domingo, 23 de junio de 2013

CUANDO DORMIR ERA DE COBARDES...

Era complicado. Dejar el televisor encendido para que se escuchase sin levantar al resto de la casa. Andrés Montes no se caracterizaba por ser poco efusivo cuando alguien anotaba un espectacular triple, emulando los sonidos de una metralleta. Motes, instantes míticos y algunos de los mejores partidos de la auto-proclamada liga de ligas de basket, la NBA... El problema eran las horas, nadie quiere escuchar como el vecino tiene puesta a toda pastilla aquella narración hiperbólica a las cuatro de la mañan. En cambio, Antoni Daimiel, rara vez ahogaría un grito ante un buzzer-beater de Michael Jordan.
 
 
 
 
Pese a ello, ambos fueron la pareja mejor avenida que Canal + nunca pudo soñar. Con edecanes de la categoría de Santiago Segurola o San Epifanio "Epi", los dos se convirtieron en la voz castellana de una galaxia muy, muy lejana... que empezó a acercarse. Los dos asistieron a la eclosión del fenómeno Pau Gasol. Ahora, el hermano de este mito, el no menos relevante interior Marc Gasol, le dedica un cariñoso prólogo a este reportero vallisoletano que se ha convertido en un cercanísimo desconocido para los amantes de un deporte extraordinario.
 
 
 
 
El libro El sueño de mi desvelo es una deliciosa recopilación de anécdotas, personales y profesionales, de alguien que sin duda hubiera podido interpretar El Hombre Tranquilo, calmado y pausado, socarrón e irónico. Colchonero irredento, Daimiel sorprende como un escritor agudo, aunque quienes hemos seguido su blog en la red, ya sabíamos de lo que es capaz cuando de aporrear teclado se trata.
 
 
 
 
No deja de dar cierta sensación de "justicia divina" que, tras tantos años currando a malas horas y en malas cachas con los talentosísimos sospechosos habituales de los Portland Jail Blazers, este pequeño librito haya logrado en España desbancar en pedidos a Amazon al nuevo best-seller casi asegurado que será la última creación de Dan Brown. Todo un terremoto, como el provocado por los Pistons de 2004 al batir a los ultra-favoritos Ángeles Lakers, entrenador por uno de los grandes ídolos del autor, Phil Jackson, El Maestro Zen, aunque no me decido si le tiene en tan alta estima por su forma de gestionar el juego y los egos de sus pupilos, o su forma de "coger cayendo" a J. Buss.
 
 
 
 
Ameno y ligero, aunque obviamente especialmente recomendado para los seguidores/as de este deporte, se tarda poco menos de un día en gozar de sus páginas, con cariñosos (y no tanto) párrafos a conocidos, en las distancias cortas y la pintura de la zona. Sigue sin mojarse y no le veremos dedicar muchas líneas a los arbirajes de 2002, prudente hasta el final y cómodo en su posición de bizantinado y taimado analista de una NBA que se nota, le sigue gustando, aunque los All Star cada vez le gusten menos y sueñe con que llegue Miami a las Finales, no por Wade o Lebron, sino porque cubrir unas semanas en Florida garantiza buen clima, vistas e idílicas compras.
 
 
 
 
 
Como es costumbre en Antoni, nos cuenta lo que está pasando, que le pediría Montes, pero siempre con la sensación de que lo hace con esa mezcla de sapiencia y de tener el freno de mano echado, festina lente, de este cronista deportivo insustituible.
 
 
 
 
Esperemos que no tardes tanto en hacer el segundo, Daimiel.
 
 
 
¿Por qué todos los jugones escriben bien?

domingo, 9 de junio de 2013

EL PATRARCA


"Cuando te ven a ti, ven lo que quieren ser... Cuando me ven a mí, ven lo que realmente son". La línea de este monólogo corresponde a la película Nixon, donde Sir Anthony Hopkins encarna a uno de los presidentes norteamericanos más controvertidos de la Historia, cuyo mandato tuvo en el escándalo del Watergate, la punta del iceberg de uno de los períodos más controvertidos del país de las barras y estrellas. 




Hopkins, caracterizado con los mofletes del famoso mandatario, se dirige a un retrato de JFK, uno de los dirigentes más populares de su tiempo y figura clave en uno de los climas más virulentos de La Guerra Fría. Considerado el artífice de Camelot y unos años dorados de los que la sociedad americana, un sueño del que el país  se vio súbitamente despertado por los disparos de Dallas, aunque los años han ido mostrando sombras en la biografía del popular Kennedy. 




¿Qué hubiera pasado si el Nixon de la cinta de Oliver Stone se hubiera detenido ante un retrato de Abraham Lincoln? Con mucha dificultad, un buen conocedor del pasado de su pueblo como Nixon, hubiera afirmado que el presidente de la Guerra de la Secesión era "lo que querían ser" sus conciudadanos. Y ello no se debe a que Lincoln fuera menos valorado que otros dirigentes, más bien al contrario. Como afirmaba Mozart en Amadeus, el político más célebre de las filas republicanas, se encontraba ya tan alejado del resto de sus conciudadanos desde su estatua en Washington, que era un mármol inalcanzable y utópico para cualquiera. 




Esa idealización bien pudiera ser la explicación de que, hasta la fecha, no tuviéramos una gran película de aquel hombre que fue el motor de un proceso histórico de la relevancia de guerra del Norte contra Sur y la definitiva abolición de la esclavitud, una de las mayores tragedias que asolaron esos turbulentos instantes. Por ello, cuando un director de la reputación de Steven Spielberg se embarca en un proyecto como el de la oscarizada Lincoln, uno piensa que debe abrocharse los cinturones y que no habrá prisioneros. 





En primer lugar, hablar de la elección de Daniel Day-Lewis, uno de los actores más heterodoxos, originales y brillantes de los últimos tiempos, para encarnar el mito. Sabido es la peculiar forma de aproximarse, casi obsesiva, de Lewis a sus papeles. Si lleva su talento hasta la hipérbole, si es un genio alocado o un loco genial, importa poco, porque si se consiguen interpretaciones como En el nombre del padre, "El Carnicero" en Gangs of New York o El último mohicano, dan ganas de decir aquella máxima: "Haga lo que quiera... pero actúe, por favor". Sacado de varios retiros por cineastas como Martin Scorsese en el pasado, el prestigio de Spielberg y la oportunidad de encarnar a "Abe", eran un bombón demasiado goloso. Y, aunque el doblador castellano de Lewis es excelente, es absolutamente recomendable la versión original, especialmente cuando el actor cuenta las famosas historias y anécdotas a las que tan aficionado era el presidente en reuniones comprometidas o con el ejército en campaña. 





Y aquí tenemos el punto fuerte del equipo del afamado director, una impecable recreación que nos hace pensar que efectivamente estamos en pleno corazón del siglo XIX. Las sesiones del Congreso, el vestuario, las calles, los vehículos, los uniformes de los confederados... Absolutamente impecable, en un ejercicio al que es difícil poner un pero. Precisamente por ello, uno casi se siente culpable por no meterse rápido en un guión denso y al que le falta algún ingrediente para convertir un buen plato en una delicia.



Fue Carlos Boyero el primero en advertir que parecía que el film exigía al público haberse empapado bien a fondo de cultura norteamericana antes de visionarla. No hay ninguna sensación de apertura o de presentación real de los personajes, un mínimo contexto. Innegablemente hay una buena cantidad de audiencia que tiene buena cultura general y conoce el marco, pero sorprende en un director de este calibre, un denso salto a la palestra y la falta de ese gancho en el arranque que te tenga pegado a la butaca. Quizás esto haya hecho que en el resto del mundo, donde la figura de Lincoln es muy respetada pero no tan reverencia o, mejor dicho conocido, la oscarizada biografía haya tenido buenas críticas y acogida, pero no tan deslumbrantes como cabía esperar.




Si bien el guión tiene muchos aciertos (plantear como se hicieron métodos ilegales, como la compra de votos, para una causa noble, las contradicciones de un partido y otro, los intereses más económicos que humanos en muchos de los jugadores de la partida por la abolición o no...), su espesura puede terminar cansando. Espléndidos intérpretes como Jared Harris (divertísimo ver al profesor Moriarty como Ulysses S. Grant) o Tommy Lee Jones apenas ven exprimida la décima parte de su jugo, en ese retrato intimista de la Casa Blanca, donde falta esa chispa que capte toda la fortaleza del asunto a tratar.




Hay momentos de muy bello lirismo como la rendición del general Lee ante los mariscales de Lincoln e instantes memorables de Danny Lewis, como no podíamos esperar menos. No obstante, uno piensa que en American Dad se trató con mayor frescura y diversión algún aspecto del mito, como en Lincoln Lover (donde se plantea con mucho acierto alguna cuestión de la sexualidad del gran dirigente), mientras que nuestro film avanza y avanza, manteniéndote interesado pero, quizás, no embelesado.



"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años".





Y mientras, la laureada estatua aguarda, resistente ahora y siempre, al invasor de su intimidad, de ese Abraham al que, pongan a cazar vampiros o no, será, ayer, hoy y mañana, una de las cumbres del Olimpo Personal de algunos de los años más decisivos para entender la historia de una nación compleja, contradictoria... y, sin embargo, muy cercana en alguno de sus aspectos.

domingo, 26 de mayo de 2013

LA FIEBRE DOMINICAL





Con motivo de la reciente publicación del libro Puro Maldini, parece propicio hacer nuestra reseña semanal sobre un programa que, aunque se edita los lunes, habla de una de las fiebres más frecuentes de los domingos. Nos referimos, claro, a Fiebre Maldini, perteneciente a Canal + y que no necesitará mayor presentación para los espectadores más futboleros de la pequeña pantalla. 




La línea del programa sigue la tónica mostrada formada por otros espacios deportivos de la misma cadena, tales como Informe Robinson (ya mencionado en este blog) o Generación NBA. Es decir, un pequeño soplo de aire fresco para un deporte popularizado hasta límites indecentes y, que las cantidades de dinero que maneja, en la coyuntura actual, son poco menos que una cosa obscena. No obstante, algunas de las historias y viajes al pasado de Maldini y su equipo, casi lo congracian a uno con el balompié, casi tanto como la magnífica demostración de calidad y deportividad, brindada por dos excelentes equipos, Bayern de Múnich y Borussia Dormunt, bajo el pasto del mítico Wembley. 




Con un equipo de auténticos especialistas a nivel internacional en la materia, Julio Maldonado (cuya hemeroteca de vídeos tiene ciertas resonancias a Diógenes) conduce un show que se ha ganado un hueco de referencia. El secreto del éxito radica en que si bien, por su naturaleza especializada y lo concreto de la temática, no puede ser un boom de masas, si ha sabido mimar el paladar de su interesada audencia para que ésta desarrolle una fuerte lealtad por el mismo.
Un curioso efecto que, personalmente a mí me sucede con esta crónica deportiva, es que me suele ganar mucho más en pequeñas dosis que el consumo completo de su duración. Las pequeñas crónicas que dedican a antiguos futbolistas (desde el quaterback Schuster hasta El Mágico González), breves, excelentemente biografiadas y con gran capacidad de síntesis, ganan bastante más que las discusiones rabínicas que a veces alcanza su Sanedrín futbolero. 




No obstante, no se puede negar que Youtube le ha hecho un favor increíble a la realización del mismo ya que, por sus incursiones (agudas y con mucho conocimiento de causa) en la mística de clubes como Boca, Nápoles, Liverpoool... Han hecho que la reputación de esta futbolería alcance mucho reconocimiento en la comunidad de usuarios, encantados de recordar viejas batallitas (o auténticos batallones, según la que corresponda) o, descubrir partidos que nunca habían visto.
Así que, aunque a veces esta fiebre dominical a veces se va demasiado de las manos en este mundo loco... la aspirina de los lunes, con buen aroma a good old times, siempre merecerá nuestra atención.

domingo, 19 de mayo de 2013

SOBRE ROMEOS, JULIETAS Y CHINOS MALAYOS


Hay muchos motivos para visitar el Salón del Cómic de Barcelona. La grata compañía que suele acompañar desde el viaje, los pequeños incunables escondidos en los diferentes puestos, la hermosura de la Ciudad Condal como ciudad en sí... y, por qué no decirlo, un servidor de ustedes, también citaría poder ir a que Juan Carlos Ramis firma allí. 




Más conocido secamente por su apellido, Ramis fue una de las firmas más queridas por los jóvenes lectores de revistas como TBO, Súper-Mortadelo, Mortadelo Extra... No obstante, al igual que acontece con otro gran talento, y amigo de éste, Joaquín Cera, sobre estos dos autores, abanderados de la generación que iba a seguir la esencia de la mítica escuela brugueriana, con una adaptación a las generaciones de los 80 y 90. 



Entre sus personajes, cabría citarse al emblemático Sporty, pelo pincho, o aquellas míticas reseñas gráficas de películas que hacía, donde incluyó frases tan memorables como "Butch muere tras fallecer" o, escaneaba el ticket de Los tres mosqueteros para reflejar "la clavada" que había sufrido. Actualmente, Ramis sigue con los lucrativos Xunguis (que comparte con Cera, como hacen con el bigotudo Mafrune, verdadero éxito comercial entre los más pequeños, como unos modernos ¿Dónde está Wally?) y es la cabeza pensante de Las guías para... de los inefables Mortadelo y Filemón. 




No obstante, hoy en Amarcord, presumiendo de una de mis más recientes joyitas, recordar al emblemático Alfalfo Romeo de este autor. Basando su nombre en un coche muy de moda en aquellos días, Ramis creaba su propia versión socarrona de los míticos miembros de las dinastías Capuleta y Montesca, siendo la dama en cuestión, Julieta Escalfos. 




En alguna conversación con mi buen amigo Chespiro (dueño de uno de los mejores blogs en lengua castellana sobre la figura de Ibáñez) y el propio Ramis, en sus firmas del domingo por la mañana del último día del Salón, me han comentado que les parece lo mejor que ha realizado. No sabría qué decir, ante tantas cosas de él que me gustan, pero es cierto que esas dos carillas en verso de cada historieta y su humor hiperbólico, ocupan un lugar muy especial en los más nostálgicos de aquellos días de Ediciones B.


Con la compañía de su camarada, Chino Malayo, Alfalfo inventaba todo tipo de tretas para acceder al shakespiriano balcón de su amada, bajo la celosa vigilancia de don Piñato, el suegro de éste, que parece la versión satífica del Comendador. Al igual que don Pantuflo de Escobar, Piñato es el personaje que pone los obstáculos necesarios al romance, ya que Alfalfo es un pobre trovador que no gusta al noble. Sin embargo, como el propio Ramis admite divertido, conforme avanzaron las historietas, los delirios del futurible suegro iban de mal en peor. De nobles, monarcas, cortesanos y adinerados mercaderes, el padre de Julieta llegó a ofrecer la mano de su hija a hombres-lobo, vampiros y todo tipo de criaturas, con tal de evitar la perniciosa influencia del enamorado. 




Algún otro obstáculo en el camino, como la desagradable Furila, la hermana de Julieta y más cerril que un trozo de carbón, se iban intercalando, mientras, en un ejemplo metaficcional, Piñato intentaba casar a Julieta con Vázquez, el mítico dibujante de Bruguera, legendario por su arte con el lápiz y míticos sablazos (ver a este respecto las reseñas de la película El gran Vázquez y la reseña del libro sobre este artista, editado por Dolmen). 




En una ironía que hubiera sido graciosa de no ser por el terrible resultado, Alfalfo cayó en desgracia en la revista porque luminarias mentes hicieron una encuesta de personajes predilectos. Alfalfo sacó un sonoro 0... que era muy explicable porque hubo el imperdonable error en la revista de no incluirle como candidato. Aquello marcó la desaparición de esta simpática aventura que concluía muy prematuramente. A pesar del interés, Ediciones B nunca se ha planteado seriamente resucitar la serie. 




Citando la propia y emblemática despedida de la serie: 


- Mal lo tiene nuestro amigo, para estar junto a Julieta. 
ALFALFO: Seguro que lo consigo en la próxima historieta

domingo, 12 de mayo de 2013

EL DÍA DE LOS ALFREDOS


 La historia del cine español está muy asociada a sus intérpretes. Rostros conocidos que se van convirtiendo en parte del imaginario popular, siendo casi, una cara familiar y que siempre, piensas, estará allí. López Vázquez, Gracita Morales, Alexandre, Fernán Gómez y un ilustres etc que permanecen incombustibles en la memoria. Desafortunadamente, hay que incluir desde hace unos días a Alfredo Landa en ese Panteón de gente que se nos ha ido orientada al séptimo arte. 




En un caso sin precedentes, este actor de origen norteño, fue, por sus dotes interpretativas y singular físico, la imagen perfecta del españolito medio. A miles de espectadores les costó muy poco indentificarse con él, generándose lo que fue el landismo, un fenómeno muy singular dentro de la filmografía. Con una producción abundante en la gran y pequeña pantalla, mentiríamos si dijésemos que todo fue material de primera. En Landa hay de todo, desde su conmovedor Paco El Bajo, en la adaptación de "Los Santos Inocentes", hasta persecuciones de suecas y cintas muy poco recomendables. 





No obstante, a un jugador hay que juzgarlo por su calidad, más que por la de los equipos donde se ha militado, según la circunstancia. Su mal paso con el productor José Luis Dibildos (muy comentado en su buografía, Alfredo El Grande, que comentamos hace ya, algún tiempo, en este blog) y otros encontronazos, le hicieron también ganarse algún enemigo en el mundillo. Incluso tuvo una época de fuerte distanciamiento de personalidades como José Luis Garci, el hombre que le rescató del exitoso y a la vez debilitador landismo, para crearle a Germán Arteta, la mejor aproximación del cine nacional al género noire.




Pero, por regla general, superadas esa polémicas donde él también metía baza (temperamento hasta el último momento de sus días y afición a la jarana no le faltaron), todos los que trabajaron con él, reconocían su talento y gran profesionalidad. Landa buscaba destacar en cada uno de sus papeles y, en no pocas ocasiones, logró deslumbrar.


Solamente él podía empatar con su amigo Paco Rabal en el Festival de Berlín, en aquel Dream Team de ensueño que llevó Mario Camus e hizo reverdecer laureles a la cinematografía hispana en Alemania. Como todo intérprete que se precie, afirmó cumplir un objetivo soñado el lograr ser Sancho Panza, en una de las mejores versiones del mítico gobernador de la ínsula cervantina. 




Habrá que preguntarse sí ya se habrá preparado uno de sus famosos gin-tonics, en los cuales era, por lo visto, un auténtico experto, al llegar al otro lado. Lo cierto es que a competitivo le ganaba poca gente, ya fuera en el mus o jactándose de su lengedaria memoria para los guiones, o incluso las voces de doblaje. Incluso logró imitar a la perfección al genial Cantinflas  en El hombre de La Mancha. El artista mexicano ya estaba de vuelta a casa y la productora se dio cuenta de que necesitaban doblar un diálogo. Landa se prestó y, con su usual eficacia, volvió a salvar los muebles.




De hecho, en los últimos tiempos, costaba acostumbrarse a que el hombre de, Llenor por favor, no estuviera tan presente. Landa vendía y actuaba como pocos y siempre lo supieron cadenas y cineastas. Pero, el retiro, ya apuntaba que incluso la robusta salud del navarro iba cediendo poco a poco. En su Goya honorífico, pudimos verle tartamudear por primera vez ante una cámara, huidizo, perdido, sin saber que decir... Aquello solamente pudo acercarle más al público y compañeros de profesión, que empezaban a intuir que estaban ante el canto de cisne de uno de los artistas más longevos en una profesión que engulle famas a velocidad pasmosa.

No lo hizo solo. A su madre, primero, durante su infancia ("Vete", le dijo, cuando buena parte de su familia se volvía loca porque Alfredito quería ser cómico, a quienes no enterraban en sagrado) y a la familia que le dio su esposa, Maite, debía esa paz personal que le permitió salir incombustible en cualquier circunstancia, en vacas flacas y gordas. 




"Hoy es el día de los Alfredos... porque, mira como juega Alfredo Di Stéfano y, hoy, tú, en el ensayo, lo has bordado", le dijo un amigo en Madrid volviendo del Santiago Bernabéu. Landa estaba empezando, pero, el desconocido actor empezaba a coger tablas. El comentario del camarada fue una de las profecías más precisas de los últimos tiempos. Incluso, cuando chocaba con alguien como con Berlanga, siempre estaba ese respeto, ganado a pulso. Cogiendo al temperamental intérprete, el desordenado genio le afirmó: "Mira, pese a esto, no creas que no sé que tú eres un actor cojonudo".




Pocos broches de oro son mejores que los dedicados por su colega en muchas películas, José Sacristán, otro goodfella. Los dos pensaban distinto en muchas cosas, eran muy diferentes entre sí, pero, lucieron como pocos de manera conjunta y nos hicieron gozar. Sacristán, lo tenía claro: "Hoy, he perdido un hermano"




Hoy, domingo, vuelvo a sentir que es el día de los Alfredos... gracias por Paco El Bajo, Arteta, Historia de un beso, el cura de El Verdugo y mil momentos más.

domingo, 28 de abril de 2013

LIGERO DE EQUIPAJE


 "No existen tierras extrañas. Es el viajero, el único que es extraño". Robert Louis Stevenson, entre búsquedas de tesoros, dejó esa impresión sobre la sensación que invade a la persona errante, conforme avanza su camino. De entre todos los viajeros que ha tenido la cultura española, pocos se han movido más y de forma más solitaria que Fernando Fernán Gómez, a quien nuevas generaciones recordarán más por algún exabrupto ante los micrófonos televisivos, que por su impecable hoja de servicios, tanto en los escenarios, como en la gran pantalla... o las páginas en blanco. 



Prolífico, independiente, personal en su estilo, su fama como actor de temperamento, no debería eclipsar las dotes con la pluma de Fernán Gómez (viene a la mente, Las bicicletas son para el verano, entre otras); especialmente, a la hora de hablar del libro que hoy nos ocupa, El viaje a ninguna parte. Cuando en la década de los 80 de la centuria pasada, nuestro autor se embarcó con unos anónimos comediantes de la legua, nadie podía pensar que serían los cimientos de una exquisita novela y (si aquello era posible), una aún mejor película. 





La singular geografía española llevó a que Alonso Quijano y Sancho Panza bendijeran a una caravana de comediantes, gentes de mala vida y que no debían ser enterrados en sagrado, pero que inspiraron la más tierna de las compasiones en el enfebrecido hidalgo romántico, quien aún recordaba la fascinación de sus ojos de niño cuando vio por primera vez a aquellas personas que un día eran reyes, otros bufones y acercaban mundos fantásticos a las gentes de La Mancha. Cierto tiempo después, no le hubiera costado nada a Federico García Lorca, compartir esa devoción, que él mismo llevó con su compañía con la que buscó acercar la cultura teatral a una población cuyos medios no les permitían acceder a ella, sino era gracias al sudor, las lágrimas y las risas de esos héroes, a veces anónomos.


De cualquier modo, El viaje a ninguna parte, si bien puede ser considerada una carta de amor a esas gentes, es, siempre, bajo los ojos del enamorado realista. Y esta clase de víctima de Cupido es la más peligrosa de todas. Un romántico derrotado es un cínico tierno, alguien a quien le han quitado todo... menos lo que realmente importa. Muestra la verdad del espejo y encima puede exigir que no te enfades, porque nos muestra tal y como somos, sin rencor y con la verdad antes que la brutal sinceridad. A través de su naracción, Fernán Gómez muestra sus sinsabores, frustraciones e inexorable amenaza de extinción ante los nuevos medios de masas que van a ir engulléndoles. A veces, la risa y el llanto se entrecruzan en el mismo renglón. 



Todo ello, sazonaría el relato para hacerlo un conmovedor discurso (aunque no tiene nada de autobiofráfico, aunque algún sector de la crítica lo haya buscado), pero técnicamente, a parte de su descarnadado realismo, no exento de corazón, este texto literario tiene la infinita fortuna de contar con la deliciosamente traidora forma de recordar de Galván, uno de esos intérpretes, víctima de la nostalgia y el subjetivismo del recuerdo.



Esa especie de metaficción, alcanzó el siguiente nivel con la película, casi inmediata, que se sacó muy poco después, dirigida, como era obvio, por el propio autor. Allí, Fernán Gómez tuvo el infinito acierto de rodearse de un elenco de grandes talentos (María Luisa Ponte, Juan Diego, un jovencísimo Gabino Diego...); aunque, quizás la joya de la Corona fue elegir como Galván a su amigo personal, José Sacristán, quizás en uno de los mejores papeles de su carrera. Y eso es decir mucho.

La fusión de esos dos talentos resume a la perfección la dicotomía de la obra original y las propias características de cada uno de ellos. Fernán Gómez fue siempre un intelectual de primera a quien quizás no se le quiso tanto en lo personal como hubiera merecido, por su propia personalidad, muy fuerte, independiente, arisca en los primeros roces. Sacristán, quien le veneraba desde la primera vez que le vio en una gran pantalla, tiene un punto de mayor cercanía por su propia naturaleza que resulta básico para que los espectadores no se sientan traicionados con "su" Galván y recuerdos tan agridulces como ese beso en una fiesta a M. Monroe, que nunca se produjo... y jamás dejaremos de contar. A la almohada la hemos besado todos, como sin duda, volviendo a Quijano, el caballero de la triste figura hubiera añadido. 





Dicen que viajar a ninguna parte, no tiene nada de malo... si es en buena compañía y ligero de equipaje.




Una novela dulce, cansada, graciosa, triste y absolutamente imprescindible.

domingo, 21 de abril de 2013

CALL ME PETER


Si alguien dibujase el perfil profesional de un actor cómico y copiase el CV de Peter Sellers, probablemente cualquier personaje que lo examinase le diría que eso es más bien ciencia ficción antes que una posibilidad real. Sin embargo, desde su explosión en la radio británica en los años 50, el peculiar intérprete, tan amigo de las improvisaciones, inició una conquista de Hollywood insaciable y que lo llevó a ser la bandera de películas hoy tan reconocidas como El guateque o el icono de la franquicia de La pantera rosa (donde en principio, solamente tenía reservado un papel muy secundario, hasta que devoró la pantalla). 




No obstante, más que un cuento de hadas, al igual que sucede con otros mitos del celuloide como  Marilyn Monroe, Sellers mostró durante toda su trayectoria una capacidad única para la auto-destrucción de lo que conseguía en los tablados de forma incuestionable. Es en su turbulenta personalidad (o más bien incluso podríamos hablar de procesión de ellas), en la que se centra la película que hoy nos ocupa, dirigida por S. Hopkins, cuyos guionistas elaboraron la trama basándose en la biografía de Roger Lewis, mucho más incorrecta que otras autorizadas sobre celebridades. 



El biopic presenta el gran acierto de encomendarse al talento del actor australiano, Geoffrey Rush, excelente profesional y que caracteriza de forma solvente al Sellers civil, aunque, en los homenajes a sus filmes, uno se sigue dando cuenta de por qué Blake Edwards seguía confiando en él pese a su particular estilo y, el diamante rosado, no ha vuelto a encontrar un Clouseau igual pese a las muchas intentonas. "Es difícil ponerse en su situación. No sé qué hubiera hecho yo de haber tenido tanto talento", llegó a señalar Rush con elegancia, aunque, en algunos momentos del metraje, cuesta pensar que estemos ante un biopic respetuoso, porque, sin duda, no lo es.

 The Life and Death of Peter Sellers, conocida aquí como "Llámame Peter", aborda sin pelos en la lengua los frustrados matrimonios del personaje, sus escasísimas dotes paternas, problemas de adicciones y un carácter inestable que le acompañó casi hasta el final de sus días e hizo que afirmase en una de sus últimas entrevistas que: "No era fácil convivir conmigo". Devoto de las fantasías y con cierto complejo ante el elemento femenino, su rodaje junto con uno de los grandes mitos sexuales del séptimo arte, Sofía Loren, le hizo acabar en un divorcio de su primera mujer por un affaire que probablemente solamente existió en su cabeza. 



La Loren, vecchia signora y siempre sabiendo estar, nunca entró en las polémicas de los tabloides amarillentos: "Nunca fuimos amantes. Peter era un tipo peculiar, pero era un gran compañero... yo le adoraba", más agradecida a la buena química en pantalla que tuvieron en Los millonarios, que a ese escándalo que fue un verdadero vía cruxis para la primera familia del artista. Resultan conmovedoras algunas declaraciones de sus hijos, incapaces de dejar de querer a aquel padre, ciertamente extraño y que parecía incapaz de controlarse a sí mismo.




Estrenada directamente para televisión por la prestigiosa HBO, uno de los grandes mitos ingleses del siglo XX, suscitó mucha expectación en la audiencia británica, lo cual se tradujo en una buena recolección durante los premios Emmy. Rush se llevó muy buenas críticas por su caracterización y asimismo se destacó a Charlize Theron como la segunda esposa de Sellers, Britt Ekland, actriz sueca a quien éste conoció a través de un consejo astrológico (le otorgaba a la adivinación una verdadera influencia en su vida, creencia que conservó hasta el final de sus días).


Hopkins dirige con una dosis interesante de experimentación el retrato del complicado Sellers, aunque se echan en falta más referencias a joyas como El quinteto de la muerte o su compleja relación con directores de la talla de Edwards o el mismísimo Stanley Kubrick, algo caricaturizadas, prefiriéndose siempre los trapos sucios (que no es óbice para decir que existieron y en cantidades industriales en su caso)  antes que incidir en su éxito profesional, quizás, una parcela más conocida y menos polémica. 



Algunas visiones como el disfraz de Rush de los personajes que van desfilando por la vida de Peter, son un acierto, especialmente para explicar su poco sano vínculo con su madre y las excesivas ambiciones depositadas por ésta en su talentoso retoño. En otros casos, el mundo psicodélico que rodea al personaje en sus alucinaciones, si bien poco explica más de la visible dependencia de las drogas del biografiado, parece únicamente alguna pirueta efectiva de cámara para darle salsa al relato.




Sería irrebatible afirmar que este tono en primera persona es mucho más arriesgado que él que tradicionalmente veremos en cualquier biopic. No obstante, algún momento escatológico y de puertas para adentro no dejará de resultar chocante e, incluso doloroso, para los admiradores del Sellers que fue uno de los grandes humoristas para generaciones de espectadores de todo el globo.



Quizás sea necesario volver a separar las dos almas aunque pertenecieran al mismo cuerpo. Maradona necesita un balón, Poe pluma y tinta.... y Peter, un personaje, un nuevo reto, una creación diferente con la que provocar, divertir y desternillar a todo y a todos. 



Desde el jardín, bienvenido, Mr. Chance...