domingo, 22 de mayo de 2011

LOS EXCESOS DE UN GENIO




No parece probable la unanimidad. Hoy en día, el modo de saber si alguien es popular o no, es comprobar que su legión de enemigos es tan grande como la de sus admiradores. Por este parámetro, Quentin Tarantino debe ser reconocido como genio del arte cinematográfico sin duda.




Juan M. Corral conseguía que la editorial Dolmen le financiase su ambicioso proyecto de realizar la primera biografía en castellano sólida de dicho director. Un niño precoz de madre adolescente que se crió básicamente alrededor de una televisión y después, aprovechando su empleo en un videoclub para analizar por qué algunos lo hacían bien y por qué otros mal en sus cintas.



Después, a partir de Reservoir Dogs, una montaña rusa donde la cantidad está reñida con la calidad. Pocos autores han tardado tan escaso tiempo en consagrarse, en provocar que sus estrenos sean un evento social donde no cabe la posibilidad de un fracaso en taquilla. El libro plantea un buen contexto del personaje, aunque en el futuro necesitará una actualización, ya que su primera edición es del 2005 y hay varios obras (especialmente, Malditos Bastardos) que merecerían ser incorporadas en su análisis. También se abordan sus colaboraciones con individuos tan peculiares como Robert Rodríguez, un cineasta de ideas muy interesantes, no siempre bien llevadas a las prácticas, pero que tiene la desgracia de convivir con un clon suyo mejorado y que sabe narrar mejor las historias.




El ritmo del libro es ameno y sus capítulos están perfectamente estructurados, especialmente agudas sus reflexiones sobre las fuentes de las que ha bebido el creador de Pulp Fiction (que en ocasiones rayarían en la brumosa frontera con el plagio). Como fuere, también hay un cierto tono relajado en la personalista redacción que puede ir en menoscabo del rigor que nos merezcan algunas de sus consideraciones. Especialmente las pequeñas fichas que hace de algunos de los actores y actrices que han trabajado en sus filmes, reducir trayectorias tan brillantes como las de Robert de Niro, Steve Buscemi y cía, a varios chismes y consideraciones excesivamente "hards", no parece de recibo, así como algún comentario subido de tono.




Uno verdaderamente duda de que en este caso el autor de la biografía esté, como en ocasiones sucede, "enamorado" de la figura sobre la que trabaja, o por lo menos eso se desprende de su forma de despotricar sobre algunas de las supuestas virtudes del artista. Si bien hay momentos donde mete el dedo en la llaga con coherencia (especialmente haciendo un equitativo reparto en el guión de Pulp Fiction, probablemente la obra que le catapultó), en otras ocasiones parece que él está tan dispuesto a ser el enfant terrible de Tarantino como su protagonista lo ha sido con la manera de concebir el cine.




Se lee con agrado y verdaderamente, hay un fuerte conocimiento de causa a la hora de describir con inteligencia los movimientos de cámara y otra terminología técnica, pero uno tiene la sensación de que no se ha logrado la suficiente armonía entre objetividad y subjetividad, quedando algunas páginas viscerales hasta el extremo donde valoraciones muy personales se mezclan con las profesionales. No en vano durante la promoción de su trabajo, el propio Corral admitió que se sentía más atraído por los aspectos extra-cinematográficos que por su labor como director.





La opinión que cada uno tenga de Quentin Tarantino y su talento, o no, a la hora de llevar historias a la pantalla, no variaría mucho de su lectura, pero tal vez descubra varios aspectos que le sorprendan. Como que su irregular formación le lleva a ser un ávido lector, pero que redactando puede cometer algunos errores impropios de un guionista de su nivel, por adolecer de algunas enseñanzas muy básicas de su frustrada etapa como estudiante. De la misma forma, vemos como en ocasiones, aunque pueda haber fantasma de exceso de amor por ideas ajenas, Tarantino tiene un don muy especial para coger ideas que podrían parecer muy malas o espantosamente llevadas a la práctica, tornándolas en espectaculares. Asimismo, él tampoco parece haber tenido ningún problema en admitir de dónde se ha sacado algunas de sus ocurrencia y ama verdaderamente muchas de estas obras de serie Z que veía.




Quentin Tarantino es la clase de persona que si puede ver "Ciudadano Kane" o "Balada triste de trompeta", se meterá primero en la segunda, pero pedirá una copia de la primera para disfrutarla en casa. Un niño díscolo, un malcriado de la vida, un tipo con verdadero talento, heterodoxo, hipócrita, genial... Pero, alguien que respira cine por los cuatro costados. Amante de que los pistoleros hablen de sus cosas antes de ir a cargarse a alguien, un pervertido de los planos de los pies de sus musas (su relación de amor-odio con Uma Thurman, indudablemente su actriz predilecta), alguien con chispa, el creador de "Malditos Bastardos" y asimismo de "Death Proof", o le amas o lo odias...



Y, la verdad, siendo sinceros, qué placer tan grande es que te paguen por un trabajo por el que tú verdaderamente darías dinero por hacer.

domingo, 15 de mayo de 2011

EL HIJO DE FILIPO Y OLIMPIA


"La gente ya dice que Filipo fue un gran general...pero Alejandro es simplemente grande". La frase es pronunciada con acento marcadamente irlandés por Val Kilmer en la película de Oliver Stone "Alejandro Magno", en una de sus secuencias más interesantes enfre el fiero monarca Filipo II y el más destacado de sus hijos, el príncipe Alejandro, futuro conquistador de Asia y a lo largo de los siglos, reconocido por el mundo como uno de los más colosales conquistadores de la Historia.




No obstante, hay muchos problemas a la hora de abordar esta pasional biografía, no es que desentone para nada un elegante Anthony Hopkins como un envejecido Ptolomeo (amigo de infancia, general y después el más destacado sucesor de El Magno en Egipto), que repasa sus días cabalgando con el hombre que ya en aquella época, era saludado como algo muy cercano a un dios por sus camaradas.




Con todo, también ya en quellos tiempos existía otra corriente, especialmente en el mundo heleno, que lo señalaba como un tirano despótico que con su maquinaria militar había pisoteado los reinos enjoyados de la tierra como un personaje de R.E.Howard. Todas y ninguna de esas personas eran el verdadero Alejandro, encarnado en esta cinta por Colin Farrell, de quien hablaremos más adelante. El primer error que puede tener la obra de Stone, director muy polémico pero motivos extra-cinematográficos, pero de gran calidad, puede ser que Alejandro, pese al notable inconveniente de haber muerto en la flor de la vida, podría llenar sin problemas una saga de 3 pelis a tres horas y media la misma (y no exagera).




La obra empieza francamente bien, explotando con mano maestra la turbulenta infancia del futuro rey. De la mano de una madre terriblemente afectuosa pero dañina (Angelina Jolie), Alejandro vive dividido en sus afectos, pues ella, Olimpia, odia profundamente a su esposo Filipo II (un gran Val Kilmer, uno de los mejores papeles de su carrera).




Olimpia era una mujer formidable, demasiado para sus propios intereses, los mitos de que descendía de la estirpe creada por el heroico Aquiles y su cautiva troyana Andrómaca, esposa del gran Héctor, domador de caballos, eran para ella totalmente reales, una superioridad casi divina que trasladó a su hijo, que terminaría siendo saludado como hijo de Zeus por el oráculo egipcio de Siwah.



Filipo, por el contrario, era un ser absolutamente terrenal. Lo cual no quitaba que haya sido uno de los discípulos más aventajados del gran tebano Epanimondas, un general soberbio, un soldado valeroso hasta el punto de perder un ojo en batalla y alguien que comprende que un soberano debe de ser capaz de herir a quienes más ama. La escena de un Filipo envejecido por su cargo, llevando a su hijo a esa cueva atemporal donde se refleja lo efímero de la gloria y castigos terribles como los de Prometeo y Edipo, muestran una calidad que desafortunadamente no se mantienen a lo largo de toda la narración, con muchas irregularidades.



Es probable que de haber tenido más tiempo o haberlo planteado como la ya citada trilogía, hubiéramos podido estar más en ese crual momento de la vida del discípulo de Aristóteles. Sorprende la calidad y renombre de algunos secundarios, todo un Briand Blessed para hacer de uno de los entrenadores de la lucha de los jóvenes nobles macedonios, donde ya intuimos que Alejandro empieza a sentir una fuerte atracción por su íntimo amigo Hefestión. Esta manera de mostrar ese idilio por parte de Stone le aleja de la tradición Hollywoodiense que estima impensable que un protagonista pueda ser homosexual, pregunten en "Troya" sobre la opción de haber mostrado a un Brad Pitt un poco más femenino, lo que hubiera provocado un shock nervioso de las quinceañeras de todo el globo.




Con un segundo acto muy intenso, donde se debe reconocer que los armamentos y vestuarios de la época son más que aceptables, vemos la faceta más militar del monarca que jamás perdió ninguna batalla campal donde participó. Bien es cierto que para ello contaba con el formidable ejército de su padre y con un Estado Mayor sin comparación en el mundo antiguo, que incluía a luminarias como Parmenio, Clito El Negro, Pérdicas, Antígono El Tuerto etc. Por motivos de espacio, podemos pensar que Stone y su equipo de asesores tuvieron que prescindir de aspectos tan vitales como la primera fase de la guerra contra Memnón de Rodas (probablemente el único comandante a las órdenes de las persas que mostró estar a la altura de su genial enemigo) o alterar algunos aspectos del triunvirato Gránico-Isos-Gaugamela (focalizado todo en la tercera).




Escenas como la entrada en Babilonia justifican la entrada sobradamente. Las mujeres que pasaron por la vida de Alejandro (salvando su visceral e insana con Olimpia), son resumidas en una sola, con una espectacular Rosario Dawson como Roxana. El gran problema de este tipo de proyectos épicos es que la realidad histórica suele tener muchísimos más personajes relevantes de los que ninguna obra de ficción querría permitirse o juzgaría necesarias para funcionar. Un curioso juego es que personajes como Filipo o Parmenio son interpretados por irlandeses, mientras que los griegos sofisticados son británicos. Asimismo, el arribista Átalo que mete en la cama de Filipo a su hija, es interpretado por el mismo y buen actor que hace lo mismo como Bolena en la serie de Los Tudor.




Farrell tiene algunos problemas que escapan a su control, especialmente en las escenas de primera madurez con Olimpia, ya que Angelina no da la sensación de ser más vieja que él. Esos detalles aparte, da una interpretación peculiar, original, alejada de los cánones, creo que verdaderamente hace un buen cometido, aunque sigue faltándome algo para creer que estoy ante ese gran personaje. Pero eso puede ser deformación profesional.




Stone parece poner su toque más personal en la faceta soñadora tipo JFK de Alejandro, explotando su manera de superar los prejuicios (que en aquellos días tenía gente del gran talento de Aristóteles) contra los supuestos bárbaros persas. Verdaderamente, Alejandro es planteado en la película como la persona más libre de un mundo en llamas.



En definitiva, una cinta muy, muy curiosa. Alterna pasajes poco inspirados con escenas de verdadera calidad de drama griego, interpretaciones con mayúsculas junto con personajes poco inspirados o con escasos minutos...



Este proyecto de Oliver Stone bien puede ser considerado un fracaso, pero en su época, este fracaso se alzó por encima de muchos éxitos de taquilla de aquella época ya olvidados.

domingo, 8 de mayo de 2011

THE WIRE: SEGUNDA TEMPORADA





Recientemente he podido acabar de ver la segunda temporada de "The Wire" (los interesados/as en la primera temporada pueden encontrar una reseña de la misma en este blog). Como era de esperar, este producto de la HBO sigue sin dejar indiferente, pese a que han pasado algunos años, la realidad de Baltimore sigue siendo un programa más que solvente, de mucha calidad.




A través del personaje de McNulty, degradado a servir como guardia costero tras la primera temporada por sus ariscos superiores, los guionistas de la premiada serie se sirven del hecho para seguir con su rompe-cabezas de mostrar en mosaico la realidad de una ciudad. Pero no, aunque uno no sea de Baltimore, o ni siquiera de Estados Unidos, los valores que muestran son universales.



En primer lugar hay que prevenir que, pese a las críticas que tanto la alaban, no estamos ante un producto televisivo de fácil consumo. Igual que ocurre con otra grande entre los grandes, Los Soprano, The Wire (Bajo Escucha) tiene un formato cinematográfico que hace que cada uno de los episodios sea una pequeña película de una hora. Además, el brusco arranque casi nos invita a pensar que la segunda temporada tiene muy poco que ver con la primera, más allá de los protagonistas, aunque afortunadamente no es así. Por ende, ver esta serie suele ser productivo a pequeñas dosis y cuando de verdad se encuentra una buena franja de tiempo libre para paladearla.





Un avispado amigo de olfato ya me dijo cuando me recomendaba ver esta serie que algún día cuando se intentase explicar algo de antropología en los Estados Unidos, ver algún momento de The Wire servirá como buena muestra del panorama.




Su capacidad de mostrar cosas muy realistas juega su favor. Se mete muy bien en el día a día de los camellos y los delincuentes de poca monta, presentándolos como personas de carne y hueso, en muchos casos más morales que otros de la serie. También lanza finos daros a los estamentos policiales, no precisamente a los que patrullan y se dejan en más de una ocasión los cuernos a riesgo de su propio cuello, sino con los tenientes, fiscales del distrito y otras hierbas que tienen un gran temor al período electoral y buscan evitar cosas polémicas que les cuesten abandonar sus nalgas de los sillas del poder.




El componente étnico de los muelles trae el añadido de los inmigrantes, griegos, polacos (3 polacos, seis opiniones) y la labor de los sindicatos, muchas veces alejada de su propósito inicial. La sinceridad brutal de los planteamientos es digna de alabanza, así como la fuerte documentación que hay detrás de cada insinuación, de cada queja... The Wire no es un panfleto, es una precisa radiografía sin colores blancos o negros, simplemente el gris es omnipresente, como la vida misma. Las actuaciones son de un nivel muy alto, tanto en principales como secundarios.


Los interesados en esta temática no deben dejar de leer el siguiente artículo "The Wire: todo lo contrario de una serie policial", en el blog de Hernán Casciari, que resume con mano maestra lo que es la esencia de espectáculo. Como escribió Umberto Eco sobre un gran cómic, suspirando ya por la tercera temporada que te haga retornar a ese micro-cosmos policial... Y por supuesto, aprovechar para contárselo, que fue siempre el bojetivo de este blog.

domingo, 1 de mayo de 2011

RELATOS DE ASGARD




Ahora que hemos descubierto que Thor (¡afortunado asgardiano, pues!) está casado con Elsa Pataky y aparece en Facebook, no estaría de más, volver la vista atrás a las raíces, en concreto a una mini-colección muy especial llamada "Tales of Asgard". En verdad, la andadura del hijo de Odín en las viñetas es una de las más singulares.




Corría la década de los 60 del siglo pasado cuando dos nombres propios, Stan Lee y Jack Kirby, revolucionaban el medio, creando lo que los estudiosos de la época, llamaron la Edad de Plata. Los 4 Fantásticos, Spiderman (éste con el genial Steve Ditko), La Patrulla X... Stan, un tipo singular y con una fértil imaginación, empezó a pensar que la creación de personajes se le daba bien y quiso ir un paso más lejos.




En concreto, hacer un cómic de dios... pero un dios como era concebido en la mitología. Si los anteriores tenían habilidades especiales provenientes de medios tan románticos como la energía del átomo, la Guerra Fría o arañas traviesas, éste vendría de tiempos más brumosos y ocultos, alterando todo a su paso, como diría Robert E. Howard, dispuesto a pisotear con sus sandalias los reinos dorados que se cruzaban a su paso. El elegido fue la deidad nórdica del trueno, Thor, aunque el concepto perdió mucha fuerza. Salvo el elemento del mazo de Uru, Thor no dejaba de ser un tipo preocupado por su identidad secreta y con excelsos poderes que lo alejaban del resto de los mortales, pero no más que cualquiera de los otros héroes de Marvel.





No obstante, tras unos complicados inicios en ventas, Lee se dio cuenta de que con un dibujante de la capacidad narrativa de Kirby y el fecundo abanico que daban las propias leyendas, era una pena no jugar más con aquel elemento de fantasía arcana. Conforme avanzarán los años, Thor se mediría tanto con villanos típicos de la época como con criaturas sacadas de la mismísima Asgard.




Del mismo modo, se percataron de que los lectores/as sabían muy poco más allá de una lectura superficial, de lo que había detrás del origen del protagonista de caballos dorados. Lee decidió colocar como suplemento de la revista relatos de cinco carillas donde darían su particular visión de cómo surgió todo... desde los helados dominios de Ymir hasta el fuego omnipresente de Surtur.



El resultado fue una pequeña joya, varias veces recopilada al castellano, en formato Biblioteca Marvel en blanco y negro y más recientemente a color. Figuras como Odín, cobraron una verdadera dimensión y así muchos otros elementos que crearon un universo interno muy rico. Kirby merece buena parte del crédito de aquella concepción homérica a la hora de crear a los personajes. El Reino Dorado, permanentemente amenazado por hechiceras, gigantes, conspiradores, trolls... Siempre victoriosa, hasta que el temido día del Ragnarok, la serpiente se enrrosque definitivamente sobre el Puente del Arco Iris guardado por Heimdall.






Ayudó en aquella labor Vince Colletta, entintador veterano de la compañía. Todo el mundo sabía que los mejores días de Colletta en la industria habían pasado, pero una muy buena relación le unía a Stan Lee, quien además era consciente de que su antiguo camarada vivía apuros económicos, por lo que presionó mucho para que siguiera teniendo trabajo. Como Raimon Fonseca afirmó, parece que en aquellas cinco carillas mensuales, mucho más digeribles que los mastodónticos encargos de las otras colecciones de la editorial, el malogrado Colletta volcó de nuevo energías y resucitó su talento.





Hablando de resurrección, es imposible no tomar en consideración la fascinante recreación de Hela por parte de Kirby. La dueña del Valhalla es presentada sin tapujos como una fría y verdadera señora de la muerte, inexorable incluso con los más bravos a la hora de reclutar nuevas almas a su feudo. Invencible en su territorio como el propio Odín lo puede ser en Asgard, pero con una extraña ética y un sentido del humor muy particular, pero existente.





A nivel de diálogos, Stan Lee, que es indudablemente uno de los mejores creadores que ha conocido el medio y que además es probablemente una de esas personas que parecen haber sido forjadas en la más dura fragua de los enanos para endurecer su talento para la autopromoción, pareció darse cuenta de que su verbórrea (en ocasiones cursi, pero una verdadera revolución para una época donde los héroes míticos de DC parecían acartonados) debía tener un giro de 180 grados al hablar del sueño de Odín.




Así se ha dicho que en ocasiones, Thor emplea un lenguaje formal, atávico, un extraño híbrido entre la fluidez elegantísima de las obras de Shakespeare y la simpe cursilería. El efecto es muy curioso y muy similar al que el propio Bardo provocó para la antigua Roma. A buen seguro, los bardos nunca cantaron al señor de las tormentas hablando de dicha manera, pero encaja muy bien y ameniza la epicidad de muchos de sus pasajes.




Con corte muy digno de Alejandro Dumas, Thor recibió mosqueteros particulares para auxiliarle en sus adanzas. El espadachín Fandral, el voluminoso Volstagg (de asombroso parecido con Falstagg y El Miles Gloriousus), el torvo Hogún o Balder El Bravo se suceden por las páginas. Desgraciadamente, no sería con el tiempo hasta que los cómics se dieran cuenta del potencial de las deidades femeninas, no como mero elemento de rescate y seducción. Con la notable excepción de Hela, en Tales of Asgard se echan en falta más contrapartidas femeninas.




Sorprendidos de la buena acogida que en las cartas de los aficionados encontraban aquellos relatos, Lee y Kirby decidieron hacer cada vez más feluidos continuarás, creando varias sagas. Las fuentes no siempre eran especialmente vikingas, hay mucho de las Mil y una noches en los relatos, así como de La Odisea, pero en verdad, son muy entretenidas y especialmente para un público juvenil, son una verdadera delicia. Elemento que si está muy bien presentado es la figura de Loki, hermanastro de Thor y dios de la mentira y el engaño. En Tales of Asgard se mostró su nacimiento y, tiempo después, Roy Thomas, discípulo aventajado de Stan Lee, los manejó a ambos de una manera extraordinaria en su particular versión de la mítica guerra de Troya, incluyendo el más inesperado de los finales, poniendo de relieve las semejanzas del Loki de Stan Lee con el Ulises de Homero.




En definitiva, un personaje digno de ser empuñado por los autores... siempre que sean dignos y puros de corazón e ideas a la hora de narra las desventuras de dioses y hombres.

jueves, 21 de abril de 2011

CÓMO ACABAR CON LA CULTURA




Durante su vejez, Groucho Marx, uno de esos genios del humor de los que se cuentan con los dedos de una mano, reconoció que uno de los pocos que le seguían haciendo reír por aquel entonces era un chico de gafas y aspecto apocado, llamado Woody Allen.




Monologuista, guionista, escritor, actor y, finalmente, uno de los directores más reputados de la actualidad, tal vez más de uno no recuerde que a la altura de 1974 sacó un librito entrañable y rápido de leer, con el sugerente título de "Cómo acabar de una vez por todas con la cultura". Y aunque nunca hemos necesitado mucha ayuda para eso, Woody nos invita a hacerlo con gracia y sentido del humor.





Con pequeños capítulos como "¡Un poco más alto, por favor!" Allen ridiculiza todo lo habido y por haber en el campo de lo artístico, en este caso, los espectáculos de mismos. Desternillantes situaciones y párrafos cargados de ingenio, en una obra que como ya decimos, es muy ligera y agradable de leer.



Probablemente, de tener que quedarnos con una de las críticas más corrosivas, yo salvaría "¡Viva Vargas!", donde saca punta de las revoluciones latinoamericanas. Muy en consonancia con "Bananas", se trata de una reducción al absurdo no tan absurda donde verdaderamente, el ritmo narrativo coge una velocidad digna de elogio. Allen no da un respiro y la agilidad pasando las páginas y la pequeña extensión de los episodios ayuda, la verdad sea dicha.




Mafia, el conde Drácula, listas de la compra, biografías clásicas de personajes históricos... Poco escapa al ojo clínico y ácido del brillante judío e incidimos en este hecho, porque la cultura rabínica es fundamental en este hombre, aunque ahora sea un ateo renegado (célebre es su frase: No sé si Dios existe, pero sí existe, espero que tenga una buena excusa), ha bebido mucho de ese mundo. Sin ir más lejos, hay que recordar en este libro las brillantes enseñanzas de un rabino cuestionado por un discípulo acerca de quién fue más importante, Moisés o Abrham. Como el propio Allen afirma, era una pregunta muy difícil, más para aquel hombre que en verdad, nunca había leído la Biblia y su principal afición era dormir panza arriba.




Generalmente nos inunda la sensación de que el drama trágico es superior a la comedia. La carcajada parece una amante menos complicada que la lágrima, no obstante, talentos como el de este humorista nos recuerdan lo complejo de lograr llegar a este nivel de complicidad casi utópica, risotada, reflexión, vuelta a la risotada y, de paso, reírse de muchos de los convencionalismos.




Buf, caray, ahora que lo pienso, me estoy convirtiendo en uno de esos petardos que tanto se critician en este libro, si es que alguna vez deje de serlo. Simplemente lean, disfruten viendo como un tipo normal y corriente, con gafas y las mismas frustraciones espirituales, morales, sexuales y de aparcamiento que nosotros, le pinta la cara y bigotes a luminarias como Marx, Freud, Bergman o Stein....



Si algún día quiere llevar a cabo sus malvados propósitos, deberá empezar por dispararse a sí mismo... porque a fin de cuentas, Woody Allen sí que es cultura.

domingo, 10 de abril de 2011

ACERCA DE LAS DERROTAS COTIDIANAS


Siete amigos. Ningún talento. No es una mala premisa para iniciar una comedia y, desde luego, David Serrano tuvo la buena fortuna de contar con un reparto estupendo con el que está muy compenetrado y ha realizado muchos trabajos.




La historia coral de un grupo de treinteañeros de barrio que en mayor o menor media han madurado muy poco. Aunque parece que los vientos cambian y Antonio, el más golfo de todos, parece sentar la cabeza tras haber estado entre rejas por sus problemas de agresividad. De hecho, como no hay peor inquisidor que el converso, su reciente éxito con la terapia le lleva a psicoanalizar a sus antiguos amigos, encontrando un denominador común:están muy insatisfechos en su día a día.





Antonio no es otro que un Ernesto Alterio impecable en su rol de supuestamente reformado truhán que en realidad, ha cambiado muy poco. Cual personaje ibañezco, sus buenas intenciones van sembrando el caos, especialmente con Jorge (Alberto San Juan), que acaba de sufrir una dolorosa ruptura con una de las hermanas de Antonio (es lo que tiene vivir en el mismo barrio, el mundo es un pañuelo al parecer). Sin saber muy bien por qué, entre todos, llegan a la extraña conclusión de que deben resucitar su antiguo equipo de fútbol 7, con el que ganaron un torneo siendo unos críos. Aquel breve pero feliz instante puede ser una piedra de toque para mejorar tan tristes panoramas que van desde el eterno opositor al policía con ínfulas de canta-autor.


Lástima que los años perdonen y muchos ahoran tengan verdaderas patas de palo y alternen paliza tras paliza. Los poco seguidores al balompié no tienen porque preocuparse, las secuencias en arenales son absolutamente ibañezcas, con la exageración como credo y si dudan, piensan que su fichaje en el mercado de invierno es Sérafín... interpretado por el cordobés Fernando Tejero, desde luego, no el actor más puro del mundo en cuanto a estilo, pero capaz de simpatía en todos y cada uno de sus diálogos.




La película es bastante honesta con su simpleza y esa falta de ínfulas le otorga un fuerte encanto. Plasma especialmente bien los momentos más cotidianos, esas tertulias en terrazas de bares cuando alguien pide al camarero que conoce de toda la vida otra ronda con tapa y esa extraña camaradería que surge de verdaderas tonterías como bien puede ser pegarle patadas a una pelota para meterla entre tres palos y evitar que te la cuelen a ti. Si Serrano había tenido un fuerte pelotazo con "El otro lado de la cama", en su debut como director volvió a meterse a la audiencia en el bolsillo, lástima que en el siguiente intento, "Días de cine", la fórmula empezase a caducar.


Probablemente un problema que sí que tengamos en nuestra industria cinematográfica a la hora de acercanos a la comedia, sea el pecar por exceso. Dos horas es demasiado tiempo, no por falta de gracia, pero se puede preguntar a cualquier de los grandes guionistas, incluyendo Billy Wilder, para saber que a partir de la hora larga, incluso los buenos chistes pierden fluidez.



Con esto no quiere uno negarle las cotas de calidad que si tiene la cinta. Por ejemplo, el personaje de Roberto Álamo, aparentemente el borde del grupo sin más, hasta que se va profundizando más en su dá a día, demostrando que Serrano tiene buena mano con los guiones, aunque en este caso, tal vez porque este desporte en concreto parece tradicionalmente (con excepciones, verdaderamente) orientado a lo masculino, la composición de los personajes femeninos es muy inferior al de los masculinos.




María Esteve sin ir más lejos tiene una papeleta muy complicada, precisamente como la mujer del personaje de Roberto Álamo, un ángel del hogar al estilo doña Inés e inexplicablemente enamorada de su taciturno marido, aunque el talento del actriz salva situaciones que si no, parecería inverosímiles. No podemos decir lo mismo en el caso del prototipo de la esposa dominante, una Nathalie Poza obligada a ser absolutamente desagradable y sin duda el personaje que uno más odia mientras transcurre la cinta; por su parte, Natalia Verbeke desarrolla belleza y simpatía, pero su aniñada Violeta no deja de ser una quinceañera indecisa en cuerpo de treinteañera.





Eso sí, el reparto es de altura, incluso en parcelas mínimas como el cameo de "Willy" Toledo o el siempre eficaz Diego Martín. Una simpática comedia para divertirse, aunque con más miga de la que parece a simple vista, aunque quizás con un final más costumbrista de lo que cabría esperar. Y es que quizás uno de los males que últimamente se está instaurando en este género, una actitud, por seguir el símil futbolístico, apegada a la defensa a la italiana antes que la ofensiva brasileña.




Pero en cualquier caso, el año que viene nos volveremos a apuntar a Liga con nuestros colegas... aún a costa de que nos mojen de tanto en cuando la oreja y tengamos problemas de autocontrol como le pasa al bueno de Alterio.

domingo, 3 de abril de 2011

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Seamos sinceros, a veces no nos lo creemos. ¿Cuántas veces hemos mirando con recelo al jugador de la cantera y despilfarrado sin conocer por la estrella foránea de vistoso apellido?




Es triste pero es así, siempre ha sido complicado ser profeta en la propia tierra a la que uno pertenece. Pero no, aunque podamos (y es bueno que así sea) admirar lo que viene de fuera, pero a veces hay que mirar con iguales ojos benignos el legado interno.



Porque Fernando Fernán Gómez, más allá de declaraciones desafortunadas ante cierto medio de comunicación, fue una trayectoria artística brillante. Excelente actor, de peculiar método, tampoco fue ninguna decepción cuando se colocó como director y tenía una pluma que fluía con facilidad, en varios medios literarios, por cierto. Y cuando creó "El Pícaro" (1974), trató de crear un precedente que desafortunadamente no tuvo la continuidad merecida. Aunque no estemos ante un monstruo de la calidad casi apabullante de "Yo, Claudio", las desventuras de Lucas Trapaza fueron una andanza televisiva de las bien llamadas curiosas.



Junto con Pedro Beltrán y Emmanuela Beltrán, se dedicó a escribir un compendio. El objetivo era que si un espectador nunca hubiera sabido nada del género picaresco, simplemente viendo los 13 episodios, pudiera tener una idea aproximada y afortunada de qué era exactamente ese estereotipo. Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Vicente Espinel, Le Sage, autores anónimos... Todos ellos desfilan ante nuestros ojos en la ciudad de Segovia donde se rodó.




Sorprende que ni siquiera en su peculiar opening, se mencione "El Lazarillo" o "La pícara Justina" (aunque ésta, hasta las curiosas re-lecturas de Francisco Márquez Villanueva, no pasaba de ser una obra destacada únicamente por su riqueza de léxico), aunque tal vez fuera por no incidir en lo evidente. Pues bien, por diferentes lugares y conociendo a muy diversos granujas y oficios (desde la organizada hampa de la Sevilla que era puerta de Indias hasta ser pinche de un noble obispo en Italia), que pronto se confudió el mapa del Imperio Habsburgo con el de la picardía.


Sí, hay un defecto, que va más allá de las siempre perdonables carencias técnicas de la época. Hay ciertos episodios, que tienen un marcado acento cervantino que no llegan a funcionar.



A simple vista esto puede parecer una especie de blasfemia, ¿qué tiene de malo que una serie de televisión se nutra de uno de los mejores escritores del Siglo de Oro? Pues porque una de las cosas en las que emula al genial autor de "El Quijote", es esos breves pasajes donde el hidalgo y Sancho viven acontecimientos esperpénticos, "de cómo llegaron a tal sitio y les pasó tal cosa". Es magia de salón y molinos de viento afectan al realismo de otras tramas y le da un aire burlesco que estorba al real y brillante cinismo de otros capítulos.




Por ejemplo, en el segundo instante de sus peripecias, hay un momento que verdaderamente roza el talento con mayúsculas. Nosotros, como espectadores, somos los ojos de un gran señor que ha venido a su villa donde todos tienen que hacerle entretenimiento por su reciente nombramiento cortesano. Quien más le divierte es un destrozado Lucas Trapaza, que bufonescamente recurre a flashback donde muestra cómo perdió su bolsa, la mujer que amaba le puso los cuernos con un apuesto soldado y sus compañeros de francachelas le dieron buenos palos por deudas.



Llevado hasta el extremo de la risa, el generoso señor le ofrece al desdichado un puesto fijo como saco de burlas de su cohors amicorum. Pese a sus muchas bajezas morales, Trapaza se re-incorpora como decentemente le deja su maltrecho cuerpo y una singular cojera por sus heridas, afirmando elegantemente que no puede hacer eso, porque dejaría de pertenecerse a sí mismo, incluso en la desgracia, el pícaro tiene ese don que personas que comen caliente todos los días no tienen. Es una manera vibrante de mostar que pese a todos esos sin sabores, en una sociedad tan supuestamente estática (aunque luego no fuera así, ni mucho menos, pero eso es otra historia), la recomoensa que tiene ese tipo de vida ingrata pero agradable por su falta de ataduras, que llevó a más de uno a recurrir a ello (o a enrrolarse en algún caso con grupos como los gitanos).




Como bien sabía entre otros, el prestigioso Ricardo García Cárcel, hablar de los olvidados y los derrotados tendrá el atractivo de que es escuchar voces silenciadas en las crónicas oficiales. El pícaro es un proyecto inconcluso, una historia que apunta maneras pero que tal vez por su época y faltas de medios no nos da todo lo que promete, pero que incluye los suficientes atractivos como para ser digna de revisionados.