sábado, 13 de noviembre de 2010

89 RAZONES

89 para justificar esta entrada. No pilla de nuevas a este blog, hace cierto tiempo, una espléndida película, "El Verdugo", desfilaba por aquí. Tal vez, dentro de poco, otras soberbias piezas como "Plácido" o "La vaquilla" lo hagan. Todas tendrán algo en común, exigirán que hablemos de su hacedor, Luis García Berlanga.
La desaparición de este célebre director a apenas unos meses de alcanzar la cifra de los 90, es la de algo más que la de un personaje famoso en la gran pantalla. Es el final del camino de un verdadero número 1, de un genio con mayúsculas, uno de esos tipos especiales. Dicen que un gigante da tres pasos para que el resto de los mortales puedan seguir su estela. En el cine español y europeo, Berlanga ejemplifica a la perfección esa metáfora.




En un contexto histórico y político muy oscuro, por no decir dramático, sus películas se elevan sobre muchas otras producciones de la época como verdaderos salvavidas. El milagro de que Plácido fuera nominada a los Oscar fue un coqueteó con la grandeza en un momento donde ello era impensable. Pero no era en tierras americanas, ésas de Mr. Marshall and company, donde le iban a comprender mejor. La crítica italiana, especialmente en Venecia, tan cercana en estilo picaresco, no dudó en galardonar su osadía contra la pena de muerte.


Por supuesto, no lo hizo solo. Este valenciano hijo de un padre que sirvió en el peor bando posible de una guerra civil, el que pierde, contó en la mayoría de las ocasiones con su otro yo. Rafael Azcona, también ya desaparecido. Monta tanto, tanto monta, podríamos decir que Azcona escribía con acidez lo que Berlanga quería decir pero no plasmaba y que Luis, rodaba lo que Azcona no podía dirigir.
Fue una relación de amor-odio propia de cuando dos estrellas chocan en el mismo equipo. Juntos hicieron maravillas y aunque en ocasiones hubo discrepancias (que provocaron que el escritor no ofreciera "El Cochecito" a su colega), cuando se conjuntaron, el nivel al que se desplegaron fue altísimo. Las piezas que diseñaron eran un espejo absolutamente veraz del mundo, verdades a la cara dichas con mucha gracia, pero no por ello menos aterradoras.


A pesar del humor oscuro y en ocasiones visceral (inolvidable esa maraña al final de "¡Vivan los novios!", creo que la clave de la buena salud de sus ideas cara a futuros revisionados radica en la falta de rencor. En un país casi por tradición cainita, donde casi nunca se sabe ganar e impera la cultura de culpar a los otros, Berlanga hacia una caricatura a mala idea, pero a su manera, nunca había hipérbole ni tampoco juicios de valor. Atontando a los censores con un juego de diálogos digno de Woody Allen, consiguió unas amables palabras del dictador Franco: "Berlanga no es un mal director de cine, pero es un mal español". Era difícil encontrar mejor elogio posible en aquellos instantes.
Curiosa es la manera que cada uno tiene de verse, Berlanga no dudaba en calificarse como un "cagado ante la vida", le gustaban poco las trifulcas y las manifestaciones, a favor o en contra. No obstante, no deja de resultar irónico que el 90% de su producción, a excepción de sus timoratos inicios y su fase final ya más liberada, fueran auténticas bofetadas al convecionalismo. Nada escapó a su ojo clínico, incluyendo la nobleza de las cacerías. La saga de los Leguineche bien puede tener un cero en técnica en composición, pero siempre brillará a grandísima altura en cuanto a ingenio y descarnada autopsia de un régimen caduco.
Y en esos momentos, como los grandes analistas, sus predicciones solían cumplirse. Nadie entendía porque insistía tanto en insertar el elemento del móvil en "Todos a la cárcel", poco tiempo después, nadie saldría a la calle sin él. En "Moros y cristianos", ya daba un divertido avance de cómo se movería el mundo del markéting y qué clase política era la que nos esperaba a nosotros, los ciudadanos de pie, que como era de justicia, éramos retratados como verdadores cabrones que van a la suya, ignorando las desgracias del Plácido de turno (que por otra parte, tampoco era ningún santo, de hecho, solamente en "Calabuch" hay personajes realmente "buenos", si se quiere usar esa expresión).



Hablábamos hace nada de una vieja alcahueta ajedrecista de enamorados, pues al igual que Celestina, Berlanga, que tiene ya un adjetivo para definir su propio cine, jugó con las mejores piezas posibles. Mozart se dividió en algunas de sus óperas retando a sus artistas a mantener situaciones casi inverosímiles de clímax, como muy bien se recrea en Amadeus. Berlanga retaba a algunos de los mejores actores y actrices de nuestro panorama, a unas frases kilométricas, auténtica ingeniería de la memoria... Pero qué resultado, cuán natural para nosotros, espectadores, siempre en el momento justo.
Salvo que el jueves haya milagro, Berlanga se nos despide, aunque quien sabe, se encargará de alguna manera de seguir recordándonos que la vida es tan jodida que merece la pena reírse, hasta de lo más sagrado, a ser posible poniendo verde a más de alguno. Es lo que tenía ser uno de los mejores directores de siempre.
Irrepetible, vayan a la primera boutique que puedan y pillen alguna de sus cintas, de verdad, merece la pena...Ah, se me olvidaba, astro-húngaros serían si no lo hicieran.

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA VIEJA AJEDRECISTA



En una ocasión, leyendo la contraportada de una antigua carátula del clásico film "El Tercer Hombre", me llamó mucho la atención el hecho de que tras narrar brevemente el principio, se limitaba su anónimo autor a escribir: "Y entonces aparece el personaje de Orson Welles, se apodera de todo y del resto es mejor no hablar, hay que verlo".
Probablemente, con "La Celestina", ocurra, salvando las infinitas distancias de género, tres cuartos de lo mismo. Una vez la vieja alcahueta entra en escena, el lector/a va a tener muy complicado en no hacer girar todo lo que vaya sucediendo con ella, como una vetusta araña que ya ha tejido más de lo que ninguna de las ingenuas moscas que la rondan, podrá hacer en su vida.
Fernando de Rojas, en definitiva, quizás fuera uno de esos literatos que tal vez solamente tuvieron la fortuna de tener un personaje redondo....¡pero qué personaje! Decir que "solamente escribió La Celestina" es tan "agudo" como afirmar que a Cervantes "sólo" se le recuerda por El Quijote o que a Shakespeare únicamente le siguen representando sus dramas. Formado en la universidad salmantina (un universo fascinante por sí mismo en los siglos XV y XVI donde él se mueve), este autor plantea un tablero de enigmas donde críticos, historiadores, lingüistas y aficionados, aún no atinan a ubicar todas las piezas.
La Tragicomedia que hoy nos ocupa es una burla enfundada en el disfraz de la inteligencia. Rojas juega al despiste desde los primeros versos pre-liminares, provocando aún hoy en día dolores de cabeza a los especialistas, desde Francisco Márquez Villanueva a Pedro M.Piñero. También parece seguir gustando de complicarle la vida a quienes pretenden adaptarla en versiones teatrales, televisivas y cinematográficas, pues su extensa duración, pese al formato de actos, es el propio de una novela larga. Su deseo de lavarse las manos de la responsabilidad de las primeras páginas, aparte de plantear co-autoría, casi parece el deseo de exonerarse ante futuras represalias. Porque, no se engañen, esta obra tiene veneno del ácido.
Quizás en una hipérbole excesiva, en una ocasión e comentó que si El Bardo hubiera vivido en esta época, habría escrito guiones para House o Los Soprano, aunque muy matizable, es una expresión que me gusta porque viene a reflejar cómo los artistas siempre han buscado la sombra que mejor les ampare para meterse con todo lo que existe. De Rojas, que no tiene pelos en la lengua (las insinuaciones van desde la zoofilia a la pederastia y no, no es broma, si se lee entre líneas), bien podría ganarse hoy unos buenos reales trabajando en el equipo de Seth MacFarlane, aunque, por su afición a los sobre-entendidos antes que a lo explícito, creo que le hubiera ido mejor en Los Simpson.
Hay una tendencia en los planes escolares con este tipo de obras, que yo considero, modestamente, que es un error. Querer que un muchacho/a que tiene, sinceramente, la cabeza en otras cosas, se zampe "El Quijote" es una táctica poco recomendable para fomentarle la lectura. Está muy bien que se les dé la teoría, que conozcan que había un ilustre mutilado que escribía muy bien, pero por lo que más quieran, ¿cómo se va a leer una persona que se está iniciando una obra que es prácticamente el final de un camino? Sería menos traumático para una Virgen Vestal casarse de buenas a primeras con Calígula que para ellos entenderlo y, peor aún, que les guste, es escuchar cien chistes sin pillarlos. Muchos de los grandes clásicos, adolecen de este pequeño problema, porque los libros, como todo, tienen su momento.
Pero, excepciones tiene la regla y en el caso español, creo que "El Lazarillo" y "La Celestina" se libran. Porque son, si se permite la expresión, una cafrada. La primera es una obrita muy corta, llena de gamberradas, crítica al sistema y que, por supuesto, está repleta de "cabrones", que a fin de cuentas son los personajes más interesantes del mundo (las hagiografías son, por lo general, aparte de increíbles, poco propicias para ser best-sellers). La segunda, que no se me ofenda nadie, será una gran pieza y todo lo que ustedes quieran, es un calentón. Simple y duro, el amor no está en ninguna parte por La Celestina y, sinceramente, ni falta que hace.
El triángulo Melibea-Calisto-Celestina es el de dos marionetas y una única ama. Burla del amor cortés, no queda claro, al igual que tampoco sucede con el arcipreste de Hita, si de verdad se quiere advertir, porque en verdad están muy bien explicados todos los trucos posibles para burlar la moral de su tiempo. Celestina es, en todo momento, la ajedrecista que mueve sus piezas, consciente de las rentas que puede sacar del ingenuo y fanfarrón Calisto, se las ingenia para ayudarle a conseguir a la muchacha con la que quiere yacer (de matrimonio nada, por supuesto, quede claro). Para ello, la anciana además debe vérselas con unos criados respondones y sus propias aprendices de meretrices, pero ella, que sabe que todo ser humano es corrompible, con una hábil mezcla de palo y zanahoria, explota las debilidades de unos y otras.
Llegados a este punto, uno se vería tentado de cuestionarse, ¿por qué es un amor imposible? Aquí no rondan los Capuletos y Montescos, a la par que esta Julieta sabe cómo lo quiere y dónde, en el primer encuentro de confidencias, ya deja claro que Calisto no es (probablemente ni mucho menos) el primer hombre con el que ha estado. Hay incluso críticas que suponen que Rojas de verdad pone el elemento esotérico de los conjuros y las maldiciones como la clave de la caída a la tentación (perdón por el nombre atávico) de Melibea. Particularmente, seguro que Rojas no creía en ellos y para Celestina, probablemente fuera una ornamentación más para la galería. Pero, al igual que Ulises, más que la ayuda de Atenea, lo que de esta pareja da miedo es lo que tienen entre la despejada frente y los cabellos, una inteligencia a prueba de bomba y un análisis psicológico de primera fila (sabe muchísimo mejor que la pareja de enamorados cómo son).
Una inteligencia que, por otra parte, brilla en todos los diálogos, detectando creo, aquí uno de los pocos defectos del autor. Volviendo al cine, siempre he pensado que a Woody Allen (uno de los genios más heterodoxos y geniales que aún tenemos por esta bola de barro), que es un gran cineasta y además escribe muy bien, le importa un bledo el registro de los personajes. Ya esté hablando la duquesa de York o un gángster del Bronx, si a él le apetece, le pone un diálogo terriblemente ingenioso, es más, los personajes más tontos del guionista judío, son capaces de refinamientos que muchas "lumbreras" no pillarían (más si no saben inglés). En "La Celestina" pasa lo mismo, el más inútil hace relojes suizos, incluso estos criados respondones (casi tan egoistas como sus amos, que ya es decir) son capaces de marcarse la metáfora de literatura griega más elaborada. Un estudiante salmantino, es un estudiante salmantino, aunque esté narrando el día a día de un burdel.
Mas como todo personaje redondo, Celestina no puede ser perfecta para pasar al Olimpo. La debilidad humana que a ella le acompaña es la ambición más codiciosa jamás vista. Cualquiera pensaría que, cadena de oro en mano, era el momento de abandonar la partida de póker antes de que los otros jugadores pensasen que las cartas estaban marcadas. De ahí la venganza y de ahí el castigo, en una avaricia que engulle a todos los participantes de la farsa. Será entonces el momento de Pleberio (nombre sospechoso como el que más) y su lamento, un monólogo como los que sueñan los actores.
Y de Fernando de Rojas poco más se supo en los rincones artísticos. Derrocada su reina Celestina y muertos sus peones, este personaje de sangre poco clara, decidió pasar el resto de su existencia en un cómodo anonimato sin escribir nada más. ¿No había sobrevivido el creador a su obra maestra y no le quedaba nada más que decir o era uno más de los enigmas escondidos en la caja de sorpresas?

sábado, 30 de octubre de 2010

UN CAMBIO DE ESTILO



Todo depende de cómo se tomen las cosas en esta vida. Decepción y alegría caminan juntas, todo es relativo (por lo cual, esta afirmación no tiene lógica). Pero el problema se torna claro cuando hay alguien que dirige con maestría; si la mano que mece la cuna es tan firme como flexible, con permiso por la expresión, el objetivo deja de ser difuso y el proceso, un mero trámite.
Dirige Clint Eastwood y eso, biografías morbosas aparte, son palabras mayores. El genial cineasta coge una historia que probablemente nos pondrían un sábado de sobremesa, una de las que empiezan con el consabido "basado en hechos reales". La excusa perfecta para leer un buen libro, darse un paseo o apagar el televisor. Pero, no hay malas historias que contar, al contrario, mucho del éxito depende del narrador.
J. Michael Straczynski da un regalo al viejo Clint que éste, sabiamente, aprovecha. Una historia de comienzos del siglo XX, un Departamento de Policía corrupto bajo el Sol de California, más pistoleros que protectores, más obsesionados en aparentar que en resolver. Una mujer (Angelina Jolie) a la que su mundo se le desmorona. Un niño perdido, al que al parecer encuentran... pero el instinto maternal no miente y, huele a montaje artificial, a un parche, una medida anti-crisis para ocultar la inoperancia.
Eastwood embarca a la escultural actriz en una dura prueba, 141 minutos donde ella debe sostener un edificio tan impactante como complicado y la verdad es que, a falta de que alguien lo contradiga, el mejor trabajo hasta la fecha de la estrella de Hollywood. Jolie no siempre ha hecho buenas películas, pero aquí aprovecha y se empapa de una oportunidad única, es consciente de que está bajo la batuta del creador de "Sin Perdón", "Mystic river" o "Invictus", entre otras. Firma ante él un trabajo soberbio, aunque secundario de la talla de John Malkovich (siempre impecable) la ayudan a hacer un papel de los bien llamados redondos, justas nominaciones a su persona.
Hasta ese momento, lo único que te ha seducido de la cinta es una actriz dando su mejor aportación a este arte, una buena fotografía por parte de Tom Stern y una correcta narración, pero, ¿acaso no le estamos evaluando por el nombre y no el contenido? ¿Qué diferencia a esta producción de otras de serie B o incluso C? La tragedia nos conmueve, más si sabemos que fue real, pero aquí hay giros de tuerca, en medio del nudo, las perfidias de las que es capaz el jefe de policía (Colm Feore) con tal de lavar las pifias de sus hiper-activos muchachos (especialmente Jeffrey Donovan), llevarán a interesantes reflexiones sobre la manipulación del poder y el control de las noticias.
Es entonces cuando surgirá la macabra figura de Jason Butler Harner y te das cuenta del cuento cruel donde te has metido. La película se va elevando a la par que también lo hacen sus secundarios (gran Amy Ryan y Sterling Wolfe, entre otros) y como bien afirmaba nuestro amigo desde los Algarbes, el deseo de que los sufrimientos de una pobre madre terminen llega a convertirse en algo casi personal. La señora Collins, incluso más que el niño desaparecido se conviere en la obsesión de Eastwood, una mujer capaz de luchar como un moderno Prometeo encadenado, hasta las últimas consecuencias. Capaz de entrevistarse con un asesino con tal de saber la verdad y de mostrar la tenacidad y la fe de una mula.
Toda la dureza de este film coquetea con el término morbosa, pero va sorteando etapas con soltura, el arco asciende y el punto de inflexión llega precisamente en el desenlace. Tanta desolación, pruebas de paciencia dignas de Job y sombras, para descubrir, que pese a todo, siempre hay lugar para sacar fuerzas que lo llevan a uno adelante. Como una aldea gala que resiste hoy y siempre al invasor. Cuando te quieres dar cuenta, Eastwood y su equipo te han atrapado en una red de araña en la que sin embargo hay una rendija, para defenderse como gato panza arriba...
El hijo que habría salido de la fusión entre la soleada "Invictus" y la oscura "Mystic River". Una obra muy artística, un notable alto, una muesca más en el revólver de un genio del cine que busca la simplicidad porque es lo más imposible de lograr.

domingo, 24 de octubre de 2010

EL CRÍTICO Y SU CORTE

Desde siempre, si algo se nos ha dado bien es criticar, no precisamente para bien, en la mayoría de los casos. Cómodo y fácil es torear desde la barrera, añade el refranero español, famoso por jugar con dos barajas para nunca errar en su diagnóstico.




Dentro del campo de la crítica de televisión y cine, el crítico del prestigioso diario El País, Carlos Boyero, es sin duda, una de las voces más polémicas y siempre, duende de palacio en los diversos festivales.




"Boyero y cía", que tiene en su haber varias temporadas en Canal Plus, ha sido el principal programa, con la excepción de sus artículos y la página web, donde ha proyectado sus opiniones. Sin ser precisamente un seguidor, se debe reconocer que es un producto interesante, un tipo de caja tonta mucho menos tonta, donde se hacen interesantes reflexiones, casi tertulias, sobre lo que a fin de cuentas, no deja de ser otra manifestación artística y de cultura accesible a todos los públicos. Aunque este muy de moda, en el 90% de los casos con razón, lapidar a este come-tiempos, hay cosas que de vez en cuando están muy bien y es de justicia reconocerlo.





Su presentador y principal responsable del mismo, el ya citado Carlos Boyero, es un individuo muy interesante y, para que nos vamos a engañar, un personaje en sí mismo. Desde que salió de un entorno bastante represivo en Salamanca, no ha dejado de correr en otra dirección, en un mundo de productores, actores y con el único objetivo de ir a salas con el propósito de pasárselo bien... y hacer saber si no le ha gustado.



En el caso de que alguien tenga predilección por personas sin pelos en la lengua, probablemente le agradará esta figura (menos cuando toque a las pelis o series que a él le gusten). Del mismo modo que puede deshacerse en elogios (por otra parte merecidos) a shows como Los Soprano o Los Simpson, tiene cierto aire hard que diría un amigo mío, que puede espantar al espíritu libre más pintado.




Se está extendiendo la idea de que en el cine, como ya ha pasado en muchos otros movimientos culturales, se está produciendo un gran salto generacional, de un tipo de directores que en base a sus propias experiencias hacían sus películas o guiones (el caso de Rafael Azona, uno de los más brillantes, es solamente la muesca del revólver) a otro donde las principales personalidades buscan un cine por el cine, con una serie de referencias y notas a pie de página con homenajes que puede enfurecer a la vieja escuela (el caso de Quentin Tarantino, uno de los artistas más peculiares e interesantes de la última década en la pantalla, serviría para el caso). Boyero comulgaría totalmente con la primera idea, lo cual me parece muy legítimo, la preferencia de cada cual es la preferencia, pero hacia el otro tipo de movimiento muestra un comportamiento muy visceral.




Uno de los grandes méritos de sus acotaciones es que se sabe rodear de muy buenos colaboradores y excelentes invitados (Elvira Lindo, el mismísimo Alex de la Iglesia, Santiago Roncagliolo, su colega de diario Enric González, etc), aunque en ocasiones se le acuse de caer en el cotilleo y la rumorología (su manera de llevar el escandaloso caso de R. Polanski, puede que no le convierta en persona grata para los más devotos del director polaco). El caso es que algo tendrá el agua cuando la bendicen tanto y a su manera, el estilo funciona. Como señalaron en una de las entrevistas más personales que ha concedido en el programa "El Reservado", de alguna manera tiene el crédito de que aunque diga barbaridades, da la sensación de creerlas sinceramente y eso, no deja de resultar interesante.




Por el otro lado, no deja de ser en ocasiones divertido verle en el otro lado. Fue uno de los que mejor habló de un cineasta que no necesita presentación, Woody Allen, por una pieza menor pero realmente entrañable, "Conocerás al hombre de tus sueños", donde declaraba que un Woody Allen en horas bajas seguía superando al 90% del resto en activo (hipérbole a todas luces exagerada, pero un buen capote al genio judío de New York al que el mundo parece querer estancar en la soberbia Match Point sin motivo).




En otros casos, creo que como le sucedería a cualquier especialista, es imposible opinar bien de todo y con conocimiento de causa. Por ejemplo, en "Fraiser", me parece que él y el escritor Santiago Roncagliolo estuvieron especialmente poco inspirados, comentado únicamente superficialidades de la serie y sin ninguna profundidad, incapaces de ver más allá. Asimismo se acompaña de un aire fatalista a la hora de comparar series norteamericanas VS. el resto del mundo. Es innegable que han venido muchas cosas de tremenda calidad y que, aquí hay que ir cargando pilas cuanto antes, pero no suena a la mejor tirita el meter el puñal en la herida hasta que la hemos removido del todo.
En conclusión, un espacio que hay que tomar con prudencias, no obstante, un estilo de programa que no abunda y que invita a fin de cuentas a que uno vea, elija, y lo que no le guste... le haga apagar el botón.

domingo, 17 de octubre de 2010

LO PEOR DE UNO DE LOS MEJORES

Aprovechando el fuerte tirón de la película "El Gran Vázquez", Ediciones Glénat ha sacado un tomo de casi 600 páginas con una de las épocas más desconocidas del maestro brugueriano, su "exilio interior" en cómics para adultos más creciditos.



A diferencia de otros períodos de su trayectoria artística (pensemos en Anacleto), en esta fase, no nos estorba para nada el blanco y negro. Es un Vázquez veterano, de vuelta de todo, capaz de lo mejor y de lo peor. Alguien capaz de reírse de su propia vagancia ("Solamente un personaje y si es invisible, mejor" llega a pedir a la musa que va a visitarle) y con un trazo simplista pero genial para la caricatura. "Lo peor de Vázquez" es, por tanto, una adquisición muy interesante.

"Gente peligrosa", "Los casos del inspector Yes" (por otra parte, es una recopilación incompleta) o "Más gente peligrosa" aún muestran a un Vázquez próximo al viejo estilo, humor ácido pero con apariencia infantil, con sobre-entendidos y muy sagaz, con diálogos chispeantes. "Sábado, sabadete" o "Historias Verdes", nos muestran al autor más próximo a líneas como pueda ser la de la revista "El Jueves", con un erotismo tragicómico, muy desinhibido, en ocasiones escatológico hasta el exceso pero a fin de cuentas, piezas de coleccionista. Él mismo, firmó esas obras con seudónimo ("El Sapo"), no tanto por timidez (que no tenía) como para jugar a dos bandas con diferentes editores (rasgo característico de este pícaro empedernido).
Sorprende ver al cerebro de las aventuras aparentemente inocentonas de las castas (una de ellas a la fuerza, ¿embrión de Patty y Selma?) Hermanas Gilda, contando historias tan altamente subidas de tono, confirmando algo que siempre se ha sospechado. Si en manos de clásicos como Ibáñez o Escobar uno se sentía sanamente en el lado de la ley, la producción de Vázquez era ese pariente o amigo que de vez en cuando te invitaba a cruzar la frontera: "Si en el fondo a ti esto también te gusta".
En otros frentes, su capacidad de visionar lo que iba a pasar es asombrosa. Sus chistes de los fumadores empedernidos y los realmente fanáticos pro-leyes antitabaco no solamente no han caducado, sino que ahora se entienden mejor. Siempre con gusto por ponerse a él mismo como protagonista, no dudaba en ponerse en ridículo a él mismo con sus estúpidos intentos de curarse de sus vicios, sin dejar títere con cabeza, desde su propia debilidad a los implacables "amigos" cruzados que se empeñan en que uno no pueda morirse como quiere.

De corte muy personal, casi autobiográfico, tenemos "Querido Maestro" o "Agente del Fisco", donde simplemente deforma un poco su propio reflejo en el espejo para presentar a un dibujante con muchos problemas a la hora de entrega que, además, considera una obligación moral darle problemas a Hacienda.

Se echa en falta "Vámonos al Bingo", un típico producto de lo que era capaz este peculiar artista. En base a sus anécdotas de ludópata empedernido, Vázquez recreaba con mano maestra todos los estereotipos de voluntades débiles y codicia, con una capacidad de reírse de si mismo sobresaliente. Es una ausencia destacada en un, por otra parte, muy completo volumen.

En definitiva, los amantes del tebeo español están de enhorabuena con el tirón que ha pertmidio la película y que también ha conllevado que surjan ediciones de "Los cuentos del tio Vázquez", donde nuevamente, volvía a ponerse las zapatillas para correr de acreedores y sastres. No son tampoco material de olvido, sus alusiones a colegas de profesión, especialmente Víctor Mora, Ibáñez o el por entonces muy joven, Ramis.

Como es sabido, los bufones durante la Edad Media y la Edad Moderna, gozaron del permiso de poder burlarse del resto del mundo, incluyendo reyes y cortes, a cambio eso si, de narrar con gracia y amenidad sus propias desventuras. Vázquez, que carecía de remodimiento alguno por su peculiar estilo desordenado de vida, se permitió el gusto de decir, escribir y dibujar aquello que se le cruzase por la cabeza.

Por último, recomendar a los interesados en el tema el magnífico blog de mi buen amigo Chespiro "Corra, jefe, corra", donde se han escrito varios artículos muy interesantes comparando la trayectoria del dibujante moroso con el gran Francisco Ibáñez.

martes, 12 de octubre de 2010

ALEXANDRE, MEMORIA VIVA

Te acostumbras a un rostro, al gesto, lo excepcional se convierte en rutina y el talento en presupuesto. De haber sido un dibujante de cómic, Manuel Alexandre hubiera sido Jan o Sal Buscema, siempre constante, nunca un mal número, todo con el mismo estilo y trazo, otorgando a cada papel el mismo respeto y estudio minucioso.
Durante toda su trayectoria, Manuel Alexandre fue amigo de pocos estruendos. Era de método antiguo, chapado a la antigua, desde sus cómicas intervenciones en películas como "Los Palomos" o "Atraco a las tres" hasta su última caracterización para televisión de Francisco Franco, igual que hicieran antes Bódalo u otros coetáneos, memorizaba el texto hasta la saciedad lo devoraba y finalmente aplicaba su conocimiento. Poco importaban las líneas que tuviera, siempre se aplicaba con empeño.
En la afortunadamente amplia lista de excelentes secundarios del cine español, nuestro malogrado protagonista bien merece un lugar destacado, aunque siempre su nivel se desplegó altísimo, en los últimos tiempos empezaba a parecer una cosa de otro tiempo, entrañable y mística. El jugador técnico en la era del músculo, un hombre tranquilo en un mundo acelerado, un segunda espada privilegiado en una era de divismo... Teatro, cine y televisión fueron tocadas sin ninguna preferencia, allí donde se le requería estaba.


No hacía tanto le dedicábamos una entrada a "El Morito", un poquito más hace de que el actor que mejor se cabreaba en España, Agustín González, diera su último recital. Ayer, como quien dice, era Antonio Ozores. Ya creo, que sin Alexandre, podemos hablar del cierre por falta de profesorado de una vieja escuela.
Es historia madrileña conocida, el mundo perdió un posible aparejador, otro factible abogado y quizás un periodista y es que, siempre fue un trasero de mal asiento. Tipo comprometido, estuvo en la defensa madrileña durante la primera ofensiva en la Guerra Civil, para luego encontrar santo refugio en el TEUU. Perdió la batalla y la carrera, pero se ganó un magnífico actor, con una forma de gesticular y mirar especial, algo que supo aprovechar mejor que nadie el gran Berlanga en "¡Vivan los novios!".

En los estudios para conseguir aplausos y llantos, conoció a su otra mitad, Fernando Fernán Gómez, otro todoterreno que ya no está. Hasta su desaparición fueron grandes amigos, también fue coetáneo de otro lobo de la escena, el gran secundario Rafael Alonso, con quien tiene importantes materialismos. Ya lo dice Juan Diego, las mesas del Café Guijón empiezan a estar más vacías, la mesa de Manolo también queda libre y eso, nunca es bueno.
Dicen que será en la madrileña pasa de Santa Ana, cerca de uno de los teatros que le vio debutar, me parece un gran gesto de familiares y amigos. Pero, no hay que hacerles mucho caso, coges el vídeo y pones "Plácido", Alexandre está como siempre, más gracioso que nunca, con una cojera que ya la quisiera para sí el mismísimo House... Mañana reponen "Los ladrones van a la oficina" y hasta en la mismísima "Siete Vidas" aparece. ¿Lo ven? Ya se lo había dicho, ¿cómo se iba a ir? En la tercera edad había logrado dos papeles protagonistas, ahora estará haciendo respetable cola en algún otro lugar que no conozco, para hacer audición...
Que esté tranquilo, con más de 300 pelis en el currículum, te cogen fijo... y sin enchufe. RIP.



"No puedo definir a ese pedazo de ser humano"- José Sacristán

lunes, 11 de octubre de 2010

HABITACIÓN 101



Bocado literario de cardenal pero con regusto agridulce. Cuando al final de sus días, un extraordinario escritor, George Orwell, se disponía a dar lugar una de sus obras más célebres, estaba en esa fase donde una persona ha dejado de creer en los cuentos de hadas y que todos los finales deben de ser felices.
Orwell sabía de lo que era capaz el ser humano, la primera mitad del siglo XX de la que él fue testigo, le había demostrado una cultura globalizadora en constante expansión, con unas posibilidades informativas sin precedentes y cuyo poder de implantación social, solamente era comparable, en ocasiones, a su infamia y adulteración de la verdad.
Era una persona sensible e inteligente que había visto el totalitarismo en su verdadero rostro, el nazismo alemán, el fascismo italiano, el zar rojo en la URSS, la pasividad de las tibias democracias europeas ante las salvajes apetencias territoriales de los dictadores o el militarismo nipón, por no aburrir citando ejemplos. Orwell, por ende, se disponía a hacer de reverso tenebroso de Tomás Moro, si él escribió sobre una utopía, él lo haría sobre un terrorífico futuro donde este tipo de ideologías se hubieran impuesto ante una población abúlica, sometida y aterrorizada.
Mucho se ha discutido sobre el famoso título. Efectivamente, el escritor y periodista británico, no jugaba ser oráculo, de hecho, su discusión con los editores fue una batalla perdida donde él pregonó el título "The last man in Europe". Pese a ello, no pareció convencer a sus jefes, lo cual le llevó a hacer el juego de cambiar los dígitos del año en que se publicó 1984. Por ende, la fecha es simplemente simbólica y nuestra atención al hecho debe reducirse a lo anecdótico.
Entrando ya en materia, el autor de "Rebelión en la granja" presenta a su isla natal en unas situaciones poco halagüeñas. El mundo se haya dividido en grandes bloques, supuestamente enfrentados, pero poco se sabe de lo que pasa en los frentes, mientras en el caso del Viejo Continente, un único Partido dirige la situación, no solamente los resortes administrativos, bélicos y económicos, sino mentales y sociales. Varios Ministerios (por ejemplo, hay uno para el Amor, como si dicha emoción pudiera ser legislada) con funcionarios grises en cadenas de mando se van sucediendo, hasta llegar al supuesto Gran Hermano, el único culto permitido al común de los ciudadanos, un rostro que inspira la lealtad a sus súbditos.
Una persona, Winston Smith, a pesar de trabajar para ese gobierno, parece muy descontento con lo que está viendo. Al más puro estilo soviético (no olvidemos que Orwell estuvo en la Península Ibérica durante la Guerra Civil y pudo observar de primera mano como Stalin y su régimen aprovecharon la coyuntura para liquidar adversarios que eran sus propios compatriotas y hacerlo pasar por acciones de guerra), sabe que cuando cree recordar compañeros que han desaparecido de los libros de Historia, no es porque lo imagine, sino porque todo aquel que desafía al Partido está destinado a ser vaporizado, destrozado y borrado de toda forma de recuerdo.
Solamente hay dos cosas que le animan a compartir con otro ser humano sus pensamientos, el conocimiento de una Hermandad rebelde proscrita que lucha contra el sistema a escala mundial y, la presencia de Julia, otra joven activista que tras una máscara de convencionalidad también se burla del timorato mundo donde vive. El affaire con ella es apasionado y especialmente liberalizador en el plano físico, pero pronto, iremos viendo que la muchacha se queda en una insurrección superficial, aunque es enternecedor su afecto, no parece hacerse las cuestiones de Winston acerca de los mecanismos del mundo donde viven, con unas telepantallas con las que el talento de Orwell entiende a que época nos aproximamos, donde la intimidad es sustituida por la telecomunicacón más indiscreta posible.
La pareja rebelde empieza (principalmente a través del más motivado Winston) a tomar contacto con los rebeldes, a través de otro inteligente miembro del Ministerio (que son algo así como los Comités de Salud e Intervención Pública de la época del Terror de la Revolución Francesa), O´Brien, que ha parecido dar señales a su camarada de que bien pudiera alistarles a la causa. Gracias a O´Brien, Winston y Julia podrán leer un libro prohibido, el de Goldstein, donde se revelan muchas de las falacias del mundo donde viven, entre ellas, el propósito de la neolengua (que va pauperizando la expresión y los conceptos) y el sentimiendo infudado de que viven en un presente muy superior a un pasado pintado como espantoso en comparación con las bondades del Big Brother.
Sin embargo, los ojos de los vigilantes son muy cautos y, pronto la pareja de enamorados se verá sometida a la más dura de las pruebas...la habitación 101.
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Mucha gente considera que el trepidante ritmo final de la obra (cuyo arranque es lento, no por falta de pericia estilística, sino por los muchos conceptos que debe presentar Orwell al lector), es de las mejores partes de la misma, algo absolutamente cierto. De la misma forma. muchos matizan que deja un sabor muy amargo. Por si la traición y verdaderas intenciones de O´Brien no fueran suficientes, el desolador final de la relación romántica que se plantea aquí, casi parece sepultar cualquier estereotipo de Hollywood.
Nunca me ha resultado muy coherente la corriente que critica la actuación de Winston, ni siquiera la de Julia. El empleo de la tortura para obtener aquello que se quiere oír, evidentemente puede arrancarnos cualquier confesión que se desee, pero en este caso, especialmente en el personaje de Winston, hay una valiente resistencia que soporta dos planos, el meramente físico y los terribles interrogatorios de O´Brien ante el que se ha erigido "el último hombre" (que era el título que deseaba Orwell, como ya hemos dicho). Apuesto a que mucha de la gente que se burla de la caída de Winston, no resistiría ni la mitad (yo ni la décima parte, vamos).
El final aterrador (en el que se descubre que la Hermandad es un invento del propio gobierno para controlar a los rebeldes, donde el propio Winston acaba de rodillas ante el Big Brother manifestando su amor y Julia se une al resto de borregos en procesión abúlica...), no me parece una mala solución. No siempre tiene que acabar bien, aunque apuesto que de haber sido en otro momento de su trayectoria (es una obra ya en la última fase, la reflexión de una persona muy inteligente, pero en cierto sentido, derrotada), hubiera encontrado ciertos matices.
La terrible habitación 101 puede derrotar todos los planos, especialmente los físicos, del protagonista. Pueden hacerle decir que cuatro dedos son ocho, que uno son nueve y que sacrifiquen a sus propios hijos con tal de evitar que esas ratas le destrocen el rostro... El Partido puede borrarle de la telaraña de Clío y de sus allegados en dos segundos, pero en el momento que incluso O´Brien le reconoce que aún no ha traicionado su amor por Julia, Orwell priva a su criatura del último logro, de ser él también un digno derrotado. El final podría ser igual de triste e infame, si, ante la incapacidad de soportar su pánico a los roedores (quién puede culparle) y a seguir a sí, Winston encontrase las últimas fuerzas que le permitieran buscar, como un último Héctor... la oportunidad de inmolarse él mismo. Lo aterrador no es tener miedo del atroz castigo, sino que una vez liberado, se postre al Big Brother.
El epílogo sería igual de concluyente, o quizás con más matices... Winston habría perdido todo, desde Julia a su supuesta amistad con O´Brien, pero se hubiera pertenecido a él mismo hasta el final. En cambio, un muy decepcionado Orwell hace un flaco favor al personaje de O´Brien al mostrarlo tan terriblemente perfecto. Su pregonizada sapiencia debería hacerle consciente de que no puede cimentarse el régimen exclusivamente en liquidar y arrojar bestias al rostro de sus súbditos. La Rusia de los zares esperó siglos, pero al final, el mero miedo, aunque efectivo durante muchas coyunturas, termina engendrando olas de más violencia que le autoengullen. O´Brien termina convirtiéndose en un tópico, un villano perfecto y, los personajes perfectos suelen dejarnos indiferentes.
Pero así lo quisó contar Orwell y hay que respetar al genio. Antes de su gran obra, no existía ni uves de Vendetta ni reflexiones tan certeras... Por ello, sigue siendo una obra maestra de proyección universal.