domingo, 27 de enero de 2013

LAS CADENAS DEL TALENTO


No podía ser de otra forma. Después del dulce cautiverio del elogioso recuerdo, Quentin Tarantino volvía a estrenar en las grandes salas, con su prometido western de reminiscencias a desiertos de Almería, Django Unchained ("Django desencadenado"), donde uno de los más influyentes directores de Hollywood desde la década de los 90 (Reservoir dogs, Pul Fiction, Jackie Brown...), retomaba el discurso de sus bastardos sin gloria, revisar la historia del cine... a su manera. 




Con el homenaje ya en el título, el poderoso inicio y la atrayente música (Morricone dixit), envuelven al espectador en la atmósfera indicada en el momento oportuno. Estamos ante la historia de un esclavo liberado (Django interpretado por  por un Jamie Foxx encantado con la oportunidad que le cedió su amigo, Will Smith) por un peculiar cazador de recompensas alemán, caracterizado por Christoph Waltz, en busca de su amada y de venganza. En definitiva, la fórmula indicada por el spaghetti western más clásico, pero adecuada a este maestro del eclecticismo nato.




Con ciertas reminiscencias a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o Valor de Ley (hacemos aquí referencia al remake de los hermanos Coen), los tiroteos en este ejercicio de género son realistas, alejados de los inverosímiles disparos de guante blanco. Igual que Scorsese, Tarantino y su equipo logran mostrar la violencia como la oscuridad que es, aunque esté salpicada de momentos divertidos. La sonrisa y la crudeza se mezclan, generando confusión en el espectador. 



Y es que, quienes estén yendo al peregrinaje de esta cita cinematográfica con el peculiar Quentin, deben estar preparados para ver sin tapujos cuál fue la realidad de las grandes plantaciones sudistas y qué se cocía dentro de esos lugares. Lo dicho para las balas se aplica a los latigazos y la forma en que los hombres libres mueven a esta mercancía, como si fueran cosas (no veía esta verosimilitud al mostrar a esclavos y dueños, desde la magnífica primera temporada de Roma).



 

La química que muestran en las escenas que comparten Waltz y Foxx es estupenda y provoca una inesperada alianza de cazarrecompensas mientras se permiten guiños a varios clásicos, tales como Dos mulas y una mujer. Como en los mejores tiempos de Los Simpson, este tipo de referencias no estorban al espectador que no los conoce, mientras es un pequeño bocado de cardenal para quien ubica la nota a pie de página. 




A medida que va prosperando la pareja, se van acercando al verdadero objetivo de Django (por más que matar legalmente a  forajidos blancos sea un placer y una venganza muy similar a la de los bastardos de origen judío frente a los nazis en la Francia ocupada), su esposa, cuyo nombre no será difícil de identificar por los amantes de la ópera. Y es que, con esa extraña capacidad de hacer mezclas impensables, las desventuras de dos fugitivos extrajeros en la parte contraria al abolicionismo, se convierten en herederas de lo mejor de Wagner.




Estas pesquisas le llevarán hasta los dominios del nuevo amo de la joven, un adinerado y joven sibarita en cuya propiedad se esconden muchas extravagancias y horrores. Leonardo Di Caprio tarda en aparecer, pero cuando lo hace la situación se pone seria. Desde el señorito Iván en Los santos inocentes, pocas veces se había visto mejor desprecio condescendiente a la servidumbre y una forma tan elegante como dañina de tratar a subalternos y personal doméstico.  




Di Caprio firma una actuación excelente y muy personal, generando también muchas perversiones que se dieron por parte de quienes en sus haciendas dispusieron de todo lo que se les antojase casi sin pedirlo. El galán del Titanic se marcó en la agenda ir mostrando versatilidad y lo está logrando, así como un exquisito gusto para hacerse querer por luminarias como Nolan o Scorsese. Al margen del marketing, visto lo desplegado, parece poco sospechoso que Tarantino afirmé que querrá volver a colaborar con él en el futuro. 






Al más puro estilo Berlanga-Azcona, hay muchos sobre-entendidos en los dominios de este dragón que tiene a la prometida del protagonista. Alguna alegría del casting como Samuel L. Jackson hace que sea imposible perdernos en las coordenadas del universo creativo de este artista que ha recibido también sus palos por su forma poco pudorosa y hasta irreverente de tratar la cuestión (Spike Lee se colocaría a la cabeza de estos opositores). 



SPOILERS [EN ESTA PARTE DEL BLOG SE REVELAN DETALLES IMPORTANTES DEL DESENLACE LA PELÍCULA]




Pese a lo dicho y volviendo a admitir que la fórmula tarantiniano sigue funcionando con la magia acostumbrada, da la sensación de que en esta ocasión, a su tercer acto le ha faltado originalidad, cuestión muy curiosa en un cineasta que tiene en esa destreza uno de sus puntos fuertes. No se opta por un final amargo que llega a vislumbrarse por un instante, tampoco porque la ingeniosa treta del dentista bávaro acabé en algo similar a El golpe, sino que, el director repite la táctica de que su personaje se vuelva invunerable durante los siguientes instantes y alcancé una sangrienta venganza (eso sí, todo merece la pena con tal de ver al mismísimo Quentin haciendo un cameo). 
Quizás simplemente sea que la pérdida de los personajes de Di Caprio y Waltz es demasiada para este epílogo, pero este giro de tuerca apasionante (coger un tema controvertido, mostrar un sentido del riesgo, originalidad, crudeza y una reflexión increíble sobre A. Dumas) se acoge al final, al igual que la excelente Malditos bastardos a una masacre final para ahorrarse dudas. Da la sensación de que el metraje se excede, que los diálogos son ocurrentes (es una de sus grandes armas, aunque creo que todavía, por ponerle peros a lo que casi no lo tiene, le falta esa intuición de otros como genios más veteranos como Woody Allen para poner a los diálogos al servicio de su film y no al revés) son reiterativos... 





Con todo, como dice Foxx, la Django, la D es muda... la venganza no lo será. Tampoco, los comentarios que suscitará este nuevo regreso al ruedo, de un forajido de leyenda y su equipo para el séptimo arte.






domingo, 20 de enero de 2013

FUE SIN QUERER QUERIENDO


Pensar en El Chavo del 8 me suscita una sensación muy similar a la que le acontece al periodista Antoni Daimiel cuando evoca a los Chicago Bulls de los años 90 en sus crónicas. Para el inefable compañero de Andrés Montes, aquel mítico equipo de baloncesto capitaneado por Michael Jordan ocupa un rincón de su memoria en el que entra poco, en ocasiones, casi deja pasar meses sin abrir sus puertas de recuerdos. "Sin embargo, una parte de mí sabe que siempre están ahí. Inalterables, grandes... Entro poco a molestar, pero sé lo que me voy a encontrar". Algo idéntico me acontece cuando evocó esa serie mexicana, diario de un muchacho que dormía en un tonel que no era surgido de la imaginación de Edgar Allan Poe, sino de la tampoco manca en arides e ingenios, mente de Roberto Bolaños. 




Después de haber invertido tantas cintas VHS en grabarlo gracias a Canal Sur (en aquella época no soñada, como diría Robert E. Howard, uno era aún niño dispuesto a profanar con sus sandalias el tiempo enjoyado del ocio), casi podría decirse que me fui separando de El Chavo más carismático (interpretado, cómo no, por Bolaños, a diferencia de otros mitos como Conan, Batman o James Bond, creo que el imaginario colectivo no concibe otra posible encarnanión) y de su serie derivada, El Chapulín Colorado. Pero no piensen mal. 




Una de las cosas mas difíciles en la vida, al contrario de lo que alguno podría juzgar, no es distanciarse de alguien que no te cae especialmente bien. Generalmente, la buena educación es un arma limpia y maravillosa para hacer el corte sin grandes contratiempos, quedando incluso bien si hay re-encuentro esporádico. Por el contrario, ¿cómo lo hace el Maradona (fanático del show, por cierto, hay un método en esta locura, tranquilos) del lugar para despedirse de sus tifosi después de ser considerado una máquina de la felicidad? ¿Cómo nos movemos de casa de unos familiares que nos han tratado de lujo pero sentimos la imperiosa necesidad de caminar solos?Pues sí, tras tanto tiempo de sin querer queriendo, dejé de escuchar los berridos de la Chilindrina y tampoco tenía el móvil de don Ramón, aunque a buen seguro el señor Barriga se lo embargaría en cuanto lo viera con el celular. 




Los había conocido en los noventa, pero resultaba que eran más antiguos, que desde los 70, se emitían aquellos capítulos que, adorablemente ingenuos ellos, pensaban que solamente serían puestos una vez. Cada chaval o chavala tenía a su Chavo, hay un momento concreto donde te atrapaba. Muchas horas de diversión aguardaban, como demostró el éxito que traspasó las fronteras mexicanas para hacerse casi religión oficial en Argentina y objeto de culto para generaciones de espectadores en el resto de América Latina y, por supuesto, España. ¿Cómo una producción con tal falta de medios, limitada en lo técnico, con adultos encarnando en muchos casos a niños y con un sentido del humor tan blanco que hubiera hecho enrojecer a Frank Capra, sobrevivía donde tantos otros alardes cayeron en la cruel memoria? La respuesta es cariño, una ñoñería como otra cualquiera. Y absolutamente inimitable e imposible de copiar.





No obstante, como marcaba la navaja, la respuesta más sencilla suele ser, en estos casos, la correcta. Los había más altos, más guapos y con más plata, pero... Del Chavo y cía nos despedimos bien, mejor que de ninguno. Nos fuimos sin rencor y graduados de las aulas del profesor Jirafales, sabedores de que asistíamos a los magisterios de la última especie en extinción, la de caballeros errantes de figura erguida, tímidos modales y ramo de flor para la amada en silencio... Perdonamos a Ramón (Valdés) sus capones a cambio de lograr ser el payaso serio perfecto e inimitable para la ternura de Bolaños, mientras Carlos Villagrán se catapultaba a la fama, solamente para comprobar que Quico había solamente uno. Como doña Florinda, Chilindrina, Don Barriga (gran Edgar Vivar), brujas del departamento 71... 





No pretendo dedicar ningún párrafo a las polémicas, luchas de egos, problemas y cuestiones que, sin duda, se dieron en esta profesión como en cualquier otra. No sería lindo, porque cuesta pensar que algo tan inocente tuviera un desenlace interno de equipo tan salpicado. La nostalgia me lleva a otra salida, la que algunos hicimos cuando dejamos de seguir cotidianamente las reposiciones... Nos habíamos ido, pero en cierto sentido, después de un gran banquete y cerrando con delicadeza, rehuyendo el portazo... de las fiestas hay que saber también irse, cuando están en su apogeo. 





La discrepancia fue cómo la salida perfecta, la discusión pacífica, el recluta licenciado del gran Peter Pan en la Isla de Nunca Jamás, a la que no volveríamos pero constantamente permaneceríamos. Ya no llevábamos pantalón corto pero seguiríamos siendo como él siempre que metiéramos la pata sin malicia, cuando nos desesperásamos porque callasen tantos magisterios apostólicos y no dábamos otra más porque nuestra abuelita fue campeona de peso wélter. 




Habrá quien me pueda criticar (no sin razón) por hacer una entrada de un programa que llevó literalmente años sin ver. Otros dirán que si hago memoria crítica, era vulgar, de humor martillo pilón y chabacanos... Pues verán ustedes, si perdonan la inmodestia, no me hace falta, como le pasa al señor Daimiel, hacer ningún tour por esas añoranzas. 



Simplemente, sé, que en el número 8, si abriera el baúl de los recuerdos de la canción, el Chavito sigue, ahora y siempre, resistiendo al invasor olvido, como cierta aldea gala....





pd: No quisiera dejar pasar esta entrada sin destacar la noticia de la trágica desaparición de F. Guillén, maravilloso actor a quien recordamos por trabajos como Mujeres al borde de un ataque de nervios, El abuelo y tantas otras películas, así como su papel de tertuliano de primerísimo nivel en ¡Qué grande es el cine! o su narración del documental de la expulsión de los moriscos. De entre sus muchas virtudes escénicas, me quedaría con su impresionante voz, capaz de adaptarse a cualquier registro.

domingo, 13 de enero de 2013

VUELVE EL SÚPERGRUPO

El Supergrupo
El cómic español se ha adentrado esta última década en una fuerte espiral de problemas. Con la honorable excepción de los incombustibles Mortadelo y Filemón y alguna re-edición de clásicos (Zipi y Zape), el negocio vive más de los fans que aún conservan el gusto por las viñetas de su infancia que en crear nuevos lectores. 



Vaya por adelantado que los primeros no tienen culpa de nada, bueno sí, de que la crisis no haya sido aún más pronunciada. No obstante, las buenas noticias han llegado a cuenta-gotas, la redevuelta de Pafman, algún trabajo esporádico de Ramis... y esa extraña incomodidad que supone leer el maravilloso personaje de Blacksad, traído de más allá de los Pirineos pero con autores nacionales. ¿En qué demonios estaban pensando las editoriales por el amor de...? En fin, lo dicho, pocos tiempos para la lírica. 




       Por eso, la iniciativa de F. Pérez Navarro y de Nacho Fernández, reactivando el Súpergrupo (creado por el genial Jan más de treinta años atrás), debe ser aplaudida y visitada. Parodia descarnada del cómic de tinte heroico norteamericanos, sus miembros son una clara versión cómica del Capitán América (Capitán Hispania), Jean Grey (La Chica Increíble), Doctor Extraño (El Mago), Iron Man (Latas) y La Cosa (El Bruto).



        A pesar de brindarle un cariñoso guiño, la nueva editorial no ha podido poner en ninguna viñeta a Súper-López, manifestando uno de los eternos problemas de nuestros tebeos. Si hasta Marvel y DC son capaces de ponerse de acuerdo por su propio beneficio (vender cuantas más tiras, mejor), es un inconveniente generalizado que nunca se nos ha ocurrido mezclar héroes y universos. Cada uno va la suya, lo cual provoca estos efectos secundarios de un verdadero océano aislado, donde las islas son muy complicadas de ver...




         Como era de esperar, el dibujo nos recordará muchísimo a Dragón Fall, así como el estilo de humor, ingenioso y con atinadas pullas a algunos de los tótems de género (la proliferación/prostitución del personaje de Lobezno como el único mutante que parece interesar a su compañía, la supuesta condición de Batman como mejor detective del mundo, las paranoias de los villanos con las corrientes temporales y universos colibrí...), en una simpática aventura que, esperemos, no sea la última de estos simpáticos caracteres y que tampoco haya que esperar más de 30 años para volver a disfrutarlos. 



      A todo esto, ¿quién es el jefe?


domingo, 6 de enero de 2013

LES MISÉRABLES

 
Para Jean Valjean, un trozo de pan fue un regalo de Reyes demasiado caro. A pesar de aparecer en la segunda mitad del siglo XIX, las miles de páginas del celebrado escritor Víctor Hugo, siguen siendo un presente bien apreciado por cualquier persona lectora a la que se le obsequie con un ejemplar. No en vano, una de las apuestas de los multicines en las competitivas Navidades ha sido una nueva adaptación al séptimo arte de esta obra de redención.
 
 
 
 
 
La primera vez que supe algo acerca de las vidas paralelas de dos desventurados de la Francia post-napoleónica, Fantine y el ya citado Valjean, fue en una pequeña maravilla titulada Joyas literarias, resúmenes en viñetas de algunos de los clásicos más importantes. Verdaderamente, nunca tan pequeño hurto tuvo consecuencias tan catastróficas, pero, al igual que Dickens, Víctor Hugo supo observar en las capas de los derrotados la única historia que merecía ser contada. 
 
 
 
 
Si algo explica que estrellas de la talla de Hugh Jackman o Anne Hathaway (es muchacha que empezó siendo princesa por sorpresa y está evolucionando en una de las carreras más interesantes de los últimos tiempos entre las actrices y, confieso que debilidad personal) sigan queriendo encarnar a las piezas de este tablero del romanticismo narrativo, se debe a que Les misérables tiene esa magia que muy pocas obras tienen la fortuna de conseguir, una gran capacidad de perdurar en el recuerdo y que su excesiva longitud acabe jugando a su favor, ya que se logra un fuerte encariñamiento con los personajes y empatía.
 
 

 
Y es que, a pesar de la profunda miseria y los pobres barrios parisinos descritos con detalle, igual que la semana anterior hablamos de la sabiduría de "la abuelita" Capra, el escritor galo consigue hacer creíble estas vivencias entrecruzadas y que, en un mar de desesperación, podamos creer en la posibilidad de la salvación. Todo esto descrito con mucha torpeza por mi parte y que suena a panfleto, es logrado de manera natural en la novela, prueba de paciencia de diferentes generaciones de lectores, pero que siempre suele acabar ganando a los puntos.
 
 
 
Asimismo se trata de una serie de epopeyas que deben contextualizarse en el marco de la Francia del siglo XIX, de restituciones monárquicas tras Waterloo, barricadas improvisadas, represiones, llamamientos de la libertad y sangrientas carnicerías. Quizás en algunos momentos, el autor aquí muestre demasiado claramente sus simpatías o pequé de idealizar a algunos de sus revolucionarios, aunque, sin duda, nadie puede poner en duda con quiénes estuvo siempre esté intelectual, más seducido por sus misérables y sus visicitudes.
 
 
 
Bien por su propia riqueza en descripciones o por los propios mensajes inconscientes que se desarrollan durante su escritura, Los miserables es una fuente histórica de primer orden para ver la evolución de un país y las evoluciones mentales que éste tuvo durante el proceso, incluyendo la tensión entre las masas más desfavorecidas, la aristocracia y esa emergente burguesía oscilante entre dos aguas.
 



Con todo, quizás sea la fortísima enemistad entre Valjean y el inspector Javert, el principal motor que ha asegurado que el mensaje de este libro sea moral y no moralizante. Implacable y obsesivo en su trabajo, Javert (a quien en futuras re-lecturas más de uno imaginaremos con ese tono amenazante e incansable que ha sabido darle Russell Crowe quien, aunque su forma de cantar sea peculiar, todo se le perdona por sus dotes para dar credibilidad a cualquier personaje), quien plantea el eterno problema que conforme vamos madurando nos asalta. ¿Qué ocurre cuando la ley que intentamos respetar en todo momento se muestra injusta?
 
 
 
 
 
No todo es perfecto en una monumental obra de ingeniería con palabras, tal vez tenga sus ñoñerías y aventuras amorosas a primera vista que harán arquear nuestra ceja más cínica, es probable que Patrick Süskind en su maravilloso El perfume (las cien mejores primeras páginas que se han escrito sobre la Revolución Francesa, lo mantendré hasta que alguien me demuestre lo contrario) sea más detallado y realista al evocar París que este romántico irredento... pero, ¿quién puede resistirse a los desheredados?
 
 
 
 
La historia de los perdedores, aquellos gloriosos Misérables...

lunes, 31 de diciembre de 2012

LAS HISTORIAS DE LA ABUELITA

Hubo un tiempo en que todo el mundo en Hollywood tenía su mote, una marca de distinción. Así, Clark Gable era "El Rey", un monarca coronado por público y crítica, especialmente después de Rhett en "Lo que el viento se llevó". Grace Kelly, por su abolengo y estilo, encarnaba el  componente patricio del celuloide. Entre tanto nombre superlativo, Frank Capra, experimentado director, recibía un apodo que no parecía incitar precisamente a la jactancia: "La abuelita". 
 
 
 
 
Idealista, amigo de sus personajes a los que quería con locura, Capra era un cineasta de edulcoradas intenciones y honesto oficio, que buscaba lo utópico antes que la realidad. En una época donde ya empezaba a florecer el cine negro y visiones más grises del mundo, la cámara de este hijo de inmigrantes sicilianos ya parecía pertenecer a otro mundo. El séptimo arte asistía entre estupefacto y encantado a aquellos cuentos de hadas irreales, que, sin embargo, parecían hacer mucha falta.
 
 
 
 
Entre toda su filmografía, ninguna parece más apropiada hoy en Amarcord que la relativa a cierto estreno de 1946, ¡Qué bello es vivir!. Clásico navideño de las televisiones en estas fechas, narra las venturas y desventuras de George (James Stewart), un buen hombre que se encarga de una compañía de seguros y, misteriosamente, se preocupa por sus clientes más allá de hacerles firmar un contrato hasta el 2321 sin poder tocar los fondos.
 
 
La historia de George es la de una persona que vive con la bendita maldición de Astérix; por un lado, su talento e inteligencia le vuelcan de manera inexorable a ver mundo, pero, a lo largo de su vida, la mala fortuna y las responsabilidades lo atan de manera indisoluble al pequeña aldea gala de Bedfordfalls. Si bien ha encontrado algunas recompensas como el cariño de muchos de sus vecinos y, especialmente el amor de su vida (una adorable Donna Reed), no deja de sentir cierta frustración por ello.
 
 
 
 
 
 
En vísperas de Nochebuena, su pequeña compañía, mantenida gracias a los milagros cotidianos de George y su tío, se encuentra casi definitivamente en la cuerda floja, mientras la vida personal de este santo Job parece abocada a estallar de una vez. Esta historia de blanco y negro que podía ser horrible y maniquea, se convierte en toda una epopeya gracias al brasero y la sabiduría de "la abuelita" contando la historia con pericia y aprovechando a la perfección las muchas virtudes interpretativas de Stewart.
 
 
 
 
 
Actor excelente para interpretar al norteamericano medio, George Bailey es una de las mejores creaciones de quien también sería el joven senador Smith en la idealista Caballero sin espada , nuevamente a las órdenes de Capra. Como las mejores fábulas, que ya sepamos exactamente qué va a acontecer en esta historia no nos molesta en lo absoluto y Búfalo no puede dormir si no vuelve a escuchar las palabras mil veces repetidas del cuento del niño cuyas tapas están ya desgajadas de lo mucho que se lo han leído sus padres. 
 
 
 
Despedir 2012 no es hacerlo con un huésped, que como diría Cicerón, uno tiene la esperanza de que no vuelva a repetir visita. Crisis, crisis... y más crisis. Y, lo peor de todo, no es lo más preocupante. Entre unos y otros lo han conseguido, tenemos esas seis letras tan tatuadas que nos resulta imposible no repetirlas hasta la saciedad día a día. Los discursos de nuestros queridos dirigentes han sido más bien un "vamos a cruzar 40 años del desierto y habrá escorpiones", echándose en falta incluso las mentiras piadosas de George, porque hay veces que la gente necesita esperanza, decir que "Pero aún tenemos agua en la cantimplora y de aquí salimos todos o nos dejamos sudor y lágrimas intentándolo". Si nos toman el pelo en época de bonanza mientras engordan bolsillos, por lo menos, se podría dejar de ser tan sincero ante lo que está por venir y habrá alguna buena noticia real a resaltar en el gore emocional que se ha tornado el telediario.





A veces pienso que la abuelita tenía más razón que una santa y que de tanto tomarnos en serio hemos perdido esa fascinación por los cuentos y, honestamente, así nos va. Entre tantos señores Potter (gran personaje en la película y muy mal imitado sin gracia en la realidad por más de un centenar de personas), hemos olvidado aplaudir el milagro diario de los George Baileys del mundo, ésos que aún aprietan los dientes ante grandes depresiones y se niegan a que la mala baba y la austeridad sean los únicos remedios de un barco a la deriva y donde mientras algunos buscan la ruta de escape empujando al prójimo, siempre saldrá alguien que dirá: "Todavía se puede nivelar".
 
 
 
A todos los queridos lectores/as de Amarcadord, amigos todos, desearles un feliz 2013, que los mejores momentos de este año que se va, sean los peores, en comparación, con lo que les depare el 2013. Que no perdamos las ganas de reírnos, el gusto de dejar propina y no nos tomemos tan en serio a quienes, a fin de cuentas, no dejan de ser los empleados de todos.
 
 
 
 
Seamos un poco como esas abuelitas estilo Capra... prefiriendo a alguien que cree que se puede ganar las alas siendo bueno que a otra luminaria que considera que una burbuja nunca va a explotar, 1 fuerte abrazo y felices fiestas.
 
 

domingo, 23 de diciembre de 2012

INCAPACES DE GOBERNARSE A SÍ MISMOS

 
 
Cuando un César muere, nuevos triunviros están dispuestos a bañar de sangre La Ciudad Eterna, con tal de ser nombrados sus sucesores. O, si lo prefieren, como escribiría el gran Martin, después de una tormenta de espadas, siempre está por acontecer un inmediato festín de cuervos. Hace algún tiempo, hablamos de Romanzo Criminale , una serie italiana que logró un impresionante éxito en su propio país, con números que parecían de ciencia ficción salvo para los transatlánticos de las grandes producciones norteamericanas, tipo HBO.
 
 
 
 
 
Recientemente, hemos tenido la buena fortuna de que se ha editado en DVD la segunda temporada en castellano de esta producción que está empezando a exportarse con éxito a otras regiones (la crítica francesa se ha mostrado muy favorable a su autenticidad y su reparto, tan desconocido para el gran público como sumanente eficaz y carismático), aunque quizás en España aún no sea lo suficientemente reconocida y revindicada. Con lógicas licencias buscando que el programa encuentre su ritmo, esta historia teñida en escarlata narra la ascensión de la temible banda de La Magliana, que logró colocarse como el equivalente de la Camorra napolitana o La Cosa Nostra , Il Libanese y sus compañeros lograron durante un tiempo que en el Tíber volviese a admitirse la figura de un monarca.
 
 
 
 
 
A su manera, el show permite ver también la evolución del territorio transalpino en muchos frentes, ya que los observamos evolucionar de jóvenes delincuentes marginales en la Italia que acababa de enterarse de la impactante muerte de Aldo Moro, hasta llegar a la década de los 90, cuando el país se dispone a organizar el gran panem et circensem con la celebración del Mundial de fútbol en su territorio. De camino, vamos viendo cómo el comunismo juega un papel fundamental y tenso en la evolución política del país, como siguen quedando muchas sombras de fascismo que pueden emerger en determinados lugares y la droga deja de convertirse en algo marginal para ser una lacra que, pese a ello, o precisamente por dicho hecho, es el negocio más lucrativo para quienes no tengan reparo en mancharse las manos. 
 

 
Basándose (con libertad dramática) en la interesantísima novela del juez Giancarlo de Cataldo (que nos ayuda a comprender como en un país tan fascinante desde tantos puntos de vista, especialmente el cultural, pueden darse y prosperar carreras como la de Berlusconi), los guionistas retoman a la banda justamente donde la dejaron, en unos instantes, donde, cumpliendo la máxima que entre otros, el maestro Scorsese, inmortalizó, el impresionante ascenso parece coquetear rápidamente con la autodestrucción que puede generar el enriquecimiento y las tensiones internas de sus protagonistas.
 
 
 
 
El ejercicio de casting es magnífico y se siguen manteniendo evolucionados y mejorados, pudiendo destacarse, entre otros nombres propios, a Daniela Virgilio, exponente de esa verdadera joya de actrices italianas, estilo Sofía Loren, que parecen aglutinar belleza mediterránea con carácter y una gran capacidad de dejar la cámara fijada en ellas con una presencia impagable en todos los sentidos. Francesco Montanari ejerce de El Libanés, un hombre que puede ser terrible y cruel, pero, misteriosamente, su carisma parece ser el único pegamento posible para un grupo heterogéneo de voluntades y Peter Pans con navajas y escopetas, donde sobresalen el terrenal Frío (Vincio Marchioni) y el sibarita Dandi (Alessandro Roja), haciendo las veces de Marco Antonio y Octavio en la disputa por un imperio oscuro que, durante unos años, contó con el beneplático de determinades autoridades, jueces y testigos.
 
 
 
 
Solamente quedan pequeños remansos de paz en una serie de atmósfera cada vez más violenta y que, pese a ello, al igual que ocurre en Los Soprano, sabe captar la atención desde el minuto uno al final. Uno sería el comisario Scialoja (un gran Marco Bocci), heterodoxo policía que es el único enemigo incorruptible de La Magliana y otros personajes secundarios más positivos, como la madre de El Libanés o la angelical presencia de Alesandra Mastronardi, a quien los buenos aficionados recordarán por su aparición en A Roma con amor. A nivel de dirección y realización, no son casualidad unos finales inmejorables que siempre aumentan la calidad media del episodio y dejan un sabor de boca inmejorable y expectante de la siguiente pieza. Todo ello va acompañado de la pegadiza banda sonora y el buen gusto eligiendo canciones de la época, lo cual es también otra pista para saber por qué años nos movemos.

 
Con un corte adulto y más visceral aún que la primera, obviamente estamos ante una serie no apta para todos los públicos. En definitiva, no debe confundirse lo entretenida y carismática que pueden ser presencias como la del Búfalo o El Libanés (a quienes intencionadamente se les quitan algunos aspectos de sus biografías reales, como, su primitiva concepción política de extrema derecha, algo que no resulta sorprendente en el clima de analfabetismo y precarias condiciones de sus barríadas originales), buscando lograr que en determinadas circunstancias puedan ser empáticos para el espectador... solamente para, como ocurre en la magistral Uno de los nuestros, vernos repelidos por lo que subyace.
 
 
 
 
Estas dos temporadas son un excelente reflejo de lo mejor de la televisión al otro lado de los Alpes, además de presentar algunos temas, tristemente de muy fácil traducción al turbulento contexto de nuestra actualidad...
 

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA ESCLAVITUD DE UNA PASIÓN

"La mujer es la reina del mundo, pero la esclava de un deseo"

 
       Emma Bovary no hubiera tenido ningún problema en reconocer al autor de esta cita, Honoré Balzac, uno de los grandes escritores franceses de comienzos del siglo XIX. Su centuria, el siglo donde este personaje ficcional de eterna inmortalidad literaria, paseó, como una mujer asfixiada por unas normas sociales que un escritor de inmenso talento, Flaubert, pretendió denunciar en un fresco tan cotidiano que termina por tornarse universal.
 
 
 
 
       Y es que nuestra madame fue una asidua lectora de novelas románticas, probablemente sin sospechar que algún día, serían sus desventuras las que serían coleccionadas en folletines por hombres y mujeres de todas las edades. No hace tanto tiempo, un peruano llamado Mario Vargas Llosa la homenajeaba en Travesuras de la niña mala (novela reseñada en este blog previamente) al personaje, no si antes haberle prestado su talento para la crítica literaria en el estudio Madame Bovary: La orgía perpetua (y no me digan que con semejante título no les mueve, siquiera un ápice, la curiosidad). En definitiva, si bien ella suspiraba en su pueblo natal por no haber visto nunca París, sus aventuras y desventuras fueron archi-conocidas en todo el globo, si bien Flaubert invadió su intimidad con la fogosidad de un impetuoso amante, dejó como recuerdo, la universalidad de la esposa de Carlos Bovary, un buen hombre que siempre la amó y sin otro pecado que no haberla podido comprender por más que hubiera querido.
 
 
 
 
        Siempre de rabiosa actualidad, deseo, amor y sexo (es sorprendente la de veces que las piezas de este triunvirato se evitan unas a otras, como si quemasen), viajaron a Córdoba, para lograr una muy notable entrada este fin de semana con dos representaciones, bajo la dirección de Magüi Mira y con adaptación de Emilio Hernández. No debe haber sido tarea nada fácil, el escenario es una herramienta tan maravillosa como complicada para condensar un relato narrativo intimista donde los pensamientos de los personajes juegan un papel fundamental y con muchos sobre-entendidos.
 
 
 
 
        Ana Torrent, que nos había privado de su presencia de un escenario durante diez años, vuelve a las tablas para encarnar a Emma, alguien tan reconocible a distancia como lo pudiera ser el mismísimo Alonso Quijano. No obstante, si bien tienen algo en común (inconformismo, predilección por la lectura y, como diría Sabina, vivir las vidas de lo que nunca seremos), Emma y el hidalgo tomaron rumbos diferentes. Incluso en su momento de mayor locura, hay algo en el hijo cervantino que nunca se desprende, la generosidad, aunque sea ingenua o errada. En el dibujo grácil de Flaubert, hay un egoísmo innegable, lo cual no dice que en muchos casos sea comprensible por el horrible destino que durante generaciones, las socieades han intentado deparar a la mitad de la población.
 
 
 
 
       Torrent cuaja una interpretación más que correcta, evolucionando de manera adecuada y marcando la evolución del personaje desde su "jaula de oro", rodeada por las atenciones de su marido en la aldea, hasta sus despilfarros en Ruán y su manera de buscar en lo prohibido, lo extra-matrimonial y lo que vulnera las leyes, una satisfacción pernennemente insatisfecha. La impresión que pude sacar, en inmejorable compañía de un gran amigo, fue que la actriz fue de menos a más a lo largo de la representación. 
 
 
        La acompañarán durante este viaje, Armando del Río como Rodolfo, la primera tentación en la que se deja caer con gran alegría la respetable pero aburrida señora del doctor. Este aristócrata vividor, representa la pasión descarnada y egoísta, el amor de un don Juan Tenorio sin redención, el máximo interés con una copa en la mano durante una noche y el sueño indiferente mientras canta el gallo, ignorando las caricias de la amante que ya ha perdido la seducción reto. Balzac hubiera podido advertir a Emma sobre esa esclavitud dulcísima al principio y que termina siendo humillante.
 
 
 
 
         Fernando Ramallo escenifica a León, el aprendiz de poeta, de horribles versos pero que encuentra a su maestra en la pasión de una mujer que sabe llevar sus riendas. Por momentos, Ana Torrent, cuando comparte escena con él, recuerda a Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo, la humana y más que comprensible necesidad de volver a sentirse joven, como antes de ser prometida, a través de la inocencia de un elemento extraño, un devoto admirador, menos impulsivo y carnal que Rodolfo, pero más delicado... aunque de los versos rara vez se come y los préstamos no son tan perpetuos como las orgías, por seguir al peruano. Es el idilio que cuando acontece un verano deja un grato recuerdo que puede tornarse en amargo si prosigue y vuelven a encontrarse en Ruán, comprobando que las metáforas siguen siendo las mismas pero han perdido el factor sorpresa.
 
 
 
 
         Dejamos para el final a Juan Fernández, caracterizando a Carlos Bovary. De todas las parejas formadas por Flaubert en esta danza de seducción (aunque en la puesta en escena la música a veces más que acompañar, estorbó en los soliloquios decisivos que quizás necesitaban más intimidad en el escenario que acompañamiento), la formada por marido y mujer es la que garantizará siempre el debate y el alcance de lo que reflexiona esta obra.
 
 
 
         Carlos, igual que otros como Pleberio antaño, solamente es culpable de no comprender pese a esforzarse. Sus lamentos, son los mismos de un padre que ha sido incapaz de traducir la pasión que trasmitían los ojos de su Melibea. Fernández logra captar toda la ternura y el dolor que siente cuando sus torpes avances son repelidos por Emma. Si han visto un capítulo maravilloso de Los Simpson donde Homer intenta sincerarse con su precoz hija Lisa, acerca de lo que supone una pérdida y que él no puede alcanzar a entender su melancolía porque tiene la infinita suerte de lo que le importa se encuentra viviendo con él entre sus cuatro paredes, sabrán que hay un poco de Madame Bovary en esa incapacidad de hacerse comprender, pese al esfuerzo, con la persona amada.
 
 
 
        Como es inevitable, sigue sin poder dejar una sensación redonda la adaptación de tantas y tantas páginas minuciosamente escritas para alimentar la poderosa imaginación, pero, mientras sigamos entendiendo las ansías de libertad de Emma y sintamos asimismo el dolor de un esposo incapaz de otra cosa que amar aunque les haga daño a ambos, ya sea en novela o en adaptación, este cuadro seguirá invitando a los transeuntes de todo el globo a pararse y detenerse.
 
 
 
        En una declaración sumamente sabia, alguien dijo una vez "Si quieres ser universal, escribe sobre tu pueblo". Flaubert hubiera sonreído ante la propuesta, él lo había hecho sin irse más lejos de Ruán, aunque Emma soñase con París. Antes de Madame Bovary no existía La Regenta ni se había contemplado con tal libertad los problemas de lo que ocurrían en albocas y, aún peor, en corazones. Y por eso, es un clásico.
 
 
 
       Y yo, con todo el dolor de mi corazón, te hubiera dejado marchar... si tan solo me lo hubieras pedido.