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domingo, 2 de febrero de 2020

TRIGO SUCIO


David Mamet es una voz que tiene pulso. El escritor nacido en Chicago pone su visión en algunos de los temas de más rabiosa actualidad para hallar en ellos el denominador común, es decir, aquello que sobrevivirá en la sociedad y puede aplicarse a cualquier época. No son desconocidas las versiones del dramaturgo en el Gran Teatro de Córdoba (por ejemplo, La culpa), por lo que Trigo Sucio se esperaba con un gran interés. 



El fantasma de Harvey Weinstein y el tristemente célebre escándalo aletea por todo el escenario. Nacho Novo encarna a Barney Fein, un poderoso y truculento productor que sabe cómo aprovechar su posición de poder sobre las jóvenes aspirantes a estrellas. Buscando limpiar su imagen cuenta con una eficaz colaboradora, más que solvente Eva Isanta en ese rol, lo cual da pie a diálogos chispeantes, claro sello de Mamet, sin duda el punto más fuerte de la representación. 



Norma Ruiz y Fernando Ramallo componen el resto del fresco. La primera representa a una artista polifacética recién desembarcada en Hollywood y a la que Fein pondrá a prueba para ver hasta dónde estaría dispuesta a llegar por él éxito. Ramallo sería un joven guionista a quien el productor pisotea con facilidad en la revisión de sus textos. Tal vez sea el suyo el personaje más desaprovechado de la función, con menos escenas para lucir.


El gran motor del asunto es la chispa de las veloces réplicas y contra-réplicas que se hacen los personajes entre sí. Luce muchísimo ingenio y permite tocar temas muy delicados con una fina ironía envidiable. Por ejemplo, la forma en la que Fein intenta convencer a su ayudante de cómo deben encarar la noticia del asesinato de su madre en Macy´s es una sátira brillante de lo políticamente correcto y tiene un toque Diamond-Wilder con aroma clásico.



Al igual que ocurre en Ciudadano Kane, Trigo sucio logra fuerza cuando utiliza más a Weinstein como metáfora que en calidad de biografía encubierta. Orson Welles pulsó muchas teclas sobre la sociedad de su tiempo que han pervivido en el recuerdo por encima de tocarle las narices a un acaudalado magnate con gran influencia en los medios. Misteriosamente, un artista con el talento de Mamet no ha tomado el sendero de irse olvidando del productor real para hacer una comedia oscura sobre todo el mundo del espectáculo.



Ello no penaliza la obra, ágil y chispeante, hasta el tercer acto. De repente, lo que era una moraleja sutil se convierte en un dardo directo, dicho en voz alta al público, rompiendo la buena complicidad de divertida inteligencia que presidía todas las escenas anteriores. No solamente eso, queda una sensación acelerada que aleja del ritmo sólido de principio y nudo del asunto, presentados con la solvencia que siempre esperamos en un trabajo de Mamet.


La dirección de Juan Carlos Rubio se presenta sólida durante toda la función, acompañado de la versión sobre el texto de Mamet a través de Bernabé Rico. En materia de escenografía, cabría destacar las falsas películas producidas en el estudio de Fein, hábiles parodias sobre célebres taquillazos.



En la propia presentación de su trabajo, Mamet reconoce que era posible tomar el sendero de Trigo Sucio a través de dos vías: tragedia o comedia. Opta por esta última sin titubeos, conservando cierto tono religioso relajado, uno que lleva a sus personajes a llegar tarde a la Sinagoga, Iglesia o al espectáculo al que quieren acudir.



Absolutamente recomendables 70 minutos que tocan cuestiones escabrosas con el alivio de la risa.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Contraportada del libreto Trigo Sucio, función del día 31 de enero de 2020, Gran Teatro de Córdoba.



- Escenario Gran Teatro de Córdoba. Función de Trigo Sucio, representada el 31 de enero de 2020. Fotografía realizada por el autor del blog.



- Cartel promocional Trigo Sucio, Gran Teatro de Córdoba, función del día 31 de enero de 2020. 

domingo, 27 de octubre de 2019

LO QUE NO SE VE


Del ramillete de virtudes, quizás la inteligencia sea una de las más invisibles. Por supuesto, se puede intuir en una persona que posee rapidez, capacidad para improvisar soluciones ante problemas inesperados, pero es dificultoso determinar cómo funciona con exactitud. Nadie podrá dudar de que Niels Bohr y Werner Heisenberg fueron dos cabezas privilegiadas, no obstante, la célebre afirmación "si lo sé, me hago relojero", podría aplicarse a algunos de los más preclaros físicos del pasado siglo, capaces de desentrañar enigmas que sumieron al mundo en el terror atómico. 



Claudio Tolcachir asume el reto de adentrarse en el complicado texto de Michael Frayn, Copenhague revive la amistad entre los dos científicos, cuyos lazos vincularon también a sus familias. Con guerras mundiales de telón de fondo, sendos personajes fraguaron una alianza que, bajo las fórmulas matemáticas, revivía antiguos sueños de la alquimia. Asombra pensar lo realmente cerca que estuvieron esos cerebros privilegiados de poner en bandeja de plata un arma de destrucción sin precedentes a alguien como Adolf Hitler. 



Siempre con ellos, tenemos la presencia de Margrethe, la pareja de Bohr, una persona culta y no tan pendiente del mundo de la abstracción y el átomo, un freno moral y capaz de formular las preguntas que el público necesita cuando el diálogo se torna demasiado técnico. Además, Margrethe conoce mejor la naturaleza humana que su académico esposo, intuyendo el abismo ético que se le está presentando a un huésped siempre deseado, aunque ahora tenga la sombra del espionaje de la Gestapo bajo el brazo. 


El tridente de intérpretes es, sencillamente, magnífico. Malena Gutiérrez da vida a Margrethe, una presencia fundamental para mantener la humanidad del relato, evitando que la pizarra se imponga a la sensibilidad. Su sensatez, empatía y preocupaciones encarna un ideal humanístico de tono universal. Con una posición privilegiada, desgrana las intenciones de los dos genios, si bien llega todavía más lejos en el tema de telón de fondo: ¿puede sobrevivir una amistad a lo largo de tan turbulentos años? 



Carlos Hipólito, actor todoterreno, es Heisenberg, un apellido que ya era famoso antes de que Breaking Bad lo convirtiese en mítico para una generación televisiva. Una de las tareas más apasionantes para un intérprete es trasmitir con pocos gestos gran cantidad de emociones. En este caso, el magisterio de Hipólito permite que veamos la inteligencia trabajando, la mente de un joven prodigio universitario que, pese a todo, tal vez vaya a descubrir una frase célebre de las citas bíblicas: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si al final pierde su alma?". 



El último eje de esta columna vertebral es Emilio Gutiérrez Caba, cuya impresionante trayectoria es sinónimo de fiabilidad en cualquier función o película. Su Bohr es el mentor utópico, alguien que se enamora del talento de otra persona y la ayuda para alcanzar su máximo potencial. Con todo, en ese proceso puede haber revelado información fundamental que permitiría a uno de los máximos tiranos de la Historia a salir triunfante. 


Ironías del destino, sería el bando de "los buenos" el que arrojaría la tragedia sobre Hiroshima y Nagasaki. Se abría el sendero que llevaría a desastres como Chernóbil. Con impresionantes avales de nobleza y éxito, es sorprendente cómo la inteligencia ha sido capaz también de diseñar algunos de los horrores más atávicos para el globo. Bohr habría contribuido, junto con otros colegas, a materializar las ideas que llevaron a muchísimas muertes, mientras las manos de Heisenberg, quien trabajaba el reactor del atroz régimen nazi, mantuvo su contador de ejecuciones a 0. 



Importante premio de consolación para un fracaso. ¿O no? Uno de los interrogantes de Copenhague es si alguien tan brillante no habría podido ser más eficiente para el III Reich. ¿Se encargó de sabotear el proyecto del que se le responsabilizó por temer qué pasaría tras lograrlo? Por un sendero de pequeñas piedras en la entrada del domicilio de los Bohr, la pareja de amigos mantiene una breve conversación de la que pudo depender el bando que ganaría la contienda y si seguirían siendo amigos. 



Basta la recreación de una casa danesa y un triunvirato plagado de talento para que el equipo de Tolcachir nos traiga uno de los debates más apasionantes que existen: ¿justificaron los avances en teoría cuántica el descuido moral que los acompañó? ¿Fueron esas dos familias amigas o cercanas espías? 



Shhhhhh... silencio. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Portada del programa Copenhague, función del día 26 de octubre de 2019, Gran Teatro de Córdoba.



- Gran Teatro de Córdoba, final de la función Copenhague del día 26 de octubre de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog].



- https://www.teatroabadia.com/es/archivo/544/copenhague/

jueves, 1 de agosto de 2019

EL ESPÍRITU DE SALEM (CRÓNICAS DE BOSTON, PARTE III DE VII)


"La única evidencia que veo del diablo es el deseo de todos de que esté aquí"- Fray Guillermo de Baskerville, El nombre de la rosa (1986), película basada en la novela del mismo titulo, escrita por Umberto Eco.



A pesar de ser un agradable trayecto en ferry el que separa Boston de Salem, una extraña sensación de inquietud suele apoderarse de quienes contemplan este paisaje. No es sorprendente que Martin Scorsese, uno de los grandes directores de siempre, escogiese esa ubicación para las primeras escenas de la perturbadora Shutter Island (2010), película donde muchas cosas no son como parecen a simple vista. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la ciudad ubicada en el condado de Essex comparte ese hábito.



En la plaza principal de Salem hay una estatua que les sonará mucho. De inmediato, debido a las connotaciones del lugar, esa figura cubierta por sombrero nos abre las puertas de la imaginación. Desde inquisidor a mortífago, estaríamos dispuestos a admitir cualquier oficio en este personaje que tuviera que ver con la hechicería o su erradicación. Es la maldición que porta el pobre Roger Conant, uno de los primeros y más activos colonos del lugar. Si bien no tenía nada que ver con asuntos posteriores a su muerte, es el precio a pagar por estar tan próximo al museo que nos lleva a un concepto que seguro alguna vez escucharon: las brujas de Salem.



Un lugar como otro cualquiera hasta febrero de 1692. Desde esa fecha y hasta mayo de 1693, aquel espacio se convirtió en una histeria colectiva, un trágico episodio que simbolizaría todo el mal que puede hacer una sociedad cuando se deja gobernar por el fanatismo. En el museo de las brujas hallamos una explicación bastante teatral y lograda con juegos de sombras, una explicación de los inquietantes sucesos desencadenados por lo que era poco menos que una chiquillada.


"Este libro sigue a seis personas, todas mujeres, porque en la cultura occidental la brujería se asociaba a ese sexo. Aunque en 1692 hubo algunos acusados varones de hechicería, buena parte de las acusadoras, las supuestas brujas y las víctimas fueron mujeres"- Marilynne K. Roach.



Toda esta misteriosa trama comienza con una mujer venida a Salem desde tierras lejanas, Tituba. Algunas voces afirman que llegó desde las Barbados, otras, que era de origen indio. Sea como fuere, privada de su libertad, estaba encargada de cuidar a la familia y amigas de su amo, el reverendo Samuel Parris. Como cualquier persona que trabaja con gente tan joven y tiene un poco de inventiva, Tituba aprovechó las cosas que conocía para narrar exóticas historias a las muchachas, quienes, lógicamente, quedaron encantadas con los relatos.



En una edad impresionable y en un marco de educación puritana, algunas de las recetas, frases y gestos que imitaron de Tituba llevaron a las muchachas a ser severamente interrogadas por Parris. La situación llegó a ser especialmente grave para su hija, Betty, y sobrina, Abigail Williams. A juzgar por los hechos posteriores, la segunda demostraría ser la más carismática y líder del grupo de amigas. Al denunciar a la esclava, colocaron a su cuidadora en severos interrogatorios y presiones. En un micro-cosmos machista y donde solamente podían esperar que se les lograse un buen matrimonio, aquellas muchachas vieron que inculpando a otras personalidades de Salem no solamente se salvaguardaban; de repente, tenían un protagonismo que ni habrían soñado.



Lo que era menos que una trivialidad fue una sucesión de disparatados procesos de una Salem que en aquellos días tenía tensiones con las tribus indígenas de sus alrededores, las malas cosechas y el riesgo de las incursiones francesas. Siglos después, un escritor con talento llamado Arthur Miller decidió escribir una pieza teatral llamada Las brujas de Salem, que luego reconvertiría en novela, donde alteró algunos hechos pero mantuvo intacta la esencia. El dramaturgo tiene la ventaja sobre los historiadores/as de poder imaginar aquellos vacíos de las fuentes. Con instinto, pensó que muchas de aquellas acusaciones escondían revanchas personales, desamores, disputas familiares, etc. La obra tenía doble lectura, puesto que Miller equiparaba la persecución puritana a la que él mismo y otras personalidades del espectáculo estaban sufriendo con el senador Joseph McCarthy, un furibundo buscador de comunistas en suelo americano.


Juez: ¡Os acusamos de brujería irredenta... a todos! ¡Seréis colgados al alba! ¡Que Dios esté con vosotros! 

John Proctor: Siempre lo está, mi señor... es por vuestras almas y las de estas pobres niñas por las que temo.

Marvel Team-Up, # 43 (Marzo de 1976)



La fascinación que ejerció aquella cacería en la cultura americana llegaría incluso a los cómics, destacando la labor del guionista Bill Mantlo y el dibujante Sal Buscema en la célebre saga "El viaje en el tiempo", publicada por Marvel en 1976, donde Spiderman y un puñado de acompañantes selectos revivían aquel sangriento episodio. Buscema era un narrador muy sólido y logró en apenas unas viñetas explicar como pocos las verdaderas motivaciones que aquellas "brujas" y "salvadores" puritanos encontraron para llevar a todo su mundo a la deriva. Dentro de una amplia producción historiográfica, una buena manera de iniciarse son los apasionados trabajos de Marilynne K. Roach, quien ha llegado a analizar día por días aquellos escandalosos juicios, además de profundizar en las mujeres de la comunidad de Salem en su día a día.



No es el único hito literario-histórico del lugar. Otra visita recomendable es La Casa de los Siete Tejados. En efecto, aquella casa en el centro de la ciudad que narró Nathaniel Hawthorne en la novela del mismo título, una construcción propia del realismo mágico que habla de la evolución de una familia y más allá, casi una radiografía de toda una época. Nuevamente, sería un marco donde algunos ilustres iconos se dejaron caer. En la Edad de Oro del Cómic Wonder Woman se las vería contra los nazis en este mítico emplazamiento.



Por último, no podemos abandonar este territorio mágico sin probar el último de sus embrujos. Junto con los locales portuarios que cultivan la especialidad del bocadillo de langosta, hay una parada obligatoria: Captain Dusty´s Icea Cream. Una delicia que no admite controversias. 



BIBLIOGRAFÍA:



- MILLER, A., Las brujas de Salem y El crisol, Maxi Tusquets Editores, Barcelona, 2013.



- ROACH, M. K., Six Women of Salem: The Untold Story of the accused and their accusers in the Salem witch trials, Da Capo Press, Boston, 2013. 



- ROACH, M. K., The Salem witch trials: A day-by-day chronicle of a community under siege, Taylor Trade, Boston, 2004. 



ENLACES DE INTERÉS:



- Estudio 1: Las brujas de Salem (1965)



FILMOGRAFÍA:



- El crisol. Director: Nicholas Hytner. Reparto: Daniel Day-Lewis, Winona Ryder, Paul Scofield, Bruce Davison, etc. Año: 1996. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Estatua de Roger Conant en Salem [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Museo de las brujas de Salem [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Entrada a la Casa de los Siete Tejados de Salem [Fotografía realizada por el autor del blog]

domingo, 7 de julio de 2019

NUESTRO VIEJO AMIGO CICERÓN


Fue un niño prodigio en tiempos donde la toga solía ceder ante la espada. Originario de la modesta localidad de Arpinum, donde también nació un genio militar como Cayo Mario, Marco Tulio Cicerón fue una contradicción brillante para sí mismo. Un abogado de éxito, afortunado escritor y ciudadano comprometido con la República. También era vanidoso, acomplejado ante la clase patricia y cometió un error nada inusual en gente brillante: pensar que no puede haber nadie igual listo; buscando manipular al joven Octavio, terminó siendo utilizado y traicionado por el ambicioso estadista. 



Mario Gas es consciente de todo ello por su erudición en la antigua Roma. Este fin de semana ha improvisado en el antiguo (que no viejo) teatro de Mérida una sala donde juzgar al hombre y su época. Fiel al humanista orador, el director lo hace siempre con una mirada culta y compasiva. Brinda una representación reposada, una amena conversación donde el pasado y el presente quedan fusionados, puesto que son vasos comunicantes. 



El montaje es audaz en su simplicidad. Una acogedora biblioteca donde una pareja de estudiantes conocerá a un extraño que les anima a profundizar en el célebre abogado romano para un trabajo de  la carrera. Entre los tres pronto surge la complicidad y tendrán enconados debates sobre el objeto de estudio. 


Viejo amigo Cicerón es un viaje al pasado que logra evitar un pecado en el que, a veces, incurre la Historia: camuflar a sus personajes con ropajes aburridos para hacerlos más solemnes. Pero Cicerón no vivió en exclusiva para dictar frases esculpidas en mármol a su fiel esclavo Tirón (a quien concedió la libertad). Se divorció, volvió a casarse y tuvo amistades tan intensas como la mantenida con Julio César, a quien apreciaba, temía y odiaba a partes iguales. 



José María Pou capta cada matiz de esa rica personalidad para llevarla a su terreno. Incluso los murciélagos se tornan estudiantes atentos y respetuosos una noche de verano en que un intérprete colosal narra el cruce del río Rubicón o la conjura de Catilina. Hacer fácil lo difícil. Justo ese es el secreto de un protagonista que nos hace cómplices en el juego del recuerdo. Cada época ha tenido su propia imagen de Cicerón, la que más convenía.  



No está solo en la realización de la tarea. Miranda Gas se convierte en Tulia, la sensible y perspicaz hija del letrado. Si su relación con los demás (Pompeyo, Bruto, Marco Antonio...) no era fácil, en aquella joven, el líder republicano podía bajar la guardia y ser él mismo. Su muerte fue una de las estocadas más duras que jamás sufrió. 


La última pieza de este triunvirato bastante más simpático que el formado por Antonio, Lépido y Octavio es Tirón. Ivan Benet da vida a un fiel consejero, la amistad leal que florece de un punto de partida tan inhumano como la esclavitud. Pese a ser intelectual y plagada de referencias históricas, esta pieza teatral termina buscando apelar a nuestro lado más tierno. 



Por buscarle un punto de mejora a la gran escultura, señalar que hay un hábil juego de cámaras con figuras del pasado de Cicerón. Unos testigos reservados para el final que, tal vez, habrían sido incluso grandes hilos conductores de haber aparecido de uno en uno, cuando se les menciona en el discurso. Particularmente intenso el alegato de Catilina, arrojado fuera de la cámara por el terrible poder de la oratoria. Un arma poderosa y que puede ensoberbecer a la lengua que la usa igual que las legiones de la Galia hicieron pensar a César que era un dios invencible. Los idus de marzo le sacaron de ese error, con un papel poco claro de quien fuera su amigo en la conjura. 



Indudablemente, la obra será una de las puntas de lanza del célebre festival emeritense. Concluye con gracia, recordando que incluso el autor de tan célebres frases latinas debe irse a cenar. Finaliza con la armonía de una investigación entusiasta que no pretende sentar cátedra, simplemente contagiarnos su entusiasmo por el objeto de estu...perdón, por nuestro querido viejo amigo Cicerón. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 



- Todas las fotografías de la reseña han sido tomadas por el autor del blog en el Teatro Romano de Mérida durante la función del día 6 de julio de 2019. 

domingo, 26 de mayo de 2019

LA FAMILIA ADDAMS ENTRE BAMBALINAS


Los extremos siempre se tocan. A un género como el terror le falta siempre poco para terminar siendo comedia. De hecho, si una pieza que busca la gracia se equivoca en plantear los elementos, puede terminar siendo algo escalofriante. La familia Addams siempre se ha movido con comodidad en ese eclecticismo, hasta el punto de que su comedia musical en Broadway ha gozado de excelente recepción por parte del público. 



Exitosa serie de televisión a la estela de La familia Monster, desde la década de los 60 que el espectral linaje creado por Charles Addams sigue funcionando para las nuevas generaciones. Esteve Ferrer plantea una cuidada adaptación que busca emular el lujo de la puesta en escena que se da al otro lado del Atlántico, adaptándose el libreto de Marshall Brickman y Rick Elice a referencias de la más rabiosa actualidad. 



Con las ingeniosas coreografías de Montse Colomé, la Mansión Addams va moviéndose entre tramoyas para sumergir al auditorio en una comedia musical en dos actos que alterna la carcajada en un marco de terror gótico. Uno de los encantos es que el asunto no deja de ser una especie de ¿Adivina quién viene a cenar esta noche? pero entre mortales y criaturas de la oscuridad. Y ambas partes descubrirán que no son tan distintas. 


Carmen Conesa y Xavi Mira se combinan a la perfección para hacer de la pareja de la que emana todo: Morticia y Gómez. Un matrimonio realmente peculiar y al que ambos intérpretes dan un encanto innegable, destacando, además, las coreografías que protagonizan. Son dos intérpretes con muchas tablas y que dan fuerza al resto del conjunto, a la par que llevan mucho tiempo siendo Addams, dejando la sensación de que juegan de memoria. 



Tanto Morticia como Gómez deberán afrontar un momento temido por cualquier progenitor/a: conocer a la familia política. En este caso, el pretendiente es Lucas (Fabio Arrante), hijo de Alice (Eva María Cortés) y Andrés Navarro (Mal). Un núcleo familiar de un lugar tranquilo que considerarán a los Addams el molde exacto de los excéntricos habitantes de New York. Una cena de pedida que incluirá un incómodo juego de la confesión. 



¿Y la pequeña Atila que va a contraer nupcias? No es otra que Miércoles (Lydia Fairén), un personaje adelantado a su tiempo y que llevaba ballesta propia cuando el resto de sus colegas tenían aspiraciones principescas. Manipulando a propios y extraños intentará lograr sus objetivos, pese a la oposición de su hermano (caracterizado por Alejandro Mesa), temeroso de que su hermana con novio ya no saque tiempo para torturarle de ingeniosas maneras.  


Varias subtramas acompañan al argumento principal. Por ejemplo, el inesperado romance del hermano de Gómez, Fétido (Frank Capdet) con la Luna en un tipo de relación que hubiera hecho las delicias de Bécquer. Asimismo, la extraña farmacia portátil que posee la abuela Addams (Ariadna Comas), cuyo parentesco con el clan no está del todo claro. 



Todo ello bien acompañado de la inolvidable y pegadiza melodía, un equipo de danza bien entrenado y la icónica y traviesa mano del clan que se mueve a su antojo por el escenario. El resultado final son más de dos horas de espectáculo que no se hacen nada pesadas y equilibra bien el peso de los personajes para dar a cada uno su escena, canción o momento. 



Un entretenimiento tenebrosamente divertido. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Palcos del Gran Teatro de Córdoba, función de La familia Addams con fecha de 25 de mayo de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]. 



- Portada programa La familia Addams, con fecha de 25 de mayo de 2019, Gran Teatro de Córdoba. 



- Final de la representación La familia Addams con fecha de 25 de mayo de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]. 

sábado, 27 de abril de 2019

DEVOLVER LA MIRADA


Se decía que Ahab tenía una voluntad de hierro, la propia de los héroes del pasado. Otras versiones, igualmente válidas, hablaban de que su constancia a superar obstáculos era la propia de un psicópata deshumanizado. Acaso no sean realidades incompatibles. Desde que escribiese su obra maestra (La misteriosa obsesión), las páginas de Herman Melville han generado acalorados debates. Acaso fuera solamente la historia de un viejo capitán con una determinación fuera de lo común para cazar a una fiera ballena blanca. Sin embargo, para contar algo tan simple no habrían hecho falta tantas reflexiones. 



Juan Cavestany comenzó a releer aquella obra maestra extraña, Moby Dick, sin saber exactamente por qué. Anotaba cosas en su cuaderno, intentaba trasladar aquella densa narración, plagada de tecnicismos marinos, al lenguaje del escenario. Igual que el viejo capitán a quien la criatura marítima arrancó su pierna, el dramaturgo pensaba que tenía algo que decir de aquella nave condenada a vagar por los océanos en una terrible búsqueda. 



"Si no es necesario leer este libro, estamos perdidos", fue su conclusión al ver las desventuras de aquel a quien llamaron Ismael, otra figura misteriosa que decidió embarcarse en Nantucket rumbo a lo desconocido. Andrés Lima aceptó el reto de su colega Cavestany y se puso a dirigir un regreso de un mito que fascinó a actores de la talla de Gregory Peck. Para estar a la altura, los responsables consiguieron una presencia genial: José María Pou. Por edad, experiencia, registro de voz, carisma y presencia, la mejor elección posible para hacer de un líder condenado, plagado de contradicciones, capaz de inspirar admiración y odio a partes iguales. 


Desde el Cabo de Cod al lejano Japón, el recorrido en busca del mítico animal llevará a los tripulantes a la deriva. La escenografía y vestuario organizados por Beatriz San Juan es muy brillante, trasladando la angustia de los días bajo tempestades y el sufrimiento de unos hombres alejados de su familias y rodeados de tiburones. Jacob Torres y Oscar Kapoya logran la compleja tarea de dar la réplica a Pou, además de encarnar a los distintos integrantes del navío, consiguiendo la hazaña de que el público siempre sepa a quién se están refiriendo. 



Por su lado, Pou da una lección magistral bajo los tablados. Sin duda, es totalmente consciente del bombón de papel que es Ahab, un rol tan exigente como maravilloso para las personas tocadas con la varita de la actuación. A lo largo de más de hora y media será capaz de transmitir locura, firmeza, desesperación, humanidad, frialdad y todo ese torbellino de emociones de un mutilado a quien legiones de ensayistas han visto como uno de los primeros grandes deicidas, una figura que desafía a la naturaleza y osa bendecir su arpón de manera satánica. 



El episodio descrito de forma minuciosa por Melville transcurre en 1850. De cualquier modo, importa tan poco la fecha como saber el día en el que Jonathan Harker aceptó un curioso encargo notarial en Transilvania. Siempre funcionan esa clase de historias que logran apelar a los instintos y miedos que tenemos más arraigados. Incluso una roca como Ahab sufrirá frecuentes pesadillas con la sangre de su presa, la cual es asimismo su cazadora en un juego cuyo significado real muchas veces nos es esquivo.


El espacio sonoro generado por  Jaume Manresa y Jordi Ballbé acompaña a la perfección las pausas y sobresaltos que tendrán estas almas errantes, donde Ahab logrará que le comprendamos y apreciemos... justo para que inmediatamente después le veamos como alguien enloquecido y peligroso al máximo. Su vida es la de un cruzado que no tienen piedad con nadie, incluyéndose a sí mismo. 



Igual que Macbeth, una profecía sería interpretada por él mismo de forma arriesgada para su futuro. El convencimiento de una inmortalidad a la hora de enfrentarse a un destino aciago y que le exigiría hacer frente a una ola de proporciones bíblicas. Andrés Lima habla de fuerzas la naturaleza, recordando aquel enigma que proponía dilucidar qué ocurría cuando un objeto irresistible chocaba con otro inamovible. 



Un tipo listo, Friedrich Nietzsche, afirmó en una ocasión que cuando miramos al abismo sucedía una consecuencia inmediata: permitíamos a su vez que la profundidad nos devolviese a la mirada. Hace siglos que Ahab atravesó ese umbral. Y nosotros nos seguimos preguntando qué sucedió.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Escenario del Gran Teatro de Córdoba, función de Moby Dick, representación del día 27 de abril de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Mapa con la ruta del ballenero Pequod [Programa representación Moby Dick, día 27 de abril de 2019, Gran Teatro de Córdoba] 



- Final función de Moby Dick, representación del día 27 de abril de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]

domingo, 31 de marzo de 2019

LA ARTISTA AMBULANTE, EL FORZUDO Y EL LOCO



El circo como metáfora. Así se plantea Mario Gas, uno de los mejores directores teatrales de la actualidad, la versión de un clásico imperecedero del cine italiano: La Strada. Firmada por Fellini décadas atrás, las desventuras de tres artistas ambulantes (Gelsomina, Zampanó y el Loco) se entrecruzan de forma trágica en una dura lucha por la supervivencia y apenas unas gotitas de felicidad entre tanta miseria. 



No es tarea fácil trasladar el lenguaje cinematográfico al tablado del escenario, aunque aquí Gas lo logra con su equipo técnico, sobresaliendo la escenografía planteada por Juan Sanz y Rocío de Labra, capaces de transmitirnos el duro camino nómada y el ansía de libertad de estos tres personajes, atraídos por la carpa y el actuar cada noche ante un público distinto para lograr la salvación. Un simple carromato en una carretera a ninguna parte así lo demuestra. 



El reto para los intérpretes es todavía más abrumador. La inolvidable Giulietta Masina (una de las sonrisas más bonitas y melancólicas que ha dejado el séptimo arte) dio vida por primera vez a Gelsomina, una chica comprada y dejada de la mano de su familia, obligada a salir adelante en un marco de hostilidad y falta de afecto. Verónica Echegui acepta el guante lanzado y toma el pequeño tambor con el que la muchacha va anunciando al forzudo Zampanó por todas las localidades, mendigando unas liras por el espectáculo. 


Alfonso Lara encarna al acompañante de la chica, alguien que vive de las proezas físicas y la generosidad de los transeúntes para poder llevarse algo de pan a la boca. Si Echegui tenía la odisea de recoger el testigo de Masina, Lara no puede envidiarle en suerte, puesto que el primer Zampanó fue nada menos que Anthony Quinn, uno de los grandes camaleones que en Hollywood se han visto. Rudo e incapaz de expresar sus sentimientos, la brutalidad del personaje causa el perfecto contraste con su pareja. 



Por último, y no por ello menos importante, queda la tercera pieza del rompecabezas: el Loco. Decían que los lunáticos debían su nombre a los efectos que la Luna les producía cada noche, aunque quizás este bufón de la carpa (aquí le da vida Alberto Iglesias, siguiendo el legado de Richard Basehart) simplemente ha buscado en el humor absurdo y la demencia su única vía de escape ante tanto sinsentido. 



Gerard Vázquez es el encargado de versionar el texto original, aquel que firmasen Tullio Pinelli, Ennio Flaiano y el propio Fellini. Un triunvirato que se empeñó en utilizar la estética circense para mostrar de forma elocuente una tragedia; Vázquez elimina las tramas secundarias y otros pintorescos personajes del film original para centrarse en el trío protagonista. 


Gas aplica con maestría todos los recursos que bien conoce para sacar el máximo rendimiento del tablado. Coloca pantallas en la parte superior que le hacen las veces de ejercicios de síntesis para comprender mejor la evolución de estas personalidades atormentadas que, pese a todo, siguen avanzando en su caminar de picaresca y viaje a ninguna parte como cómicos de la legua. 



Si bien filmada en 1954, queda la sensación de que la esencia de lo que quiso contar Fellini no ha cumplido fecha de caducidad, algo que suele ocurrir con los clásicos. Conforme se va entrando al teatro en búsqueda de las butacas, minutos antes de iniciarse la representación, encontraremos a Zampanó, el Loco y Gelsomina invitando al respetable a encontrarlas, marcando con sus linternas y animando a olvidarnos por unos minutos de la esclavitud del teléfono móvil. 



A todo esto, strada significa carretera en la lengua italiana. Y no deja de tener mucho sentido que sea ese el título. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 



- Portada del programa La Strada, función del día 29 de marzo de 2019, celebrada en el Gran Teatro de Córdoba. 



- Escenario Gran Teatro de Córdoba, función de La Strada, representación del día 29 de marzo de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]. 



- Escenario Gran Teatro de Córdoba, función de La Strada, representación del día 29 de marzo de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]. 

domingo, 17 de marzo de 2019

¿QUIÉN ES EL SEÑOR SCHMITT?


Conócete a ti mismo. Así rezaba el gran lema del oráculo de Delfos, al que miles de personas viajaban en la Antigüedad buscando que les adivinase el porvenir. Frase fácil de pronunciar y complicada de llevar a cabo. Entender cómo somos es un ejercicio de objetividad que cuesta, más que nada por aquello de ser jueces y partes interesadas del asunto. Sébastien Thiéry, heterodoxo y provocador autor teatral, se preguntó sobre ello en ¿Quién es el señor Schmitt?



No parece nada casual que un actor como Sergio Peris-Mencheta se haya animado a la compleja tarea de adaptar y llevar al tablado la idea de Thiéry. Habiendo sido él mismo Marco Antonio en el Festival de Mérida o un peculiar Rodrigo Díaz de Vivar en El Ministerio del Tiempo, Mencheta habrá tenido muchas veces a sensación de los protagonistas acerca de vivir existencias que no son las suyas. La apacible rutina del matrimonio Carnero se ve alterada con una simple llamada telefónica que pone en tela de juicio todo lo que creían saber. 



Marido y mujer son dos intérpretes de primera fila en el panorama nacional. Nada menos que Javier Gutiérrez, quien se halla en un estado de forma muy dulce tras sus últimos papeles, Cristina Castaño, actriz con un don natural para la comedia (baste recordarla en La que se avecina). Ambos tienen química y se siguen maravillosamente el juego para lograr diálogos chispeantes y reacciones ante el hiperbólico absurdo en que va degenerando todo. 


Ese original arranque genera unas expectativas francamente altas en el público, quedando la audiencia con el interrogante de cómo se resolverá el embrollo de la crisis de identidad y si la representación podrá mantener el ritmo de gags que se van sucediendo con solvencia en un escenario tan limitado como el salón de los Carnero/Schmitt/vaya usted a saber su apellido real. 



Curt Allen Wilmer exhibe dominio de la escenografía para que ese hogareño lugar en algún punto de Andorra vaya amoldándose a las dudas de los protagonistas, quienes, al igual que Hamlet, se van a ver abocados a considerar que no hay certezas que les salven. Para aliviar el peso que recae sobre sus hombros durante más de hora y media, cuentan con el apoyo de Quique Fernández (quien hace papel doble), Xabier Murua (el portero del edificio) y Armando Buika (cuyo rol no es conveniente revelar en esta reseña por evitar el spoiler). 



Las vicisitudes por las que pasen y el talento para la comedia del elenco ya garantizarían una agradable velada. Gente como Castaño o Gutiérrez necesitan apenas un leve gesto para conseguir la complicidad, quedando la carcajada casi asegurada. No obstante, a medida que se tira de la madeja se aprecia una complejidad más dramática de lo que dictaba la primera media hora. 


Quizás aquí radique la grandeza y parte más polémica del libreto. De la ligera comedia de enredo que comienza siendo, busca una reflexión más aguda de lo que cabría esperarse acerca de la identidad. Siguiendo las pautas de maestros como Lovecraft u Oscar Wilder, los personajes se van sumiendo en una crisis de auto-percepción que deja momentos de intenso dramatismo. En sí, bien ejecutados, aunque, personalmente, no percibo el eclecticismo que me lleve a conectarlo con el planteamiento del inicio. 



Incluso podríamos pensar que tenemos dos obras en una, independientes respectivamente. Individualmente, cada una de ellas funciona con la fiabilidad de un reloj suizo. Pero comparando las notas que afloran en ambas podemos incluso albergar la sensación de argumento que no es del todo honesto con el auditorio. 



Se disfruta mucho, gracias a su elenco y dirección. Probablemente, no terminemos sabiendo quién era el señor Schmitt, lo cual no impide que hallamos disfrutado del viaje. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 



- Portada programa de la obra teatral ¿Quién es el señor Schmitt?, función del día 16 de marzo de 2019. Gran Teatro de Córdoba. 



- Escenario antes de la obra teatral ¿Quién es el señor Schmitt?, función del día 16 de marzo de 2019. Gran Teatro de Córdoba. 



- Escenario después de la obra teatral ¿Quién es el señor Schmitt?, función del día 16 de marzo de 2019. Gran Teatro de Córdoba. 


domingo, 27 de enero de 2019

LA IGNORANCIA ILUSTRADA


En una época donde se exige la innovación constante televisiva, este show supone la vuelta al oficio más artesanal. El gran recurso en Ilustres ignorantes siempre es la charla, la conversación que termina derivando en lo divino y humano. Siempre en clave de chanza, sin miedo a que la broma sea demasiado rebuscada o increíblemente soez. Javier Coronas, Javier Cansado y Pepe Colubi confían lo suficientemente en sí mismos y en la capacidad de las personas de su tertulia para seguir su hilo cuando la cosa se desmande. 



Debutando en el Cartuja Center de Sevilla, los tres artistas acudieron de gira, alejados de la tradicional mesa de sus debates para pasar a taburetes y un improvisado Gin Tonic para aclarar ideas. Como siempre, contaron con invitado, en este caso, nada menos que Raúl Cimas, actor y humorista que se mueve sin necesidad de intérprete en la genial locura que supone este espacio. 



Durante más de una hora y media se fueron dando distintos giros de tuerca, acompañados de equilibrados monólogos para permitir el lucimiento de cada integrante de la Tetrarquía. Quienes conozcan el programa ya sabrán que lo mismo se habla de fantasmas que de filosofía clásica, pasando por la cárcel y llegando a (tema de rabiosa actualidad) la cuestión del límite de los chistes. 


En la España de Miguel Ángel Revilla y En tu casa o en la mía, probablemente esta demencia cómica sea justo lo que indicaba el recetario ante la invasión de lo políticamente correcto. Coronas y su banda no hacen prisioneros propios ni ajenos, mostrando ayer el juego que puede dar incluso debatir sobre los supermercados y el significado que tienen en nuestra existencia. 



Javier Cansado da su experiencia bajo los tablados, una que domina desde los días en que actuaba conjuntamente a Faemino, con un tono socarrón en el que se desenvuelve como pez en el agua. Su complicidad con gente como Coronas es total y exhibe olfato fino para adaptarse al marco de la ciudad donde está actuando (mención a la Puerta de la Carne hispalense). 



Por su lado, Pepe Colubi confirma en este inicio de la séptima temporada que sigue siendo una de las voces más destroyer del panorama actual, alternando una cabeza muy bien amueblada para el humor con un gusto para la escatología digna de Torrente. Igual que sucedió con La vida moderna en su visita al Cartuja Center, la frescura del directo y que no se permitiese la grabación provoca que estos artistas tiendan a desinhibirse (todavía) más de lo habitual. 


Como de costumbre, el objetivo es encontrar delirantes respuestas para las preguntas trascendentales (o absurdas) que nos rondan la cabeza. Ya decía Álex de la Iglesia (no en vano invitado en uno de los programas) que la risa es el lenguaje de los dioses. La búsqueda de la carcajada a cualquier precio, incluyendo las anécdota heavy de Colubi o la capacidad de Coronas de hablar de memorias infamantes de su propia persona.



Descubrimos también un poco del futuro que nos depara como país, con especial mención al alzamiento, unicornio mediante, que tendrá lugar en 2023. Una pausa justa y necesaria, salpicada de besos negros y otras irreverencias de estos modernos bufones con licencia a poder decir lo que se piensa de todo, incluyendo testas coronadas. 



La ignorancia ilustrada tomó el escenario durante toda la velada. Lejos de pedir perdón, se hizo un selfie después de perpetrar su fechoría.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Cartuja Center, sesión del 26 de enero de 2019 de Ilustres ignorantes [Fotografía realizada por el autor del blog].



- Cartuja Center, final de la sesión del 26 de enero de 2019 de Ilustres ignorantes [Fotografía realizada por el autor del blog].



- Cartuja Center, escenario de la sesión del 26 de enero de 2019 de Ilustres ignorantes [Fotografía realizada por el autor del blog]. 

domingo, 20 de enero de 2019

ROJO


Es la primera vez que se representa en los escenarios españoles. John Logan firmó en escarlata una representación teatral que ponía en tela de juicio muchos de los fundamentos del arte. Juan Echanove aceptó el reto del texto del avezado guionista y se ocupa de dirigir una pieza de la que además es protagonista como Mark Rothko, un pintor de gran fama durante el expresionismo abstracto que ahora se encuentra en el crepúsculo de su carrera. 



La biografía de Rothko se enmarca en dos tránsitos. En su juventud se benefició del auge del nuevo movimiento, además de golpear de forma despiadada al cubismo que incluía a luminarias como Picasso. Al comienzo de Rojo, el artista siente que ahora le está pasando a la inversa, puesto que ha llegado una generación Pop Art que le hace sentir como el último dinosaurio pincel en mano, encerrado en su taller y ajeno a todo. 



Solamente tiene un vínculo verdadero con la realidad a pie de calle en New York. Y no es otro que un joven discípulo a quien acepta a regañadientes, más como botones improvisado para sus recados que con propósito didáctico. Ricardo Gómez da vida al aspirante a artista, teniendo una relación bastante parecida a la que podemos apreciar en películas actuales como Mi obra maestra (reseña película).


Gómez y Echanove han estado ya en muchas guerras juntos. Por eso encajan tan bien en los distintos actos que se va sucediendo, estando siempre como telón de fondo los cuadros que el reputado artista está haciendo para decorar el restaurante Four Seasons, un elitista lugar que choca con sus principios, aunque la paga es muy generosa y, en cierto sentido, halaga su vanidad en unos momentos donde el veterano está necesitado de ella. 



Como era de esperar, entre maestro y discípulo irán surgiendo tensiones, especialmente por el fuerte carácter del primero. Alejandro Andújar diseña un escenario simple y eficaz, puesto que todo tiene lugar en el taller de Rothko, una especie de submarino o búnker que intenta permanecer ajeno a la modernidad. 



También hay un cuidado especial por la iluminación de la mano de Juan Gómez Cornejo. Y es que la luz tiene mucho que decir en esta historia, algo que sabían Caravaggio y Miguel Ángel, entre otros ídolos a los que Rothko intenta emular, puesto que su conciencia de artista le va obligando a convertir ese encargo alimenticio en algo más. 


La coordinación que logran Echanove y Gómez es fundamental para hacer creíble algo tan privado e íntimo como el proceso de creación artística. Nos abren la mirilla para ver el taller de Rothko, las frustraciones y la inspiración que conviven en el día a día de un alma atormentada, a la par que su aprendiz nos permite conocerle mejor en la faceta más oculta, la personal. 



Naturalmente, la música es otra pieza del rompecabezas que es decisiva, a través del viejo tocadiscos que el artista guarda celosamente sin permitir a su ayudante poner lo que a él le gusta. Gerardo Vera hace una selección muy aguda que va desde el clasicismo hasta el jazz que en aquella época empezaba a sonar con fuerza. 



Una obra cargada de diálogos y diatribas, un cóctel intelectual poderoso que, por fortuna, viene acompañada de la sensación de camaradería que dejan estos dos actores, generosos el uno con el otro, dando un toque de emotividad que era justo y necesario en este recorrido por la Historia del Arte. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Gran Teatro de Córdoba, Rojo, función del 19 de enero de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Portada programa Rojo, función del 19 de enero de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Gran Teatro de Córdoba, Rojo, función del 19 de enero de 2019 [Fotografía realizada por el autor del blog] 

domingo, 23 de diciembre de 2018

LA CULPA


El teatro está hecho para pensar. Pocas personas lo saben en la actualidad mejor que David Mamet, perro viejo de olfato fino que sabe que la verdad tiene no pocas aristas. Por ello, La culpa es claramente una hija predilecta del dramaturgo, una nueva oportunidad de cuestionar si eso de la ética tiene cabida en un mundo como el de hoy día. Tras su estreno en New York, el artista dio licencia a la compañía TalyCual para que la llevase a los tablados españoles. 



Juan Carlos Rubio dirige con sobriedad (y recordando en muchas ocasiones a Doce hombres sin piedad) un relato enmarcado en los problemas de un psiquiatra a quien reclaman acuda a defender a un paciente tras un horrible crimen cometido por el mismo. La cuestión es delicada porque los medios de comunicación han puesto grandes titulares en el asunto y un paso en uno u otro sentido le condicionaría para siempre. 



Pepón Nieto da vida al especialista, una persona atribulada y que se expone a ser diseccionada en los tabloides ante cada paso que emprenda. Sin saberlo, acaba de iniciar una partida de ajedrez donde no solamente se juega su reputación, un paso en falso irá arrojando flechas también a la mujer que ama y el único amigo de la pareja. 


El escenario, simple y eficaz, va haciendo la metáfora de un laberinto que se cierra sobre el protagonista. Nieto es un actor de gran experiencia y versatilidad, estando muy cómodo y haciendo que el auditorio le tenga empatía, puesto que cualquier persona podría caer en el problema que él tiene de forma involuntaria. Ante el escrutinio público, ni su religión ni vida privada podrán quedar a salvo. 



Bernabé Rico adapta el libreto con talento, sin que en ningún momento desaparezca el influjo de Mamet. Todo se presta a múltiples lecturas conforme avanzamos en el recorrido. Esto queda de manifiesto con el personaje de la abogada del antiguo paciente, Magüi Mira. Lejos de ser una antagonista o "la villana" del asunto, expone unos argumentos convincentes y el derecho de cualquiera, incluso del alma más monstruosa, de tener derecho a defensa. 



El juramento hipocrático, los secretos de confesión y los códigos de distintas profesiones se colocan en entredicho. En vísperas de comparecer al estrado, el protagonista se llegará a plantear hacer desaparecer las notas redactadas sobre su paciente. Además, hay otros componentes como la sexualidad del incriminado, lo cual es aprovechado de forma sensacionalista por varios periódicos. 


Con todo, las otras dos partes del triángulo las conforman las interpretaciones de Ana Fernández y Miguel Hermoso. La primera es la esposa del psiquiatra, quien se verá igualmente asolada por el terremoto que va a retorcer su intimidad. El segundo, amigo y confidente de la familia, tampoco podrá escapar a la vorágine. Ninguno de ese cóctel volverá a ser el mismo tras el estallido del asunto. 



En una alquimia no fácil de lograr, esta versión de La culpa tiene algunos momentos de humor negro y socarrón, un alivio que se agradece en una pieza donde casi hay claustrofobia conforme todo se va cerniendo hacia un pesimismo muy de Mamet. Muy dotado para la comedia, Pepón Nieto sabe dar ese aire de resabio cínico sin salirse del tono de la obra. 



Realmente, costaba pensar mejor despedida para el Gran Teatro de Córdoba de este 2018. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 



- Representación de La culpa en el Gran Teatro de Córdoba. Función del día 22 de diciembre de 2018. [Fotografía realizada por el autor del blog]. 



- Representación de La culpa en el Gran Teatro de Córdoba. Función del día 22 de diciembre de 2018. [Fotografía realizada por el autor del blog]. 



- Representación de La culpa en el Gran Teatro de Córdoba. Función del día 22 de diciembre de 2018. [Fotografía realizada por el autor del blog]. 

domingo, 16 de diciembre de 2018

SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS


Al contrario de lo que se piensa, los libros no sirven para darnos soluciones. De hecho, solamente valen para crearnos nuevos problemas. Ella siempre decía que el primer libro era fundamental. Si logra despertar tu curiosidad, un libro te llevará a otro libro. Esta clase de reflexiones dichas con la voz de un actor de la talla de José Sacristán tienen un eco destacado. Cuando Miguel Delibes escribió Señora de rojo sobre fondo gris estaba hablando de dos cosas: de la persona que más había amado y sobre sí mismo. 



El protagonista de esta obra es Nicolás, un pintor en horas bajas a quien los ángeles y las musas han dejado desamparado de inspiración. En definitiva, la misma situación por la que estaba pasando Delibes, un escritor de enorme talento que había sufrido la prematura muerte de su esposa, Ángeles de Castro. Él mismo afirmaba que le faltó la referencia, el faro que guiaba sus actividades, dejando incluso la pluma y el papel. Si bien es cierto que nadie es imprescindible, ese viejo dicho olvida que sí hay gente importantísima que, cuando desaparece, deja un hueco profundo e imposible de llenar. 



La producción y dirección de José Samano se basan en la sobria sencillez, aprovechando en todo momento que cuentan con un intérprete de los que se cuentan con los dedos de una mano. Pocos secretos esconden las tablas para un José Sacristán que se mueve entre ellas como un gato hábil sobre un tejado, siempre sin miedo a resbalarse. Tarea nada fácil, habida cuenta que es el único actor en escena, si bien el espectro del personaje de su fallecida mujer sobrevuela toda la obra.


La obra es prima-hermana de Cinco horas con Mario, puesto que sendas representaciones exigen a la persona protagonista enfrentarse con el público sin más armas que una habitación plagada de recuerdos, especialmente el de ese lienzo que nunca se atrevió a pintar. Ambos textos son asimismo crepusculares, como el testamento de un final de viaje.



Eso no quita que sea, a la par, un pincel que arroja mucha pasión juvenil. A lo largo de los recuerdos, Nicolás evocará los días más felices con su pareja, los instantes donde todo parecía que era una fiesta que no se iba a terminar nunca. Como si nos hubiésemos asomado por la mirilla, somos testigos de un soliloquio sin censura acerca de lo que es la vida conyugal con sus luces y sombras.



No parece casual que la pregunta que se le haga siempre a Nicolás es si bajaron los ángeles a visitarle con inspiración. Y es que durante años aguardó que Ángeles de Castro volviese de donde quiera que fue para regalarle la mitad más feliz de su memoria. Si rara vez se guardaba algo en el tintero (pensemos en Los santos inocentes), aquí su escrito es de una honestidad brutal.


Un trasfondo novelesco que encuentra su mejor vehículo en la voz y presencia de un Sacristán comodísimo en el papel, siempre sereno y sin alardes para decir mucho con apenas unos pocos gestos. A estas alturas de su carrera, parece el jugador veterano de infinita clase al que nada de lo que ocurra en el campo le perturba. Está más que habituado y sabe que si surge un imprevisto en escena, él lo va a resolver.



¿Es verdad lo que nos cuenta Nicolás? No es una pregunta baladí en ese sentido, la nostalgia es traicionera y tiende a recordar las cosas mejor de lo que fueron. El subjetivismo de este monólogo lleva a varios silencios de época, con cuestiones como el paradero de la hija mayor del protagonista, un claro reflejo de la política española en la década de los 70 del pasado siglo. Todo queda en el aire.



Obra roja sobre fondo gris que no podemos dejar de mirar.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Señora de rojo sobre fondo gris, función del día 15 de diciembre de 2018 en el Gran Teatro de Córdoba [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Señora de rojo sobre fondo gris, función del día 15 de diciembre de 2018 en el Gran Teatro de Córdoba [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Señora de rojo sobre fondo gris, función del día 15 de diciembre de 2018 en el Gran Teatro de Córdoba [Fotografía realizada por el autor del blog]