domingo, 15 de septiembre de 2019

LA SUBLIME PUERTA: WESTWORLD, SEGUNDA TEMPORADA


Cuando un perro viejo de olfato fino como el guionista Ed Brubaker participa como productor y quiere meter su pluma en un proyecto ajeno, algo hay. Mencionábamos hace unas semanas el fascinante remake televisivo que es Westworld (El laberinto), llegando hoy el momento de hacer lo propio con su segunda temporada. Pese a las acusaciones de arrancar lento, el show culminó con la última gran narración de Ford (imperial Anthony Hopkins), el gran demiurgo de un parque de atracciones de alta tecnología, una Disneyland donde se puede disparar a los forajidos y hacer con los anfitriones cualquier cosa que se antoje. 



En esta ocasión, con Jonathan Nolan y Lisa Joy continuando como maestros de ceremonias, exploramos nuevos parques, incluyendo uno ambientado en la época de los shogunes. Con inteligencia, el argumento demuestra que incluso escritores experimentados como Lee Sizemore (Simon Quarterman) caen en la tentación de repetir libretos que vuelven a hermanar a vaqueros y samuráis (algo que el cine ha confirmado desde hace décadas). Todos estos territorios inexplorados nos llevan a mantener la atención, sabemos algo más del laberinto, pero ahora el juego consiste en hallar puertas para nuevos mundos. 



Una metáfora de dicha libertad será Dolores (Evan Rachel Wood). En crecimiento constante, su personaje adquiere aquí ya los ribetes de estrella que se intuían desde su primera aparición. Desde Cleopatra al Che, cualquier liderazgo que se precie a tenido una dosis de carisma que sobrepasa a su ideología. La estampa de Wood con su rifle y montando a caballo es una propaganda revolucionaria que la hace creíble desde el primer momento. Como cualquier alzamiento, pronto habrá disidencias sobre la represión ejercida y si un régimen de abuso va a sustituir a otro de idéntico signo. Teddy (James Marsden), un personaje shakespiriano en su nobleza, se verá debatido entre el amor incondicional que profesa a la hija de Abernathy y su propio código de honor.


Esta entrega se basa, fundamentalmente, en las odiseas personales que distintos personajes realizan. Una de las más importantes será la de Maeve (Thandie Newton), quien ya era uno de los pilares del asunto al comienzo, alcanzando aquí ya cotas inclusive superiores. También se da más cancha a Akecheta (Zahn McClarnon), quien tiene un capítulo espectacular titulado "Kiksuya", una verdadera revisión del mito de Orfeo y que permite conocer un poco mejor a este eterno superviviente indio del parque. 



Como de costumbre, Westworld se debate entre la más honesta ficción de serie B (dicho a modo de elogio, es decir, trepidante, rápida y original) y cierto aire pretencioso que, en ocasiones, le perjudica. Si bien "Kiksuya" es una pequeña maravilla, muchos giros de argumento y formar de alterar la narración lineal parecen obedecer más bien a un efectismo modernista que a verdaderos fines creativo. Una lástima porque no precisa de esos adornos para captar nuestra atención Lo acontecido con Bernard Lowe (Jeffrey Wright) quizás se revele como una obra maestra en próximos episodios, pero ahora mismo es una búsqueda de la confusión sin más propósito que el caos. 



Salvo pequeñas excepciones, el show mantiene el Dream Team espectacular que tanto golpeó a la audiencia, y es que esta facturación de la HBO no muestra reparos en fichar a lo mejor del mercado. Se mantienen nombres como Tessa Thompson o Ed Harris, o sea, de calibre Hollywood. Precisamente el personaje del segundo recibe uno de los caramelitos de la segunda temporada, aunque su gran aportación va a quedar un poco eclipsada por una invitada de lujo. 


Hacemos referencia a "Vanishing Point", un capítulo que nos permite conocer más cuestiones sobre el círculo familiar alrededor de Billy, más conocido como El Hombre de Negro, uno de los jugadores más hábiles sobre el tablero. No obstante, Ford puede haberle hecho un regalo envenenado al darle a este adicto a emociones fuertes una partida con muchos más riesgos de los acostumbrados. En un intenso flashback, conoceremos a su esposa, interpretada de forma magistral por Sela Ward. Ante tanto disparo y pirueta, despierta curiosidad el hecho de que uno de los momentos más dramáticos y emotivos coloque sus cimientos sobre cuestiones tan simples como buenos diálogos y lenguaje no-verbal. 



Los temas musicales siguen siendo escogidos con el mismo y esmero que caben esperarse, incluyendo bonitas variables de temas clásicos ya conocidos del poblado del Oeste. Probablemente, con menos trampas en algunas de las narraciones, Westworld se elevaría a unas cotas de calidad inclusive superiores a las que, de momento, posee. 



Entramos en sus laberínticos vericuetos y hemos abierto sus puertas. Queda ver qué más sorpresas nos aguardan y si el puzzle resultante tendrá lógica. Eso sí, indudablemente la tercera temporada ya tiene toda nuestra atención. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://www.silenzine.com/ver-segunda-temporada-westworld/



https://www.nytimes.com/2018/02/05/watching/westworld-season-2-trailer.html



https://pressfrom.info/us/news/entertainment/-156417-sela-ward-reveals-whether-shell-stick-around-on-westworld.html

domingo, 8 de septiembre de 2019

EL RAYO DE LUNA


En los años dorados del cómic franco-belga había una serie de normas no escritas. Por culpa de las mismas, siempre resultó más fácil identificarse con el capitán Haddock antes que con el impoluto Tintín. De la misma forma, Gil Pupila y su perfección le impedían resultar tan divertido como Libélula. Durante décadas, estábamos convencidos de que, si alguno de esos paladines debía tomar prestada una bicicleta para perseguir a un ladrón, volvería agotado a restituir el vehículo a su legítimo dueño. En cuanto a pasiones o deseos personales, buenos chicos como el botones Spirou parecieron inmunes a la sensibilidad y belleza por muchas viñetas. 



Aunque piezas más recientes como Diario de un ingenuo (reseña) o El botones de verde caqui (reseña) hayan demostrado que Spirou puede tener tanto (o más) carisma que su alocado compañero Fantasio, resulta sorprendente el osado experimento que el dueto creativo formado por Tome-Janry firmó en Luna fatal, publicado en verano de 1995. Con un seductor arranque en la frontera que separa Little Italy de Chinatown, la trama narra los estragos que la enigmática Suspiro de Jade está provocando en miembros destacados de la mafia italo-americana. 



Vito Cortizone, antiguo adversario de Spirou, está convencido de que el joven es la única persona capaz de no caer en el enamoramiento de la misteriosa dama china. Con la inestimable ayuda de su inteligente hija Luna, la gran estrella del álbum, logra chantajearle con técnicas dignas de Amanda Waller para que acceda a ser su agente de campo en la guerra de bandas.


Obligado por esas circunstancias a participar en la peligrosa misión en territorio hostil, Tome y Janry se permiten una trama traviesa donde pueden desmontar algunos de los axiomas de Spirou. Para hacer más creíble su identidad, el modesto paladín irá con estampa Versace y de invitado a la boda de los Corleone para convertirse en el cebo para Suspiro de Jade.



La femme fatale china resulta una antagonista a la altura. Hace poco que Mark Waid afirmaba que Víctor Von Muerte era su villano favorito de todo el universo Marvel, puesto que estaba convencido de que su supuesta horrible desfiguración apenas sería una heridita insoportable para su ego. Las motivaciones que en el pasado que llevan a Jade a tornarse en la Némesis de Vito están a la altura de la egolatría y sana concepción de sus propios méritos que debe tener cualquier carisma malvado que se precie.



De igual forma que ocurre con Selina Kyle en cualquiera de sus apariciones en Batman, Luna será la antiheroína perfecta y alejada de moldes que puede vulnerar las reglas del género para tornarse en el elemento más cautivador del tablero. Si bien Spirou hará honor a su fama de invulnerable ante los trucos y brebajes de amor orientales, puede que incluso él no sea de piedra ante una dama que sería una dignísima igual de sí mismo para librar a una aventura.


La aventura tiene el toque trepidante que puede esperarse de una guerra de bandas, territorio que ha beneficiado mucho a héroes urbanitas como Spiderman. Además, aquí hay un componente de Capuletos y Montescos que da especial mordiente y picante al asunto para hacer buenos giros de guión. Aunque pueda sonar a herejía, instantes de forma como esta etapa parecen permitir plantear el duelo de si el periplo Tome-Janry en la colección es incluso superior al del maestro Franquin.



Igual que las legiones de César en Astérix, el organigrama de Cortizone y su empresa delictiva terminan cayendo simpáticos por sus reveses constantes y torpeza que no les impide ser tercos como mulas en el esfuerzo. En su internada en las guaridas del dragón, Spirou también permitirá explorar a sus artistas sobre los tópicos de la yakuza y sus particulares códigos.



El único ingrediente que le faltaba para ser memorable era un final redondo... y vaya si se logra. Gracias a Luna la última viñeta es una de las más icónicas y recordadas. La dama que hizo dudar al infalible.  



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://www.comicartfans.com/gallerypiece.asp?piece=333700



http://www.comicpasion.com/1423/resena-luna-fatal.html



https://spirou.fandom.com/wiki/Luna_Cortizone

domingo, 1 de septiembre de 2019

UN BUEN TIPO


El arte y la moral no tienen necesidad de ir ligadas por sí mimas. A lo largo de la Historia, hallamos innumerables ejemplos de personalidades horribles que lograron hitos artísticos incuestionables, mientras que con las mejores intenciones se pueden hacer obras mediocres y sin trascendencia. No obstante, sí es cierto que la extraña alquimia que se logra cuando ambas realidades se unen sin impostura es complicada de superar. Por mucho tiempo que pase, la persona lectora que encomienda un rato de ocio a Charles Dickens (1812-1870) siente que está en buenas manos, de visita con una persona amiga que busca siempre la mejor solución para todas las partes. 



Uno de los escritores más dotados de la generación victoriana, lo cual es decir mucho, escapa a los objetivos de este blog dar cuenta de su magisterio en la novela, desde Historia de dos ciudades a Oliver Twist. Hoy nos ocupa su incursión en un género muy en auge en aquellos días, los cuentos de miedo. Destreza que en la actualidad sigue dando generosos dividendos (baste pensar en cuántas películas produce Hollywood al año de esa temática) y que en el pasado permitía a los literatos hacérselo pasar "agradablemente mal", como habría dicho Chicho, a muchas personas al calor de una chimenea. 



Igual que Cervantes con las novelas de caballerías, Dickens era un escritor lúcido y plagado de humor, capaz de discernir los sinsentidos en los que cae cualquier estilo literario. "El abogado y el fantasma" desmonta en apenas un puñado de párrafos muchos de los axiomas de la mitología fantasmagórica. No tiene nada de extraño que el escritor trabajase en un bufete, puesto que siempre exhibe un gran conocimiento e ironía con todos los asuntos legales en su universo ficticio.


Con todo, habría que advertir, como sagazmente hacía Lisa Simpson a su hermano Bart, que los gustos sobre el miedo van cambiando con los años y lo que antes resultaba aterrador puede parecernos incluso ingenuo hoy en día. Pero no es eso lo más estimulante de estos cuentos de Dickens. "Para leer al anochecer" brinda una historia que hoy resultaría tópica sobre la tragedia que se cierne sobre un joven matrimonio en un palacio de Génova. Lo formidable de la narración es cómo con apenas un par de adjetivos el escritor nos mete por completo en situación y sentimos que estamos andando con la pareja y su guía por las habitaciones.



Es una de las ventajas de la genialidad. Aunque estos pasajes puedan ser una nota al pie en los grandes hitos literarios conseguidos por su autor, tiene chispazos como la colosal idea que exhibe en "La historia del retratista", una reformulación del episodio extraño que él había contado sobre un pintor y una joven con la que tiene un encuentro fortuito. Aquí finge ser el artista que se ha enterado de que su historia se ha difundido y aporta nuevos detalles sobre el suceso.



Pese a la benevolencia que suele mostrar a su hora de presentar el mundo, eso no implica que Dickens fuese un ingenuo con los ojos vendados. En "El fantasma de la cámara nupcial" presenta sin tapujos a un villano realmente verosímil, experto en torturar a un antiguo amor y a la hija de esta sin pegar un solo tiro o emplear la violencia. Que siempre muestre inclinación por el lado luminoso, no le impide imaginar perfectamente cómo puede ser un alma oscura.


Observaremos en la sucesión de páginas cómo se van creando los grandes lugares comunes, especialmente las casas, esas habitaciones con vistas a jardines misteriosos, elementos que hallaremos asimismo en Bram Stoker, quien supo dar una sensualidad admirable a todo el asunto. Por su lado, Dickens se especializó en la figura del fantasma y las premoniciones, dos elementos que eran más necesarios que nunca en un mundo que había vivido la Revolución Industrial pero seguía apegado a las supersticiones y la necesidad de fascinarse.



A nivel subjetivo, de alguna forma extraña, siempre se intuye que a Dickens hay que leerlo en invierno siempre, pero que en invierno es cuando más brilla, sobre todo si están próximas las festividades navideñas. Sobre esa época es cuando imaginación más se afila y su punzante ingenio le lleva a diseccionar la sociedad cual sólido cirujano y con la mirada de un niño generoso.



En resumen, un escritor que logró aunar dos quimeras en una: ser genial y un buen tipo.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://jackmoreno.com/2019/05/21/cuentos-de-miedo-de-charles-dickens/



https://penguin.co.in/thepenguindigest/10-books-by-charles-dickens-every-millennial-should-read/



https://www.bl.uk/people/charles-dickens

domingo, 25 de agosto de 2019

IL SORPASSO


Captar una atmósfera es lo más difícil, solamente los artistas verdaderos logran ese hechizo. Tener alguna buena idea para un film sobre el verano no es tan complicado. Seguro que tarda poco en surgir alguna opción argumental que podría resultar atractiva. No obstante, lo complejo es darle autenticidad, llevar ese recurso a un marco creíble con el que se pueda identificar todo el mundo. La escapada (Il sorpasso, 1962), dirigida por Dino Risi, es de esos pocos filmes que logra poner en situación a la audiencia en apenas una escena. El sudor, el silencioso ambiente de ferragosto y cierta melancolía en la carretera son mostrados por la cámara de forma magistral. 



Uno de los protagonistas de la función es Vittorio Gassman. Un intérprete genial que defendía una tesis: la vida debía tener dos intentos. Incluso el mejor actor del mundo precisa de un ensayo previo. En esta ocasión, se puso en la piel de Bruno Cortona, un vividor romano sin una lira pero con un encanto por el que muchas personas suspirarían. Directores españoles como José Luis Garci han subrayado el magnetismo que irradia este tipo sin rumbo con su coche, un pícaro surgido de la más divertida novela, al que es imposible odiar por más desastroso que sea. Querrá el azar que en su conducción precise de la ayuda de uno de los pocos vecinos que están en la ciudad por la zona que le pilla de tránsito, un aplicado estudiante que prepara sus exámenes. 



Irónicamente, aunque sea el patito feo para muchas críticas sesudas, es precisamente este personaje el que hace que todo funcione, convirtiendo esta comedia costumbrista en algo muy especial. Que Gassman va a estar bien en escena lo sabe todo el mundo. Rafael Álvarez El Brujo, uno de los mejores juglares de la actualidad, afirmó enamorarse de la forma de improvisar del transalpino sobre textos clásicos en una exhibición que llevó a los tablados madrileños. De él se espera eso y más. Pero lo que consigue Jean-Louis Trinttignan como Roberto Mariani, un chico al que todo se le tambalea cuando llega ese huracán carismático que es Bruno, marca la pauta.


Probablemente, en caso de desaparecer la herencia de César entre ambos, Marco Antonio y Octavio no se habrían tenido por qué llevar precisamente mal. Quizás incluso Octavio le habría confesado en una tertulia improvisada en el Foro que no se atrevía a hablar con una muchacha llamada Livia que lo hechizaba con su mera presencia. Puede que Antonio, aprovechando la confidencia, incluso le admitiese que él no las tenía todas consigo, que gozaba de muchos amigos y amantes en Roma pero que dudaba sobre si nadie lo tomaba realmente en serio. Decía Cicerón que ninguna amistad podía colocar sus cimientos sin admiración, añadiendo aquí el guión de Ettore Scola, Ruggero Maccari y el propio Risi una mutua simpatía por las debilidades del otro.



Lo que suele olvidarse es que Bruno termina cogiendo real afecto por Roberto. En el largo deambular de este vividor, le intuimos muchos colegas y pocas amistades reales. Refleja la sed por la vida, una búsqueda de la fiesta constante... y puede que más soledad de la que sus admiradores intuyen. Otra cuestión es su forma de encajar los reveses. Nadie reacciona con más gracia a las negativas amorosas en este film que Gassman, incombustible al desaliento e irreductible a la pausa. Por Roberto también pasarán varias oportunidades interesantes en ese sentido, pero un cierto halo de fatalidad las preside para que no se concreten.



Por su viaje transcurren pequeños testimonios de la época. Hay instantes que se pueden colocar en Call Me By Your Name (2017) y no desentonarían en lo absoluto. Risi capta la playa y algo más: miradas, gestos, el tipo de comida, la arenisca, etc. No es cuestión baladí, son esos detalles los que permiten que una cinta pueda ser revisitada, que sepamos la historia sin que nos importe, porque hay muchos detalles ocultos.


ESTA PARTE DE LA CRÍTICA CONTIENE SPOILERS: 



Pese a sus muchas virtudes, Il sorpasso es un film descompensado. Aunque Risi quiera guardarse un as bajo la manga impactante, no es difícil intuir el final. Además, toma una solución más cómoda de la que aparenta. Fruto de una conducción temeraria, Bruno y Roberto sufren un accidente trágico que resultará mortal para el segundo. La ruptura es rápida, únicamente escuchando como un casi enmudecido Bruno dice el nombre de la víctima al policía.



En el duelo de don Carnal y doña Cuaresma, incluso directores de talento como Lubitsch o el propio Risi han parecido mostrar un síndrome de Estocolmo con la figura del pícaro. El propio Garci cuando habla de la cinta muestra la misma ternura por Bruno que la censura con el estilo vital de Roberto, aunque no es impensable que en su biografía real los tres estén más próximos al responsable estudiante que no está exento de ingenio ocultado en su timidez. Castigar con la muerte la primera aventura del muchacho y mantener el hilo de la vida de Ulises de Bruno resulta bastante convencional si superamos la sorpresa inicial.



Este ejercicio cinematográfico de altura oscila entre la tragedia y la comedia sin llegar a fusionarlas con exactitud. Deja la percepción de ser una obra magnífica pero que pudo alcanzar el rango de maestro con alguna revisión de guión. Corta abrupta, queriendo ser desoladora sin alcanzar la emotividad que para ello habría necesitado. Suele decirse que hay querer a los personajes de los que se está escribiendo. Pese a que ambas interpretaciones son soberbias, parece que la cámara del maestro Risi se decantó por Bruno demasiado rápido. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://hildyjohnson.es/?p=3308



https://twitter.com/sergioandreola/status/1043738518718242816



https://twitter.com/stargazer_kea/status/1001921626617901057

domingo, 18 de agosto de 2019

EL LABERINTO (WESTWORLD, TEMPORADA 1)


La llamada era de las series está plagada de paradojas. Rara vez ha existido una oferta televisiva mayor de ficción. Tampoco hallamos precedentes en los presupuestos y repartos que están conformando la pequeña pantalla, algo impensable hace apenas una década. No obstante, deja la sensación de que todo transcurre demasiado rápido. Productoras y audiencia nos agolpamos en las búsqueda de lo siguiente sin dar un minuto de pausa. Los capítulos se agolpan como rosquillas, si bien muchos son casi mini-películas en sí mismos. Como resultado, prima la cantidad sobre todas las cosas. Tal vez, la primera temporada de Westworld (2016) sea la metáfora perfecta de todas esas ironías. 



Basada en los célebres film y novela de Michael Crichton con el mismo título, el programa tiene una puesta en escena que impresiona. De inmediato, nos sitúa en un parque temático futurista donde los androides están tan evolucionados que pueden ser personajes de una especie de Disneyland para adultos donde las personas visitantes pueden ir a beber al salón, perseguir forajidos y vivir aventuras propias de una obra de John Ford. Naturalmente, al tratar con anfitriones que no son humanos, los abusos están a las orden del día, disparan a las máquinas a su antojo y a las más atractivas se le da asimismo la función de placeres sexuales sin remordimientos. 



Un juguete plagado de posibilidades que el equipo artístico encabezado por Jonathan Nolan y Lisa Joy quiere utilizar con calma. La puesta en escena de ese gigantesco Far West es pausada. De cualquier modo, cada pequeña narración que vemos es importante y debemos tener mucho cuidado con pensar que es lineal. Hay reseteos continuados y trampas en el camino. En ocasiones, los argumentos de Westworld parecen muy infravalorados (tiene giros realmente brillantes en esta entrega) y, otras veces, sus responsables parecen querer huir de la estupenda serie B en la que se basan para otorgar a la historia unos ribetes pretenciosos que no la benefician. 


Sin discusión posible, el casting es el plato más fuerte de todos los servidos en el show. Evan Rachel Wood desempeña el rol de Dolores, una de las creaciones más antiguas del parque, aunque siempre tiene un aspecto juvenil y encantador como la hija de un apacible ranchero. Thandie Newton es Maeve, una de las grandes damas del salón, experta en satisfacer a la clientela de visitantes. Anthony Hopkins, por citar solamente tres de los grandes nombres de este Dream Team, hace las funciones de Robert Ford, el creador de todo el complejo, si bien tuvo anteriormente un asociado decisivo en el proyecto. 



Bebiendo sin rubor de los conceptos de Isaac Asimov (si vas a copiar, copia a los mejores) pronto queda claro que hay un debate en ciernes entre los especialistas sobre el grado de conciencia que podían alcanzar estos diseños. El hombre de Leonardo ya está presente en los títulos de crédito, además de la opción de que exista algún moderno Prometeo que algún día pueda entregar el fuego a los anfitriones para que encuentren su propio camino. 



El envoltorio, en resumen, no puede resultar más atractivo. Joyas como Paint It Black de los Rolling Stones en versión para piano en un espectacular asalto de bandoleros al pueblo de Westworld o los imponentes paisajes donde los más intrépidos jugadores/as acceden bastan para mantener la atención. Y eso resulta relevante, puesto que no todas las visitas se conforman con beber, fornicar y disparar algunos tiros. Un misterioso hombre de negro (magnífico Ed Harris) es un huésped que parece ir por su cuenta y tener unos niveles de ambición que sobrepasan los propósitos del parque. 


Para hablar del nivel de presupuesto del asunto, baste pensar que una estrella como Tessa Thompson se incorpora a mitad de la fiesta como la representante de negocios que intenta aplacar algunas de las variables demasiado innovadoras de Ford. Huéspedes, anfitriones, creadores, empresa y equipo científico se van combinando en distintas tramas de calidad heterogénea pero que parecen obedecer a un mismo fin común. 



No pocas veces podemos reprochar a sus argumentos hacer trampas, buscar atajos para lograr ese momento impactante y efectista. De cualquier modo, si el veredicto debe dirimir si merece la pena seguir con la andadura, la única respuesta posible es sí. Con virtudes y defectos, Westworld es un ambicioso plato ante el cual el paladar no debería pecar de impaciente. Apenas diez episodios que conviene ir degustando antes que esos célebre atracones a los que nos hemos ido acostumbrando. 



Uno de las obsesiones en su estreno fueron las comparativas con la joya de la corona de aquellos momentos en la productora: Juego de Tronos. Wesworld no es su sucesora ni tampoco le conviene pretender serlo. Eso sí, en caso de que en futuras entregas apueste, igual que Dolores, por mirar más allá del espejo para convertirse en lo que aspira, puede ser algo muy grande. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://www.carlost.net/resumen-westworld-temporada-1/



https://uproxx.com/sepinwall/was-that-anthony-hopkins-voice-in-westworld-premiere/



https://showsnob.com/2018/04/19/ed-harris-of-westworld-reveals-details-about-man-in-black/

domingo, 11 de agosto de 2019

LA ÚLTIMA CACERÍA DE SERGEI KRAVINOFF


Joe Face había muerto. La suya era la historia de un maleante de poca monta, alguien que incluso traicionaba a alguno de sus compañeros de francachelas en determinadas ocasiones. Sin embargo, el guionista J. M. DeMatteis sabía que Peter Parker iría a su funeral. En una noche lluviosa y desapacible, pero el amistoso vecino no olvidaría llevarle dos monedas para Caronte a un tipo al que, en ocasiones, persiguió por callejones. Es el punto de partida de La última cacería de Kraven, una de esas sagas que no se olvidan. 



Con el eficaz dibujo de Mike Zeck, aquellas viñetas sumergirían al cabeza de red, por aquel entonces con su famoso traje negro, en uno de los viajes más inesperados de su trayectoria. Corría el año de 1987. Siempre que se suele publicitar una nueva historia superheroica hay coletillas como "nada volverá a ser lo mismo" o "un Spiderman como jamás habrías pensado". Rara vez es verdad. En un porcentaje alto, al finalizar la historia casi todo habrá vuelto a su status quo. No obstante, el prometido enfrentamiento con Kraven, el nombre de guerra de Sergei Kravinoff, sí cumplió aquellas ambiciones de hacer un novedoso planteamiento sobre un personaje icónico. 



Y eso que, hablando con honestidad, el bueno del cazador no estaba en su mejor momento. No era Norman Osborn, el enigmático Duente o un señor del crimen como Wilson Fisk. Había sido un meritorio villano con Steve Ditko y algo más estilizado bajo el lápiz de John Romita, pero su fecha de caducidad estaba pasada a finales del siglo XX. Sus ademanes de señor de los monos y estética de villano surgido del Batman de Adam West llevaban a la sonrisa cómplice en el mejor de los casos. Pero DeMatteis iba a sorprendernos. 


Resultó que no conocíamos a Sergei. Nos burlábamos de lo que no comprendíamos. Aquel nuevo equipo artístico desarrolló una trama en las cabeceras de Web of Spider-Man, The Amazing Spider-Man y The Spectacular Spider-Man donde descubriríamos que los Kravinoff eran una atávica familia de la nobleza rusa diezmada de forma feroz durante la revolución. El progenitor del cazador acabó mal y su madre perdió la cordura. De repente, era menos fácil reírse de aquel villano. Kraven era una reliquia de un pasado que quería marcharse acorde a su código del honor. Buscó la presa más complicada que se le ocurrió, aquella prodigiosa araña que copaba los titulares del Daily Bugle



Un gran peso. Un tremendo honor. La rivalidad que para Spidey ya era asunto de un par de mamporros y a la que audiencia no prestaba mayor atención era algo realmente especial para el antagonista. Dicen que el boxeador su disciplina busca ganar su respeto, no arrebatárselo al contrario. El cazador tuvo ese último asalto. Al poco de terminar el funeral de Joe Face, narrado con difícil sencillez por Zeck y con las tintas de Bob McLeod, tuvo su oportunidad. Una trampa. Un tiro fácil. Igual que el señor Parker, todos los lectores/as esperábamos algo que le salvase, el típico error del malo de turno. No ocurrió. Sonó la bala y el resto fue oscuridad. 



Rara vez un cómic del trepa-muros ha sido más siniestro y absorbente. El antagonista nos llevaba a un retorcido universo donde, a su manera, había lógica. Quería demostrarse algo y nos escogía como albaceas. Paralelamente, el sobrino de May Parker debía decidir quién era: hombre o araña. Compartidos la inquietud de Mary Jane Watson, la cual tendría una escena también atípica. Obligada a matar una rata en su nuevo hogar, sola, sin saber si su pareja volvería alguna vez. No le faltó el valor a la pelirroja, pero se desmoronó en cuanto terminó la misión. La tristeza de la lucha por supervivencia. 


La última cacería de Kraven es una obra maestra lo más alejada posible de la pretenciosidad. Su equipo artístico potencia al máximo sus virtudes y oculta siempre los posibles defectos. Incluso se aprovecha el periplo de Zeck con el Capitán América para recuperar a una monstruosa criatura que viene de perlas a este relato de terror. Un abismo donde sigue existiendo una carta de amor a la supervivencia, una oda a la fe casi inquebrantable. 



Su lectura es un golpe directo al hígado. Nunca nos dejará recuperarnos la historia, una vez nos engancha nos arrastra sin piedad. No es una obra que se pueda dejar a medias. Tampoco importa que sepamos el final. Arrastra, subyuga esta ligazón entre dos perfectos desconocidos. Sergei y Peter no podrían volver a ser los mismos tras esa experiencia. 



Habría más historias con Kraven, algunas meritorias. Pero nunca habrá otra como esta. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



https://comicbookrealm.com/series/1964/26913/Spider-Man:%20Fearful%20Symmetry%20-%20Kraven%27s%20Last%20Hunt



https://geekrly.com/2019/05/16/losmejorescomics-spider-man-kravens-last-hunt/



https://weheartit.com/entry/181027698

lunes, 5 de agosto de 2019

UN PEQUEÑO BREAK (CRÓNICAS DE BOSTON, PARTE VII DE VII)


El reflejo de Camelot




Probablemente, nunca fue tan impresionante. Convengamos en que Arturo y Morgana reflejaban una familia un tanto atípica, eso en el mejor de los casos. Pese a su habilidad con la espada, Lancelot no es la clase de amistad a la que una persona dejaría las llaves de su piso. No obstante, evocar Camelot es hablar de un maravilloso cuento, quizás porque nunca existió realmente. Acaso uno de aquellos caudillos en la Britania post-ocupación romana tuvo un consejero llamado Merlín y la imaginación hizo el resto. Pero hay cuestiones que importan más por lo que representan que en su realidad histórica. 



No caben dudas tampoco de que John Fitzgerald Kennedy cambió muchas cosas a su paso por la Historia, algunas incluso de forma involuntaria. Sus célebres debates con Richard Nixon por la presidencia generaron controversia. Quienes los escuchaban por la radio solían afirmar que el candidato republicano daba mejores argumentaciones a sus propósitos. Por el contrario, aquellas personas que lo veían por el televisor quedaban prendadas de la buena estampa e imagen que ofertaba el demócrata. Surgido de una dinastía política de Massachusetts, JFK y su joven gobierno fueron llamados el nuevo Camelot, ratificado por la campaña por la conquista del espacio de la que hay reciente aniversario. 



Su linaje, con sus luces y sombras, mostraría la nueva forma de hacer política, cinco años de intensa campaña que culminaban ambiciosos proyectos de generaciones, sorteando todo tipo de cuestiones, desde la condición católica del candidato al posible apoyo de la mafia en sus primeros años. Con lo que nadie contaba es que el joven Arturo falleciese en magnicidio de Dallas, uno de los episodios que marcaría el despertar de la infancia del joven país. De lo que no caben dudas con JFK es acerca de su buen gusto en varias cuestiones de la vida y su vinculación con Boston. Precisamente uno de sus restaurantes favoritos sigue hoy con las puertas abiertas: Union Oyster House. 


"No pizza, no ninja"- Michelangelo.



El lugar que tanto gustaba al trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos sigue siendo un rincón encantador y muy cuidado. Desde los manteles decorados con ilustraciones del local, posiblemente allí se sirvan los mejores calamares de la ciudad de Boston, algo que es decir mucho, habida cuenta de la calidad general de este producto en la zona o los muy populares bocadillos de langosta que se encuentran casi en cualquier calle de la zona portuaria. 



Por supuesto, todo ello acompañado de una gran variedad de cervezas, no olvidemos las raíces irlandesas del lugar. A nivel de postres está la típica Boston Cream Pie, la tradicional tarta de la región que goza de merecida fama. Eso sí, con un poco más de riesgo hay una rival de atura en la tarta de chocolate regada con "lava" (en realidad, otro chocolate ardiendo que lo atraviesa justo en medio). Una verdadera exquisitez. 



A poca distancia encontramos Little Italy, un rincón donde las pizzerías y la pasta son religión. Cuesta decidirse ante tanta deliciosa oferta, aunque parece obligatorio mencionar a Regina, nada menos que la pizza oficial de los Red Sox, un sitio que siempre está muy concurrido y donde pueden ver algunas de las celebridades que han visitado el establecimiento y cuyos autógrafos y fotografías están exhibidas en una de las paredes. 


El tercer tiempo



Con todo, Regina tiene una poderosa oponente en Antico Forno, una pizzería ubicada en la calle de Salem número 93, la cual debe su nombre al horno de leña en el que la propia clientela puede observar cómo se prepara de forma concienzuda su pizza. Para después del almuerzo, a destacar una de las especialidades de la casa: el tiramisú. 



Si por un casual acuden a algún partido en Fenway Park y no les apetece cocinar después, una solución muy cercana es el local Popeyes Louisiana Kitchen, una franquicia de comida rápida sureña que tiene varios puntos fuertes recomendables, destacando las alitas de pollo con sus variedades (especialmente la picante).



De idéntica forma, Chinatown complacerá las expectativas de los paladares más dados a lo oriental, y es que en la ciudad de Boston nunca hay inconveniente en sacar un momento para un pequeño break. 



BIBLIOGRAFÍA:



- OLIPHANT, T. y WILKIE, C., The road to Camelot: Inside JFK´s five-year campaign, Simon & Schuster, New York, 2017. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



- Union Oyster House [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Pizzería Regina [Fotografía realizada por el autor del blog]



- Popeyes: Louisiana Kitchen [Fotografía realizada por el autor del blog]