domingo, 8 de septiembre de 2013

LA BELLEZA ESTÁ EN EL OJO DEL QUE MIRA: GIL PUPILA


Hay obras artísticas que cuentan con nuestra Bula. Es inevitable, quizás tengas fallos argumentales, no sean el mejor trabajo de su autor/a....pero, la vimos en el momento justo, con la persona apropiada y en la situación idónea. Ello permite que perdonemos todo. Que el tomo 1 de recopilación de las detectivescas aventuras de Gil Pupila, sea un generoso regalo de un apreciado amigo, otorga al héroe de Maurice Tillieux, una ventaja subjetiva importante...



No obstante, tal vez sea el justo karma el que ha permitido que dejase saldada mi deuda con aquel personaje originario de la revista Spirou. Para muchos lectores, Jourdan (su verdadero nombre en el francés original) y sus desentuertos, eran unas páginas de Súper-Mortadelo, aquella mítica publicación, donde, debo admitirlo, nunca reparé en demasía en el arte de Tillieux. Me gustaba su forma de retratar la atmósfera de relato noir de bajos fondos, pero, quizás intuyendo lo interesante de su argumento, no me placía verme con algún engorroso continuará que, en aquella época, se podía traducir en muchos meses, cuando no años, hasta tener la fortuna de conocer el desenlace.





Cita pospuesta pero finalmente encontrada, para gran satisfacción del ávido lector, he de añadir. Tillieux fue uno de los exponentes más excelsos de una Escuela franco-belga única en su especie, influyentes en las futuras generaciones, tanto de sus compatriotas (anécdota deliciosa con François Schuiten incluida en el prólogo del primer tomo) como en el extranjero (entre otros, el maestro Ibáñez, nada menos).




Compartiendo cierto rasgo con el mítico Tintín, resulta curioso como algunos de los secundarios que rodean al idealizado héroe, parecen estar revestidos incluso de mayor carisma que él mismo (en este caso, nuestra referencia es clara a Libélula y, evidentemente, al inefable inspector Corrusco, quien fue evolucionando de competidor de los investigadores a firme apoyo de la pareja investigadora, siempre con la presencia de su secretaria, con el adorable nombre de Cerecita, desafortunadamente, no muy explotada, quizás pecados de la época). Como fuere, son los misterios y la ingeniosa forma de solucionarlos los que mayor atractivo dan a la saga, verdadero exponente de cómo narrar. 



Con una gran experiencia en las tiras humorísticas, el fino sentido del ingenio del autor, permite dar una ligereza muy necesaria, incluso en las situaciones más oscuras, con una pausa elegante y siempre perfectamente insertada. Una cierta burla a la autoridad, diálogos buscando juegos de palabras (aunque la traducción, involuntariamente, a veces mutila tal connotación) y mantener todos los ganchos que una aventura larga exige. 



A pesar de su maestría dibujando persecuciones automovilísticas o generando ese humo en un contexto donde todavía era políticamente correcto fumar tabaco (que le pregunten al bueno de Lucky Luke, quien, el por qué dirán, pasó a tener hábitos más saludables entre aventura y aventura en el Far West), la trayectoria de Tillieux, marinero vocacional y con sueños de tierras exóticas, fue una carrera de fondo, antes que el descubrimiento de un talento precoz. Y es que, hubo borradores previos, antes de encontrar en Pupila, a la voz que había estado buscando para exocizar sus influencias (literarias y cinematográficas) en algo nuevo... 





Alguna poción mágica debió de existir más allá de los Pirineos y atravesando el Benelux, para traer aquella hornada de autores que revolucionaron el medio, dándole esa capacidad para el eclecticismo, entre lo infantil, juvenil y para todas las edades (incluyendo la de piedra, como decían en los TBO). Es una lástima que este extraordinario pionero no dispusiera de más préstamos de Cronos para dejar aún más enigmas a su personaje predilecto... Queda la obra firmada, que no es poca... 



Por ello, hemos de congratularnos por esta iniciativa de Planeta DeAgostini que nos ha traído la mejor edición hasta la fecha de uno de los clásicos básicos de una de las mejores Escuelas. 




Nuff said.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CANCIÓN TRISTE DE WILLY LOMAN


Hay quien dice que un náufrago engullido por el mar, es más grande que el cruel capricho del océano; la explicación radica en que, el primero es perfectamente consciente de que se está muriendo, mientras, las aguas son incapaces de entender que le están matando. Dentro del imaginario teatral, pocos personajes han sido más grandes y cuativadores que Willy Loman, un viajante de 63 años, a quien Arthur Miller colocó en el ojo del huracán para narrar sus últimas 24 horas, en la isla desierta que se ha convertido su vida, bajo la tormenta de la gran crisis que vino tras el crack del 29.  



Death of a Salesman, estrenada por primera vez en 1949, supone una de las piezas clave de un dramaturgo que, junto con su colega e influencia, Clifford Odets, se encargó de revolucionar su medio, con tintes sociales. Pero, que no se alarme ningún lector por esta aseveración. Como los más grandes escritores, Miller debe ser comprendido al margen de su ideología (la cual, por otra parte, le traería no pocos miramientos durante la paranoica caza de brujas rojas que él mismo se encargó de denunciar a través de sus míticas Las Brujas de Salem, ya mencionadas previamente en el blog) y, sus denuncias de la voracidad del american way of life tienen como único objeto central, el de las personas. Y, en ese sentido, rara vez un personaje de los escenarios ha sido más carnal que el bueno de Willy Loman. 




O malo, según se mire. Aún a día de hoy sigue siendo uno de los papeles predilectos y soñados por cualquier actor maduro que ambicione exigirse, Dustin Hoffman, por ejemplo, sería uno de los más recordados, pues, casi cada generación, necesita su propia visión del viajante. Padre de una familia de clase media que ha vivido por encima de sus posibilidades (ayudada a esa farsa por el resto del país y una publicidad agotadora y eficiente), Willy es un personaje ni mejor ni peor que el resto, humano, tierno, fanfarrón, soñador, irresponsable, cariñoso, débil, agotado, despreciable, adorable....pero, en todo momento y lugar, una mirada con ese tono de piedad que solamente algunos literatos consiguen. Aquel microscopio que, sin duda, le dieron a Chéjov para explorar la Rusia post-revolucionaria en sus gentes más modestas, pasa ahora a las manos de un norteamericano, descendiente de polacos que vivió como su propia madre, pasaba de ser una engalanada señora de Manhattan, a una ama de casa modesta, la mayor parte del día en batín, recluida en el heterogéneo y menos lujoso barrio de Brooklyn.


La infelicidad del hogar de los Loman es visible en la rivalidad latente, soterrada, pero innegable, que hay entre sus hijos, Biff y Happy (el nombre del segundo, no podía ser más irónico). A pesar de la inagotable verborrea de Willy acerca de sus viajes y sus hipotéticos sueños de futuro, una serie de sutiles, pero esclarecedores flashbacks, nos hacen comprender los muchos secretos que cualquier hogar, independientemente de lo lujoso o modesto que sea, siempre esconderá en cuanto se arañe la superficie.
 
 
 
 
 
Cuando, tras años pateándose el país en su coche, en cansados viajes, el comerciante es despedido por su jefe, el señor Howard, Loman solamente podrá encontrar algo de consuelo en su vecino Charley, cuyo hijo, curiosamente, había vivido una involuntaria rivalidad con Biff durante sus años de instituto, siendo el segundo, una promesa deportiva y el otro, un estudiante aplicado. Muy al estilo de Ned Flanders, Miller tiene el inmenso acierto de no presentar a la familia de ese vecino como la antagonista, todo lo contrario, en un mundo de emociones a flor de piel, donde, ejemplificando el primer título de su debut como joven estudiante teatral, no se pueden encontrar malvados (No villain).
 
 
 
 
Hablábamos de los Flanders y es que, en esa joya llamada Los Simpson, rara vez se da puntada sin hilo. Si recuerdan, durante el episodio donde la familia amarilla viaja a China para adoptar un pequeño bebé para una de las hermanas de Margen, Homer entra en un teatro, donde, se hace una versión de Muerte de un viajante. A pesar de los ragos orientales, el empleado del señor Burns, grita alborozado: "¡Al fin he comprendido la obra!". En ese caso, Homer, habría aprendido un poco a sí mismo, pues hay mucho de Willy Loman en lo que, sus avispados guionistas, se basan para sus diálogos. Un patriarca imperfecto a más no poder, pero terriblemente humano y con una gran fuerza empática.Para redondear el chiste, el propio Miller viajó a La Gran Muralla, concretamente a Beijing, para estrenar la obra en el fascinante país.
 
 
 
A pesar de la cotidianeidad que enmarca toda la puesta escena, o precisamente por ella, cada acto está revestido de una fuerza increíble, con unos personajes que solamente pueden considerarse como lo más opuesto nunca visto a un retablo. Evolucionan, caen, sufren, sueñan... como acontece con otro de los más grandes en el género, Tennesse Williams, se exige la atención del lector/espectador, ya que, cualquier detalle minúsculo, como unas medias de saldo, pueden ser un testimonio que esconda muchísimo más de lo que se ve en apariencia. 
 
 
 
 
 
Una balada inolvidable, el perfecto exponente de un momento muy concreto de un país tan contradictorio como los Estados Unidos, pero, como obra maestra que es, perfectamente extrapolable a lo que puede estar pasando hoy en cualquier bloque de pisos de una familia de clase media, obligada a pagar por su ficticio pecado de haberse dejado seducir por el espejismo de bonanaza con el que sus acreedores les ilusionaron en el pasado.
 
 
 
 
Y, si bien son versos tristes, la canción de Willy Loman, sigue teniendo esa extraña porción de auténtica búsqueda de la felicidad, que únicamente está reservada a los soñadores...

domingo, 11 de agosto de 2013

NOS ES PAÍS PARA ZOMBIS...


Hace ya algunos años, Max Brooks se desmarcó en un género tan popular (y trillado) como el de los zombis, con una novela sumamente original, planteada desde un punto de vista epistolar y periodístico, llamada con mucho tino Guerra Mundial Z. Con todo el respeto, me gustaría señalar que ese libro siempre me ha parecido serie B de la buena, es decir, subgénero, pero muy bien hecho, con amenidad, sentido del humor y frescura. Por ello, el reciente estreno de su adaptación cinematográfica, a cargo de Marc Forster, bajo la dirección. 




El primer aspecto que llama la atención y que, resulta lógico, teniendo en cuenta el estilo de la prosa de Brooks (hijo del célebre Mel Brooks, por cierto), son los fuertes cambios narrativos que deben darse, acerca de la alarma que las autoridades de todo el mundo (desde la China comunista, a los Estados Unidos de la Guerra Fría, pasando por la vetusta URSS) pretenden silenciar. J.Michael Straczynski y Matthew Carnahan, son los guionistas encargados de darle mayor movilidad al reflexivo arranque de la pandemia. 





Bajo las espaldas de toda una estrella de Hollywood como Brad Pitt, el principal de los narradores de Guerra Z, ejerce el papel del ex empleado de las Naciones Unidas, Gerry Lane. Si bien Lane es fundamental en la obra original de Brooks y es un personaje con el que es fácil encariñarse, en el caso del film, queda convertido en poco menos que un súper-héroe, con el sentido de responsabilidad familiar de Héctor, el ingenio de Ulises y la capacidad de supervivencia de Lobezno (quien ahora también está en taquilla, ahora con tintes inmortales).



En primer lugar, me gustaría señalar que no considero que sea un problema de Pitt el desequilibrio que tiene el film. Defiende bien a su personaje y es un actor de contrastada solvencia, no obstante, el monólogo de su rol va asfixiando y oscureciendo a secundarios que podían ser más o menos interesante. La coralidad de la novela original queda sacrificada, aunque hay algún acierto a señalar, como la espectacular visión del muro de Jerusalén, quizás uno de los momentos mejor filmados de la obra cinematográfica. Con una buena banda sonora y efectos especiales acorde con lo esperado por el presupuesto, se trata de un agradable entretenimiento con palomitas y refresco, pero se intuye que el paso del tiempo y no verse en una sala grande, mostrará sus carencias y tapará la espectacularidad del primer instante.




La acidez irónica de Guerra Mundial Z (en realidad, salvo la presencia de los infectados, es una narración bastante verosímil, solamente que en vez de las vacas locas, financieros y políticos quieren acallar que hay una masa de no-muertos avanzando por las fronteras) queda sacrificada por un relato heroico, fácilmente digerible, pero también olvidable. Hay momentos de tensión, pero sin mayor profundización y dejando con ganas de más.




Tal vez fue una empresa casi imposible versionar un relato con una esencia tan heterodoxa y poco propicia para el séptimo arte, o quizás, hasta unos instantes de reposo entre tanto walking dead, no sea país para zombis... 

domingo, 14 de julio de 2013

ROBOT-CHIKEN




Toca el turno esta calurosa tarde-noche dominical, hacer un repaso de una serie muy peculiar, nada menos que Robot Chiken.Creada por Seth Green (a quien muchos conocerán por ser uno de los dobladores de varias series, destacando especialmente su labor en la célebre Padre de familia), junto con Matthew Senreich. Su primer emisión se dio en Adult Swim, a través del popular Cartoon Network.



Nos referimos a un programa pionero, animada por el sistema de stop-motion, con el objetivo de parodiar muchas series de televisión, películas, video-juegos y canciones célebres. El freakismo (y lo usamos en el sentido más elogioso de la palabra), no conoce límites, desde He-Man y los Masters del Universo hasta llegar a referencias a la célebra Naranja mecánica de Stanley Kubrick.




Si bien en nuestro país no ha tenido la repercusión tan notable como en los Estados Unidos, los medios de los que disponemos actualmente con internet, permiten disfrutar de la gran mayoria de los episodios de este show, nacido en el ya lejano mes de febrero de 2005. Como curiosidad para los que la disfruten en versión original, retarles a que identifiquen muchas de las voces de celebridades invitadas, como Hulk Hogan o Mark Hamill.



Con el metraje oportuno y un paródico sentido del humor, repleto de referencias a la cultura pop, este curioso laboratorio con el pollo biónico, es un agradabilísimo entretenimiento que sabe entrar por los ojos, además, sale económicamente muy rentable a los ojos de la productora, por más que Seth MacFarlane, tenga divertidos piques con Green acerca del espacio televisivo, ya que las series del primero tienen un falso pique con el otro.



Ya sea en sus versiones fílmicas de la celebérrima Star Wars o en cualquier de sus desternillantes episodios, un espacio muy recomendable, delicioso entremés televisivo... unas alitas de pollo, por favor.


domingo, 7 de julio de 2013

DOBLE S: SPIDEY Y SALEM

 
Cuesta pensar que una de las premisas más comerciales de la historia del cómic se fusionase de forma ecléctica con una de las grandez piezas teatrales del siglo XX, firmada nada menos que por Arthur Miller. Sin embargo, así ocurrió. En las oficinas de Marvel, se había llegado a la conclusión de que el trepa-muros era el personaje más popular de la Casasa de las Ideas sin discusión. ¿Qué hacer al respecto? Pues crearle una serie más adicional, Marvel Team-Up, donde uno de los héroes más solitarios por excelencia descubriría como, mes tras mes, se encontraba con algún colega de editorial a quien ayudaba en una aventura (y de paso, como hubieran dicho en marketing, mejoraba las ventas del otro en cuestión, al aparecer con el carismático alter-ego de Peter Parker.
 
 
 
 
Por supuesto, buenas ventas al margen, los duetos formados por Spidey no fueron tampoco precisamente la coherencia argumental en persona. Un buen día estaba con la deidad nórdica, Thor, el otro con un icono tan patriótico como el Capitán América... para acabar el trimestre tratando de introducir a Dazzler, una nueva heroína de la editorial. Afortunadamente, ocasionalmente caen buenos guionistas que logran mejorar una premisa inicial y darle sentido a lo que no lo tiene.
 
 
 
 
 
Tal fue el caso de Bill Mantlo, quien embarcó al protagonista en un curioso viaje temporal que, acercó, quizás por primera vez en muchos casos, a un territorio puritano gobernador por el miedo y la falsa espiritualidad. Los terribles sucesos de Salem, que han fascinado a miles de lectores a lo largo de todo el globo, junto con adaptaciones cinematográficas (por ejemplo El Crisol) y teatrales (un magnífico Estudio 1 de TVE, recientemente recuperado a DVD).
 
 
 
 
 
 
Por fortuna para Mantlo, su curioso viaje temporal, contó con la inestimable presencia de Sal Buscema, uno de los más eficientes, sólidos y destacados dibujantes de Marvel. Quizás injustamente ensombrecido por la carrera de su hermano, "Big John" Buscema, Sal merece ser considerado uno de los más sólidos narradores de las décadas de los 70 y 80 del cómic. Su manera de reflejar los presidios de J. Proctor y compañía, así como las artimañas de Abigail, resultan una verdadera delicia.
 
 
 
 
 Hace muchos veranos que mi padrino me regaló aquella aventura y, obviamente, la fascinación de las imágenes heroicas de La Visión, La Bruja Escarlata o la regia y malvada figura del Doctor Doom no tienen el mismo efecto en mi atención de lector. No obstante, esta aventura, afortunadamente reeditada al castellano por Selecciones Marvel (número 2), fue la piedra angular que me llevó a conocer y disfrutar de la pieza de Miller y a buscar sus diferentes adaptaciones, de unos tiempos oscuros y remotos, de superstición y denuncias, pero también de valentía e integridad.
 
 
 
 
Y por ello, siempre me sentiré en deuda con Mantlo y Buscema...
 

domingo, 23 de junio de 2013

CUANDO DORMIR ERA DE COBARDES...

Era complicado. Dejar el televisor encendido para que se escuchase sin levantar al resto de la casa. Andrés Montes no se caracterizaba por ser poco efusivo cuando alguien anotaba un espectacular triple, emulando los sonidos de una metralleta. Motes, instantes míticos y algunos de los mejores partidos de la auto-proclamada liga de ligas de basket, la NBA... El problema eran las horas, nadie quiere escuchar como el vecino tiene puesta a toda pastilla aquella narración hiperbólica a las cuatro de la mañan. En cambio, Antoni Daimiel, rara vez ahogaría un grito ante un buzzer-beater de Michael Jordan.
 
 
 
 
Pese a ello, ambos fueron la pareja mejor avenida que Canal + nunca pudo soñar. Con edecanes de la categoría de Santiago Segurola o San Epifanio "Epi", los dos se convirtieron en la voz castellana de una galaxia muy, muy lejana... que empezó a acercarse. Los dos asistieron a la eclosión del fenómeno Pau Gasol. Ahora, el hermano de este mito, el no menos relevante interior Marc Gasol, le dedica un cariñoso prólogo a este reportero vallisoletano que se ha convertido en un cercanísimo desconocido para los amantes de un deporte extraordinario.
 
 
 
 
El libro El sueño de mi desvelo es una deliciosa recopilación de anécdotas, personales y profesionales, de alguien que sin duda hubiera podido interpretar El Hombre Tranquilo, calmado y pausado, socarrón e irónico. Colchonero irredento, Daimiel sorprende como un escritor agudo, aunque quienes hemos seguido su blog en la red, ya sabíamos de lo que es capaz cuando de aporrear teclado se trata.
 
 
 
 
No deja de dar cierta sensación de "justicia divina" que, tras tantos años currando a malas horas y en malas cachas con los talentosísimos sospechosos habituales de los Portland Jail Blazers, este pequeño librito haya logrado en España desbancar en pedidos a Amazon al nuevo best-seller casi asegurado que será la última creación de Dan Brown. Todo un terremoto, como el provocado por los Pistons de 2004 al batir a los ultra-favoritos Ángeles Lakers, entrenador por uno de los grandes ídolos del autor, Phil Jackson, El Maestro Zen, aunque no me decido si le tiene en tan alta estima por su forma de gestionar el juego y los egos de sus pupilos, o su forma de "coger cayendo" a J. Buss.
 
 
 
 
Ameno y ligero, aunque obviamente especialmente recomendado para los seguidores/as de este deporte, se tarda poco menos de un día en gozar de sus páginas, con cariñosos (y no tanto) párrafos a conocidos, en las distancias cortas y la pintura de la zona. Sigue sin mojarse y no le veremos dedicar muchas líneas a los arbirajes de 2002, prudente hasta el final y cómodo en su posición de bizantinado y taimado analista de una NBA que se nota, le sigue gustando, aunque los All Star cada vez le gusten menos y sueñe con que llegue Miami a las Finales, no por Wade o Lebron, sino porque cubrir unas semanas en Florida garantiza buen clima, vistas e idílicas compras.
 
 
 
 
 
Como es costumbre en Antoni, nos cuenta lo que está pasando, que le pediría Montes, pero siempre con la sensación de que lo hace con esa mezcla de sapiencia y de tener el freno de mano echado, festina lente, de este cronista deportivo insustituible.
 
 
 
 
Esperemos que no tardes tanto en hacer el segundo, Daimiel.
 
 
 
¿Por qué todos los jugones escriben bien?

domingo, 9 de junio de 2013

EL PATRARCA


"Cuando te ven a ti, ven lo que quieren ser... Cuando me ven a mí, ven lo que realmente son". La línea de este monólogo corresponde a la película Nixon, donde Sir Anthony Hopkins encarna a uno de los presidentes norteamericanos más controvertidos de la Historia, cuyo mandato tuvo en el escándalo del Watergate, la punta del iceberg de uno de los períodos más controvertidos del país de las barras y estrellas. 




Hopkins, caracterizado con los mofletes del famoso mandatario, se dirige a un retrato de JFK, uno de los dirigentes más populares de su tiempo y figura clave en uno de los climas más virulentos de La Guerra Fría. Considerado el artífice de Camelot y unos años dorados de los que la sociedad americana, un sueño del que el país  se vio súbitamente despertado por los disparos de Dallas, aunque los años han ido mostrando sombras en la biografía del popular Kennedy. 




¿Qué hubiera pasado si el Nixon de la cinta de Oliver Stone se hubiera detenido ante un retrato de Abraham Lincoln? Con mucha dificultad, un buen conocedor del pasado de su pueblo como Nixon, hubiera afirmado que el presidente de la Guerra de la Secesión era "lo que querían ser" sus conciudadanos. Y ello no se debe a que Lincoln fuera menos valorado que otros dirigentes, más bien al contrario. Como afirmaba Mozart en Amadeus, el político más célebre de las filas republicanas, se encontraba ya tan alejado del resto de sus conciudadanos desde su estatua en Washington, que era un mármol inalcanzable y utópico para cualquiera. 




Esa idealización bien pudiera ser la explicación de que, hasta la fecha, no tuviéramos una gran película de aquel hombre que fue el motor de un proceso histórico de la relevancia de guerra del Norte contra Sur y la definitiva abolición de la esclavitud, una de las mayores tragedias que asolaron esos turbulentos instantes. Por ello, cuando un director de la reputación de Steven Spielberg se embarca en un proyecto como el de la oscarizada Lincoln, uno piensa que debe abrocharse los cinturones y que no habrá prisioneros. 





En primer lugar, hablar de la elección de Daniel Day-Lewis, uno de los actores más heterodoxos, originales y brillantes de los últimos tiempos, para encarnar el mito. Sabido es la peculiar forma de aproximarse, casi obsesiva, de Lewis a sus papeles. Si lleva su talento hasta la hipérbole, si es un genio alocado o un loco genial, importa poco, porque si se consiguen interpretaciones como En el nombre del padre, "El Carnicero" en Gangs of New York o El último mohicano, dan ganas de decir aquella máxima: "Haga lo que quiera... pero actúe, por favor". Sacado de varios retiros por cineastas como Martin Scorsese en el pasado, el prestigio de Spielberg y la oportunidad de encarnar a "Abe", eran un bombón demasiado goloso. Y, aunque el doblador castellano de Lewis es excelente, es absolutamente recomendable la versión original, especialmente cuando el actor cuenta las famosas historias y anécdotas a las que tan aficionado era el presidente en reuniones comprometidas o con el ejército en campaña. 





Y aquí tenemos el punto fuerte del equipo del afamado director, una impecable recreación que nos hace pensar que efectivamente estamos en pleno corazón del siglo XIX. Las sesiones del Congreso, el vestuario, las calles, los vehículos, los uniformes de los confederados... Absolutamente impecable, en un ejercicio al que es difícil poner un pero. Precisamente por ello, uno casi se siente culpable por no meterse rápido en un guión denso y al que le falta algún ingrediente para convertir un buen plato en una delicia.



Fue Carlos Boyero el primero en advertir que parecía que el film exigía al público haberse empapado bien a fondo de cultura norteamericana antes de visionarla. No hay ninguna sensación de apertura o de presentación real de los personajes, un mínimo contexto. Innegablemente hay una buena cantidad de audiencia que tiene buena cultura general y conoce el marco, pero sorprende en un director de este calibre, un denso salto a la palestra y la falta de ese gancho en el arranque que te tenga pegado a la butaca. Quizás esto haya hecho que en el resto del mundo, donde la figura de Lincoln es muy respetada pero no tan reverencia o, mejor dicho conocido, la oscarizada biografía haya tenido buenas críticas y acogida, pero no tan deslumbrantes como cabía esperar.




Si bien el guión tiene muchos aciertos (plantear como se hicieron métodos ilegales, como la compra de votos, para una causa noble, las contradicciones de un partido y otro, los intereses más económicos que humanos en muchos de los jugadores de la partida por la abolición o no...), su espesura puede terminar cansando. Espléndidos intérpretes como Jared Harris (divertísimo ver al profesor Moriarty como Ulysses S. Grant) o Tommy Lee Jones apenas ven exprimida la décima parte de su jugo, en ese retrato intimista de la Casa Blanca, donde falta esa chispa que capte toda la fortaleza del asunto a tratar.




Hay momentos de muy bello lirismo como la rendición del general Lee ante los mariscales de Lincoln e instantes memorables de Danny Lewis, como no podíamos esperar menos. No obstante, uno piensa que en American Dad se trató con mayor frescura y diversión algún aspecto del mito, como en Lincoln Lover (donde se plantea con mucho acierto alguna cuestión de la sexualidad del gran dirigente), mientras que nuestro film avanza y avanza, manteniéndote interesado pero, quizás, no embelesado.



"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años".





Y mientras, la laureada estatua aguarda, resistente ahora y siempre, al invasor de su intimidad, de ese Abraham al que, pongan a cazar vampiros o no, será, ayer, hoy y mañana, una de las cumbres del Olimpo Personal de algunos de los años más decisivos para entender la historia de una nación compleja, contradictoria... y, sin embargo, muy cercana en alguno de sus aspectos.