domingo, 27 de septiembre de 2015

LAS NOCHES DE BALLYGRAN Y LA PERLA



Los copos de nieve bañan el pavimento de las calles de Chicago por la noche. El auto se detiene y sale una figura bajita y que tirita de frío, la cual estará pensando, probablemente, en meterse un buen licor en el cuerpo dentro del burdel al que se dirige. Es una persona joven, se llamaba Al Capone, un tipo violento, no muy reflexivo y con agallas, alguien a quien no le importa que en los Estados Unidos se haya decretado la Ley Seca. Nos situamos a comienzos de la década de los 20 del siglo XX, valga la redundancia. El joven Al no imagina que, de asalariado y matón de Johny Torrio para extorsionar el barrio de los griegos, va a terminar por convertirse en uno de los más temidos jefes de la mafia, hasta el punto de pasar al imaginario popular como la Némesis de Los Intocables de Eliot Ness



Así se abre uno de los episodios de Boardwalk Empire en su primera temporada, con un gran Stephen Graham encarnando al futuro gángster. Sin embargo, aunque he hablado en otras ocasiones de dicha serie en este blog, a veces, uno necesita un poco de calma y una taza de café caliente para poder paladear la verdadera calidad de lo que está presenciando. Más allá de que el capítulo piloto fuera dirigido por el mismísimo Martin Scorsese o que el protagonista sea un actor de talla de Steve Buscemi (como el corrupto y astuto tesorero de Atlantic City, Nucky Thompson), resulta que en los re-visionados me he encontrado que algunos episodios de esta primera temporada del show no son solamente buenos, sino que son pequeñas obras maestras de 50 minutos.



Con el prestigioso sello de la HBO, recordaba que aquellos DVDs eran una oportunidad de descubrir que la prohibición (cuántas lecciones ha dejado la Historia en ese sentido) fue únicamente una excusa para enriquecer a algunos bolsillos con el monopolio del mercado negro. Thompson, con una bien organizada red de contrabandistas e influencias políticas, logra convertir a su paseo marítimo en el centro distribuidor, abasteciendo (no sin tensiones) a los criminales de Chicago y New York. Hoy me detengo en una subtrama que se enmarca en la primera de esas dos ciudades.



Se trata de un arco que va de los episodios 3 al 5. Ni siquiera es el argumento principal, son las escenas dedicadas a las desventuras de Jimmy Darmody (Michael Pitt), un joven recién aterrizado de vuelta a casa tras la I Guerra Mundial, antiguo protegido de Nucky, ahora caído en desgracia por haber sido identificado ante la policía. Sin su benefactor, Jimmy logra encontrar la ayuda de su amigo Capone, quien le logra el acceso a su patrono Torrio (Greg Antonacci, a quien ya disfrutamos en Los Soprano), quien lo emplea como uno de sus muchachos para proteger una de sus cat house más rentables. 



El guión de Terence Winter y su equipo es muy astuto a la hora de enfocar a Jimmy como un antihéroe de lo más curioso. Avispado, a diferencia de otros jóvenes y ambiciosos criminales (Lucky Luciano, el propio Capone, etc.), el personaje de Pitt podría haber terminado siendo un excelente estudiante con carrera universitaria, revestido de varias cualidades entre las que sobresaldrían su sangre fría y hasta dotes de mando. En cambio, su estancia en el frente de Europa (la Gran Guerra no ha sido tan llevada la pantalla como la II, pero su impacto en una generación de jóvenes estadounidenses no debe ser subestimado) lo torna totalmente y le imbuye de un aura constante de tristeza. 



Como los veteranos legionarios romanos, tras mucho tiempo fuera de casa, el joven Harmody vuelve con una familia (su antigua novia y un hijo que tuvieron antes de alistarse) que le es tan extraña como él a ellos. Fuera de la mano protectora de Nucky, tejiendo inciertas alianzas en el local Torrio, me he sorprendido a mí mismo por el progresivo interés con el que uno espera que aparezcan estas secuencias (no porque el personaje principal no sean interesantes, todo lo contrario, sino porque era de los secundarios de los que menos recordaba en esta re-visita). 



Desubicado en cualquier sitio desde que ha regresado, Jimmy encuentra una pequeña pausa mientras se va haciendo a su nueva "familia" de las manos de una joven prostituta llamada Pearl (Emily Meade, una elección perfecta). Entre ambos surge una extraña complicidad de inmediato, brillando la química en pantalla de la pareja, creando un extraño eclecticismo entre lo sórdido de esa vida y la ternura de sus pasajes. Quizá el último tren de felicidad para el ex militar que está coqueteando con un mundo muy oscuro. Opio, venganzas entre bandas y el maravilloso personaje de Pearl, un cóctel explosivo que no deja de desprender un aroma a tragedia griega. Si se hace en blanco y negro décadas atrás y en una película de dos horas, que nadie dude que brillaría en cualquier clasificación purista de eso tan impreciso que se da en llamar el género noire. 



Por último, la música. Como casi siempre en esa joya de serie, elegida acorde con la situación. Alan Taylor dirige con mano firme los devenires del elenco, con una serie de secuencias que acompañan lo que está ocurriendo. Una extraña y mágica melancolía acompaña cada pasaje, como una triste despedida en una estación de trenes bajo frío infernal... esta canción es el camino de vuelta a casa, la bocanada de aire helado que te sale al suspirar. 



Una saga minúscula dentro de varias y excelentes temporadas. De cualquier modo, absolutamente imperdible, una pela hallada en medio de la playa una tarde de domingo. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://eddieonfilm.blogspot.com.es/2009/09/boardwalk-empire-ivory-tower.html



http://www.fanpop.com/clubs/boardwalk-empire/images/30297465/title/boardwalk-empire-nights-ballygran-105-screencap



http://www.ign.com/articles/2010/10/19/boardwalk-empire-nights-in-ballygran-review



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NIGHTS IN BALLYGRAN SONG

domingo, 20 de septiembre de 2015

ANACLETO NUNCA FALLA


El reciente estreno de Anacleto, agente secreto ha vuelto a traer a la palestra a uno de los ilustres espías de las viñetas españolas. Creada esta combinación de James Bond y Súper-Agente 86 de la mano de Manuel Vázquez, uno de los mejores y más corrosivos exponentes de la etapa dorada de la editorial Bruguera, el bueno de Anacleto merecía volver a la palestra. A pesar del recelo con el que muchos fans recibíamos las noticias que llegaban del film de Javier Ruiz Caldera, incluyendo la aparición de un hijo de la nada, el cual nunca existió en la saga, su visionado es un hermoso homenaje al personaje y su mundo. 



Ya la primera escena con Imanol Arias, encarnando a un Anacleto algo más talludito y con cabellos plateados, dirigiéndose a una misión en el desierto invita al optimismo. Vázquez, genial dibujante por naturaleza y vago por devoción, gustaba de colocar a su criatura en ese paisaje, puesto que era el que menos le exigía en cuanto a decorados. Sin embargo, los guiños van más allá de eso, resucitando varios de los clichés que existían en el universo original, digno de ser sacado del baúl de los recuerdos. 



Allí, el veterano Anacleto entra en la celda de un peligroso recluso que parece haber consagrado sus años de cautiverio en hacer ilustraciones del hombre que lo derrotó. ¿El nombre del villano, interpretado por Carlos Areces? Manuel Vázquez. Para el futuro del metraje, sería indiferente que el rufián se llamase Benito Pérez, pero, al hacerlo así, el guión adaptado de Fernando Navarro, Pablo Alén y Breixo Corral demuestra su conocimiento de la esencia de la serie de la que hablan. En efecto, Vázquez gustaba de hacer apariciones en el cómic de su agente como un temible y divertido oponente, incluyendo un intento de monopolizar el circuito de bicarbonato (historia que tuvo varias versiones) o una delirante trama de suspense donde él mismo iba secuestrando a sus personajes (la Abuelita Paz, Angelito, etc.) para no tener que dibujarlos.

Hay además, empero, una ventaja que me hizo ver un gran amigo, a la hora de esta adaptación. Si uno se viera en la tesitura de hacer un film sobre Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape, que alguna vez ha pasado, tendría muchas, pero muchas historias a las que hacer frente. A lo largo de las décadas, Ibáñez y Escobar fueron dotando de unos rasgos únicos a sus creaciones, un universo personal y con una gran cantidad de lectores de varias generaciones. Anacleto, siendo un cómic excelente, fruto de la dispersión y menor producción de su autor, tiene la suficiente personalidad para ser reconocible, sin tener la losa de provocar una biografía para cada aficionado que lo ha imaginado a su manera. 



Hay muchos huecos (por no hablar de las más que cuestionables tiras de "negros" que Bruguera hizo de tebeos de Vázquez, a años luz del nivel exhibido por el original) que se pueden rellenar sin ofender a los puristas. Por ello, ese hijo del que se calza sus zapatos Quim Gutiérrez, despistado y engañado sobre la verdadera profesión de su progenitor, no chirría, especialmente porque uno tiene la sensación de que no es un parche para meter una trama romántica con el personaje de Alexandra Jiménez, sino que dan ritmo, buenos diálogos y una cosa diferente que acompaña al veterano agente, cansado de que ya no se puede fumar como antes (incluso otro icono como Lucky Luke se vio obligado a sustituir su tabaco por otros hábitos más saludables). 



Y, aquí está nuevamente el acierto, respetar lo que había antes. Las entradas secretas (un gran gag que Vázquez manejaba muy bien e Ibáñez supo llevar al máximo exponente con ciertos trabajadores de la TIA), el jefe (su presencia es escasa en metraje, compensada por tener a un actor de la talla de Emilio Gutiérrez Caba para encarnarlo), los bingos (verdadero vicio del creador de Anacleto, hasta el punto de que se rió de sí mismo en una monografía que dedicó a dicho juego)...


Suficientes ingredientes en las pantallas de los cines para recordar este domingo, un momento tan bueno como cualquier otro, al inefable de Ancleto quien, como bien se jactaba con aire de auto-suficiencia, nunca fallaba. Si en El gran Vázquez, una animación visitaba al dibujante para animarle con las tramas y sugerirle nuevos y absurdos inventos (una cámara-botijo, tremendamente práctica para no levantar sospechas), es bonito pensar que ahora la versión "malvada" de Vázquez devuelve el favor a uno de sus hijos más afamados. 



Para los interesados en el tema, no pueden prescindir de la lectura de un detallado libro coral sobre diferentes aspectos de este artista (VARGAS, J. J. (coord.), El gran Vázquez: Coge el dinero y corre, Dolmen Editorial, Barcelona, 2011) o la biografía que le brindó Antoni Guiral (GUIRAL, A., By Vázquez: 80 años del nacimiento de un mito, Ediciones B, Barcelona, 2010). 



Les animo a que se dejen caer por la cartelera o, cuanto menos, a abrir alguna de esas viejas historias de un tebeo que bien vale una re-visitación.  



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://navarrobadia.blogspot.com.es/2014/11/anacleto-de-vazquez-en-alegres.html



http://www.hola.com/noticias-de-actualidad/20-04-2015/115037



http://hoycinema.abc.es/noticias/20140708/abci-anacleto-agente-secreto-rodaje-201407072033.html

domingo, 13 de septiembre de 2015

ROCK AND ROLL STAR: GERMÁN EL MONO BURGOS


CORONEL THURSDAY: ¿Cómo sabe que no eran apaches? 


CAPITÁN YORK: Con todos los respetos, señor, si los ha visto, es que no eran apaches. 


-Fort Apache (1948). Director: John Ford. Guión: Frank S. Nugent.



El arquero tiene un punto de genialidad y otro de locura. En verdad, como decía el capitán Jack Sparrow, resulta sorprendente la cantidad de veces que esos dos términos confluyen. Dentro del universo futbolístico, no es frecuente encontrar personalidades como Germán el Mono Burgos, un portero heterodoxo, fiel seguidor de la escuela de Hugo Orlando Gatti, ese tipo de guardameta que se especializa en fabricar América Latina. Hoy, en el blog hablamos de su biografía, Insoportablemente yo, escrito a media con María Udaberri. Pero, ojo, no hablamos solamente de darle patadas a un balón o de atajarlo, ni mucho menos. 



Lo que atrae de Burgos, más allá de quien pudiera verlo defendiendo, entre otros grandes clubes, las redes de River Plate o el Atlético de Madrid, es su personalidad. El Mono, como le apodaban, es una rock and roll star, alguien que mira la vida con su propio prisma. Sus problemas de salud, serios y graves debido a un cáncer, no minaron la moral de un transatlántico. Quienes hoy pueden verlo como el Maharbal de ese Aníbal Barca de los banquillos que es Diego Pablo Simeone, saben que Germán va al frente con una cucharilla, un tipo de carácter, pero con el sentido del humor a prueba de bomba. Y unir carácter con la carcajada es una combinación explosiva y difícil de resistir.



Eso se refleja en la pequeña cita escogida que introduce cada uno de los capítulos. A veces, Udaberri y él eligen a clásicos del humor como Groucho Marx, otras, emplean al Mowgli de Kippling para explicar cómo la selva del pasto se incrustó en el protagonista. La brevedad de los mismos ayuda a agilizar un librito de lectura amena, perfecto para pequeños trayectos o tener en la cabecera de la cama, sin más pretensiones que ayudar a comprender una serie de vivencias de un deportista y músico en una época donde la fama lo desorbita todo.     


No todo el mundo puede presumir de haber parado un penalti por la cara (o, mejor dicho, la nariz) en un escenario de la talla del Santiago Bernabéu. Aquello ocurrió en los años donde lo dirigía su admirado maestro Luis Aragonés (a quien dedica emotivos pasajes, solamente comparables a los que brinda a Marcelo Bielsa y Timoteo Griguol), con quien convivió en Palma de Mallorca y esa ribera del Calderón que lo adoptó para siempre, hasta el punto de que los geniales publicistas colchoneros utilizaron su rostro de apache para un memorable spot que festejaba el regreso de los rojiblancos a la primera división española. 



"Chilavert se comió a muchos, pero conmigo no pudo", recordará en esta biografía donde hay tiempo para hablar de las derrotas. Hace referencia allí al mítico golazo que el portero paraguayo le coló de área a área. Un momento de gloria para uno y terrible para la víctima, inmortalizado en multitud de programas de zapping. Sin embargo, ese instante resultaría su fuente de inspiración para su etapa dorada en River. Victoria, derrota y empate. Hay que pasar por las tres fases y tratar de no ser demasiado boludo en cada una de ellas. 



En definitiva, un rico mosaico de anécdotas como suelen saber contar con labia los argentinos para estas lides, rindiéndose tributo a maestros como su admirado Joaquín Sabina. Se nota en ello la buena mano y la prosa de Udaberri, vencedora del IX Premio de Novela Francisco Umbral, entre otras exitosas incursiones de esta autora en el campo literario. Su presencia le da pausa a las tentaciones apresuradas de Burgos, quien, como su admirado Higuita, siempre está deseoso de salir debajo de los tres palos. 



Vivencias. Muchas vivencias, algunas en el Monumental con príncipes como Enzo Francescoli. No menos historias dentro de historias en campos de arena donde te raspas las rodillas que son el verdadero vehículo que te llama a jugar con la selección absoluta de tu país. Instantes también para rendir pleitesía a sus ídolos, especialmente al dorsal 10 de la celeste y blanca, ese dios mortal que engorda, adelgaza y fuma habanos. Piropos que Maradona ha correspondido al afirmar que, sin restar méritos a Diego Pablo como entrenador, no se puede olvidar que tiene un "fenómeno" al lado como el antiguo guardameta de River. 



En estos tiempos que corren, empieza a surgir la necesidad de una re-edición ampliada o, mejor aún, un nuevo libro que recorra esos años mágicos que han vuelto a poner a los indios rojiblancos del Manzanares en el ojo del huracán. Uno donde se hable de cómo el Mono se unió al Profe y al Cholo para formar un triunvirato albiceleste tan heterodoxo como eficaz. 



Del vial del Ferro Carril Oeste, duelos en OK Corral en la mesa de operaciones y micrófono en mano para cantar a su manera. Un capo que muchos entrenadores de postín quisieran tener el lujo de tener como segundo. Insoportablemente él, estos arqueros siempre han tenido un poco de loco... y mucho de genios. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://pasionmonumental.com/riverplate/2012/04/16/%C2%A1feliz-cumpleanos-mono-burgos/



http://guardianesdelinfierno.blogspot.com.es/2013/07/a-ritmo-de-rock-german-burgos.html



ENLACES DE INTERÉS:



http://guardianesdelinfierno.blogspot.com.es/2013/07/a-ritmo-de-rock-german-burgos.html



https://www.youtube.com/watch?v=ElY9lFa9_N8

domingo, 6 de septiembre de 2015

EL SECRETO DE LA VEJEZ



Decía Gabriel García Márquez que el hacerse mayor no tenía más secretos que ir comprendiendo que debíamos realizar un pacto honesto con nuestra propia soledad. Una frase simple y que, como tantas otras del gran Gabo, esconde muchos misterios. El salto al vacío que va exigiendo la desaparición de nuestros amigos, familiares y rostros que nos eran conocidos y queridos no es apto para cardíacos. Tal es la apuesta de Bill Condon en esta revisión de Sherlock Holmes, el mítico detective; más que contar un crimen y su ingeniosa resolución (que también), usa al sabueso de Baker Street para un film maduro, sereno y con ese punto de lentitud que, a veces, tienen las grandes cosas. 



Tras una re-actualización de la genial creación de de A. Conan Doyle (series de televisión que han trasladado al buen detective y a su inseparable Watson al presente, la comiquera y divertida versión de Guy Ritchie...), Mr. Holmes (2015) está destinada al público que ha consumido con fruición las novelas y que van a encontrar aquí al Sherlock de corte más clásico. Ian McKellen nos regala todo su oficio para interpretar al mito, dándole los achaques propios de la edad y una humanidad de senectud que no impide en ningún momento que bajo esa apariencia no sigamos intuyendo al sagaz observador de la naturaleza humana. 



Auto-exiliado en una granja de Sussex, Holmes ya pasa de los 93 años, hace mucho tiempo que no usa sus habilidades para resolver casos y parece contentarse con la cría de abejas. Sin embargo, la siempre traicionera memoria va arrojando sobre su mente instantáneas de algunos problemas aún pendientes, si bien no será tarea sencilla reconstruir los hechos. Sea advertido el espectador de que ese tempo de beatus ille y de alejamiento del mundanal ruido marca también el ritmo de la película, que no se esperen giros inesperados de cámara o fuerte elipsis. Todo tiene su momentos y esta historia requiere disfrutar del paisaje, no es un viaje apresurado.  



Condon se adentra en el crepúsculo de la leyenda, privándole de algunos iconos del imaginario popular para hacerlo todo más humano e intimista. Ni Mycroft, Moriarty, Irened Adler o el mismísimo Watson estarán presentes, si bien se homenajea la propia auto-consciencia de Sherlock de mito de su odiada ficción cuando viaja a un cine para ver una adaptación dramática de uno de sus casos. Debe elogiarse a Mitch Cullin y Jeffrey Hatcher por la madurez que desprenden los diálogos y la inteligencia con la que tratan al espectador, dándole tiempo para rellenar sus huecos, sin apresuramientos. 



Ahora, una nueva ama de llaves (magníficamente interpretada por Laura Kinney) hace las labores de administradora del hogar y de enfermera, al estilo del papel que había tenido la señora Hudson y el doctor Watson en uno, añadiendo a su hijo Roger, un avispado muchacho que pronto suscitará la atención del anciano, necesitado de mentes perspicaces con las que interactuar y dialogar. Como se puede ver, nada que sea especial, más próximo a un agradable paseo en el parque que a un viaje en ferrocarril de alta velocidad.  



Alberto Luchini hablaba en su reciente reseña sobre este mismo film de la melancolía como uno de los sustantivos clave para entender de qué versa este relato. Hasta el punto de que, modestamente, creo que esa nostalgia que inunda todo es lo que realmente pretendía Billy Wilder cuando abordó La vida privada de Sherlock Holmes, uno de los proyectos más ambiciosos e inteligentes del mítico cineasta, si bien, la película fue algo inconcluso y descompensado. Y es que Holmes, pese a seguir siendo una de las citas de taquilla más seguras, puede atragantarse a los más hábiles. 



La mano de Condon es sumamente firme a la hora de hacer navegar este viejo pero sólido galeón, capaz de exhibir muchas de las virtudes que estaban ya presentes en las novelas de Holmes. Algunos acusarán a este film de no tener punch, de faltarle un poquito del alma. De cualquier modo, se puede argumentar que sí que la posee, simplemente, la tiene contenida, bajo una capa de respetabilidad y cansancio, aunque no lo parezca, Sherlock saldrá transformado de esta inmersión en sus recuerdos y el desgaste al que somete la vida, donde admite que, a fin de cuentas, no puede resolver 



McKellen, tras este ejercicio, vuelve a confirmarnos que resultará eficaz como profesor de Oxford, el temible y carismático Magneto o el sagaz perseguidor de criminales en una Londres gris y otoñal. No podía existir mejor protagonista posible para esta visión, siendo aceptado por el público como el detective desde su primera secuencia. 



Nunca es tarde para honrar a viejos dioses. 



Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una
de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte
y la siesta son otras. También es nuestra suerte
convalecer en un jardín o mirar la luna.
BORGES

FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 






http://fannycornforth.blogspot.com.es/2015/06/review-mr-holmes.html



http://www.dailymotion.com/video/x2kvaea


ENLACES DE INTERÉS:



EL OCASO DEL DETECTIVE



BLOG SHERLOCK HOLMES Y SU MUNDO

domingo, 30 de agosto de 2015

DANIEL Y EL SEÑOR



El pasado fin de semana comenzó con malos augurios para las tablas. Nos dejaba Lina Morgan, una de las grandes damas de nuestros escenarios, símbolo para toda una generación de espectadores en España y personaje entrañable. Como las desgracias nunca vienen solas, poco después se difundía la noticia del fallecimiento de Daniel Rabinovich, uno de los miembros fundadores del grupo humorístico Les Luthiers, puntales de un tipo de comedia inteligente y armonizada con el talento musical de sus integrantes, capaces de fabricarse sus propios instrumentos. Demasiada pérdida de talento en tan escaso margen para los teatros.



En un emotivo comunicado, el grupo argentino afirmó que seguiría permaneciendo unido y con el sano propósito de seguir haciendo reír, tal y como a su hermano Daniel le hubiera gustado. Ernesto Acher, antiguo puntal de Les Luthiers, afirmaba que esta sociedad es una especie de "matrimonio múltiple entre caballeros". Las complicaciones cardíacas de Daniel dejan al resto en una viudedad amarga, sentimiento que uno no asocia a los creadores de Mastropiero, quienes siempre van a ir ligados a la risa y la carcajada.



No es la primera desaparición dolorosa; rescataba Hernán Firpo el hecho de que el mítico quinteto logró sobrevivir al fallecimiento de Gerardo Masana, fundador y auténtico demiurgo de muchas de las características que convirtieron un extraño experimento en una garantía mundial en habla castellana de colgar el cartel: "no hay entradas". No obstante, aquella tragedia tuvo el parche de la juventud, de continuar un legado. La pérdida de Daniel nos plantea a sus fans la duda de si no estamos asistiendo al ocaso de uno de los mejores espectáculos posibles, las últimas páginas de un libro que hemos devorado hasta desgastar sus páginas.       


Ello tampoco debe llevarnos a ser agoreros. Cualquier alineación que incluya los nombres de Carlos Núñez Cortés, Marcos Mundstock, Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Tato Turano y Martín O´Connor es garantía de éxito. No se trata de decir, ni mucho menos, que estos trovadores están acabados. Lo que pasa es que la desaparición de Daniel nos ha recordado que el camino tiene un final, que habrá un día en el que nos quedarán las grabaciones, audios y DVDs conmemorativos, pero no habrá nuevas actuaciones. También llegará la época en que no podamos esperar un estreno de Woody Allen o una nueva gira de Lina con sus espectáculos. Eso debería hacer que valorásemos más estas cosas. 



Nobleza obliga y la muerte suele honrar y embellecer los recuerdos, sin embargo, no es descabellado, como algunos medios y público han recordado, afirmar que el señor Rabinovich ha sido uno de los Luthiers más simpáticos. Ya fuera con su barba al completo o su muy reconocible bigote, su contagiosa sonrisa le acompañó representando al citado Daniel en una operística parodia con raíces bíblicas, en la que el afligido defensor de la ciudad reprocha a su dios haberles dejado en la estacada ante los filisteos: "¿Qué te pasa, viejo?".  



No recuerdo con exactitud el motivo (alguna boludez, seguro) por el que no aproveché la oportunidad de verlos en acción en directo cuando vinieron a Córdoba. Concretamente, Daniel hizo la apertura del espectáculo, con la delirante canción de noche de bodas, hipérbole de Las mil y unas noches, un difícil monólogo bajo ritmos orientales que causó un gran impactó entre los afortunados presentes. Pasados los años, no recuerdo el compromiso u obligación ineludible que me hizo no estar aquel día en el Gran Teatro. Lo que no olvidaré jamás es que me perdí a Daniel y al resto de Les Luthiers, eso no se me irá nunca de la cabeza, porque no todos los días se puede ver a Maradona y Messi en la cancha. 




Quedan los recuerdos de una era no soñada donde la música clásica y la etiqueta se amasaron con eclecticismo al sentido del humor, una mezcla difícil de conseguir y aún más de superar. La payada de la vaca o La hermosa y graciosa moza son algunos de los ejemplos que podríamos dar de ello, también el dueto de Marcos y Daniel para representar a dos delirantes comentaristas de radio que entrevistaban al resto, convertidos en el grupo británico London Inspection. 



Nos señalaba el añorado Labordeta que, mientras nos quedasen Los Simpson o las letras de Sabina, aún quedaba una rendija de esperanza. Ahora, empezamos a quedarnos huérfanos de otro de nuestros tótems, de esos hacedores de partituras hilarantes que no dudaban en burlarse de ellos mismos y su indiosincrasia: "A los argentinos se nos tacha de soberbios, aunque no es del todo justo. A veces, nos creemos los mejores de toda América Latina. Otras, los mejores del mundo". O aquella de cuando sus antepasados vieron cómo se fundaba el Río de la Plata: "Che, qué macana, quedamos segundos"



Bien harían en la querida Argentina en cuidar a los Luthiers que nos quedan como un tesoro nacional, porque lo son, los custodios de algunas de las más lindas risas que nos han arrancado. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:


http://www.diarioveloz.com/notas/148512-murio-daniel-rabinovich-integrante-les-luthiers-una-larga-enfermedad



http://personajes.lanacion.com.ar/1821043-la-vida-de-daniel-rabinovich-en-imagenes



http://personajes.lanacion.com.ar/1821043-la-vida-de-daniel-rabinovich-en-imagenes



ENLACES DE INTERÉS:



http://www.clarin.com/extrashow/teatro/rabinovich-ultimo-acto-artista-enorme_0_1417058649.html

domingo, 23 de agosto de 2015

QUERIDOS CAQUITOS



De un pequeño sketch al Olimpo de las series en América Latina. Hacer eso una vez ya sería suficiente mérito, toda una hazaña. Sin embargo, Roberto Gómez Bolaños logró esa fórmula perfecta hasta en tres celebradas ocasiones. Muy conocidas son sus creaciones El chavo del 8 y El Chapulín Colorado, aunque, quizás por estas latitudes, tengamos menos noticia de Los caquitos, quienes también iniciaron en sus libretos una andadura que los llevó de pequeños gags cómicos a todo un espacio dedicado a ellos. Una andadura que viene a cuento recordar ahora, estando tan reciente el fallecimiento de Bolaños, inmortalizado en el imaginario popular bajo su apodo artístico: Chespirito



Todo se inició cuando don Roberto decidió contar las desventuras de un dueto de rateros, el Chómpiras (interpretado por él mismo) y el Peterete (caracterizado por el genial Ramón Valdés). A pesar de sus aviesas intenciones, sus atracos siempre eran frustrados, no tanto por la eficacia policial como por su propia incompetencia. Particularmente el Chómpiras era un dechado de vagancia y falta de empuje (ya fuera en su labor delictiva o en una discusión), ganándose muchas veces sonoros tortazos de su colega. Una pareja muy clásica de humor físico (casi al estilo de Muertos de risa), con añadidos tan celebrados como el rasgo que Valdés dio al Peterete de andar como si fuera la mismísima Pantera Rosa.   



La marcha de Valdés (junto con la de otro puntal de los programas de Chespirito, Carlos Villagrán) provocó que el rol del Peterete pasase a manos del Botija, otro fornido delincuente que ejercería características muy parecidas a las del anterior con el Chómpiras (incluyendo el hábito de peinarle antes de propinarle el tortazo). Sin embargo, al margen de la acertada elección de Édgar Vivar para encarnar al Boti, los guiones de Bolaños fueron amoldándose para explotar nuevas dimensiones en estos supuestos rufianes. Paulatinamente, aquellos ibañezcos y desafortunados atracadores de poca monta fueron moviéndose en un universo concreto y más definido. En definitiva, dejaron de ser unos encantadores entremeses para convertir en una obra independiente del resto de la producción de Chespirito.


Una de las principales ventajas era la edad de los personajes en aquel microcosmos. En El Chavo, con la excepción de los adultos, algunos de sus principales y más destacados intérpretes irían teniendo problemas para encarnar la niñez (aunque fuera a modo paródico y representativo). Sin embargo, no había ningún problema en que Bolaños fuera envejeciendo de forma natural con su Chómpiras, un personaje al que fue dando cada vez más trasfondo. Con acierto, supo usar al ladronzuelo para reflejar a un tipo con una pachorra única y una filosofía sanchopanzina que le iba como anillo al dedo.



La jugada maestra del asunto fue una carta de amor que dio a su futura segunda esposa, Florinda Meza, para quien expresamente creó Bolaños a la Chimoltrufia, la aguerrida esposa del Botija, quien lograría convencer a su cónyuge y asociado de dejar la vida delictiva. Si bien Florinda dejó un gran listado de buenas actuaciones por sus damiselas en apuros en El Chapulín, por no hablar de su inolvidable doña Flonrida en El Chavo, indudablemente la Chimoltriufia es su personaje más logrado, tridimensional y revestido de todas las virtudes que hacen creíble a esa mujer sin estudios pero perspicaz, honrada pero pícara, capaz de hacer encaje de bolillos para mantener su modesto hogar. Hacer caso a la Chimoltriufia exigiría al Botija y a su inseparable Chómpiras adentrarse en el mercado laboral, uno donde unos ex convictos eran vistos con mucho recelo por patronos, vecinos y la opinión pública.



Admiradores incondicionales de la mítica pareja de Stan y Laurel, Bolaños y Vivar demostraron que sus registros iban mucho más allá de la comedia situación o agilidad de gesticulación para recibir el mamporro de rigor. Algunos de los diálogos y, mejor aún, momentos silenciosos de ese dueto de inadaptados que intentan ganarse el pan con el sudor de su frente ante la desconfianza general, siguen dejando la hermosa moraleja de que, si algo les queda, es la camaradería que han compartido todo ese tiempo. En verdad, ya en la década de los 90, pareciera que Bolaños iba haciendo Los caquitos su espacio predilecto, al que dedicaba mayores energías creadoras.


Ello explica que, junto con la Chimoltriufia, fuera capaz Bolaños de diseñar otro personaje femenino de altura, uno que no hubiera podido darse en ninguna otra de sus series. María Antonieta de las Nieves, una de sus actrices de confianza, sería la responsable de llevar a cabo a Marujita, una prostituta de buen corazón que, al igual que el personaje de Irma la dulce, tiene la mala fortuna de dejar hechizado al sargento Refugio (un gran, en todos los sentidos, Rubén Aguirre), un honesto e ingenuo policía que es la única persona que no conoce la verdad de la profesión de la dama. En uno de los mejores episodios del show (https://www.youtube.com/watch?v=i33qt6JO7FI), de corte más serio que el resto, Bolaños puso su foco en esa entrañable relación. 



Secundarios de lujo como Raúl "El Chato" Padilla (haciendo el papel del licenciado Morales, en un registro mucho más comedido del que acostumbraba) o Angelines Fernández volvieron prestar sus servicios a una serie de Chespirito, probablemente, sabedores de que Bolaños sabía mimar con momentos de lucimiento a cualquier miembro de su cuadrilla, no solamente a los protagonistas. 



Los caquitos suponían el broche de oro, el epílogo adecuado a un gran libro, un hermoso recuerdo a atesorar de una manera única e irrepetible de hacer televisión. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www2.esmas.com/entretenimiento/farandula/fotos/chespirito-los-caquitos-chompiras-botija-chimoltrufia/27462/



http://www.datuopinion.com/los-caquitos



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domingo, 16 de agosto de 2015

BENDITOS INGENUOS


No sin cierta malicia y con hipérbole, en ocasiones, me gusta decir que Spirou es un cómic del que se disfruta todo, menos del protagonista. Evidentemente, eso no es así, tampoco tengo nada contra uno de los botones más célebres de las viñetas, Sin embargo, al igual que le pasa a otro icono como es Tintín, pareciera que el titular de la revista, si bien es el motor de la historias, queda eclipsado en carisma por sus compañeros de reparto. En el caso de Spirou, es mucho más fácil empatizar con el alocado y genial Fantasio que con el caballero hidalgo sin mácula que es el aventurero belga, alguien que, hasta cuando roba una bicicleta para perseguir un criminal, especifica al ciclista que volverá al mismo lugar para devolvérsela en mano. 



Honrado, valiente e intrépido, acompañado de su inseparable ardilla, Spirou alcanza unos niveles de santidad y perfección que lo alejan bastante del común de los mortales. Costará verle siguiendo el consejo de Oscar Wilde de caer en la tentación, siempre resistente al invasor a la hora de que nada haga tambalearse su férreo código ético. Él es un Lucky Luke, un Tintín, un Superman, un buen chico que nunca va a dudar de su propósito. ¿Nunca? Bueno, siempre hay excepciones. Y esa joya titulada Diario de un ingenuo es sobre la que vamos a tratar este domingo. 



Obra de Émile Bravo para conmemorar los saludables 70 añazos del chico pelirrojo, esta aventura es una especie de Año uno para sus seguidores, un ramillete de homenajes a lo mejor del cómic franco-belga y, por encima de todo, una profundización en el alma del pequeño Spirou en 1939, cuando era solamente un chico sin familia que abría las puertas de un hotel en su país, ajeno a preocupaciones políticas y sin intuir lo que le deparaba el futuro. 



El reto de un trabajo de ensamblaje de viejas historias es conseguir que los guiños y referencias satisfagan al más amplio espectro posible de público, tanto a la persona que lee con asiduidad al personaje como al neófito que se acerca por primera vez a la desventura de este huérfano. Y empleamos huérfano con acento, como bien han incidido algunos blogs previamente (especialmente recomendable, en el caso de "Spirou, Diario de un ingenuo"), este icono franco-belga ha estado repleto de padres adoptivos -sobresaliendo la etapa de Franquin, asociado a la editorial Dupuis antes que a su creador original. 



Y Bravo sabe tocarnos ahí el dedo en la llaga. Presenta a un joven botones sin familia, desorientado y perdido, poco ducho en el mapa geopolítico de la Europa donde le ha tocado vivir. Sin embargo, con toda su timidez y dudas, ya está revestido de las cualidades que lo convertirán en lo que llegará a ser. Es noble, valiente y tiene capacidad de liderazgo cuando se lo propone, incluyendo para evitar que los niños pequeños de su barrio se peleen por el voto que dan sus padres en las urnas. Es Spirou como nunca lo hemos visto, aunque en ningún momento ha perdido su esencia, simplemente, es más humano que nunca. 



Poco tardará durante sus esfuerzos de supervivencia en encontrarse con su futuro hermano, si no de sangre, de espíritu, Fantasio. Aquí, tornado en un periodista sensacionalista, ingenioso y con escasos escrúpulos, rondando como sabueso la búsqueda de informantes para sacar trapos sucios de la jet set. Su contraste con el protagonista es más acentuado que nunca, pero, tal vez como pocas veces, muchos se van a colocar del lado del chico de la ardilla, a quien Émile Bravo coloca en la palestra con sus mejores galas para contar una hermosa historia de amor.


Como en La vida privada de Sherlock Holmes, tenemos la sensación de que nos han subido un poco la persiana de un amigo discreto pero del que siempre nos hubiera gustado saber algo más. El romance que inicia Spirou con una idealista joven que también trabajaba en su hotel está repleta de momentos memorables, incluyendo la primera cita (qué importante es la primera cita cuando es la primera de las primeras citas).



La trama de fondo pre-bélica y de espionaje se va difuminando bastante, como si Bravo la hubiera empleado como un McGuffin, un pretexto para adentrarse en lo que verdaderamente le interesa, por una vez, poniendo la aventura a los pies del héroe y no al revés. Eso explica que, prácticamente desde su publicación, siga siendo una de las historietas más celebradas de esta colección,



Spirou seguiría deambulando por una lluviosa Bruselas con su viejo uniforme de recuerdos, con esa misteriosa condición de huérfano desconocido, sin embargo, el regalo que le hace Bravo le curará muchas tardes de soledad. La memoria de aquel beso en un pasillo de hotel y haber conseguido conocer a su mejor amigo. Y eso, no tiene precio. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://siguealconejoblanco.es/comics/comic-europeo/la-loi-du-plus-fort-emile-bravo/



http://ellibrodeldestino.blogspot.com.es/2015/07/emile-bravo-y-spirou-diario-de-un.html



https://www.google.es/search?q=spirou+diario+de+un+ingenuo&espv=2&biw=1242&bih=566&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0CAYQ_AUoAWoVChMI377AsvSgxwIVAT8UCh0zBAJ_#imgdii=9pdKxzRRlWscaM%3A%3B9pdKxzRRlWscaM%3A%3BT3SVvQ3YSfKf4M%3A&imgrc=9pdKxzRRlWscaM%3A