domingo, 15 de junio de 2014

X MEN: DÍAS DE PASADO Y FUTURO


El reciente estreno de la película X-Men: Días del futuro pasado trae aparejadas varias resonancias a una época muy especial del cómic norteamericano: la etapa de Chris Claremont y John Byrne al frente de la Patrulla X en la segunda mitad de los años setenta y comienzos de la siguiente década. Unos años dorados que aún son objeto de re-ediciones a varios idiomas y que provocaban una plácida sonrisa en viejos aficionados de todo el globo. Sin embargo, quizás no sea tan conocido el hecho de que la popularidad mutante en Marvel nunca pareció destinada a ser tal.  



Surgida de la fértil imaginación de Stan Lee y Jack Kirby en los comienzos de la Edad de Plata del cómic norteamericano, los hombres y mujeres X eran héroes atípicos, debido a su inadaptación como nuevo eslabón de la humanidad,obligados a aprender a usar sus precoces poderes en la academia de Charles Xavier, un benevolente, pero exigente maestro que quería evitar que sus pupilos acabasen tomando el camino que otros miembros de su especie estaban tomando con respecto a la raza humana. Pretender que sus coetáneos aplaudieran a aquellos misteriosos héroes era como aguardar que los neandertales hubieran dejado una alfombra roja al primer homo sapiens que asomase por su territorio. Esa condición de outsiders y protectores de un sistema que les quería destruir, les dio una novedad y frescura que, sin embargo, no se tradujo en ningún éxito de ventas. 



Constantes cambios de equipo creativo y el oscurecimiento ante otros personajes más populares de la editorial, llevaron a la colección, tras más de más de cincuenta números, a vivir marginada como una subtrama secundaria del rico universo de súper-héroes. Todo cambió cuando Chris Claremont, guionista británico, recibió carta libre para intentar reflotar al grupo, pudiendo hacer y deshacer a su antojo el grupo original. La primera de sus medidas fue muy lógica: internacionalizar la Academia. ¿Por qué demonios iban a concentrarse todos nacidos con el factor X en los Estados Unidos? URSS, Canadá, Irlanda, África... Aquello supuso un soplo de aire fresco al conjunto y permitió captar la atención del público (aunque el mérito inicial del proyecto fue de otro buen guionista, Len Wein.  



La combinación de alumnos de la primera etapa (Jean Grey, Scott Summers, Hank McCoy...) con los recién llegados (Tormenta, el alemán Rondador Nocturno, el soviético Coloso...) logró mantener al los leales lectores de la primera etapa y atraer a un nuevo espectro de audiencia. De igual forma, el azar acudió al auxilio del destino del patito feo de la editorial cuando se decidió no matar en la primera aventura a un bajito y malhumorado canadiense, conocido como Logan. El resto iba a ser leyenda, sobre todo cuando, tras la buena etapa a los lápices de Dave Cockrum, John Byrne aterrizaba de forma definitiva como dibujante regular de la serie. 


Hay innumerables ejemplos de parejas bien avenidas que trasladaron su química a las viñetas (Albert Uderzo y René Goscinny, Jeph Loeb y Tim Sale...); no obstante, es verdad que, a veces, una falta de feeling o afinidad no tiene por qué ser sinónimo de fracaso, sino todo lo contrario. Claremont y Byrne tuvieron innumerables enfrentamientos artísticos, no solamente entre ellos a la hora de desarrollar a sus personajes, también hubieron de vérselas con Jim Shooter, uno de los editores más rentables y polémicos de Marvel, un hombre con gran visión comercial, con experiencia como guionista, pero asimismo un carácter difícil y una fuerte tendencia a cortar alas creativas. 




Personalidades complicadas y una visión chocante con qué hacer con unos mutantes que se iban haciendo cada vez más fascinantes. Ororo, alias Tormenta, era un personaje femenino muy alejado de los clichés de la década anterior. Nacida fruto del mestizaje, niña en el Egipto de la guerra civil, adorada como una diosa en un paraíso perdido, se trataba de una mujer hecha con madera de líder y con una fácil y lógica proyección en el grupo afro-americano. De igual forma, Logan fue alcanzando una fama casi inexplicable en un tipo violento, arrebatos de ira e inexplicable carisma. El bueno de Lobezno anticipaba un nuevo modelo de héroe, tipos solitarios y de malas pulgas que poblarían las páginas súper-heroicas del nuevo milenio. En sí, la confección de Bryne y Claremont fue genial, el único problema del mutante de las garras ha sido su proliferación ad infinitum en demasiadas colecciones y una cola de imitadores sin su daimon, pero, en sí, se trató de uno de los innegables grandes aciertos de aquellas aventuras.  




Por utilizar terminología informática, el nuevo tándem (donde deberíamos incluir a Terry Austin, el entintador que mejor ha entendido la excelente capacidad narrativa de Byrne) supuso una actualización 7.0 de las buenas ideas originales de Lee y Kirby. Especialmente, se enriqueció el duelo de Xavier, mentor de la patrulla, con Magneto, su Némesis. Villano de opereta y casco a lo Darth Vader, Claremont dio en la tecla exacta cuando decidió explicar su fobia a la humanidad por su infancia en un campamento de concentración nazi. Esposo de Magda, una mujer de etnia gitana, también tuvo esa experiencia de su familia política para observar qué se le podía hacer a quienes eran diferentes. De un villano mega-poderoso, Magnus paso a tener un interés aparte, un discurso radical, pero cimentado en una base empírica de crueldad sufrida, una desconfianza razonable ante el prójimo y un sentido de protección de su casta. Su duelo con Xavier pasó a ser tan interesante en el campo de batalla como en el discurso ideológico que uno y otro presentaban. 



Un fantástico estado de forma que alcanzó dos puntos de inflexión sin precedentes en unas sagas memorables: Fénix Oscura y Días del futuro pasado. La primera se trata de la confirmación del nuevo papel de Jean Grey en la colección, de ser la única chica del grupo e interés amoroso de Cíclope y Ángel, la pelirroja telépata pasó a ser el carácter más explosivo, pasional y moralmente más interesante del grupo y las reflexiones que lleva aparejadas el poder. Sazonada con el Club Bildelber...perdón, quería decir el Club del Fuego Infernal... el único inconveniente de Fénix Oscura han sido los remakes e intentos de volver a la magia original, siempre sin resultado, aunque puedo ser un poco hard en este apartado. 


Días del futuro pasado es una pieza diferente, aunque igualmente interesante. Paradojas temporales que llevan a un futuro desolador donde el gobierno de los Estados Unidos, en una paranoia digna del senador McCarthy, da licencia a una poderosa industria para re-abrir el proyecto Centinelas, armas de destrucción masiva (en este caso, reales, no un bonito pretexto para yacimientos petrolíferos) que comienzan un programa de exterminio de mutantes sin ninguna clase de rubor. 



Ni siquiera la marcha de un talento como el de Byrne impidió que la colección siguiera dando auténticos regalos como una versión particular de Dante a través del viaje de Rondador Nocturno a una versión muy especial de los siete infiernos. Un cómic extraño, pero con momentos repletos de curiosidad y de confirmación de que aquellos hombres X habían pasado de ser unos semi-desconocidos a uno de los estandartes de su editorial. Personajes clásicos como el Doctor Doom se dejaron caer en uno de los baluartes de aquellos años 80 en la auto-proclamada Casa de las Ideas. 



De cualquier forma, es curioso cómo intentaron volver a repetirse algunos arcos, resucitar personajes, incorporar nuevos alumnos a las aulas de Xavier... pero ya no fue lo mismo. O, quizás, simplemente sean recuerdos de un viejo fan, todas las generaciones piensan que la música que escuchaban sus padres era de carrozas y la de sus hijos un montón de ruidos. Cada nueva hornada de personas enganchadas a este género X (y, por una vez, no estamos hablando de pornografía en el blog) tienen su particular versión de días pasados y futuros de esta increíble patrulla, la cual, hoy y siempre, permanece irreductible al invasor paso del tiempo. 



Disfruté de 130 minutos en buena compañía de amigos de otra muesca más de un revólver gastado, ya no son la patrulla que leía, aunque me siguen divirtiendo mucho estas idas de olla y regresos al futuro. Detrás nuestra, un puñado de chavales afirman: "Esto es la hostia..." y empiezan a intercambiar datos de los cómics que han leído y las referencias, algunas de las cuales a mí se me han escapado. Respiro tranquilo, hemos conseguido pasar la antorcha... 

domingo, 8 de junio de 2014

LECTURAS SOBERANAS


Aunque ha sido un poco difícil de seguir por la poca atención mediática recibida, muchas de las avezadas personas que hagan caer su mirada sobre el blog este domingo, quizás sepan que se ha producido esta semana una abdicación histórica, la de don Juan Carlos de Borbón. Si bien parece imposible añadir algo más a la avalancha de opiniones que se han vertido en redes sociales, periódicos y medios informativos, la ocasión parece propicia para hacer un breve y modesto repaso de una de las instituciones clave para comprender el devenir en el tiempo de muchas sociedades a lo largo de las centurias y nuestra actualidad: la Monarquía a través de algunos libros y diferentes enfoques. Un concepto que no deja indiferente a nadie, generando adhesiones y urticarias a partes iguales, también en el mundo de las letras. 



Fue un célebre historiador, Marc Bloch, quien brindó un estudio clásico, Los reyes taumaturgos, una excelente reflexión sobre la creencia generalizada en la Edad Media europea de que los soberanos, ungidos por la gracia divina, tenían la capacidad de curar determinadas enfermedades y males. Perfecto reflejo del carácter sobrenatural con el que la Corona se imbuyó, aunque la cosa venía de antiguo: la vinculación de la dinastía aqueménida con Ahura Mazda cimentó buena parte de la autoridad del Gran Rey en el vasto Imperio Persa.       



Era la creencia, por supuesto, la realidad y los mentideros chismosos de Clío mostraron biografías del estamento mucho menos sacralizadas, pero mucho más interesantes y humanas en sus flaquezas. Suetonio, con su vida de Los doce Césares, analizó cómo los primeros linajes de emperadores eran personalidades arrastradas por sus pasiones, los cuales alternaban auténticos genios políticos y militares con monstruos y depravados; en ocasiones, incluso una mezcla de todo en una misma persona. 




Siglos después, en la Roma de Oriente, es decir, Bizancio, otro cronista excepcional, Procopio de Cesarea, alternaba las loas imperiales de rigor con escritos secretos que él mismo temía publicar de la Corte bizantina. Fascinantes marcos que, a medida que iban evolucionando los tiempos, llevaban a preguntar quién podía confiar en los relatos hagiográficos de antaño, aquellos Agamenones y tronos unificadores de reinos. Maurice Druon atacó a la yugular muchos de los secretos de los descendientes de Felipe IV el Hermoso (no confundir con el tampoco feo consorte de Juana la Loca), maldecidos por el último Gran Maestre de la Orden Templaria (esa simpática institución que, a juzgar por la producción literaria de los últimos años, le cayeron todos los secretos de la Humanidad, desde los mensajes ocultos de Leonardo da Vinci a poner a prueba al bueno de Tom Hanks). 


Hablábamos antes de Corte y, ese universo poderoso y efímero no ha permanecido ajeno a las plumas más afiladas, especialmente en España. Duendes de palacio y servilletas deslizadas con disimulo por Quevedo, aunque no es cuestión aquí de aburrir con la mucha bibliografía que ha generado el tema (de todas formas, si algún interesado se deja caer por los trabajos del equipo de José Martínez Millán para la Edad Moderna, no saldrá defraudado). Especialmente, a medida que los estados avanzaban y se exigía una mayor preparación para controlar inmensos territorios, las dinastías regias confiaron en las Manos del R... perdón, quería decir el valido, la sombra en el poder. 



Estigmatizados por la tradición como secuestradores de la voluntad del monarca de turno a quien tenía engañado el Iznogud de turno (el pueblo, a veces, tiene una capacidad increíble de perdonar a quien está en la cúspide y cargar las tintas con algún Esquilache), investigadores agudos como John Elliott nos han brindado a personas preparadas, inteligentes y que tomaron medidas muy acordes con el tiempo que les tocó vivir, con errores y aciertos a partes iguales. Rescató, incluso, una frase del cardenal Richelieu, quien no solamente disfrutaba haciéndoselas pasar canutas a cuatro mosqueteros que no sabían contar, sino que acuñó una sentencia que hubiera firmado cualquier colega suya de profesión o cronista rosa de la actualidad de alto copete: "Soy un cero que a la derecha de alguien tiene algún valor, pero si no tiene algo antes que él, no es nada" .




Una fascinación que parece trasladarse y seguir hasta nuestros días. Baste pensar en la cantidad de monografías que surgen de príncipes, princesas, etc. Podemos imaginar que la abdicación del monarca multiplicará aún más ese interés. No obstante, hemos de analizar las muy particulares características que ha tenido el sistema en España, desde los manifiestos persas, pasando por un cambio decisivo de dinastías tras la llamada Guerra de la Sucesión, la proclamación de dos Repúblicas, sublevaciones carlistas, una guerra civil, una dictadura... y la situación en la que hoy nos encontramos.  



 No parece casualidad que hallamos asistido al ocaso de dos actores principales de aquello que se dio por llamar "La Transición": Adolfo Suárez (desgraciadamente, en este caso, no una abdicación, sino por su reciente fallecimiento y la enfermedad que le asolaba) y el propio rey. De cualquier modo, el tono laudatorio de los últimos días parece haber olvidado que el primer presidente del nuevo régimen español y el jefe de estado tuvieron una relación de vaivenes y más complicada que el idílico cuento de hagas, en ocasiones, parece querer hacernos creer. 


Años decisivos y que marcaron, en efecto, un tránsito. Un proceso del que siempre se ha elogiado (con justicia) que consiguiera hacerse con una aceptable paz social; si bien también se han censurado (con justicia) los muchos puntos negros que, esperemos, algún día tendrán su análisis y trabajos. Más allá de la gamberrada de Jordi Evolé (presentador de talento y artista ingenioso, aunque, si permiten la apreciación personal, su "Operación Palace" no dejó de ser un remedo algo pastiche de Orson Welles y con menos provocación de la que se aparentaba más allá del fuego artificial, menos a la altura que otros programas de este mismo presentador), ha habido ya algún nuevo acercamiento a una conjura de Catalina a la hispana, el tristemente célebre 23F, un episodio del que aún nos faltan escenas fundamentales. Como fuere, un punto de inflexión que consolidó el avance democrático, así como la institución monárquica, mucho más valorada que antaño, la cual hizo acuñar la famosa expresión: "España no es monárquica, es juancarlista". 




El paso de los años ha ido erosionando una imagen, como por otra parte ocurre a cualquiera que se va perpetuando en el poder (mítica frase de Lord Acton) marcándose un punto de inflexión generacional muy claro entre los coetáneos de aquellos acontecimientos y las nuevas generaciones que no tienen esa deuda emocional. Sería tan absurdo negar el papel de la institución en esos momentos decisivos como no permitir la crítica, el cuestionamiento de algunos axiomas y el derecho de ver si un sistema que ha funcionado, ha dejado de ser útil, quizás porque la propia sociedad ha cambiado.  




No son tan sorprendentes las elogiosas tiradas de prensa especiales de la tarde como los problemas que tienen revistas humorísticas como esa revista que sale los miércoles (curiosamente, uno de los pocos lugares donde parecía poder hablarse sin tapujos de los problemas de yernos, infantas y ciertos escándalos que nos hacen sospechar, como el inefable Luis Escobar en sus memorias, que, aunque fueran unos cabrones, Berlanga y Azcona sabían perfectamente por qué retrataban a los Leguineche como lo hicieron). Escribía Antonio Gala que España tenía ciertas tendencias al dramatismo, a tomarse muy en serio a sí misma... 




Sería saludable que dentro de unos años tuviéramos uno o varios libros que explicasen cómo el país tuvo un referéndum para decidir si se seguía o no con dicha institución. Es lo lógico y no le voy a descubrir ningún plumero a los agudos lectores que se dejan caer por este blog si, el que les suscribe, no va a apodar a Felipe VI el Deseado, teniendo en cuenta los precedentes, no obstante, si es por elección, la biografía de su posible jefatura de estado comenzaría de mucha mejor forma que alguna de esas testas coronadas que hemos citado. De igual forma, si le saliera un no al príncipe azul, habría tenido una derrota honorable y digna de agradecer; dejando por otra parte, a su oposición, una tarea nada fácil de hacer y fascinante, tratar de crear algo nuevo desde el orden... 







domingo, 1 de junio de 2014

CUESTIÓN DE CARÁCTER: EL BUSCA-VIDAS (1961)


La vida es una competición donde muchos se empeñan en no ver términos medios. Ganador o perdedor. Triunfador o fracasado. Éxito o fracaso. Incluso, se toma prestada la cita de una serie fantástica para recordar que, cuando se juega al juego de tronos, o se vence o se muere. No obstante, de vez en cuando algunas cosas nos recuerdan que hay muchos colores grisáceos en el monopolio del blanco y negro. Curiosamente, Robert Rossen decidió rodar en ese tono un film muy especial, The Hustler (1961), aunque el color ya se estaba imponiendo. Una apuesta arriesgada, aunque exitosa, se llevaron el Oscar a mejor fotografía.



El trabajo que hoy nos ocupa, más conocido en España como El busca-vidas, es una de esas películas que alcanzan la categoría de clásico. En verdad, tiene todos los ingredientes. Supuso un paso adelante en la carrera de Paul Newman, quien empezaba a estar cansado de su etiqueta clon de Marlon Brando o James Dean, justo a tiempo para coger un papel difícil que no le encasillase. Eddie Felson, apodado en la mesas billar de Estados Unidos como "relámpago", fue una bendición para una carrera que se tornaría legendaria.




Probablemente, nada sea más agradecido para un buen actor que un perdedor o, mejor dicho, alguien que pone en tela de juicio el feliz mito de la tierra de las oportunidades, esa obligación de ser felices que llevaba a Tony Soprano a afirmar que los norteamericanos eran unos niños mimados y a Arthur Miller a escribir ese réquiem de la feliz clase media que es Muerte de un viajante. El personaje de Newman encarna a un pícaro jugador de fortuna, experto en desplumar a incautos que se crean mejores que él, aunque algo en su carácter hace que su talento con un taco de billar sea una mera forma de malvivir y derrochar arrogancia.  


De cualquier modo, si alguna persona peregrina aún tiene la fortuna de nunca haberla visto y duda visionarla por no saber nada de una mesa de billar, debería ser conveniente recordarle que el film de Rossen, basado en la novela original de Walter Tevis (escritor de talento y biografía también repleta de luces y sombras), habla de mucho más que este deporte. De hecho, las bolas 8 al rincón son una excusa para sortear muchas trabas morales y censoras, convirtiendo a los tacos de billar en el atrezo idóneo para explorar cosas que pocas veces se habían insinuado con anterioridad en Hollywood. 



Entre otras, una historia de amor al desuso, la mantenida por Eddie con una escritora frustrada, encarnada por Piper Laurie. Pelirroja cuya fama había surgido en el mundo a través del género de sand and boops, al igual que Newman, era un actriz joven deseosa de encontrar algo que la pudiera alejar de los clichés. Los egoísmos, inseguridades, inestabilidades y miedos solitarios que ambos poseen, cimentados bajo una botella de whisky (no estamos tan alejados de Días de vino y rosas), alumbrados por una pareja con mucha química y que narran el desamor sin pasión, la pasión sin amor y las frustraciones de dos desconocidos compartiendo habitación y sábanas. 




Una historia de chico conoce a chica atípica, original y veraz, la cual ya justificaría la entrada, pero que además es apenas la antesala de una re-versión del mito de Fausto, conforme Eddie intenta descubrir lo que le falta para ser un triunfador en su arte, justo cuando se compara con "El Gordo" de Minnesota, un legendario jugador que, probablemente teniendo menos talento que él, es capaz de mantener la compostura en el peor antro de billares o en jugadas bajo presión. Para sorpresa de muchos, el escogido para encarnar a la Némesis del antihéroe, fue Jackie Gleason. 

Gleason, célebre estrella de la televisión norteamericana, apenas aparece 20 minutos durante el metraje, aunque su presencia inunda todo el drama. Su carisma, excelente presentación y la humanidad de la que le reviste su portador, quien además era un extraordinario jugador de billar en la vida real, hacen que aún hoy en día sea considerado por mucho uno de los mejores personajes secundarios del séptimo arte. Buscando derrocar al soberano, Eddie se decidirá a embarcarse en el negocio al máximo con el "entrenador" de su adversario, Bert. 




George S.Scott, extraño y heterodoxo intérprete, pero con un carisma innegable, ejemplifica al mentor que necesita Felson para superar su provincianismo en la gran ciudad y sus complejos para ganar, pero el precio se irá revelando terrible. El extraño triunvirato que el omnipresente representante empieza a inundar con su presencia, se embarca en un viaje donde la victoria tendrá precios terribles. Los sobre-entendidos y las pintadas en los espejos, las miradas y los gestos, sirven para superar lo que la moral de la época no permitía decir, aunque se intuye extraordinariamente... 




Bert encarna a la perfección a una persona que necesita tener a un campeón cara al exterior, pero un perdedor para convivir con él. Una disyuntiva que ha llevado a muchos a seguir pensado que El busca-vidas, antes que un film sobre los peligros de la competición o una trágica historia de amor es, ante todo, una película noire. 



Como fuere, sus extraños embrujos siguen hechizando a generaciones de espectadores...  Eso y un prodigioso elenco de secundarios escudando a un triunvirato dorado de protagonistas; permanezcan atentos a la pantalla, algún toro salvaje podría aparecer... 

domingo, 25 de mayo de 2014

EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR CAYO


El ritual de las elecciones suele traerme recuerdos de la famosa novela de Miguel Delibes, El disputado voto del señor Cayo, adaptada al formato cinematográfico en 1986 con un buen reparto, encabezado por el tristemente desaparecido Paco Rabal. Casualidad o no, coinciden estas elecciones europeas con el festival de Cannes, donde, hace varias décadas, otra película inspirada en un trabajo de Delibes (Los Santos inocentes), lograba una mención especial del jurado, hazaña que este año no ha sido posible al no colarse ningún film español en el prestigioso evento. Algunos maliciosos hablan de ostracismo y perfidias de Albión por la ausencia, otros, más autocríticos, piensan que habrán de ponerse las pilas los cineastas nacionales. 



Hoy, aunque en teoría tocaría hablar de algo relacionado con el séptimo arte, no vamos a hacer una reseña de El disputado voto del señor Cayo, aunque nuestro título no es engañoso. La obra es una curiosa metáfora que contrapone dos mundos: el de un joven diputado que se topa con un anciano natural de la sierra burgalesa. Ambos personajes inician una curiosa relación que se irá traduciendo en un respeto mutuo y una enseñanza que contrapone el encorsetado mundo que se había dibujado el hombre de la carrera pública. 




Un relato plagado de beatus ille y con cierta idealización del mundo rural frente al sofisticado urbanismo y su a veces ridículamente frenético estilo de vida, pero un testimonio literario plagado de encanto. No obstante, hoy en día, a 25 de mayo de 2014, esta metáfora de Delibes parece más bien ciencia ficción. El alejamiento de la personalidad política de la ciudadanía parece una constante que, cada X tiempo, sufre un acercamiento con el ritual de introducir una papeleta en el colegio electoral. Las listas cerradas y el contexto de la crisis han provocado que exista un sentimiento generalizado de que no hay una verdadera representación del sentir colectivo en ayuntamientos y cargos públicos. 


Teniendo tan reciente la movida madrileña vivida ayer en Lisboa, uno no puede dejar de pensar que a la gente nos resulta mucho fácil identificarnos con la cultura de esfuerzo del Simeone y los suyos o la fe incombustible de jugadores como Sergio Ramos, creyendo en el empate hasta el último suspiro. ¿Pan y circo? Indudablemente, pero un bocado agradable y con el que es casi imposible no empatizar, mucho más que con los palcos plagados de directivos que poblaron ayer el hermoso estadio da Luz, junto con antiguas especulaciones del ladrillo, autoridades varias y que conmueven mucho menos que la persona merengue o el colchonero que hiciera ajustes del ábaco de su economía para poder permitirse disfrutar de la capital portuguesa y el partido (a todo esto, comportamiento muy bueno de ambas aficiones). 



Y es que en ese teatro bajo césped que dura 90 minutos (a veces, más con prórroga), parecen factibles los pequeños milagros, esa cota de suerte que puede permitir el ascenso social de héroe a villano en cinco segundos. En cambio, volviendo a usar al séptimo arte, Mr.Smith goes to Washington del genial Frank Capara, nos parece trasladar a una quimera tan utópica como imposible. Si recuerdan, este film de 1939 narra el viaje a la capital de un joven e idealista senador, quien, a pesar de topar con oscuros intereses de otros miembros de la Cámara y magnates industriales, permanece firme en defensa de sus ideales. Muchos habrán votado ya, pero apostaría un buen café a que muy pocos han visto en sus candidatos a alguien capaz de representar esa ilusión, por más que les parezcan personas competentes en su cargo.  



La falta de verdadera fe (sin querer darle una connotación religiosa a las urnas, que eso únicamente le funcionó bien a Julio César como pontifex maximus, el resto de intentos han salido muy mal) no deja de ser la traducción de un sistema agrietado. Constando que cada vez que hay elecciones encadenadas en un país que venía de una de las dictaduras más longevas de comienzos del siglo XX, habría que hacer una fiesta, los cimientos que se colocaron en el fenómeno que fue "La Transición" (del que probablemente no sepamos ni la mitad de lo que se movió entre bambalinas en aquellos años fundamentales) parecen tener fecha de caducidad. No se trata tanto de negar su validez como el simple hecho de que los cambios de coyunturas hacen que viejas soluciones no sean del todo efectivas y se precisen remodelaciones y mecanismos que ayuden a rejuvenecer y agilizar lo que está tornándose atávico. 



No parece tanto una cuestión nacional como una generalización en un Viejo Continente que últimamente hace honor a su sobrenombre. Un observación atenta a las zonas más afectadas por la macro-deuda, nos muestra la proliferación del crecimiento en popularidad de partidos extremistas, los cuales no dejan de ser anacronismos en los sitios que menos los merecerían (sin querer aburrir, que una de las cunas de la cultura europea como Grecia haya visto el auge de un partido como Amanecer Dorado es una oscura ironía, por no hablar del retroceso impropio e inexplicable que se vivió en algunos sectores de un país de la historia de Francia por cuestiones que deberían estar tan superadas como las reformas en materia de leyes matrimoniales, por no hablar de la realidad más al este, la cuestión ucraniana, el peligroso giro de acontecimientos en Rusia, etc.).



No serían mejores nuestras percepciones si el vuelo de pájaro traspasase el océano. ¿Cuánto cuesta una carrera presidencial estándar en los Estados Unidos? ¿Quiénes pueden permitírsela? ¿Por qué los rostros de la efigie presidencial se modifican tanto y los equipos de asesores tan poco? ¿Qué puede llevar a una zona como Corea a encontrarse en una situación como la actual? Como anónimo votante uno no puede evitar dejar de sentirse como el protagonista de aquella famosa estrofa de canción: Algo se está moviendo y usted no sabe lo que pasa, ¿verdad, Mr.Jones?



Tal vez, únicamente tal vez, a uno le gustaría que algún día uno de estos bienaventurados pastores (digo, apreciados y queridos líderes) tuviera la necesidad de un simple voto, como el del bueno del señor Cayo, viéndose obligado a pagar el peaje de conocer de verdad a ese simpático tipo/a que, cada X tiempo, es llamado a depositar un sobre (cuánta guerra han dado los sobre últimamente) en una urna de cristal. Quizás, incluso, podrían aprender algo...

domingo, 11 de mayo de 2014

DURANTE EL REGRESO... (ÚLTIMA ENTRADA LISBOETA)


Salvo por el pequeño inconveniente de ser un personaje de ficción, Bilbo Bolsón sería una excelente elección como compañero de viaje. El bueno de Bilbo posee muchas de las características indispensables para tener un buen camino, curioso y repleto de aventuras. Básicamente, abandera una extraña paradoja que, sin embargo, puede ser muy real: disfrutar por partida doble el hecho de estar en casa e iniciativa para enrolarse en la primera ocasión exterior que le merezca la pena. 



Costaría poco imaginar al simpático hobbit disfrutando plácidamente de un domingo cualquiera, como hoy, con una buena cerveza en su pequeña y acogedora comarca, quizás leyendo un buen libro, mientras se deja preparada una buena pipa para el atardecer. Si bien, esa placidez no le impediría tomar en muy buena consideración alguna ruta remota que le mereciera la pena, con gentes nuevas y descubriendo costumbres que le son ajenas. Tal vez, incluso, lo que más le atraiga de la oferta es que a su vuelta tendrá una buena historia que contar a sus vecinos. Recorrido y regreso se suelen dar la mano en este tipo de casos. 



Esta última semana me ha sido complicado no establecer algún paralelismo (salvando las distancias de la Tierra Media) con esta sensación. Empaquetar las cosas desde la cidade de Lisboa y volver a Córdoba La Llana supone el final de una estancia tan agradable en lo académico como interesante en todos los aspectos que conlleva estar fuera, como alguna pequeña cosilla se ha podido desgranar en este blog dominical previamente. Mucho ha quedado sin contar: cómo funciona el mercado negro en las residencias universitarias en el tráfico de series como Breaking Bad o Juego de Tronos, la escasez de bacalao y arroz en la excelente gastronomía lusa y cuál es el sistema para encontrar las mejores tiendas de cómics en cualquier lugar del Mare Nostrum en que uno se encuentre. 


Igual de encanto posee un recorrido por las laberínticas calles de la judería cordobesa que la Rua dos sapateiros, oficio, a fin de cuentas, muy propio de cristâos novos, próxima a espectaculares plazas, el principal teatro de la capital y un local que parece un clon del sopraniano Bada Bing. Habrá predominio de spanglish turístico en las proximidades de la Mezquita, mientras que la praça de Pedro IV lo alternará con presencia brasilera y angoleña (con diferencia, la gente que más y mejor he visto disfrutar de la fiesta que puede ser ver un Madrid-Barça).  



Los portugueses tienen una palabra muy aguda para lo que estamos hablando: saudade. Añoranza, nostalgia, echar algo en falta... Va un poco con su propio estilo para algunas cosas (por ejemplo, ¿habrá algo más proclive a la melancolía musicalmente hablando que los fados?), pero la expresión no deja de esconder una cosa que, a fin de cuentas, es tan lógica como sana: a veces, hay que echar las cosas de menos. Eso es señal de que allí no estabas precisamente mal y que dabas por sentado cosas que te gustaban mucho, sin ser consciente del todo.  



Mejor señal será aún si la alegría de volver te deja también alguna sensación de "No he exprimido del todo tal cosa..." o "Cuando vuelva por aquí se me ha quedado por ver...". Puede sonar extraño, pero tener repartidas por varios rincones unas pocas nostalgias es un síntoma muy positivo de la pequeña odisea personal de cada cual. Además, no podemos obviar que, tótem de la crisis al margen, vivimos en una época que ha mejorado en sobremanera algunas facetas que antes eran mucho más dramáticas. 



A pesar de que las redes sociales tienen muchas desventajas (por ejemplo, hay pesados que taladran a sus conocidos con crónicas de sus viajes en un blog), han cambiado muchísimo la posibilidad de estar en contacto a unos niveles globales increíbles. Antes, irse a trabajar a otra ciudad de España producía un distanciamiento muy considerable de amigos y familia. Hoy en día, programas como Skype o aplicaciones del móvil te hacen estar contacto en el día a día con la gente que te importa a cualquier distancia. Podríamos hablar incluso de cercana lejanía, por robar una una expresión que siempre me ha gustado mucho. 



En este sentido, sería muy injusto terminar este recorrido sin agradecer a todas las personas que escribían, llamaban, le daban al me gusta en facebook o usaban el WhatsApp para comentar: "Que sigan las entradas lisboetas...", "Nos leemos el domingo en Amarcord", "¿Cómo va todo, Marquitos?""Se te ve disfrutando, habrá que hacer algo a la vuelta."... Verdaderas pildoritas azules para el ánimo, justo cuando más hacían falta, con el sentido providencial del séptimo de caballería. A todos ellos y ellas, muito obrigado. 



A nivel de aceptación en el centro receptor y anfitriones, creo que me va a costar mucho en futuras estancias encontrar mejor recibimiento; no porque dude de la buena voluntad de otros sitios, pero es muy difícil imaginar que a uno lo traten mejor de lo que uno ha estado a caballo entre Évora y Lisboa. Se iría uno tranquilo, si le prometieran la mitad de lo aquí obtenido. También se dejan gentes muy interesantes de todos los rincones (Perú, Venezuela, Brasil...) que le hacen a uno expandir un poco esos horizontes que a veces se encierran tanto. 


Como decíamos ayer, luce un Sol muy agradable por cierta ciudad califal, que dice algún querido amigo, si ustedes me permiten, es hora de dejar de aporrear el teclado, me han dejado reservado un buen libro, tertulia y pipa en algún lugar de La Comarca. Qué bueno haberse ido. Qué bien estar de vuelta. Hasta la próxima, que espero poder contar de mejor manera... 



Até já. 




sábado, 26 de abril de 2014

UNA CIUDAD DE LABERINTOS: ÉVORA (PENÚLTIMA ENTRADA LUSA)


Nuestro pequeño repaso no hubiera estado completo sin dedicar una entrada específica a Évora, capital de distrito en la región del Alentejo, muy próxima a Lisboa (de hecho, tiene una conexión directa ferroviaria y un considerable trasiego de autobuses). Cidade de fuerte impronta medieval, el entramado urbano eborense se articular alrededor de un rosario de callejuelas, esas que llevaban al historiador Ricardo Escobar Quevedo a evocar la zona de la antigua judiaria en época Moderna.   



Ese regusto al pasado es omnipresente y bien notorio en lugares que pueden tener tanta significación como el palacio que albergó al Tribunal Inquisitorial, situado a poquísima distancia de la hermosa catedral. A unos pocos pasos, el templo  de Diana, una de las grandes improntas de la presencia romana en su suelo (con algún curioso homenaje como la praça Sertorio, uno de los más injustamente olvidados genios tácticos de la República Romana Tardía). 



Podrían ser los elementos típicos que destacaríamos en cualquier pequeña reseña turística de este enclave portugués. No obstante, deberíamos añadir que lo mejor para andar por aquí es perderse, a ser posible al comienzo de la muralla. Tal cual. El callejeo caprichoso y descuidado va invitando a explorar rincones menos típicos de la plaza principal. 



Un caprichoso deambular que puede acabar con el peregrino entrando en sitios como la Capela dos ossos. A pesar de sus resonancias al clan del Oso Cavernario, este reducto capuchino tiene poco que ver con Ursus y su especie, pues en realidad hace referencia a un material de construcción poco común: huesos. Quizá hayan visto algo similar en catacumbas romanas y monasterios de esta misma orden. Una reflexión interesante (aunque bastante siniestra en su puesta en escena, todo hay que decirlo) del tempus fugit y lo precario de las conquistas humanas. Sin saber muy bien si gusta o asusta, una visita recomendable por lo singular. 



Igualmente proclives a ser encontradas en cada esquina, pero con bastante menos apariencia de haber sido sacados de En el nombre de la rosa que el anterior enclave, hay también bastantes ganchos gastronómicos de la cocina local. Especialmente recomendables será algunos antiguos patios nobiliarios, rea-condicionados con fines de restaurantes (al final, llevaban razón Berlanga y Azcona con aquello de end of the saga). Un gusto para el paladar y una vista muy recomendable.     



De cualquiera manera, uno de los rasgos distintivos de Évora es su universidad, la cual es una de las mejores fuentes de trasiego y vitalidad del lugar. Un centro con una fuerte presencia de estudiantes ERASMUS, incluso con una pequeña y graciosa tienda de recuerdos (ay, si en Córdoba se aprovechará la mitad de la mitad de lo que tiene en este sentido), presidido por un hermoso jardín y fuentes. Si el día acompaña, la facultad luce con mucho estilo para el viajero. 



Una vida académica muy activa y que está ejemplificada en el CIDEHUS (Centro Interdisciplinar de História, Culturas e Sociedades da Universidade de Évora), sede de algunos de los grupos de investigación más notorios de historia social, arqueología, etc.  Reconocible por su característico logo, su edificio e interesante biblioteca se haya justo en frente de la catedral. 



De justicia dedicar en las postrimeras jornadas de la estancia, también dedicar su espacio y lugar a una ciudad de acento medieval única e inconfundible. Es muy fácil perderse en ella, aunque idénticamente es sencillo encontrar el punto de retorno, pues cada laberinto comunica con el anterior en una pequeña joya. Ya queda menos para el retorno, habrá que ir despidiéndose... 



Un epílogo que, esperemos, podamos dar en nuestra próxima entrada. 

viernes, 18 de abril de 2014

UN MAGO MUY REAL


Escribir bien es muy difícil. Simplemente, redactar con corrección, ceñirse y aplicar de forma adecuada  las normas que exige la hoja en blanco es una tarea muy considerable. Imaginen tener que pasar la siguiente frontera. Es decir, lograr crear, diseñar nuevos mundos y generar nuevas reglas en el esquivo campo de la literatura. Son muy escasas las personas elegidas para lograr pasar esa prueba de fuego. Menos aún, para hacerlo con nota. Gabriel García Márquez es uno de ellos. 



La reciente desaparición del fundador de Macondo es un jarro de agua fría para todos los amantes del boom de América Latina, uno de esos fenómenos que ocurren sin que sepamos muy por qué. Una generación privilegiada de artistas que tuvo en el autor colombiano a uno de sus primeras espadas. En una cosecha espléndida, Gabo fue un gran reserva, un caso aparte y el creador de un género que se consideraba imposible. Antes existía el realismo y la fantasía. Las novelas d.G.M. (después de Gabriel García Márquez) tendrían "el realismo mágico". 




Un giro de tuerca que halló su máximo exponente en Cien años de soledad, una obra que pertenece a ese club privado de "libros de libros" (como El Quijote, El perfume o La Ilíada, entre otros, esas creaciones que siguen teniendo tantas perspectivas como lectores las abordan). Siempre intentada de emular (incluso por su propio autor), nunca superada, las desventuras de los Aurelianos Buendías, quienes, hoy y siempre, permanecen irreductibles ante el invasor paso del tiempo. 



"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Pocas veces un primer párrafo ha atraído tanto la atención de público y crítica. En esta ocasión, el anzuelo fueron promesas y expectativas que se confirmaron en cientos de páginas imaginativas, terrenales, con casas de espíritus y plantaciones bananeras, manuscritos prohibidos y deicidios. "Gabito, solamente nos faltaría que la novela no sea buena", le dijo su esposa y compañera infatigable cuando se endeudaron para mandar un manuscrito que iba a dar mucho que hablar. 



No fue el único. El amor en tiempos del cólera (que se lo digan a Ted Mosby), El coronel no tiene quien le escriba o Crónica de una muerte anunciada son algunas de las piezas que siempre irán asociadas al muchacho costeño criado con sus abuelos y fruto de una relación amorosa digna de una novela del siglo XIX. Precisamente su abuelo, fallecido cuando él era muy pequeño, le contaba historias de las guerras de un país extraño y maravilloso, de un continente tan irreal como humano. El escritor le dedicó uno de los elogios más bonitos que se pueden brindar a un familiar cuando se nos va: "Desde entonces no me ha pasado nada interesante". Muchos amantes de las letras tememos que vamos a tardar en que alguien vuelva a interesarnos tanto como el maestro de ceremonias de los funerales de la Mamá Grande. 




Aunque su fama es mundial, España puede presumir de tener una conexión muy fuerte con uno de los grandes genios que dejó el siglo XX en las letras. Barcelona vivió lo que Plinio Apuleyo Mendoza (quien dedicó una preciosa biografía a la amistad que mantuvo con nuestro homenajeado) definió como el mejor metal forjado en la más eficaz de las forjas. La Ciudad Condal tuvo el privilegio de vivir la amistad del virrey de la narrativa peruana, Mario Vargas Llosa y el colombiano. Genios que se agudizaban mutuamente, su trágica ruptura encierra muchos misterios que ninguno de ellos quiso nunca revelar. Para el recuerdo quedarán sus diálogos endemoniados (la inteligencia atrae, el daimon que además es rápida y graciosa, seduce de una forma inimaginable) y esa novela a medias que jamás veremos. 



"He dejado de escribir". Una afirmación que nos hizo temer lo peor hace unos años. Maradona deberá seguir dando toques a una pelota en villa Fiorito, los Rolling Stones desaparecer en las brumas demoníacas de un escenarios... ¿Gabo sin escribir? Imposible. Impensable. El hacedor de una de las más emocionantes crónicas heroicas y sin panegíricos (Relato de un naufrago, un trabajo periodístico maravilloso y que narra una historia maravillosa) no podía dejarnos huérfanos de la agradable novedad que era ver al genio que siguió a la poeta chilena Gabriela Mistral en el panteón latino de los premios Nobel de literatura sacar algo nuevo. 



París también lo echará de menos. Años locos y de bebés colombianos que tenían cunas improvisadas en cajas diseñadas para albergar manzanas. Hoteles que no entendían de crisis y permitían a sus huéspedes retrasos en el abono de los emolumentos. Matrimonios con esfinges y cocodrilos sagrados, cafés y pensiones conviviendo con casas de mala nota (el sueño de todo escritor)... Una vida entre un millón. Allí donde Gabo se encontró con Hemingway, una calle parisina de emigrantes: "Maeeeeeestro...", le gritó. El norteamericano, al girarse en una calle atestada y ver a aquel simpático admirador de bigotes notorios, le dedicó una gentil sonrisa: "Adiós, amigo". Poco tiempo después, el segundo se suicidaría en México. 



La misma tierra que le ha visto despedirse a él con 87 años. No ha sido una vida corta, ni mucho menos. Mejor aún, ha sido larga y repleta de aventuras, como hubiera querido Cavafis. La reciente muerte de Adolfo Suárez, salpicada de problemas de salud, me llevaba a pensar que los homenajes deben hacer en vida. Gabito tuvo todos los que merecía y eso es decir mucho. Más allá de la ideología y cualquier otra cosa que pudiera distanciar, el denominador común del talento siempre prevalecía. Dio el mejor ejemplo con su relación con Apuleyo Mendoza y sus antagónicas posiciones respecto a Cuba, posicionamientos que jamás hicieron peligrar su sincera amistad. 



Sus lectores/as no podemos estar tristes. Era un genio y un mago. Y, todos lo sabemos, cuando desaparecen del escenario, es simplemente un truco... en realidad, no se han ido. Lo dijo Álvaro Vargas Llosa: "¿El mejor homenaje que podemos hacer a García Márquez? Sin duda, releerlo".