domingo, 14 de julio de 2013

ROBOT-CHIKEN




Toca el turno esta calurosa tarde-noche dominical, hacer un repaso de una serie muy peculiar, nada menos que Robot Chiken.Creada por Seth Green (a quien muchos conocerán por ser uno de los dobladores de varias series, destacando especialmente su labor en la célebre Padre de familia), junto con Matthew Senreich. Su primer emisión se dio en Adult Swim, a través del popular Cartoon Network.



Nos referimos a un programa pionero, animada por el sistema de stop-motion, con el objetivo de parodiar muchas series de televisión, películas, video-juegos y canciones célebres. El freakismo (y lo usamos en el sentido más elogioso de la palabra), no conoce límites, desde He-Man y los Masters del Universo hasta llegar a referencias a la célebra Naranja mecánica de Stanley Kubrick.




Si bien en nuestro país no ha tenido la repercusión tan notable como en los Estados Unidos, los medios de los que disponemos actualmente con internet, permiten disfrutar de la gran mayoria de los episodios de este show, nacido en el ya lejano mes de febrero de 2005. Como curiosidad para los que la disfruten en versión original, retarles a que identifiquen muchas de las voces de celebridades invitadas, como Hulk Hogan o Mark Hamill.



Con el metraje oportuno y un paródico sentido del humor, repleto de referencias a la cultura pop, este curioso laboratorio con el pollo biónico, es un agradabilísimo entretenimiento que sabe entrar por los ojos, además, sale económicamente muy rentable a los ojos de la productora, por más que Seth MacFarlane, tenga divertidos piques con Green acerca del espacio televisivo, ya que las series del primero tienen un falso pique con el otro.



Ya sea en sus versiones fílmicas de la celebérrima Star Wars o en cualquier de sus desternillantes episodios, un espacio muy recomendable, delicioso entremés televisivo... unas alitas de pollo, por favor.


domingo, 7 de julio de 2013

DOBLE S: SPIDEY Y SALEM

 
Cuesta pensar que una de las premisas más comerciales de la historia del cómic se fusionase de forma ecléctica con una de las grandez piezas teatrales del siglo XX, firmada nada menos que por Arthur Miller. Sin embargo, así ocurrió. En las oficinas de Marvel, se había llegado a la conclusión de que el trepa-muros era el personaje más popular de la Casasa de las Ideas sin discusión. ¿Qué hacer al respecto? Pues crearle una serie más adicional, Marvel Team-Up, donde uno de los héroes más solitarios por excelencia descubriría como, mes tras mes, se encontraba con algún colega de editorial a quien ayudaba en una aventura (y de paso, como hubieran dicho en marketing, mejoraba las ventas del otro en cuestión, al aparecer con el carismático alter-ego de Peter Parker.
 
 
 
 
Por supuesto, buenas ventas al margen, los duetos formados por Spidey no fueron tampoco precisamente la coherencia argumental en persona. Un buen día estaba con la deidad nórdica, Thor, el otro con un icono tan patriótico como el Capitán América... para acabar el trimestre tratando de introducir a Dazzler, una nueva heroína de la editorial. Afortunadamente, ocasionalmente caen buenos guionistas que logran mejorar una premisa inicial y darle sentido a lo que no lo tiene.
 
 
 
 
 
Tal fue el caso de Bill Mantlo, quien embarcó al protagonista en un curioso viaje temporal que, acercó, quizás por primera vez en muchos casos, a un territorio puritano gobernador por el miedo y la falsa espiritualidad. Los terribles sucesos de Salem, que han fascinado a miles de lectores a lo largo de todo el globo, junto con adaptaciones cinematográficas (por ejemplo El Crisol) y teatrales (un magnífico Estudio 1 de TVE, recientemente recuperado a DVD).
 
 
 
 
 
 
Por fortuna para Mantlo, su curioso viaje temporal, contó con la inestimable presencia de Sal Buscema, uno de los más eficientes, sólidos y destacados dibujantes de Marvel. Quizás injustamente ensombrecido por la carrera de su hermano, "Big John" Buscema, Sal merece ser considerado uno de los más sólidos narradores de las décadas de los 70 y 80 del cómic. Su manera de reflejar los presidios de J. Proctor y compañía, así como las artimañas de Abigail, resultan una verdadera delicia.
 
 
 
 
 Hace muchos veranos que mi padrino me regaló aquella aventura y, obviamente, la fascinación de las imágenes heroicas de La Visión, La Bruja Escarlata o la regia y malvada figura del Doctor Doom no tienen el mismo efecto en mi atención de lector. No obstante, esta aventura, afortunadamente reeditada al castellano por Selecciones Marvel (número 2), fue la piedra angular que me llevó a conocer y disfrutar de la pieza de Miller y a buscar sus diferentes adaptaciones, de unos tiempos oscuros y remotos, de superstición y denuncias, pero también de valentía e integridad.
 
 
 
 
Y por ello, siempre me sentiré en deuda con Mantlo y Buscema...
 

domingo, 23 de junio de 2013

CUANDO DORMIR ERA DE COBARDES...

Era complicado. Dejar el televisor encendido para que se escuchase sin levantar al resto de la casa. Andrés Montes no se caracterizaba por ser poco efusivo cuando alguien anotaba un espectacular triple, emulando los sonidos de una metralleta. Motes, instantes míticos y algunos de los mejores partidos de la auto-proclamada liga de ligas de basket, la NBA... El problema eran las horas, nadie quiere escuchar como el vecino tiene puesta a toda pastilla aquella narración hiperbólica a las cuatro de la mañan. En cambio, Antoni Daimiel, rara vez ahogaría un grito ante un buzzer-beater de Michael Jordan.
 
 
 
 
Pese a ello, ambos fueron la pareja mejor avenida que Canal + nunca pudo soñar. Con edecanes de la categoría de Santiago Segurola o San Epifanio "Epi", los dos se convirtieron en la voz castellana de una galaxia muy, muy lejana... que empezó a acercarse. Los dos asistieron a la eclosión del fenómeno Pau Gasol. Ahora, el hermano de este mito, el no menos relevante interior Marc Gasol, le dedica un cariñoso prólogo a este reportero vallisoletano que se ha convertido en un cercanísimo desconocido para los amantes de un deporte extraordinario.
 
 
 
 
El libro El sueño de mi desvelo es una deliciosa recopilación de anécdotas, personales y profesionales, de alguien que sin duda hubiera podido interpretar El Hombre Tranquilo, calmado y pausado, socarrón e irónico. Colchonero irredento, Daimiel sorprende como un escritor agudo, aunque quienes hemos seguido su blog en la red, ya sabíamos de lo que es capaz cuando de aporrear teclado se trata.
 
 
 
 
No deja de dar cierta sensación de "justicia divina" que, tras tantos años currando a malas horas y en malas cachas con los talentosísimos sospechosos habituales de los Portland Jail Blazers, este pequeño librito haya logrado en España desbancar en pedidos a Amazon al nuevo best-seller casi asegurado que será la última creación de Dan Brown. Todo un terremoto, como el provocado por los Pistons de 2004 al batir a los ultra-favoritos Ángeles Lakers, entrenador por uno de los grandes ídolos del autor, Phil Jackson, El Maestro Zen, aunque no me decido si le tiene en tan alta estima por su forma de gestionar el juego y los egos de sus pupilos, o su forma de "coger cayendo" a J. Buss.
 
 
 
 
Ameno y ligero, aunque obviamente especialmente recomendado para los seguidores/as de este deporte, se tarda poco menos de un día en gozar de sus páginas, con cariñosos (y no tanto) párrafos a conocidos, en las distancias cortas y la pintura de la zona. Sigue sin mojarse y no le veremos dedicar muchas líneas a los arbirajes de 2002, prudente hasta el final y cómodo en su posición de bizantinado y taimado analista de una NBA que se nota, le sigue gustando, aunque los All Star cada vez le gusten menos y sueñe con que llegue Miami a las Finales, no por Wade o Lebron, sino porque cubrir unas semanas en Florida garantiza buen clima, vistas e idílicas compras.
 
 
 
 
 
Como es costumbre en Antoni, nos cuenta lo que está pasando, que le pediría Montes, pero siempre con la sensación de que lo hace con esa mezcla de sapiencia y de tener el freno de mano echado, festina lente, de este cronista deportivo insustituible.
 
 
 
 
Esperemos que no tardes tanto en hacer el segundo, Daimiel.
 
 
 
¿Por qué todos los jugones escriben bien?

domingo, 9 de junio de 2013

EL PATRARCA


"Cuando te ven a ti, ven lo que quieren ser... Cuando me ven a mí, ven lo que realmente son". La línea de este monólogo corresponde a la película Nixon, donde Sir Anthony Hopkins encarna a uno de los presidentes norteamericanos más controvertidos de la Historia, cuyo mandato tuvo en el escándalo del Watergate, la punta del iceberg de uno de los períodos más controvertidos del país de las barras y estrellas. 




Hopkins, caracterizado con los mofletes del famoso mandatario, se dirige a un retrato de JFK, uno de los dirigentes más populares de su tiempo y figura clave en uno de los climas más virulentos de La Guerra Fría. Considerado el artífice de Camelot y unos años dorados de los que la sociedad americana, un sueño del que el país  se vio súbitamente despertado por los disparos de Dallas, aunque los años han ido mostrando sombras en la biografía del popular Kennedy. 




¿Qué hubiera pasado si el Nixon de la cinta de Oliver Stone se hubiera detenido ante un retrato de Abraham Lincoln? Con mucha dificultad, un buen conocedor del pasado de su pueblo como Nixon, hubiera afirmado que el presidente de la Guerra de la Secesión era "lo que querían ser" sus conciudadanos. Y ello no se debe a que Lincoln fuera menos valorado que otros dirigentes, más bien al contrario. Como afirmaba Mozart en Amadeus, el político más célebre de las filas republicanas, se encontraba ya tan alejado del resto de sus conciudadanos desde su estatua en Washington, que era un mármol inalcanzable y utópico para cualquiera. 




Esa idealización bien pudiera ser la explicación de que, hasta la fecha, no tuviéramos una gran película de aquel hombre que fue el motor de un proceso histórico de la relevancia de guerra del Norte contra Sur y la definitiva abolición de la esclavitud, una de las mayores tragedias que asolaron esos turbulentos instantes. Por ello, cuando un director de la reputación de Steven Spielberg se embarca en un proyecto como el de la oscarizada Lincoln, uno piensa que debe abrocharse los cinturones y que no habrá prisioneros. 





En primer lugar, hablar de la elección de Daniel Day-Lewis, uno de los actores más heterodoxos, originales y brillantes de los últimos tiempos, para encarnar el mito. Sabido es la peculiar forma de aproximarse, casi obsesiva, de Lewis a sus papeles. Si lleva su talento hasta la hipérbole, si es un genio alocado o un loco genial, importa poco, porque si se consiguen interpretaciones como En el nombre del padre, "El Carnicero" en Gangs of New York o El último mohicano, dan ganas de decir aquella máxima: "Haga lo que quiera... pero actúe, por favor". Sacado de varios retiros por cineastas como Martin Scorsese en el pasado, el prestigio de Spielberg y la oportunidad de encarnar a "Abe", eran un bombón demasiado goloso. Y, aunque el doblador castellano de Lewis es excelente, es absolutamente recomendable la versión original, especialmente cuando el actor cuenta las famosas historias y anécdotas a las que tan aficionado era el presidente en reuniones comprometidas o con el ejército en campaña. 





Y aquí tenemos el punto fuerte del equipo del afamado director, una impecable recreación que nos hace pensar que efectivamente estamos en pleno corazón del siglo XIX. Las sesiones del Congreso, el vestuario, las calles, los vehículos, los uniformes de los confederados... Absolutamente impecable, en un ejercicio al que es difícil poner un pero. Precisamente por ello, uno casi se siente culpable por no meterse rápido en un guión denso y al que le falta algún ingrediente para convertir un buen plato en una delicia.



Fue Carlos Boyero el primero en advertir que parecía que el film exigía al público haberse empapado bien a fondo de cultura norteamericana antes de visionarla. No hay ninguna sensación de apertura o de presentación real de los personajes, un mínimo contexto. Innegablemente hay una buena cantidad de audiencia que tiene buena cultura general y conoce el marco, pero sorprende en un director de este calibre, un denso salto a la palestra y la falta de ese gancho en el arranque que te tenga pegado a la butaca. Quizás esto haya hecho que en el resto del mundo, donde la figura de Lincoln es muy respetada pero no tan reverencia o, mejor dicho conocido, la oscarizada biografía haya tenido buenas críticas y acogida, pero no tan deslumbrantes como cabía esperar.




Si bien el guión tiene muchos aciertos (plantear como se hicieron métodos ilegales, como la compra de votos, para una causa noble, las contradicciones de un partido y otro, los intereses más económicos que humanos en muchos de los jugadores de la partida por la abolición o no...), su espesura puede terminar cansando. Espléndidos intérpretes como Jared Harris (divertísimo ver al profesor Moriarty como Ulysses S. Grant) o Tommy Lee Jones apenas ven exprimida la décima parte de su jugo, en ese retrato intimista de la Casa Blanca, donde falta esa chispa que capte toda la fortaleza del asunto a tratar.




Hay momentos de muy bello lirismo como la rendición del general Lee ante los mariscales de Lincoln e instantes memorables de Danny Lewis, como no podíamos esperar menos. No obstante, uno piensa que en American Dad se trató con mayor frescura y diversión algún aspecto del mito, como en Lincoln Lover (donde se plantea con mucho acierto alguna cuestión de la sexualidad del gran dirigente), mientras que nuestro film avanza y avanza, manteniéndote interesado pero, quizás, no embelesado.



"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años".





Y mientras, la laureada estatua aguarda, resistente ahora y siempre, al invasor de su intimidad, de ese Abraham al que, pongan a cazar vampiros o no, será, ayer, hoy y mañana, una de las cumbres del Olimpo Personal de algunos de los años más decisivos para entender la historia de una nación compleja, contradictoria... y, sin embargo, muy cercana en alguno de sus aspectos.

domingo, 26 de mayo de 2013

LA FIEBRE DOMINICAL





Con motivo de la reciente publicación del libro Puro Maldini, parece propicio hacer nuestra reseña semanal sobre un programa que, aunque se edita los lunes, habla de una de las fiebres más frecuentes de los domingos. Nos referimos, claro, a Fiebre Maldini, perteneciente a Canal + y que no necesitará mayor presentación para los espectadores más futboleros de la pequeña pantalla. 




La línea del programa sigue la tónica mostrada formada por otros espacios deportivos de la misma cadena, tales como Informe Robinson (ya mencionado en este blog) o Generación NBA. Es decir, un pequeño soplo de aire fresco para un deporte popularizado hasta límites indecentes y, que las cantidades de dinero que maneja, en la coyuntura actual, son poco menos que una cosa obscena. No obstante, algunas de las historias y viajes al pasado de Maldini y su equipo, casi lo congracian a uno con el balompié, casi tanto como la magnífica demostración de calidad y deportividad, brindada por dos excelentes equipos, Bayern de Múnich y Borussia Dormunt, bajo el pasto del mítico Wembley. 




Con un equipo de auténticos especialistas a nivel internacional en la materia, Julio Maldonado (cuya hemeroteca de vídeos tiene ciertas resonancias a Diógenes) conduce un show que se ha ganado un hueco de referencia. El secreto del éxito radica en que si bien, por su naturaleza especializada y lo concreto de la temática, no puede ser un boom de masas, si ha sabido mimar el paladar de su interesada audencia para que ésta desarrolle una fuerte lealtad por el mismo.
Un curioso efecto que, personalmente a mí me sucede con esta crónica deportiva, es que me suele ganar mucho más en pequeñas dosis que el consumo completo de su duración. Las pequeñas crónicas que dedican a antiguos futbolistas (desde el quaterback Schuster hasta El Mágico González), breves, excelentemente biografiadas y con gran capacidad de síntesis, ganan bastante más que las discusiones rabínicas que a veces alcanza su Sanedrín futbolero. 




No obstante, no se puede negar que Youtube le ha hecho un favor increíble a la realización del mismo ya que, por sus incursiones (agudas y con mucho conocimiento de causa) en la mística de clubes como Boca, Nápoles, Liverpoool... Han hecho que la reputación de esta futbolería alcance mucho reconocimiento en la comunidad de usuarios, encantados de recordar viejas batallitas (o auténticos batallones, según la que corresponda) o, descubrir partidos que nunca habían visto.
Así que, aunque a veces esta fiebre dominical a veces se va demasiado de las manos en este mundo loco... la aspirina de los lunes, con buen aroma a good old times, siempre merecerá nuestra atención.

domingo, 19 de mayo de 2013

SOBRE ROMEOS, JULIETAS Y CHINOS MALAYOS


Hay muchos motivos para visitar el Salón del Cómic de Barcelona. La grata compañía que suele acompañar desde el viaje, los pequeños incunables escondidos en los diferentes puestos, la hermosura de la Ciudad Condal como ciudad en sí... y, por qué no decirlo, un servidor de ustedes, también citaría poder ir a que Juan Carlos Ramis firma allí. 




Más conocido secamente por su apellido, Ramis fue una de las firmas más queridas por los jóvenes lectores de revistas como TBO, Súper-Mortadelo, Mortadelo Extra... No obstante, al igual que acontece con otro gran talento, y amigo de éste, Joaquín Cera, sobre estos dos autores, abanderados de la generación que iba a seguir la esencia de la mítica escuela brugueriana, con una adaptación a las generaciones de los 80 y 90. 



Entre sus personajes, cabría citarse al emblemático Sporty, pelo pincho, o aquellas míticas reseñas gráficas de películas que hacía, donde incluyó frases tan memorables como "Butch muere tras fallecer" o, escaneaba el ticket de Los tres mosqueteros para reflejar "la clavada" que había sufrido. Actualmente, Ramis sigue con los lucrativos Xunguis (que comparte con Cera, como hacen con el bigotudo Mafrune, verdadero éxito comercial entre los más pequeños, como unos modernos ¿Dónde está Wally?) y es la cabeza pensante de Las guías para... de los inefables Mortadelo y Filemón. 




No obstante, hoy en Amarcord, presumiendo de una de mis más recientes joyitas, recordar al emblemático Alfalfo Romeo de este autor. Basando su nombre en un coche muy de moda en aquellos días, Ramis creaba su propia versión socarrona de los míticos miembros de las dinastías Capuleta y Montesca, siendo la dama en cuestión, Julieta Escalfos. 




En alguna conversación con mi buen amigo Chespiro (dueño de uno de los mejores blogs en lengua castellana sobre la figura de Ibáñez) y el propio Ramis, en sus firmas del domingo por la mañana del último día del Salón, me han comentado que les parece lo mejor que ha realizado. No sabría qué decir, ante tantas cosas de él que me gustan, pero es cierto que esas dos carillas en verso de cada historieta y su humor hiperbólico, ocupan un lugar muy especial en los más nostálgicos de aquellos días de Ediciones B.


Con la compañía de su camarada, Chino Malayo, Alfalfo inventaba todo tipo de tretas para acceder al shakespiriano balcón de su amada, bajo la celosa vigilancia de don Piñato, el suegro de éste, que parece la versión satífica del Comendador. Al igual que don Pantuflo de Escobar, Piñato es el personaje que pone los obstáculos necesarios al romance, ya que Alfalfo es un pobre trovador que no gusta al noble. Sin embargo, como el propio Ramis admite divertido, conforme avanzaron las historietas, los delirios del futurible suegro iban de mal en peor. De nobles, monarcas, cortesanos y adinerados mercaderes, el padre de Julieta llegó a ofrecer la mano de su hija a hombres-lobo, vampiros y todo tipo de criaturas, con tal de evitar la perniciosa influencia del enamorado. 




Algún otro obstáculo en el camino, como la desagradable Furila, la hermana de Julieta y más cerril que un trozo de carbón, se iban intercalando, mientras, en un ejemplo metaficcional, Piñato intentaba casar a Julieta con Vázquez, el mítico dibujante de Bruguera, legendario por su arte con el lápiz y míticos sablazos (ver a este respecto las reseñas de la película El gran Vázquez y la reseña del libro sobre este artista, editado por Dolmen). 




En una ironía que hubiera sido graciosa de no ser por el terrible resultado, Alfalfo cayó en desgracia en la revista porque luminarias mentes hicieron una encuesta de personajes predilectos. Alfalfo sacó un sonoro 0... que era muy explicable porque hubo el imperdonable error en la revista de no incluirle como candidato. Aquello marcó la desaparición de esta simpática aventura que concluía muy prematuramente. A pesar del interés, Ediciones B nunca se ha planteado seriamente resucitar la serie. 




Citando la propia y emblemática despedida de la serie: 


- Mal lo tiene nuestro amigo, para estar junto a Julieta. 
ALFALFO: Seguro que lo consigo en la próxima historieta

domingo, 12 de mayo de 2013

EL DÍA DE LOS ALFREDOS


 La historia del cine español está muy asociada a sus intérpretes. Rostros conocidos que se van convirtiendo en parte del imaginario popular, siendo casi, una cara familiar y que siempre, piensas, estará allí. López Vázquez, Gracita Morales, Alexandre, Fernán Gómez y un ilustres etc que permanecen incombustibles en la memoria. Desafortunadamente, hay que incluir desde hace unos días a Alfredo Landa en ese Panteón de gente que se nos ha ido orientada al séptimo arte. 




En un caso sin precedentes, este actor de origen norteño, fue, por sus dotes interpretativas y singular físico, la imagen perfecta del españolito medio. A miles de espectadores les costó muy poco indentificarse con él, generándose lo que fue el landismo, un fenómeno muy singular dentro de la filmografía. Con una producción abundante en la gran y pequeña pantalla, mentiríamos si dijésemos que todo fue material de primera. En Landa hay de todo, desde su conmovedor Paco El Bajo, en la adaptación de "Los Santos Inocentes", hasta persecuciones de suecas y cintas muy poco recomendables. 





No obstante, a un jugador hay que juzgarlo por su calidad, más que por la de los equipos donde se ha militado, según la circunstancia. Su mal paso con el productor José Luis Dibildos (muy comentado en su buografía, Alfredo El Grande, que comentamos hace ya, algún tiempo, en este blog) y otros encontronazos, le hicieron también ganarse algún enemigo en el mundillo. Incluso tuvo una época de fuerte distanciamiento de personalidades como José Luis Garci, el hombre que le rescató del exitoso y a la vez debilitador landismo, para crearle a Germán Arteta, la mejor aproximación del cine nacional al género noire.




Pero, por regla general, superadas esa polémicas donde él también metía baza (temperamento hasta el último momento de sus días y afición a la jarana no le faltaron), todos los que trabajaron con él, reconocían su talento y gran profesionalidad. Landa buscaba destacar en cada uno de sus papeles y, en no pocas ocasiones, logró deslumbrar.


Solamente él podía empatar con su amigo Paco Rabal en el Festival de Berlín, en aquel Dream Team de ensueño que llevó Mario Camus e hizo reverdecer laureles a la cinematografía hispana en Alemania. Como todo intérprete que se precie, afirmó cumplir un objetivo soñado el lograr ser Sancho Panza, en una de las mejores versiones del mítico gobernador de la ínsula cervantina. 




Habrá que preguntarse sí ya se habrá preparado uno de sus famosos gin-tonics, en los cuales era, por lo visto, un auténtico experto, al llegar al otro lado. Lo cierto es que a competitivo le ganaba poca gente, ya fuera en el mus o jactándose de su lengedaria memoria para los guiones, o incluso las voces de doblaje. Incluso logró imitar a la perfección al genial Cantinflas  en El hombre de La Mancha. El artista mexicano ya estaba de vuelta a casa y la productora se dio cuenta de que necesitaban doblar un diálogo. Landa se prestó y, con su usual eficacia, volvió a salvar los muebles.




De hecho, en los últimos tiempos, costaba acostumbrarse a que el hombre de, Llenor por favor, no estuviera tan presente. Landa vendía y actuaba como pocos y siempre lo supieron cadenas y cineastas. Pero, el retiro, ya apuntaba que incluso la robusta salud del navarro iba cediendo poco a poco. En su Goya honorífico, pudimos verle tartamudear por primera vez ante una cámara, huidizo, perdido, sin saber que decir... Aquello solamente pudo acercarle más al público y compañeros de profesión, que empezaban a intuir que estaban ante el canto de cisne de uno de los artistas más longevos en una profesión que engulle famas a velocidad pasmosa.

No lo hizo solo. A su madre, primero, durante su infancia ("Vete", le dijo, cuando buena parte de su familia se volvía loca porque Alfredito quería ser cómico, a quienes no enterraban en sagrado) y a la familia que le dio su esposa, Maite, debía esa paz personal que le permitió salir incombustible en cualquier circunstancia, en vacas flacas y gordas. 




"Hoy es el día de los Alfredos... porque, mira como juega Alfredo Di Stéfano y, hoy, tú, en el ensayo, lo has bordado", le dijo un amigo en Madrid volviendo del Santiago Bernabéu. Landa estaba empezando, pero, el desconocido actor empezaba a coger tablas. El comentario del camarada fue una de las profecías más precisas de los últimos tiempos. Incluso, cuando chocaba con alguien como con Berlanga, siempre estaba ese respeto, ganado a pulso. Cogiendo al temperamental intérprete, el desordenado genio le afirmó: "Mira, pese a esto, no creas que no sé que tú eres un actor cojonudo".




Pocos broches de oro son mejores que los dedicados por su colega en muchas películas, José Sacristán, otro goodfella. Los dos pensaban distinto en muchas cosas, eran muy diferentes entre sí, pero, lucieron como pocos de manera conjunta y nos hicieron gozar. Sacristán, lo tenía claro: "Hoy, he perdido un hermano"




Hoy, domingo, vuelvo a sentir que es el día de los Alfredos... gracias por Paco El Bajo, Arteta, Historia de un beso, el cura de El Verdugo y mil momentos más.