sábado, 17 de noviembre de 2012

SECRETOS DENTRO DE SECRETOS

 
 
A muchos les hubiera costado reconocer el símbolo. Entre el final de la II Guerra Mundial y 1972 habían acontecido muchas cosas en el país de las barras y estrellas. Objeto de reparto barato, sencillo y cómodo en los cines, los cómics-books eran un vehículo de distracción muy necesario en el clima bélico que siguió a la entrada en guerra tras Pearl Harbor. Eran necesarios héroes, aunque fuera en las viñetas. El propio Superman voló para golpear a Adolf Hitler en Berlín, mientras que dos autores de ascendencia judía, J. Simon y Jack Kirby, creaban al Capitán América (aunque ambos eran ingeniosos, no se devanaron los seos en el nombre). Poco importaban las ridículas mallas y el escudito frente a metralletas del Eje, pese a las dificultades, Steve Rogers (la identidad pública del héroe) pertenecía junto con sus autores a la generación del tío Sam y la tarta de Manzana. Eran triunfadores.
 
 
 
 
Durante la década de los 70, los Estados Unidos se mantenían en el liderazgo económico y político de lo que podríamos llamar el mundo occidental. Tras Yalta el mundo se había dividido en un telón de acero, pero nadie podía dudar que el país que por aquel entonces presidía Richard Nixon, era un gigante. Un titán, que no dejaba de tener grietas por todas partes. En una nueva compañía, Marvel, el inefable capitán seguía haciendo acrobacias por la libertad, aunque ahora mandaba en sus guiones un joven llamado Steve Englehart. Miembro de una generación que había visto Harlem arder, morir a un presidente y entrar a su idílico país en el infierno de Vietnam, Englehart no pertenecía a una casta de triunfadores. Sin embargo, su mundo era más real, gris, como sucedía en el día a día.
 
 
 
 
 
Probablemente fuera de las fronteras norteamericanas, las desventuras de Steve Rogers sean las que más ampollas generen, no solamente entre el público comiquero, si no en global. Cierta sensación de atávico impregna la manera de ver al personaje patriótico y uniformado, igual que acontecía en la película de Mel Gibson en "El patriota", ante tanta bondad y "mi país es maravilloso", un espectador atento no hará otra cosa que encender las alarmas. Buena parte de eso había, pero sagas como la que hoy ocupa nuestro blog, hacen permitir albergar esperanzas y el beneficio de la duda.
 
 
 
Con mucha fortuna, de la mano de la fortaleza del trazo de Kirby y su fecunda sociedad con Stan Lee, el veterano de la II Guerra Mundial había vuelto por la puerta grande tras pasarse congelado unas cuantas décadas. Nadie quiso plantearse por qué en la Guerra Fría la Compañía Timely había sacado al bueno del capitán atizando a malísimos comunistas, corriendo un (es) túpido velo... Hasta que llegó Englehart, indudablemente en el mejor momento de su carrera y con muchas cosas que contar, cierto ritmo hippy en una canción country que empezaba a sonar rayada.
 
 
 
 
De la mano de un dibujante tan competente como Sal Buscema, el nuevo equipo creativo buscó darle lógica a algo tan incoherente como el trillado camino súper-heroico. Rogers se encontraría al fin con la otra América que estaba lejos del encanto (innegable por otra parte) de las cintas de Frank Capra ("Caballero sin espada"). Atrás quedaban aventuras a lo James Bond, con hermosas espías, trajes a medida y finales felices. Empezaban a aparecer calles sucias, movimientos estudiantiles, la minoría afro-americana, el testigo silencioso a quien aún quedaba mucho tiempo para ver reconocidos sus derechos civiles... Las páginas decaían en tortazos, pero ganaban en interés.
 
 
 
Los dos movimientos maestros de Englehart fueron solucionar la paranoia del comunismo y El Imperio Secreto. En el primer caso, se las ingenió para darle sentido a lo que no lo tenía, mostrando que el ejército había vuelto a crear el suero del súper-soldado tras la desaparición del primer soldado universal (afortunadamente para los romanos, Panorámix nunca difundió con tal alegría la receta de su poción), quedando eso sí, fallos con respecto al modelo original que se tradujeron en un nuevo héroe aquejado de terribles obsesiones... (simpática manera de recordar una cosa que se llamó caza de brujas y acabó con algún ilustre intelectual en el exilio y no pocos dramas personales que, por desconocidos y terrenales, no dejaban de ser dramáticos).
 
 
 
Esta caída de Damasco de Rogers, en el ojo del huracán, le obligó a mirarse en el espejo y a empezar a comprender que los días de gloria se habían ido... o que quizás nunca existieron. La Operación Fénix que sonaba a macro-saga de Iron Man, era una realidad que había ensangrentado la CIA en América Latina, como si la Guerra Fría justificase jugar al ajedrez con todo un continente. Diálogos con objetores de conciencia y un tamiz adulto que convirtieron al "primer vengador" en uno de los cómics más revindicativos de su tiempo (aunque el mérito de Englehart fue no cargarlos de moralina):
 
 
 
 
Punto final de aquella brillante etapa de esta pareja sería el Imperio Secreto, gestado a raíz del escándalo acontecido en el hotel Watergate (que recientemente fue recuperado en una película, "Nixon contra Frost"). Aquel escándalo periodístico mostró una serie de vergúenzas que el american way of life había guardado como un cadáver en el armario. Existía el espionaje político, los chantajes, se había bombardeado y el propio presidente Nixon se veía salpicado hasta el extremo en dichas operaciones. Camelot se estaba mostrando como un edificio más.
 
 
 
 
Aún hoy, sigue resultando un cómic extraño. A nivel artístico, fue una pena que el entintador, Vince Colletta, estuviera en el crepúsculo de su carrera y ya con problemas de salud. Honesto artesano y pionero de la compañía, su trabajo se veía resentido y estaba alejado del nivel que sí mostró en joyitas como "Tales of Asgard", aunque en un acto que le honraba, Stan Lee, amigo personal del entintador, le mantuvo al pie del cañón. Si Colletta hubiera estado a comienzos de su carrera, el buen trabajo de Sal Buscema se hubiera visto muy reforzado, así como el nivel gráfico de la historia, correcto, pero un poco por debajo del guión.
 
 
 
 
No obstante, sigue siendo un cómic triste y que pese a ello pudo suponer para muchos chavales un descubrimiento de que no era oro todo lo que relucía. Quizás lo que más sobre al Imperio Secreto sean los peajes súper-heroicos (que pueden ser co... s en una batalla galáctica y de mutantes, pero no en un relato que intenta mostrar como un hombre se da cuenta de que se ha convertido en una bandera de usar y tirar por sus mandamases en Washington, algo que ya contó Clint Eastwood a través de una de las más célebres fotografías hechas en cierta isla japonesa).
 
 
 
 
Tal vez, el bueno del capitán Rogers no se hubiera lanzado a esa casa blanca en búsqueda de respuestas... Quizás, arrojó el viejo escudo, pues, como honrado espartano, habría determinado que sus reyes no merecían que volviera sobre él. No en vano, Englehart, en estado de gracia permanente durante su trayectoria en la saga, propuso el que hubiera podido ser el final de uno de los puntales y buques insignias del arte de las viñetas estadounidense...
 
 
 
La vida del nómada, un ronin que se lanzase a descubrir lo mucho que habían perdido durante la victoria que ayudó a lograr
 



Afortunadamente para los marvelianos, volvería. De cualquier modo, no hacía falta ninguna Comisión Warren para comprender que quien verdaderamente estuvo siempre detrás del Imperio Secreto no fue otro que...

domingo, 11 de noviembre de 2012

EL TRAUMA DEL MESÍAS: DUNE

 
 
"Cuando la religión y la política viajan en la misma caravana, lo hacen más rápido". Esta atinada sentencia marca una aguda reflexión, una más de las muchas pronunciada por la princesa Irulan, dama de gran sensibilidad y desprestigiada por la corte de su familia como un moderno emperador Claudio, debido a su incomprensible tendencia a ser callada y escribir sus memorias de gran sensibilidad acerca de la figura de su más ilustre pariente.
 
 
 
La cita está extraída de Dune, indudablemente una de las obras clave a la hora de hablar del género de la ciencia ficción. Creada por Frank Herbert, rechazada por muchas editoriales debido a lo heterodoxo de afrontar un complejo universo de muy difícil re-construcción, elevada hoy a la categoría de clásico, se trata, indudablemente de uno de esos libros que marcan un punto de inflexión en el lector/a que tiene el gusto de encontrarlo.
 
 
 
 
De cualquier modo cada crítica tiene su historia personal y ésta no es la excepción. Recomendada por una persona de absoluta confianza, al empezar a leer "Dune" me encontré con una buena narración y personajes propios del género; pueden imaginarlo, espacio, dinastía nobles enfrentadas, conjuras dentro de conjuras... No obstante, nada me hizo imaginar que iba a terminar tan enganchado una vez llevaba las primeras decenas de páginas. Dune va ganando en una carrera de fondo, sin agotarse con los primeros sprints.
 
 
 
Conforme se produce la caída de la casa del Duque de Leto (quien acuña la excelente frase: Una buena causa no convierte a una guerra en justa), la esposa de éste y su hijo Paul se ven obligados a un involuntario exilio de sus poderosos enemigos Harkonnen, próximos al círculo imperial, siendo acogidos en territorio extraño por los Fremen, una peculiar tribu de carácter casi nómada y cuyo potencial como feroces guerreros está desaprovechado entre gusanos de la arena.
 
 
 
 
A pesar de la tragedia, pareciera que las desventuras han sido beneficiosas para el joven Paul, quien va desarrollando un talento muy especial que le hará ir aumentando puestos entre los peculiares Fremen, quienes terminan bautizándole con otro nombre, el Muad´dib. El protagonista abrazará esa nueva identidad, liderándolos, junto con los supervivientes de su progenitor, comprendiendo muy pronto que aquello que despreciamos puede terminar convirtiéndose en aquello por lo que serás conocido. Empieza a gestarse un clima de fuerte jihad y de venganza contra sus adversarios.




El componente mesiánico tan claramente mostrado por los propios soliloquios mentales de Muad´dib y los agudísimos pasajes de su descendiente Irulan (El problema será cuando yo muera, afirma Paul para su interior, en una sensación de abismo que no costaría nada imaginar en Jesús, Mahoma, Buda o Moisés, entre otros), llevan a quienes se sumergen en la historia a comprender la increíble oleada que está a punto de desencadenarse.




La prosa de Herbert siembra un relato poderosísimo y oscuro, donde el papel de lo místico (la misteriosa Escuela de las Bene Gesseret a la que perteneció la madre del Muad´dib) y lo tecnológico (sobresaliente juego de los avances genéticos y conceptos sumamente interesantes en este hipotético futuro) se entrecruzan para acabar generando un auténtico clímax.
 
 
 
 
No se fíen de mi palabra y no vayan con la pretensión de leer una obra maestra, arqueen la ceja cuando algo no les convezca y no tengan rubor en censurar... acepten la apuesta de Herbert y traten de disfrutar de este rápido viaje en caravana, donde la más tierna sensibilidad y liderazgo conecta con colocar la cabeza de un líder enemigo en una pica.
 
 
 
" Probablemente no haya en nuestra vida un instante más terrible que aquel en que uno descubre que su padre es un hombre... hecho de carne humana" - por la Princesa Irulan, Frases escogida de Muad´dib.
 

domingo, 4 de noviembre de 2012

EL ROMPE-CABEZAS ETERNO

Hay quien imagina que cuando Pandora abrió aquella caja cegada por su curiosidad, todas las Furias y males salieron desatadas de una forma virulenta y absolutamente agresiva. No obstante, a veces subestimamos la capacidad de atracción de lo prohibido. El emperador Claudio imploraba en la novela de Robert Graves, que la ponzoña saliera a la superficie, pero no siempre brota como algo desagradable... sino revestida del atractivo de lo oculto y lo sutil. Sabes que te va a engañar, pero quieres que te engañe... como ocurre con Lauren Bacall en "El sueño eterno".
 
 
 
 
 
Rodada en la década de los 40, The Big Sleep es uno de esos ejemplos de falsos amigos de la censura. Nada en su metraje de casi dos horas, mojadas en pólvora y tabaco, muestra con claridad ninguna cosa subida de tono... pero eso también sucede con esa maravilla llamada "Un tranvía llamado deseo", donde, sin ninguna escena explícita, hay una sexualidad descarnada y pasional que inunda cada diálogo aparentemente inocente. Algo muy semejante acontece con este caso aparentemente simple pero que se va complicando al sagaz Philip Marlowe...
 
 
 
 
 
No obstante, a nadie se le puede escapar que la resolución del mismo importa poco menos que un centavo. Lo interesante de esta adaptación de la famosa novela de Raymond Chandler y dirigida por un clásico entre los clásicos, Howard Haws, no es el maldito caso, que maldita sea la gracia de seguirlo en sus trampas y apartados sin desarrollar, sino la fortísima inter-acción del detective con la adinerada familia corrompida que recurre a sus servicios y que incluye a dos retoñas casi en la frontera de que los griegos, con suavidad, llamaban "muchachas locas".

Marlowe no podía ser encarnado por otro intérprete que H. Bogart, el más ganador de todos los perdedores y el mejor perdedor de todos los triunfadores. Un hombre que de haberle gustado el fútbol tanto como el buen tabaco y el whisky fuerte, habría sido sufrido y devoto colchonero, un abogado de causas perdidas y el único e inimitable Rick en Casablanca (otra cinta que entra dentro de la categoría de películas más grandes que ellas mismas por la imagen mental que suponen para el colectivo). Durante toda su carrera, el tipo de la gabardina, como afirmó Woody Allen en "Sueños de un seductor", fue bajito y feo, pero, era tal su carisma tras aquella peculiar voz, que a nadie le costó imaginarle resolviendo entuertos y seduciendo a algunas de peores femmes fatales del cine negro.
 
 
 
 
 
Y es que Chandler ya jugaba con la idea  de que su protagonista solamente encontrase a las taxistas y bibliotecarias más atractivas de la Historia, lo menos seductor que encuentra Marlowe durante sus indagaciones sería el sueño de verano de muchos galanes un viernes por la noche. Pero no, tampoco quiere Haws poner el acento en la comedia romántica hiperbólica y el juego de seducción de él con ellas y ellas con él, "El sueño eterno" esconde mucho más y muestra poco menos que nada.
 
 
 
 
Inquietantes clientes que pagan a otros por beber, metáfora excelsa del complejo de voyeur de uno de los sospechosos, las drogas, orgías y perversiones de unos y otros, otros con unos y unas para todos... Ante un sistema que no permitiría que libertarios, chicas liberadas, homosexuales y otros herejes se paseasen por la querida ficción del idílico Hollywood, Haws presenta un laberinto del que no tiene ni el trazado ni la solución, pero sí la diversión y el pulso firme de un delicioso rodaje en blanco y negro.


Para una tarde lluviosa y sin nada mejor que hacer, no iría de mal sumergirse en aquella oficina cuando suena un teléfono... tal vez incluso distingan la silueta de una rubio platino tras el cristal donde se ha jurado que mañana quitará el nombre de su antiguo compañero detective disparado en extrañas circunstancias...
 
 
 
 
 
Y, es que hay pocas cosas más sexy que la curiosidad, como bien sabía una Pandora, quizás aburrida en un Olimpo lluvioso...

domingo, 28 de octubre de 2012

SALVADOS POR LA IGNORANCIA

Quizás alguno de ustedes no se haya enterado porque no ha sido muy publicitado... pero estamos en crisis. Económica, de valores, de confianza... El telediario se ha convertido en una sucesión de catástrofes, primas de riesgo y tiempo de espera hasta que llegue el espacio de los deportes. Dependiendo de la procedencia de la información, ya sabemos qué nos vamos a encontrar en el boletín
 
 
 
 
 
Paralelamente eso ocurría, uno de los guionistas del programa de Andreu Buenafuente y miembro de "El Terrat", empezaba a aparecer en las cámaras con el papel de "El Follonero", básicamente un toca-narices que simulando ser alguien del público, tenía un espacio metiéndose con el presentador. La idea funcionó más allá del cameo original que había pensado Corbacho y, pronto aquel individuo delgado, bajito y de espigada barba, fue un rostro reconocible, o, todo lo identificativo que se puede ser en ese oasis de los efímero en lo que se ha convertido la televisión.
 
 
 
 
 
Nadie hubiera apostado un céntimo porque cuando La Sexta dio carta libre para que "El Follonero" tuviera su propio espacio dominical, iba a dar los pasos necesarios para tornarse en uno de los periodistas más notables de los últimos tiempos a nivel nacional; uno, que si bien podía generar ampollas o adhesiones, generaba credibilidad. ¿Cuál es la diferencia de "Salvados" con respecto al resto de espacios informativos? ¿Está la piedra filosofal del éxito como reportero en ser un poco gamberro? 
Probablemente no. Más allá de la irreverencia y el rol de "Follonero", Évole ha estado muy lejos de empezar su show con grandes pretensiones. Su poca experiencia con la temática del ruego político y económico le llevó a hacerse a algunas preguntas interesantes. ¿Tengo alguna puñetera idea de qué significa la prima de riesgo o cómo funcionan las listas cerradas de los partidos políticos? Al responderse que no, se estaba poniendo al nivel que muchísimos de sus futuros espectadores y, una vez se ha asumido la ignorancia, es el primer paso para aprender.
 
 
 
 
Lo que llama la atención de "Salvados" es la forma tan directa de abordar las cosas y cómo no se da nada por supuesto. Si desde 2009 muchos nos hemos sentido leyendo un periódico como si hubiéramos comprado la trama de un thriller a partir de la página 1265 sin posibilidad de leer el principio, Évole y su equipo no han tenido miedo de poner notas a pie de página y explicar cosas que daba vergúenza preguntar entre tanto profeta de la verdad, pero eran muy necesarias.
 
 
 
Si en un principio, especialmente durante una campaña electoral, muchos protagonistas de sus reportajes tenían poco rubor en promocionarse a través de su micrófono, pensando que estaban ante un humorista relativamente secundario buscando sus minutillos de fama, pronto salieron de su error al verse comprometidos ante preguntas de verdad. Todo el mundo, independientemente de su ideología, desde Willy Toledo a Federico Jiménez Losantos han tenido su eco, pero se lo han tenido que ganar a base de verdadera artillería verbal.
 
Habrá quien piense que me estoy dejando llevar por el elogio y tendrá su parte de razón. No obstante, en el clima de tensión que se está viviendo en materia relativa a los intentos de independencia de Cataluña, resulta curioso que entre las proclamas más radicales de los extremos, haya sido este desarrapado charnego quien se haya ido hasta una cafetería para preguntarle en directo a sus habitantes qué piensan realmente... recogiendo informaciones de todo tipo. De la misma forma, Arthur Mas tuvo todo el tiempo del mundo de exponer su programa sin crispación... y de escuchar también que es muy curioso que haya resucitado esta oleada nacionalista en la coyuntura financiera actual y cómo no le viene nada mal ser ahora mismo la bandera del movimiento cuando, teniendo en cuenta su gestión anterior, este caballo de batalla podría evitarle perder votos en futuribles elecciones.
 
 
 
 
 
Ya sea en un "Walking on left" o metiéndose de tapado en un mitín del PP, más allá de las formas, quizás el éxito de "Salvados" (y será el inicio de su decadencia si algún día lo pierde), sea esa incapacidad de casarse con nadie, incluso a veces desmarcándose un poco de la dinámica imperante de su cadena para no tomar por imbécil a la audiencia... que simplemente son gente a la que le faltan datos que, si se les proporcionan, podrán encajarlos sin alarmismos. Básicamente, la fórmula sería, ¿Sabes lo que está pasando en Grecia y en Islandia? Yo tampoco, ¿te vienes a verlo?
 
 
 
 
Ahora, curiosamente, como siempre ocurre, la consternación se transforma en elogio y lo rebelde en clasicismo, vienen los premios y el reconocimiento de colegas de profesión. Eso no tiene nada de malo y, para muchos, serán justos laureles. Pero crucemos los dedos para que la tónica siga siendo la misma y Évole (que a pesar de su talento aún es muy joven y tiene camino por recorrer) y los suyos no cometan el error a renunciar a salvarse por la ignorancia...
 
 
Sigue siendo la única manera de aprender, sin pretender parecer el oráculo de Delfos de Wall Street...
 
 
 
 
 
ENLACE DE INTERÉS:
 
 

domingo, 21 de octubre de 2012

EL DESCANSO DEL GUERRERO

A la altura de 1938, el mundo estaba en vísperas de entrar en una serie de cambios, algunos de ellos terribles. A la Guerra Civil Española le faltaba apenas un año para llegar a su sangrienta resolución, mientras, en el resto de Europa, se respiraba un clima de tensión que ningún observador agudo podía ignorar como el preludio de una de las más terribles contiendas que jamás se produjeron. El siglo XX, que ya había vivido una Gran Guerra, iba a ser una época convulsa.
 
 
 
 
 
No obstante, mucho más agradable era pensar que también fue el año donde la revista Action Comics, mostraba que, contra las leyes de Newton, el hombre podía volar. De la imaginación de dos autores que se hicieron tan inmortales en el recuerdo como su creación, Jerry Siegel y Joe Shuster, aparecía un súper-hombre que había venido casi con un carácter mesiánico, para convertirse, junto con Batman, en el buque insignia de la compañía DC Cómics.
 
 
 
 
A lo largo de la trayectoria de tan lucrativo icono de Krypton (infinidad de colecciones, libros dedicados a su figura como uno de los puntales de una nueva mitología en las viñetas, video-juegos, películas, series de animación...), diferentes autores dejaron su impronta en el Hombre de Acero, un concepto que resultaba tan atractivo (especialmente en un público juvenil, como pueden imaginar... ¡un tipo que podía volar) como difícil de mantener (¿qué amenazas y vínculos personales podía colocar un guionista tratando con un personaje que, al igual que le ocurría a Homero con Aquiles, casi no presentaba ningún punto flaco?).
 
De cualquier modo, a veces se cruzan en el camino personas excepcionales que dan soluciones originales a problemas que se suponían imposibles; pero ellos muestran que la cuestión era buena, que el problema es nuestro por la forma de plantearlo. Alan Moore, un joven guionista británico, aterrizaba en la colección, con muchas ganas, como dijo Jorge Valdano sobre el fútbol de Cruyff, de parar el esférico mientras todo el mundo corría como pollo sin cabeza... para que empezasen de nuevo.
 
 
 
 
 
Corrían vientos de cambio en la compañía de DC, donde la tradición parecía imponerse a la lógica de los acontecimientos. La censura de los 60 y 70 había cortado mucho de la oscuridad inicial de sus personajes, como acontecía con los cuentos de los hermanos Grimm, mientras en sus rivales, especialmente Marvel, había una modernidad que había humanizado a aquellos ridículos uniformes y los había hecho tan atractivos para el público infantil como otro más crecidito y que había dejado los pantalones cortos. 
 
 
 
 
Moore, pese a ello, ha entrado en el mejor momento posible, de la mano especialmente de dos geniales creadores, Marv Wolfman y George Pérez, entre otros, han dado un salto de madurez a los iconos de la compañía. "Crisis en Tierras Infinitas" (comentada en una entrada previa de este blog), había marcado una pauta, un guante que Moore, que ya había dado algunas muestras de lo que posteriormente se traduciría en uno de los mejores guionistas de cómics-books de su época, aceptó ese reto y decidió embarcarse en una aventura que no sería olvidada por ninguna persona que alguna vez hubiera pensado en el tipo que podía volar y derretir aluminio con sus ojos.
 
 
Curt Swan, un excelente y sobrio dibujante, con la suficiente experiencia para afrontar los kilométricos y temibles argumentos del inglés, cuyo nivel de detallismo se haría legendario, se puso al frente, mientras en la editorial quedaba claro que antes de dar el paso a la Modernidad, el Superman más clásico de gafas como antídoto de curiosos, debía despedirse por todo lo alto. Julie Schwartz, cabeza rectora de la franquicia de Clark Kent y Lois Lane, tuvo varios conversaciones con Moore, quedando impresionado por el descaro del joven... lo suficientemente loco para ser un iconoclasta que no perdiera la esencia.
 
 
 
 
 
Con unos flashbacks elegantísimos, dignos de Mankiewicz, Moore situará al público en una extraña tesitura, el décimo aniversario de la muerte de Superman, quien, como los héroes griegos clásicos, había muerto en la flor de su juventud y dejando una estela de leyenda. Como acontecía en la maravillosa película de John Ford, "El hombre que mató a Liberty Valance", un joven reportero, en este caso del Daily Planet, hace una última entrevista a una retirada Lois Lane... quizás la única persona que sepa exactamente lo que pasó.
 
 
 
 
A partir de hay, solamente queda elogiar nuevamente la estupenda narración de Swan, un dibujante de altura para el ambicioso proyecto. Todos los seguidores del mítico héroe deberían conocer este relato... e incluso sus detractores podrían reconciliarse si le diera una oportunidad a esta pequeña joya...
 
 
ENLACES DE INTERÉS:
 

http://archivo-de-comics.blogspot.com.es/2008/11/superman-alan-moore.html

domingo, 14 de octubre de 2012

UNA BUENA ANÉCDOTA


En ocasiones, una buena anécdota puede valer para definir al personaje y su época. Este recurso del recuerdo a partir de un pequeño flashback donde un comentario o una actitud, muestra a la perfección la esencia de un protagonista, ya sea más o menos conocido, de los dominios de Clío. Andrew Roberts se pone el disfraz de moderno Plutarco para brindar un libro divulgativo sumamente ameno acerca de dos de las figuras más notables del siglo XIX, Napoleón Bonaparte y el Duque de Wellington.
 
 
 
 
 
Historiador británico de prestigio, Roberts parece haber encontrado acomodo en estas narraciones paralelas que se terminan entrecruzando, pudiendo citarse, entre otros trabajos del autor, una biografías doble de las relaciones mantenidas políticamente entre Winston Churchill y Adolf Hitler, sobre sus modelos de liderazgo. De idéntica forma, en sus amenas páginas, "Napoléon y Wellington", nos sumerge en la personalidad de dos estrategas que, pese a coincidir solamente en una batalla, Waterloo, encontramos en muchos momentos de sus azarosas vidas, instantes para reflexionar acerca del otro y sus aptitudes.
 
 
 
 
Cuando realizó su excelente trabajo sobre el cardenal Richelieu y el conde-duque de Olivares, John Elliott advertía que temía mucho provocar la sensación en sus lectores de que estaban asistiendo a un partido de tenis donde la bola pasaba de un lado a otro sin mucho sentido. Afortunadamente, en ambos casos, el orden temático y la agilidad de la prosa impide generar esa sensación de letargo, convirtiendo este tipo de estudio comparado en un muy agradable pasatiempo que puede ser abordado por un público especializado u otros que seamos más neófitos en la materia, pero nos atraiga igualmente.
 
Ciertamente, el gran atractivo de este tipo de comparaciones radica en la divergencia de los analizados. Nada hacía presagiar que Napoleón, el ciclón de Europa que tras la Revolución Francesa se irguió por su habilidad, inteligencia y ambición (en todos estos adjetivos se podría añadir la "coletilla" sin límites), acabaría jugándose su Imperio de Cien Días frente a un general cipayo a quien su propia madre llamaba bobalicón y que cualquiera con medio cerebro podía advertir que no tenía madera de soldado.
 
 
 
 
 
Con todo, como el propio Roberts admite, la caída de Bonaparte debe, en buena medida, achacarse al propio Empereur y su fatídica expedición a Rusia, que verdaderamente diezmó para siempre a su Grande Armée. En su plenitud, el marido de Josefina de Beauharnais proclamó que lo había conocido todo y solamente le restaba convertirse en un completo egoísta. Dicha profecía fue cumplida palmo por palmo y se tradujo en su final. Wellington, por su lado, tampoco merecería la calificación de persona amable.
 
 
 
 
 
Los dos militares podían ser terriblemente crueles cuando la ocasión lo requería o lo juzgaban divertido. Sus propios oficiales, algunos de ellos, amigos personales, sufrieron en sus carnes sus punzantes diatribas e incapacidad de admitir un error. La prensa de París se convirtió en un nido de mentiras, un panfleto que silenciaba el más mínimo revés de la Armada Imperial, mientras que tanto en España como en Waterloo, Wellington era capaz de alterar la verdad y silenciar heroicos comportamientos con tal de justificar su táctica y achacar la derrota a sus hombres. No ha sido hasta hace muy poco cuando la historiografía ha empezado a ponderar realmente el aporte prusiano y holandés en la derrota de Napoleón, ya que el Duque de Hierro logró mediante hábil propaganda vender un éxito colectivo como un éxito exclusivamente británico. 
 
 

Defectos mundanos que dan crédito a las agudas palabras de Conan Doyle para referirse al corso, leer una biografía de Napoleón es alterar momentos donde uno se ve conmovido por su grandeza con otros donde tiene la tentación de cerrar el tomo ante alguna barbaridad. Crisol de procesiones en su personalidad, auto-didacta absolutamente súper-dotado que con apenas pasada la veintena había leído mil veces más que muchos seres humanos en toda su vida, el vencedor de tantas batallas, aún sigue generando esa dualidad en la propia Francia, donde mientras algunos recuerdan la sangre que hizo verter, otros dicen que nunca se puede comercializar con la grandeza y que si dejó Francia más pequeña de la que encontró, a cambio le dio una fama que aún hoy se mantiene.
 
 
 
 
Las personas interesadas en aspectos bélicos, tácticos y logísticos, podrán disfrutar de varias secciones dedicadas a esos motivos y ver, como, hasta que cruzaron sus caminos, ni Wellington ni su Némesis tuvieron problemas en reconocer el talento del otro. Tras el choque, se dedicaron a envenenarse verbalmente. El rencor llegó con claridad desde Santa Elelna por el abatido titán, pero el victorioso Duque (que curiosamente ayudó a batir a un tirano para traer al Congreso de Viena, una vetusta institución que intentó por todos los medios detener los avances sociales que habían venido de la Galia), también siguió extrañamente interesado por conocer las opiniones de un hombre al que despreciaba y, en el fondo, le fascinaba. Incluso, a través de las antiguas amantes de "Buonaparte".
 
 
 
 
 
 
 
La dualidad presentada aún hoy sigue cautivando, como una deliciosa anécdota bien contada una tranquila tarde de domingo...

sábado, 6 de octubre de 2012

¿CÓMO NO TE VOY A QUERER? CIUDAD ETERNA

 
 
No sabemos la buena Fortuna que tenemos. Dentro de mucho tiempo, sonará raro haber gozado de ese privilegio, poder decir que, año tras año, podíamos acudir a un estreno de Woody Allen. Muchas obras que como "Match Point" alcanzarán la categoría de clásico, pero para nosotros han sido algo más, una novedad, esa agradable cita que bien puede darse en Constantinopla o, como es el caso del estreno que hoy nos ocupa, en Roma.
 
 
 
 
 
Si bien la magia gótica de Barcelona y las complejidades de la Ciudad Condal catalana escaparon al ojo clínico del genio de New York, de la misma forma que París, la vieja dama patricia ha caído rendida a los encantos del cineasta, quien se aleja de la deliciosa fantasía bohemia y burguesa de la Ciudad de las Luces, para hacer un verdadero y sincero homenaje a la gran comedia italiana coral, entrelazándose varias tramas tragicómicas en la cuna de los Césares.
 
 
 
 
 
Como viene siendo costumbre, todo es una excusa para una sucesión de diálogos absolutamente brillantes, con esas frases que, como atinadísimamente afirmó Carlos Boyero hace algunos años: "Piensas que ojalá se te hubiera ocurrido a ti, que alguna vez has pensado algo parecido. Pero no, se le ocurre a él". Además, los partidarios de que aparezca "el señor de las gafas", gozarán de que el propio Allen aparezca, interpretando a un suegro norteamericano preocupado por visitar a su sindicalista yerno... solamente para encontrarse con que el padre de éste es un Caruso silenciado en una funeraria. 
 
Buscando producto nacional, sobresale en el casting la presencia de Roberto Benigni, quien está hiperbólicamente divertido como un italiano normal y corriente, de opiniones usuales y cotidianas, que, de la noche a la mañana, termina convirtiéndose en todo un fenómeno televisivo de popularidad, algo que irá pasando de pesadilla a verdadero encanto, aunque vendría bien que algún honrado liberto de los que le acompañen, le murmuré al lado de su laurel: "Recuerda que eres mortal". 
 
 
 
 
Paralelamente, un joven matrimonio transalpino va a verse más tentado de la cuenta en su tibia situación, a través de varias manzanas del Paraíso...aunque tal vez dicha experiencia incluso pueda reforzarlos más. Sobresale la presencia entre bambalinas una Penélope Cruz sofíalorenizada. Si bien la maravillosa actriz que tantas alegrías dio al neorrealismo italiano (y a los ojos de generaciones y generaciones de caballeros y damas con buen gusto ante las creaciones de Afrodita) es inimitable, la intérprete española caracteriza con solvencia a una prostituta de buen corazón, muy al estilo de las que aparecían en "Matrimonio a la italiana".
 
 
 
 
En último lugar y, no por ello menos importante, un joven arquitecto californiano (Jesse Eisenberg, que tan maravilloso trabajo hizo en "La red social") va a vivir el clásico triángulo amoroso que ya vimos en "Y todo lo demás" o "Délitos y faltas), donde muchas cosas se pondrán a prueba. En el camino, el atribulado turista encontrará la labor mentora de un veterano Alec Baldwin, que da la agradable sensación de bordarlo sin apretar en ningún momento el acelerador.
 
 
Indudablemente, en muchos casos, trucos ya vistos en el sombrero de este hechicero, pese a ello, como es costumbre y salvo escasas excepciones (el mejor escribano tiene un borrón y a buen seguro Mary Renault habrá tenido algún día mirando una página en blanco sin saber qué poner), el cine de este director se va viendo revestido de una empatía increíble, una fluidez entre tierna y divertida, con más aristas de las que parecen...
 
 
 
"To Rome with love", más que probablemente, no va a ocupar el lugar en el escalón que tiene esa maravilla que se llama "Midnight in Paris", absoluta debilidad personal que no tiene por qué compartir. Está muy bien hecha, con mucho estilo, pero es un poquito, si permiten la ingratitud (siempre lo somos con quienes nos acostumbran a alegrías), más de lo mismos... Y, algún día, cuando Cronos haga lo que tenga que hacer con el creador de "Annie Hall", biografías y polémicas personales al margen, nos daremos cuenta de lo increíble e irrepetible que es su filmografía.
 
 
 
 
Ahora que lo pienso, dejando de hablar por un momento de la película, que recomiendo encarecidamente, no he dicho nada de Roma (pongan el nombre al revés). Quizás, haciendo un plagio de una frase NBA que es imprescindible coger para entenderla en su subjetivismo, baste decir, por seguir con nuestra comparativa de las dos últimas piezas Allenescas, que, París, al igual que Viena, New York y esas otras absolutas joyas mundiales, es la ciudad más preparada, preparada... que puedas encontrarte.
 
 
 
Y sin embargo, a este pobre peregrino en Amarcord... la que le enamora es Roma. Y ahora va el c... de Woody Allen y le escribe la carta que yo le hubiera querido mandar hace años.
 
 



Es lo que hay, ¿cómo no la vamos a querer? Ciudad Eterna, ese apodo se gana por algo.