domingo, 4 de marzo de 2018

RIVALES


Deja la sensación de que todo está cuidado. Desde los créditos iniciales nos damos cuenta de que las personas responsables de Feud (2017) han hecho los deberes antes de ponerse a exponer. La idea resultaba muy atractiva: un programa que repasaría algunas de las rivalidades más míticas. Además, cada temporada traería un enfrentamiento distinto para evitar agotar al público. El primer plato servido por la cadena FX Network no podía resultar más apetecible al paladar: la complicada relación de dos de las mejores actrices de su tiempo: Joan Crawford y Bette Davis. 



Ambas compartieron (entre muchos arañazos de por medio) el éxito en la película ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), una joya del séptimo arte que, además, relanzó la carrera de ambas cuando las productoras daban de lado a ambas mujeres, acusadas de "viejas glorias". En sí ya era material para un biopic apañado y de circunstancias. Pero no se dejen engañar por las apariencias. Hay mucho más oculto, una serie aguda la creada por Ryan Murphy y un equipo de guionistas de primer orden (Jaffe Cohen, Michael Zam y Tim Minear). 



Dentro de un casting brillante, más propio de un gran producto de Hollywood que de una mini-serie, encontramos a Susan Sarandon encarnando a la protagonista de La loba (1941) y Jessica Lange como una de las primeras grandes estrellas de la Metro. Por separado, dos formidables actrices. Juntas, la química Sarandon-Lange eleva el nivel de cualquier escena a unos límites increíbles. La caracterización que ofrece cada una de ellas está repleta de matices, enriqueciendo cualquier posible revisionado. Acompañan secundarios de lujo como Alfred Molina ejerciendo de Robert Aldrich, director hoy considerado de lujo, pero muy ninguneado por los estudios en aquel tiempo, relegado a proyectos de serie B. 


El rodaje pronto alcanzó aureola de mito. El choque de personalidades era granito abrasado por volcán, además de una campaña publicitaria generada alrededor para llenar la prensa más amarillenta, dominada con mano de hierro y pluma viperina por parte de Hedda Hopper (Judy Davis). Presas de una industria donde las intérpretes se volvían invisibles al cumplir determinada edad, Crawford y Davis sirven de metáfora de una época distinta (aunque no tan lejana en algunos comportamientos). Ese sentimiento está bien reflejado en la firme dirección que aportan Gwyneth Horder-Payton y Helen Hunt, entre otras aportaciones de gran nivel detrás de las cámaras. 



Stanley Tucci, multi-usos del proyecto para dar garra y clase a cualquier papel, encarna a Jack Warner, una demostración de la forma de proceder y enfocar a quienes, lejos de tener el rango de iconos del celuloide que hoy poseen, eran vistas como dos figuras vetustas atrapadas en una pelea de gatas. Sarandon capta a la perfección la aguda inteligencia en escena de miss Davis, alguien con una competitividad feroz en la industria pero capaz de reconocer el talento ajeno. Hay una escena muy significativa cuando ve en audición al personaje de Dominic Burgess, a quien ha despreciado inicialmente por excéntrico. Le bastan unos segundos para comprender que es el compañero de secuencia ideal y se convierte en su defensora incluso en las circunstancias más tensas. 



Lange da vida a una mujer que, en la cúspide de su belleza, tuvo a público y crítica a sus pies. Ahora se enfrenta al más descarnado ostracismo, a ese elocuente título que la traducción libre castellana dio a una obra maestra de Billy Wilder: El crepúsculo de los dioses. Bajo la torre de marfil hay una persona con pasado turbio y herida, frágil en su ego a pesar de su trayectoria impresionante. Su paradoja es moverse entre el deseo de recibir el respeto y halago de su compañera de función y volcar sobre ella revanchas y viejas afrentas. 


In memoriam antes que damnatio memoriae, Feud es un programa que rezuma inteligencia y respeto por la perspicacia de su audiencia. Ni lo bueno ni malo se omite de estas dos artistas y sus contextos vitales. Diálogos ingeniosos y actuaciones que los sobrepasan (incluso hay lujos como contar en la reserva con presencias como Catherine Zeta Jones o Kathy Bates). Con polémicas y escándalos a las espaldas de aquella colaboración, el argumento apuesta por explicar sin juzgar. Todo se presenta perfectamente envuelto y confiando en el jurado que lo observe sin prejuicios. 



La apuesta es audaz hasta el punto de que no se limita a ¿Qué fue de Baby Jane? Puesto que todo acto tiene consecuencias, se profundiza a lo largo de varios episodios en los efectos que tuvo aquel éxito y el antagonismo generado a través de él. Se busca una especie de última cena con los fantasmas del pasado de ambas damas. La capacidad de síntesis y narración es tan brillante que no solamente nos explican ese drama, hay tiempo y espacio para brindar subtramas y arcos de la talla del de Pauline Jameson (Alison Wright), verdadera pionera y luchadora por demostrar que es capaz de ponerse detrás de una cámara. Los momentos compartidos en pantalla de Wirght y Molina son una verdadera delicia. 



Feud nos abandona con el suspiro que nos provoca querer volver a esa sensación que nos deja en sus ocho entregas magistrales. Solamente tienen una pega cara a futuras entregas: va a ser altamente complicado que nos traigan algún duelo de igual voltaje y carisma al protagonizado por esta pareja. Sarandon y Lange cierran la puerta tras hacer el mejor homenaje posible a las dos rivales. 



BIBLIOGRAFÍA:



-BALMORI, G., Bette & Joan: Ambición ciega, Notorious Ediciones, Madrid, 2017.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.homorazzi.com/article/feud-bette-and-joan-season-1-title-sequence-theme-song/



-https://www.express.co.uk/showbiz/tv-radio/814499/Feud-Bette-Davis-Joan-Crawford-programme-BBC-Two-UK



-http://www.vulture.com/2017/04/feud-bette-joan-recap-season-1-episode-8.html

sábado, 24 de febrero de 2018

GOTHAM CENTRAL: DE PATRULLA POR EL INFIERNO (PARTE III DE IV)



Tras un arranque cautivador (En el cumplimiento del deber) y usar al Joker con maestría (Payasos y lunáticos), Ed Brubaker y Greg Rucka lo tenían complicado para mantener el ritmo excelso que habían impuesto en el día a día de la comisaría de Gotham. Sin embargo, seguían contando con la maestría de Michael Lark, un artista capaz de recuperar esa atmósfera que, hasta ese momento, solamente se alcanzó con David Mazzucchelli: elegancia y suciedad a partes iguales en una metrópoli a cuyas calles les gustaba no estar limpias del todo. El número 23 (2004) con el que arranca este tomo sirve para saber que este triunvirato sigue justo donde lo dejaron: la entrada de Montoya y Allen para arrestar a un sospechoso es puro noir. 



Perros viejos de olfato fino en las viñetas, Brubaker y Rucka saben que su público ya conoce a los personajes casi tan bien como ellos mismos. Por ello se permiten afilar tensiones y plantear duelos internos que enriquecen las tramas más allá de medirse con el enemigo o la organización criminal de turno. Y es que uno de los investigadores de las escenas del crimen más reconocidos del departamento, Jim Corrigan, podría ocultar más de lo que parece. 



Asimismo, profundizan más en Michael Akins, la nueva cabeza visible de los policías ante la ciudadanía y periodismo. Ya es difícil asumir un cargo cuando tu predecesor ha sido brillante (Jim Gordon, veinte años de servicio), pero más todavía en caso de tener que lidiar con un tipo disfrazado de murciélago que es tan leyenda urbana como un dolor de muelas para la legalidad. En este tomo, la tensión entre ambos deja claro que la alianza que fraguaron Bruce Wayne y Jimbo en Batman: Año Uno ha desaparecido con la jubilación del segundo tras el arco Agente herido


Desafortunadamente, aunque seguimos disfrutando de su arte en las restantes portadas del tomo, hay aventuras donde Lark no se encuentra a los lápices. Este comentario no debe considerarse como ninguna clase de ataque a sus sustitutos: tanto Stefano Gaudiano como Jason Alexander tienen oficio y un ritmo narrativo más que bueno para mantener nuestra atención. Lo único es que a esas alturas Lark ya se ha hecho con la colección hasta el punto de que resulta imposible pensar en Gotham Central si él no está al volante del apartado gráfico. 



Si bien todo es adecuadamente coral, Brubaker y Rucka siguen mimando a uno de los personajes que, sin duda, termina convirtiéndose en el ojito derecho de la comunidad lectora: Montoya. Una policía cuyo enfrentamiento con Dos Caras la ha colocado ante una serie de dilemas que marcan uno de los viajes más fascinantes del universo Batman. Aquí se exploran también algunos de sus demonios. Si bien es una mujer con una personalidad fortísima, está pagando por su estabilidad un tributo a la violencia como fuente de desahogo que podría terminar destrozando su brillante carrera en el cuerpo. 



Un punto muy agudo a nivel de escritura es que la formidable pareja se niega a quedarse en un cómodo micro-cosmos. Por supuesto que desfilan personalidades del calibre de Selina Kyle, pero no todo se limita a la esfera de Gotham. Una investigación criminal que se complica hará que los detectives se encuentren con el particular universo de Flash, lo cual se traduce en enemigos con poderes más enmarcados dentro de la ciencia ficción que las tramas mafiosas de su ciudad natal. El gran mérito es que esa saga se amolda con eclecticismo y sin estorbar a ninguna de las dos franquicias. 


Y aquí se explota una de esas consecuencias de la actividad policial que más satisfacciones ha dado al cine y el tebeo cuando ha estado bien llevado: los interrogatorios. El sendero que lleva a Montoya y Allen hasta Keystone los va a obligar a un enfrentamiento verbal de primer orden con el principal sospechoso (cuyo nombre no revelamos por respeto a quienes todavía no lo hayan leído). Santiago Negro regaló hace unos años una aguda crítica sobre este tomo donde señalaba (con acierto) que una de las grandes influencias de esta saga era El silencio de los corderos



Una alquimia muy importante en estas cuestiones es lograr insertar la presencia de Batman sin que termine eclipsando a los verdaderos responsables del show. Este objetivo no resulta fácil, si bien se logra por el buen hacer de provocar muy distintas interacciones (y es que en la comisaría no todo el mundo tiene la misma opinión del cruzado enmascarado). De igual forma, se expone muy bien que existen ocasiones, mal que les pese a los agentes más orgulloso, en que no les queda más remedio que llamar a la señorita Stacy para darle a cierta señal. 



Este último personaje da muchas satisfacciones a Brubaker y Rucka. En realidad, ¿quién no se lo ha dado en este recorrido? Dentro de unas semanas nos despediremos de esta magnífica colección cuando hablemos del final de Gotham Central



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domingo, 18 de febrero de 2018

AY, CARMELA



Fernando Soto ha buscado a Carmela. Eso se percibe en cuanto se ve la cuidada adaptación que ha firmado sobre el escenario del clásico trabajo de José Sanchís Sinisterra, aunque quizás lo primero que nos venga a la mente sea la célebre película ¡Ay, Carmela! (1990), dirigida por Carlos Saura, con un guión revisado por luminarias como Rafael Azcona. En aquella ocasión, Carmen Maura y Andrés Pajares dieron vida magistralmente a Carmela y Paulino, "variedades" a lo fino (ya ven ustedes que los títulos de los tebeos Bruguera no surgieron de manera espontánea, ya estaba esa manía de buscar rimas pegadizas a la profesión). Actualmente, Cristina Medina y Santiago Molero consiguen la difícil misión de estar perfectamente al nivel de los anteriores. 



La obra va constantemente de menos a más. Hay riesgo en la propuesta. Cuando uno coge un texto conocido y que funciona, una razonable tentación puede ser actualizar lo que sea conveniente y tratar de modificar lo mínimo. Eso es legítimo. Sin embargo, Soto y su equipo aceptan el reto de una manera bastante audaz, mezclando los eventos que ya conocemos con las consecuencias de los mismos, consiguiendo así captar por igual tanto a los que ven a Carmela y su mundo por primera vez como a quienes ya creían saberlo todo. 



Santiago Molero carga con dar credibilidad a ese opening donde el juego de luces es fundamental. Todo se ha reducido al mínimo. Si bien se menciona, incluso Gustavete (caracterizado de forma inolvidable por Gabino Diego) desaparece de la ecuación. Todo el peso recae en los dos intérpretes, capaces de llevarnos, ahora que ha estado tan reciente San Valentín, por las distintas fases de una pareja: el enamoramiento, la pasión, el reproche mutuo, el arrepentimiento y el dolor. La química sobre el escenario de Molero y Cristina Medina es realmente cautivadora. 



Medina pilla el pulso perfectamente a la protagonista. Quienes ya la conozcan de La que se avecina sabrán de vis cómica de esta mujer. Roberto Gómez Bolaños solía decir que si una actriz era capaz de hacer reír en una comedia, no tenía ninguna preocupación cuando le tocase lidiar con algo dramático: lo haría bien seguro. Aquí ella hace una fusión de ambas cosas, porque la artista es una mezcla de ingenuidad e instinto, de impulso y valentía, un conglomerado que la aboca a un épico final. El hecho de que sepamos hacia donde conduce la tragedia no le resta un ápice de interés al asunto. 



Por su lado, Molero cuaja un Paulino estupendo, dotado de esas paradojas que ya estaban en el texto de Sinisterra. Humanidad en esa cobardía natural que muchos seres humanos tenemos al afrontar un riesgo, esa admiración y reproche contenido que siente hacia esa valentía de Carmela, sobre todo por dejarlo solo. Leyendo la crítica de una estupenda película como es Call Me By Your Name, me fijaba en un párrafo incidía sobre que los dos protagonistas lo hacían muy bien siempre, pero que la magia llegaba cuando compartían plano. Exactamente eso les ocurre a Medina y Molero. 



Aquí incluso se podría permitir un reproche. Hay un instante que podría ser mágico. Un flashback que se mezcla con el elemento onírico y un diálogo que, apenas con cambio, podría llevar a una re-interpretación de la famosa última función de ambos a las órdenes de un líder del Corpo Truppe Volontarie a cambio de la supervivencia. Soto y su equipo trabajan bien y, una vez nos han sumergido, creo que legítimamente podrían haber incluso jugado la baza de hacer un What if...? Eso le podría haber dado un aura al tercer acto, que además ha mostrado alguna pista un poco tramposa. 


Es en ese clímax donde quizás falte algo. Había una cosa (en realidad, un millón de cosas) muy buena en los guiones que firmaban gente como Rafael Azcona o Luis García Berlanga sobre ese período tan oscuro. Eran sarcásticos y, en ocasiones, hasta brutales en su humor. Pocos han puesto a una sociedad ante un espejo con tan poco pudor y, aquí lo raro, un punto de humanidad siempre en lo singular. Una conexión directa con aquella frase mágica del Doutor Sócrates: "Hay que ser duro con los problemas y blando con las personas". 



Aquí el libreto se prenda de Carmela y es fácil entender por qué. El personaje tiene una humanidad y espontaneidad que atrapa y cautiva. Pero ella no es la norma. Es la heroína que no pretendía serlo, simplemente lo hace. La norma está mucho más cerca de personas como Paulino, quien no es, en lo absoluto, una mala persona. De hecho, nadie que estuviera con Carmela podría serlo. Simplemente, el miedo y las bombas le paralizan. Porque eso suele dar pánico. El saber hacer de Molero le da el alma que también tenía con Pajares, algo imprescindible y que aquí quizás algunos diálogos del final hayan descuidado. 



No se podría cerrar con otro tema que la exhibición de Medina como esa Carmela a medio camino entre Belchite y aquel lugar que Orestes buscó para rescatar a su amada. Un micro-cosmos que nos conecta incluso con esa importancia del recuerdo que siempre está en nuestra mente: desde el espectro de Patroclo regañando al adormilado Aquiles o en ese cuento animado maravilloso llamado Coco (2017). La actriz se mete en la piel y el duende (que, como bien sabía Lorca, era una mezcla de triunfo y tragedia) de una fallecida que tiene más vida que muchos al otro lado del espejo. 



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-Teatro Góngora de Córdoba, función del día 16 de febrero de 2018 de la obra ¡Ay, Carmela! [Realizada por el autor del blog]






-Teatro Góngora de Córdoba, función del día 16 de febrero de 2018 de la obra ¡Ay, Carmela! [Realizada por el autor del blog]

domingo, 11 de febrero de 2018

LOS CAMINOS DEL DUCE


Vittoria mutilata. Una expresión que acuñó un poeta italiano muy particular, Gabriele D´Annunzio, para referirse al sentimiento imperante en su país tras la Gran Guerra (1914-1918). Se trataba de una etapa de grandes cambios, Italia vivía de un pasado glorioso pero un presente escaso. El Risorgimento hacía aguas y en la fiebre colonial (aquel etnocentrismo brutal que llevó a las naciones europeas a repartirse África como si fuese el jardín de juegos de unos niños caprichosos), el canciller Bismarck dejó una frase que se incrustó en el orgullo transalpino: "Italia tiene un apetito voraz pero una mala dentadura". Era el caldo de cultivo para nacionalismos mal entendidos, tiempos violentos e inciertos que solamente esperaban que surgiese una figura como el Duce. El doctor Álvaro Lozano nos sumerge en ese fenómeno histórico de manera concienzuda en Mussolini y el fascismo italiano



Hoy en día, fascismo es una expresión que solemos utilizar en cualquier discusión política cuando queremos desprestigiar al oponente. No obstante, el concepto tiene unas raíces complicadas y es bastante menos fácil de interpretar de lo que parece. Maestro de escuela con pensamiento socialista fruto de la herencia paterna (llegó a ser el director de la revista Avanti), Mussolini buscaba ser una figura de gran prestigio en Italia; incluso en el extranjero hubo personalidades como Winston Churchill que llegaron a considerarlo un "gran hombre" antes de la II Guerra Mundial. Por ello, más allá del trazo grueso, son convenientes trabajos como el que hoy nos ocupa, los cuales intentan explicar por qué se producen esta clase de fenómenos. 



Teniendo en cuenta su carácter divulgativo, podría pensarse que el autor coloca unos antecedentes demasiado lejanos para hablar del Partido Nacional Fascista (PNF) que se reunió por primera vez en el Sepulcro de Milán en marzo de 1919. Sin embargo, es un repaso más que conveniente para entender la confluencia de intereses que llevaron a que una formación minoritaria y de métodos violentos (su fundador se inspiraba en la formación juvenil Camelots du Roi de la extrema derecha gala) a convertirse en una fuerza política organizada y temible. La tendencia historiográfica del materialismo histórico siempre ha reprochado a un sector de la burguesía transalpina haber financiado la carrera de Mussolini por juzgar que sus camisas negras eran el perfecto contrapeso para apagar el incendio de las constantes huelgas en la península itálica y que hacían otear el espectro de una revolución bolchevique en un horizonte que el rey Víctor Manuel III, escaso entusiasta del parlamentarismo, veía siempre con honda preocupación.   



Debido al carácter global de la visión que este libro proporciona, quizás algunos de los eventos principales se vean un tanto resumidos. Por ejemplo, es muy recomendable complementar las consideraciones de Lozano sobre la Marcha sobre Roma con el exhaustivo repaso del profesor Emilio Gentile, cuya monografía sobre esta manifestación que terminó llevando al PNF a poder ya se encuentra bien traducida al castellano. La bibliografía que utiliza el autor está muy bien actualizada y recurre a importantes trabajos extranjeros, especialmente de la escuela anglo-sajona y, lógicamente, la propia historiografía italiana. 



Hay un acompañamiento de un aparato gráfico realmente notable, incluyendo varias curiosidades, además de un conveniente corpus de mapas que reflejan las distintas evoluciones de la difícil unificación transalpina. Particularmente interesantes son algunas ilustraciones políticas de la época, las terribles trincheras en la I Guerra Mundial (donde, según los diarios de los oficiales las rocas de las montañas eran tan afiladas que perforaban las botas) o las insensatas campañas en Etiopía, Libia y Albania. 



También sirven sus páginas para hacer un justo tributo a la figura de Giacomo Mateotti, diputado socialista, quien se atrevió a denunciar en el Parlamento que las reformas electorales de 1925 iban encaminadas a justificar la fascistización del estado. Ese mismo año, como este político comprometido había predicho, fue asesinado, dejando un ejemplo de dignidad en tiempos muy difíciles. Ingrato consuelo la posteridad para uno de los pocos adversarios que fue capaz de poner en entredicho a Mussolini frente al pueblo. Los días posteriores a su muerte fueron los más tensos para el Duce (palabra cuyo significado en italiano viene a ser "guía), el cual terminó logrando, con el beneplácito de la Corona, mantenerse en el poder. 


Durante décadas, el nuevo dirigente y su equipo marcaron el rumbo de la nación italiana. Sufrieron desobediencias, por ejemplo, como solía afirmarse en tono jocoso, la sociedad transalpina nunca siguió sus dictados en el lecho. Mussolini soñaba con conseguir una potencia demográfica y trató de dar ayudas a las familias más numerosas, si bien la edad de contraer matrimonio entre su ciudadanía seguía siendo una de las más elevadas de Europa, así como los índices de soltería. Para entender el papel que el nuevo estado fascista tenía reservado a la mujer es muy recomendable un magnífico film titulado Una giornata particolare (1977), cinta dirigida con maestría por Ettore Scola e interpretada por el clásico dueto Sophia Loren-Marcello Mastroianni. Por cierto, bastante ingratitud la suya con el género femenino, puesto que fue Angelica Balabanoff, joven marxista de origen ucraniano, quien le ayudó sobremanera en su juventud exiliada en Suiza para aprender los resortes de la política social. 



De particular interés son las indagaciones de Lozano sobre la política económica. Los efectos del corporativismo son bastante matizados, puesto que, a la hora de la verdad, la élite industrial siguió siendo la voz cantante en las disputas. Hubo asimismo aciertos como el Instituto para la Reconstrucción Industrial Italiana (IRI), respuesta a los efectos de la crisis de 1929. Varios de los integrantes de aquella institución jugaron un papel muy notable como asesores en el futuro milagro económico italiano en la década de los 50. Lo más nefasto, sin duda, fue su entrada en guerra con Adolf Hitler (asociación que terminó con el Duce y su amante Clara Petacci colocados ante el pelotón de fusilamiento partisano en abril de 1945); Italia siempre estuvo supeditada al coloso bélico teutón y quedó en jaque tras el desembarco Aliado en Sicilia. Además, la constitución del Eje trajo a la península itálica la feroz purga de las minorías que no comulgaban con el enfermizo culto racial del III Reich (judíos, gitanos, homosexuales, eslavos, etc.). 



Como bien recuerda el libro, el 15 de octubre de 1940 se estrenó la película El gran dictador, dirigida por el genial Charles Chaplin, quien encarnaba una clara parodia de Adolf Hitler. Algunas de las escenas más divertidas del film fueron protagonizadas por el protagonista en compañía de un excelente Jack Oakie, quien se convertía en una hábil parodia de Benito Mussolini (llamado para la ocasión Benzino Napaloni). El film fue prohibido en las zonas de influencia fascista, aunque tanto el Führer como el Duce tuvieron acceso a ella. Es probable, como bien señala Lozano, que tuvieran un extraño déjà vu



BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA: 



-GENTILE, E., El fascismo y la marcha sobre Roma: El nacimiento de un régimen, Edhasa, Barcelona, 2015. 



-LOZANO, A., Mussolini y el fascismo italiano, Marcial Pons, Madrid, 2012. 



-PARIS, R., Los orígenes del fascismo, Sarpe, Madrid, 1985. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES: 











domingo, 4 de febrero de 2018

LA DECEPCIÓN DE LA EXPECTATIVA: THE PURGE (2013)


Nada puede decepcionar si no ha suscitado admiración e interés antes. Admito sentir debilidad por el concepto original de "La Purga". James DeMonaco tocó una idea que roza la genialidad. No es exagerado pensar que, un poquito más pulida, pudiera ser el argumento de uno de los mejores episodios de "Black Mirror" o "Historias para no dormir". Se trata de un posible futuro donde los Estados Unidos han dicho adiós a la recesión económica. Desde los locos años 20 del pasado siglo la clase media no se ha visto en una mejor. Empresas como las aseguradoras hacen su agosto cada semana. Claro que hay una pequeña letra pequeña en los fabulosos y raquíticos datos acerca de la población desempleada. 



Y es que, siguiendo el darwinismo social más extremo, el nuevo gobierno, conocido misteriosamente como "los nuevos padres fundadores", aprueba una ley que permite una noche al año declarar como legal cualquier acto. Eso permite saqueos, hurtos, violaciones, asesinatos, torturas, etc. Como la élite dirigente no es estúpida, hay una clase privilegiada de dirigentes que permanece inmune a la cacería. Aunque haya algunas voces discordantes, una importante masa de la población se muestra encantada de llevar armas de fuego (ay, la segunda enmienda) y sacar a la bestia que llevan dentro. En resumen, cuando se iba a estrenar el film en 2013, existían pocas cosas en la cartelera con un punto de arranque más atractivo. 



La película nos lleva al año 2022. James Sandin (Ethan Hawke) es un tipo afortunado en Los Ángeles. No hacía tanto, él y su esposa (Lena Headey) llegaban con apuros a fin de mes. Ahora sus hijos van a los mejores colegios y James no deja de ganar clientes con sus seguros de hogar. Aquí radica la clave de la purga. Si puedes costear medios para defenderte, te salvas. De hecho, siendo un poco listo hasta harás negocio. A fin de cuentas, la gente de bien londinense no dejó de mostrar una malsana admiración por las atrocidades de un monstruo en los suburbios de Whitechapel. Aunque sean una familia muy respetable y de estatus, buena parte de su casa ha sido edificada en sangre. 


La elección de la pareja Hawke-Headey es casi perfecta. El primero es capaz de hacer de tipos cotidianos con secretos sin problema alguno (Antes de que el diablo sepa que has muerto) y la segunda tiene una fortaleza que sirve tanto para Cersei Lannister como para Sarah Connor. Un muy mal síntoma es que ninguno de estos dos excelente intérpretes termina por destacar en el asunto. Tras el prometedor inicio, el primer acto se precipita sin que a los responsables les parezca oportuno detenerse en sutilezas o explicaciones sobre las motivaciones de unos y otros. 



Si en las siguientes entrega se exploró más el ambiente urbano durante los tumultos de la "festividad", aquí se apuesta por la atmósfera opresiva de la casa de los Sandin. El más joven de la casa (Max Burkholder) desobedece las instrucciones familiares y siente piedad por un pobre indigente a quien están persiguiendo por su barrio (Edwin Hodge). No parece casual que el refugiado sea un afroamericano a quien un puñado de yuppies (liderados por el personaje caracterizado por Rhys Wakefield) ha intentado dar una buena paliza para luego "sacrificarlo". Todo podría haber quedado allí, pero los cazadores no van a abandonar a su pieza, a quien consideran un objeto de carne por ser pobre y estar indefenso. Pensemos en esas bestias disfrazadas de humanos que juzgan divertido aporrear indigentes para comprender que la distopía está limítrofe con nuestro mundo. 



El inconveniente es que todas las partes del rompe-cabezas se mueven cayendo en tópicos, como si la cámara estuviese deseando llegar a los tiroteos cuando el drama que se está viviendo es mucho más interesante. ¿Qué hace la familia? ¿Lo entregan o se arriesgan a despertar las hostilidades de unos agresores que no van a reprimir su impulso asesino esa noche? Entre medias se nos inserta el romance de la joven hija de los Sandin (Adelaide Kane) que ni estorba ni aporta, porque el film no se ha tomado la molestia de que conozcamos realmente a ninguno de los inquilinos de la casa para que nos importante aunque sea una chispa lo que les está aconteciendo. 


Sus personalidades quedan reducidas a figuras de retablo. De una premisa absorbente, la cinta se contenta con ser una americanada bastante al uso, abusando de varios clichés durante las coreografías de los enfrentamientos. Lo que más rabia da es que todo esto va salpicado de ideas sugestivas, con conceptos de gran atractivo. Los miembros bien de la sociedad que ven con agrado la purga llevan en sus vehículos y cuelgan en sus casas unas flores concretas. Una forma de identificar y reconocerse entre sí. Eso podría servir de elemento sutil para entender esa discriminación materialista que esconde odios de otro tipo (raciales, étnicos, físicos, etc.). Un buen recurso que no es explotado en lo más mínimo. 



DeMonaco se niega a jugar con unas primeras escenas que podrían haberse alargado más. Al principio, el barrio californiano es presentado como una Arcadia feliz de burgueses prósperos. No obstante, muchas de esas gentes ven con desprecio a James y Mary por haberse enriquecido a su costa vendiéndoles caros equipos de protección. Como no hemos explorado esas profundidades en los diálogos anteriores, el repentino odio de su vecindad esa noche queda forzada e inconclusa. El guión deja la sensación de haberse revisado poco, está plagado de pistas que, bien hilvanadas, podrían terminar derivando incluso en una experiencia sobresaliente. 



Entre tanto tiroteo y momento navajero, no se explota la mejor idea de toda la franquicia: esos "venerables" padres fundadores que mezclan con precisión de cirujano elementos del fascismo con el capitalismo más desenfrenado. De hecho, no es causal que se vean como los progenitores de la nación renacida, una donde mujeres como Mary quedan, nuevamente, reconducidas a protectoras del hogar y meros apoyos de sus maridos. Acabamos sin lograr ningún acercamiento a esa institución o cómo logró alcanzar el poder. 



Se podría perdonar a La noche de las bestias como muestra de género de acción comercial. Pese a algún lugar común, tiene dignidad y buena manufactura. El problema son las expectativas generadas por su arranque. La peor de las decepciones solamente puede venir de la mejor de las expectativas. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.scifiworld.es/index.php/galerias/imagenes/the-purge-2013



-http://a-zhorror.com/movies/the-purge



-https://www.metrotimes.com/detroit/film-review-the-purge/Content?oid=2145896

sábado, 27 de enero de 2018

LA VERDAD SOBRE LA PERFECCIÓN


Moriarty es un apellido que suele ir asociado a cierta Némesis de Sherlock Holmes. Sin embargo, hay una comunidad lectora que también evoca a otra personalidad inteligente y capaz de planear crímenes con habilidad, aunque, por fortuna, en el caso de Liane Moriarty lo hace a través de la ficción literaria. Un material de primera con el que David E. Kelley firmó una adaptación más que sobresaliente para que la prestigiosa HBO sacase un producto que ha cosechado un triunfo incontestable en los Globos de Oro: Big Little Lies. ¿Cuáles son los secretos que esconde este éxito casi perfecto? 



En primer lugar, hay un hecho innegable: los misterios atrapan. Intentar ser más perspicaces que nadie y resolver una duda es una satisfacción para las células grises que genera adicción. Un apacible lugar del norte de California ofrecerá bastantes de ellos en abundancia. Bajo la apariencia de impecables vidas familiares y éxitos profesionales, un grupo de madres tienen más secretos de los que nadie en la vecindad podría pensar. El casting para darles vida asusta con un simple recitado de la alineación: Nicole Kidman (Celeste), Reese Whiterspoon (Madeline), Shailene Woodley (Jane), Laura Dern (Renata Klein), Zoë Kravitz (Bonnie Carlson), etc. 



Un Dream Team potentísimo que no es tan fácil que cuaje en una mini-serie como lo ha hecho en esta ocasión. Pensemos que cualquiera de estas actrices podría ser estrella de función en cualquier película que le propongan. Lograr química, armonía y compartir focos habla de una solidaridad atípica y más que elogiable. El beneficiado es el resto del conjunto, por supuesto. Unas damas complicadas a quien un suceso escabroso va a tener que obligarlas a bucear en lo más hondo de ellas mismas. La reconstrucción de acontecimientos que llevan al desenlace no tienen desperdicio. 


La música de Susan Jacobs ya abre las persianas de ventanas que dan el aspecto de haber estado bajadas demasiado tiempo. La cámara logra meternos en la intimidad de hogares y en temas mundanos que suenan muy comunes (compatibilizar horarios, el matrimonio que va perdiendo chispa, la difícil relación con los ex, etc.). Todo muy cotidiano y altamente interesante si se sabe contar con la precisión y habilidad que tiene Big Little Lies



Se ahonda en los microcosmos. Por ejemplo, la escuela. Porque hay se empieza a diferenciar y ver que existen clases y clases. No es lo mismo la madre soltera recién llegada que las encargadas de organizar los mejores cumpleaños. Tampoco equitativa la defensa que pueden plantear unos padres u otros de su prole según sus recursos socioeconómicos. No pierdan ripio, incluso lo más trivial termina siendo una pista necesaria. 



Dentro de las subtramas, una sobresale con rabiosa actualidad que termina salpicándolo todo. Y es la del personaje de Celeste. Nicole Kidman hace un trabajo muy difícil y sale indemne del proceso. Aparentemente es una mujer que lo tiene todo (proyectos laborales, una familia estable, belleza, etc.), no obstante, ha terminado normalizando lo que no lo es. A través de su círculo más íntimo de amistades y la terapia va a ver la espiral de violencia que rodea su matrimonio. Lo peor de su maltrato es su capacidad de asumirlo, de otorgarle una importancia escasa y relativizada. Alexander Skarsgard es una elección muy acertada porque desmitifica la estética tradicional del villano, puesto que puede tener hechuras de galán. Es capaz de ser simpático, encantador y detallista en ocasiones puntuales. Mecanismos que pueden servir de perfectos instrumentos de control y manipulación. 


Hay mucho conocimiento de distintas facetas de "la vida moderna" (y no, no hacemos en esta ocasión alusión a un magnífico programa de radio). Reese Whiterspoon da chispa y ángel a Madeline. Está muy bien llevado su arco porque toca una cuestión que ya se veía en Madame Bovary, la insatisfacción y la búsqueda de algo más, del enfado con los demás por algo que probablemente venga de la frustración con uno mismo. De las cicatrices que quedan de antiguas relaciones, del deseo de aventura y la ingratitud que, de forma inconsciente, podemos tener por quien nos ayuda en el día a día sin esperar nada a cambio. Su química con el personaje de Adam Scott es sencillamente magnífica. 



Luego hay lujos y florituras que solamente se explican en una maquinaria como la que hoy representa la cadena HBO. Tener de secundaria de lujo a gente del talento de Laura Dern habla claramente del empaque de un proyecto. Se trata de una intérprete que puede hacer de todo (y todo bien), quien en un par de minutos puede fortalecer una escena a unos niveles increíbles. Y así podríamos dar mil ejemplos en el casting. Indudablemente, se trata de la fuente del éxito de este show. 



Con todo, tal vez haya un desinfle al final. En un argumento tan pulido se fuerzan algunas coincidencias que chirrían con respecto al sólido entramado anterior. No se suspira por esa futurible segunda temporada. Deja la sensación de que todo ha quedado bien cerrado y sería un error volver a esta paraíso californiano. Como mini-serie, Big Little Lies se granjea el más grato de los recuerdos. Continuar la andadura podría llevar a lo terrenal una cuestión que el tremendo esfuerzo de esta primera entrega no merece. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



-http://www.publico.es/culturas/big-little-lies-gran-protagonista-televisiva-globos-oro.html



-http://www.mytalk1071.com/much-big-little-lies-homes-cost/



-http://www.sensacine.com/actores/actor-20645/fotos/detalle/?cmediafile=21376394

domingo, 21 de enero de 2018

GOTHAM CENTRAL: PAYASOS Y LUNÁTICOS (PARTE II DE IV)


Las expectativas estaban por todo lo alto. La alianza de dos guionistas del talento de Ed Brubaker y Greg Rucka había logrado que la comisaría de Gotham fuera tan interesante como cualquier aventura superheroica de Batman. Hazaña que se revestía de doble mérito, atendiendo a que lo hacían con el carismático Jim Gordon retirado de funciones. Durante los primeros números, la serie colocó los cimientos para que la audiencia disfrutase de un cómic noir repleto de verosimilitud y vulnerabilidad de los protagonistas (En el cumplimiento del deber). 



Además contaban con el dibujante perfecto. Los lápices de Michael Lark tenían una elegancia muy semejante a la de David Mazzucchelli cuando pintaba esa hermosa metrópoli con callejones a los que les gustaba estar sucios. ¿Qué podía hacerse para mantener el ritmo marcado? La respuesta estaba clara: colocar a uno de los pesos pesados de la colección original, la mítica creación de Bill Finger: el Joker. Es decir, caos y anarquía. Si el psicópata de las viñetas era capaz de poner en jaque al Murciélago en persona, ¿qué posibilidades tendrían agentes de carne y hueso de frenar sus desquiciados planes? 



Si Lark deslumbró en el arco de Renée Montoya (cuyas consecuencias familiares y sociales siguen coleando en este segundo tomo), aquí parece todavía más hecho y convencido de cómo va a narrar gráficamente la historia. Hay un ambiente de frío invernal riguroso, en un clima de tensas elecciones para la alcaldía. Grandes almacenes repletos de ávidos consumidores con sus compras navideñas. Justo el lugar donde alguien como el Joker se mueve con una facilidad pasmosa para sembrar dolor. 



Rucka y Brubaker hacen algo más que contar una trepidante investigación. De hecho, confirman lo que siempre estuvo en el subtexto de los clásicos enfrentamientos de Batman contra su Némesis. Que son dos criaturas más allá del bien y del mal, dos jugadores avezados donde uno de ellos no duda en sacrificar cuantas piezas le sean precisas para fastidiar al Caballero Oscuro. Aquí observamos como esa sensación mina la confianza de este curtido cuerpo policial. Arrestar al payaso sin usar la famosa señal se convertirá en una especie de orgullo profesional. 



Perfectos conocedores de su casting, los creadores no dudan en plantear los tonos grises. No caen en el tópico de que todos los agentes que desconfían del héroe enmascarado sean torpes, corruptos o envidiosos. Crispus Allen, uno de los mejores detectives de la saga, ha sufrido malentendidos que lo llevan a considerar a Batman como una fuente de problemas antes que soluciones. Los guionistas nos llevan por el terreno que quieren, puesto que provocan enfrentamiento entre dos personalidades dignas de admiración y donde no queremos tener que escoger bando. 



Además, Gotham Central se niega a permanecer en un compartimento estanco aislado del resto del universo DC. Un ejemplo sería la incorporación de Maggie Sawyer, quien antes de Gotham había servido al cuerpo en Metrópolis. La perspicaz visión de Maggie sirve para entender la gran diferencia entre dos de los héroes más carismáticos del cómic. Ningún policía de su antigua urbe tendría dudas sobre el tipo de la gran S, mientras que solamente un minoritario sector en la comisaría tiene plena confianza en el Murciélago. 


Lark se tomará un breve descanso tras el agridulce y magistral desenlace de este arco. Sería bien cubierta su ausencia por Brian Hurtt y Stefano Gaudiano. Nos deparan alguna pequeña joya como "La vida está llena de decepciones". El dibujante principal volverá con más fuerza que nunca para otro trepidante caso que incluye apuestas deportivas y accidentes convenientes. Rucka y Brubaker vuelven a demostrar que no toman atajos fáciles cuando recuperan a Harvey Bullock, una de las personalidades más singulares que han llevado placa en los días de Gordon al frente de las operaciones. 



Chapado a la antigua, rudo, con métodos expeditivos para arrancar confesiones y con un problema claro con la bebida, el viejo Harvey tiene más aristas de las que pudieran pensarse. La propia Montoya lo comprobará cuando vuelva a reencontrarse con su antiguo compañero. Uno podría esperar cualquier barbaridad por parte del viejo poli tras los últimos descubrimientos sobre su compañera, sin embargo, lo único que decepciona a Bullock es que, tras tanto tiempo sirviendo juntos, no se atreviese a confiarle su secreto. 



Y es que este segundo tomo nos confirma que estos personajes tienen un aroma a realidad que engancha. Porque los vemos con su familia y amigos. Caer y levantarse. Ser capaces de lo abyecto y lo sublime. En resumen, Gotham Central seguía tocada por la varita mágica tras los primeros veinte y dos números. 



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