jueves, 21 de abril de 2011

CÓMO ACABAR CON LA CULTURA




Durante su vejez, Groucho Marx, uno de esos genios del humor de los que se cuentan con los dedos de una mano, reconoció que uno de los pocos que le seguían haciendo reír por aquel entonces era un chico de gafas y aspecto apocado, llamado Woody Allen.




Monologuista, guionista, escritor, actor y, finalmente, uno de los directores más reputados de la actualidad, tal vez más de uno no recuerde que a la altura de 1974 sacó un librito entrañable y rápido de leer, con el sugerente título de "Cómo acabar de una vez por todas con la cultura". Y aunque nunca hemos necesitado mucha ayuda para eso, Woody nos invita a hacerlo con gracia y sentido del humor.





Con pequeños capítulos como "¡Un poco más alto, por favor!" Allen ridiculiza todo lo habido y por haber en el campo de lo artístico, en este caso, los espectáculos de mismos. Desternillantes situaciones y párrafos cargados de ingenio, en una obra que como ya decimos, es muy ligera y agradable de leer.



Probablemente, de tener que quedarnos con una de las críticas más corrosivas, yo salvaría "¡Viva Vargas!", donde saca punta de las revoluciones latinoamericanas. Muy en consonancia con "Bananas", se trata de una reducción al absurdo no tan absurda donde verdaderamente, el ritmo narrativo coge una velocidad digna de elogio. Allen no da un respiro y la agilidad pasando las páginas y la pequeña extensión de los episodios ayuda, la verdad sea dicha.




Mafia, el conde Drácula, listas de la compra, biografías clásicas de personajes históricos... Poco escapa al ojo clínico y ácido del brillante judío e incidimos en este hecho, porque la cultura rabínica es fundamental en este hombre, aunque ahora sea un ateo renegado (célebre es su frase: No sé si Dios existe, pero sí existe, espero que tenga una buena excusa), ha bebido mucho de ese mundo. Sin ir más lejos, hay que recordar en este libro las brillantes enseñanzas de un rabino cuestionado por un discípulo acerca de quién fue más importante, Moisés o Abrham. Como el propio Allen afirma, era una pregunta muy difícil, más para aquel hombre que en verdad, nunca había leído la Biblia y su principal afición era dormir panza arriba.




Generalmente nos inunda la sensación de que el drama trágico es superior a la comedia. La carcajada parece una amante menos complicada que la lágrima, no obstante, talentos como el de este humorista nos recuerdan lo complejo de lograr llegar a este nivel de complicidad casi utópica, risotada, reflexión, vuelta a la risotada y, de paso, reírse de muchos de los convencionalismos.




Buf, caray, ahora que lo pienso, me estoy convirtiendo en uno de esos petardos que tanto se critician en este libro, si es que alguna vez deje de serlo. Simplemente lean, disfruten viendo como un tipo normal y corriente, con gafas y las mismas frustraciones espirituales, morales, sexuales y de aparcamiento que nosotros, le pinta la cara y bigotes a luminarias como Marx, Freud, Bergman o Stein....



Si algún día quiere llevar a cabo sus malvados propósitos, deberá empezar por dispararse a sí mismo... porque a fin de cuentas, Woody Allen sí que es cultura.

domingo, 10 de abril de 2011

ACERCA DE LAS DERROTAS COTIDIANAS


Siete amigos. Ningún talento. No es una mala premisa para iniciar una comedia y, desde luego, David Serrano tuvo la buena fortuna de contar con un reparto estupendo con el que está muy compenetrado y ha realizado muchos trabajos.




La historia coral de un grupo de treinteañeros de barrio que en mayor o menor media han madurado muy poco. Aunque parece que los vientos cambian y Antonio, el más golfo de todos, parece sentar la cabeza tras haber estado entre rejas por sus problemas de agresividad. De hecho, como no hay peor inquisidor que el converso, su reciente éxito con la terapia le lleva a psicoanalizar a sus antiguos amigos, encontrando un denominador común:están muy insatisfechos en su día a día.





Antonio no es otro que un Ernesto Alterio impecable en su rol de supuestamente reformado truhán que en realidad, ha cambiado muy poco. Cual personaje ibañezco, sus buenas intenciones van sembrando el caos, especialmente con Jorge (Alberto San Juan), que acaba de sufrir una dolorosa ruptura con una de las hermanas de Antonio (es lo que tiene vivir en el mismo barrio, el mundo es un pañuelo al parecer). Sin saber muy bien por qué, entre todos, llegan a la extraña conclusión de que deben resucitar su antiguo equipo de fútbol 7, con el que ganaron un torneo siendo unos críos. Aquel breve pero feliz instante puede ser una piedra de toque para mejorar tan tristes panoramas que van desde el eterno opositor al policía con ínfulas de canta-autor.


Lástima que los años perdonen y muchos ahoran tengan verdaderas patas de palo y alternen paliza tras paliza. Los poco seguidores al balompié no tienen porque preocuparse, las secuencias en arenales son absolutamente ibañezcas, con la exageración como credo y si dudan, piensan que su fichaje en el mercado de invierno es Sérafín... interpretado por el cordobés Fernando Tejero, desde luego, no el actor más puro del mundo en cuanto a estilo, pero capaz de simpatía en todos y cada uno de sus diálogos.




La película es bastante honesta con su simpleza y esa falta de ínfulas le otorga un fuerte encanto. Plasma especialmente bien los momentos más cotidianos, esas tertulias en terrazas de bares cuando alguien pide al camarero que conoce de toda la vida otra ronda con tapa y esa extraña camaradería que surge de verdaderas tonterías como bien puede ser pegarle patadas a una pelota para meterla entre tres palos y evitar que te la cuelen a ti. Si Serrano había tenido un fuerte pelotazo con "El otro lado de la cama", en su debut como director volvió a meterse a la audiencia en el bolsillo, lástima que en el siguiente intento, "Días de cine", la fórmula empezase a caducar.


Probablemente un problema que sí que tengamos en nuestra industria cinematográfica a la hora de acercanos a la comedia, sea el pecar por exceso. Dos horas es demasiado tiempo, no por falta de gracia, pero se puede preguntar a cualquier de los grandes guionistas, incluyendo Billy Wilder, para saber que a partir de la hora larga, incluso los buenos chistes pierden fluidez.



Con esto no quiere uno negarle las cotas de calidad que si tiene la cinta. Por ejemplo, el personaje de Roberto Álamo, aparentemente el borde del grupo sin más, hasta que se va profundizando más en su dá a día, demostrando que Serrano tiene buena mano con los guiones, aunque en este caso, tal vez porque este desporte en concreto parece tradicionalmente (con excepciones, verdaderamente) orientado a lo masculino, la composición de los personajes femeninos es muy inferior al de los masculinos.




María Esteve sin ir más lejos tiene una papeleta muy complicada, precisamente como la mujer del personaje de Roberto Álamo, un ángel del hogar al estilo doña Inés e inexplicablemente enamorada de su taciturno marido, aunque el talento del actriz salva situaciones que si no, parecería inverosímiles. No podemos decir lo mismo en el caso del prototipo de la esposa dominante, una Nathalie Poza obligada a ser absolutamente desagradable y sin duda el personaje que uno más odia mientras transcurre la cinta; por su parte, Natalia Verbeke desarrolla belleza y simpatía, pero su aniñada Violeta no deja de ser una quinceañera indecisa en cuerpo de treinteañera.





Eso sí, el reparto es de altura, incluso en parcelas mínimas como el cameo de "Willy" Toledo o el siempre eficaz Diego Martín. Una simpática comedia para divertirse, aunque con más miga de la que parece a simple vista, aunque quizás con un final más costumbrista de lo que cabría esperar. Y es que quizás uno de los males que últimamente se está instaurando en este género, una actitud, por seguir el símil futbolístico, apegada a la defensa a la italiana antes que la ofensiva brasileña.




Pero en cualquier caso, el año que viene nos volveremos a apuntar a Liga con nuestros colegas... aún a costa de que nos mojen de tanto en cuando la oreja y tengamos problemas de autocontrol como le pasa al bueno de Alterio.

domingo, 3 de abril de 2011

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Seamos sinceros, a veces no nos lo creemos. ¿Cuántas veces hemos mirando con recelo al jugador de la cantera y despilfarrado sin conocer por la estrella foránea de vistoso apellido?




Es triste pero es así, siempre ha sido complicado ser profeta en la propia tierra a la que uno pertenece. Pero no, aunque podamos (y es bueno que así sea) admirar lo que viene de fuera, pero a veces hay que mirar con iguales ojos benignos el legado interno.



Porque Fernando Fernán Gómez, más allá de declaraciones desafortunadas ante cierto medio de comunicación, fue una trayectoria artística brillante. Excelente actor, de peculiar método, tampoco fue ninguna decepción cuando se colocó como director y tenía una pluma que fluía con facilidad, en varios medios literarios, por cierto. Y cuando creó "El Pícaro" (1974), trató de crear un precedente que desafortunadamente no tuvo la continuidad merecida. Aunque no estemos ante un monstruo de la calidad casi apabullante de "Yo, Claudio", las desventuras de Lucas Trapaza fueron una andanza televisiva de las bien llamadas curiosas.



Junto con Pedro Beltrán y Emmanuela Beltrán, se dedicó a escribir un compendio. El objetivo era que si un espectador nunca hubiera sabido nada del género picaresco, simplemente viendo los 13 episodios, pudiera tener una idea aproximada y afortunada de qué era exactamente ese estereotipo. Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Vicente Espinel, Le Sage, autores anónimos... Todos ellos desfilan ante nuestros ojos en la ciudad de Segovia donde se rodó.




Sorprende que ni siquiera en su peculiar opening, se mencione "El Lazarillo" o "La pícara Justina" (aunque ésta, hasta las curiosas re-lecturas de Francisco Márquez Villanueva, no pasaba de ser una obra destacada únicamente por su riqueza de léxico), aunque tal vez fuera por no incidir en lo evidente. Pues bien, por diferentes lugares y conociendo a muy diversos granujas y oficios (desde la organizada hampa de la Sevilla que era puerta de Indias hasta ser pinche de un noble obispo en Italia), que pronto se confudió el mapa del Imperio Habsburgo con el de la picardía.


Sí, hay un defecto, que va más allá de las siempre perdonables carencias técnicas de la época. Hay ciertos episodios, que tienen un marcado acento cervantino que no llegan a funcionar.



A simple vista esto puede parecer una especie de blasfemia, ¿qué tiene de malo que una serie de televisión se nutra de uno de los mejores escritores del Siglo de Oro? Pues porque una de las cosas en las que emula al genial autor de "El Quijote", es esos breves pasajes donde el hidalgo y Sancho viven acontecimientos esperpénticos, "de cómo llegaron a tal sitio y les pasó tal cosa". Es magia de salón y molinos de viento afectan al realismo de otras tramas y le da un aire burlesco que estorba al real y brillante cinismo de otros capítulos.




Por ejemplo, en el segundo instante de sus peripecias, hay un momento que verdaderamente roza el talento con mayúsculas. Nosotros, como espectadores, somos los ojos de un gran señor que ha venido a su villa donde todos tienen que hacerle entretenimiento por su reciente nombramiento cortesano. Quien más le divierte es un destrozado Lucas Trapaza, que bufonescamente recurre a flashback donde muestra cómo perdió su bolsa, la mujer que amaba le puso los cuernos con un apuesto soldado y sus compañeros de francachelas le dieron buenos palos por deudas.



Llevado hasta el extremo de la risa, el generoso señor le ofrece al desdichado un puesto fijo como saco de burlas de su cohors amicorum. Pese a sus muchas bajezas morales, Trapaza se re-incorpora como decentemente le deja su maltrecho cuerpo y una singular cojera por sus heridas, afirmando elegantemente que no puede hacer eso, porque dejaría de pertenecerse a sí mismo, incluso en la desgracia, el pícaro tiene ese don que personas que comen caliente todos los días no tienen. Es una manera vibrante de mostar que pese a todos esos sin sabores, en una sociedad tan supuestamente estática (aunque luego no fuera así, ni mucho menos, pero eso es otra historia), la recomoensa que tiene ese tipo de vida ingrata pero agradable por su falta de ataduras, que llevó a más de uno a recurrir a ello (o a enrrolarse en algún caso con grupos como los gitanos).




Como bien sabía entre otros, el prestigioso Ricardo García Cárcel, hablar de los olvidados y los derrotados tendrá el atractivo de que es escuchar voces silenciadas en las crónicas oficiales. El pícaro es un proyecto inconcluso, una historia que apunta maneras pero que tal vez por su época y faltas de medios no nos da todo lo que promete, pero que incluye los suficientes atractivos como para ser digna de revisionados.

domingo, 27 de marzo de 2011

I´M A POOR LONESOME COWBOY



Maurice de Bévère no es un nombre que haya pasado a la Historia. Sin embargo, su apodo, Morris, es universalmente reconocido entre aquellos que aman el noveno arte de las viñetas. Uno de los mejores dibujantes belgas de siempre, y, entre otras paternidades a tener en cuenta, el creador de Lucky Luke, el vaquero que disparaba más rápido que su propia sombra.




Gracias a sus viajes por Estados Unidos, con su peculiar pero excelente estilo, Morris supo captar la esencia del género del western. Conforme pasaron los años, su estilo fue refinándose, redundado en una calidad muy pocas veces alcanzada en el género. Pronto, figuras como Jolly Jumper o su eterno cigarrillo (que la absurda censura ha terminado quitando) se hicieron reconocibles entre los lectores del Almanaque de Spirou.





No obstante, la serie no explota su verdadero potencial y popularidad hasta que Morris comete una de las mejores decisiones de su vida en el sentido profesional, asociándose con René Goscinny, sin lugar a dudas uno de los diez mejores guionistas en la historia del medio (qué posición ocupa sería discutible dentro de ese podio, pero sirva de exponente que para un servidor estaría como mínimo, en medalla).




De cualquier manera, incluso tras el fallecimiento del gran Goscinny, Lucky Luke siguió su andadura, con el propio Morris atento a las muchas y populares adaptaciones que su personaje lograba en cine, animación y video-juegos. Desgraciadamente, el genial creador falleca también en 2001.



Y siguiendo este legado encontramos a Tonino Benacquista y Daniel Pennac como guionistas del héroe del lejano Oeste, teniendo en los lápices de Achdé. Por cierto que hay que decir chapeau ante este artista, se ha metido en la piel del Morris más clásico con gran calidad. Eso sí, en la bonita dedicatoria que le hacen al inicio, creo que pecan de subestimar la valiosa aportación de otros colaboradores del genial belga, en especial Gosinny, pero también otros guionistas menos afamados pero que se tomaron muy profesionalmente su función y mantuvieron a flote a la saga. Si bien todo elogio a Morris me parece merecido, no es incompatible mencionar al resto.


La ambientación sucede en unos Estados Unidos emergentes, la terrible Guerra de la Secesión ha terminado, Abraham Lincoln es presidente y uno de sus mejores colaboradores en sistemas de inteligencia durante la guerra norte-sur, Allan Pinkerton, oganiza una agencia de detectives destinada a hacer mucho ruido.




Esta efictividad y sistemas de datos tan organizados, parecen marcar el final de aventureros como el propio Luke. ¿Qué mérito tiene ya seguir a los Dalton comparado con unos ojos que todo lo vigilan? En uno de los grandes aciertos del guión de este cómic premiado en el último concurso parisino del noveno arte, el propio protagonista siente la punzada de los celos, desarrollando una emoción tan humana a la que el beatífico aventurero no nos tenía acostumbrados.




Con buen ritmo aunque quizás de más a menos, la trama sigue adelante, cuando Pinkerton y Luke llevan una rivalidad metodológica a la hora de capturar forajidos hasta la frontera personal, mientras en Baltimore empiezan a sucederse rumores acerca de un futuro atentado contra el presidente. Discípulo aventajado del legendario Albert Uderzo, Achdé da una imagen remasterizada pero fideligna de clásicos villanos de la saga, como Billy El Niño o los ya citados Dalton. No cabe duda que la señora Morris ha depositado el legado familiar en buenas manos.
SPOILER:
No obstante, a pesar de las virtudes citadas, la obra no deja de pecar de falta de ambición. El curioso enfrentamiento moral entre Luke y Pinkerton se traduce en un final simple donde el bueno derrota al mano. Apenas queda ese brillante diálogo entre Jolly y su jinete, declarando que costaba pensar que antaño ese hombre de origen escocés luchó por causas como la abolición de la esclavitud corromperse por el poder.



Ha faltado ese último y osado paso que hace que una buena recreación pase a ser algo más. Pero la letra de momento es buena y, aunque este pobre individuo lejos de su hogar sigue alejándose bajo el Sol poniente, los seguidores de este medio nos congratulamos de que su última aventura aún esté por llegar y que, mucho tiempo después, cuando llegue, le pillará como a los viejos rockeros con las botas puestas.

domingo, 20 de marzo de 2011

¿QUÉ OCURRE CUANDO UN OBJETO INAMOVIBLE CHOCA CON UN MISIL IMPARABLE?


O lo que sería lo mismo, ¿qué hubiera pasada si la urbe ingobernable hubiera caído en las redes de Alejandro Magno, monarca macedonia, líder de la alianza griega y elevado a la altura de deidad por sus súbditos persas?
Javier Negrete nos lanza un reto apasionante que se traduce en una novela trepidante de leer. Un What if...? donde la misteriosa aparición de un médico llamado Néstor y cuyo única intuición proviene de una visión en Delfos, salva al hijo de Filipo y Olimpia de un envenenamiento seguro en Babilonia.
Retratado por los cronistas (principalmente el sobrino del afamado Aristóteles, Calístenes) como un hombre enloquecido por su ascenso al poder, capaz de asesinar a antiguos camaradas de armas, Alejandro sigue mostrando como expresaba Gisbert Haefs que es el señor de las diez mil almas, con una complejidad fascinante y un reto para los historiadores e interesados en su figura en general, verdadera legión de detractores y admiradores que le siguen nanteniendo presente pese a que hace tanto que sus restos partieran a Alejandría en una habilísima maniobra de su antiguo amigo y general Ptolomeo.
El hecho de que pensaba lanzar una ofensiva sobre Roma es bien conocido. Su tío y aliado, Alejandro de Epiro, había muerto combatiéndoles. Ahora, su sobrino pensaba resarcirlo y de paso expandir el poder del mundo heleno a la península Itálica, frenando a una emergente potencia que empezaba a aplastar con sus sandalias a pueblos tan duros y curtidos en la guerra como los samnitas o los sabinos. Durante la propuesta de Negrete, su Alejandro tendrá oportunidad de marchar, aunque desde una desafortunada escaramuza inicial, incluso generales tan afamados como Cratero o Pérdicas empiezan a dudar si los viejos sistemas de su amigo y señor, podrán funcionar ante esas máquinas de triturar carne que son las legiones.
Ocansionalmente, se producen graves errores de apreciación al comparar entre épocas. Decir que Aníbal hubiera sido barrido por Napoleón debido a su superior conocimiento de artillería es una injusticia mayúscula. ¿Acaso si el hijo de Amílcar hubiera podido acceder a esa arma y adaptarse a los mecanismos de la otra época sin perder un ápice de su genio? Como bien narra Negrete, Alejandro es más que capaz de adaptarse al nuevo modelo de lucha y a pesar de su heterodoxia e inquietud de algunos de sus colaboradores de confianza, Éumenes de Cardia, no sería la primera vez que él cree ver algo que para los demás simplemente sería invisible.
Muchas son las teclas que maneja este curioso cuadro. El fallecimiento de Hefestión, los problemas de adaptar Oriente a sus inspiradísimos pero poco tolerantes generales de confianza y mil problemas más, son acompañados de personajes ficticios, pues a fin de cuentas, estamos ante una pieza literaria. Los misteriosos símbolos qe se van sucediendo en los cielos solamente parecen ser bien comprendidos por Néstor y un extraño soldado, apocado pero brillante, llamado Euctemón, alistado en las filas invasoras por cuenta de su apuesto hermano Demetrio. Las subtramas se suceden, aunque en ocasiones, uno echaría en falta un papel más relevante de gente como Nearco o Antípatro.
Con ambiente de drama griego donde cada uno tiene su papel asignado por los hilos del destino, una batalla apocalíptica (falanges macedonias versus legiones romanas) que bien podría haber truncado totalmente el futuro devenir de Roma. Un gran acierto de Negrete es presentar a un Cayo Julio César (por supuesto, no el futuro dictador de Roma), sino un antepasado del mismo, pero con varias cualidades de su futuro descendiente.
La amenidad preside varios centenares de páginas, probablemente por la fascinación que siempre surge alrededor de este personaje, ¿de qué otra manera podía ser alguien que había sabido sobrevivir en el marco de dos personajes tan formidables como Filipo u Olimpia? Visionario, capaz de superar los prejuicios de su propia formación, genio en el campo de batalla y la política; pero también, con sombras a sus espaldas como los asesinatos de Parmenio (brazo derecho de su padre y el suyo propio- o Clito El Negro.
Da la sensación de que Negrete tiene una buena erudición (hay afortunadas citas a figuras como Memnón de Rodas o Barsine), pero que no ha tomado su relato muy en serio, en el sentido de que da preponderancia a los actores del drama que no fueron históricos. Muy divertida y probablemente con proyección es la forma de presentar a algunos de los hijos y sobrinos de Alejandro.
Como decía Umberto Eco, suspirando por una secuela que nos haga regresar, mientras tanto, los Libros de la Sibila de Cumas dicen que indudablemente si Alejandro hubiera chocado con Roma, el resultado solamente hubiera podido ser...

domingo, 6 de marzo de 2011

DANZA EN LA OSCURIDAD

Cuidado con vender la piel del oso antes de cazarlo. Cuando una película es presentada con tanto galardón y premio de por medio, los sentidos agudizan y hasta el más indulgente de los espectadores empieza a convertirse en una máquina de ver errores nimios que a otros películas menos ponderadas perdonaría.
"Cisne negro" cumplía esos requisitos, pero habrá que quitarse el sombrero, Darren Aronofsky lo ha conseguido con los que no somos doctos en la materia. Nuestra incultura en danza no nos condiciona para disfrutar la pieza y hasta nos remueve a saber más. Hay cierto aroma a "Amadeus" en esta cinta, ese guión de John McLaughin y Mark Heyman habla de cosas muy universales, la autoexigencia, nuestro afán de autodestrucción, la presión que nos rodea... Temas universales que pueden parecer manidos hasta que alguien le da media vuelta.
Rompemos también una lanza en Flandes e favor de Natalie Portman. Hasta la fecha, la mejor interpretación de su carrera, pero no por estar en un drama o en una obra de corte serio. Estamos ante un papel que exige agallas, donde hay que mojarse y no dejar indiferente, donde lo políticamente correcto es un arma a evitar. Decía el poeta que no hay que desesperar, porque vale más deseo sin posesión que posesión sin deseo. "Cisne negro" nos trae eso, con toda la finura de este arte, pero también retorcido en un horrible monstruo cuando caen las luces del escenario.
Satisfacción también por ese metraje, 103 minutos, todo un mérito y capacidad de síntesis. No hay subtramas tontas, ningún momento de relleno, "Cisne negro" exige atención y a cambio no te traiciona, agarrándote durante 45 minutos finales dignos de verse, sin ningún lugar a dudas, Portman coge las riendas y se la carga sobre sus hombros.


Vincent Cassel y Mila Kunis acompañan a la estrella de la función con eficiencia. Habrá que ver cómo resiste a futuros revisionados y a que ese fatal desenlace deje de ser sorprendente, para ver si esta magnífica opera prima coge la altura de los clásicos.

Recomendable en todos los aspectos, bellas, oscuras y ensangrentadas están las alas de este ave.

martes, 1 de marzo de 2011

UN BRINDIS EN BOSTON

Alguien tiene que dar el primer paso. Después, el sendero se recorre con mayor o menor habilidad por los demás que también eligen ese camino. Sin embargo, en ocasiones parece que borremos a los pioneros de la memoria, negando su originalidad.
Con el tiempo, parece que nos hemos olvidado del nado a contracorriente que tuvieron que realizar en la NBC para seguir manteniendo a flote una serie que en su primera temporada (1982), cosechó bajísimos niveles de audiencia. 11 años después, su retirada voluntaria fue el evento televisivo más visto de 1993 en su género y algunos de sus actores tenían unos sueldos elevadísimos por un simple capítulo.
"Where Everybody knows your name" entró por la puerta trasera, pero, fue adaptándose hasta lograr un reconocimiento de crítica y público a partes iguales. Varias eran las claves que convirtieron a los parroquianos de un bar regentado por el jugador de beisbol retirado Sam Malone (Ted Danson), en algo más que una comedieta.

En primer lugar, hablar de un equipo de guionistas de primer orden, que incluía luminarias como Sam Simon, que luego harían tan fructíferas carreras. Con el bendecido formato de 25 minutos, Cheers se comportaba con agilidad, pudiendo sus episodios tomarse como rosquillas, rápidos y directos, livianos pero no banales.
Los primeros episodios oscilaron entre la relación de amor odio del mujeriego Sam con Diane (Shelley Long), una joven y pretenciosa abandonadora de carreras que por una ruptura amorosa termina trabajando de camarera en Cheers.
Junto con la pareja protagonista, sobresalen los más acólitos del bar, como la arisca pero carismática Carla (Rhea Perlman), el sabelotodo y peculiar cartero Cliff (John Ratzenberger, que recibió justa despedida en "Cheerful good byes" en Frasier, años después, inolvidable), el contable Norm (George Wendt), el más fiel de los cerveceros y, por supuesto, el carismático antiguo entrenador de Sam, un despistado Nicholas Colasanto, encarnando al señor Mancuso. Colasanto falleció en la tercera temporada, tras darle una digna despedida al personaje, se le sustituyó en función de entrañable y benevolente ingenuo de buen corazón, con un joven camarero de Indiana llamado Woody. El cambio no fue brusco ya que los guionistas supieron establecer una conexión entre él y el antiguo técnico de los Red Sox. Woody sería nada menos que Woody Harrelson, quien luego tendría una fructífera carrera en Hollywood.
Al igual que haría en el futuro "Siete Vidas", durante más de diez años de andadura, Cheers se las ingenió para renovarse o morir. Especialmente atinada fue la incorporacion de un rival para Sam (eterno don Juan de la serie) por los favores de Diane, nada menos que Kelsey Grammer, cuyo personaje de Frasier gustó tanto que llegó a protagonizar un spin off de muchísima calidad. Tanto, que hay algunos que piensan que supera a su afamada predecesora. El inteligente, afilado, esnob y en ocasiones amorosamente inepto psiquiatra tuvo su bautismo de fuego en la ciudad bostoniana. En cuanto a cuál es mejor, al igual que con Filipo y Alejandro, no hay mejor elogio para un gran legado que el que permite que tu sucesor te mejore. Decir que a Seattle viajaron los mejores guionistas de Cheers es como decir que se escoge a lo mejor de la generación del 27, la creme de la creme.

Jugando en todo momento con la calidad de sus secundarios, las tramas se multiplicaban. El gusto por la broma y explotar todos los tópicos de la sitcom, hayan su inicio aquí. Aunque algunas de ellas puedan parecer hoy trillada, no hay que olvidar que aquí empezaron.
Destacar aportaciones como las de la futura esposa de Frasier, la doctora Lilith Sternin (Bebe Neuwirth), Rebecca (representada por Kirstie Alley, que sustituyó a la popular Diana tras abandonar la serie, en otra buena despedida) o incluso cameos como el de John Mahoney.

Asimismo, creo varios automatismos que luego han sido recreado mil veces. La mujer de Norm (y sus latiguillos para pedir una cerveza) a la que nunca vemos pero escuchamos por teléfono, la madre de Cliff y sus curiosas explicaciones de la vida en general, la aparición de personajes famosos de la década (por ejemplo el mítico ala-pívot de los Boston Celtics, Kevin McHale) y un reparto en estado de gracia permanente...
Con el aroma del puro de la victoria de Red Auerbach, Cheers sigue haciendo a día de hoy uno de los clinic más rápidos de cómo hacer una comedia situación, con diálogos de molde y creando puertas para futuras sucesoras. Creemos no exagerar afirmando que el bar de Malone es a las comedias situación lo que supusieron Los Simpson para las de animación.