domingo, 17 de febrero de 2013

CÓMO SOBREVIVÍ A SAN VALENTÍN




La vida es una historia que hemos empezado en uno de los capítulos centrales y donde nadie ha tenido la gentileza siquiera de dejar una nota a pie de página. No tiene nada de extraño, que pese a su elemento fantasioso, haya muchas cosas en Juego de Tronos en las que proyectarse, principalmente esa capacidad de ponerte en un universo que resulta familiar pero donde nadie explica nada, más allá de sus actos presentes, aunque la avispada prosa de G. Martin deja algunas deliciosas pistas. Lógico que la HBO haya hecho una inversión sin piedad para lograr tener la adaptación televisiva de la célebre saga de libros, exponente de las impresionantes producciones (en presupuesto, casting, marketing...) que tiene la pequeña pantalla hoy en día. 






How I met your mother es una rareza dentro de las series más exitosas de los últimos años. Sin embargo, lo que resulta evidente, la ames, la odies o te deje indiferente, es que la fórmula ha fusionado durante sus ocho temporadas y que el desenlace, registrará una audiencia que hará a la CBS volver a brindar por el día que decidieron darle una oportunidad a Ted Mosby. Caracterizado por Josh Radnor (a quien ya se le había tomado la matrícula por A dos metros bajo tierra, este personaje es el hilo conductor de la clásica pieza chico conoce a chica... pero como nunca nos lo habían contado, ¿o sí? 





A la altura del 2030, se ve que la crisis no ha acabado con todos los seres humanos por más que sería el sueño de muchos telediarios, por lo que Ted decide contarle a sus hijos cómo conoció a la que fue su esposa y la madre de ellos. No será hasta tiempo después, cuando veamos en un flashback cuál era la forma de los padres de Ted de contarle las cosas y por qué él se juró a sí mismo que no ocultaría su pasado sentimental a sus retoños (los cuales, en un ejercicio de disciplina Zen, aguantarán estoicos e imperturbables cientos de episodios con muchas subtramas). 



Joven y prometedor arquitecto, Ted tiene muchas cosas en común con personajes que ya hemos visto previamente, hay cosas que nos hacen rememorar Seinfield, protagonistas de Woody Allen (no en vano, el amor de Mosby por New York y Annie Hall son un axioma irrenunciable) y, sobre todo, Friends. Y es que el círculo que rodea en la Estatua de la Libertad al romántico incurable bebe de forma clarísima de la mítica producción de la FOX. Lo que dejó en el recuerdo la entrañable comedia situación no puede ser borrado por ninguna heredera, de cualquier modo, How I met your mother presenta los suficientes alicientes y actualizaciones para ser un programa que pueda captar la atención y salir airoso de una comparación engorrosa y donde muchos verían sus colores sacados. 





Su círculo más cercano lo componen Marshall (compañero de piso de Ted, amigo desde la universidad y originario de Minnesota, tierra que los amantes del basket y el cine siempre asociarán a Kevin Garnett y los maravillosos hermanos Coen) y Lily (la novia de éste con la que pronto empezará a hacer planes de boda, no sin dificultades para ambos), Barney (un joven ejecutivo con un tren de vida muy por encima de sus posibilidades y que trabaja en una compañía que justificaría muchas de las cosas que han pasado en la Bolsa) y Robin (una reportera recién llegada de su Canadá natal y que muy pronto será el objetivo amoroso de Ted, faltaría más). 



Sabido es que Carter Bays, Craig Thomas y su equipo, cuando se pusieron manos a la obra con la Biblia de personajes, pensaron simplemente que sería divertido usar aquella premisa tan sabia de Oscar Wilde: ¿Quieres volver a sentirte joven? Comete alguna de las tonterías que hicieras en aquella época. Con aderezados tintes de sus vivencias de fines de semana y sus compañeros de francachelas, crearon un marco costumbrista pero muy eficaz para crear una atmósfera que ha hecho a muchos terminar caer rendidos ante estas urbanitas Mil y una noches




Si bien bebe de muchas fuentes, esta forma de conocer a la Mamá Grande (con permiso de Gabo), tiene la valentía de advertirte el final del principio, pero, logrando, que sigas la senda de Ted y los suyos, con ese sabor agridulce que tienen esos potros de tortura y placer que son las primeras citas, los desengaños y la infinita caricia que puede ser una mano amiga en esos menesteres de aquello que llaman desamor y, como dijo Tony Soprano, ha hecho enriquecerse a las discográficas de medio globo. 



Junto con el talento de los actores, innegable, hay que reconocer que aunque a veces tópicos, los trazos realizados en la máquina de escribir para confeccionarlos terminan siendo sumamente efectivos y con una gran capacidad para la proyección. Lily y Marshall son un exponente perfecto de una pareja convencional del siglo XXI... lo cual simplemente significa que arañar un poco la superficie te permite ver lo particular de cada uno y lo complejo que puede ser la convivencia incluso con alguien que te encanta. Barney sería el yo dionisíaco, la regla del pollo tan popularizada en internet y que, con todo, conforme avanzan las temporadas, muestra más aristas y la máxima celta de que toda magia tiene un precio y que no hay estilos de vida mejores o peores... Simplemente, estar o no dispuesto. Robin ejemplifica todas las virtudes de una mujer libre e independiente del siglo XXI, pero también pagando el peaje de Sexo en New York y esa extraña desazón de no saber que querer y, quién podría juzgarlo, dejar pasar las mejores jugadas sin pasarle la bola al mejor candidato. 



Ted, motor del asunto, representaría al alumno a quien probablemente Platón hubiera querido invitar a una copa por saber geometría, su utopía moral y una vez pasadas las 12... lo que pase en Atenas, se queda en Atenas. Romántico incurable, Mosby no deja de tener su canto de realismo en cuanto (Match Point dixit), él mismo se va dando cuenta de que su Cruzada de la primera temporada (la futura boda de Marshall con Lily le convence de que debe encontrar a su alma gemela y, santa ingenuidad, ser feliz en el frente que le queda pendiente) se va presentado como una quimera y uno de los grandes retos del show es ver si su propia forma de ser (con el respaldo de sus fieles camaradas y el bar MacLaren, ya que, en la serie el alcoholismo es una concesión popular que no se perdona y, si las cifras fueran reales, ni Ted ni Barney habrían llegado con hígado al 2030) resistirá las decepciones, los fallos ajenos y... los propios errores. 





En una época de colosos (Game of Thrones, Walking Dead, Mad Men...), Cómo conocí a vuestra madre se rueda por lo general cada tres días, los cambios de escenario no son imprescindibles y... pese a ello, el famoseo de Hollywood se da de tortazos por aparecer allí (como sucedió en Friends)... Y es que la terrenalidad de lo cotidiano luce más en sus capítulos que algunos gags más absurdos o momentos exagerados. A pesar de ciertos kilómetros de océanos de distancia de nada, ciertos diálogos, frases y situaciones resultan extrañamente familiares.





 Recientemente, tuvimos esa festividad llamada San Valentín, que todos criticamos con sumo raciocinio y autoridad moral cuando estamos con el cártel de disponible pero que, por qué no, también tiene que tener su encanto... No un maldito 14 de febrero que ya le costó lo suyo a Capone, sino ese día donde sí lo celebrarías. El día que conociste a la persona con ese paraguas amarillo. 





Si me preguntase Ted Mosby por mi mujer ideal, le diría que podría responder a distintos patrones (aquí Barney asentiría satisfecho, la versatilidad es la clave del éxito), pero que, a juzgar por la experiencia, debería añadir que solamente hay un dato claro... es la campeona mundial del escondite, buenísima en el arte del escapismo, una nueva Houdini, siempre invicta como cierta aldea gala. Podría sonar triste, pero a veces lo siento así. 



No obstante, la Historia, ha demostrado que nadie es invencible por bueno que sea, la Grandé Armée, el Brasil del 82... y hasta cuentan las leyendas que las primeras grabaciones de Les Luthiers no eran nada del otro mundo. Todos tenemos un día donde nos conocemos.




Y ese día, no sé si tendré paraguas... pero como diría Ted, lo sabré.















domingo, 10 de febrero de 2013

DOS LECCIONES PARA LA VIDA

Recientemente, en una entrevista concedida a Canal +, el célebre escritor Mario Vargas Llosa comentaba a Iñaki Gabilondo que una de las razones de que se hubiera convertido en un voraz lector de libros, se debía a que desde pequeño, en la acomodada vivienda de sus abuelos, fue iniciado directamente en ellos, sin pasar por la transición de los cómics. En opinión del talentosísimo escritor peruano, se cumplía la clásica visión de que el mundo de las viñetas es una estación de paso en la vida de los amantes de los Letras, la parte DEMO de prácticas antes de comenzar el verdadero video-juego. 




Sin querer enmendar la plana al admirado Premio Nobel, a quien debemos regalos tales como La ciudad y los perros, entre muchas otras, esta visión acerca del mundo de los tebeos no deja de adolecer de ciertos tópicos que se han repetido de generación en generación. El hecho de considerar los dibujos como una mera forma de simplificar la acción y explicar los diálogos es echar, involuntariamente, por tierra, el trabajo de miles de dibujantes, personas que se han dejado vista y hábiles trazos para lograr la caricatura, el fondo, el entintado y muchísimas más connotaciones de sutileza que no tienen nada que endividar a la mejor narración. 




De la misma forma, ¿acaso los argumentos de un cómic tienen, por defecto de fábrica, que ser inferiores a una novela o ensayo? ¿Acaso es incompatible gozar de 1984 con V de Vendetta, viendo como se entrelazan pesimismos, rendijas de esperanza y críticas a la Gran Bretaña de La Dama de Hierro y anticipando muchas de las cosas que estaban por venir en la Caja de Pandora de la información?Pese a ello, y mal que les pese a las Marjane Satrapi del mundo, algo con bocadillos siempre parecerá una agradable cafetería familiar para muchas personas, simpáticos de trato, pero descartados establecimiento para celebrar una boda o algo serio con alto copete.




Entre todos esos subestimados, en el panorama nacional, pocos ocupan un lugar más destacado que los simpares Mortadelo y Filemón. Dentro de las muchas creaciones del genial y prolífico Francisco Ibáñez, en cuya carrera no voy a ahondar por archi-conocida y ejemplarmente estudiada en blogs muy recomendables (Corra jefe, corra, El rincón de Mortadelo...), los dos agentes de la TIA tienen un hueco reservado en el Pateón del imaginario popular (algo que se acentúa por la buena acogida de los personajes en otros lugares como América Latina o sus ejemplares tiradas en el mercado alemán).


Pensando de qué hablar esta semana, he caído en el axioma de que los cómics son algo, como las bicicletas, propicio para el verano. Hablar de ellos en el clima de crisis (palabra que oiremos cien veces antes de acostarnos y si no la echaríamos en falta) sería como contar chistes durante un velatorio. Sin embargo, repescar algunas viejas (y no tanto) aventuras de los chicos del Súper, quizás encontrase las respuestas necesarias para ser consecuente con el estado del ánimo y respetar el orden establecido. 






Y es que el despejado cráneo del maestro del disfraz y su jefe de dos pelos ya habían allanado el terreno. El atasco de influencias, Corrupción a mogollón, ¡Por Isis, llegó la crisis!, El candidato, El preboste de seguridad, Llegó el euro, Okupas... Todos ellos y más son aventuras donde se tocan temas de rabiosa actualidad y poco propicios para levantar el espíritu (corrupción, los tejemanejes de tribunales y partidos, la explosión de la burbuja que todo el mundo vio pero nadie predijo), algunos son excelentes albumes, otros menos afortunados, en no pocos de ellos tienen el sello de calidad de Ibáñez, en alguno hay más manos impuestas... No obstante, existe un denominador común, la sensación de que, al igual que ocurría con el tándem Berlanga y Azcona, nadie acusará nunca a los dos personajes caricaturizados de ser espejos poco fiables de la realidad. 





De hecho, sería interesante incluso hacer una comparativa de estos antiguos tebeos con ¡Todos a la cárcel!, lúcida película del director valenciano donde, a pesar de basarse en el escándalo de Torrebruno, podría ser hoy emitida sin que ninguno tuviera problemas en entender de qué es exactamente de lo que se está hablando. No en vano, el director de esa penitenciaría, no dejar de ser un genialmente hiperbólico Agustín González (quizás el actor español que mejor se ha cabreado en la historia de nuestro cine), para muchos, un auténtico clon del Súper Intendente Vicente.




Trabajador incansable desde sus primeros días en la editorial Bruguera, si bien se pueden intuir algunas tendencias en Ibáñez, es un autor que ha sabido sortear con inteligente habilidad cualquier asoación que limitase sus parcelas creativas. PSOE, PP, Unión Europea y hasta dictadores extranjeros como Pinochet, perdón, quería decir Panocho, han tenido su momento de burladero ante las trastadas de los probadores oficiales de los inventos de Bacterio. No han sido los únicos, clero, terroristas, banqueros, policía y agitadores han aparecido bajo la firma de quien (con todo el respeto para talentos como Escobar, Raf, Mora, Vázquez, Jan y un distinguido etc...) es el nombre de referencia para hablar del cómic español del siglo XX, ecléctico asimilador de sus mentores bruguerianos y la influencia franco-belga.
 

Lo que me fascina de Mortadelo y Filemón es la falta de pudor y la sencillez meridiana con la que desnuda vergüenzas propias y ajenas,  No hay problema en poner a banqueros y mandatarios degustando cóñacs y puros tras haber declarado ante los medios medidas de austeridad, mientras la televisión ofrece, según convenga, una visión idílica de la realidad o un Apocalipsis que convence al espectador de tirarse por la ventana. Dicen que los espejos de las ferias, por mucho que deformen, no dejan de tener una buena dosis de verdad debido a que se basan es algo que es cristalino. 





Sin saberlo, mientras veíamos a los dos agentes competir (y fracasar, en no pocas ocasiones, para que nos vamos a engañar) en Olimpiadas donde dejaban para última hora encontrar al villano de turno, el maestro Ibáñez ya nos dibujaba tipos hablando en móviles (otro de los elementos premonitorios de ¡Todos a la cárcel!), y donde había exceso de maletines, sobres y billetes... Es cierto que a veces ha sido una saga acomodaticia en cuanto a que las fórmulas que funcionan nunca se han arriesgado, pero, pese a su costumbrismo y automatismos, Clever & Smart (parece ser que en las bávaras tierras de A. Merkel hay más fe en la capacidad intelectual de Mortadelo y Filemón que en su Director General) ha tenido el sano don de criarnos, a su manera, desde los días de la Nocilla y pantalones cortos, sin tener miedo a decir lo que estaba fallando... y animando a no dejar de tomarlo con ironía, pues la vida no merece una consideración tan seria.




Sin miedo al Impeachment y los coqueteos de Ofelia, nuestros dos protagonistas avanzaron por medio globo, deshaciéndose y creando entuertos, solamente para comprender que cuando pillaron in fraganti a don Rufián, director de la Guardia Viril, que vivían el país de la picaresca y que los Carpantas del mundo siguen en fuera de juego ante los Protasios que tengan algún contacto. La falta de moralina de estas historias, pese a los golpetazos y las persecuciones, no deja de ser mucho más honesta que la de no pocos telediarios. 



Desde Juanito Batalla a cierto señor con bigote que aparece frecuentemente conspirando en las sombras y sin preocuparse porque secuestren a ese dibujante cque tantas veces se mete con él, nos seguirá quedando ese consuelo, como el bufón que tira de las orejas carolinas a su príncipe, cual Lazarillos dejando caer cosas raras que vimos de nuestros amos, y, sabe vuestra merced, cuanto menos decir en el callar de unas viñetas silenciosas... 




De pequeño creía que Mortadelo y Filemón era para niños. Ahora, tengo la sospecha, de que dentro de 60 años, creeré que es para personas mayores de 70.Y, a buen seguro, hay seguirá el legado de Ibáñez dando guerra, contra el poder de turno... 

domingo, 3 de febrero de 2013

MUNDA: EL EPÍLOGO DE UNA GUERRA CIVIL

 

Debió de ser durante apenas un instante. Quizás cruzaron miradas, aunque ambos llevaban mucho tiempo sin hablarse. Tito Labieno, que no dudaba en exponer sus discursos de forma clara, había llegado a afirmar que solamente negociaría con la cabeza de César como condición. Nadie hubiera pensado cuando afirmó eso en Grecia, que había sido uno de los mejores amigos de el calvo libertino, como les gustaba llamarle a sus legiones y, fundamentalmente, su terrible y eficaz mano derecha durante los años de las Galias, una de las más audaces, brutales, terribles y exitosas campañas de la feroz República Romana. Ahora, en algún punto incierto de los dominios de Corduba, la vieja rivalidad iba a zanjarse para siempre.
 
 
 
 
 
 
Con todo, Julio César y Tito Labieno, aparte de viejos camaradas (en una ocasión memorable, Plutarco afirmó que el dictador romano dijo que Fue el único de mis amigos que me traicionó, mientras que especialistas como Rex Warner subrayan que incluso en tales circunstancias de odio, César seguía gustando de pensar en su viejo lugarteniente, como amigo), eran los exponentes de la guerra civil que había comenzado cuando el primero cruzó el río Rubicón para marchar contra su propia patria. Algunos de los que combatían en aquel terreno elevado, eran hijos de hombres que habían empezado aquellas masacres entre ciudadanos mucho antes. Pero, al ver los movimientos de la caballería de Labieno reforzando el sector adecuado en el momento oportuno, César no necesitaba ninguna nota a pie de página para comprender que, como pocas veces, luchaba por la mera supervivencia y no la gloria, ese momento que llevó a los generales romanos a tener un esclavo al lado que recordaba al triunfador que solamente era mortal (que tuviera que recordarse semejante obviedad habla de la pomposidad del evento en sí mismo y la fuerza que tenía para egos tan grandes como formidables).
 
 
 
 
Para la persona que está empezando a descubrirla, pocas parcelas de la Historia pueden tener más fuerza que una gran batalla. Hay gente que nunca cogería una obra clásica pero que conoce hasta el último detalle del desayuno de los mariscales de Bonaparte en Waterloo, o los movimientos empleador por Aníbal Barca en Cannas. A diferencia de otros senderos más sutiles de Clío (el circuito económico, los avances y retrocesos sociales, las disputas religiosas...), el combate en un lugar alejado de la mano de Dios, con seres humanos retorciéndose mutuamente, resulta extrañamante inmediato, desde las costas de Ilión hasta las selvas de Vietnam.
 
 
 
 
 
Buscando ese morbo ante el cruel bronce, la editorial Almena ha publicado recientemente una serie de libritos que recuerdan algunos de esos episodios bélicos, con especial antención a los que se dieron en suelo peninsular. En concreto, el que hoy nos ocupa fue uno que encontré hace relativamente poco en la Librería Luque, nada menos que una nueva puesta en escena de la contienda de Munda, el día en que la última resistencia pompeyana que se planteó en Hispania.
 
 
 
 
 
El autor no es otro que José Ignacio Lago, confeso cesarista, como él muy honestamente nunca ha ocultado y que montó uno de los grandes foros de discusión de aspectos estratégicos en la Edad Antigüa en la red, que a pesar de su clara parcialidad, no esconde un innegable encanto. El trabajo del que hoy hablamos no debe interpretarse como un estudio histórico científico, más bien, un ejercicio de erudición de un apasionado en el tema, con muchas valoraciones personales y juicios discutibles, pero que resulta tremendamente ameno y con las convenientes ayudas de las ilustraciones de Faustino Martín.
 
 
 
 
Lago narra con amenidad y buena divulgación la extraña pero innegable conexión que existió entre Hispania y algunos de los momentos más decisivos de ese pulso por el Mare Nostrum entre compatriotas. Ya fuera el brillantísimo estratega Quinto Sertorio acogiendo su Senado particular en Osca o el futuro y adinerado Marco Licinio Craso huyendo de las represalias de los marianos, parecía que, ya fuera en la Ulterior a la Citerior, en esas dos provincias (que eran espléndidos nidos de reclutamiento), siempre sería un teatro de operaciones destacado. En el pasado, el propio César había comenzado sus primeras campañas allí como pretor, frente a los lusitanos, que tanto ruido habían hecho con Viriato como caudillo, por no hablar de su victoria ante "un ejército sin general", como definió su forma de vencer a las legiones pompeyanas en la antigua Iberia; prólogo de su su victoria ante un general sin ejército, como acuñó para su éxito en Grecia. Que entre medias hubiera descalabros donde peligró su propia vida importaba poco a uno de los más hábiles publicistas de la Historia, el más ambicioso, inteligente y afortunado de los miembros de la jeunnessé dorée (Cicerón, Lúculo, Servilia, Craso... el propio Pompeyo), tan dorada como preludio de las grietas de una República que se había convertido en una mera palabra de un pulso entre facciones patricias con mucho dinero y poder en juego.
 
 
 
 
 
 
Con un buen sistema de mapas y convenientes fotografías de bustos (especial mención a esa maravilla que es el convervado en los Museos Vaticanos que muestra al invasor de Astérix como un hombre de ojos increíblemente inteligentes, una clara determinación, rostro delgado y una curvatura ambición en consonancia con la alta estima que se daba a sí mismo), las páginas de este librito ligero se suceden. Será la Arqueología quien siga determinando los posibles emplazamientos de Munda, objeto de continuada discusión y que obsesionó al mismísimo Napoleón III, mientras que los filólogos latinos seguirán descifrando los pasajes de estilo de ese anónimo cadete que relató los acontecimientos de los sitios de Ategua, a años luz en calidad de La Guerra de las Galias (una de las más brillantes manipulaciones literarias de la Historia), pero uno de los pocos testimonios de primera mano de una palabra, Munda, que significó mucho para vencedores y derrotados de este pulso.
 
 
 
 
Si existía un broche carmesí para aquellas acometidas y carnicerías comenzadas por Mario y Sila, fue aquella ocasión. Los hijos de Pompeyo, Labieno y el propio César se encargaron de ello. No obstante, sus metodologías eran diferentes. Cneo, el mayor de los retoños del superviviente en Farsalia era un joven enérgido y decidido, aunque su temperamento le perdía, mientras que Sexto mostraba mayor previsión a largo plazo. Labieno, por su lado, en su extraña y controvertida personalidad (como muy bien adiverte Lago, los motivos de su deserción siguen siendo fascinantes y no solamente era una cuestión de lealtades, sino de aspectos económicos y de clientelismo político), era un hombre muy cruel y sumamente eficaz en un campo de batalla (es un mérito del autor, pese a sus simpatías, su capacidad de reconocer los méritos del enemigo de su ídolo, junto a Alejandro Magno, en el análisis de los movimientos de unos y otros). Mientras, César era mucho más sútil en sus caminos, podía usar la piedad y la crueldad según se ajustasen a sus necesidades, en un auto-dominio tan insultante que hacía a sus admiradores juzgarles el único posible salvador de Roma... mientras que los detractores subrayaban una arrogancia que solamente podía llevarle a erigirse rey... o incluso dios.
 
 
 
Correcto repaso con muchas simpatías por uno de los bandos de una forma evidente, no estamos, ni mucho menos ante la obra definitiva sobre el epílogo sangriento de la carrera de quien para muchos es uno de los mejores (si no, el mejor) general romano de todos los tiempos. Para tantos otros, una de las figuras más desazonadoramente anticipadas de lo que aguardaba en el futuro, políticos capaces de anteponer con habilidad y manipulación su dignitas a la de sus conciudadanos a cualquier precio, caudillos capaces de generar una aceptación tan fuerte en sus huestes hasta límites fanáticos y mil aspectos más de un mosaico de personalidades. A. Goldsworthy lo ejemplificó mejor que nadie al decir que muy pocos personajes de ficción han hecho todo lo que hizo Julio César. Su grandeza, fue incuestionable, si fue admirable, sería un objeto de mucho mayor debate.
 
 
 
Este libro de la colección Guerreros y batallas es un más que digno y ameno acercamiento a su última lucha. Únicamente, recomendable sacar valoraciones propias de muchos juicios de valor... Reflexionen y tomen su rumbo, no hagan caso de nadie... y muchísimo menos de ese blog que se llama como una película de Fellini.
 
 

domingo, 27 de enero de 2013

LAS CADENAS DEL TALENTO


No podía ser de otra forma. Después del dulce cautiverio del elogioso recuerdo, Quentin Tarantino volvía a estrenar en las grandes salas, con su prometido western de reminiscencias a desiertos de Almería, Django Unchained ("Django desencadenado"), donde uno de los más influyentes directores de Hollywood desde la década de los 90 (Reservoir dogs, Pul Fiction, Jackie Brown...), retomaba el discurso de sus bastardos sin gloria, revisar la historia del cine... a su manera. 




Con el homenaje ya en el título, el poderoso inicio y la atrayente música (Morricone dixit), envuelven al espectador en la atmósfera indicada en el momento oportuno. Estamos ante la historia de un esclavo liberado (Django interpretado por  por un Jamie Foxx encantado con la oportunidad que le cedió su amigo, Will Smith) por un peculiar cazador de recompensas alemán, caracterizado por Christoph Waltz, en busca de su amada y de venganza. En definitiva, la fórmula indicada por el spaghetti western más clásico, pero adecuada a este maestro del eclecticismo nato.




Con ciertas reminiscencias a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o Valor de Ley (hacemos aquí referencia al remake de los hermanos Coen), los tiroteos en este ejercicio de género son realistas, alejados de los inverosímiles disparos de guante blanco. Igual que Scorsese, Tarantino y su equipo logran mostrar la violencia como la oscuridad que es, aunque esté salpicada de momentos divertidos. La sonrisa y la crudeza se mezclan, generando confusión en el espectador. 



Y es que, quienes estén yendo al peregrinaje de esta cita cinematográfica con el peculiar Quentin, deben estar preparados para ver sin tapujos cuál fue la realidad de las grandes plantaciones sudistas y qué se cocía dentro de esos lugares. Lo dicho para las balas se aplica a los latigazos y la forma en que los hombres libres mueven a esta mercancía, como si fueran cosas (no veía esta verosimilitud al mostrar a esclavos y dueños, desde la magnífica primera temporada de Roma).



 

La química que muestran en las escenas que comparten Waltz y Foxx es estupenda y provoca una inesperada alianza de cazarrecompensas mientras se permiten guiños a varios clásicos, tales como Dos mulas y una mujer. Como en los mejores tiempos de Los Simpson, este tipo de referencias no estorban al espectador que no los conoce, mientras es un pequeño bocado de cardenal para quien ubica la nota a pie de página. 




A medida que va prosperando la pareja, se van acercando al verdadero objetivo de Django (por más que matar legalmente a  forajidos blancos sea un placer y una venganza muy similar a la de los bastardos de origen judío frente a los nazis en la Francia ocupada), su esposa, cuyo nombre no será difícil de identificar por los amantes de la ópera. Y es que, con esa extraña capacidad de hacer mezclas impensables, las desventuras de dos fugitivos extrajeros en la parte contraria al abolicionismo, se convierten en herederas de lo mejor de Wagner.




Estas pesquisas le llevarán hasta los dominios del nuevo amo de la joven, un adinerado y joven sibarita en cuya propiedad se esconden muchas extravagancias y horrores. Leonardo Di Caprio tarda en aparecer, pero cuando lo hace la situación se pone seria. Desde el señorito Iván en Los santos inocentes, pocas veces se había visto mejor desprecio condescendiente a la servidumbre y una forma tan elegante como dañina de tratar a subalternos y personal doméstico.  




Di Caprio firma una actuación excelente y muy personal, generando también muchas perversiones que se dieron por parte de quienes en sus haciendas dispusieron de todo lo que se les antojase casi sin pedirlo. El galán del Titanic se marcó en la agenda ir mostrando versatilidad y lo está logrando, así como un exquisito gusto para hacerse querer por luminarias como Nolan o Scorsese. Al margen del marketing, visto lo desplegado, parece poco sospechoso que Tarantino afirmé que querrá volver a colaborar con él en el futuro. 






Al más puro estilo Berlanga-Azcona, hay muchos sobre-entendidos en los dominios de este dragón que tiene a la prometida del protagonista. Alguna alegría del casting como Samuel L. Jackson hace que sea imposible perdernos en las coordenadas del universo creativo de este artista que ha recibido también sus palos por su forma poco pudorosa y hasta irreverente de tratar la cuestión (Spike Lee se colocaría a la cabeza de estos opositores). 



SPOILERS [EN ESTA PARTE DEL BLOG SE REVELAN DETALLES IMPORTANTES DEL DESENLACE LA PELÍCULA]




Pese a lo dicho y volviendo a admitir que la fórmula tarantiniano sigue funcionando con la magia acostumbrada, da la sensación de que en esta ocasión, a su tercer acto le ha faltado originalidad, cuestión muy curiosa en un cineasta que tiene en esa destreza uno de sus puntos fuertes. No se opta por un final amargo que llega a vislumbrarse por un instante, tampoco porque la ingeniosa treta del dentista bávaro acabé en algo similar a El golpe, sino que, el director repite la táctica de que su personaje se vuelva invunerable durante los siguientes instantes y alcancé una sangrienta venganza (eso sí, todo merece la pena con tal de ver al mismísimo Quentin haciendo un cameo). 
Quizás simplemente sea que la pérdida de los personajes de Di Caprio y Waltz es demasiada para este epílogo, pero este giro de tuerca apasionante (coger un tema controvertido, mostrar un sentido del riesgo, originalidad, crudeza y una reflexión increíble sobre A. Dumas) se acoge al final, al igual que la excelente Malditos bastardos a una masacre final para ahorrarse dudas. Da la sensación de que el metraje se excede, que los diálogos son ocurrentes (es una de sus grandes armas, aunque creo que todavía, por ponerle peros a lo que casi no lo tiene, le falta esa intuición de otros como genios más veteranos como Woody Allen para poner a los diálogos al servicio de su film y no al revés) son reiterativos... 





Con todo, como dice Foxx, la Django, la D es muda... la venganza no lo será. Tampoco, los comentarios que suscitará este nuevo regreso al ruedo, de un forajido de leyenda y su equipo para el séptimo arte.






domingo, 20 de enero de 2013

FUE SIN QUERER QUERIENDO


Pensar en El Chavo del 8 me suscita una sensación muy similar a la que le acontece al periodista Antoni Daimiel cuando evoca a los Chicago Bulls de los años 90 en sus crónicas. Para el inefable compañero de Andrés Montes, aquel mítico equipo de baloncesto capitaneado por Michael Jordan ocupa un rincón de su memoria en el que entra poco, en ocasiones, casi deja pasar meses sin abrir sus puertas de recuerdos. "Sin embargo, una parte de mí sabe que siempre están ahí. Inalterables, grandes... Entro poco a molestar, pero sé lo que me voy a encontrar". Algo idéntico me acontece cuando evocó esa serie mexicana, diario de un muchacho que dormía en un tonel que no era surgido de la imaginación de Edgar Allan Poe, sino de la tampoco manca en arides e ingenios, mente de Roberto Bolaños. 




Después de haber invertido tantas cintas VHS en grabarlo gracias a Canal Sur (en aquella época no soñada, como diría Robert E. Howard, uno era aún niño dispuesto a profanar con sus sandalias el tiempo enjoyado del ocio), casi podría decirse que me fui separando de El Chavo más carismático (interpretado, cómo no, por Bolaños, a diferencia de otros mitos como Conan, Batman o James Bond, creo que el imaginario colectivo no concibe otra posible encarnanión) y de su serie derivada, El Chapulín Colorado. Pero no piensen mal. 




Una de las cosas mas difíciles en la vida, al contrario de lo que alguno podría juzgar, no es distanciarse de alguien que no te cae especialmente bien. Generalmente, la buena educación es un arma limpia y maravillosa para hacer el corte sin grandes contratiempos, quedando incluso bien si hay re-encuentro esporádico. Por el contrario, ¿cómo lo hace el Maradona (fanático del show, por cierto, hay un método en esta locura, tranquilos) del lugar para despedirse de sus tifosi después de ser considerado una máquina de la felicidad? ¿Cómo nos movemos de casa de unos familiares que nos han tratado de lujo pero sentimos la imperiosa necesidad de caminar solos?Pues sí, tras tanto tiempo de sin querer queriendo, dejé de escuchar los berridos de la Chilindrina y tampoco tenía el móvil de don Ramón, aunque a buen seguro el señor Barriga se lo embargaría en cuanto lo viera con el celular. 




Los había conocido en los noventa, pero resultaba que eran más antiguos, que desde los 70, se emitían aquellos capítulos que, adorablemente ingenuos ellos, pensaban que solamente serían puestos una vez. Cada chaval o chavala tenía a su Chavo, hay un momento concreto donde te atrapaba. Muchas horas de diversión aguardaban, como demostró el éxito que traspasó las fronteras mexicanas para hacerse casi religión oficial en Argentina y objeto de culto para generaciones de espectadores en el resto de América Latina y, por supuesto, España. ¿Cómo una producción con tal falta de medios, limitada en lo técnico, con adultos encarnando en muchos casos a niños y con un sentido del humor tan blanco que hubiera hecho enrojecer a Frank Capra, sobrevivía donde tantos otros alardes cayeron en la cruel memoria? La respuesta es cariño, una ñoñería como otra cualquiera. Y absolutamente inimitable e imposible de copiar.





No obstante, como marcaba la navaja, la respuesta más sencilla suele ser, en estos casos, la correcta. Los había más altos, más guapos y con más plata, pero... Del Chavo y cía nos despedimos bien, mejor que de ninguno. Nos fuimos sin rencor y graduados de las aulas del profesor Jirafales, sabedores de que asistíamos a los magisterios de la última especie en extinción, la de caballeros errantes de figura erguida, tímidos modales y ramo de flor para la amada en silencio... Perdonamos a Ramón (Valdés) sus capones a cambio de lograr ser el payaso serio perfecto e inimitable para la ternura de Bolaños, mientras Carlos Villagrán se catapultaba a la fama, solamente para comprobar que Quico había solamente uno. Como doña Florinda, Chilindrina, Don Barriga (gran Edgar Vivar), brujas del departamento 71... 





No pretendo dedicar ningún párrafo a las polémicas, luchas de egos, problemas y cuestiones que, sin duda, se dieron en esta profesión como en cualquier otra. No sería lindo, porque cuesta pensar que algo tan inocente tuviera un desenlace interno de equipo tan salpicado. La nostalgia me lleva a otra salida, la que algunos hicimos cuando dejamos de seguir cotidianamente las reposiciones... Nos habíamos ido, pero en cierto sentido, después de un gran banquete y cerrando con delicadeza, rehuyendo el portazo... de las fiestas hay que saber también irse, cuando están en su apogeo. 





La discrepancia fue cómo la salida perfecta, la discusión pacífica, el recluta licenciado del gran Peter Pan en la Isla de Nunca Jamás, a la que no volveríamos pero constantamente permaneceríamos. Ya no llevábamos pantalón corto pero seguiríamos siendo como él siempre que metiéramos la pata sin malicia, cuando nos desesperásamos porque callasen tantos magisterios apostólicos y no dábamos otra más porque nuestra abuelita fue campeona de peso wélter. 




Habrá quien me pueda criticar (no sin razón) por hacer una entrada de un programa que llevó literalmente años sin ver. Otros dirán que si hago memoria crítica, era vulgar, de humor martillo pilón y chabacanos... Pues verán ustedes, si perdonan la inmodestia, no me hace falta, como le pasa al señor Daimiel, hacer ningún tour por esas añoranzas. 



Simplemente, sé, que en el número 8, si abriera el baúl de los recuerdos de la canción, el Chavito sigue, ahora y siempre, resistiendo al invasor olvido, como cierta aldea gala....





pd: No quisiera dejar pasar esta entrada sin destacar la noticia de la trágica desaparición de F. Guillén, maravilloso actor a quien recordamos por trabajos como Mujeres al borde de un ataque de nervios, El abuelo y tantas otras películas, así como su papel de tertuliano de primerísimo nivel en ¡Qué grande es el cine! o su narración del documental de la expulsión de los moriscos. De entre sus muchas virtudes escénicas, me quedaría con su impresionante voz, capaz de adaptarse a cualquier registro.

domingo, 13 de enero de 2013

VUELVE EL SÚPERGRUPO

El Supergrupo
El cómic español se ha adentrado esta última década en una fuerte espiral de problemas. Con la honorable excepción de los incombustibles Mortadelo y Filemón y alguna re-edición de clásicos (Zipi y Zape), el negocio vive más de los fans que aún conservan el gusto por las viñetas de su infancia que en crear nuevos lectores. 



Vaya por adelantado que los primeros no tienen culpa de nada, bueno sí, de que la crisis no haya sido aún más pronunciada. No obstante, las buenas noticias han llegado a cuenta-gotas, la redevuelta de Pafman, algún trabajo esporádico de Ramis... y esa extraña incomodidad que supone leer el maravilloso personaje de Blacksad, traído de más allá de los Pirineos pero con autores nacionales. ¿En qué demonios estaban pensando las editoriales por el amor de...? En fin, lo dicho, pocos tiempos para la lírica. 




       Por eso, la iniciativa de F. Pérez Navarro y de Nacho Fernández, reactivando el Súpergrupo (creado por el genial Jan más de treinta años atrás), debe ser aplaudida y visitada. Parodia descarnada del cómic de tinte heroico norteamericanos, sus miembros son una clara versión cómica del Capitán América (Capitán Hispania), Jean Grey (La Chica Increíble), Doctor Extraño (El Mago), Iron Man (Latas) y La Cosa (El Bruto).



        A pesar de brindarle un cariñoso guiño, la nueva editorial no ha podido poner en ninguna viñeta a Súper-López, manifestando uno de los eternos problemas de nuestros tebeos. Si hasta Marvel y DC son capaces de ponerse de acuerdo por su propio beneficio (vender cuantas más tiras, mejor), es un inconveniente generalizado que nunca se nos ha ocurrido mezclar héroes y universos. Cada uno va la suya, lo cual provoca estos efectos secundarios de un verdadero océano aislado, donde las islas son muy complicadas de ver...




         Como era de esperar, el dibujo nos recordará muchísimo a Dragón Fall, así como el estilo de humor, ingenioso y con atinadas pullas a algunos de los tótems de género (la proliferación/prostitución del personaje de Lobezno como el único mutante que parece interesar a su compañía, la supuesta condición de Batman como mejor detective del mundo, las paranoias de los villanos con las corrientes temporales y universos colibrí...), en una simpática aventura que, esperemos, no sea la última de estos simpáticos caracteres y que tampoco haya que esperar más de 30 años para volver a disfrutarlos. 



      A todo esto, ¿quién es el jefe?


domingo, 6 de enero de 2013

LES MISÉRABLES

 
Para Jean Valjean, un trozo de pan fue un regalo de Reyes demasiado caro. A pesar de aparecer en la segunda mitad del siglo XIX, las miles de páginas del celebrado escritor Víctor Hugo, siguen siendo un presente bien apreciado por cualquier persona lectora a la que se le obsequie con un ejemplar. No en vano, una de las apuestas de los multicines en las competitivas Navidades ha sido una nueva adaptación al séptimo arte de esta obra de redención.
 
 
 
 
 
La primera vez que supe algo acerca de las vidas paralelas de dos desventurados de la Francia post-napoleónica, Fantine y el ya citado Valjean, fue en una pequeña maravilla titulada Joyas literarias, resúmenes en viñetas de algunos de los clásicos más importantes. Verdaderamente, nunca tan pequeño hurto tuvo consecuencias tan catastróficas, pero, al igual que Dickens, Víctor Hugo supo observar en las capas de los derrotados la única historia que merecía ser contada. 
 
 
 
 
Si algo explica que estrellas de la talla de Hugh Jackman o Anne Hathaway (es muchacha que empezó siendo princesa por sorpresa y está evolucionando en una de las carreras más interesantes de los últimos tiempos entre las actrices y, confieso que debilidad personal) sigan queriendo encarnar a las piezas de este tablero del romanticismo narrativo, se debe a que Les misérables tiene esa magia que muy pocas obras tienen la fortuna de conseguir, una gran capacidad de perdurar en el recuerdo y que su excesiva longitud acabe jugando a su favor, ya que se logra un fuerte encariñamiento con los personajes y empatía.
 
 

 
Y es que, a pesar de la profunda miseria y los pobres barrios parisinos descritos con detalle, igual que la semana anterior hablamos de la sabiduría de "la abuelita" Capra, el escritor galo consigue hacer creíble estas vivencias entrecruzadas y que, en un mar de desesperación, podamos creer en la posibilidad de la salvación. Todo esto descrito con mucha torpeza por mi parte y que suena a panfleto, es logrado de manera natural en la novela, prueba de paciencia de diferentes generaciones de lectores, pero que siempre suele acabar ganando a los puntos.
 
 
 
Asimismo se trata de una serie de epopeyas que deben contextualizarse en el marco de la Francia del siglo XIX, de restituciones monárquicas tras Waterloo, barricadas improvisadas, represiones, llamamientos de la libertad y sangrientas carnicerías. Quizás en algunos momentos, el autor aquí muestre demasiado claramente sus simpatías o pequé de idealizar a algunos de sus revolucionarios, aunque, sin duda, nadie puede poner en duda con quiénes estuvo siempre esté intelectual, más seducido por sus misérables y sus visicitudes.
 
 
 
Bien por su propia riqueza en descripciones o por los propios mensajes inconscientes que se desarrollan durante su escritura, Los miserables es una fuente histórica de primer orden para ver la evolución de un país y las evoluciones mentales que éste tuvo durante el proceso, incluyendo la tensión entre las masas más desfavorecidas, la aristocracia y esa emergente burguesía oscilante entre dos aguas.
 



Con todo, quizás sea la fortísima enemistad entre Valjean y el inspector Javert, el principal motor que ha asegurado que el mensaje de este libro sea moral y no moralizante. Implacable y obsesivo en su trabajo, Javert (a quien en futuras re-lecturas más de uno imaginaremos con ese tono amenazante e incansable que ha sabido darle Russell Crowe quien, aunque su forma de cantar sea peculiar, todo se le perdona por sus dotes para dar credibilidad a cualquier personaje), quien plantea el eterno problema que conforme vamos madurando nos asalta. ¿Qué ocurre cuando la ley que intentamos respetar en todo momento se muestra injusta?
 
 
 
 
 
No todo es perfecto en una monumental obra de ingeniería con palabras, tal vez tenga sus ñoñerías y aventuras amorosas a primera vista que harán arquear nuestra ceja más cínica, es probable que Patrick Süskind en su maravilloso El perfume (las cien mejores primeras páginas que se han escrito sobre la Revolución Francesa, lo mantendré hasta que alguien me demuestre lo contrario) sea más detallado y realista al evocar París que este romántico irredento... pero, ¿quién puede resistirse a los desheredados?
 
 
 
 
La historia de los perdedores, aquellos gloriosos Misérables...