo), Antón supuso un giro de tuerca en una época donde una de las sociedades más atávicas de Europa había empezado a desperezarse y hacerse preguntas. 



Cuando todo el mundo añadía nuevas tácticas para el ajedrez, él descubrió en sus páginas el encanto simple del juego de las damas. Frente a sesudos volúmenes, el anónimo médico que ayudaba en épocas de hambrunas, sin publicitar mucho su persona, resucitó el encanto del cuento para explicar las cosas de forma sencilla. Afirmaba José Luis Garci que en la berlanguiana Plácido había más piedad que en todo el Concilio Vaticano II; de igual forma, este literato encontró una mirada total para sus creaciones (a las que presentaba en sus miserias y egoísmos sin ornamentos), pero comprendiéndolas en todo momento y mostrando una empatía, sin duda, fruto de una biografía turbulenta. 





"En mi infancia, yo no tuve infancia". Un resumen tan bueno como cualquier otro para la formación de alguien que no estaba destinado a la carrera artística. Nieto de un inteligente, pero colaboracionista administrador de la finca de los grandes señores, hijo de un padre que combinaba de igual forma talento y brutalidad, Chéjov y sus hermanos siempre afirmaron que heredaron cosas de su línea paterna en música y letras, pero que el alma la aprendieron de su madre. Sin duda, mucho de ello había en los relatos de uno de sus hijos, quien hacía pequeñas, fascinantes, terribles y sobrecogedoras disecciones de la época que le tocó vivir (El beso, El estudiante, etc.). 



A pesar de su maestría en el relato corto, donde aún a día de hoy sigue siendo considerado uno de los mejores exponentes de ese género, Chéjov hizo incursiones en la novela larga (por ejemplo, la policíaca Una extraña confesión) y, por supuesto, en el teatro. Sus dramas fueron extraños, difíciles de representar, con una acción que casi brillaba por su ausencia y una gran foco en lo cotidiano. De entre sus piezas, pocas exponen mejor la esencia de su autor que El tío Vania




Apenas unas conversaciones en el jardín de una envejecida y sobre-valorada eminencia universitaria, una noche tormentosa y una familia sumida en una imperceptible, pero inexorable depresión colectiva. Entre sus muchas representaciones, me atrevería a recomendarle al amable y peregrino lector, la versión que hizo TVE hace muchos años, con un gran reparto donde sobresalía José Bódalo como Vania. Junto con James Gandolfini, nunca he visto a ningún actor con una capacidad tan innata para ser tierno y terrible a la vez, vulnerable e imponente, patético y conmovedor. Mucho hay de ello en el bueno de Vania, quizás una de las mejores creaciones del dramaturgo, lo cual es decir mucho.  


El teatro de Moscú hizo debutar la obra en 1899. Chéjov tardó varios años en escribirla, alternándola con otros trabajos. Historia de gente anónima, como buena parte de la producción de este escritor, quien también gustó de seguir ese credo en su vida. Basta leer su ingeniosa respuesta al buen señor Dmitri Vasílievich, quien le había reprochado por carta malgastar su talento con su profesión de médico provinciano y no haber tratado los grandes temas de la humanidad con su pluma. La hábil contra-réplica, que no tiene desperdicio, basta para comprender por qué Chéjov gustaba de centrarse en hombres como el tío de Sonia, antaño esforzado administrador de la finca de su cuñado, viudo de su querida hermana y ahora casada con una atractiva joven llamada Elena; ahora, un hombre carcomido por la desidia, la envidia y la desazón, incapaz de poca más que abusar del vodka con uno de sus pocos amigos, el doctor Astrov, un galeno de la localidad que no parece excesivamente inquieto por su profesión. 



De igual forma que en sus relatos cortos, los actos teatrales del ruso son poner en medio de una acción ya realizada. Lo fascinante del marco no es lo presentado, sino lo que se intuye. ¿Quién era Vania antes de decidir consagrarse a ese sistema? Cuando tuvo ilusiones y creyó que era posible, su familia, sobrina, hermana, esa chica a la que no hizo caso porque estaba más absorto ante las sesudas y banales aportaciones de su admirado hermano político, etc. Con suma habilidad, un conglomerado de un linaje depresivo y desagradable, pero, individualmente, cada persona es digno del extraño respeto y piedad que inspira el derrotado a quien se lo han quitado todo. 



La abulia se convierte en la fina cadena que se cierne sobre todo y todos, recordándonos en no pocos momentos a ese marco de angustia y síndrome de Estocolmo que tenían los personajes de la desgarradora Los Santos Inocentes. Una obra donde no pasa nada, una obra absolutamente imprescindible. 



"Tomen ustedes a un millón de personas, obliguen a cada uno de ellos a nacer en la familia de Chéjov, en 1860, en la ciudad de Tanganrov, hagan que cada uno de ellos terminé su educación en un centro de enseñanza media [...]No me atrevo a opinar al respecto, y además no hay nada más peligroso en estos temas que el modo subjuntivo. Pero lo que sí sé es que ninguno de los defensores de Sevastópol, salvo Tolstói, escribió Guerra y Paz, y nadie más hubiera podido escribir las obras de Chéjov, salvo el propio Antón Chéjov"- Gaito Gazdánov, Sobre Chéjov: A sesenta años de su muerte.   

domingo, 29 de junio de 2014

EL GÉNERO QUE NUNCA MUERE


Se nos fue el "Feo". Poco educada de manera de decirlo, pero el bueno de Eli Wallach se inmortalizó con un personaje memorable apodado de dicha manera, el caza-recompensas Tuco, metido de lleno en una alianza-rivalidad con dos tipos con tan pocos escrúpulos como él (interpretados por Clint Eastwood y Lee Van Cleef.  El film, El bueno, el feo y el malo (1966), se convirtió en un clásico dentro del género del spaghetti western. Wallach era un actor de raza con una larga y fecunda carrera (además, ha fallecido con la envidiable edad de 98 años), aunque siempre se le recordará por su entrañable y tampoco busca-vidas en aquellos desiertos almerienses. 



Parece conveniente que Amarcord honre a uno de los símbolos de aquel salvaje Oeste hablando de una de las películas menos mencionadas de la interesante carrera de Álex de la Iglesia, 800 balas (2002), un verdadero testamento cinematográfico a aquella atmósfera tan única. En no pocos casos, muchos puristas del venerado western de la gloriosa etapa clásica (Sam Peckinpah, John Ford, etc.) se tiraban de los pelos ante aquella adaptación del viejo texto de los venerados maestros. Los héroes habían dejado de ser tan limpios, las armaduras blancas pasaron a ser ponchos cubiertos de polvo, la frontera con la villanía era muy difusa y el realismo de hitos como El hombre que mató a Liberty Valance o Fort Apache se desvirtuaba con epopeyas en poblados fantasmas, tiroteos súper-heroicos y las hiperbolizaciones. 



Si recuerdan las personas más veteranas en el seguimiento de este pequeño espacio, ya se ha hablado aquí en alguna ocasión de esta obra. Sin embargo, este domingo lo va a hacer desde otro enfoque. No se trata tanto de hablar del argumento, si está mejor o peor llevado, alguna anécdota del rodaje, etc. Nada de eso. En realidad, más bien se trata de un pequeño tributo a algunas reflexiones que sigue suscitando a las nuevas generaciones de espectadores.  



Una de las mejores cosas de esta recuperación de la esencia del spaghetti wester es su sentido homenaje a quienes forman parte de las miserias y dificultades del rodaje, pero que no disfrutan, como afirma el personaje interpretado por Sancho Gracia, convertido en el doble Julián, de la gloria y fama que alcanzaron protagonistas como Clint Eastwood, héroes en la pantalla que además se revelaron como extraordinarios intérpretes y, en el caso del veloz pistolero, director de prestigio.  



Extras, figurantes, montadores, ayudantes de dirección, encargados de la logística... Mucho de eso transmite el poblado de Texas Hollywood, un monumento roído por el paso del tiempo y el ocaso de este tipo de producciones cuando dejaron de ser rentables. No cuesta pensar que un día determinado por allí pudieran haber pasado nombres como Wallach, Van Cleef o Raquel Welch, futuros astros en ciernes que se expusieron a las balas de ficción de aquellos rifles inacabables. 



Un recuerdo de los días de gloria, un relato entre lo fascinante, lo grotesco, lo oscuro y lo deslumbrante, como es el propio cine del cineasta vasco, una mezcla de tragicomedia oscura y gusto por lo grotesco. Lo curioso es que, pese a sus defectos, todas las pelis los tienen, consigue generar un cariño increíble por estos individuos de otra época, indios, dueñas de salones, jugadores de póker de fortuna y duelos falsos cara al Sol. Especialistas obsesionados por parecer realistas, aunque se dejen dientes, cuerpo y el alma en una caída que apenas serán tres segundos en el montaje final, sin poder ser reconocidos ni por sus familiares. 


Honestamente, creo que al falso feo le hubiera gustado mucho este film, especialmente cierto falso cameo final de un rubio compañero. En cierto modo, 800 balas invita a recordar que todo es un esfuerzo colectivo, que un tipo debe decidir que es divertido presentarse a un casting y que un señor llamado Sergio Leone decidiera que había encontrado al último miembro de su triunvirato. 



Curiosamente, volvió a coincidir caminos con uno de sus viejos socios, Clint Eastwood, quien volvió a recurrir a él para un film de una oscuridad y calidad extraordinaria, Mystic River. Ambos debieron compartir anécdotas de aquellos Julianes que encontraron en la otra punta del mundo, algunas de ellas ya recogidas en un libro colectivo muy ameno, ¡Clint, dispara!: La trilogía del dólar de Sergio Leone




Y es que hay géneros que nunca mueren. Una tarde calurosa de verano que no haya nada que hacer se antoja un aburrimiento fácilmente eludible. El DVD está allí esperando y Tuco, el Rubio y cierto malvado sargento se dispondrán, una vez más, a contarnos ese cuento que nos gusta tanto... 

domingo, 22 de junio de 2014

BAD AS I WANNA BE: BREAKING BAD, PRIMERA TEMPORADA


Hay momentos en los que todos lo pensamos. Las injusticias cotidianas en el trabajo, la cola del súper-mercado, la falta de educación del vecino del quinto... Cada cual tiene su válvula de escape que permite evitar cruzar aquella frontera que tenía el personaje de Michael Douglas en Un día de furia. Sin embargo, a veces el limes queda violado de una forma inesperada, hay una pequeña chispa que lleve a una persona concreta, un día determinado, a decir que ya... basta. 




Breaking Bad es la historia de uno de esos tipos. Afortunadamente, se trata de una ficción televisiva, una muy afortunada inversión de la caja tonta, la enésima demostración de que se trata de un medio rico para explotar parcelas inexploradas por la ficción, con horas y horas de desarrollo, su gran ventaja sobre el metraje de una película. Protagonizada por Bryan Cranston (el inefable padre de Malcolm y el mejor jefe que nunca tuvo Ted Mosby), las seis temporadas del show son ya objeto de culto para toda una generación de espectadores que ya están barajando resucitar una vieja blasfemia. 




Por ahí ya pasaron Los Simpson, Los Soprano, The Wire, etc. "La mejor serie nunca hecha", "Si no las has visto, ¿qué demonios has hecho con tu vida?". La calidad lleva al fanatismo, la calidad excepcional, lleva al fanatismo más absoluto. Pasando por alto la dificultad de comparar programas de épocas y géneros distintos, entramos en unas fronteras terriblemente subjetivas al tratar de terminar hasta qué punto es justo potenciar a una sobre otra. 

Esa devoción provoca un efecto colateral del que no tiene la culpa la obra. Puede pasar hoy en día con fenómenos de masas como Juego de Tronos o Walking Dead, cuyos aficionados (entre los que me incluyo) somos, a veces, unos pesados vendedores de puerta a puerta, pregoneros de biblias en temporadas y que terminan generando unas expectativas que no podrían cumplirse ni aunque la serie se hubiera hecho a medias entre Martin Scorsese y Alfred Hitchcock. Debería confesar que ese efecto se produjo en mí a la hora de ver Breaking Bad, la historia de Walter, un profesor de química de instituto, pluriempleado para mantener a su mujer embarazada (Anna Gunn) y su hijo, Walter Junior, un chico con problemas de discapacidad (RJ Mitte). 



Sin embargo, durante la estancia en cierta capital portuguesa (como se dice en los cómics, ver números anteriores), el tráfico de pendrives con capítulos de series, me permitió al fin darle una oportunidad a la tan cacareada obra maestra. Habiendo visto únicamente la primera temporada, desde el alejamiento de las faltas de expectativas, uno puede comprender mejor los muchos puntos fuertes y atractivos que atesora la creación de Vince Gilligan y sus asociados (Michelle MacLaren, George Mastras y un distinguido etcétera). 



La ruptura que propone este relato es un cruce de fronteras sin punto de retorno. Cuando a Walter le diagnostican cáncer, una enfermedad que, tristemente, quien más y quien menos conoce porque le haya tocado a sus seres queridos, le lleva a una lógica angustia, sumada de la perfecta consciencia de que su, probablemente, futurible muerte, va a dejar una viuda con dos hijos que alimentar, uno de ellos con problemas de salud también. Cualquiera que conozca minímamente el sistema de sanidad de los Estados Unidos puede imaginar por qué la calculadora va a sufrir en ese hogar. 
  


La búsqueda de una nueva fuente de ingresos para los suyos lleva al protagonista a pensar en las noticias que le da su cuñado, Hank (Dean Norris, quien ejerce el papel del marido de la hermana de la mujer de Walter, interpretada por Betsy Brandt), policía anti-droga y que constantemente cuenta la gran cantidad de dinero que incauta su brigada. Por una coincidencia, acompañado en una ocasión a Hank y a un colega suyo, el profesor descubre a un antiguo alumno (Aaron Paul), quien se dedica al oficio de camello a pequeña escala. 



Debido a su buen conocimiento de la química (de hecho, su carrera es bastante frustrante en ese aspecto, ya que de joven parecía la clase de científico que inventaría algo revolucionario o sería parte activa de algún laboratorio que optase al premio Nobel), Walter convence a su antiguo pupilo de que él podría ayudarle a fabricar una droga de calidad, pura y con menos gastos de producción. Tornado en una especie de Vatel de los cristales, el dueto extraño empieza a funcionar; aunque Walt se propone sacar la pasta suficiente para garantizar el futuro de los suyos y dejarlo, empiezan a relacionar con tipos realmente peligrosos y, tanto su vida como la de su socio, empieza a salpicar a todo su núcleo familiar y de amigos. 



Dotada de unos elementos tragicómicos muy singulares, alternando humor negro con verdaderos y eficaces dardos al sistema donde vivimos, Breaking Bad es la clase de serie en la que uno debería iniciarse por un feliz hallazgo casual, zapeando una aburrida tarde de domingo y diciendo, ey, esto parece interesante... vamos a darle una oportunidad. 




"Solo hace falta tener un mal día para que el hombre más cuerdo del mundo enloquezca. Solo un mal día"- A.Moore, La broma asesina.  

domingo, 15 de junio de 2014

X MEN: DÍAS DE PASADO Y FUTURO


El reciente estreno de la película X-Men: Días del futuro pasado trae aparejadas varias resonancias a una época muy especial del cómic norteamericano: la etapa de Chris Claremont y John Byrne al frente de la Patrulla X en la segunda mitad de los años setenta y comienzos de la siguiente década. Unos años dorados que aún son objeto de re-ediciones a varios idiomas y que provocaban una plácida sonrisa en viejos aficionados de todo el globo. Sin embargo, quizás no sea tan conocido el hecho de que la popularidad mutante en Marvel nunca pareció destinada a ser tal.  



Surgida de la fértil imaginación de Stan Lee y Jack Kirby en los comienzos de la Edad de Plata del cómic norteamericano, los hombres y mujeres X eran héroes atípicos, debido a su inadaptación como nuevo eslabón de la humanidad,obligados a aprender a usar sus precoces poderes en la academia de Charles Xavier, un benevolente, pero exigente maestro que quería evitar que sus pupilos acabasen tomando el camino que otros miembros de su especie estaban tomando con respecto a la raza humana. Pretender que sus coetáneos aplaudieran a aquellos misteriosos héroes era como aguardar que los neandertales hubieran dejado una alfombra roja al primer homo sapiens que asomase por su territorio. Esa condición de outsiders y protectores de un sistema que les quería destruir, les dio una novedad y frescura que, sin embargo, no se tradujo en ningún éxito de ventas. 



Constantes cambios de equipo creativo y el oscurecimiento ante otros personajes más populares de la editorial, llevaron a la colección, tras más de más de cincuenta números, a vivir marginada como una subtrama secundaria del rico universo de súper-héroes. Todo cambió cuando Chris Claremont, guionista británico, recibió carta libre para intentar reflotar al grupo, pudiendo hacer y deshacer a su antojo el grupo original. La primera de sus medidas fue muy lógica: internacionalizar la Academia. ¿Por qué demonios iban a concentrarse todos nacidos con el factor X en los Estados Unidos? URSS, Canadá, Irlanda, África... Aquello supuso un soplo de aire fresco al conjunto y permitió captar la atención del público (aunque el mérito inicial del proyecto fue de otro buen guionista, Len Wein.  



La combinación de alumnos de la primera etapa (Jean Grey, Scott Summers, Hank McCoy...) con los recién llegados (Tormenta, el alemán Rondador Nocturno, el soviético Coloso...) logró mantener al los leales lectores de la primera etapa y atraer a un nuevo espectro de audiencia. De igual forma, el azar acudió al auxilio del destino del patito feo de la editorial cuando se decidió no matar en la primera aventura a un bajito y malhumorado canadiense, conocido como Logan. El resto iba a ser leyenda, sobre todo cuando, tras la buena etapa a los lápices de Dave Cockrum, John Byrne aterrizaba de forma definitiva como dibujante regular de la serie. 


Hay innumerables ejemplos de parejas bien avenidas que trasladaron su química a las viñetas (Albert Uderzo y René Goscinny, Jeph Loeb y Tim Sale...); no obstante, es verdad que, a veces, una falta de feeling o afinidad no tiene por qué ser sinónimo de fracaso, sino todo lo contrario. Claremont y Byrne tuvieron innumerables enfrentamientos artísticos, no solamente entre ellos a la hora de desarrollar a sus personajes, también hubieron de vérselas con Jim Shooter, uno de los editores más rentables y polémicos de Marvel, un hombre con gran visión comercial, con experiencia como guionista, pero asimismo un carácter difícil y una fuerte tendencia a cortar alas creativas. 




Personalidades complicadas y una visión chocante con qué hacer con unos mutantes que se iban haciendo cada vez más fascinantes. Ororo, alias Tormenta, era un personaje femenino muy alejado de los clichés de la década anterior. Nacida fruto del mestizaje, niña en el Egipto de la guerra civil, adorada como una diosa en un paraíso perdido, se trataba de una mujer hecha con madera de líder y con una fácil y lógica proyección en el grupo afro-americano. De igual forma, Logan fue alcanzando una fama casi inexplicable en un tipo violento, arrebatos de ira e inexplicable carisma. El bueno de Lobezno anticipaba un nuevo modelo de héroe, tipos solitarios y de malas pulgas que poblarían las páginas súper-heroicas del nuevo milenio. En sí, la confección de Bryne y Claremont fue genial, el único problema del mutante de las garras ha sido su proliferación ad infinitum en demasiadas colecciones y una cola de imitadores sin su daimon, pero, en sí, se trató de uno de los innegables grandes aciertos de aquellas aventuras.  




Por utilizar terminología informática, el nuevo tándem (donde deberíamos incluir a Terry Austin, el entintador que mejor ha entendido la excelente capacidad narrativa de Byrne) supuso una actualización 7.0 de las buenas ideas originales de Lee y Kirby. Especialmente, se enriqueció el duelo de Xavier, mentor de la patrulla, con Magneto, su Némesis. Villano de opereta y casco a lo Darth Vader, Claremont dio en la tecla exacta cuando decidió explicar su fobia a la humanidad por su infancia en un campamento de concentración nazi. Esposo de Magda, una mujer de etnia gitana, también tuvo esa experiencia de su familia política para observar qué se le podía hacer a quienes eran diferentes. De un villano mega-poderoso, Magnus paso a tener un interés aparte, un discurso radical, pero cimentado en una base empírica de crueldad sufrida, una desconfianza razonable ante el prójimo y un sentido de protección de su casta. Su duelo con Xavier pasó a ser tan interesante en el campo de batalla como en el discurso ideológico que uno y otro presentaban. 



Un fantástico estado de forma que alcanzó dos puntos de inflexión sin precedentes en unas sagas memorables: Fénix Oscura y Días del futuro pasado. La primera se trata de la confirmación del nuevo papel de Jean Grey en la colección, de ser la única chica del grupo e interés amoroso de Cíclope y Ángel, la pelirroja telépata pasó a ser el carácter más explosivo, pasional y moralmente más interesante del grupo y las reflexiones que lleva aparejadas el poder. Sazonada con el Club Bildelber...perdón, quería decir el Club del Fuego Infernal... el único inconveniente de Fénix Oscura han sido los remakes e intentos de volver a la magia original, siempre sin resultado, aunque puedo ser un poco hard en este apartado. 


Días del futuro pasado es una pieza diferente, aunque igualmente interesante. Paradojas temporales que llevan a un futuro desolador donde el gobierno de los Estados Unidos, en una paranoia digna del senador McCarthy, da licencia a una poderosa industria para re-abrir el proyecto Centinelas, armas de destrucción masiva (en este caso, reales, no un bonito pretexto para yacimientos petrolíferos) que comienzan un programa de exterminio de mutantes sin ninguna clase de rubor. 



Ni siquiera la marcha de un talento como el de Byrne impidió que la colección siguiera dando auténticos regalos como una versión particular de Dante a través del viaje de Rondador Nocturno a una versión muy especial de los siete infiernos. Un cómic extraño, pero con momentos repletos de curiosidad y de confirmación de que aquellos hombres X habían pasado de ser unos semi-desconocidos a uno de los estandartes de su editorial. Personajes clásicos como el Doctor Doom se dejaron caer en uno de los baluartes de aquellos años 80 en la auto-proclamada Casa de las Ideas. 



De cualquier forma, es curioso cómo intentaron volver a repetirse algunos arcos, resucitar personajes, incorporar nuevos alumnos a las aulas de Xavier... pero ya no fue lo mismo. O, quizás, simplemente sean recuerdos de un viejo fan, todas las generaciones piensan que la música que escuchaban sus padres era de carrozas y la de sus hijos un montón de ruidos. Cada nueva hornada de personas enganchadas a este género X (y, por una vez, no estamos hablando de pornografía en el blog) tienen su particular versión de días pasados y futuros de esta increíble patrulla, la cual, hoy y siempre, permanece irreductible al invasor paso del tiempo. 



Disfruté de 130 minutos en buena compañía de amigos de otra muesca más de un revólver gastado, ya no son la patrulla que leía, aunque me siguen divirtiendo mucho estas idas de olla y regresos al futuro. Detrás nuestra, un puñado de chavales afirman: "Esto es la hostia..." y empiezan a intercambiar datos de los cómics que han leído y las referencias, algunas de las cuales a mí se me han escapado. Respiro tranquilo, hemos conseguido pasar la antorcha...