domingo, 3 de julio de 2016

KING OF THE WORLD


Tenía 22 años de edad y habían pasado siete asaltos por el título mundial de los pesos pesados. Ninguna marca surcaba su rostro aquella noche en Florida. Aquel chico debía ser un maldito genio. Si es posible hallar la felicidad en el deporte, Muhammad Ali la logró aquella jornada de 1964, el día en que un imberbe hizo conmocionar a toda la prensa y aficionados que lo habían juzgado un fanfarrón sin sustancia. El provocador que había armado vergonzosos numeritos ante el campeón Sonny Liston silenciaba a todo un país con una exhibición inesperada. El boxeo no es bonito. Ver pegarse a dos seres humanos dista de ser un ejemplo edificante. no obstante, aquel púgil de 1´9 había bailado como si fuera Fred Astaire y golpeado con la nobleza de Héctor de Troya. 



El libro que hoy nos ocupa es Rey del mundo, un atinado ensayo de David Remnick sobre uno de los deportistas más influyentes de la Historia, Muhammad Ali. El periodista estadounidense nos brinda algo más que una crónica deportiva bien hecha. No estamos ante la narración de un combate, sino ante un trabajo biográfico al más puro estilo Plutarco. Antes de llegar al gran evento, su pluma nos dibuja a diferentes personalidades que fueron orquestando el gran drama que se desplegó por todo un país. Hubo unos días donde Ali caminaba junto a Malcolm X por las calles de Harlem, esta obra nos retrotrae a ese tiempo. A la lucha por los derechos civiles, la segregación, el odio por el color de la piel del otro, al espectáculo de los gladiadores modernos... Es mucho más que un cuadrilátero lo que abarca esta investigación. 



Un primer acierto es prestar una gran atención a la hora de dibujar los perfiles de los enemigos deportivos de Ali. Especialmente conmovedor en el caso de dos grandes en su oficio que vivieron marcados por el destino fatal, cada uno a su estilo. Lejos de seguir la visión clásica, Remnick no se contenta de presentar a Liston como una salvaje fuerza de la naturaleza y de pasado controvertido con la mafia. Sus párrafos muestran la ironía de todo un sistema, a un crío sin ayudas que termina abriéndose paso a puñetazos y al que, posteriormente, luego critican por hacer lo que mejor sabe. Su personalidad era mucho más compleja de lo narrado por la historia oficial. No es casualidad que, décadas después, un hombre llamado Mike Tyson dejase flores en las tumbas del olvidado Liston. Debió sentir que algo les hermanaba.


El otro miembro del triunvirato es Floyd Patterson. El campeón educado, curiosamente, también maltratado por motivos opuestos a los anteriores. Para sus colegas, un desertor de la causa, un amigable tío Tom que hacía la corte al poder blanco. En el declive de su trayectoria, dolorido y golpeado hasta el extremo, Patterson vio como las celebridades que peregrinaban por hacerse una foto con él o lo declaraban su paladín, le daban la espalda como un jueguete roto de tanto usarse. Tres vidas paralelas que se cruzaron en el ring, un lugar donde no cabían las mentiras, mientras guerras todavía más crueles se batallaban entre bambalinas.



Ahí es donde Remnick pone el dedo en la llaga. El nombre amenaza decían los antiguos, por ello, no era nada antinatural que muchos vieran un peligro en el tránsito de Cassius Clay a Muhammad Ali. Abandonaba el nombre que su familia debía a sus dueños, aunque, como el dato revela, en verdad, el Cassius Clay del que derivaban había sido un firme abolicionista que combatió políticamente por conseguir acabar con el horror de la esclavitud. Al hacerlo, el protagonista principal de este relato quemaba con firmeza muchas naves de comodidad a las que renunció. No iba a ser el campeón que querían que fuera.



Su abrazo con los Musulmanes Negros resulta aquí un instante crucial. Como muchos otros afroamericanos, Ali encontró una revindicación del orgullo, un sentimiento de pertenencia que se remontaba a días ancestrales y a otro continente, no a plantaciones de algodón. Allí se asoció a una figura que todavía hoy despierta muchas dudas, el honorable Elijah Muhammad, quien llegó a ser terriblemente influyente en buena parte de la comunidad, incluyendo luminarias como el propio boxeador. Junto con una gallarda actitud ante los sinsabores que les hacía un sistema que los aplaudía cuando ganaban medallas olímpicas y les escupían cuando intentaban sentarse con ellos en el autobús, "El Más Grande" cayó en la pasión del converso. En duras declaraciones para una extensa entrevista para Playboy, habló contra los matrimonios mixtos, perpetuando los mismos tabúes contra los que al principio se había alzado.


Como en tantas otras ocasiones, su inteligencia natural le permitió salvarse. Incluso en los peores momentos de presión grupal, Ali siguió confiando en su entrenador Angelo Dundee, pese a los insidiosos rumores que le llegaban de que le terminaría boicoteando porque, a fin de cuentas, era un blanquito. Fue su instinto el que le llevó a plantarse ante la guerra del Vietnam, desoyendo una tentadora oferta del poder de hacerse unas cuantas fotos como recluta, ir a lugares seguros y servir de propaganda. Si bien se privó del título que tan duramente logró ante Liston y perdió algunos de los mejores años de su trayectoria deportiva, podríamos preguntarnos ¿en qué le afecta a un hombre perder el mundo si al final salva su alma? Ali traspasó cualquier frontera emocional, de raza o credo, brindando una imagen que sirvió de guía para muchos.



Todo ello está contado de forma minuciosa en este relato, la forja de un icono que traspasó fronteras. También lo malo, fruto de las propias entrevistas del autor a Ali. Dos especialmente, su manera alejarse de Malcolm X cuando la facción de Elijah Muhammad le dio la espalda con un veto digno de Baruch Spinoza; su posterior asesinato impidió que ambos amigos se reconciliasen. Hasta el final, Ali llevó eso a cuestas, de la misma manera que el divorcio de su primera esposa, Sonji, una mujer que no tuvo problemas en aceptar las creencias de su marido, mientras que este sí terminó poniendo graves reparos a valores tan atávicos como la forma de vestir de ella o que, en pleno ejercicio de su libertad, Sonji observará con preocupación la radicalización de la comunidad a la que pertenecían su cónyuge. Fueron los días de sus vaivenes más fuertes, aunque Ali terminó encontrando la interpretación de la fe que más le benefició: una religión de paz y firme repulsa a la mentira.



Por irritantes que fueran para algunos de sus esforzados rivales sus juegos mentales y trash talking, el púgil terminó cimentando una de las personalidades más atractivas de su siglo. Hubo un tiempo enfermizo en que el FBI escuchaba a escondidas una amigable conversación de Ali con el doctor Martin Luther King, como si fueran dos elementos subversivos, en lugar de dos personalidades fascinantes. Es una pena que Remnick termine su ensayo con las inmediatas consecuencias de sus luchas con Liston y Patterson, así como un epílogo a vuelo de pájaro de la carrera de su objeto de estudio. Lo mejor que se puede decir de esta obra es que es terriblemente dura con el boxeo y totalmente tierna cuando habla de los boxeadores; implacable con los problemas sociales de aquel contexto y, como diría otro añorado, el Doutor Sócrates, muy blanda con las personas a título individual.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://sport.bt.com/pictures/boxing/cassius-clay-beats-sonny-liston-february-25-1964-41363879318600



http://rarehistoricalphotos.com/malcolm-x-kidding-around-muhammad-ali-new-york-1963/



http://www.dailytelegraph.com.au/sport/boxing-mma/angelo-dundee-and-muhammad-ali-shared-an-unbreakable-bond/story-e6freygr-1226261289294

domingo, 26 de junio de 2016

ALFA Y OMEGA DE UNA FRANQUICIA



Estamos sumergidos de pleno en una era cinematográfica donde el género superheroico goza de una gran aceptación. Eso conlleva varias ventajas y otros tantos inconvenientes. Entre los segundos, destaca la fuerte tendencia al reboot, es decir, un reinicio a las dos o tres películas de un mismo personaje o grupo de héroes. Un intento claro de que se mantengan actualizados y acordes con la moda del momento. Es uno de los motivos por los que la franquicia correspondiente a los X-Men resulta tan especial porque, con varias trampas ocultas en esta afirmación, sigue avanzando hacia adelante de manera continuada. 



Precuelas, spin offs con Lobezno y otros ardides apartes, los mutantes marvelianos siguen, hoy y siempre, resistentes al invasor paso del tiempo. Corrigiendo varias incongruencias de X-Men 3, Bryan Singer volvió a los mandos tras las cámaras para filmar Días del futuro pasado, una contradictoria pero excelente historia que permitió volver a colocar todas las fichas en su sitio. Por ello, esta nueva entrega con Apocalipsis, una de las grandes Némesis de los pupilos de Xavier, fue aguardada con sana expectación, puesto que Singer repetía rol y estaba garantizado el cameo de Hugh Jackman como Logan.   



Simon Kinberg, Michael Dougherty, Dan Harris y el propio Singer se toman muchas licencias de la alargada saga original. Varias de sus decisiones son muy acertadas. En primer lugar, olvidar la atractiva ucronía futurista en la que se basaban los cómics, probablemente, como consecuencia de que Días del futuro pasado ya había jugado con todo ello, hasta el punto de que al gran público le resultaría repetitivo dos películas consecutivas ambientadas en tiempos venideros donde todo iría muy mal. Lo que sí se hace es mantener la línea temporal arreglada y ver cómo hubiera sido el ingreso de futuros miembros de los X-Men como Cícople o Fénix. No se puede hablar de reboot, pero la Fox ha encontrado en las paradojas de los dominios de Cronos el elixir de la eterna juventud de los esforzados estudiantes de Charles Xavier. 


En este sentido, hay varios aciertos de casting indudables. Sophie Turner aceptó con entusiasmo la posibilidad de encarnar a una joven Jean Grey, llamando de inmediato a Famke Janssen, su predecesora en el puesto, la cual había dejado un gran recuerdo por su interpretación de una de las mutantes más reconocidas de la Casa de las Ideas (como modestamente hacía llamar Stan Lee a la editorial). Turner argumentó que lo había hecho porque a ella le gustará que cuando otra actriz tome los ropajes de Sansa Stark, a ella le agradaría que le pidieran consejo. Buena forma de comenzar el desembarco de caras nuevas, dejando una agradable sensación para los fieles de la saga de que el legado se encontraba en buenas manos. 



Con todo, a nivel de la cinta que hoy nos ocupa, X-Men Apocalipsis sigue viviendo de un feliz hallazgo, un triunvirato de intérpretes en estado de gracia: James McAvoy, Jeniffer Lawrence y Michael Fassbender. O, lo que es lo mismo, ese triángulo de personalidades atormentadas que configuran Charles Xavier, Raven y Magneto. Tres personalidades muy atractivas que dan mucho empaque a la historia y se nutre de la fuerza que cada uno de ellos da al otro. Todo ello se mantiene vigente en esta competición por la supervivencia que Apocalipsis, el primer mutante del que tienen constancia los libros de Historia, impone a lo largo y ancho de todo el planeta. 



La trama resulta menos inspirada que en el episodio anterior, lo cual no significa que sea una experiencia muy entretenida y que hará las delicias de las personas que conozcan bien a estos personajes, existiendo varios guiños y detalles que quizás se pierdan en un primer visionado, pero que hablan claramente de la sensación de continuidad que arroja este proyecto. Pese a los pasos en falso o batacazos, en carrera de fondo, este exitoso género debe mucho a la constancia de estos protagonistas perseguidos por una sociedad a la que intentan proteger. 



Si en la anterior entrega era McAvoy quien destapa e tarro de las esencias con la ternura bien entendida que supo dar al profesor Xavier, o Jennifer Lawrence la que dio una dimensión en X-Men: Primer Generación a Mística/Raven que no había tenido en su concepción original, aquí la voz cantante la da la versatilidad de un Fassbender impresionante. Un actor que puede hacer de Macbeth, de abogado de narcotraficantes o de Magneto, entre muchos otros, es que tiene un registro a prueba de bomba. Se nota que lleva mucho tiempo con Erik y no hay secretos para él a la hora de mostrarlo en su complejidad y alejarlo del estereotipo de villano de folletín con casco grandilocuente. Ian McKellen, Patrick Stewart y Rebecca Romijin pueden estar tranquilos con respecto a sus sucesores.  



Con todo, el proyecto también arroja sus puntos flacos. Pese al buen hacer de Oscar Isaac, los poderes de Apocalipsis no son nada fáciles de llevar a gran pantalla, siendo quizás esta aventura más sencilla de llevar a buen término en las viñetas. Hay aciertos de casting como la joven Ororo Munroe a la que da vida Alexandra Shipp, habida cuenta del listón tan alto dejado por Halle Berry, o la Psylocke que representa Olivia Munn. Muchas peleas y piruetas de enjundia que aderezarán las palomitas, si bien todo es menos redondo y tiene menos coherencia el castillo de naipes construido que ese círculo cerrado que fue Días del futuro pasado



No defraudará en ningún momento a los seguidores a la causa, quedando solamente la pregunta de cuánto tiempo apostarán productora y equipo artístico de no ceder a la tentación del botón reset. Cuanto menos, ese es un Omega para el futuro de los X-Men en el cine que no se plantea. Por fortuna, demos gracias a En Sabah Nur. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/19416487/X-Men-Apocalypse-es-destrozada-por-la-critica.html



http://www.melty.com/x-men-apocalypse-sophie-turner-and-famke-janssen-s-jean-grey-are-very-different-a3731.html



http://collider.com/x-men-apocalypse-michael-fassbender-interview/

domingo, 19 de junio de 2016

SAVAGE INSTINCT: PENNY DREADFUL, SEGUNDA TEMPORADA


El primer sorbo había parecido despertar en el paladar un sabor agridulce (PENNY DREADFUL, DARK PLEASURES), con la extraña sensación de no saber qué primaba más, si las innegables virtudes o los visibles defectos. Penny Dreadful es un ejercicio de eclecticismo, el heterodoxo ejercicio que alterna la novela de folletín con la descarada irreverencia que exhibe Alan Moore en sus cómics; un experimento de doctor Frankenstein que se compone de varias piezas en su armazón, no todas en armonía. Sin embargo, debo admitir que esperaba con curiosidad su segunda temporada, expectante a ver cómo evolucionaba la criatura de John Logan y su equipo. 



Una impresión que da un visionado general es que poco ha cambiado. Virtudes y defectos se mantienen a partes iguales. El casting sigue siendo un completo acierto, sobresaliendo la particular pareja que forman Josh Hartnett (Ethan Chandler) y Eva Green (Vanessa Ives). Es realmente espectacular lo que este dueto aporta, son capaces de darle fuerza y credibilidad a lo más incoherente de los personajes que encarnan. Green, una actriz valiente como pocas para afrontar cualquier reto, es una de las alegrías más grandes del show; vuelve a repetirse la fórmula de darle un flashback exclusivo a esta vidente durante todo un capítulo, The Nightcomers; igual que sucedía en la primera temporada y la relación de Vanessa con Mina Harker, estos trozos de su pasado son excelentes micro-relatos de terror y suspense.



Personalmente, más sorpresa supone Hartnett. No resulta extraño el buen hacer de Timothy Dalton como el veterano explorador Sir Malcolm Murray, pues se trata de un intérprete de contrastada solvencia en televisión y cine, pero su compañero ha sabido sacar partido de una papeleta difícil. Su Ethan tiene una eficaz combinación de carácter y ternura, dando unos matices que escapan del simple molde de héroe de pasquín. Vanessa es una personalidad oscura que busca con desespero la luz, mientras que míster Chandler es un paladín que teme su propio reverso y perder el control. Juntos, son una combinación que difícilmente pasará desapercibida.



Combinación que, por otra parte, les será muy necesaria a ambos para sobrevivir. Recién salidos victoriosos de su enfrentamientos con la Criatura (un Drácula desaprovechado y muy alejado de la hipnótica presencia que se desgranaba al pasar las páginas de Bram Stoker), el grupo de aventureros se las verán de frente con la brujería, en concreto, una serie de poderosas mujeres lideradas por Madame Kali (Helen McRory). Si bien los compases iniciales de esta lucha distan muy poco de cualquier blockbuster veraniego, el duelo va ganando en intensidad e interés.  



Buena parte del mérito de esa mejoría recae en el saber hacer McRory, siendo deliciosas sus escenas con Dalton. Paralelamente, se desarrollan otras tramas de enjundia, destacando una muy particular versión de la "consorte" de Frankenstein, pero, en este caso, muy alejada de la encantadora La novia de Frankenstein (1935), generándose un particular y algo novelesco triángulo amoroso entre el creador y sus vástagos de noches tormentosas. 



En los intentos de aunar al buen doctor con el resto de protagonistas, hubiera sido muy aconsejable haber conservado durante más tiempo la figura de Van Helsing, pero, en una de las peores carencias del show, hay demasiada sensación de premura. Y es una real pena, porque hay verdaderos hallazgos, tales como ese Dorian Gray siempre buscando huir del aburrimiento, experimentado con todo tipo de placeres y apetencias, en esa dulce condena que ya le dio Oscar Wilde. Pese a todo lo dicho, si a un programa se le mide por capacidad de entretenimiento, la destreza de Penny Dreadful en tal menester no debe desdeñarse. 



Buscando elevar el nivel de exigencia para futuras sagas, resaltar que, teniendo en cuenta que es un ejercicio tan metaficcional, a nivel de argumento se contenta con arañar apenas la punta del iceberg que conforman las grandes obras a las que referencia. El micro-cosmos de cada uno de esos protagonistas podría, entre tantas posesiones diabólicas, balas de plata y chillidos, alimentarse un poquito más, beneficiando a la categoría del conjunto. 



De cualquier modo, ello no impide que se disfrute mucho de este instinto salvaje cuando la maquinaria que lo acompaña está engrasada. En sus mejores momentos, Sir Malcolm y los suyos no desentonarían en la etapa dorada de los cómics Tomb of Dracula de Marv Wolfman y Gene Colan; una sabia combinación del género thriller con terror gótico. Ahí es donde alcanzan sus mejores cotas.



Queda el tercer asalto de esta serie de dientes de sierra, atractiva, tramposa, inquietante e impredecible. La aguardaremos. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://zap2it.com/2015/05/penny-dreadful-season-2-vanessa-ethan-together-romantically-erotically-intellectually/



http://www.vcpost.com/articles/24897/20140723/showtime-penny-dreadful-season-2-helen-mccrory-antagonist-production-begin-august-2014-josh-harnett-helen-mccrory-madame-kali.htm



http://www.hobbyconsolas.com/videos/penny-dreadful-nuevo-diabolico-trailer-2-temporada-coleccion-carteles-112722

domingo, 12 de junio de 2016

LA MUERTE DE STALIN



Hay cómics que tienen fuerza de entrada. La persona que abre sus páginas nota de inmediato que no está ante una lectura cualquiera, simplemente, acababa de empezar el sumergimiento en una historia diferente. Exactamente eso sucede con La muerte de Stalin, una narración a cargo de una pareja artística de lujo, Fabien Nury (guión) y Thierry Robin (dibujo), quienes nos trasladan a las últimas horas de vida de Iósif Stalin, así como a la implicación que todo ello tuvo en la cúpula del Partido soviético.



Un marco realmente grandilocuente y con un regusto siniestro. No está nada mal que la ambientación sea así, puesto que la figura de Stalin ha dejado en la Historia un regusto de ostentación de gran poder y un eco oscuro, fruto de las purgas, gulags y verdadero régimen de terror que este personaje logró imponer. La revolución bolchevique había luchado contra la tiranía y régimen atávico de los zares, justo para encontrarse después que uno de sus máximos dirigentes se ganaba el apelativo de "El Zar Rojo". Inteligente, ambicioso y sin escrúpulos, Stalin generó una corte alrededor que en los momentos de esta aventura se debate entre el temor de la situación política que puede surgir (contexto de la Guerra Fría) y el sueño de poder reemplazar al cabecilla como nuevos hombres fuertes.



Rigurosamente documentado, el público que no beba los vientos por los rigores de Clío, puede respirar tranquilo. La muerte de Stalin no es un registro notarial de aquellos inciertos días en Moscú, sino que los autores introducen elementos dramáticos a su beneficio para acelerar el tempo narrativo. Así, la carta de la solista María Yudina cambia su ubicación cronológica real para servir de realmente impactante inicio. Podríamos decir que las cosas no ocurrieron así, pero sí que está presente la esencia y el sabor del miedo que presidio aquel acontecimiento excepcional. 



Historia coral dentro de un comité donde, eso sí, hay un personaje al que Robin caracteriza con especial esmero, Lavrenti Beria, uno de los más hábiles jugadores en el círculo de Stalin para intentar sustituirle dentro del Partido. Sin embargo, los costes del fracaso en la empresa pueden ser terribles, e incluso un manipulador y conocedor de los entresijos y secretos del Kremlim está expuesto a excesivos riesgos. Otros nombres como Malenkov o Nikita Kruschev desempeñarán su rol en un drama casi shakespiriano por cuanto refleja de a lo que conduce la codicia desmedida y la seducción del poder. 



Pero un arma devastadora que que deja boquiabierto al auditorio en esta verdadera obra maestra es la capacidad que tiene el guión y la representación gráfica de mantener, incluso a los más abominables en este festín de cuervos, con su humanidad. A pesar de que los vemos hacer actos de tremenda crueldad, nadie es figura de retablo, todos tienen debilidades, amores perdidos, inseguridades, miedos, etc. La sagacidad de los diálogos impresiona. 



Particularmente, Nury maneja muy bien los sobre-entendidos cuando quiere insinuar y no decir algo. Su mejor trabajo, quizás, es con el hijo de Stalin, a quien da varias escenas fundamentales para que echemos un rápido vistazo, apenas un parpadeo, al círculo familiar y la intimidad del "padre de la patria" Stalin, aquella imponente presencia que llegó a quitar el sueño al mismísimo Lenin, quien vislumbró que era fundamental para el futuro que el gran poder que llegó a aglutinar Iósif no terminase engullendo Trotski. El resto ya lo conocen.  



Paralelamente, el virtuoso trazo de Robin nos lleva por el peregrinaje de gentes de diferentes rincones de Europa del Este, trabajadores esforzados que acuden en masa a mostrar sus respetos a un gigante antes a un hombre; probablemente, nunca conocieron a Stalin en persona, pero la imagen propagandística permitió crear un mito de acero que, junto con los silencios (lo acontecido en el bosque de Katyn con los prisioneros polacos, los asesinatos orquestados contra ex camaradas suyos expatriados, usar en su único provecho la petición de apoyo del gobierno republicano durante la guerra civil española...), hizo pensar a muchísimos que Iósif nunca moriría. 



Síntoma de lo bien que llegan a moverse en la particular ópera que traman, es que el equipo artístico incluso se permite una cierta dosis de humor negro, el cual no estorba ni es de mal gusto, simplemente sirve de relajante, una sonrisa amarga ante el desfile de doctores y alianzas dignas de Meñique que se van gestando en la secretaría soviética. 



Imposible abandonar estas viñetas sin acariciar la idea de que acabamos de toparnos con un auténtico clásico, uno de esos cómics que revindican la calidad que se puede llegar a alcanzar en este medio artístico. 



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://labd.blogspot.com.es/2012/07/incroyablement-oublies-cccvi-la-mort-de.html



http://www.sambabd.be/tag/la+mort+de+staline



http://www.normaeditorial.com/ficha/012034565/la-muerte-de-stalin/

domingo, 5 de junio de 2016

LA GENERACIÓN DORADA



Como persona aficionada al baloncesto, debo admitir, no sin cierta envidia, que Juan Francisco Escudero ha escrito varios libros que son los que hubiera encantado poder haber hecho yo mismo. Uno de los principales autores de la línea abierta por Ediciones JC, Escudero es una referencia por haber hecho una excelente biografía al castellano de Drazen Petrovic, así (junto con Antonio Rodríguez) de una historia coral de la andadura de los míticos Boston Celtics, entre otros manuscritos sobre el deporte de la canasta. Para colmo de mis males, en que hoy nos ocupa para este reseña, Escudero toca otra de mis grandes pasiones, Argentina. Y es que, en esta ocasión, presenta Manu Ginóbili y el milagro argentino.



Se trata de un recorrido con precisión de notario que nos lleva desde el Luna Park hasta la gloria olímpica alcanzada por una irreverente camada en Atenas 2004, los cuales no tuvieron miedo a la Historia y lograron noquear en semifinales a la cuarta reencarnación del Dream Team estadounidense. Como eje rector del discurso, el Narigón Manu Ginóbilli, el jugador más representativo para sus coetáneos, el que logró triunfar en Europa (Kinder de Bolonia) y en la NBA, siempre con la elástica de los San Antonio Spurs.



De cualquier modo, el protagonista de Bahía Blanca tarda en aparecer. El relato de Escudero se remonta a tiempos menos felices, cuando la federación albiceleste era caótica y seleccionados como el uruguayo o el brasileño les llevaban una amplia delantera. Los días de pioneros como Jorge el Gigante González, una fuerza de la naturaleza que superaba los 2´30 metros de altura. Tras defender los colores de su país, este extraterrestre derivó a una carrera en el mundo de espectáculo, donde hizo fama, contactos y plata que desaparecieron con la misma rapidez que llegaron. Olvidado por muchos, el gigantón tuvo la fortuna de contar con la solidaridad de sus ex compañeros, quienes seguían agradecidos a alguien que permitió igualar, aunque fuera un poco, las desproporcionadas diferencias en la guerra bajo tableros.


Asimismo, sus páginas nos acercan a figuras como León Najnudel, cuyo efímero paso como máximo responsable del basket del conjunto sudamericano sembró las bases de los futuros éxitos. Un pionero a quien gente como Luis Scola todavía se muestran agradecidos: "Bienvenido al mundo de los altos", le dijo en una ocasión al joven, acomplejado por su tamaño. O a soñadores como Guillermo Vecchio, una mezcla de visionario y vendedor de imposibles, pero que fue una pieza básica para que sus pibes se creyesen que podían competir contra cualquiera en una cancha. 



San Antonio, por supuesto, ocupa un escenario relevante de esta historia. Solamente con un entrenador como Popovich (quien viajó un verano a acompañar a Manu a su tierra de origen, buscando conocer el pasado de uno de sus mejores pupilos) podría haberse fraguado una trayectoria atípica, la del sexto hombre que estaba más minutos en pista que los titulares. "El Narigón" terminó componiendo una epopeya que incluso otro icono del deporte argentino, Diego Armando Maradona, ha admito que le ha emocionado.  



El libro viene acompañado de un sentido prólogo por parte de Santiago Segurola, uno de los mejores cronistas deportivos de los últimos años, además de añadirse unos epílogos y palabras finales de actores principales en esta cuestión. Por ejemplo, Sebastián Uranga, uno de los primeros argentinos en ser reconocidos a nivel internacional por sus prestaciones baloncestísticas. O el destacado entrenador Julio Lamas, actualmente en San Lorenzo de Almagro, junto con las impresiones de Carlos Raffaelli, prolífico escolta que se ha reconvertido en la actualidad en representante y comentarista deportivo. 



El repaso que Escudero realiza de los distintos torneos en los que participó una generación dorada que vivió trepidantes duelos con la España de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, la Lituania de Jasikevicius, la Grecia de Papaloukas...añadiéndose anécdotas tan jugosas como el pique y trash talking mantenido entre Andrés Nocioni y Kevin Garnett. El Chapu (apodado así por el mítico programa mexicano creado por Roberto Gómez Bolaños) logró hacer un mate frente a Big Ticket, uno de los mejores ala-pívot de todos los tiempos. Resulta llamativo como el exuberante conjunto de sus inicios fue siendo capaz de adaptarse a un basket de menos explosivo pero más inteligente, probablemente fruto de la Copa del Mundo que se le escapó de las manos ante Dejan Bodiroga, Stojakovic y compañía. 



Historias corales que terminan, eso sí, llegando a "Manudona" como hilo conductor. Como aficionado, el mejor piropo que se puede dar a Ginóbili es que, dentro de sus excelentes coetáneos, solamente hay uno que no dice que es el mejor del grupo: él mismo. Anfitrión de Oberto en San Antonio, con quien compartió la gloria del anillo en 2007 frente a los Cleveland Cavaliers de un tal Lebron James, el escolta sudamericano siempre se ha caracterizado por ser muy cuerda fuera de la cancha y terriblemente osado dentro. Para la antología quedó un mate a una mano tras giro frente a los temibles Lakers de Kobe y Shaq, demostrando a los Spurs que no se habían equivocado al poner sus ojos sobre él. Apenas era un novato, pero ya demostraba que no le pesaba estar compitiendo contra los más grandes. 



Heredero de una dinastía familiar en la liga de su país, a Ginóbili no le tembló el pulso a la hora de medirse a su ídolo de siempre, Héctor "Pichi" Campana, o llegado el momento de afrontar las dudas que inicialmente tuvo su entrenador favorito, Popovich, de que pudiera adaptarse a un tipo de basket más reflexivo. El baloncesto argentino seguirá proporcionando grandes jugadores y camadas notables, pero, probablemente, nunca se conjugarán los astros para regalarnos a una generación tan especial y con un estandarte como el dorsal 20 de San Antonio. 



Y, gracias a Juan Francisco Escudero, disponemos del mejor testimonio escrito posible de una odisea deportiva como pocas. 
  


FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://apuestasbaloncesto.com.es/manu-ginobili-y-el-milagro-argentino/



http://superdeportivo.elonce.com/notas/manu-ginnbili-estuvo-en-mnxico-y-acompann-de-cerca-a-la-seleccinn-argentina.htm



http://mundod.lavoz.com.ar/basquet/para-nocioni-la-generacion-dorada-ha-terminado

domingo, 29 de mayo de 2016

CAZADORES Y PRESAS



El género del biopic es uno de los que rara vez envejecen en Hollywood. Será a la abundancia de personalidades excepcionales en aquellos años dorados y auto-destructivos. Jay Roach se pone a los mandos para narrar una carrera accidentada, la del guionista Dalton Trumbo, quien fue uno de los principales objetivos de la temida política del senador McCarthy. A lo largo de algunos de sus más célebres trabajos, el escritor tuvo que utilizar alias falsos para evitar comprometer a las pocas productoras que osasen dar trabajo a uno de los señalados por la Comisión de Actividades Antiamericanas, en los tensos años de la Guerra Fría, donde la URSS y los Estados Unidos parecían dos niños malcriados que consideraban el mundo un juguete particular que no iban a compartir. 



Bryan Cranston es el encargado de dar vida al protagonista. Este actor es uno de esos casos que en los que el intérprete es tan heterodoxo como bueno. Siempre ha tenido algo, pero fue con Breaking Bad donde le permitieron explotar todo su potencial. Aquí, solventa con eficacia una papeleta difícil, puesto que el carácter de Trumbo era muy particular. Pese a ello, siempre parece verosímil y su círculo familiar también está cuidado en el casting, destacando la labor de Diane Lane (quien siempre fue bellísima pero en la madurez parece haberse acentuado en su atractivo) como su esposa. 



En pleno siglo XXI, uno podría pensar que hay ciertos tabúes ya superados. De cualquier modo, no es poco fuerte el trasfondo de esta prohibición y vetos, los cuales llegaron a tener adalides como John Wayne (tremendo actor, por otra parte) o la temida Hedda Hopper, temida "duende de palacio" entre las grandes estrellas, la cual es caracterizada de manera impecable por Helen Mirren. Con estos antecedentes, sería tentador que el film cayese en la hagiografía. Aunque está claramente decantada a favor de su figura, uno de los grandes aciertos del guión de John McNamara es presentar los suficientes grises para que el alegato político no tape a los seres humanos que componen el retablo. 



Una muestra muy clara de ello la hallamos en la manera de tratar la figura de Edward G. Robinson, un fantástico actor que fue uno de los rostros más reconocibles de la era dorada del cine negro. Pese a su amistad y colaboraciones con Trumbo, Robinson (Michael Stuhlbarg) terminó totalmente arruinado durante la persecución y con el agravante de que él no podía esconderse bajo seudónimos en la gran pantalla, sino que vivía de su rostro. No se trata de justificaciones, acusaciones o perdones, sino de reflejar el sufrimiento de cada uno en su contexto, pero es muy de agradecer que se eviten las demagogias de trazo gordo. 



Otra dialéctica muy interesante es la establecida entre Trumbo y otro guionista, Arlen Hird, el segundo de estatus socioeconómico menos pudiente que el primero, lo cual le hace reprochar al segundo lo fácil que puede ser adoptar una posición flexible y tolerante con el proletariado cuando uno tiene sus fincas, piscina, una buena familia y una serie de elementos de torre de marfil que lo aíslan del mundo real. Louis C. K. da vida a Hird, un personaje combativo y admirable en muchas facetas, aunque tan militante que los excesivos mensajes y proclamas contra la burguesía ociosa podían llegar a enturbiar la calidad de sus propios escritos, como si fuera incapaz de narrar algo que no tuviera un objetivo para el partido. Y es un hecho que tampoco podemos obviar el sufrimiento que muchos artistas sufrieron en la Unión Soviética simplemente por no hacer girar toda su obra alrededor de la filosofía marxista. 



Auspiciado en un nepotismo claro y varias corruptelas, el universo de McCarthy es presentado en toda su miseria, aunque lo sorprendente es que aquella moderna estructura inquisitorial llegó a ser tan poderosa en un país auto-proclamado de las libertades que se permitió mandar a muchas personas (desde figuras de primer orden a gentes más anónimas pero que lo padecieron todavía más) a la ruina, presidio o exilio (por ejemplo, el mismísimo Charles Chaplin, quien hizo un contundente alegato en su película Un rey en New York [1957]). 



Dentro del elenco de secundarios, sobresale un espectacular John Goodman que deja algunas de las escenas cómicamente más memorables de todo el film. Con todo, buscando sacar punta, hay algún pequeño error (se escoge una escena de Vacaciones en Roma que fue improvisada por Gregory Peck, no escrita por Trumbo, para representar su participación en la película) que sería fácilmente subsanable (o, mejor todavía, haber jugado con la ironía de que su familia, que está viendo la escena con él en el cine, le atribuya el mérito de la ocurrencia en la Bocca della Verità, mientras él pone cara de circunstancias). 



Basado en el libro de Bruce Cook, Trumbo también se adentra en la vida íntima de su protagonistas, mostrando los sinsabores y la transformación de carácter que provocó en el guionista su clandestinidad para desarrollar su oficio, pagándolo de la manera más injusta con su propia familia y seres queridos más cercanos. 



Un biopic de una figura extraordinaria dentro de la industria y que, además, permite un ejercicio metaficcional. Y es que hubo una época donde armó gran revuelo que JFK fuera al cine a ver una película llamada Espartaco.



FOTOGRAFÍAS EXTRAÍDAS DE LOS SIGUIENTES ENLACES:



http://www.filmaffinity.com/es/film609114.html



http://www.post-gazette.com/ae/movies/2015/11/25/Michael-Stuhlbarg-plays-Edward-G-Robinson-in-Trumbo/stories/201511250060



http://www.granadablogs.com/pateandoelmundo/trumbo/

domingo, 22 de mayo de 2016

EL ENCANTO DE LO COTIDIANO: FARGO (II TEMPORADA)



El primer sorbo a la taza había dejado un regusto inmejorable, un cálido y agradable sabor a café recién hecho en una jornada invernal (PRIMERA TEMPORADA DE FARGO). Sin embargo, pareciera que esta segunda entrega incluso supera lo mostrado por su predecesora. Esos lugares perdidos de Minnesota siguen teniendo el encanto que ya poseían en la mítica película de los hermanos Coen a los que esta serie debe su título (1996). Fargo vuelve y lo hace por la puerta grande, repitiendo muchas de las virtudes que Noah Hawley y su equipo mostraron y corrigiendo algunos de los flecos que quedaban por cubrir en el camino a la excelencia. Estamos ante una mini-serie dentro de la saga, diez capítulos que harán las delicias de los espectadores. 



En primer lugar, vuelve a escogerse un casting acertadísimo. Veteranos de lujo como Ted Danson o Jean Smart se ponen a las órdenes de los distintos directores (Randall Einhorn, Michael Uppendahl, etc.) para volver a demostrar su solvencia con cualquier clase de personaje. El protagonismo recae en los hombros de Patrick Wilson, quien cumple con nota la elevada exigencia de hacer del yo-joven del entrañable Lou Solverson (al cual dio vida Keith Carradine, ese apacible policía retirado que regentaba una acogedora cafetería entre la nieve). Con todo, estamos, nuevamente, ante una trama coral. El argumento nos hace viajar al pasado, al año de 1979, cuando los Gerhardt, caciques al margen de la ley de los negocios ilícitos de un pequeño pueblo del estado, ven como un implacable sindicato de Kansas City mandan a agentes suyos para "absorber" su empresa familiar. Sin ser conscientes de ello, el matrimonio Blomquist (unos espléndidos Jesse Plemons y Kirsten Dunst) se verá involucrado en el torbellino de violencia que esta guerra de bandas provoca. 



Extraños crímenes y sucesos que van dejando un rastro de sangre que deberá ser desmenuzado con sensatez y calma por Solverson, quien cuenta con la ventaja de la ayuda de su suegro (Ted Danson) y esposa, Betsy. La segunda es caracterizada por Cristin Milioti, quien ya demostró todo su potencial en apenas un puñado de episodios en la última temporada de Cómo conocí a vuestra madre. No se tratan de deducciones a lo Sherlock Holmes o épicos tiroteos, uno de los encantos del universo Fargo desde su origen es mostrar a estos agentes del orden como personas sin habilidades excepcionales, simplemente tienen una cabeza bien amueblada y un orden vital que los lleva a seguir la pista de sus, generalmente, no muy brillantes, sospechosos. 



"Ya no hay lugar para los negocios familiares...", se lamenta la viuda Gerhardt, cuando se desencadenan una serie de rivalidades que parecen una metáfora adecuada del capitalismo más salvaje. Fieles a la atmósfera surrealista de los Coen, destacan sicarios como el de Bokeem Woodbine, quien da vida a  Mike Milligan, un hombre de particular visión empresarial y que se verá estorbado en sus estrategias por la miopía de sus propios colaboradores. 



En ese sentido, el endogámico y ambicioso micro-cosmos del clan Gerhardt es uno de los platos fuertes de la serie, puesto que propicia una tensión casi constante que queda reflejado en hijas desobedientes, pulsos entre hermanos y asesinos al servicio de la familia de ascendencia india como el inquietante Hanzee Dent. Una hoguera de vanidades que únicamente necesita una pequeña chispa para arder con una intensidad que lo reducirá todo a cenizas. 



El arco de la primera temporada de Fargo era espectacular en su inicio, aunque, quizá, iba cogiendo más dosis de inverosimilitud a medida que sus personajes evolucionaban. Creo que, empezando tal vez con menos fuerza, esta segunda entrega posee más solidez en ese sentido, aunque se alcanza un épico clímax, las situaciones que pasan, pese a lo extremo de las mismas, tienen un poso mayor de coherencia y se encuadran a la perfección con lo que sabemos de las personalidades de sus protagonistas. 



Al más puro estilo Pulp Fiction (1994), los creadores logran dar una sensación de historia circular, sumando arcos de una y otra etapa para dejar la impresión de que estamos en el mismo universo siempre, ese lugar de historias "basadas en hechos reales". El nivel de actuaciones es excelente, sobresaliendo cómo va avanzando la trama del personaje de Kirsten Dunst, hasta límites insospechados y generando un gran suspense. 



La música de Jeff Russo nos introduce en estas pequeñas comunidades inter-conectadas a través de peligrosas carreteras, entre olor a tostadas y tortitas recién hechas, donde el frío cala los huesos y todo el mundo conoce a sus convecinos, sin sospechar que cualquiera de ellos puede sorprenderle el día menos pensado saliendo en el noticiero por un suceso insospechado. 



Lo han vuelto a conseguir, dejándonos con ganas de que llegue pronto esa tercera temporada de Fargo... 



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