domingo, 12 de mayo de 2013

EL DÍA DE LOS ALFREDOS


 La historia del cine español está muy asociada a sus intérpretes. Rostros conocidos que se van convirtiendo en parte del imaginario popular, siendo casi, una cara familiar y que siempre, piensas, estará allí. López Vázquez, Gracita Morales, Alexandre, Fernán Gómez y un ilustres etc que permanecen incombustibles en la memoria. Desafortunadamente, hay que incluir desde hace unos días a Alfredo Landa en ese Panteón de gente que se nos ha ido orientada al séptimo arte. 




En un caso sin precedentes, este actor de origen norteño, fue, por sus dotes interpretativas y singular físico, la imagen perfecta del españolito medio. A miles de espectadores les costó muy poco indentificarse con él, generándose lo que fue el landismo, un fenómeno muy singular dentro de la filmografía. Con una producción abundante en la gran y pequeña pantalla, mentiríamos si dijésemos que todo fue material de primera. En Landa hay de todo, desde su conmovedor Paco El Bajo, en la adaptación de "Los Santos Inocentes", hasta persecuciones de suecas y cintas muy poco recomendables. 





No obstante, a un jugador hay que juzgarlo por su calidad, más que por la de los equipos donde se ha militado, según la circunstancia. Su mal paso con el productor José Luis Dibildos (muy comentado en su buografía, Alfredo El Grande, que comentamos hace ya, algún tiempo, en este blog) y otros encontronazos, le hicieron también ganarse algún enemigo en el mundillo. Incluso tuvo una época de fuerte distanciamiento de personalidades como José Luis Garci, el hombre que le rescató del exitoso y a la vez debilitador landismo, para crearle a Germán Arteta, la mejor aproximación del cine nacional al género noire.




Pero, por regla general, superadas esa polémicas donde él también metía baza (temperamento hasta el último momento de sus días y afición a la jarana no le faltaron), todos los que trabajaron con él, reconocían su talento y gran profesionalidad. Landa buscaba destacar en cada uno de sus papeles y, en no pocas ocasiones, logró deslumbrar.


Solamente él podía empatar con su amigo Paco Rabal en el Festival de Berlín, en aquel Dream Team de ensueño que llevó Mario Camus e hizo reverdecer laureles a la cinematografía hispana en Alemania. Como todo intérprete que se precie, afirmó cumplir un objetivo soñado el lograr ser Sancho Panza, en una de las mejores versiones del mítico gobernador de la ínsula cervantina. 




Habrá que preguntarse sí ya se habrá preparado uno de sus famosos gin-tonics, en los cuales era, por lo visto, un auténtico experto, al llegar al otro lado. Lo cierto es que a competitivo le ganaba poca gente, ya fuera en el mus o jactándose de su lengedaria memoria para los guiones, o incluso las voces de doblaje. Incluso logró imitar a la perfección al genial Cantinflas  en El hombre de La Mancha. El artista mexicano ya estaba de vuelta a casa y la productora se dio cuenta de que necesitaban doblar un diálogo. Landa se prestó y, con su usual eficacia, volvió a salvar los muebles.




De hecho, en los últimos tiempos, costaba acostumbrarse a que el hombre de, Llenor por favor, no estuviera tan presente. Landa vendía y actuaba como pocos y siempre lo supieron cadenas y cineastas. Pero, el retiro, ya apuntaba que incluso la robusta salud del navarro iba cediendo poco a poco. En su Goya honorífico, pudimos verle tartamudear por primera vez ante una cámara, huidizo, perdido, sin saber que decir... Aquello solamente pudo acercarle más al público y compañeros de profesión, que empezaban a intuir que estaban ante el canto de cisne de uno de los artistas más longevos en una profesión que engulle famas a velocidad pasmosa.

No lo hizo solo. A su madre, primero, durante su infancia ("Vete", le dijo, cuando buena parte de su familia se volvía loca porque Alfredito quería ser cómico, a quienes no enterraban en sagrado) y a la familia que le dio su esposa, Maite, debía esa paz personal que le permitió salir incombustible en cualquier circunstancia, en vacas flacas y gordas. 




"Hoy es el día de los Alfredos... porque, mira como juega Alfredo Di Stéfano y, hoy, tú, en el ensayo, lo has bordado", le dijo un amigo en Madrid volviendo del Santiago Bernabéu. Landa estaba empezando, pero, el desconocido actor empezaba a coger tablas. El comentario del camarada fue una de las profecías más precisas de los últimos tiempos. Incluso, cuando chocaba con alguien como con Berlanga, siempre estaba ese respeto, ganado a pulso. Cogiendo al temperamental intérprete, el desordenado genio le afirmó: "Mira, pese a esto, no creas que no sé que tú eres un actor cojonudo".




Pocos broches de oro son mejores que los dedicados por su colega en muchas películas, José Sacristán, otro goodfella. Los dos pensaban distinto en muchas cosas, eran muy diferentes entre sí, pero, lucieron como pocos de manera conjunta y nos hicieron gozar. Sacristán, lo tenía claro: "Hoy, he perdido un hermano"




Hoy, domingo, vuelvo a sentir que es el día de los Alfredos... gracias por Paco El Bajo, Arteta, Historia de un beso, el cura de El Verdugo y mil momentos más.

domingo, 28 de abril de 2013

LIGERO DE EQUIPAJE


 "No existen tierras extrañas. Es el viajero, el único que es extraño". Robert Louis Stevenson, entre búsquedas de tesoros, dejó esa impresión sobre la sensación que invade a la persona errante, conforme avanza su camino. De entre todos los viajeros que ha tenido la cultura española, pocos se han movido más y de forma más solitaria que Fernando Fernán Gómez, a quien nuevas generaciones recordarán más por algún exabrupto ante los micrófonos televisivos, que por su impecable hoja de servicios, tanto en los escenarios, como en la gran pantalla... o las páginas en blanco. 



Prolífico, independiente, personal en su estilo, su fama como actor de temperamento, no debería eclipsar las dotes con la pluma de Fernán Gómez (viene a la mente, Las bicicletas son para el verano, entre otras); especialmente, a la hora de hablar del libro que hoy nos ocupa, El viaje a ninguna parte. Cuando en la década de los 80 de la centuria pasada, nuestro autor se embarcó con unos anónimos comediantes de la legua, nadie podía pensar que serían los cimientos de una exquisita novela y (si aquello era posible), una aún mejor película. 





La singular geografía española llevó a que Alonso Quijano y Sancho Panza bendijeran a una caravana de comediantes, gentes de mala vida y que no debían ser enterrados en sagrado, pero que inspiraron la más tierna de las compasiones en el enfebrecido hidalgo romántico, quien aún recordaba la fascinación de sus ojos de niño cuando vio por primera vez a aquellas personas que un día eran reyes, otros bufones y acercaban mundos fantásticos a las gentes de La Mancha. Cierto tiempo después, no le hubiera costado nada a Federico García Lorca, compartir esa devoción, que él mismo llevó con su compañía con la que buscó acercar la cultura teatral a una población cuyos medios no les permitían acceder a ella, sino era gracias al sudor, las lágrimas y las risas de esos héroes, a veces anónomos.


De cualquier modo, El viaje a ninguna parte, si bien puede ser considerada una carta de amor a esas gentes, es, siempre, bajo los ojos del enamorado realista. Y esta clase de víctima de Cupido es la más peligrosa de todas. Un romántico derrotado es un cínico tierno, alguien a quien le han quitado todo... menos lo que realmente importa. Muestra la verdad del espejo y encima puede exigir que no te enfades, porque nos muestra tal y como somos, sin rencor y con la verdad antes que la brutal sinceridad. A través de su naracción, Fernán Gómez muestra sus sinsabores, frustraciones e inexorable amenaza de extinción ante los nuevos medios de masas que van a ir engulléndoles. A veces, la risa y el llanto se entrecruzan en el mismo renglón. 



Todo ello, sazonaría el relato para hacerlo un conmovedor discurso (aunque no tiene nada de autobiofráfico, aunque algún sector de la crítica lo haya buscado), pero técnicamente, a parte de su descarnadado realismo, no exento de corazón, este texto literario tiene la infinita fortuna de contar con la deliciosamente traidora forma de recordar de Galván, uno de esos intérpretes, víctima de la nostalgia y el subjetivismo del recuerdo.



Esa especie de metaficción, alcanzó el siguiente nivel con la película, casi inmediata, que se sacó muy poco después, dirigida, como era obvio, por el propio autor. Allí, Fernán Gómez tuvo el infinito acierto de rodearse de un elenco de grandes talentos (María Luisa Ponte, Juan Diego, un jovencísimo Gabino Diego...); aunque, quizás la joya de la Corona fue elegir como Galván a su amigo personal, José Sacristán, quizás en uno de los mejores papeles de su carrera. Y eso es decir mucho.

La fusión de esos dos talentos resume a la perfección la dicotomía de la obra original y las propias características de cada uno de ellos. Fernán Gómez fue siempre un intelectual de primera a quien quizás no se le quiso tanto en lo personal como hubiera merecido, por su propia personalidad, muy fuerte, independiente, arisca en los primeros roces. Sacristán, quien le veneraba desde la primera vez que le vio en una gran pantalla, tiene un punto de mayor cercanía por su propia naturaleza que resulta básico para que los espectadores no se sientan traicionados con "su" Galván y recuerdos tan agridulces como ese beso en una fiesta a M. Monroe, que nunca se produjo... y jamás dejaremos de contar. A la almohada la hemos besado todos, como sin duda, volviendo a Quijano, el caballero de la triste figura hubiera añadido. 





Dicen que viajar a ninguna parte, no tiene nada de malo... si es en buena compañía y ligero de equipaje.




Una novela dulce, cansada, graciosa, triste y absolutamente imprescindible.

domingo, 21 de abril de 2013

CALL ME PETER


Si alguien dibujase el perfil profesional de un actor cómico y copiase el CV de Peter Sellers, probablemente cualquier personaje que lo examinase le diría que eso es más bien ciencia ficción antes que una posibilidad real. Sin embargo, desde su explosión en la radio británica en los años 50, el peculiar intérprete, tan amigo de las improvisaciones, inició una conquista de Hollywood insaciable y que lo llevó a ser la bandera de películas hoy tan reconocidas como El guateque o el icono de la franquicia de La pantera rosa (donde en principio, solamente tenía reservado un papel muy secundario, hasta que devoró la pantalla). 




No obstante, más que un cuento de hadas, al igual que sucede con otros mitos del celuloide como  Marilyn Monroe, Sellers mostró durante toda su trayectoria una capacidad única para la auto-destrucción de lo que conseguía en los tablados de forma incuestionable. Es en su turbulenta personalidad (o más bien incluso podríamos hablar de procesión de ellas), en la que se centra la película que hoy nos ocupa, dirigida por S. Hopkins, cuyos guionistas elaboraron la trama basándose en la biografía de Roger Lewis, mucho más incorrecta que otras autorizadas sobre celebridades. 



El biopic presenta el gran acierto de encomendarse al talento del actor australiano, Geoffrey Rush, excelente profesional y que caracteriza de forma solvente al Sellers civil, aunque, en los homenajes a sus filmes, uno se sigue dando cuenta de por qué Blake Edwards seguía confiando en él pese a su particular estilo y, el diamante rosado, no ha vuelto a encontrar un Clouseau igual pese a las muchas intentonas. "Es difícil ponerse en su situación. No sé qué hubiera hecho yo de haber tenido tanto talento", llegó a señalar Rush con elegancia, aunque, en algunos momentos del metraje, cuesta pensar que estemos ante un biopic respetuoso, porque, sin duda, no lo es.

 The Life and Death of Peter Sellers, conocida aquí como "Llámame Peter", aborda sin pelos en la lengua los frustrados matrimonios del personaje, sus escasísimas dotes paternas, problemas de adicciones y un carácter inestable que le acompañó casi hasta el final de sus días e hizo que afirmase en una de sus últimas entrevistas que: "No era fácil convivir conmigo". Devoto de las fantasías y con cierto complejo ante el elemento femenino, su rodaje junto con uno de los grandes mitos sexuales del séptimo arte, Sofía Loren, le hizo acabar en un divorcio de su primera mujer por un affaire que probablemente solamente existió en su cabeza. 



La Loren, vecchia signora y siempre sabiendo estar, nunca entró en las polémicas de los tabloides amarillentos: "Nunca fuimos amantes. Peter era un tipo peculiar, pero era un gran compañero... yo le adoraba", más agradecida a la buena química en pantalla que tuvieron en Los millonarios, que a ese escándalo que fue un verdadero vía cruxis para la primera familia del artista. Resultan conmovedoras algunas declaraciones de sus hijos, incapaces de dejar de querer a aquel padre, ciertamente extraño y que parecía incapaz de controlarse a sí mismo.




Estrenada directamente para televisión por la prestigiosa HBO, uno de los grandes mitos ingleses del siglo XX, suscitó mucha expectación en la audiencia británica, lo cual se tradujo en una buena recolección durante los premios Emmy. Rush se llevó muy buenas críticas por su caracterización y asimismo se destacó a Charlize Theron como la segunda esposa de Sellers, Britt Ekland, actriz sueca a quien éste conoció a través de un consejo astrológico (le otorgaba a la adivinación una verdadera influencia en su vida, creencia que conservó hasta el final de sus días).


Hopkins dirige con una dosis interesante de experimentación el retrato del complicado Sellers, aunque se echan en falta más referencias a joyas como El quinteto de la muerte o su compleja relación con directores de la talla de Edwards o el mismísimo Stanley Kubrick, algo caricaturizadas, prefiriéndose siempre los trapos sucios (que no es óbice para decir que existieron y en cantidades industriales en su caso)  antes que incidir en su éxito profesional, quizás, una parcela más conocida y menos polémica. 



Algunas visiones como el disfraz de Rush de los personajes que van desfilando por la vida de Peter, son un acierto, especialmente para explicar su poco sano vínculo con su madre y las excesivas ambiciones depositadas por ésta en su talentoso retoño. En otros casos, el mundo psicodélico que rodea al personaje en sus alucinaciones, si bien poco explica más de la visible dependencia de las drogas del biografiado, parece únicamente alguna pirueta efectiva de cámara para darle salsa al relato.




Sería irrebatible afirmar que este tono en primera persona es mucho más arriesgado que él que tradicionalmente veremos en cualquier biopic. No obstante, algún momento escatológico y de puertas para adentro no dejará de resultar chocante e, incluso doloroso, para los admiradores del Sellers que fue uno de los grandes humoristas para generaciones de espectadores de todo el globo.



Quizás sea necesario volver a separar las dos almas aunque pertenecieran al mismo cuerpo. Maradona necesita un balón, Poe pluma y tinta.... y Peter, un personaje, un nuevo reto, una creación diferente con la que provocar, divertir y desternillar a todo y a todos. 



Desde el jardín, bienvenido, Mr. Chance...

sábado, 6 de abril de 2013

CUANDO ROBERT ENCONTRÓ A TONY

Para el público más joven, puede resultar extraño que hubo una época en la que Iron Man no dejaba de ser un héroe secundario dentro del imaginativo universo Marvel. Si el gran atractivo de las creaciones formadas por Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y un ilustres etcétera, era la capacidad de los lectores de empatizar con las desventuras de Peter Parker o Ben Grimm, el día a día de un playboy que vendía armas y cuyo origen se afincaba en la terrible guerra del Vietnam con un tufillo a Guerra Frío insoportable, resultaba algo venido de una galaxia muy, muy lejana. 



 No obstante, el estreno de Iron Man en 2008 trajo una apuesta tan lucrativa como arriesgada, el desembarco de Robert Downey Junior como el narcicista Stark, un perfecto ejemplo de la parte más depredadora del sueño americano y la industria armamentística del país con la segunda enmienda que tan terribles consecuencias ha traído. Si alguien tenía dudas del reto, bastaría preguntarle a Guy Ritchie sobre la heterodoxa pero brillante re-adaptación de Downey como Sherlock Holmes, pero, ni siquiera el más incondicional del "Latas" podía haber pensado la popularidad que le iba a venir y que se espere con ansía la tercera entrega, donde nada menos que Ben Kingsley ejercerá el papel de su Némesis en las viñetas, "El Mandarín". 




Pese a ello, en honor a la verdad, hubo momentos donde, si bien no fue un fenómeno de masas, esta particular versión de Tirant Lo Blanch con tecnología futurista, tuvo etapas dignísimas en su calidad, tanto artística como en cuestiones de argumento. Hacemos referencia, a los días de David Michelinie a cargo de los guiones y John Romita Junior como joven e imberbe dibujante a los lápices, dispuesto a demostrar que no era un simple enchufado en la Casa de las Ideas donde trabajó su legendario progenitor (en este caso, sin que sirva de precedente, más que nepotismo, se trataba de un caso donde la genealogía parece haber confirmado la línea del talento).
 

Gracias a Michelinie (aunque en honor a la verdad hubo algún predecesor que puso los cimientos), Tony Stark fue saliendo de la coyuntura de pelearse con megalómanos comunistas que querían gobernar el mundo (con lo fácil que les hubiera sido hacerse con el control de una inmobiliaria y dejarse de tanto robot) y se acercó más al mundo real (todo lo que se puede el género más hiperbólico de los cómics, el de súper-héroes). Con los atractivos lápices de Romita, tanto Michelinie como Bob Layton hicieron entrar en aprición a un villano más terrenal, Justin Hammer, quien, aparte de crearle oponentes, iría arrebatándole su compañía pedazo a pedazo, mientras la vida del bueno de Tony se iba desmoronando por sus demonios internos. 




El peor de esos diablos estaba afincado en una botella. Efectivamente, era la primera vez que el protagonista de un tebeo de esas características caía en las redes de esa tentación, tan común en la sociedad, pero alejada del día a día de la ficción, porque el Cómic Code tenía miedo de que la aparición de estos temas tan intrascendentes como las minorías, los problemas sociales o políticos, pudieran alterar a sus cándidos y felices infantes con tartas de manzana. Por supuesto, debido al contexto de la época, que ningún amable lector piense que encontrará una auténtica inmersión de las dimensiones del alcoholismo, la caída de Tony Stark no deja de ser light, no por falta de intención de los autores, sino por la propia moral de aquellos días. 




Basta hacerse una idea de que la propia franquicia cinematográfica (no olvidemos el sello Disney), no se ha visto aún con fuerzas de sumergir a su protagonista (sin duda, el alma de la taquillera Los Vengadores, entretenidísimo film sin mucha trama, pero, donde cada vez que habla Downey parece que todo el mundo se calla y escucha la frase ingeniosa en el momento oportuno) en esta aventura. Es una pena porque el compañero de instituto de Charlie Sheen (sí, todos hubiéramos pagado el doble de matrícula por ir a esa clase) podría afrontar ese delicado tema con mucho talento, solvencia y cierta heterodoxia que siempre lo caracteriza.


Desempolvando desventuras del cruzado de hierro en aquellos días, destacar también la surrealista saga de Camelot (donde recientemente Carlos Pacheco ha llevado también a otro personaje que esta de celebración, Superman, en pleno aniversario), donde Stark conocía la corte de Arturo, con capa, espada, brujería y... El Doctor Muerte, sin duda, el villano más carismático del Universo Marvel. 



En definitiva, que antes de Civil War y, aún más inimaginable, previamente a que Robert encontrase a Tony, el personaje de Iron Man ya había tenido etapas doradas... aunque el tiempo las haya intentando, en vano, oxidar con el olvido.

domingo, 24 de marzo de 2013

GUÁRDATE DE LOS IDUS


31 de marzo. La fecha está marcada en rojo (color que será muy importante esta temporada), por muchos, muchos seguidores. Con algún trailer espectacular como el que presentamos en el blog, la adaptación a la pequeña pantalla por parte de la cadena HBO de Tormenta de Espada de George R.R.Martin, parece predestinada a ser uno de los grandes objetos de atracción de las audiencias repartidas por todo el globo. 



Aprovechando la oportunidad, resulta irresistible la tentación de recordar la mítica tercera parte de una de las sagas de fantasía heroica que mejor ha sabido aunar dos criterios en ocasiones tan enfrentados, como popularidad y calidad, Canción de Hielo y fuego. Aunque pueda sonar hiperbólico, podría considerarse como un hito en el género esta precipitación de acero que fusiona a Tolkien y Shakespeare en un universo riquísimo, creado por esa (dicho con todo el respeto) versión artística de Santa Claus, un veterano literato y guionista de televisión que ha empezado a recibir un reconocimiento que, probablemente, ya hubiera merecido previamente. 



Aunque hoy pueda parecer inconcebible que una persona no haya escuchado la expresión Winter is coming (en un acoso y derribo que me hace no culpar a quienes han decidido no acercarse a este fenómeno de masas hasta que no haya pasado un poco una fiebre que podría hacerse hasta cansina pese a sus innegables méritos), no debe olvidarse que Juego de tronos comenzó a escribirse a comienzos de la década de los 90, pasando con una relativa discrección. La carrera de Martin ha estado mucho más próxima a la de Publio Ventidio que la de Belisario, en el sentido de llegar a la cresta de la ola en plena madurez, lo cual probablemente haya hecho a este gran artesano, amante de la buena comida, el fútbol americano y viejo lector de los cómics de la Edad de Plata de Stan Lee, tomarse con buena naturalidad el éxito y ese tono de entrañable abuelo freak que parece trasmitir en sus entrevistas. 

Tras crear una versión más adulta y oscura de la mitología de La Comarca y alrededores con Juego de Tronos, donde el autor sembró las bases de su éxito (narrativa desde la óptica de diferentes personajes para dar perspectivas muy subjetivas y atractivas, finales al más puro estilo culebrón, siempre en el momento de clímax y gran capacidad de pulso para eliminar a protagonistas muy carismáticos si es necesario para evolucuonar la trama de Westeros), la secuela fue Choque de Reyes, que para algunos supone un pequeño bajón que después se reveló como los imprescindibles cimientos para tener todas las bases que llevan a Tormenta de espadas, algunas de las páginas que más adicción pueden crear, especialmente peligrosos en coyunturas como estas vacaciones que muchos inician este Domingo de Ramos.




Sin querer desmerecer a Festín de cuervos (el más bizantino de los libros, el soñado por Littlefinger y que hubiera hecho bostezar a Robert Baratheon)  o Danza de dragones (que tarda mucho en arrancar aunque vuelve a elevar el nivel de la saga), el tercero de los libros es donde los personajes alcanzan probablemente su mayor crecimiento, cuando Martin se muestra más empático con ellos y los lectores empiezan a sentirlo casi como si fueran miembros de su familia. La lista es interminable, Jaime Lannister, ese extraño y fascinante híbrido entre César Borgia y Tiran Lo Blanc, Tyrion Lannister, el ojito derecho del autor por sus brillantes diálogos, Catelyn Stark, lady Macbeth y Cordelia a partes iguales, etc...





A pesar de la confianza que suele dar la HBO en este tipo de lides y el excelente casting del que se ha revestido Game of Thrones, a la par de contar con la supervisión de Martin en los argumentos, será un reto muy interesante para abril contemplar cómo se ha intentado trasladar la atmósfera opresiva de esta Guerra de las dos rosas en la Tierra Media, el momento culminante del pulso de los 4 emperadores (Daenerys, Stannis, Joffrey y Robb), donde cada capítulo puede ser el último, en una partida de ajedrez fascinante propuesta por un verdadero genio de este género literario. 




 Con presencias  de villanos tan geniales como Tywin Lannister (aunque lo divertido es que para no pocos lectores, este personaje no será un malvado) y los acontecimientos de más allá del Muro de Adriano... perdón, quería decir de La Guardia de La Noche, una de las creaciones más fantásticas de los últimos tiempos en las letras, Tormenta de espadas es un relato poderosísimo, oscuro y que justifica la inversión de tiempo que exige por su gran extensión. 



No obstante, y buscando ser exigente casi sin motivo, afirmar también que quizás esta tercera parte suponga el punto de inflexión más alto de A song of Ice and Fire. Sin afirmar que sean malos libros (ni muchísimo menos), en la cuarta y la quinta entrega, puede que empiece a intuirse que Martin haya bajado el ritmo en cierta medida, pero no solamente por la falta de acción de las últimas entregas (que puede subsanarse holgadamente con su habilidad en los diálogos y crear atmósferas), sino por una capacidad casi alarmante de no saber cortar. Conocido es que Martin ha temido siempre que Juego de tronos no encontrase el desenlace adecuado para poner el broche de oro, como le ocurrió a Lost... No obstante, la multiplicación de personajes y un detallismo extremo en viajes y desarrollos están ralentizando una trama que, antaño, se movía con una velocidad endiablada y que, misteriosamente, no estaba para nada reñida con la profundización en personalidades de estas novelas río tan ricas. 




La gallina de los huevos de oro que se ha creado con esta franquicia pocas veces ha producido mejor que en A storm of a swords, aunque confio de corazón que cuando acaben los 8 (u 80 al ritmo que se están doblando en dos ante lo inabarcable de las mismas) libros, no sea citada como la mejor, señal inequívoca de que el desenlace ha sido el esperado por Martin y sus legiones de fans.



domingo, 17 de marzo de 2013

EL EMBRUJO DE LA ACTUACIÓN

La pasada semana, Córdoba pudo disfrutar del talento de Rafael Álvarez El Bujo, quien visitó El Gran Teatro con su monólogo Las mujeres de Shakespeare



Actor de método heterodoxo e innegable talento, muy recordado por su fecunda asociación con Paco Rabal en Juncal, fecundo Lazarillo, ha optado esta temporada por recurrir a El Bardo

Paralelamente, hemos tenido otra noticia vinculada a los tablados, en esta caso, mucho menos agradable. La reciente desaparición de Pepe Sancho priva de uno de los actores más veteranos y de mayor calidad que hemos visto en los últimos tiempos dentro de la esfera nacional. Los espectadores más jóvenes le recordarán por ser miembro del Big Three (Juan Echanove, Imanol Arias y Sancho como el rufianesco don Pablo) en Cuéntame, aunque es solamente la punta del iceberg de una fecunda carrera que comenzó como el único camarada letrado de Curro Jiménez (su amigo Sancho Gracia). 




       Álvarez y Sancho son esa clase de individuos con voces singulares, estilo propio que siempre justifican la entrada a un escenario. Su forma de abordar con un sello siempre muy marcado todas sus empresas, hace que suspiremos también por los papeles que se han quedado en el tintero. Tras conseguirse finalmente la fumata blanca, uno no podía evitar recordar que Sancho (quien además de intérprete fue director de compañías teatrales) estuvo a punto de encarnar al mismísimo Alejandro VI, su paisano, el Papa Borgia. 




         El recientemente premiado en los Goya (Cómo te has hecho esperar, don Francisco...), otro grande entre los actores, José Sacristán, resumía mejor que nadie la extraña alquimia que poseen estos duendes tras el telón....


"Actuar es volver a ser niño. Jugar a ser otro. Como cuando de niño querías convencer a tu abuela de que eras un piel roja atacando un fuerte... Y siempre está ahí esa fascinación"



       No sabemos la suerte, de poder contar con esos magos.  






domingo, 3 de marzo de 2013

ELOGIO A LA MADRASTRA

Cada generación tiene su música y el inmenso derecho de pensar que es la mejor. Probablemente, juzgarán la de sus abuelos como algo avejentado y atávico, mientras que lo que oigan sus nietos será simplemente ruido. No obstante, existen elementos que ponen algo en común, una especie de ententen cordial que se traduce en lo que llamamos clásicos, las escasas canciones o melodías afortunadas que siempre sobreviven. En el también competido mundo del olvido para las letras, muy escasos cuentos han logrado hacer sobrevivir sus versos con la destreza de la desventurada princesa con la piel blanca como la nieve.



Quién iba a decirle a los talentosos, divertidos y oscuros hermanos Grimm, que su adaptación sería la fuente usada por un cineasta del norte, Pablo Berger, para bajar al sur y sumergirse en todo un folklore que entiende y mezcla con un eclecticismo notable con muchos detalles de cosecha propia, para diseñar una película muda (inevitable pensar aquí en paralelismo con "The Artist") donde la madrastra y su ahijada se vuelven a fundir para arrasar en la pasada edición de los Goya.



Mezclar tantos elementos y en tan escaso tiempo como es el metraje de una cinta, suena a trabajar con explosivos, no obstante, seis enanitos mediante, Blancanieves sale airosa de la empresa y su estilo, guste o disguste, no deja indiferente. Y eso, en una película es decir mucho. ¿Cuáles son las causas de que la popularizada narración (especialmente tras pasar por las manos de la factoría Disney) haya vuelto con esa asombrosa fuerza?


Dijo hace ya tiempo Woody Allen en Annie Hall que, mientras sus compañeros de clase se chiflaban por la muchacha adormecida por la manaza, él bebía los vientos por la madrastra. Probablemente Mario Vargas Llosa comprase su parecer cuando le dedicó un encendido elogio que además casi tenía tintes autobiográficos. Maribel Verdú ha venido a justificar a ambos en una de sus mejores interpretaciones, dándole el punto justo a la villana, ahora tornada en enfermera antes que en miembro de la realeza (visto lo visto, gana con el cambio), en una mezcla de dominatrix, villana de folletín del siglo XIX, tauromaquia y cosas de cosecha propia. 




La actriz, justamente premiada, es uno de los grandes cimientos del curioso experimento donde se descubre a Macarena García, con una heroína mucho más activa que en otras versiones y una adorable versión infantil que, como se está demostrando últimamente, el cine mudo ofrece tantas ventajas como inconvenientes, justo cuando se pensaba lo contrario. De la misma forma, el blanco y negro parece obedecer más a la ambientación gótica que a la tendencia al esnobismo que a veces la acompañan.




Con un reparto de secundarios escogido con mucho gusto, que incluye veteranos de la talla de José María Pou o Ángela Molina, Berger dirige una historia ya conocida pero con los suficientes acordes nuevos para resultar novedosa y mantener en tensión. Aquí me gustaría partir una lanza por los amigos que me recomendaron este curioso viaje cuando no había premios que justificasen el visionado. 



Ya lo decíamos al principio, elogio a la madrastra... 



Condenadas a entenderse