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domingo, 14 de octubre de 2018

VIENTOS DE CUARESMA


La primavera cubana es un asunto serio. Se trata de ese momento donde los vientos sureños llegan más calientes que nunca por esos lares, provocando un clima realmente característico, uno de los que alteran la sangre. Tras la buena acogida de la primera aventura del teniente investigador Mario Conde (ver Sonata de invierno en La Habana), Leonardo Padura (La Habana, 1955) embarca al peculiar detective en una segunda entrega. 



En esta ocasión, el escenario del crimen se moverá en el ámbito académico. Una joven profesora de química es asesinada. La cuestión adquirirá un tinte personal, puesto que la víctima impartía la docencia en su antiguo preuniversitario. Con su característica y melancólica nostalgia, Conde sentirá reflejadas viejas estampas del pasado: el viejo bedel que lo pillaba en falta o fuga, el olor a cigarrillos en los lavabos, los amores de infancia, etc. Todo arranca un Miércoles de Ceniza. 



Igual que acontecía en Pasado perfecto, más que el ingenio del crimen en sí o las deducciones policiales, lo que brilla en el relato es la capacidad de crear atmósfera y la forma del autor para diseccionar a la sociedad cubana contemporánea. Nuevamente, hay un denominador común con la anterior novela mediante el reflejo claro de los tráficos de influencias y la facilidad con la que penetra la droga en las aulas. 


El anterior romance que había iniciado Conde queda rápidamente olvidado y resuelto de forma apresurada para dar paso a un nuevo interés amoroso: Karina, una enigmática y fascinante joven que se cruza con el sabueso por casualidad. Ambos comenzarán un intenso affaire que no estará exento de misterio, puesto que, en realidad, saben muy poco el uno del otro. 



Padura pone mucho de su mismo y sus obsesiones personales en la narración, especialmente por sus constantes guiños al béisbol, deporte que se nota sigue con delectación y que describe con precisión quirúrgica, particularmente en los sentimientos de los sufridos aficionados que rodean al círculo más íntimo de Conde. 



Una de las mejores cosas de esta lectura es la riqueza de su vocabulario, el poder presenciar una lengua como la castellana en su variante caribeña. Las fórmulas adoptadas de un tronco común que se une a través del océano y que aquí adquieren una musicalidad especial, desde las cosas más dulces a un amplio catálogo del innoble arte de insular de forma sonora. 


También persiste ese cierto cansancio rancio que, en ocasiones, transmite este hacedor de pesquisas cubano y escritor frustrado. Siempre bajo el aroma del cigarrillo, café fuerte y ron. Un mundo excesivamente viril en el peor sentido de la palabra que tiene un tufillo atávico (aunque muy verosímil por la época y el contexto del personaje) en las conversaciones de "machos" que le rodean, incluyendo algunas valoraciones morales sobre la profesora y la forma de relacionarse con parte de su alumnado. 



Entre los secundarios, yendo Karina en un escalón aparte, va desmarcándose del resto de la tropa el Flaco Carlos, el amigo de días colegiales del protagonista, un perfil bien trazado por Padura y que hace las veces de confidente y voz de la razón de un amigo con gusto por perderse en las ensoñaciones de ese pasado que nunca fue perfecto. Hay un déjà vu interesante en cuanto uno de los principales sospechosos del centro recuerda mucho a la forma de ser de Carlos. 



Igual que en la primera parte, tenemos el compás adecuado y el ambiente, aunque quizás falte algo a esta entretenida lectura veraniega para que el bueno de Conde termine de consolidarse en el rincón de afecto que reservamos a otros protagonistas del género noir. Pero no le perderemos la pista a sus próximas aventuras en La Habana. Hay potencial de sobra. 



BIBLIOGRAFÍA: 



- PADURA, L., Vientos de cuaresma, Tusquets Editores, Barcelona, 2017 [Novena Edición]



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 










domingo, 26 de febrero de 2017

CRUZANDO EL RUBICÓN: CÉSAR DE COLLEEN MCCULLOUGH



De bello Gallico es una de las lecturas más apasionantes que pueden realizarse sobre la guerra en la antigua Roma. Sin embargo, esta crónica de los nueve años de campaña de Cayo Julio César frente a los pueblos galos supusieron mucho más. Y no solamente porque los Comentarios sobre la guerra de las Galias terminasen por convertirse en uno de los quebraderos de cabeza más frecuentes para los sufridos estudiantes de latín, sino porque mucho es lo que esconden las reflexiones y propaganda que el hábil César y sus partidarios dejaron sobre una de las operaciones más decisivas (y violentas) que se dieron para comprender el Mare Nostrum en el siglo I a.C. 



Colleen McCullough escoge esa ambientación tan especial (Gergovia, Alesia, Avárico, etc.) para trasladar a las afortunadas personas lectoras a una recreación con mayúsculas de aquella época. César forma parte de la ambiciosa saga que dicha escritora hizo de los últimos años de la República Romana, aquellos días tumultuosos y violentos que alumbraron a personalidades controvertidas y fascinantes (Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila, Quinto Sertorio, Lucio Licinio Lúculo...). Con precisión de notario y un amplio manejo de fuentes, la hábil escritora nos traslada desde el primer párrafo al puerto Icio donde los legados cesarianos esperan noticias de su comandante, enfrascado en la controvertida expedición contra Britania. 



Sin lugar a dudas, el conquistador de la Galia es el personaje predilecto de McCullough, quien prácticamente lo coge como su ojito derecho desde el arranque de su repaso novelado en El primer hombre de Roma, cuando César acaba de nacer del vientre de Aurelia de los Cotta, también de formidable personalidad. No es casual que cuando comience este momento de madurez del futuro dictador de Roma, la escritora narre la muerte de Aurelia y Julia, la hija del primer matrimonio de César. Un vacío en los afectos que volcará todavía más al protagonista en su ambicioso cursus honorum, determinado a alcanzar la posición que cree merecer por sus excepcionales dotes, acompañadas de su abolengo patricio (el cual, dicho sea de paso, no había servido en exceso a sus antepasados por no disponer de unos niveles de fortuna acordes con la antigüedad del linaje). 


A nivel de estructura esta novela tiene un acierto mayúsculo: alternar lo que está ocurriendo en las últimas operaciones bélicas de la guerra con la repercusión que está alcanzando el auge de César en Roma. Por un lado, podemos hallarnos en la contienda frente a los eubrones, mientras que en el siguiente bloque callejeamos por una Roma turbulenta donde las bandas de gladiadores de Publio Clodio y Tito Annio Milón imponen su ley. Agitadores populares en el marco de un complejo juego de intereses en el Senado que McCullough narra con una inteligencia y claridad admirables. 



Si bien extenso, el relato no se hace tedioso en ningún momento, pues siempre están ocurriendo acontecimientos. La empresa va desde Vercingetórix hasta la batalla de Farsalia, que enfrentó a César con su antiguo yerno, Cneo Pompeyo Magno, hasta ese momento el general más afamado de la República. Solamente hay un error que termina condicionando en mucho la excelente narración: el sentimiento de que es inevitable que César gane. 



Por ejemplo, cuando describe a Tito Labieno, la autora logra una complejidad de la que adolecen otras novelas históricas. Es capaz de presentar a un general brillante y el mejor lugarteniente posible para César, mientras que también presenta la oscuridad y violencia de muchos de sus métodos, incluso para los parámetros crueles de las legiones romanas, Lo mismo para la personalidad de un Pompeyo en el crepúsculo de su grandeza, golpeado por el fallecimiento de su joven mujer y envanecido hasta límites peligrosos por la facción optimate que antes lo despreciaba por su origen picentino y ahora lo ven como el único baluarte posible si su antiguo aliado decidiera cruzar el Rubicón. 


César, en cambio, es prácticamente presentado sin fisuras. Incluso podremos vernos tentados a pensar que nada pudo ser mejor para las tribus galas que la romanización que con benevolencia les aplicaron las legiones a base de sangre y fuego. Como una hábil continuadora de la labor del inteligente Aulo Hircio (hombre de confianza de César, legado y fanático de su comandante en jefe hasta el punto de que el propio César le entregó la tarea de hacer en solitario uno de los Libros donde se despachó a gusto contra Labieno y exoneró de todo a su general), es una lástima que no se incidieran más en las partes más controvertidas del que, sin duda posible, fue el más notable romano en una época donde no existían no pocas personalidades brillantes. 



En el haber hay una dimensión muy poco explorada en otras obras literarias que trabajan este período: el mundo de las mujeres. McCullough es sumamente observadora para ahondar en ellas. Fulvia, Servilia, Aurelia y otras destacadas figuras del Capitolio que siempre habían estado ahí para inspirar pero que habían pasado desapercibidas en las fuentes varoniles de la época. La autora les da vida y nos permite explotar una faceta muy desatendida. 



A fin de cuentas, si algo es importante en esta clase de operaciones es conseguir agilidad y amenidad. Un mérito que César consigue sin abandonar la erudición y la riqueza descriptiva. Una pieza destacada de un fantástico engranaje (es una saga de novelas irregular, pero con picos de calidad muy altos) y que nos llevará a una de las etapas más fascinantes posibles. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.novelahistorica.net/2009/12/cesar-colleen-mccullough.html



-http://imperioromanodexaviervalderas.blogspot.com.es/2015/05/la-rendicion-de-vercingetorix-ante-cayo.html



-http://faculty.catawba.edu/cmcallis/history/rome/rome1.htm

domingo, 6 de enero de 2013

LES MISÉRABLES

 
Para Jean Valjean, un trozo de pan fue un regalo de Reyes demasiado caro. A pesar de aparecer en la segunda mitad del siglo XIX, las miles de páginas del celebrado escritor Víctor Hugo, siguen siendo un presente bien apreciado por cualquier persona lectora a la que se le obsequie con un ejemplar. No en vano, una de las apuestas de los multicines en las competitivas Navidades ha sido una nueva adaptación al séptimo arte de esta obra de redención.
 
 
 
 
 
La primera vez que supe algo acerca de las vidas paralelas de dos desventurados de la Francia post-napoleónica, Fantine y el ya citado Valjean, fue en una pequeña maravilla titulada Joyas literarias, resúmenes en viñetas de algunos de los clásicos más importantes. Verdaderamente, nunca tan pequeño hurto tuvo consecuencias tan catastróficas, pero, al igual que Dickens, Víctor Hugo supo observar en las capas de los derrotados la única historia que merecía ser contada. 
 
 
 
 
Si algo explica que estrellas de la talla de Hugh Jackman o Anne Hathaway (es muchacha que empezó siendo princesa por sorpresa y está evolucionando en una de las carreras más interesantes de los últimos tiempos entre las actrices y, confieso que debilidad personal) sigan queriendo encarnar a las piezas de este tablero del romanticismo narrativo, se debe a que Les misérables tiene esa magia que muy pocas obras tienen la fortuna de conseguir, una gran capacidad de perdurar en el recuerdo y que su excesiva longitud acabe jugando a su favor, ya que se logra un fuerte encariñamiento con los personajes y empatía.
 
 

 
Y es que, a pesar de la profunda miseria y los pobres barrios parisinos descritos con detalle, igual que la semana anterior hablamos de la sabiduría de "la abuelita" Capra, el escritor galo consigue hacer creíble estas vivencias entrecruzadas y que, en un mar de desesperación, podamos creer en la posibilidad de la salvación. Todo esto descrito con mucha torpeza por mi parte y que suena a panfleto, es logrado de manera natural en la novela, prueba de paciencia de diferentes generaciones de lectores, pero que siempre suele acabar ganando a los puntos.
 
 
 
Asimismo se trata de una serie de epopeyas que deben contextualizarse en el marco de la Francia del siglo XIX, de restituciones monárquicas tras Waterloo, barricadas improvisadas, represiones, llamamientos de la libertad y sangrientas carnicerías. Quizás en algunos momentos, el autor aquí muestre demasiado claramente sus simpatías o pequé de idealizar a algunos de sus revolucionarios, aunque, sin duda, nadie puede poner en duda con quiénes estuvo siempre esté intelectual, más seducido por sus misérables y sus visicitudes.
 
 
 
Bien por su propia riqueza en descripciones o por los propios mensajes inconscientes que se desarrollan durante su escritura, Los miserables es una fuente histórica de primer orden para ver la evolución de un país y las evoluciones mentales que éste tuvo durante el proceso, incluyendo la tensión entre las masas más desfavorecidas, la aristocracia y esa emergente burguesía oscilante entre dos aguas.
 



Con todo, quizás sea la fortísima enemistad entre Valjean y el inspector Javert, el principal motor que ha asegurado que el mensaje de este libro sea moral y no moralizante. Implacable y obsesivo en su trabajo, Javert (a quien en futuras re-lecturas más de uno imaginaremos con ese tono amenazante e incansable que ha sabido darle Russell Crowe quien, aunque su forma de cantar sea peculiar, todo se le perdona por sus dotes para dar credibilidad a cualquier personaje), quien plantea el eterno problema que conforme vamos madurando nos asalta. ¿Qué ocurre cuando la ley que intentamos respetar en todo momento se muestra injusta?
 
 
 
 
 
No todo es perfecto en una monumental obra de ingeniería con palabras, tal vez tenga sus ñoñerías y aventuras amorosas a primera vista que harán arquear nuestra ceja más cínica, es probable que Patrick Süskind en su maravilloso El perfume (las cien mejores primeras páginas que se han escrito sobre la Revolución Francesa, lo mantendré hasta que alguien me demuestre lo contrario) sea más detallado y realista al evocar París que este romántico irredento... pero, ¿quién puede resistirse a los desheredados?
 
 
 
 
La historia de los perdedores, aquellos gloriosos Misérables...

lunes, 26 de abril de 2010

UNA VIDA SENTENCIADA



Autor: Camilo José Cela.

Título: La familia de Pascual Duarte.

Primera Edición: 1.942.

Fue un disparo seco y rápido. Para una criatura inocente fue el final, el castigo al único pecado de la mirada curiosa. Así muere La Chispa en la que quizás sea la parte más recordada de este clásico del tremendismo. A pesar de su indudable calidad, no es precisamente un libro que deje un regusto agradable, pues no suele ser esa la intención cuando se trata de mostrar una realidad dura.

No podía ser menos con un autor capaz de dedicar esta pieza de juventud (aunque parezca casi milagroso, la culminó con 26 años, con un "lavado de cara" en la década de los 60) a sus enemigos, un tipo que quizás junto con Fernando Fernán Gómez, allá sido el cascarrabias con más talento de su época. Pero aunque no fuese el individuo más simpático del mundo, Cela muestra una empatía enorme con Pascual, un humilde campesino extremeño que trata de desvelarnos su autobiografía, para justificar que él en realidad no es malo, sino la víctima del peor de los determinismos. En base a sus transcriptores y a las propias pistas de su relato sesgado (y en ocasiones morboso), iremos viendo que nuestro narrador no es precisamente el más fiable de los comentaristas.

Conviene decir que pese a la omnipresencia de Pascual, el título es muy oportuno, pues su núcleo familiar (humildemente, pienso que la película de Mario Camus se equivocó en este aspecto) es quien condiciona, formando una espiral de anillos que van envolviendo a nuestro protagonista. Fruto de un matrimonio turbulento (un alcoholizado y arruinado comerciante portugués y una madre que parece el paradigma de la frialdad), con sus hermanos no tendrá mejor suerte: el enfermizo Mario y la incierta Rosario, por quien sentirá un afecto, en ocasiones malsano (¿incesto?), los primeros capítulos se muestran desgarradores, con unos seres humanos reducidos a un conjunto animalizado de seres sin piedad. Una prosa desnudaa, muy acorde con la condición de quien la redacta (hubiera sido un error dotarla de muchos artificios literarios) y una brevedad que ayuda, pues sería casi agobiante continuar con tanto desgarramiento en una novela larga.

Esto pudo haber sido un problema realmente notable. Imaginen la encrucijada, si clavan a Pascual y su entorno les dirán "Sí, es muy realista, pero tiene muy poco talento lírico". Si por el contrario sacrifican la lógica por el verso, siempre les saldrán "Ya, muy bonito, pero es imposible que un presidiario sin estudios de Badajoz hable así". Para salir del paso, y con nota por cierto, Cela usará todo adorno externo que pueda ayudarle. Desde la casi obscena dedicatoria, pasando por el universo de los diálogos aparentemente inconexos y los bocadillos de pensamiento. No se engañen por su ligereza, no es ninguna estupidez releer este pequeño memorial.

¿Dónde radica pues el secreto del buen envejecimiento de La Familia de Pascual Duarte? Políticamente hablando, hay mucha gente que admira que Cela burlase a la censura y trasladase hábilmente esta coyuntura como espejo de lo que pasaba en la España de su tiempo. Mas no era Cela ningún revolucionario y tampoco se puede decir que una víctima del franquismo (de hecho, él mismo fue censor, en una historia que merecería la pena contarse) y desde luego, pese a que el último asesinato de Pascual, el que de verdad le condena, tenga mucha lectura entre líneas, la obra dista de ser un mitín de nada y como en La Colmena, se podría resumir en el hecho de que, sin ser palmero ni contrario, Cela tenía demasiada buena pluma como para no saber reflejar la realidad como un maestro cirujano.

A nivel de justicia, sin moralina, la pieza nos presenta dilemas inquietantes. ¿Hasta qué punto podemos excusarnos a nosotros mismos? ¿Llevaba razón Ortega con las circunstancias omnipresentes en el ser? ¿Portamos una semilla del bien o del mal o, por el contrario, las adquirimos y simplemente respondemos como marionetas? ¿Cuán sincera es una confesión? ¿Queremos garantizarnos al menos el pasaje al purgatorio no ser que vaya a haber infierno o, por el contrario, verdaderamente mostramos arrepentimiento? Y de ser así, ¿hasta qué punto podemos asistir impertérritos a las atrocidades de este villano/víctima?

También es complicado encontrar entre los ejemplos de este modesto blog (salvo Quevedo con don Pablos), mayor distanciamiento entre creador y protagonista. Incluso Suskind está dispuesto a hallar cosas admirables en Jean Baptiste, por remotas que éstas sean. Especialmente en el doloroso final, con una falta de glamour que hubiera envidiado el mismísimo Azcona, vemos como no hay piedad... ninguna.

En un entramado profundamente machista, las mujeres permanecen en segundo plano, eso sí, únicamente en apariencia, porque en realidad, una vez se rasca la superficie, son el verdadero motor de muchos acontecimientos. El papel de La Madre de Pascual en sus fracasos matrimoniales, Rosario, en ocasiones admirable (su compasión por Mario) y en otras ingrata (ora ladrona, ora víctima de Paco El Estirao), con un más que evidente pasado en la prostitución, Lola ("el galanteo" con el cadáver de Mario recién enterrado no tiene desperdicio) o Esperanza (no es gratuito este nombre ni su inclusión en el relato) entre otras, componen un fascinante paisaje, sin que en sus páginas encontremos (salvo algún sacerdote o alcalde de prisiones) alguien que podamos catalogar verderamente bueno; aunque, si hacemos justicia, tampoco hay nadie tan malvado como para no comprender sus motivaciones.

La red de una novela sin tapujos que sigue igual de chocante que cuando fue concebida. Y eso, hoy poy hoy, es el mayor de los elogios posibles.